POIESIS / 71

Por Miguel Gaya

Hay muchos modos de comenzar a hablar de poesía. Yo voy a comenzar por una dicotomía, que no sé si existe, pero me servirá, como todas las ficciones de contradicción, para decir lo que quiero decir. Digamos que hay poesía por adición, y poesía por supresión.

Hay otras muchas dicotomías, pero esta sirve a mis fines. Digamos que por adición es cuando al lenguaje convencionalmente llamado natural le agregamos un plus específico para producir el poema. Puede ser con adjetivos, con ritmos, métricas, comparaciones, búsqueda de giros sorpresivos. Es un modo bastante común de entender el lenguaje poético, que se emparenta con lo que se entiende vulgarmente por retórica.
Entendida retórica no como reglas o maneras del buen decir, sino como el modo recargado, elegante, bonito, de decir. “Yo soy aquel que ayer nomás decía/ el verso azul y la canción profana”, no?

El otro modo sería por supresión, donde se opera sobre el lenguaje del modo opuesto. Tratar de decir lo más posible con menos. Quitar lo superfluo, incluso lo entendido como bello, para ir al hueso de aquello que se quiere decir o revelar con el poema.

Ahora bien, esto podría ser una manera de describir un lenguaje científico, si no fuera que la exigencia de la poesía es otra. No es la búsqueda de certeza y verdad en el despojo del lenguaje, sino la apertura a la experiencia que le es propia a la poesía. Cuál es, bueno, de eso se trata el libro de Jonio (Esbozos y representaciones, 2022) y toda buena obra.
Muñoz Molina, que pese a ser un gran novelista ha confesado no haber podido escribir un buen poema en su vida, dijo que la poesía es el uranio enriquecido del lenguaje. Hay que saber manejar el uranio para propiciar la expansión de la energía que esconde. Hay riesgos en ello, y hay logros. Pero detengámonos en lo que sucede con quien se le acerca, y recordemos también lo que decía Gelman: la poesía es palabra calcinada. Es lo que queda de la palabra común cuando es sometida a las tensiones propias del acto poético, para que diga o, mejor dicho, esplenda de un modo diferente, para que diga otra cosa diferente de aquello que nombra.

Ahora quiero que piensen en otra cosa. En las esculturas de Alberto Giacometti. Siempre las he visto como hombres calcinados. Lo que queda de un hombre, o de una mujer, cuando pasa por el proceso esencializador del arte. Un hombre calcinado, sí, pero un hombre de pie. En todo esto pienso cuando pienso en la obra de Jonio.

Ahora quiero que escuchen lo que escribí de otro libro suyo, Ganar el desierto, de 2009: “El lenguaje … tiene el eco y sello de los libros anteriores. Imágenes y finales como garrotazos, o bisturíes, o relámpagos (“es como si murmurase/ en una lengua extraña/ acertijos/ sobre el dolor del oro”). Un lenguaje calcinado, que extrae los humores y la carne de las palabras y deja los huesos. (“todo ha sido hecho en tu nombre/ y como tu nombre/ será olvidado”) … Como si le hubiera prendido fuego a la historia y escarbara en sus huesos, que son los nuestros y están, cómo decirlo, en carne viva (“porque ha. llegado/ desnudo de sangre/ de entendimiento/ desde la casa saqueada/ a reclamar las ruinas”). ¿Les suena? Todos cuantos escribimos aspiramos a una obra. A un conjunto que expresa una visión propia con una voz discernible de entre el ruido general, y que perdura. Pero podría suceder su contracara: que se repitiera, que se auto parodiara, hasta ser una caricatura de sí mismo. El clima de la época, hasta hace poco, hasta cuando exigía algo, pedía no repetirse. Pedía, en toda obra, romper y empezar de nuevo. Con lo hecho por otros, pero también con lo hecho por uno mismo. La ilusión de progreso tenía esa pretensión escondida. Jonio no ha trabajado así, pero tampoco se ha repetido. Ha seguido caminando en la dirección que llevaba, y ha hallado otra cosa. En Esbozos y representaciones trabaja los textos como su nombre lo indica: nos advierte que son formas incompletas representaciones de algo, que tal vez pueda, después de todo, permanecer afuera de las percepciones del lector. En Paradoja de la ignorancia, dice: “Pero íbamos por un sendero/ la palabra tierra/ y la palabra sol/ describirían muy bien/ lo que intento/ sin éxito/ decir”.

Nuevamente, al abrir el libro, nos encontramos en un paisaje difuminado, neblinoso, sin contornos definidos. En lo personal, ese mundo que uno asocia con la bruma en el campo, o en el río, pero también con la memoria de una ciudad vaciada, me recuerda el mundo que pinta el hermano de Jonio, Fernando. Pero tal vez estoy pecando de referencialidad familiar, para decirlo de algún modo.

En Esbozos y representaciones, el poema que da el nombre al título y de algún modo da pistas para definirlo, dice: “un sueño/ de otro sueño/ que al mismo tiempo/ lo contiene// como si el deseo/ fuese la consecuencia/ y no la causa”.

Hay aquí como una lectura posible, un mecanismo que se repite en otros poemas y que ilumina creo el paso que ha dado Jonio en este libro. Se trata de una especie de dialéctica, no digo desquiciada, pero sí de otro orden lógico. Como si el choque entre contrarios no permitiera el salto a una síntesis, sino a su contrario, a una ampliación. O mejor dicho, a una conclusión que es donde ocurre la poesía. En “Breve tratado de historia” dice “algo:/ restos de un relato/ escrito/ o por escribir/ inventado/ o cierto.”

Y esto me lleva a un poema en particular, “Mayo”, que alude a nuestro mayo del 73, y digo nuestro en sentido de país, de generación y de amistad. El poema está dedicado in memoriam, a la memoria, a rescatar la memoria, de los dos jóvenes asesinados por guardiacárceles que dispararon a la multitud desde el penal de Villa Devoto la noche del 25 de mayo de 1973, cuando marcharon a pedir, a exigir, la libertad inmediata de los presos políticos de la dictadura que terminaba. Digo jóvenes, también, porque nosotros éramos esos jóvenes que estaban allí, y ellos fueron los que murieron y aún son jóvenes. No voy a leer el poema, menos voy a explicarlo. Me interesa señalar dos cosas: Cómo rescata la memoria de dos personas, a las que llama por su nombre, pero también cómo se guarda de explicar sus circunstancias, de historizarlas. De algún modo, difumina el relato que las explica, y hace emerger otra cosa: la memoria, el valor de cada vida, la preservación de la memoria como obligación de vida. Quiero decir, y creo que el poema quiere decir, no importa si hablamos de la dictadura argentina, la Guerra Civil Española o del Holocausto. Cada vida vale más allá de su circunstancia y debe ser honrada e, individual y colectivamente, resguardada.

Alguien podrá ver en este mecanismo un modo oblicuo de abordar un tema. No lo veo así. Al contrario. Es, si se quiere, el mecanismo propio de la poesía de Jonio. Un modo que no elude ni la narración ni el ascetismo, pero que nunca es solo aquello que
dice. Un modo de enunciar que no hay nada más complejo que aquello que se dice simple, ni nada que hable tanto como el silencio. Y que siempre nos pide dudar, como camino a la verdad.

Agregaría, camino por el que nunca se llega a un destino que no sea a su vez otro sendero. Como en “Ante el primer plato de comida”: “¿qué has hecho dime/ con mis ídolos?/ cuando los contemplaba/ al menos creía/ en lo que contemplaba”, para finalizar “llego por el mismo camino/ por el que partí y conmigo/ los que no han vuelto/ ni me acompañan”.

(Buenos Aires, 12 de mayo de 2022)


Jonio-Gonzalez-poemas


Foto: Daniel Mordzinski

Jonio González nació en Buenos Aires en 1954 y reside en Barcelona desde 1983. En 1981 fundó con Javier Cófreces la revista de poesía La Danza del Ratón.

Ha sido incluido en varias antologías, entre ellas: Doscientos años de poesía argentina (Buenos Aires, 2010); Antología de poesía argentina de hoy (Barcelona, 2010); Poésie récente d’Argentine: une anthologie possible (París, 2013) y La doble sombra: Poesía argentina contemporánea (Madrid, 2014). Ha publicado los siguientes poemarios: Onofrio. Grupo de Poesía Descarnada (con Javier Cófreces y Miguel Gaya, 1978, 2008); El oro de la república (1982); Muro de máscaras (1987); Cecil (1991); Últimos poemas de Eunice Cohen (1999); El puente (2001, 2003); Ganar el desierto (2009); La invención de los venenos (2015); Historia del visitante (2019) y Como traductor de poesía, sus últimas publicaciones incluyen la antología Poetas norteamericanos en dos siglos (2019); Esperando mi vida, de Linda Pastan (conjuntamente con Rosa Lentini, 2021), y su colaboración en In nomine Auschwitz. Antología de la poesía del Holocausto, de Carlos Morales del Coso (2022).

Fotografía de portada: Daniel Mordzinski