ENTREVISTA

Por Ignacio Ruiz-Quintano

Andalucía es esa España feliz que va de los abazones de hámster de Susana a los carrillos de ardilla de Juanma, despensas del Régimen para el mañana, que es hoy, y todo sin más campaña que un selfi de dos mil euros en Málaga con Obama, a quien Juanma prometió arreglar el “cambio climático”, pues Andalucía, siendo la tierra de Blas Infante, “también es Europa” (“el islam es Alemania”, dijo un día frau Merkel al turco Davutoglu).

—Europa es hoy como los griegos bajo el imperio: la Academia de Platón seguía funcionando, los romanos ricos mandaban a sus hijos a estudiar allí…, pero todo estaba muerto –le va contando Curtis Yarvin a Hughes en una plaza de Mérida, punto de encuentro entre Lisboa y Madrid, donde se va cociendo al fuego (“¡el calor del fuego y el pronombre inmenso!”) la entrevista a la que, en testimonio de admiración, asisto como oyente.

Yarvin, otro “muchacho excelente” de Silicon Valley (¡qué tiempos aquéllos, cuando el hermano de Juan Guerra prometía hacer de Andalucía el Silicon Valley europeo!), viene de Portugal, con su hija, en un coche italiano que al regreso lo deja tirado (“¡es italiano!”) en un bar de la carretera (¡el doctrinario de la monarquía futurista tirado en el asfalto como el Marinetti de “España veloz y toro futurista”!), contratiempo que nos trae la felicidad de alargar la charla hasta la madrugada.

No se parece este Yarvin a su caricatura en Wikipedia (al verla, sus dos hijos lo abordaron con lágrimas en el desayuno: querían saber si su padre era el que pintaban, y acabaron muertos de risa), y cuando habla resulta tan brillante como cuando escribe: lejos, muy lejos, de la agnosia liberalia de nuestros yesaires del 78 y sus gatitos de escayola con la Constitución que nadie cumple y nuestros ko-ko-ro-kos del “Estado de derecho”, tautología cuyo origen y significado ignoran o pasan por alto.

La Europa que conocimos está muerta, y la democracia americana, también, razón por la cual los anglosajones que creen que lo suyo es lo de Weimar vuelven sus ojos a Schmitt (Ellen Kennedy, William T. Cavanaugh, Stephen H. Webb), fundador de la ciencia constitucional, y quien más hondo ha penetrado la idea de poder. Se charla de poder. Se charla de lo político, que es el poder, y de la política, que es la pelea por conquistarlo.

—Los regímenes pasados de moda caen. Lo “fashion” viene de las elites, que ahora, al universalizarse el izquierdismo, dejarán de ser izquierdistas. Los americanos elegirán a alguien que entregue el poder a un verdadero CEO.

Los americanos descubren en Schmitt que todos los conceptos importantes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados: el Dios omnipotente se convirtió en el legislador omnipotente y toda estructura política está sostenida por una “imagen metafísica” del mundo.

Y se charla de “Human Smoke” de Baker. Yarvin lo hace con tanto entusiasmo que, de no ser por su hija, que, atenta, la ve pasar, perdemos la grúa portuguesa que viene a rescatarlos.

Curtis Yarvin, el bloguero estadounidense inspirador de la “derecha profunda” y el movimiento “neoreaccionario”, conoce la política española. En su conversación puede aparecer de repente Carrero Blanco y la Operación ogro. “Mi madre fue “au pair” en Madrid en los 60. Todo el mundo de su edad quería “jeans”, rocanrol… El régimen estaba ya en el pasado. Cuando veo a Orban me recuerda a Franco. El problema con un régimen así es que pierdes a los intelectuales, y un régimen pasado de moda cae. Lo “fashion” viene de las élites”, dice.

—Su diagnóstico sobre la democracia en EE. UU. también es cruel.

—Está muerta. La democracia supone elegir políticos que controlan el gobierno. Si no lo controlan, no tienes democracia. Y si ganas unas elecciones en una democracia europea, ¿qué recibes?

—Usted parece llegar del pasado y del futuro. Mira Mérida y qué ve.

—Los conquistadores me recuerdan a la gente de las “start-up”. ¿Qué es la Nueva España? ¡Una “start-up”! Gente joven creando un mundo nuevo. Conquistar Marte es una locura, pero el espíritu de Musk al decirlo es el de Cortés. Ahora el mundo nuevo es el ordenador. El sentido del mundo real está en decadencia. Mire San Francisco, aún es peor. ¿Dónde está la gente?

—Usted es ingeniero informático, conoce bien Silicon Valley.

—Hace unos años estuve en la boda de Peter Thiel y rodeado de millonarios en el avión leía ‘La mente de Napoleón’, una colección de sus escritos; les di el libro, lo leyeron y me dijeron: “¡Napoleón era un tío de “start-up”!”. Y cuando te fijas, era un asombroso administrador. Está ese momento en que Napoleón va a Malta y la reorganiza en una semana…

—Como hijo de cónsul, usted también conoce el imperio.

—De niño leía los cables (no clasificados) del Departamento de Estado. Me di cuenta de lo que hace una embajada americana. No está allí para reportar lo que hace el gobierno sino para supervisar. Europa es hoy como los griegos bajo el imperio romano. La Academia de Platón seguía funcionando, los romanos ricos mandaban a sus hijos a estudiar allí, pero estaba muerto. Un parque temático. Muchas cosas importantes desaparecen cuando un país pierde su soberanía. En la burocracia de Bruselas convergen la URSS y el eurocomunismo, en cierto modo, lo que los americanos querían y esperaban. La relación entre EE. UU. y la URSS es muy antigua y extraña. Mis abuelos eran comunistas americanos, en los años 30 los mejores lo eran. La América de vanguardia veía Rusia como la Tierra Prometida. Y mucho del espíritu detrás del imperio americano es revolucionario. En la Guerra Fría tienes la sensación de dos imperios revolucionarios compitiendo. Luego cae la URSS y ahora hay uno solo, y Putin asumiendo el papel de Hitler en la prensa americana. Se está formando una especie de mundo postamericano, pero es un mundo de mierda. Hasta la hija de Xi Jinping fue a Harvard. Es otra analogía con el último período romano: después de que el Imperio cayese, el símbolo de autoridad siguió siendo la “romanitas”. El jefe bárbaro quiere ser emperador romano. Así usamos la democracia hoy en día. Hasta el país más antiamericano se llama República Democrática Popular de Corea: cuatro palabras y tres significan democracia. La legitimidad americana es la “romanitas”.

—Sin embargo, su analogía para lo actual no es la caída del Imperio.

—Es la caída de la República romana. Tienes todos esos conflictos, Mario y Sila, las guerras civiles, las facciones… Tras la caída de la República y la llegada de César hay una completa despolitización. La república tardía no funcionaba en muchos sentidos. Por ejemplo, un problema eran los piratas en el Mediterráneo, que eran como cárteles mexicanos de la droga, y los republicanos decidieron tomar medidas militares. E igual que ahora tienes a esta gente de Silicon Valley que puede hacerlo todo frente a Washington, que no puede ganar en Afganistán, en el Senado decidieron hacer las cosas a la manera militar, dándole la responsabilidad a Pompeyo. En tres meses limpió el Mediterráneo de piratas. La gente en la República pensó: es una forma distinta de hacer las cosas. ¿Y sabes a qué se parece? Al Obamacare. Lo primero que este nuevo sistema de salud necesitaba era una web. “Lo haremos al estilo Washington”, dijeron. Un año o dos después nada funcionaba. Entonces probaron a la manera de Silicon Valley. Y se hizo en tres semanas. No era una cuestión ideológica, todos eran demócratas, pero la forma en que se hacen las cosas en Silicon Valley es como una “start-up” y una “start-up” es una monarquía. Yo he sido consejero delegado (CEO) de una. Tú le dices a la gente que haga algo y lo hacen. ¿Qué es Mark Zuckerberg? Un rey. ¿Qué es Bezos? Un rey. ¿Qué es Elon Musk? Un rey asombroso. Un Napoleón.

—Pero no puede presentarse a las elecciones.

—Pero puede hacerlo Kanye West. Tiene “baraka”, una especie de naturaleza de rey, Trump también, pero es un CEO terrible. Trump nunca dirigió una organización de más de 30 personas. Además, en el sistema americano el presidente no está al cargo del gobierno. Si vas a Washington, te dirán que no hay brazo ejecutivo, es todo legislativo. Es como en España: una monarquía de nombre, pero realmente una oligarquía dirigida por Bruselas.

—¿Y ese monarca acabará con la división?

—En Roma había guerras civiles. Ahora hay una guerra civil fría, con facciones cada vez más extrañas, como la agenda transgénero, enorme en EE. UU.: la prima de mi hija tiene 16 años, y es una de las únicas dos niñas en todo el colegio que se llama a sí misma chica, y la otra es una estudiante polaca de intercambio. ¿Cómo revertir esto? Los americanos elegirán a alguien que entregue el poder a un auténtico CEO.

—Su idea de CEO soberano: el dictador benévolo como alternativa al fascista.

—Siempre que pensamos en este poder dictatorial pensamos en el mal, en Hitler, pero no en César o Napoleón o en Augusto que encontró Roma destrozada y la dejó en mármol. El monarca es un CEO. Cuando miras todo lo que funciona en el mundo, tiene un rey: un coche, un restaurante… Pensar en monarquía, el gobierno de uno, y reducirlo a Hitler es olvidar a Felipe II, a Carlos V, Isabel I… Los peores ejemplos de monarquía son intentos de recrearla en la era democrática. Franco es imperfecto, pero es mejor que Hitler, y sin embargo no tiene la dignidad ni la visión de Carlos V. No tiene a la intelligentsia. La inteligencia de España en el Siglo de Oro, el centro de la cultura, era la corte. El centro de la cultura alemana no era el Reichstag. Cuando miras a Hitler ves a un tipo de rey hecho por la era democrática, no es el rey de toda Alemania, es el rey de lo más bajo de Alemania, de la prole; esa idea del antisemitismo era una idea tremendamente baja, y esas ideas empezaron a gobernar Alemania. Cuando buscas una forma de nueva monarquía, como César o Felipe II, y no como Hitler o Stalin, encuentras que tiene que ser la monarquía de un país no dividido. El rey tiene que estar rodeado de los mejores

—Sin embargo, ¿no se alcanza vía populismo?

—La revuelta populista es el primer paso: queremos el poder. Pero el siguiente tiene que ser la élite. Imaginemos que votan a Kanye West y él dice: Elon Musk, te doy el poder. A cualquiera que sepa gobernar. Trump no es élite. Es rico, pero no es élite. Pensemos en Musk como CEO de Washington. ¿Qué hará con el gobierno? ¿A quién contratará? Hay cosas como el Departamento de Estado que son el Antiguo Régimen, como la Stasi. Tú no reformas la Stasi, la sustituyes por una nueva. Y en Silicon Valley sabemos cómo organizar grandes organizaciones muy rápido. No es un problema. Si construyes algo nuevo, estará gobernado de arriba hacia abajo. Lo que importa es lo capaz que sea la gente. Napoleón dijo: un gobierno es seguro si está empleando a los mejores. La segunda cosa que Napoleón hizo fue el principio de la carrera abierta al talento. Esta es la forma en que se crea una nueva élite: encuentra a los mejores, contrátalos, diles lo que hacer, y si hacen algo distinto, los despides. Pasado un tiempo, se crea una nueva cultura de gobierno alrededor del nuevo CEO.

—Y ese monarca aborta como en Roma, la guerra civil

—Hasta César hay siglos de conflicto en Roma, optimates contra populares, básicamente izquierda contra derecha, estados rojos contra azules en terminología americana. Y cuando Augusto estabiliza el sistema, cesa el conflicto de clases en Roma. En EE. UU. este conflicto es la guerra cultural. Una guerra civil fría. Si cambia el sistema de gobierno, esta guerra acabará. La guerra cultural consiste en cada lado intentando convertir al otro; los demócratas tratando de convertir a los hijos de los republicanos. Aman hacer eso: “Dame al niño de seis años”… La derecha lo odia, pero también lo quiere hacer. La izquierda tiene tanto poder que la derecha no puede pensar en algo que no sea imitarla. Pero para vencer, necesita ser independiente de la izquierda, tener sus propias ideas.

—Usted lleva una camiseta del Che. ¿Lo desactiva así?

—Efectivamente. La derecha no puede ser lo inverso de la izquierda. Cuando dice que hará lo mismo, pero en otra dirección, la derecha ya es esclava de la izquierda.

—¿Y cómo surge una monarquía con el individuo liberal?

—Cuando piensas en términos de democracia, piensas que la gente tiene poder, así que para cambiar la nación tienes que cambiar a la gente primero, pero lo que hemos visto en el siglo XX es lo opuesto. La gente no gobierna porque es débil, y es débil por el individualismo liberal. Son incapaces de actuar como colectivo. Si son individualistas son arena y no se puede construir algo con arena, pero con arena y cemento sí. Y el nuevo poder es el cemento. Hace cincuenta años, existía el cemento del comunismo y de la democracia, pero ya no. Es muy fácil introducir un nuevo cemento.

Publicada originalmente aquí.

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