LUIS ALBORNOZ / Willard Quine en su artículo “Dos dogmas del empirismo” (1950), desarrolló una crítica a dos premisas fundamentales del empirismo lógico, la dicotomía entre enunciados analíticos y sintéticos con arreglo a distintos criterios de verdad y el criterio atomista-reduccionista de verificación. Y con ello, no solamente cuestionó radicalmente la epistemología del empirismo lógico, sino que sentó las bases de un nuevo modelo de filosofía post-analítica que perdura hasta la actualidad. 

FILOSOFÍA

I. Contexto histórico-teórico

La metodología cartesiana de análisis conceptual, estableció un criterio de demarcación entre los acontecimientos del mundo (la ontología) y el proceso cognitivo (la gnoseología en sentido amplio), cuya distancia debía salvarse por la conexión problemática (siempre amenazada por la duda escéptica) de la mediación epistémica de las ideas o representaciones mentales. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, sucesivos análisis mostraron que esas representaciones debían considerarse más bien como productos derivados de la matriz primera del lenguaje compartido (el llamado giro lingüístico) y que por lo tanto, el esfuerzo por construir teorías con pretensión cognitiva del mundo, debía partir del análisis del significado de los términos lingüísticos utilizados (las teorías semánticas del significado). 

Pero fundamentalmente a partir de Frege, se empezó a entender que la unidad mínima de análisis del significado no podía radicar en los términos utilizados, sino en los enunciados que incluían esos términos. Influenciado por el avance de la lógica simbólica y de las ciencias particulares, una expresión relevante del análisis filosófico (el positivismo lógico) concibió el proyecto de la construcción de lenguajes artificiales precisos que describieran adecuadamente el estado del conocimiento alcanzado hasta ese momento. En ese proyecto inicial, un lenguaje con pretensión cognitiva debía constar de enunciados analíticos (o convencionales) cuyo criterio de verdad radicase en la significación de los términos utilizados (y que incluían las leyes lógicas) y enunciados sintéticos cuyo criterio de verdad radicase en su conexión con la experiencia sensorial. Estos postulados implicaban la exclusión del campo cognitivo de todos los enunciados considerados valorativos (es decir, que no fuesen analíticos, ni sintéticos-descriptivos de una experiencia sensorial). En ese proyecto, un postulado central consistía entonces, en un criterio de demarcación preciso entre enunciados considerados analíticos y enunciados considerados sintéticos; los enunciados que parecían no cumplir con ese criterio, debían de-construirse en enunciados más simples que sí cumplieran con el criterio de demarcación (o debían excluirse de cualquier contenido cognitivo). 

En ese contexto se inscribe un análisis crítico de Quine (Quine, 1950, 49-81), que concluye en que esa demarcación no puede ser absoluta, es decir, que en la generalidad del lenguaje con pretensión cognitiva de las ciencias, no existen enunciados sintéticos puros (exentos de una imbricación con enunciados analíticos) ni enunciados analíticos puros (exentos de una imbricación con enunciados sintéticos). Esta conclusión que Quine denominó crítica del “primer dogma del empirismo”, si se acepta mayormente como correcta, significaría algo así como el colapso de la dicotomía de enunciados analíticos-sintéticos, del que se deriva la crítica al “segundo dogma del empirismo” o el colapso del criterio atomista-reduccionista de verificación. 

II. Análisis de “Dos dogmas del empirismo”. 

Una primera reflexión es que:

“Se podría suponer que la verdad de un enunciado es algo analizable en una componente lingüística y una componente fáctica. Dada esa suposición, parece a continuación razonable que en algunos enunciados, la componente fáctica se considere nula y éstos serían los enunciados analíticos. Pero por razonable que sea todo eso a priori, sigue sin trazarse una línea separatoria entre enunciados analíticos y enunciados sintéticos. La convicción de que esa línea debe ser trazada, es un dogma nada empírico de los empiristas” (Quine, 1950, 70). 

Por otro lado, la manera de construir una teoría del significado en el proyecto inicial de los empiristas lógicos, debía regirse por:

“el reductivismo radical (…) (según el cual), para ser significante un término tiene que ser el nombre de un dato sensible o bien un compuesto de tales nombres o una abreviatura de un compuesto de esa naturaleza” (Quine, 1950, 72). 

Ese “reductivismo radical” fue la posición inicial de la primera fase del empirismo lógico, por el que se pretendía que un enunciado con carácter cognitivo, debía ser reducido a un enunciado protocolar de observación sensorial. Pero el análisis de Quine, extrae una conclusión que en sí misma constituye una segunda crítica a la epistemología empirista: 

“el dogma reductivista ha seguido influyendo en el pensamiento de los empiristas (…) en la suposición de que todo enunciado aislado de los otros, puede tener confirmación o invalidación. Frente a esta opinión, la mía (…) es que nuestros enunciados acerca del mundo externo se someten como un cuerpo total al tribunal de la experiencia sensible y no individualmente” (Quine, 1950, 75). 

De este modo, la conexión interna entre las dos críticas a la concepción epistemológica del empirismo lógico, consistiría en que:

“El dogma reductivista está en íntima conexión con otro dogma, a saber, que hay una distinción entre lo analítico y lo sintético. (…) Aún más directamente, el primer dogma sostiene al segundo del modo siguiente: mientras se considere significante en general, hablar de la confirmación o la invalidación de un enunciado, parece también significante hablar de un tipo límite de enunciados que resultan confirmados vacuamente ipso facto, ocurra lo ocurra, y esos enunciados serían los que se consideran analíticos. Los dos dogmas son en efecto idénticos en sus raíces. Antes dijimos que en general, la verdad de los enunciados depende obviamente del lenguaje y del hecho extra-lingüístico y ya entonces notamos que esa circunstancia obvia lleva consigo, no por inferencia lógica pero sí muy naturalmente, la sensación de que la verdad de un enunciado es algo analizable (separable, agregado mío) en una componente lingüística y otra factual. (…) En el caso extremo de que lo único que importe sea la componente lingüística, el enunciado se considera analítico” (Quine, 1950, 75). 

Y entonces concluye:

“Quiero sugerir en este momento que hablar de una componente lingüística y una componente factual en la verdad (que puedan separarse, agregado mío) de cualquier enunciado particular, es un sinsentido que da lugar a muchos otros sinsentidos. Tomada en su conjunto, la ciencia presenta esa doble dependencia respecto del lenguaje y respecto de los hechos; pero esta dualidad no puede perseguirse significativamente hasta los enunciados de la ciencia uno por uno” (Quine, 1950, 76). 

Es decir entonces, que la crítica al criterio de verdad empirista basado en una pretensión de separación entre enunciados analíticos (cuyo valor veritativo dependería del significado de sus términos) y enunciados sintéticos (cuyo valor veritativo dependería de su confrontación con los hechos), se complementa con la crítica a otro aspecto de ese criterio de verdad, consistente en la pretensión de confrontación empírica de los enunciados tomados aisladamente “uno por uno”, el que debería ser sustituido por un criterio de verdad consistente en confrontar con el “tribunal de la experiencia sensible”, al conjunto total de los enunciados de una ciencia. Dicho en sus palabras:

“Con Frege, el enunciado llegó a ser reconocido en vez del término, como la unidad relevante para una crítica empirista. Lo que ahora afirmo es que nuestra red sigue siendo de mallas demasiado estrechas, incluso cuando tomamos el enunciado entero como unidad. La unidad de significación empírica es el todo de la ciencia” (Quine, 1950, 76). 

Esta reformulación del criterio de verdad empirista basado en las dos dicotomías mencionadas, debería aplicarse al conocimiento o sistema de creencias en general y al conocimiento específicamente científico. Y en el territorio científico, debería abarcar a todaslas ciencias, desde las más ligadas a la experiencia hasta las más teóricas (como la física atómica) y las más formales (como la matemática o la lógica): 

“La totalidad de lo que llamamos nuestro conocimiento o creencias, desde las más casuales cuestiones de la geografía y la historia, hasta las más profundas leyes de la física atómica o incluso de la matemática o de la lógica puras, es una fábrica construida por el hombre y que no está en contacto con la experiencia más que a lo largo de sus lados. El todo de la ciencia es como un campo de fuerza cuyas condiciones-límite da la experiencia”. (Quine, 1950, 77)

En el caso que en la confrontación con el “tribunal de la experiencia”, surgiese un conflicto, el mismo debería arbitrarse mediante lo que Quine denominará luego la “máxima de la mutilación mínima”, que implicaría modificar (o eventualmente, eliminar) los enunciados más periféricos de una teoría, para que el cuerpo central de enunciados de esa teoría permanezca en lo posible, en un nuevo equilibrio: 

Un conflicto con la experiencia en la periferia, da lugar a reajustes en el interior del campo: hay que redistribuir los valores veritativos entre algunos de nuestros enunciados. La nueva atribución de valores a algunos enunciados, implica la re-valoración de otros en razón de sus interconexiones lógicas (y las leyes lógicas son simplemente unos determinados enunciados del sistema, determinados elementos del campo). Una vez redistribuidos valores entre algunos enunciados, hay que redistribuir también los de otros que pueden ser enunciados lógicamente conectados con los primeros o incluso enunciados de conexiones lógicas” (Quine, 1950, 77). 

Entonces y respecto a la reformulación del criterio de verdad empirista, la relación interna entre el colapso de la dicotomía entre enunciados analíticos-sintéticos y la crítica del criterio de verificación reduccionista (atómico), podría expresarse así:

“Ninguna experiencia concreta y particular está ligada directamente con un enunciado concreto y particular en el interior del campo, sino que esas conexiones son indirectas, se establecen a través de consideraciones de equilibrio que afectan al campo como un todo. Si esta visión es correcta, será entonces erróneo hablar del contenido empírico de un determinado enunciado, especialmente si se trata de un enunciado situado lejos de la periferia del campo. Además, resulta entonces absurdo buscar una divisoria entre enunciados sintéticos que valen contingentemente y por experiencia, con enunciados analíticos que valen en cualquier caso” (Quine, 1950, 77) (las cursivas son mías). 

En particular, la relación del criterio de verdad entre enunciados analíticos y sintéticos, está afectada por una imbricación mutua, en la que ambos pueden eventualmente tener un valor de verdad (según el mismo criterio de contribución epistémica al sistema, haciendo los reajustes necesarios) y en la que ambos son pasibles de revisión y modificación:

“Todo enunciado puede concebirse como valedero en cualquier caso, siempre que hagamos reajustes suficientemente drásticos en otras zonas del sistema. (…) A la inversa y por la misma razón, no hay enunciado alguno inmune a la revisión. Hasta una revisión de la ley lógica del tercio excluso se ha propuesto como un expediente para simplificar la mecánica cuántica” (Quine, 1950, 78). 

Ahora bien, la segunda crítica que implica la propuesta del criterio holista de corrección, fue matizado en sucesivas aproximaciones en las que Quine revisó esta tesis a favor de un holismo “moderado”, que resulta de incluir dos reservas a la caracterización inicial del holismo:

“(1) que la susceptibilidad de un enunciado a los testsde observación, es un asunto de grado y puesto que los enunciados observacionales están estrechamente ligados a la observación por medio de procesos de aprendizaje, son susceptibles individualmente de tales testsy (2) que es más exacto decir de las teorías científicas, que la unidad de significación empírica no es el todo de la ciencia, sino más bien, segmentos significativos de la ciencia; son esos segmentos significativos de la ciencia (o masas semánticas críticas), los que constituyen el cuerpo articulado que se enfrenta al tribunal de la experiencia sensorial, al implicar categorías observacionales” (Gibson, 2008, 225) (las cursivas son mías).

Quine recurre a esta versión del holismo “moderado” para enfrentar las argumentaciones de algunos positivistas lógicos, a favor de que las oraciones matemáticas carecían de contenido empírico pero que igualmente eran verdaderas (en virtud del significado de sus términos):

“En la medida en que la matemática se aplica a las ciencias naturales, considero que tiene contenido empírico. Las oraciones de la aritmética pura y del cálculo diferencial, contribuyen de manera indispensable a la masa semántica crítica de diversos clústers de hipótesis científicas y así comparten el contenido empírico que han absorbido de las categóricas observacionales implicadas”. (Quine, 1991, 269)

De igual modo, recurre al holismo “moderado” para responder a la postulación de la necesidad de las matemáticas:

“Cuando un clúster de oraciones con masa semántica crítica queda refutado por un experimento, la crisis puede resolverse rechazando una u otra oración del clúster. Esperamos elegir de tal manera, que optimicemos el progreso futuro. Si una de las oraciones es puramente matemática, no elegiremos rechazarla; tal acción tendría una repercusión excesiva a través del resto de la ciencia. Estamos constreñidos por la máxima de la mutilación mínima. Mantengo que la necesidad de la matemática reside simplemente en esto: en nuestra determinación de hacer las revisiones en otra parte. No encuentro ningún sentido profundo de la necesidad en ningún otro sitio. La necesidad metafísica no tiene lugar en mi manera naturalista de ver las cosas y la analiticidad tampoco” (Quine, 1991, 269-270) (la cursiva es mía)

Entonces, las conclusiones de estas dos críticas podrían resumirse del modo siguiente. Para el positivismo lógico (por ejemplo, Carnap), en todo sistema de lenguaje y en todo sistema teórico del conocimiento científico, existiría una dualidad entre enunciados sintéticos y enunciados analíticos. Esta dualidad significaría que: (i) los enunciados sintéticos (empíricos o descriptivos) se consideran parte de un sistema global (del lenguaje o del marco teórico de una ciencia) que expresan nuestras creencias dentro del vocabulario de ese sistema, de modo que el cambio de estos enunciados es interno a su sistema de pertenencia y su justificación puede evaluarse epistémicamente (por su valor de verdad); por otro lado, (ii) los enunciados analíticos (aprióricos o convencionales) se consideran constitutivos y regulativos del sistema en su conjunto, de modo que un cambio en estos enunciados es externo al sistema mismo (y es un cambio de sistema), por lo que no puede evaluarse epistémicamente con los criterios de corrección que pertenecen al sistema que se cambia, sino en función de elecciones basadas en valoraciones que respondan a ciertos objetivos que se pretenden (es decir, “determinaciones” por motivaciones pragmáticas que se evalúan por su grado de adecuación con esos objetivos).

En esa concepción existe una dualidad entre los enunciados analíticos y sintéticos, dada por la relevancia otorgada a los criterios epistémicos para decidir cambios de los enunciados: los cambios en los enunciados sintéticos se evaluarían por consideraciones epistémicas y los cambios en los enunciados analíticos se evaluarían por consideraciones pragmáticas. A su vez, esa dualidad se apoya en el criterio verificacionista (reduccionista) del significado, por el que sólo los enunciados sintéticos (y cada uno de ellos), se consideran que tienen un valor de verdad por su contenido empírico (dado por la contrastación con la experiencia sensible). 

Pero como Quine critica y sustituye ese criterio atómico de corrección por un criterio holista, según el cual muchos enunciados sintéticos no tienen un contenido empírico propio al margen de los sistemas en los que están insertos, entonces, se diluye el criterio de demarcación entre enunciados sintéticos y analíticos. La razón de la aceptación de la mayoría de los enunciados sintéticos no sería necesariamente su contenido empírico propio, sino su rol y contribución (es decir, sus efectos epistémicos) al sistema teórico en su conjunto. 

Por lo tanto, por un lado (i) se sigue un criterio similar a la aceptación de los enunciados analíticos (por su contribución epistémica al conjunto al que pertenecen), de modo que siempre existiría un criterio de corrección con un componente interno de justificación (tanto para los enunciados analíticos como para la mayoría de los sintéticos); por otro lado, (ii) simultáneamente y por la misma razón (contribución epistémica al sistema), no existiría ningún enunciado analítico (a priori o convencional) inmune a la modificación, si las necesidades del sistema teórico lo exigen. 

Y además (iii) el criterio de justificación valorativa pragmática que Carnap reservaba para la modificación de los enunciados analíticos, también regiría indirectamente para los enunciados sintéticos por lo siguiente. El valor de verdad de un enunciado sintético depende de la aceptación del sistema teórico en el que está inserto, que establece ciertos criterios de corrección que se basan en valoraciones epistémicas (simplicidad, coherencia, alcance explicativo, alcance predictivo, eficacia instrumental, etc.). Esos valores epistémicos se aceptan, porque resultan útiles para el conjunto del conocimiento concebido como “uninstrumentodestinadoen última instancia a predecir experiencia futura a la luz de la experiencia pasada” (es decir, una justificación valorativa, agregado mío) (Quine, 1950, 79)

Entonces, tanto los enunciados analíticos como los sintéticos, se someten (de distinta manera) a criterios de justificación epistémicos y pragmáticos, de modo que aunque se mantenga en un contexto determinado la distinción nocional, ésta no puede convertirse en una dualidad en la que unos enunciados (los analíticos) se rigen exclusivamente por criterios valorativos y otros (los sintéticos) se rigen exclusivamente por criterios epistémicos. Al modificar de este modo, el tribunal de los criterios de corrección (que estará integrado conjuntamente por criterios epistémicos y valorativos pragmáticos para todoslos enunciados), la relevancia epistemológica de la dualidad se diluye, así como también se diluye la concepción de enunciados analíticos “puros” (formados por convenciones y evaluables exclusivamente por criterios valorativos) y la concepción de enunciados a priori “puros” (evaluables exclusivamente por la significación de sus términos, independientemente de todo contenido empírico). En este sentido, eso se ha sintetizado del siguiente modo:

“las elecciones pragmáticas o de lenguaje que Carnap veía externas, Quine las introduce en el sistema, a la vez que señala que las justificaciones internas no son meramente epistémicas, sino que tienen también componentes pragmáticos (por ejemplo, simplicidad e incluso globalidad)” (Navia, 2016, 10).

Por otro lado, la aparente aprioridad de los enunciados lógicos y matemáticos, se origina en que sus bases están más alejadas de la experiencia directa, pero no porque sean independientes de su valor para el manejo de nuestro conocimiento empírico en su conjunto (tal que si dicho sistema lo requiriera, las bases de esas disciplinas también podrían ser reformadas). Es decir:

“la justificación a priori entendida como una justificación totalmente ajena a la experiencia, no es posible, pero entendida como una relación remota y global con la experiencia, sí opera para algunos enunciados centrales del sistema o para algunos enunciados no centrales pero básicos (…). Sólo que ahora estos enunciados son susceptibles de revisión, no se apoyan en formas heterogéneas de evidencia, ni de justificación; dado que la única forma de justificación que Quine reconoce es el valor para el sistema de conocimiento científico en su conjunto”. (Navia, 2016, 11) 

Y entonces habría que concluir que:

“Ninguna creencia tiene justificación externa al sistema de nuestros conocimientos empíricos y aún los principios más básicos de la lógica y la matemática serían revisables y solo se justificarían por su contribución para el manejo general del sistema” (Navia, 2016, 11). 

III. Comentarios

De lo anterior se sigue que el esquema conceptual de la ciencia total (“matemática, natural y humana”), contiene valoraciones epistémicas (por ejemplo, la simplicidad de las leyes) y su construcción se regiría por valoraciones pragmáticas (la “conveniencia” del esquema y de las entidades postuladas para manejar el flujo de la experiencia, la concepción del esquema en sí mismo como un instrumento, la toma de decisiones en función de ciertos objetivos). Esto último, Quine lo dice de modo expreso:

“(Por ejemplo) la cuestión de si hay o no hay clases, parece más bien una cuestión relativa al esquema conceptual conveniente. (…) Pero esta diferencia es sólo de grado y se basa en nuestra vaga inclinación pragmática a reajustar un determinado ramal de la ciencia, en vez de otro u otros, cuando intentamos acomodar en ella alguna experiencia negativa inesperada. En esas decisiones, desempeñan algún papel el conservadurismoy la búsqueda de la simplicidad. Carnap, Lewis y otros adoptan una actitud pragmática en la elección entre formas lingüísticas o estructuras científicas; pero su pragmatismo se detiene ante la imaginaria frontera entre lo analítico y lo sintético. Al repudiar esa frontera, expongo un pragmatismo más completo. Todo hombre recibe una herencia científica más un continuo y graneado fuego de estímulos sensoriales y las consideraciones que le mueven a moldear su herencia científica para que recoja sus continuos estímulos sensoriales son, si racionales, pragmáticas (las cursivas son mías)”(Quine, 1950, 81)

Parece claro entonces, que en este artículo, Quine admite expresamente tanto la inclusión de valoraciones epistémicas en el esquema conceptual del conjunto de la ciencia, como la inclinación y consideraciones (motivaciones) pragmáticas en la construcción y ajuste de dicho esquema. Lo que quedaría por preguntar sería: ¿por qué tendríamos esa “inclinación” para ajustar un determinado ramal de la ciencia?, ¿por qué haríamos ese tipo de “consideraciones” a la hora de moldear la herencia científica?, ¿por qué tendríamos esa “tendencia” a perturbar lo menos posible al sistema en su conjunto? 

Por un lado, Quine adjetiva esa tendencia como “natural”, probablemente aludiendo a los factores físico-biológicos que predisponen la tendencia; pero por otro lado, al referirse a “elecciones”, “decisiones” y “consideraciones”, parece estar aludiendo a otro factor que no sería reductible a un determinismo físico-biológico. Parecería que la simplicidad de las leyes que rigen los esquemas, la eficacia instrumental para manejar el flujo de la experiencia, la conveniencia según ciertos objetivos, etc., dependen también de ciertas elecciones. Y entonces, ¿por qué habríamos de elegir de un modo relativamente consistente o con un “cierto interés humano persistente” en la expresión de Peirce? 

Un esbozo de una respuesta podría ser: porque esas elecciones epistémicas y pragmáticas, son traducciones provisorias pero persistentes, del modo general con el cual queremos y elegimos relacionarnos con el mundo, sus objetos y sus acontecimientos, por la mediación recíproca del modo general con el que queremos y elegimos relacionarnos entre nosotros. Y en ese sentido general, esas modalidades de relacionamiento que incluyen un factor de elecciones y decisiones, podrían ser consideradas como valoraciones meta-éticas (a pesar de que Quine no aceptó explícitamente ésta última conclusión). 

Entonces, recapitulando este punto en una breve síntesis: (a) la crítica a la dicotomía entre enunciados analíticos y sintéticos, implica la imposibilidad de establecer un criterio de demarcación rígido y se postula por el contrario, que todo enunciado tiene un contexto de formación en la “experiencia”; (b) la crítica al criterio atómico de verificación, implica la imposibilidad de establecer un criterio de verificación para cada enunciado aislado, y se postula por el contrario que esa confrontación debe considerarse respecto al conjunto de enunciados que conforman un esquema conceptual (o clústers de masa crítica significativa) que es el que se somete como un conjunto sistémico al “tribunal de la experiencia” sensorial. Pero (c) los proyectos de construcción de lenguajes de puros datos sensibles (de protocolo), incontaminados de interpretaciones, persisten de algún modo en la propuesta de Quine, porque trata de mantener la dicotomía entre contenido invariante y agregados conceptuales respecto a la visión conjunta de los esquemas conceptuales, ya que considera que:

“Nuestros puntos de arranque conceptuales (…) llegan a medio camino de la evolución cultural de la especie. Al asimilar esa ruta cultural, tenemos mayor conciencia de una distinción entre recepción e invención, sustancia y estilo, indicios y conceptuación. (…) Retrospectivamente podemos distinguir los componentes de la construcción de teorías. (…) No podemos eliminar los aderezos conceptuales enunciado por enunciado y dejar una descripción del mundo objetivo; pero podemos investigar el mundo y el hombre como parte de él y averiguar así que indicios se pueden conseguir de lo que ocurre en torno suyo. Restando esos indicios de su visión conjunta del mundo, podemos diferenciar la contribución neta del hombre” (Quine, 1960, 18-19) (las cursivas son mías).

Y en ese marco holístico, en el “tribunal de la experiencia” (Quine, 1960, 88) que se propone como instancia normativa de verificación (y que nos permitiría diferenciar,  aunque no enunciado por enunciado sino en un conjunto de sub-sistemas de enunciados, recepción-invención, sustancia-estilo, indicios-conceptuación, es decir, diferenciar los componentes del mundo objetivo de los agregados conceptuales), la “experiencia” aún  debería entenderse como “la estimulación de receptores sensoriales, (que es) la única prueba para llegar en última instancia, a una imagen del mundo propia” (Quine, 1969, 75).

Es decir que en el conjunto del proceso, la concepción epistemológica de Quine se ha distanciado considerablemente de algunas premisas centrales del empirismo lógico, pero aún subsiste el proyecto de mantener la dicotomía (no respecto a enunciados aislados tomados uno por uno, sino al marco holístico que los integra), entre los contenidos empíricos “puros” (no “contaminados” por interpretaciones) y los esquemas conceptuales que los interpretan. Y justamente este punto, es el que parte de la herencia de Quine, se propondrá revisar. O sea, si es pertinente mantener esa dicotomía o si más bien, los contenidos empíricos (en general, los “hechos”) y los esquemas conceptuales interpretativos, mantienen una imbricación o entrelazamiento tal que se pueden distinguir nocionalmente, pero no se pueden separar en componentes “puros” (exentos de su contra-parte). 


Referencias Bibliográficas

Quine, Willard. Dos dogmas del empirismo (1950), artículo incluido en “Desde un punto de vista lógico”, Editorial Orbis (Barcelona, 1985).

Quine, Willard. Word and Object. Cambridge University Press (Massachusetts, 1960). Traducción castellana en Palabra y objeto,  Editorial Labor (Barcelona, 1968).

Quine, Willard. Epistemology naturalized (1969), incluido en “Ontological Relativity”. Editorial Columbia University Press (New York, 1969).

Quine, Willard. Two Dogmas in Retrospect (1991), artículo incluido en “Canadian Journal of Philosophy” (Toronto, 1991), Vol. 21 (3).

Gibson, Robert. Willard van Orman Quine, incluido en Teorema Vol. XXVII nº 3 (2008).

Navia, Ricardo. Naturalización quineana de la epistemología: normatividad, aprioridad y filosofía. Udelar (Montevideo, 2016). 

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