“La alianza impía entre el racismo sudafricano y el sionismo…” (14 de diciembre de 1973, Resolución 3151 de la ONU)

ENSAYO

Por Alma Bolón

En 1975, la Resolución 3379 de la Asamblea General de la ONU afirma: “el sionismo es una forma de racismo y de discriminación racial (…) del régimen de apartheid sudafricano en particular”. Desde mucho antes de 1975 y hasta hoy, numerosísimas resoluciones de la Asamblea General condenan la política del Estado de Israel. La doctrina sionista -“excepcionalidad absoluta del exterminio de los judíos de Europa” y consiguiente relativización de otros genocidio; “derecho incuestionable del Estado de Israel a la defensa” y consiguiente ejercicio de la limpieza étnica y de la expansión imparable de sus fronteras; “carácter occidental, judeo-cristiano del Estado de Israel” y consiguiente superioridad civilizatoria ante la barbarie musulmana-islámica-árabe- hizo mella profunda en Uruguay, inclusive entre muchos de quienes se consideran investidos de los superiores valores humanistas de la izquierda. Algunas huellas de esta autosatisfecha conciencia occidental quedaron en el semanario Marcha.

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El 30 de junio de 1939 sale el segundo número de Marcha. En la tapa, fotos de una estrella de cine francés en ascenso, de un artefacto británico para la protección individual contra los bombardeos, y de un montaje de varias imágenes de personas en sus lugares de trabajo, acompañado por la leyenda “Diversos aspectos de la industrialización de Palestina. Jóvenes judíos expulsados de sus países de nacimiento trabajan para crearse una nueva patria.”

Sobre el margen izquierdo de la página, se anuncia entre otras noticias: “Más pruebas de las maquinaciones nazis en Uruguay”. El artículo reproduce “la copia fotográfica de una circular enviada por el Jefe del Nazismo a sus agentes de toda la República”. En aquellas vísperas inminentes de guerra europea, Marcha afirma que la ubicación geográfica de Uruguay vuelve a despertar el interés de Alemania como durante la primera guerra mundial. El documento revelado por Marcha incluye un resumido y guerrero autorretrato del nazismo: “Nacional-socialismo contra comunismo, concepción alemana del mundo contra la infra humanidad, cruz gamada contra estrella de Sión”. Claramente, en ese número, Marcha toma partido contra el Reich y a favor de sus enemigos: comunismo, infra humanidad e hijos de Sión.

Cuando en la incómoda posguerra, se haya fundado el Estado de Israel, éste aparecerá no solo como un intento de reparación del exterminio padecido por los judíos europeos, sino como una promesa, como una tierra en que una nueva sociedad, de fraternidad y milagro -el desierto fructifica con el trabajo cooperativo en los kibutzim- podrá ver la luz.

Poco parecía saberse entonces sobre la creación a fines del siglo XIX del movimiento sionista que impulsaba la emigración a un “hogar judío” situado en Palestina, como también poco parecía conocerse del espaldarazo que en 1917 los británicos habían dado a ese proyecto mediante la Declaración Balfour que, precisamente, declaraba el apoyo de la corona a la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina. Lejos se estaba entonces de conocerse las discusiones a veces irreconciliables que en algunos ámbitos judíos había abierto la posibilidad de emigrar a Palestina, así se llamaba entonces esa tierra, tal como da cuenta Marcha en su tapa del 30 de junio de 1939, o al Estado de Israel, luego de 1948. O, si se conocían, se prefería dejarlas de lado.

A este respecto, pueden tomarse tres fechas de ese año 1948 -9 de abril, 2 de diciembre, 14 de mayo- y buscarse sus rastros en Marcha. En la primera, 9 de abril, las milicias armadas de Irgún, grupo terrorista judío de extrema derecha, masacran a los habitantes de Deir Yassin, pueblito cercano a Jerusalén; esta masacre es considerada como un momento decisivo de la nakba, de la catástrofe que se cierne y empuja a los palestinos a dejar sus casas y huir para ponerse a salvo. En ninguno de los números de Marcha del mes de abril hay referencia alguna a la masacre cometida por los grupos terroristas judíos. Sin embargo, el 9 de abril de 1948 fue viernes, y ese día salió en Marcha una breve noticia de su corresponsal en Nueva York, Max Lerner, presentado por el semanario como “uno de los voceros más auténticos del liberalismo norteamericano”. El corresponsal sostiene que EEUU “tendría que utilizar cierta cantidad de soldados para implementar la partición de Palestina” y lamenta que esa nación no esté “dispuesta a desparramar sus tropas que le eran necesarias para otra cosa”; predice así que la “obvia secuela dejada por la posición norteamericana ante Palestina habrá de ser la multiplicación de las muertes y de la violencia en Tierra Santa”. A pesar de la advertencia de su corresponsal, en ningún número de ese mes habrá referencia alguna en Marcha a la masacre de Deir Yassin.

La tercera fecha es el 2 de diciembre de 1948, día en que el New York Times publica una carta firmada por una treintena de judíos, entre los que se encuentran Albert Einstein y Hannah Arendt, alertando sobre la visita de Menahem Begin a Estados Unidos, denunciándolo y llamando a no colaborar con su colecta de fondos. Escriben los denunciantes: “Entre los fenómenos políticos más inquietantes de nuestra época, se encuentra la aparición, en el Estado recientemente creado de Israel, del “Partido de la Libertad”, un partido político estrechamente emparentado en su organización, sus métodos, su filosofía política y su sesgo social a los partidos Nazi y fascistas. Formado por miembros y partidarios del ex Irgun Zvai Leumi, una organización terrorista de extrema derecha y nacionalista en Palestina”. Menahem Begin es el jefe de ese partido, y para los autores de la carta “es inconcebible que quienes se oponen al fascismo en el mundo entero (…) puedan sostener el movimiento que él representa”. Porque “hoy, hablan de libertad, de democracia y de anti-imperialismo, siendo que, hasta hace poco, predicaron abiertamente la doctrina del Estado Fascista”.

Luego de relatar la masacre de las familias de Deir Yassin, campesinos que poblaban tierras que habían quedado rodeadas de colonos sionistas, los autores de la carta prosiguen: “Pero los terroristas, en lugar de tener vergüenza de sus actos, estaban orgullosos de esa masacre, la anunciaron ampliamente e invitaron a todos los corresponsales extranjeros presentes en el país para que fueran a ver las pilas de cadáveres y los desastres producidos en Deir Yassin. El incidente de Deir Yassin ilustra el carácter y las acciones del Partido de la Libertad. En el seno de la comunidad judía, predicaron una mezcla de ultranacionalismo, de misticismo religioso y de superioridad racial. Como otros partidos Fascistas, fueron usados para romper las huelgas (…) han propuesto los sindicatos corporativos sobre el modelo fascista italiano”.

La advertencia de los autores de la carta es tan nítida como desoída: “Es con sus acciones que el partido terrorista delata su verdadero carácter; por sus acciones pasadas podemos juzgar lo que podría hacer en el futuro”, escriben.

Ningún número de Marcha correspondiente al mes de diciembre de 1948 hará referencia alguna a la carta que el selecto grupo de intelectuales judío había enviado al New York Times, como tampoco en el mes de abril Marcha había dado noticia de la matanza de Deir Yassin, no obstante ser particularmente deleznable por los detalles de su ejecución difundidos, entre otras fuentes, en la carta de Einstein, Arendt y decenas de firmantes destacados.

La segunda fecha es el 14 de mayo de 1948, día de la proclamación en Tel Aviv del Estado de Israel. El viernes siguiente, 21 de mayo, Marcha trae dos sendos artículos: el primero es un extenso, erudito y muy atractivo texto de Juan de Lara sobre el nombre “Israel”. Su autor se remonta al mito bíblico, a las astucias o bajezas de Jacob, quien por un plato de lentejas obtiene que su hermano Esaú le ceda la primogenitura, a la lucha de Jacob con el ángel, al favor divino del que manifiestamente goza y a su renombramiento como “Israel”. Y concluye Juan de Lara: “Tal es el origen del nombre de Israel, antes de ser reino y Estado”.

Página por medio, en un breve artículo de corte editorial pero repleto de lirismo, Mauricio Muller titula una nota: “Renace Israel”, mientras celebra que Israel esté “abonando la vigencia de su renacimiento con la buena moneda de su sangre”. Cerca del final de la nota, el autor ofrece una clave de lectura, hasta hoy activa, al afirmar que “declararse a favor de alguien en el incierto terreno de la política no significa declararse en contra de nadie”. Y, agrega, “ciertamente no en contra de la población árabe de Palestina; acaso fuera contra los seis barones feudales de la Liga Árabe, tan estrechamente ligados con los jefes socialistas de Inglaterra.”

Como es notorio, hasta hoy sigue obrando en el imaginario pro Israel el supuesto atraso –“los seis barones feudales”- civilizatorio del pueblo árabe y palestino, contrapuesto al carácter occidental, por lo tanto necesariamente “moderno”, de Israel. Véase, por ejemplo, la exhortación que Netanyahu dirigió a Francia el 30 de mayo pasado, al estimarla reticente en su apoyo y al llamarla al orden de la civilización contra la barbarie: “¡Nuestra victoria es la victoria de ustedes! ¡Es la victoria de la civilización judeocristiana contra la barbarie! ¡Es la victoria de Francia!”. El derecho colonialista, al que hoy apelan Netanyahu y el sionismo, se activa en el breve y emotivo editorial de Marcha, también basado en la supuesta superioridad civilizatoria del colono sobre el colonizado. De igual modo, el editorialista formula y adhiere a la excepcionalidad absoluta del mundo judío, poseedor de una exclusiva “Verdad” con mayúscula, excepcionalidad en la que verdad, religión y exterminio se conjugan con una singularidad de la que carecen otros exterminios, otras religiones y otras verdades. A la conciencia de la humanidad, según Mauricio Muller, solo le cabe admitir un destino excepcional que se cumple: “la conciencia de la humanidad deberá admitir que la aceptación ética de la Verdad judía ha llegado a su destino”.

Entre la masacre de Deir Yassin y la carta de los intelectuales judíos dirigida al New York Times, ambos acontecimientos silenciados por Marcha, se ubica la proclamación del Estado de Israel, celebrada con júbilo y exaltación por los dos artículos que el semanario les dedica. Celebración al precio de extender, desde el arranque, una capa gruesa de impunidad y de silencio sobre el destino de los colonizados.

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El estudioso y diplomático siriopalestino Fayez Sayeghs (1922-1980), autor de la Resolución 3379 aprobada por la Onu en 1975, en su obra presentada aquí, señala la lentitud con la que el proyecto del sionismo, pequeña minoría dentro de las poblaciones judías mundiales, había avanzado en sus comienzos; en los años treinta, los judíos eran menos del 8 % de la población total de Palestina y solo poseían el 2,5 % de su tierra. Antes de la Declaración Balfour, el movimiento sionista no contaba con el patrocinio de ninguna gran potencia imperial; esto cambiará cuando los británicos adviertan la ventaja que representa para sus propios intereses, en particular los ligados al canal de Suez, el control de Palestina gracias a una alianza con el sionismo.

Fayez Sayeghs analiza las respuestas de los palestinos a la colonización sionista y distingue cinco etapas, comenzando con la actitud inicialmente acogedora de los palestinos hacia los primeros colonos judíos, pasando por las diversas fases y vías de resistencia que la comunidad palestina opuso tanto a las autoridades británicas como a las fuerzas sionistas, y llegando hasta 1964 con la formación de la OLP. A pesar de esta resistencia, que alcanzó su punto máximo en la Gran Revuelta Palestina de 1936 a 1939, la mayor parte de la población palestina fue desposeída por la fuerza en 1948: su “resistencia inquebrantable y sus costosos sacrificios no lograron evitar una catástrofe nacional”, escribe Sayeghs. De igual modo, Sayeghs distingue tres corolarios de la colonización sionista de Palestina: “autosegregación racial, exclusividad racial y supremacía racial”. Estas características hicieron que la expulsión forzosa de la población indígena de Palestina haya sido -y siga siendo- algo absolutamente central para el proyecto sionista. Sostiene Sayeghs que a través de la opresión sistemática de esta población interna, Israel “ha aprendido todas las lecciones que los diversos regímenes discriminatorios de los estados colonos blancos en Asia y África pueden enseñarle”. Sayeghs describe las múltiples medidas opresivas oficiales y no oficiales que enfrentaron los palestinos –medidas que no han hecho más que volverse más onerosas y arraigadas desde entonces– y señala que, mientras que “los apóstoles afrikáner del apartheid … proclaman descaradamente su pecado, los practicantes sionistas del apartheid en Palestina seductoramente protestan por su inocencia”. (Este párrafo retoma la presentación antes referida del iluminador libro de Sayeghs publicado en 1965.) 

Las semejanzas entre el régimen impuesto por el Estado de Israel y el régimen de apartheid impuesto por el colonialismo en África del Sur también promovieron la solidaridad en la resistencia de las poblaciones palestinas y africanas. De esta fraternidad, el mundo tuvo una muestra en la denuncia y juicio por genocidio que África del Sur lleva adelante contra Israel en la Corte Internacional de Justicia desde enero de 2024. La denuncia sudafricana tiene un antecedente jurídico importante, hoy demasiado olvidado, a pesar de su significación. Me refiero a la labor de la Organización para la Unidad Africana que, fundada el 25 de mayo de 1963, permitió en 1975 la elaboración y la aprobación de la ya mencionada Resolución 3379 por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta Resolución lleva por título “Eliminación de todas las formas de discriminación racial” y afirma que “el sionismo es una forma de racismo y de discriminación racial (…) del régimen de apartheid sudafricano en particular”.

El texto aprobado por la Asamblea General en 1975 recuerda varios antecedentes: (a) el 20 de noviembre de 1963, se proclamó la Declaración de las Naciones Unidas sobre “la eliminación de todas las formas de discriminación racial”, y a su propósito se afirmó que “cualquier doctrina fundada en la diferenciación entre las razas o sobre la superioridad racial es científicamente falsa, moralmente condenable, socialmente injusta y peligrosa”; (b) el 14 de diciembre de 1973 la Resolución 3151 de la Asamblea Nacional “condenó en particular la alianza impía entre el racismo sudafricano y el sionismo”; (c) en junio-julio de 1975 la Declaración de México proclamada por la Conferencia mundial del Año Internacional de la Mujer promulgó el “principio según el cual la cooperación y la paz internacionales exigen la liberación y la independencia nacionales, la eliminación del colonialismo y del neocolonialismo, de la ocupación extranjera, del sionismo, del apartheid y de la discriminación racial bajo todas sus formas, así como el reconocimiento de la dignidad de los pueblos y de su derecho a la autodeterminación”; (d) en julio/agosto de 1975, la Organización de la Unidad Africana, reunida en Kampala, estimó que “el régimen racista en Palestina ocupada y los regímenes racistas en Zimbabue y en África del Sur tienen un origen imperialista común, constituyen un todo y tienen la misma estructura racista, y están orgánicamente ligados en su política que tiende a la represión de la dignidad y de la integridad del ser humano”; (e) el 30 de agosto de 1975, la Conferencia de cancilleres de los países no alineados, celebrada en Lima, “condenó severamente el sionismo como una amenaza a la paz y a la seguridad mundiales y pidió a todos los países que se opusieran a esa ideología racista e imperialista”.

Considerados todos estos antecedentes, en 1975 la Asamblea General onusiana resolvió que “el sionismo en una forma de racismo y de discriminación racial”.

A modo de respuesta, el entonces embajador de Israel ante la ONU Chaim Herzog, a la postre presidente de Israel y padre del presidente actual, se explayó en citas y referencias bíblicas y concluyó en el carácter “antisemita” de la Resolución votada, haciéndola papel picado ante ojos y cámaras del mundo. En 2004, en la inauguración de la primera conferencia de las Naciones Unidas sobre el antisemitismo, Kofi Annan deploró la adopción en 1975 de una resolución en la que se asimilaba el sionismo al racismo y se felicitó de que la Asamblea General hubiera revisto su posición. De hecho, en 1991 la Resolución había sido revocada por la ONU, por exigencia de Israel.

Como adelanté, la Resolución 3379 había sido elaborada y presentada en la Asamblea General por el brillante intelectual siriopalestino Fayez Sayeghs, que actuaba ante la Asamblea como diplomático representante de Kuwait. Las peripecias de la Resolución 3379 ilustran una época de ascenso y caída del pensamiento antiimperialista; si durante los sesenta y los setenta el ideal antiimperialista y de fraternidad en la resistencia eclosionaba con Vietnam, los años ochenta y noventa fueron el inicio de una larga hibernación. No obstante, la aspiración latinoamericanista y tercermundista de Marcha no parece haber alcanzado para que adoptara una postura de clara condena del colonialismo israelí en Palestina.

En 1975, la Resolución 3379 fue aprobada por 72 votos a favor, 35 en contra y 32 abstenciones. Brasil, todavía en dictadura, votó a favor; Argentina, todavía con peronismo, se abstuvo; Uruguay, con Bordaberry y su autogolpe, votó en contra. Marcha, para entonces, ya estaba definitivamente clausurada.

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Pero en 1963 Marcha se encontraba muy bien. En mayo, no se encuentran rastros de la fundación de la Organización para la Unidad Africana, ni en noviembre los hay de la Declaración de las Naciones Unidas sobre “la eliminación de todas las formas de discriminación racial”. Sí hay, en marzo y en abril un artículo sobre la “Recién nacida Federación Árabe”, así se lo anuncia en la tapa, y una entrevista a Nasser, anunciada en la tapa como “Nasser y la unidad árabe”. No se hace mención de Palestina en ningún caso, asunto que sí aparece en una entrevista al presidente iraquí Kassem, realizada muy poco antes de su muerte –“El último reportaje a Kassem”- y publicada en febrero. Con meridiana claridad, Kassem afirma “Hay un complot muy grave y esta vez no está en juego ni Irak ni su hermana Siria, sino Palestina. Algo flota en el aire que preludia una liquidación del asunto palestino patrocinado por EEUU. Ellos saben que para triunfar deberían primero desembarazarse de los gobiernos progresistas hostiles a Israel. Los EEUU ya se benefician de la complicidad de ciertos Estados árabes. Solo les falta neutralizar a Siria y a Irak. Nos crean dificultades en el interior del país para desviar nuestra atención del problema palestino.” La clarividencia del análisis parece opacarse ante la imagen de Kassem, presentado por el periodista como un dictador decrépito, de hábitos monacales y arrinconado.

El asesinato de Kennedy cayó un viernes, por lo que recién el siguiente, 29 de noviembre, Marcha lo trató ampliamente. Un artículo sobre situación internacional, celebra que más de cuarenta naciones hayan logrado su independencia política e ingresado a la ONU, también da noticias sobre la recientemente formada Organización para la Unidad Africana, “sin intervención de las grandes potencias”, y que ya ha terciado en el conflicto armado entre Marruecos y Argelia. El 13 de diciembre, Marcha publica una extensa entrevista de Eduardo Galeano a Chou En Lai y otra de Jean Daniel a Kennedy, un mes antes de su muerte. En “África para los africanos. Desde Nigeria hasta el Victoria Plaza”, Eduardo Payssé González entrevista a tres autoridades del gobierno de Nigeria, país independizado un mes atrás; aunque el entrevistador insiste con preguntas de carácter ideológico o político, los entrevistados rehúsan, declarándose “economistas” solamente. En ninguno de estos casos, la situación en Palestina aparece nombrada.

El 27 de diciembre, en “Despropósitos navideños. Cuentos de paz y de fe” se reúne una serie de chistes bastante tontos protagonizados por judíos, ateos, racionalistas, católicos, protestantes, negros y chinos. El del judío, claramente, recurre al estereotipo del dinero; también brillosa es una ausencia. En ese número extraordinario por ser fin de año, Marcha otorga sus galardones. La película “Lawrence de Arabia” recibe una mención entre las mejores del año, igualmente su protagonista Peter O’Toole, también su director de fotografía F.A. Young y también su elenco. Anthony Quinn es elegido como mejor actor del año por sus actuaciones en “Réquiem por un luchador”, “Barrabás” y “Lawrence de Arabia”. La ilustración del artículo de Marcha es una caricatura de Anthony Quinn caracterizado como el jefe beduino grosero y codicioso de “Lawrence de Arabia”, “película notable en su fotografía y elenco (…) sin que se alce hasta un nivel de real trascendencia”. La película se desarrolla en 1916, en la inminencia del acuerdo Sykes-Picot, quienes en secreto y en representación del Reino Unido y de Francia se repartieron el Próximo Oriente, esperando la derrota del Imperio Otomano.

En ese año 1963, en que la Organización de la Unión Africana y la ONU dieron pasos importantes para el devenir de Palestina, en los números consultados de Marcha, Palestina permanece ausente, salvo en la entrevista, de póstuma publicación, al presidente Kassem.

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Diez años más tarde, en diciembre de 1973, la Resolución 3151 de la Asamblea Nacional de la Onu “condenó en particular la alianza impía entre el racismo sudafricano y el sionismo”, tal como recordará, entre sus antecedentes, la Resolución 3379 en 1975.

Entretanto, se había producido la guerra de los Seis Días en 1967 y, en octubre de ese año 1973, la guerra de Yom Kippur. En Uruguay y en Chile, había habido sendos golpes de Estado, y Marcha salía con páginas que llevaban la huella de la censura. Cuando el 6 de octubre estalla en Palestina la guerra de Yom Kippur, Marcha estaba clausurada desde fin de agosto y por un lapso de seis semanas. Cuando el golpe de Estado en Chile, no habrá Marcha: recién un mes más tarde, el 12 de octubre, volverá a salir y en la tapa tendrá un magnífico retrato de Salvador Allende secundado por una cita en la que André Malraux hace el elogio de “la palabra No, firmemente opuesta a la fuerza”, poseedora de “una potencia misteriosa que viene del fondo de los siglos”. Ese número estará prácticamente dedicado a Chile a través de la figura de Pablo Neruda.

En el número siguiente, 19 de octubre, la guerra en Palestina se hace presente en la tapa en una diagonal en la que Golda Meir, vociferando y con el puño apretado (arriba y a la derecha), tiene como contrapunto a El Sadat (abajo y a la izquierda) con la mano abierta en señal de “pare”. Entre los dos, el titular “Guerra y petróleo”. En el interior, “Guerra, hombres y mitos”, artículo de Guy Sitbon, relata las vicisitudes de la guerra; inesperadamente, solo se nombra a los israelíes, a los árabes, egipcios, sirios, iraquíes y soviéticos. En ningún momento es nombrada la población palestina, insoslayablemente presente en parte de las tierras en donde se guerrea, y sin embargo soslayada en el artículo. Palestina solo es referida una vez, en la expresión “guerra de Palestina de 1948”. Como si, en 1973, ya no hubiera más Palestina ni palestinos, en donde años antes los había. En un cuadro recapitulativo –“De una guerra a otra”- que se inicia en 1967 con la Guerra de los Seis Días, se mencionan Gaza, Cisjordania, Jerusalén, sin nombrarse a los palestinos; para el año 1968 se recuerda que Israel atraviesa el Jordán y bombardea el campo de refugiados palestinos Karamé, ubicado en Jordania y “base de los comandos palestinos”. En 1972 se refiere el bombardeo de Israel a “comandos palestinos” presentes en Líbano y Siria, que causó setenta y cinco muertos.

La semana siguiente, el 26 de octubre, de nuevo en la tapa Golda Meir vociferante tras una maraña de micrófonos extendidos; con un poco de buena voluntad podría creerse que cierta trama que recorre la foto esquematiza el diseño de un kiffieh palestino y mediooriental. Inesperadamente, la guerra se hace presente en el Correo de los Lectores, primero en una carta de la “Confraternidad Judeo Cristiana del Uruguay”, que fervientemente exhorta a la paz e incrimina a la carrera armamentística; luego en otras dos cartas en donde el “mundo universitario” parece imponerse tanto en una carta enviada por profesores de la Universidad Hebraica de Jerusalén como en otra elaborada por “universitarios uruguayos”. Si la primera se extiende en historiar los “ataques” de los que fue y sigue siendo víctima Israel, y afirma que los Estados árabes solo buscan su destrucción, la segunda es breve aunque provista de numerosísimos firmantes cargados de títulos y cargos profesionales adosados a sus nombres. Los universitarios uruguayos afirman (1) “el incuestionable derecho del Estado de Israel de existir y desarrollarse e paz”; (2) “las diferencias (…) encontrarán solución constructiva si dialogan en un clima de confianza mutua”; (3) “la paz entre Israel y los países árabes” será muy buena para “sus pueblos”. Ambas cartas trasuntan la convicción acerca de la inocencia ontológica del Estado de Israel, a lo sumo regañable porque no “dialoga” lo suficiente.

Para sustentar este carácter beatífico del Estado de Israel, siempre necesitado de ser defendido de los ataques exteriores, es necesario que el relato borre la empresa sionista -colonialista, racista, supremacista- que lo originó, como es necesario que desaparezca la nakba y la limpieza étnica. Por eso, tampoco estas cartas mencionan a Palestina, o a los palestinos. En otra perspectiva aparecen la carta enviada por la República Árabe de Egipto y la enviada por un grupo de escritores. La primera, con ejemplos y con citas rotundas de Ben Gurion y otros sionistas conspicuos, ilustra el carácter agresivamente bélico y expansionista que anima a Israel y nombra los territorios de los que se apoderó y que no entiende devolver. En este orden, la carta afirma que Israel ocupó territorios de tres Estados árabes: Egipto, Jordania y Siria; la afirmación es cierta, pero muy parcial, ya que silencia el hecho de que, en la misma guerra de los Seis Días, Israel ocupó Gaza, Jerusalén Este y otros territorios de Cisjordania. Aunque con una perspectiva opuesta a la de los universitarios uruguayos e israelíes, la carta de la República Árabe de Egipto también escamotea las referencias a Palestina y los palestinos.

Afortunadamente, ese número trae una quinta carta, firmada por quienes se nombran “escritores”, y lo eran: Amanda Berenguer, José Pedro Díaz, Idea Vilariño, Mario Benedetti, Paulina Medeiros, Danubio Torres Fierro, Sylvia Lago, Mercedes Ramírez, Jorge Ruffinelli, Rubén Acasuso, María Inés Silva Vila, Jorge Sclavo, Matilde Bianqui, Enrique Estrázulas, Alfredo Gravina, Gley Eyherabide, Juan Carlos Legido, Juan Carlos Somma, Graciela Mántaras, Nelson Marra, Ruben Yakovski, Jesualdo, Alberto Mediza, Jorge Arbeleche, Enrique Elissalde, Felipe Novoa, Julio Mieres Muró, Ariel Méndez, Manuel Márquez. En su breve carta, los escritores uruguayos toman partido por una paz basada en las resoluciones de la ONU, en particular las resoluciones que ordenan “el retiro de las tropas armadas israelíes de los territorios que ocuparon en 1967” y la derogación de todas las modificaciones que Israel hubiera podido realizar en ellos. A pesar de diferenciarse nítidamente de la postura de los “universitarios”, como en todas las otras cartas, en esta de los “escritores” tampoco hay referencia a Palestina y a los palestinos, reemplazados por el genérico “árabes” y por “Cercano Oriente”.

La carta de los “universitarios” uruguayos dará lugar el 9 de noviembre de 1973 a una Carta de los Lectores enviada por Sophie Magariños, colaboradora de Marcha en París. Declarando no querer polemizar, Sophie Magariños se dirige a sus “ex compañeros y colegas universitarios” y les reprocha “la ligereza y la ignorancia con la que se expresan” al opinar sobre lo que es “un episodio más de una guerra iniciada en 1948, y que arranca en la lucha del pueblo árabe-palestino a partir de 1917 durante el mandato británico en Palestina”. En cuanto a la carta enviada por “algunos profesores” de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Sophie Magariños declara que no se expresará sobre sus “prehistóricos argumentos”.

En el último número de 1973, el 28 de diciembre, nuevamente se enciende la Carta de los Lectores, cuando un lector que firma “Cantaclaro” escribe “Israel, un problema para el mundo”, y polemiza con una nota de Adolfo Tejera (político del Partido Nacional). Extremadamente documentado, Cantaclaro recuerda las numerosas resoluciones de la ONU avasalladas y negadas por el Estado de Israel, dice que el 6 de octubre previo Israel había atacado dos localidades egipcias en el Golfo de Suez y afirma: “Como es natural, Israel siempre trata de buscar pretextos que lo pongan a cubierto de la cólera que cada uno de sus actos agresivos ha despertado en la opinión pública mundial. Así en la agresión de 1967 se esgrimió el cierre del golfo de Acaba y el señor Tejera no hace sino repetirlo una vez más”. En su extensa y documentada carta, Cantaclaro retrocede a la partición de Palestina en donde no figuraba territorio israelí en el golfo de Aqaba, lo que hacía que el actual puerto de Eilat no fuera otra cosa que una localidad egipcia. Y prosigue: “Los sionistas pretenden vender la imagen de que en Palestina no había nada antes de su llegada. Para empezar, digamos que había palestinos. Dos terceras partes de la población era árabe-palestina y el 97, 52 de las tierras les pertenecían. Poseían además 27 bancos, cooperativas de crédito…”.

Por su parte, el señor Isaac Hotzbalt responde al señor Egon Friedler, con quien había mantenido un intercambio epistolar polémico, ya que, entre otras cosas el señor Friedler negaba hasta las declaraciones del propio Moshe Dayan acerca de la connivencia entre Israel, Francia e Inglaterra en la campaña del Sinaí en 1956. Destaca el señor Hotzbalt, en ese número último de 1973, la facilidad con que “la prensa sionista” califica de “antisemita”, ya que para alcanzar ese mote bastaba con “no coincidir exactamente con las opiniones de Golda Meir”.

En ese mismo número de diciembre de 1973, Carlos Martínez Moreno escribe “Tiempos duros para el hombre” y compara a quienes bombardean napalm en Vietnam o a los torturadores del Dops chileno con “los extremistas palestinos que masacran inocentes en Lods o Munich o Fiumicino”, y concluye atribuyendo una ventaja a estos últimos, que “se juegan ellos mismos en el extravío absurdo de su protesta-crimen”. Esas “bellas almas del terror” se contraponen, según Martínez Moreno, a quienes actúan “amparados en un engranaje que los protege”. La superioridad moral que Martínez Moreno atribuye a “los extremistas palestinos” diluye en el no sentido lo que Palestina y palestinos cargan como sentidos históricos, políticos, periódicamente reactivados.

Así, el sentido de Palestina y los palestinos se diluye (a) en el genérico “árabes”; (b) en el impreciso “Cercano Oriente”; (c) en el no sentido de la superioridad moral de quien juega con la muerte propia y ajena; (d) en el no sentido del no lugar que les depara el “derecho a la defensa” del Estado de Israel. Ese sentido histórico y político escamoteado por el sionismo y sus seguidores es el que las resoluciones de la ONU procuran restituir, reconociendo una historia política, con sus despojados y sus vencedores. La fugaz vigencia legal de la Resolución 3379 da cuenta de ese sentido político que hoy, en 2024, vuelve a restallar.

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Pocos meses después, en 1974, Marcha desaparecerá para siempre. No obstante, es sobrecogedor encontrar en estos textos que ya tienen entre ochenta y cinco (1939) y cincuenta años (1973), la permanencia de las críticas a Israel como Estado colonialista, racista y supremacista; igualmente es sobrecogedora la permanencia de “la liviandad y la ignorancia” con la que se otorga al Estado de Israel la impunidad absoluta en su política de exterminio de los palestinos, en el fondo siempre inexistentes, si no es como amenaza “terrorista” o como mano de obra a ser occidentalizada.

Afortunadamente, es también conmovedor notar la permanencia de algunas solidaridades como, por ejemplo, la que enlaza a los pueblos palestino y sudafricano. Y es francamente inquietante calibrar la permanencia de la ceguera, real o fingida, universitaria, decidida a justificar lo injustificable, en nombre de principios abstractos, desgastados de tanto ser salmodiados con la voz amenazante de quienes rebosan de amor por quienes disponen de la vida o de la muerte del prójimo.

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