ALDO MAZZUCCHELLI / Un ensayo de síntesis sobre el paisaje transhumano de fines de 2025

ENSAYO

El problema no es que estemos reemplazando lo humano por lo transhumano, ni que en lugar de liberar las distintas líneas de libertad que la Modernidad potenció e identificó, estemos convirtiéndolas en el espacio automático y obligatorio de un derrape existencial sin límite: el problema es que aquello que podría ayudarnos a corregir y reorientar es lo primero que la decadencia ha destruido: la escritura, el arte, la familia o los grupos de referencia organizados en torno a una escala personal, y una ética de la trascendencia, capaz de reconocer límites y obrar de acuerdo con ellos.

Como consecuencia, las varias grietas generacionales se vuelven abismos. No es que los jóvenes no escuchen lo suficiente a los viejos: eso siempre ocurrió, y es probablemente un signo de salud de la especie. A los viejos debe escuchárselos cuando uno ya envejece un poco, y es capaz de entender lo que musitan. El asunto es que los jóvenes no pueden escucharse a sí mismos en función de algún orden superior que los organice, limite, y oriente. Las ideologías de Occidente han fallecido, y están absolutamente bien muertas. Los desinformados por comodidad (la mayoría de los académicos, políticos e informativistas), siguen apelando a las distinciones que esas ideologías proveían, ya completamente impotentes e irrelevantes. La gente sabe que ahí no hay nada, pero tampoco tiene referencias alternativas, salvo que trabaje para ello. Trabajar para ello implica haber tenido algún tipo de noción de límites y educación para los límites. 

La educación para los límites es lo contrario de una educación meramente represiva. La repetición no juega ningún rol importante en ella. Su esencia es una relación de amor y respeto, que permita que quien aprende respete inicialmente, de modo ciego pero intuitivamente sabio, los límites que se le imponen. El objeto de educar en límites es que el educado reconozca que puede respetar un límite, o que puede transgredirlo, y que ambas acciones tienen un costo, y un resultado. A quien no se le enseña ningún límite, no se le enseña la libertad, y peor aun, no se le enseña la herejía, que es lo imprescindible humano.

Cuando se habla de límites, a menudo se piensa en barreras, fronteras y líneas rojas. Esa no es la idea de límite que tengo en mente. Cuando hablo de límite, me refiero en cambio a formas determinadas que tienen consecuencias. Un texto es un límite. La literatura se define por su capacidad de proponer una forma que es a la vez cerrada (porque está fijada en determinada secuencia de letras) y abierta (porque su riqueza y fenomenología permite un conjunto de matices en la interpretación). Un texto es también un límite porque acarrea en sí una historia de sus interpretaciones, es decir, una tradición. Lo mismo pasa con cualquier conjunto de ideas. La filosofía es un límite, y el arte otro, por las mismas razones.

En contrario a lo anterior, la mayor parte de los «textos» en una red social no son más que la regurgitación de ideas, anteriores y ajenas, con fines de pertenencia. Al practicarse la oralidad por escrito, se destruye la escritura, mientras que la oralidad vicaria que se practica carece de valentía: es distinto mantener la propia palabra poniendo el propio cuerpo en una asamblea en vivo (ese era el riesgo y grandeza de la palabra en las sociedades orales antiguas), que pronunciar cualquier cosa (incluidos los insultos más asquerosos, que son cosa de todos los momentos en ese entorno) sin poner en riesgo el propio cuerpo.

La ciencia es lo contrario del límite. Su esencia es la experimentación, y su forma legítima de existencia es la de ir reconociendo a medida que las encuentra, las posibilidades (otra forma de límite) de la naturaleza. La ciencia se presenta a sí misma como límite cuando pretende ocupar el lugar de la autoridad. Es decir, cuando en lugar de mantenerse en el señalamiento de lo experimentado sin abrir juicios, pretende congelar lo experimentado en una fuente de sabiduría que, primero, ha evitado la reflexión. La ciencia no piensa (si lo hace es ya cosmología, teología o filosofía), sino que calcula, prevé y actúa, con el fin de mejorar la tecnología y las ganancias. Cuando las instituciones científicas -que por su naturaleza tienen la esencia de una organización gremial en el sentido antiguo, medieval: defender los intereses y preservar los secretos de sus miembros- pretenden dictaminar los límites de lo que es, no pueden evitar confundir lo que es con los intereses de sus miembros.

Contra un mundo de libertades construido en función del conocimiento de los límites, se yergue la actual destrucción de la comunicación libre -es decir, la destrucción de la comunicación dialógica, y su reemplazo por una agonística de la comunicación que, como escribo arriba, es irrespetuosa de los riesgos de una oralidad bien vivida.

Mientras la escuela siga evitando los contenidos y las evaluaciones (dos formas orgánicamente entrelazadas de enseñar el límite para enseñar la libertad), los políticos, informativistas y académicos sigan pretendiendo pensar en función de la autoridad (ciencia), y la tradición y ética grupal sigan siendo despreciadas como resabios del pasado, es inevitable que sustituyamos buena parte de la experiencia humana, que cae sin saberlo en un ardid tecnológico, emergente de los desvíos cognitivos de una elite tecnocrática. 

En ese contexto, es importante dedicarse al registro y preservación de las múltiples tradiciones humanas, para otro tiempo y otro espacio aun por imaginar. 

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