XISELA FRANCO / Si me fuera a vivir a Estambul me llevaría mis demonios conmigo. Los cantos de sirena de la seguridad no parecen haber impregnado de cobardía esta urbe turca, perdonen que soy de las que defiendo que vivir es un riesgo siempre. Los habitantes de Estambul, a diferencia de los de Toronto o París, me parece que todavía viven

PENINSULAe

Vuelvo de pasar unos días espléndidos en Estambul pero nada nuevo podré decir sobre la que fue Bizancio, Constantinopla, esa ciudad asombrosa capital de los imperios romano, bizantino, latino, otomano, crisol de culturas entre Europa y Asia, con 6000 años de historia sobre la que se han escrito tantas cosas fascinantes y contradictorias. Estoy en el avión atendida por azafatas muy amables de Turkish Airlines y me resisto a hacer uso de la pantallita frontal que ofrece al viajero cine americano, europeo, asiático, series turcas o lecciones sobre el Islam. Soy cineasta pero cada año que pasa siento que el cine en general, desde luego el comercial pero también el independiente, me interesa menos. En esta época de descrédito solo me sabe bien el cine realmente pequeño, imperfecto, el cine amateur, el cine frágil y periférico, el cine de mis colegas gallegos talentosos o el de mis jóvenes alumnas estudiantes de Bellas Artes que son en su mayoría mujeres. O el cine que hago yo misma para zambullirme en un tema o lugar, crecer, o jugar con mis dos manos usando una camarita cual bolígrafo y una libreta-ordenador. 

No hubiera podido nacer el cine de una cultura islámica que niega las imágenes, claro. Las imágenes de Santa Sofía que representaban figuras religiosas y santos se retiraron para el musulmán, se destruyeron o taparon con yeso, pero tras las obras para su musealización en 1931 se descubrieron algunos mosaicos sublimes muestra de aquel esplendor cristiano. Hoy se cubren al fiel y descubren al turista moviendo cortinas varias veces al día, desde que Erdoğan tomó la sediciosa decisión de reconvertirla en mezquita, en 2020, habiendo sido desde su inicio casi mil años basílica cristiana ortodoxa (Siglo VI-XV), desde 1453 a 1931 mezquita, y finalmente museo cuando se consolidaba el sistema secular después del nacimiento de la República de Turquía (1923).  Volviendo al cine, a las imágenes animadas, Occidente dio a luz ese invento, la fotografía en los años 30 del SXIX, el cinematógrafo en 1895, ese moderno artilugio para fascinar. Primero utensilio de barraca de feria, luego convertido en herramienta artística, el cine es un medio que no es como la literatura, ni la filosofía, no invoca la reflexión profunda, y por su naturaleza sensorial se orienta a la superficie de las cosas, aquello capturable que vemos con los ojos y oímos con los oídos. 

Santa Sofía. Mosaico bizantino Virgen María y Niño Jesús (S.IX), cubierto con cortinas

De viaje una se conecta con una parte de sí misma que le permite tomar distancia de las cosas, salir de un lugar conocido y gozar de la novedad de lo inexplorado. Al tiempo, una aprende que viajando o habitando otras ciudades, por muy exótico que sea el destino, se lleva sus preocupaciones allá donde vaya. Si me fuera a vivir a Estambul me llevaría mis demonios conmigo. En el avión de ida me encontré a un amigo que vuelve por segunda vez a dar clase de español a una universidad pública y me cuenta cómo fue su experiencia. Me habla por ejemplo del respeto que se tiene a la figura del profesor, no existe esa desafección que lleva a nuestros estudiantes tan europeos al nihilismo o a la hipermedicación, hay jóvenes que ocupan una silla en clase como medio muertos. Me parece refrigerante una experiencia así, dar clase en una universidad como mi amigo, en una ciudad muy turística sí, donde como mujer no puedo evitar sentirme molesta al ver mujeres en las calles tan cubiertas, de algunas solo asoman sus ojos, detrás del hombre. Y al tiempo, Estambul es una urbe tan cosmopolita, exuberante que ni el turismo, ni mi enfoque de occidental feminista pueden evadir ese carácter atractivo y emblemático. Mística, enigmática, vibrante, nada puede detener ese caos tan estimulante. 

Excepto una pandemia, cuesta creerlo, pero también se paró Estambul. Como se paró Wuhan, Nueva York, Londres, Mumbai, El Cairo, Nairobi o Ciudad del Cabo.

Los cantos de sirena de la seguridad no parecen haber impregnado de cobardía esta urbe turca, perdonen que soy de las que defiendo que vivir es un riesgo siempre. Los habitantes de Estambul, a diferencia de los de Toronto o París, me parece que todavía viven, fumando discretamente en un restaurante, habitando una nube de contaminación, sin cinturón de seguridad en el coche o sin casco en la moto, porque decide cada uno, su conciencia, máxime cuando se trata del cuerpo propio, el grado de riesgo al que se quiere exponer. Cierto grado de peligro nos mantiene vivos. 

Nada nuevo voy a decir sobre esta ciudad de entre 15 millones y 20 de habitantes, la más grande de un país, Turquía, que no sin problemas acoge actualmente al mayor número de desplazados refugiados del mundo, 3,6 millones de sirios que huyeron de una guerra civil que si bien ya no es tan sangrante (acumula más de 300.000 muertos) tras 13 años de conflicto de aquella “primavera árabe” parece no hay paz definitiva. No podré aportar nada valioso sobre la guerra civil de Siria, sus distintas facciones, el régimen de Bashar al-Assad, los kurdos, el ISIS, los yihadistas, el papel de EEUU o el de Rusia…. Sabemos todas las guerras que nos retransmiten son interesadas, buscan la muerte, sus industrias de armamento generan dinero y para encontrar su justificación, y quien mate y muera en ellas, presentan la información falsificada. Cuesta discernir si todo es mentira o qué parte es -más o menos- propaganda.

Santa Sofía. Mujeres rezan en los laterales de las mezquitas o detrás “para evitar la tentación en los hombres”

Unos pocos días en Estambul me inhabilitan para decir algo que sea cierto. Solo puedo asegurar que vuelo, y que sujeto un bolígrafo en mi mano, no quiero dudar de esa realidad aunque viviéramos en una Matrix holográfica de universos paralelos o aunque todo fuera una ilusión, un sueño. Escribo con un bolígrafo, que es de color azul, tiene tinta azul. Como el cielo de un precioso texto de Borges titulado El cielo azul, es cielo y es azul, digan lo que digan los que parten de una tesis materialista, que solo otorga verdad a los números y rechaza lo que se siente: el sabor, el olor, el color. Tampoco tienen del todo razón los idealistas, cuya tesis me atrae mucho más pero que, simplificando, al final solo reconocen la existencia de ideas, lo subjetivo. Borges dice que quizás ni todo es razón, objeto real medible, ni todo es representación o voluntad de ser, al estilo Schopenhauer. Ni lo que dice Platón sobre las ideas puras, ni lo que dice Kant sobre las cosas en sí.  Ni todo es lenguaje, como cuando decimos “el lenguaje construye el mundo”, a pesar de lo atractivo del enunciado. Borges no niega la posibilidad de distintas aproximaciones a lo real, múltiples ontologías, pero plantea una cosa distinta: ¿y si somos máquinas de buscar causas y efectos, pero en verdad nada es causa de nada? ¿Y si solo existe cada evento independiente, presente a la conciencia de cada cual? Escribo con tinta azul en este instante. Dibujo palabras en azul, buscando significar mis pensamientos de occidental española, gallega -del finisterre occidental de Europa-, que vuelve a casa tras una semana de belleza y exotismo en la megápolis de Turquía.

La torre de Gálata, vista de la calle «Buyuk Hendek»

Año 2024

Una tiene la sensación de que es el último verano, y en ese caso, sin querer dramatizar, agradezco la vida vivida. El mundo se ha vuelto un disparate y se han ido cruzando límites impensables años atrás. Algunos batallamos para que no se pierda todo. Para mí se trata de no ceder, debernos filosóficamente al concepto de individuo, preservar las libertades, la libertad individual, y no seguir retrocediendo en las conquistas de varios siglos atrás. Y si poco de todo esto podemos salvar, siempre nos queda resguardar el valor de la libertad interior, eso que decía Viktor Frankl que nunca te pueden arrebatar. Pienso en mi hija que ya tiene 11 años y ahora duerme, que crece tan rápido que siento que de suceder cualquier ignominia, como hemos contemplado acaecer sin resistencia, la bella durmiente podría sobrevivir mejor que el año pasado, cuando tenía 10. Es fuerte, es lista, tiene templanza. Superará la caída de occidente. Querido lector, cómplice lectora, en tinta azul escribo lo que percibo en este instante del mundo en que se abrió una brecha, o una catarata por la que se despeña todo. Muchos sentimos que asistimos a un colapso (psicológico antes que ecológico, “colapso cognitivo” diría el filósofo catalán Jordi Pigem), el final de una era, el Apocalipsis que es el fin de los tiempos cristiano, concepto que también existe en otras sagradas escrituras. Tras una era de oscuridad que el hinduismo llama Kali Yuga, en el budismo llegaría el futuro buda, Maitreya, para restaurar la verdad. El Islam también contempla ese caos cósmico, anterior a la intervención divina que establecerá el reino de justicia, en el Día de la Resurrección, que los musulmanes llaman Yawm al-Qiyamah. 

Si estamos al final de algún ciclo o humanidad, entonces para vencer la confusión surge una oportunidad monumental.  

Podríamos discutir si esta caída en picado comenzó antes o después, si unos despertaron de esa ignominia hace tiempo y si otros siguen sin querer saber.  Si fue en pandemia que todo se aceleró y quedó claramente a la vista, para quien quisiera ver, investigar, desvelar por sí mismo en vez de tragarse las simulaciones de los medios apresados por el poder global, ese peligro que los conspiranoicos acusados de extrema derecha o izquierda llamamos despectivamente globalismo. Discutamos si todo este delirio de control y seguridad comenzó con el 11 de Septiembre del 2001 y forma parte del guión americano del deep state, cuyas falsedades se remontan al asesinato de John F. Kennedy y a la innecesaria Guerra del Vietnam. Narrativas del imperio americano que ya en esos años 60 comenzaba a resquebrajarse. En aquel momento, como sucede hoy, también nació una oportunidad, con la contracultura, el movimiento hippie, el orientalismo, la segunda vanguardia, Mayo del 68, la física cuántica, el nuevo paradigma científico, un despertar que ahora parece se repite de modo todavía más global. 

Yo nací en el 78, año de la Constitución española. Otra narrativa, la Transición, que nos contaron parcialmente, otro artificio que conviene repensar si fue ejemplar, porque ya sabemos que no lo fue. Podríamos discutir esta u otras tramas históricas, o cuánto de conscientes somos respecto de nuestro contexto. Quién ha colaborado más con la estupidez generalizada, obedeciendo protocolos deshumanizados o defendiendo lo indefendible en nombre de un falso bien común. Pensemos cómo ha sido posible, más allá del delirio mediático, tal grado de confusión que llevó a la gente a pedir con tesón más medidas, más encierros, más distopía. Podríamos tratar de adivinar si padece el mundo una suerte de hipnosis colectiva o si quizás algunos estamos exagerando y vemos gigantes donde sólo hay molinos. Si esos cíclopes actúan por la inercia de su devenir histórico, el terrible viento del progreso, como el Ángel de la historia de Benjamin, si son llevados por el inevitable suicidio de una Europa que agoniza y ha perdido la cabeza, o si es EEUU quien está empujando este delirio bélico para lanzarnos a esta catástrofe económica, en definitiva, para morir matando. Discutamos pues si se mueven los hilos de forma consciente, o si es la inercia misma la que nos lleva a esta ridícula autoaniquilación. 

También es discutible si estamos en democracias reales o totalitarias, si todo va relativamente bien, mejor que en China, en Venezuela, en Vietnam o Turquía, o si vivimos ya en tecnocracias capitalistas con cierta apariencia de democracias, en realidad secuestradas por prestidigitadores capaces de establecer el control sobre la voluntad de la humanidad. La realidad se ha tornado ciencia ficción y podemos secundar esa deriva errada o reconocer el desmadre y rectificar. No hay certeza de si los que mueven esa malla de poder global, que no son los políticos sino unas élites que mandan sobre esos políticos, quizás un centenar de familias desconocidas, actúan solo por dinero o si su objetivo es perpetuar su propio mal y en ese embargo moral lograr extraviar el mayor número de almas. En Tokio, en Toronto, en Vigo, en Montevideo, en Ankara o en Estambul, en los campos de refugiados de cualquier continente, miles de millones de personas estamos conectadas a un artilugio, un teléfono móvil, una tecnología adictiva de hipercomunicación, que paradójicamente nos desconecta de nuestro ser, nos hace tontos, manipulables, indiferentes.  

Estambul, cuidad de gatos y perros respetados y cuidados por la población

Sobre inoculaciones

Sin querer adentrarme en este tema porque aquí hay una llamativa actitud defensiva, gente que dice que no se debe seguir hablando de esto, que ya se habló suficiente. Perdonen que yo disienta, ni se ha hablado libremente ni se ha depurado responsabilidad alguna. Podemos discutir cuánta gente está verdaderamente enfermando o muriendo por inyectarse unos productos experimentales llamados vacunas, que previa introducción mediática de un miedo atroz, han sido promocionados por instituciones corrompidas, políticos insensatos, medios de comunicación propiedad de fondos buitre, verificadores de datos, periodistillas a sueldo, influencers, académicos obedientes, artistas confundidos o intelectuales abducidos; pero también por un ejército fiel de personas comunes, que podríamos pensar actúan con mala fe si no fuera porque han sido capaces de poner en riesgo su vida y la de sus hijos enarbolando sin saberlo un falso bien común. Uno no pone en riesgo algo tan sagrado si no está convencido. Ha sido un obrar ingenuamente, desorientados, como si no existieran intereses económicos detrás de tal inoculación masiva, como si los gobiernos no hubieran firmado contratos opacos y blindados con la industria farmacéutica, que junto con la armamentística forman dos fuerzas económicas del mundo. Ojalá no existieran la biopolítica (control político de nuestros cuerpos) ni la psicopolítica (intervención de nuestras mentes), aquí aplicadas a gran escala. 

Por si sirve de algo confesarme, yo me vacuné del COVID, presionada, desconfiando, estúpida de mí, pero no critiqué ni acusé de insolidario a quien decidió libremente no hacerlo. En cada lugar público que me lo requirieron, maldije el pasaporte de la vergüenza. Asistí estupefacta a que la gente normalizara tal aberración. Me pronuncié en contra de las medidas deshumanizadas que se estaban aplicando con mayor riesgo que beneficio, que normalizaron la marginación, la mentira, y fomentaron un odio atroz contra otras personas por una razón sanitaria. ¿Acaso se toleraría esa discriminación prohibiendo entrar en un restaurante a alguien por no está vacunado de varicela, gripe, si tiene VIH, o por su condición sexual, religiosa o ideológica? Traté de convencer a mis allegados enviando información avalada que demostraba el disparate, y recibí silencios o críticas, me acusaron de insolidaria, antivacunas, me tomaron por tarada, a pesar de estar vacunada y más cuerda que nunca.

Es más preocupante la estupidez que la maldad. Para hablar del mal absoluto, su irreflexividad, su banalidad, recomiendo volver a Hannah Arendt. Para entender mejor lo que ocurrió en pandemia, recomiendo leer a Giorgio Agamben. Nos empeñamos en hacer como si no asistiéramos a una cadena de efectos secundarios. Yo también los padecí, como tantas mujeres fértiles con efectos adversos nunca vistos. Investiguemos más allá de los falsos verificadores periodísticos, que generan más fake news de las que denuncian, vayamos a fuentes fiables y encontraremos información para horrorizarnos sobre cómo se agravian así nuestros cuerpos de mujer, los de nuestras amigas, los de mis alumnas jóvenes con las que he podido hablar. En esta revista en que escribo, eXtramuros, hay abundante artillería científica de calidad traducida al castellano -revisen los números anteriores- para leer sobre lo nocivo de las vacunas. Faltan más estudios sobre lo que las mujeres hemos visto claramente sin necesidad de estudios. 

Me pregunto, ¿dónde está el feminismo? Ese en que yo creo que lleva cincuenta años desvelando, teorizando, denunciando las agresiones, las políticas, las violencias institucionales contra la mujer, feminismo que yo pensaba más que preparado argumentalmente para levantarse y disentir cuando agravian así nuestros cuerpos. La confusión actual tampoco permite partir de ese “ser mujer”, biológicamente. Rescatemos ese feminismo crítico que se posiciona contra las narrativas del poder, la ciencia cientificista, la biopolítica, el cuerpo femenino como tablero de juego. He sentido como si en una suerte de abducción mental antiutópica, masas de mujeres inteligentes y comprometidas que me habían conmovido con manifestaciones pioneras en 2018 a lo largo de todo el Estado español, la llamada cuarta ola, de pronto agacharan la cabeza, igual que los hombres, y respaldaran lo indefendible. 

Mezquita Azul. Columnas y semicúpulas

Podemos pensar que ha sido todo casualidad, que nada estaba programado, que el COVID finalmente sí se había creado en un laboratorio (como reconoció en 2022 el propio director del FBI Christopher Wray) para el bien de la humanidad y se escapó en un accidente bienintencionado, pero entonces habrá que reconocer que se aprovechó la ocasión para ensayar una tecnocracia feudal, más lejos todavía que la del concepto de “totalitarismo invertido” del filósofo político Sheldon Wolin, que de otro modo, si no es a través de un gran trauma, no se podría implantar.

Discutamos cuánto existe de libre albedrío en nuestras vidas. Cuánto se han disparado los cánceres, las cardiopatías, las muertes súbitas en jóvenes y deportistas, por el negocio de la industria farmacéutica, como denuncian reconocidos científicos como Peter McCoullough o Robert Malone en EEUU, Karina Acevedo en Latinoamérica, o en España el mayor experto en farmacovigilancia Joan Ramón Laporte, curiosamente todos censurados, valientes que no parecen precisamente antivacunas sino profesionales avalados que, parémonos a pensar, en vista del linchamiento a los que disienten, ¿qué ganan poniendo en duda su credibilidad? Simplemente con observar el entorno, la quiebra que se ha abierto en la humanidad, debiéramos verlo claro. A nadie le interesa discrepar si no hay un verdadero sentimiento de justicia, no apetece esforzarse en aportar estudios críticos, no parece inteligente atreverse a hablar cuando se cancela o criminaliza al que disiente. Sin embargo, los que han aceptado con más ímpetu las medidas de la pandemia, y parece aceptarían con obediencia la siguiente infamia que viniera, compruebo que no rebaten nada, solo cumplen normas. Su argumentario cae en seguida porque no hay interés en saber, investigar, discernir por sí mismos.  

Los muertos

Querida amiga que sigues sin querer saber, no te culpo, pero algo habría que recordar, al igual que pedimos dignidad con los asesinados en las cunetas de la Guerra Civil Española o la represión franquista hace casi un siglo, tendríamos que condenar el haber dejado morir a decenas de miles de ancianos en las residencias (en octubre del 2021 se habían contabilizado 30.000 en España), que murieron solos, a veces de hambre y sed como confirman las pocas autopsias que se dejaron hacer (¿por qué se prohibió hacer autopsias?), sin una mano cálida que dignificara su muerte. Es un acontecimiento reciente verdaderamente siniestro, no hay razón que justifique abandonar a nuestros padres o abuelos a la muerte, y tampoco es justo ahora no querer recordarlos. Por no mencionar, tema delicado también, cómo hemos denigrado a nuestros niños, enseñándoles lo contrario a los valores humanos, encerrándolos tres meses en un espacio cerrado con menos derechos que un perro, culpabilizándolos, luego vacunándolos innecesariamente, haciéndolos cumplir unas normas acientíficas, Ilegales y profundamente inmorales. Miremos los desórdenes mentales y los suicidios que se han disparado de manera preocupante, también en niños, desde la pandemia. Muchos nos avisaron de que las medidas eran contraproducentes, interesadas, y no se les quiso escuchar. No, no se hizo lo mejor que se pudo como algunos sostienen para superar su disonancia cognitiva.

La tragedia continúa con más detonaciones controladas, la guerra de Ucrania, con la satanización de Putin al tiempo que la santificación de la OTAN, la censura nunca vista en democracia, la propaganda que con alevosía Europa ha expandido, a las órdenes de EEUU, que resultaría inverosímil e infantil de no ser porque ha permitido ya decenas de miles de muertos y millones de desplazados. No se quiere la paz en Ucrania, ni entre Israel y Palestina, ¿hace falta decirlo?, ¿de verdad uno se puede creer lo que cuenta la televisión, o El País o el ABC -o cualquier diario generalista- comprados por fondos de inversión y que en asuntos como la geopolítica han perdido toda independencia? Conozco a un catedrático que antes de acomodarse al sistema disentía de todo, pero desde la pandemia se cree todo lo que ni él mismo hubiera podido creer que sería capaz de creer. Si no inventamos un mundo paralelo y rompemos esta suerte de hechizo colectivo nos encerrarán por el cambio climático, la viruela del mono, la lluvia ácida, la pandemia de la inflación, una invasión de ovnis o cualquier emergencia global que interese teatralizar. Ni siquiera una cadena de acontecimientos extraños, probados como provocados o aprovechados para implantar el miedo, ha hecho que la mayoría desconfíe de si tras tanta crisis continuada pudiera haber intereses espurios.   

Podríamos discutir los detalles de todas estas narrativas interesadas que utilizan las palabras para justamente significar lo contrario de lo que las palabras dicen. De todo lo que hemos aprendido estos años, hay un grupo de personas cada vez mayor que para salir de su perplejidad han indagado con criticismo en las razones de esta distopía, filosóficas, científicas y espirituales. No se trata de un viaje fácil, por eso muchos prefieren no hacerlo. Cuando se ha puesto todo en duda, al filo de la paranoia, queda lo claro y esencial, y entonces se ha de volver para contarlo, como en el Mito de la Caverna. El cuerdo produce risa y es tomado por loco cuando ha tenido la fuerza moral de salir del reino de las sombras.

Una palabra, la más importante, aparecerá al final de este viaje de desvelamiento: Gracias. Es solo una palabra, y ya sabemos que se le puede dar la vuelta, pero si se dice desde la independencia de espíritu y con convicción, gracias, a pesar de la consternación vivida, gracias por las barricadas que tuvimos que saltar para entender, gracias, qué mágica palabra. Parece cursi usada en un contexto reflexivo, pero si se agradece desde la certeza y el amor, si esa palabra está escrita a bolígrafo por una misma, entonces de ese agradecimiento nacerán otras virtudes, como el perdón o la compasión, imprescindibles para que aflore algo parecido a un milagro colectivo.

 ¿Se podrá salvaguardar la humanidad? 

Si el crédulo agradece al desconfiado su delirio investigador, y el desconfiado al crédulo lo difícil que se lo ha puesto todo al obedecer ciegamente y sin cuestionar; si uno y otro se perdonan su soberbia; si surge la compasión o la comprensión del otro, el semejante, entonces quizás sea el principio de un gran cambio. La oportunidad vendrá de la infinita e imprevisible capacidad de creación humana. Siento que hay en este momento una parte de la humanidad pensando y creando bien. Entonces mi hija, que duerme aquí a mi lado, que ha crecido una eternidad en unos pocos días en Estambul, podrá sobrevivir con la cabeza bien puesta, libre, junto a otras niñas con cabezas bien puestas. Hagamos pues un pacto de agradecimiento y de perdón. Siempre se pueden discutir los pormenores de este acuerdo, que he escrito en un avión, en tinta azul. Como azules son los 20.000 azulejos de iznik que colorean la elegante cúpula de la Mezquita Azul. Como azul es el cobalto, el mercurio, el cobre, y esos materiales finitos que se utilizan para fabricar nuestros dispositivos electrónicos. O el coltán de nuestros teléfonos móviles, cuya extracción ilegal esclaviza a niños o permite comprar armas que cometen masacres en el Congo. 

Quizás sea el momento de apagar el teléfono para abrir los ojos más allá de la pantalla. 


Todas las fotos que ilustran esta nota son de Xisela Franco

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