HISTORIA

Por Henry Hazlitt (Introducción de Diego Andrés Díaz)

Introducción

Los ciclos históricos en los cuales el centralismo político manifiesta un empuje en su proyecto -sea este “revolucionario”, “socialdemócrata” o “globalista” en la denominación- siempre han tenido resistencias de diverso tipo e intensidad. Una de ellas -en el campo académico- ha tenido como protagonista a la llamada “escuela austríaca”, la que el filósofo, periodista y divulgador, Henry Hazlitt se encargó de hacer conocer al gran público de habla inglesa -especialmente en los EE. UU.- a partir de la constante militancia en las ideas de la libertad, que lo tuvieron siempre como un verdadero luchador de primerísimo orden. 

En medio de este verdadero “río revuelto” global, resulta un ejercicio fundamental repasar la obra de Henry Hazlitt (1894-1993), así como publicar en nuestra revista, el ensayo que le dedicó a nuestro país en la década de 1960. Hazzlit nació en Filadelfia un 28 de noviembre de 1894, y en cada oportunidad que las corrientes ideológicas del centralismo político, el intervencionismo y el control social estatista se encontraban en expansión, lo encontraron en alguna de las variadas tribunas de las que fue parte en algún momento de su vida -como periodista en The Wall Street Journal, el New York Times, Newsweek, The Sun, The Freeman o el The American Mercury– , o a través de sus diferentes obras – indispensable recorrer las páginas de su magnífica obra Economía en una lección, de 1946- en la primera línea de combate argumental y académico, con una tenacidad y valentía encomiables.
De todas las etapas en las que le toco ser protagonista vital en sus casi cien años de vida, pueden destacarse tres momentos donde su prédica contracorriente y fuera de los muros del mainstream político e ideológico del momento se hizo mas osada y necesaria: cuando se instauró el New Deal de Roosevelt, cuando el sistema global monetario caía en la influencia directa de Keynes y su concepción, y cuando el llamado “estado de bienestar” se expandía y autoproclamaba como el modelo occidental deseable, antes de su desbarranque económico. Siempre alerta frente al avance del estado sobre los individuos, lo llevó a condenar el dirigismo económico del keynesiansimo y el intervencionismo político del gobierno norteamericano. 

Cualquiera que repase brevemente su obra, podrá advertir sobre la insistencia de enfrentar el avance del colectivismo y el intervencionismo de los ejércitos de burócratas: “La tarea de combatir esta deriva colectivista parece un caso perdido para la pequeña minoría. La guerra debe librarse en cientos de frentes y los verdaderos libertarios están en franca minoría en todos ellos. En cientos de campos los partidarios del estado del bienestar, los estatistas, socialistas e intervencionistas continuamente llevan a más restricciones a la libertad individual y los libertarios deben combatirlos (…) Uno de nuestros problemas más graves es que nos encontramos frente a ejércitos de burócratas que ya nos controlan y que tienen un gran interés en mantener y expandir los controles para cuyo refuerzo han sido contratados.”

Su histórico combate al Keynesiansimo, al impuesto inflacionario como modelo de destrucción de la moneda y del poder adquisitivo de la gente, y su rechazo tajante frete a los organismos internacionales que promovieron este modelo, le granjeo el ostracismo académico y cultural de su trabajo. Sin embargo, jamás desistió de señalar la estafa de los controles de precios, de la emisión monetaria, del gasto público desenfrenado, de las implementación de la renta básica, de la importancia de la lucha contra la pobreza, de la defensa de la libertad individual, la propiedad y el capitalismo de libre mercado, ubicándolo en la vereda contraria de las clases políticas de todas las épocas en donde el intervencionismo era presentado como la solución a todos los males: “…los gobiernos más influyentes están presionando por un aumento en las “reservas” mundiales y la “liquidez” internacional. En lenguaje llano, reclaman más inflación. El problema real es cómo detener esta inflación. La solución real es desmantelar el sistema del Fondo Monetario Internacional. Este sistema ha probado, en la práctica, ser una gigantesca maquinaria de inflación mundial. En sus escasos 20 años de existencia, se han producido más y mayores devaluaciones en divisas nacionales que en cualquier periodo comparable (…) es asombroso que este sistema, mal construido en Bretton Woods en 1944, no sólo siga siendo tolerado, sino que se considere como prácticamente sacrosanto. Su paternidad no fue un buen augurio. Sus dos padres fueron Harry Dexter White, de Estados Unidos, y Lord Keynes, de Inglaterra. De White, que fue posteriormente el director ejecutivo americano del FMI, el FBI informaba en 1945 (como reveló una declaración del Fiscal General Brownell en 1953) que era un espía ruso…”

El gran Lewellyn Rockwell, en un trabajo biográfico sobre Hazlitt, recoge sus palabras el día en que fue agasajado en el aniversario de sus setenta años, las que tienen en estos momentos de avance del control social y el autoritarismo un carácter claro, contundente y actual: “…ninguno de nosotros está todavía en el potro de tortura; no estamos todavía en la cárcel; estamos recibiendo varios acosos y molestias, pero lo que principalmente arriesgamos es simplemente nuestra popularidad, el peligro de que nos llamen con nombres desagradables. Tenemos el deber de hablar con más claridad y valentía, de trabajar duro y de seguir luchando esta batalla mientras tengamos la fuerza en nuestras manos. (…) Incluso aquellos de nosotros que hemos alcanzado y pasado nuestros 70 cumpleaños no podemos permitirnos el lujo de descansar en nuestros remos y pasar el resto de nuestras vidas dormitando bajo el sol de Florida. Los tiempos exigen valor. Los tiempos exigen trabajo duro. Pero si las demandas son altas, es porque lo que está en juego es aún mayor. Son nada menos que el futuro de la libertad, que significa el futuro de la civilización…”.

Hazlitt publicaría en 1969 otro trabajo fundamental, El hombre contra el estado de bienestar, donde desarrollaría allí todos los elementos liberticidas y empobrecedores de lo que se ha vendido como la panacea social en occidente: el Estado de bienestar”. Para el mismo, realizaría un artículo referido al proceso económico y social que estaba dando en nuestro país, y que observaba como uno de los mas evidentes ejemplos de destrucción de las bases culturales y económicas de una sociedad por haber entrado en un espiral estatista. El trabajo, titulado Uruguay: Estado Benevolente Enloquecido, es un pequeño ensayo que porta un doble y valioso contenido analítico sobre nuestro país: advertía de los resultados negativos de la política dominante en Uruguay durante las décadas previas, y va a contramano de la mayor parte de la academia de Historia económica de nuestro país, que ha logrado consolidar la idea a nivel popular por la cual la larga decadencia nacional en el siglo XX no se debe al abandono de las bases liberales de nuestro país, sino a no haber profundizado el intervencionismo, el dirigismo y el estatismo, verdaderas “vacas sagradas” del imaginario nacional que siguen actuando en el plano simbólico de nuestra supuesta “idiosincrasia”.

Uruguay: Estado Benevolente Enloquecido

Si hubiera un premio Nobel por el peor y más extremado caso del estado paternalista y si estados comunistas tan obvios como Rusia y China no contaran en la encuesta), ¿qué estado se lo merecería?

La decisión es difícil. Entre los candidatos calificados están Inglaterra, Francia, Suecia e India. Pero el caso de Inglaterra, aunque el más familiar, ciertamente no es el peor, es solamente el más discutido y deplorado, por la antigua eminencia de Inglaterra en el mundo.

La tragedia ciertamente alcanza sus más grandes proporciones en la India, con mucha de su población de 500 millones de habitantes siempre al punto de carestía, y mantenidos así por una increíble mezcla de controles económicos, planeamientos, paternalismo y socialismo impuesto por los gobiernos estatales y el central. Además, la India siempre ha sido un país paupérrimo, siendo arrasada periódicamente por sequías e inundaciones, resultando en miseria humana en una escala catastrófica; a veces es hasta difícil de juzgar sólo cuán peor su política gubernamental la ha dejado.

Tal vez el ejemplo más dramático de un país innecesariamente arruinado por una economía paternalista es Uruguay. He aquí a un país solo una tercera parte más grande que el estado de Wisconsin en los Estados Unidos, y con una población de casi 3 millones. Sin embargo, esa población es de predominante origen europeo, con un grado de alfabetización que se estima en cerca de 90 por ciento. Este país, alguna vez, se distinguió entre las naciones de América Latina por su alto nivel de vida y buena administración.

Uruguay adoptó un sistema estatal de pensiones tan temprano como 1919. Pero sus mayores problemas parecen haber comenzado después de marzo, 1952, cuando el puesto de presidente fue abolido y Uruguay fue gobernado por un consejo nacional de nueve miembros, electos por un período de cuatro años (seis miembros de los cuales pertenecían al partido político mayoritario y tres al partido que seguía en mayoría). Los nueve miembros tenían igual poder.

Lo que tanto desanima del ejemplo de Uruguay es, no sólo que sus programas paternalistas persistieron, sino que se extremaron, a pesar de los muchos desastres que produjeron Esta historia parece tan increíble que, en lugar de decirlo con mis propias palabras, prefiero presentarlo como una serie de impresiones, tomadas por observadores que han presenciado el caso a través de los últimos años.

La primera impresión que presento es una tomada por Karel Norsky en The Manchester Guardian Weekly de julio 12, 1956: “…Uruguay, hoy en día, ofrece el triste espectáculo del enfermo estado benevolen­te. Vive en un sueño similar al de la recuperación de Corea…. Ningún político afirma la verdad, de que todos los servicios públicos tienen que ser pagados con salarios que deben ser ganados. La demagogia es usada como sedante. El resultado es que el déficit, en cuanto a la balanza de pagos, va en aumento; la deuda interna se incrementa más cada día; se piden, cada vez más, alzas en los salarios; los precios suben y el peso uruguayo va depreciando rápidamente. El nepotismo es abundante. Ahora, uno de cada tres ciudadanos en Montevideo (que significa una tercera parte de los tres millones de habitantes que tiene el país) es un empleado público, deviene un salario pequeño, debe trabajar medio día en una oficina del gobierno y, en una mayoría de los casos, emplea el resto de su tiempo trabajando en una o más empresas privadas…, la corrupción de ningún modo está ausente… El déficit de la balanza de pagos continua a un ritmo mensual de como 5 millones de pesos. Los empleados públicos están pidiendo un aumento sustancial en sus salarios. Los trabajadores del empaquetamiento de carne están en huelga para lograr mayores ingresos, y una ración diaria «garantizada» de cuatro libras de carne bastante abajo del precio de mercado. Ningún político puede esperar lograr una mayoría de votos promoviendo austeridad, trabajo intenso o cualquier sacrificio que implique la pérdida de sólo algunas de las “ventajas” del estado benevolente…”.

Me gustaría hacer aquí una pausa para hacer énfasis en este último párrafo, pues ilustra lo que quizá es el aspecto más fatal del estado paternalista en cualquier parte. Este es el que dice que una vez que un subsidio, pensión o pago de beneficio se extiende a un grupo, es inmediatamente considerado como “derecho”. Y sin importar la crisis que afronta el presupuesto o la moneda, resulta “políticamente imposible” descontinuar o reducirlo. Encontraremos que esto se repite en las impresiones de Uruguay.

La próxima impresión que presento fue experimentada por S. J. Rundt & Asociados de Nueva York, casi siete años más tarde, en abril de 1963: “…En uno de sus primeros discursos, el nuevo presidente del Consejo Nacional admitió que Uruguay está prácticamente en quiebra. … Lo dejó bastante claro, sin embargo, que el sistema paternalista del estado, por muchos años establecido, permanecerá más o menos sin cambio. Considerándose el “laboratorio social de las américas”, Uruguay ha impulsado un programa legislativo que va más encaminado al completo «estado benevolente», que cualquier otro estado de este hemisferio (…) Un sistema de pensiones elaborado y universalizado fue introducido tan temprano como en 1919. Financiado por deducciones de salario de 14 a 17 por ciento que

deben ser cumplidas por todos los patronos, una pensión es asequible para cualquier uruguayo a la edad de 55, después de 30 años de trabajo; o a los 60, después de trabajar 10 años. En el retiro, el trabajador percibe su máximo salario, más lo que se le otorga por pensiones (…) Trabajadores obtienen servicio médico gratis y tienen derecho a 20 días de vacaciones pagadas todos los años. El gobierno cuida de las madres durante el período de la maternidad y de la lactancia. Los incontables gastos del super estado benevolente (donde casi una quinta parte de la población depende de salarios del gobierno) y los ingresos inciertos de la economía ganadera y agrícola han dejado sus huellas. Hoy, Uruguay está bajo una severa presión financiera y fiscal (…) La inflación está en auge…. La producción local ha declinado bruscamente. Hay más desempleo. Son muchas las huelgas severas. Los ingresos debido al turismo han decaído notablemente. Por lo que se refiere a controles de divisas y restricciones de importaciones, Uruguay los ha probado todos (…) En un esfuerzo para prevenir que la gente compre mucho en 1963, la nueva Administración decretó una prohibición de importación por 90 días en un amplio grupo de productos considerados como no esenciales (…). Todo tomado en cuenta, la prohibición se aplica a como una tercera parte de todas las importaciones uruguayas. El contrabando de productos, principalmente de Brasil y Argentina, se ha vuelto uno de los máximos dolores de cabeza para los “planificadores de Montevideo”. La huida de capital. durante 1963. se estima entre 40 y 50 millones. …

El déficit del presupuesto, en 1961, casi se duplicó a 210 millones de pesos. La situación tornó de mal a peor en 1962 cuando la Tesorería tuvo el peor déficit en los últimos 30 años. Los reportajes de prensa citan una figura en rojo de 807 millones de pesos Se dice que la Tesorería le debe, hasta ahora, casi 700 millones de pesos al fondo de pensiones, y cerca de un billón al Banco de la República. Los salarios de los empleados del gobierno están, por lo menos, un mes atrasados (…) Los costos de mano de obra en Uruguay, el estado más benevolente-tutelar del hemisferio, son altos. Las muchas contribuciones para todos los beneficios sociales retiro, adjudicaciones familiares, enfermedad, maternidad, accidentes y seguros contra desempleo varían de industria a industria, pero el promedio general de toda industria es por lo menos de 50 por ciento de los sueldos. En algunos sectores, el porcentaje es mucho mayor (…) La inquietud social aumenta. Huelgas generales y costosas se han vuelto el orden del día. Como regla general incluyen demandas para alzas de salarios tan altas que, a veces, llegan al 50 por ciento…”

Nuestra tercera impresión fue tomada por Sterling G. Slappey en la revista Nations Business, cuatro años después, en abril, 1967:

“…Montevideo, Doscientos autobuses importados se están echando a perder en un muelle debido a la corrosión, mientras burócratas del gobierno de Uruguay dis­cuten sobre el pago de impuestos aduaneros. Los autobuses no se han movido en casi cuatro años. Cantidad de hombres, inscritos bajo nombres femeninos falsificados, reciben granjerías del gobierno por medio de los hospitales socializados del Uruguay. Están inscritos bajo el título de nanas».

En muchas oficinas gubernamentales hay el doble de empleados públicos que de escritorios y sillas. La maña es llegar temprano al empleo para no tener que estar de pie durante las 4 a 6 horas de trabajo de que gozan los burócratas uruguayos. Es bastante común que empleados del gobierno se retiren, con goce de su último salario, a la edad de 45 años. Es igualmente común el percibir una pensión mientras se sostiene otro empleo, o tener empleo mientras se le paga salario por desempleo. Estos son algunos de los hechos de la vida en Uruguay una nación enloque­cida por el estado benefactor.

Entre 40 y 45 por ciento de los 2.6 millones de personas en esta (en una lejana época) próspera nación, dependen, hoy en día, del gobierno para su mantenimiento total. Estos incluyen pensionistas jóvenes que no tienen problema alguno en ver que sus patrones los encuentren sobrando» en el trabajo y por lo tanto los despidan, de esa manera calificándose para grandes beneficios de retiro (…) En cualquier momento, de 8 a 10 huelgas están siendo efectuadas; esto en una nación, que hasta hace 15 años, se llamaba la Suiza de América Latina» porque su población era tan productiva, tan nítida y se mantenía tan ocupada. Montevideo es ahora una de las ciudades, fuera de ciudades en el Oriente, más sucias del mundo. A la gente le queda tan poco orgullo que ensucian la calle frente a su casa con desperdicios, echan su basura más indeseable en la esquina.

Además de controlar la producción de carne, de lana y de proporcionar carne a Montevideo, el gobierno también ejerce control sobre lo siguiente: La pesca; caza de focas; producción de alcohol; seguros de vida y de accidente; el correo, teléfonos y telégrafo; la industria petrolífera y de kerosén; las líneas aéreas; los ferrocarriles; los remolcadores; los casinos; las loterías; los teatros; la mayoría de los hospitales; los canales de televisión y radio; tres bancos oficiales; la compañía de transportes más grande del país (…) En 1950, la moneda más sólida de América Latina, el Peso Uruguayo, valía 50 centavos de dólar. En un período de 6 días, en febrero de 1967, el valor del Peso cayó de 72 centavos por dólar a 77. El costo de la vida se elevó en un 88 por ciento en 1965. Durante 1966, el incremento era algo así entre 40 y 50 por ciento. Para mantener su imagen, el gobierno ha aumentado sus gastos, ha imprimido más dinero en billetes, y muy generosamente ha emitido grandes alzas de salarios, algunas tan altas que llegan a ser de 60 por ciento al año. Un experto fiscal diagnostica los problemas de Uruguay como enfermedad inglesa que, según dice, quiere decir que el estado trata de sacar lo más posible de la comunidad mientras contribuye a ella con lo menos posible. Hasta que el Presidente Gestido tomo posesión, Uruguay había sido gobernada por un consejo de nueve miembros, en un sistema colegiado de gobierno. Era idealista, no funcional, y un tanto ridículo desde el principio. Se fragmentó rápidamente, haciendo del gobierno una coalición de siete grupos diferentes. Cada año, un miembro distinto del consejo hacía la vez de presidente o jefe del consejo.

El sistema colegiado era un sindicato político de compadrazgo, tipo Tammany Hall. En lugar de que cada partido político controlara al otro, todos cuidaban de sus amigos y les conseguían granjerías. El mundo occidental rara vez ha visto tanto empadronamiento, tanto nepotismo y tanto favoritismo”.

El regreso a un sistema presidencialista trajo esperanzas de que el extremo paternalismo de Uruguay podría mitigarse. Pero he aquí nuestra cuarta impresión, tomada por C. L. Sulzberger para el New York Times de octubre 11, 1967: “…Montevideo, La Inglaterra o la Escandinavia contemporánea bien podría dirigir una larga mirada hacia el sur, a Uruguay, mientras murmuran: Allí, más por la gracia de Dios, voy yo. Eso, pues Uruguay es el estado benevolente incontrolable, y este hecho, al fin admitido por el gobierno, trajo hoy en día la crisis política y la declaración de un estado de emergencia.

Este es el único país en el hemisferio occidental donde el tipo de socialismo democrático, practicado en Noruega, el gobierno laborista inglés o Nueva Zelandia, se ha intentado. Y, bueno, gracias a concepciones distorsionadas y aplicaciones partidarias, al sistema social completo se le ha dado rienda suelta. Aquí, la caridad comienza por casa. Uno de cada tres adultos recibe algún tipo de pensión. Cuarenta por ciento del elemento laboral es empleado por el gobierno. Partidos políticos compiten para expandir una burocracia, ridículamente superpoblada, que sólo trabaja la semana de 30 horas. 

El costo de la vida se ha multiplicado 32 veces en la última década. El producto nacional bruto ha declinado 9 por ciento, y este año se irá de picada. En lugar de tener un presidente, eligieron un comité, como los suizos, pero no siendo suizos, los uruguayos vieron que el comité no podía gobernar el país. El resultado fue un sistema de auto parálisis. Cualquiera puede retirarse, con sueldo completo, después de 30 años en el trabajo; pero con un sueldo completo que vale 1/32 de lo que valía hace diez años, la pensión no resulta de gran ayuda. Para complicar aún más la confusión, los sindicatos tienen el hábito de hacer huelga. Ahorita, los empleados del banco rehúsan tramitar cheques del gobierno, así que ni los asalariados ni los pensionados reciben su paga.

Esto resultó en una tragedia innecesaria. Uruguay tiene, proporcionalmente, mas alfabetismo y más doctores que los Estados Unidos. Está infra poblado y tiene una clase media bien desarrollada. Uruguay debería servir de advertencia a otros Estados benevolentes…”

Nuestra quinta impresión fue tomada por S. J. Rundt & Asociados, en agosto 6 de 1968:

“…El desorden continúa, y parece perpetuarse. El gobierno se está poniendo estricto y los uruguayos, a su vez, más inquietos. El potente, y de extrema izquierda, sindicato CNT (Convención Nacional de Trabajo), con sus 400,000 miembros dirigidos por comunistas, está haciendo paros cada 24 horas, en protesta del límite impuesto a las alzas de salarios en base al congelamiento de costo, salario y dividendo, decretado el 28 de junio. La actual sequía, que lleva seis meses, ha hecho caos de la agricultura, sobre todo después de que se decretó una reducción del 50 por ciento en energía eléctrica. La semi-oscuridad fomenta los motines en contra del gobierno y las actividades terroristas. Una radiodifusora, partidaria del gobierno, fue destruida por bombas. El servicio de trenes ha sido enormemente reducido, y hay veces que no salen los periódicos. El año pasado hubo 500 huelgas; ese récord será seguramente superado en 1968. (…) De una población de como 2.6 millones, el número de empleados productivos es, a lo más, de 900,000. Los pensionistas se cuentan en un exceso de 300,000. Hace unos meses, los desempleados llegaron a ser 250,000, o casi 28 por ciento de la fuerza de trabajo, y ahora esa cifra ha de ser aún mayor.

El gobierno cerró por lo menos tres supermercados y muchas tiendas por haber elevado los precios, así como instituciones, tales como hospitales privados, que violaron el decreto de congelamiento del salario y del precio. Pero a pesar de una rígida censura sobre la prensa, medidas Draconianas antimotines, anti huelgas, y la amenaza de ajusticiamiento por tribunales militares, la calma rehúsa volver…”

Nuestra sexta y última impresión, de una crisis que continúa, es de un boletín de prensa del New York Times de enero 21, 1969:

“…Empleados gubernamentales en huelga comenzaron hoy un motín en el centro de Montevideo, rompiendo ventanas, construyendo barricadas de fuego y ahuyentando de pánico a los turistas. La policía reportó que una persona murió y que 32 resultaron heridas. Los agitadores actuaron en grupos de 30 a 50, mientras corrían por un área de 30 cuadras, deteniendo el tráfico con sus barricadas y atacando los autobuses y los automóviles. La policía repeló el ataque con gas lacrimógeno, mangueras de alta presión y bastones. Los empleados públicos demandaban el pago de sobre sueldos de $24 al mes, decían que llevaban 2 meses de atraso…”

Estas seis impresiones, tomadas en momentos diferentes, sobre un periodo de doce años, involucran considerable repetición; pero la repetición es parte del objetivo. Las reformas obvias nunca se hicieron. He aquí unas cuantas estadísticas para mostrar qué estaba ocurriendo entre impresión e impresión:

En 1965, los precios para el consumidor aumentaron en un 88 por ciento sobre los del año precedente. En 1966 aumentaron 49 por ciento sobre 1965. En 1967 subieron un 136 por ciento sobre 1966. Ya para agosto, 1968, habían aumentado 61 por ciento sobre 1967

La tasa anual promedio de interés era de 36 por ciento en 1965. En 1966, 1967 y agosto 1968, promedió entre 32 y 50 por ciento. El volumen de dinero aumentó de 2,924 millones de pesos en 1961 a 10,509 millones en 1965, 13,458 en 1966 y 27,490 en 1967. En 1961 se cambiaban 11 pesos por cada dólar americano; en 1965, se cambiaban 60; en 1966, 70; al principio de 1967 eran 86; al final de 1967, 200, y después de abril 1968, se cambiaban 250 pesos por un dólar.

La advertencia de Uruguay a los Estados Unidos y al mundo es que el gobierno benevolente, con su ejército de pensionistas y otros beneficiarios en constante incremento, se lanza y extiende con una facilidad fatal que es casi imposible de detener y bastante imposible de hacer retroceder, a pesar de lo obvio y catastrófico que muestran ser sus consecuencias. Lleva a una inflación desmedida, bancarrota del estado, desorden y desintegración política y, finalmente, a una dictadura limitadora. Y, sin embargo, parece que ningún país llega a aprender del ejemplo de otro.


Foto: Murray Rothbard, Henry Hazlitt y Ludwig von Mises

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