ENSAYO

Por Fernando Andacht

Esperaba con no poco escepticismo alguna noticia en The New York Times, un gran vocero pandémico global sobre la interpelación al Dr. Anthony Fauci. El zar indiscutido y venerado incluso en estas tierras australes del manejo de la Covid-19 en Estados Unidos fue interrogado y cuestionado en la cámara de diputados de ese país. Él confesó algunas faltas en la política covidiana que impulsó desde su poderoso cargo sanitario. Triste y previsiblemente, los medios locales, uruguayos, callaron unánimes ese hecho; deben haber creído que no importaba, total la pandemia ya fue. La columna de opinión que el NYT publicó el 8 de junio de 2024 es una nada sutil reivindicación acrítica de los pilares del vasto edificio pandémico, a pesar de expresar reprobación hacia las considerables faltas éticas del poderoso personaje. Analizo este intento de consolar a las masas que recibieron terapia génica en vez de vacuna mediante el uso de las nociones de ‘realidad’, ‘verdad’ y ‘existencia’ en la semiótica de C. S. Peirce (1839-1914).

Se viene una feroz crítica a la pandemia… falsa alarma, es sólo una escaramuza

El comienzo de la columna de The New York Times (NYT de aquí en más) firmada por la socióloga e investigadora de la Universidad de Princeton Zeynep Tufekci es tremendista, induce a pensar que estamos ante la introducción a una crítica fuerte, a una reacción iracunda contra los insólitos protocolos y demás abusos puestos en funcionamiento durante la pandemia. Sería algo parecido al relato alegórico En la Colonia Penal de Kafka (1919), pero en clave académica. En su publicación “Una lección práctica de la Covid sobre cómo destruir la confianza pública” (ver traducción completa en Apéndice), ella se pregunta cómo pudieron los más altos jerarcas de la burocracia sanitaria de su país (¿adoptivo? Wikipedia la describe como “turco-norteamericana”) habernos hecho esto? Dado que el engaño tuvo alcance universal, el uso de ‘nosotros’ en la columna no es un pronombre retórico, como el que usan los políticos al hablar de sí mismos. Dadas las circunstancias de la pandemia, habría en este inicio del texto, un problema que incumbe no sólo a toda la población de ese país, sino también del resto del mundo.

Lo que sigue mantiene viva la esperanza de que este bastión de constante e irrestricta publicidad pandémica que fue el NYT por fin haga una auto-crítica, quizás hasta un razonable mea culpa. Su cruzada tuvo fervor covidiano desde el inicio – puedo mencionar a título de anécdota, la leyenda urbana que ese medio de prensa hizo circular en julio de 2020 sobre las supuestas e inexistentes fiestas covidianas, a las que jóvenes concurrían para infectarse. Tufecki menciona al zar médico-investigador que estuvo a la cabeza de esa batalla sin tregua – ni razonabilidad agrego – contra el aparentemente muy temible y ubicuo Sars-Cov-2, el celebrado Dr. Anthony Fauci. Pero no lo hace para alabarlo, sino con el fin de mostrar su enorme decepción a raíz de lo que Fauci declaró al ser interpelado en la cámara baja, por diputados de su país como el Dr. Rich McCormick. Seguramente, quienes leen este ensayo de eXtramuros no se enteraron de esa noticia por los medios tradicionales, porque en Uruguay y seguramente en muchos otros puntos del Planeta Pandemia Forever, esa trascendental información quedó relegada a los laberintos subterráneos de X (antes Twitter) o a la catacumba audiovisual de YouTube. Para evocar una serie inoxidable, Superagente F86, cabría decir que la noticia de la caída del Dr. Fauci de su elevado pedestal sanitario-pandémico entró en “el cono de silencio”. Habría quedado expuesta, como ocurre en un escándalo que merece grandes titulares, la completa ausencia de evidencia científica, de una base médica para decretar el uso compulsivo de máscaras y la obligación de mantener la distancia social. Podría hasta parecer algo pintoresco, pero no es posible olvidar que tales medidas fueron el insistente prólogo para promover la vacunación masiva contra la Covid-19. Esa medida era obligatoria para quien deseara continuar viviendo de modo gregario, pues afectaba el trabajo, los viajes, el ocio, entre muchas otras actividades.

La socióloga Tufekci no duda en poner énfasis en su columna: además de carecer de la imprescindible evidencia científica, el hoy justamente cuestionado zar sanitario Fauci habría “suprimido, negado o menospreciado como disparates demenciales la información inconveniente oculta al público”, nos explica. Mientras leía la columna pensaba, qué comienzo alentador para quienes desde temprano en la Gesta Pandémica Planetaria pensamos y escribimos en esta revista sobre lo extravagante e inútil de tantas, de casi todas las medidas tomadas por el gobierno. Su efecto ineludible era el coartar las libertades a mansalva, y lo conseguían por tener el incondicional apoyo del nuevo y muy poderoso Partido Pandemia, que reunía con orgullo a todas las facciones políticas. Apenas se distinguían los políticos más draconianos – aquellos deseosos de blindar la vida como la ciudad de Kandor, que fue miniaturizada y guardada en una campana de vidrio por el archivillano Lex Luthor, y luego trasladada por Superman a su Fortaleza de la Soledad – de los que dejaban cierto margen de movimiento, en vez de abogar por la parálisis total de la democracia hasta nuevo aviso. La socióloga da algunos detalles del gran engaño: ella recuerda, y es fácil imaginar un rictus de sarcasmo decepcionado, la obligación de mantenerse a unos dos metros de distancia del prójimo. Acto seguido, trae a colación un capítulo de la pintoresca y opresora saga de la Infalible Ciencia Covidiana. Para ello, evoca la discusión sobre si las gotas de saliva que caían raudas al piso eran el vehículo favorito del Sars-Cov-2, o como ahora el zar en desgracia admitía: “el virus circulaba por la vía aérea”. Hasta ahí, aún con algunos reparos, todo en la columna de Tufekci predispone al lector del medio periodístico poderoso y pandémico a recibir la buena nueva de que fue engañado vilmente, de que su vida sufrió un atropello frontal, lateral, del todo injustificado. Pero veremos que no es así, que esto no ha sido más que una maniobra astuta para que “cuanto más las cosas cambian, más permanecen incambiadas/iguales” – o peores agregaría…

Paren las rotativas: no hubo guiso de pangolines y murciélagos, sino un nefasto experimento

Y ahora llega la gran revelación de esta columna del NYT: parece que se sabe cuatro años más tarde que la génesis de la terrorífica saga covidiana no fue el mercado húmedo de Wuhan, sino el laboratorio que casualmente está ubicado en ese preciso lugar de China. La autora menciona documentos que expresaban “alarma sobre las prácticas laxas de bioseguridad y la riesgosa investigación allí desarrollada”. Todo eso suena al lector de eXtramuros casi tedioso por lo ya informado hace años (2021) sobre el procedimiento científico de “ganancia de función” que fue llevado a cabo en ese laboratorio de virología chino. En el país donde se lanzó la campaña mundial – Pfizer y OMS son una empresa y una organización burocrática made in USA o con asiento en aquella nación – alguien que se supone sabe investigar recién cae en la real, tantos años después. Quizás todo se deba a la fobia anti-conspiracionista de esta académica de Princeton y opinadora del NYT: ella no se permitió ir contra esos dictámenes tan autorizados y autoritarios del Sumo Oficiante Pandémico Anthony Fauci sobre la muy factible y demencial creación del virus en ese laboratorio chino. Admito que parece la trama de una inverosímil película de ciencia ficción Clase B.

De todos modos, es raro que la investigadora Tufekci no mencione el fundamental papel que jugó su país adoptivo, junto instituciones sanitarias norteamericanas prestigiosas en ese esfuerzo científico que culminó con el publicitado Sars-Cov-2. Lo más sucio que menciona o saca a luz es el pecado venial del Dr. David Morens, un jerarca del National Institute of Health, una muy importante institución dedicada a la salud, algo así como un Ministerio de Salud Pública federal norteamericano. Entre esas revelaciones recientes, se divulgó un correo electrónico suyo donde él advierte sobre el alto riesgo de no eliminar mensajes que pueden ser usados como evidencia condenatoria sobre el manejo de la pandemia. Y específicamente Morens hizo referencia al laboratorio de Wuhan. Recuerdo ahora un hecho menor si se lo compara con esta trastienda del máximo poder sanitario, pero elocuente. Stephen Colbert, quien antes fuera un corresponsal cómico del programa de humor sobre la actualidad política y social The Daily Show, que condujo el crítico y humorista Jon Stewart hasta 2015, ahora conduce un programa tradicional de los llamados “late night show’ y recibió a Stewart el 15 de junio de 2021. Este ácido comediante parece haber regresado del silencio que se autoimpuso sólo para incomodar a su antiguo cronista, hoy convertido en el anfitrión de un banal programa de carácter conservador, The Late Show with Stephen Colbert. Desde el inicio, el intercambio trata sobre la pandemia, algo nada sorprendente, en ese momento. Lo que sí sorprende y mucho al presentador de ese programa es lo que sobreviene en un diálogo que parece guionado, pero sólo hasta cierto punto. Eso ocurre cuando Colbert le pregunta a su invitado si él cree que la ciencia avanzó mucho desde la pandemia de 1918. La respuesta que recibe es circular y perfecta: “Le debemos mucho a la ciencia por haber aliviado el sufrimiento de la pandemia, que más que probablemente causó la ciencia.” (Fig. 1)

Jon Stewart como invitado al programa conducido por S. Colbert (15.06.21)

Previsiblemente, su partenaire tomó el rol del vox populi diseminado hasta la fatiga por la Ciencia Oficial y todos los medios: ese relato oficial y oficioso se encargó de negar el origen del Sars-Cov-2 en el laboratorio de Wuhan. A partir de ese instante, Stewart desplegó su talento de comediante-tábano implacable , quien como consumado artífice de la sátira política , afirma con voz estentórea que hay un mal respiratorio en Wuhan, y se pregunta con una mueca de seriedad e ingenuidad exagerada, si no convendría preguntarle sobre su existencia al Laboratorio del Nuevo Coronavirus Respiratorio de Wuhan, ya que “la enfermedad tiene el mismo nombre que el laboratorio” (Fig. 2).

Jon Stewart se obsesiona con la identidad del nombre de la enfermedad y del Laboratorio de Wuhan

Vuelve al ataque Stewart e imagina un posible diálogo entre un científico visitante con un colega chino que trabajase en el laboratorio cuyo nombre es el de la enfermedad, como él no deja de reiterar atónito, porque está situado justo donde irrumpió la pandemia: “¿Cómo ocurrió esto?” Y el otro le responde sin la menor certeza, como quien adivina algo: “Mmm…, un pangolín besó a una tortuga…” (Fig. 3) Entonces, el personaje que no consigue satisfacer su curiosidad se desespera, y le pide una y otra vez al científico de Wuhan que lea el nombre del laboratorio, y que además le permita ver la tarjeta profesional de esa institución. En ese momento, Stewart finge leer un texto a alguien que no termina de entender algo muy obvio: “Ah, yo trabajo en el Laboratorio del Nuevo Coronavirus de Wuhan”

Sobre el origen de la pandemia “Mmm… no sé… un pangolín besó una tortuga…”

Así procedió a ridiculizar hace tres años la versión oficial que seguía circulando en ese entonces por el mundo, y que sostenía la indefendible idea sobre el origen de la pandemia en el mercado de Wuhan, a causa de una grotesca e inverosímil cadena de contagio entre diversas especies animales, incluidos los murciélagos. Mientras que de modo visible el anfitrión intenta una reparación de daños, para apaciguar a su irreverente invitado. Para ese fin, Colbert invoca el nombre de Anthony Fauci, Stewart lo interrumpe y le dice por enésima vez, que preste atención al nombre de la pandemia y al del laboratorio que está situado justo allí. Como último recurso, Colbert plantea que el laboratorio está situado en esa ciudad, porque allí hay una población muy grande de murciélagos. Sin pestañear siquiera, su invitado se burla de su conjetura, y le recuerda que si de abundancia de esa especie se trata, hay muchísimos ejemplares muy cerca de Austin, Texas, que “emprenden vuelo cada noche” En efecto, en esa localidad vive la mayor población de quirópteros de ese país. Y sin embargo, Stewart le explica con gran paciencia, como quien le habla a un niño, que no hubo un brote de coronavirus en ese punto geográfico del continente americano. Él remata su rutina cómica así: “¿Hay un Coronavirus de Austin?” y se responde a sí mismo: “¡No!” (Fig. 4) Al otro no le queda más remedio que reírse, que acompañar sin entusiasmo alguno la burla al sentido común promovida por los poderes que son, y a los que Colbert desde hace ya varios años ha respondido con sumisa entrega. La secuencia termina con el presentador exhibiendo una sonrisa congelada, de compromiso, mientras que, como poseído por el demonio de la verdad, Jon Stewart sigue formulando su pregunta retórica, que veremos, tiene casi el valor de una demostración lógica en clave informal: “¿Cómo es que se llama el laboratorio?”

Sobre la abundancia de murciélagos en Austin, Texas

A riesgo de parecer pedante y de perder a muchos de los lectores que llegaron hasta aquí, no resisto la oportunidad para introducir un término técnico elaborado por el teórico de la semiótica moderna, C. S. Peirce. Creo que él describiría lo que ocurrió en esa secuencia de un programa televisivo de entretenimiento banal de 2021 como un buen ejemplo del uso del “sentido común crítico”, en contraste con el “sentido común” a secas. El primero es una forma de razonamiento analítico inseparable del modelo de signos que desarrolló durante toda su vida adulta Peirce. Lo que pone en escena el comediante Jon Stewart es una forma salvaje de lo que el lógico define así:

[El Crítico del Sentido Común] reconoce bien que lo que ha sido indudable un día a menudo se probó que era falso al día siguiente. (CP 5.514) Él no se detendrá a preguntar si realmente duda de algo o no, sino que de inmediato procede a examinarlo. Ahora bien si ocurre que él realmente duda sobre la proposición, él hace muy bien en comenzar una investigación crítica. (CP 5.524)

Parece exagerado o simplemente equivocado describir el despliegue de humor cínico y escéptico sobre el origen animalesco chino del virus de la Covid-19, pero a falta de alimento científico, bienvenidos son los signos cómicos e ingeniosos. Algo no muy diferente ocurrió en Uruguay con el humorista radial conocido como Darwin Desbocatti, cuya columna analicé en eXtramuros. Cuando brilla por su ausencia el debate y el coraje periodístico serio capaz de poner en tela de juicio la abusiva política sanitaria en pandemia, la figura del Crítico del Sentido Común bien puede encarnarse en aquellos cuya palabra y gestualidad están protegidas por su oficio de bufón. La razón de introducir este concepto filosófico peirceano es que la columna de la académica Zeynep Tufekci en el NYT, como espero demostrar, propone el aferrarse de modo exclusivo al sentido común, a una fe ciega en la Ciencia, en las vacunas creadas para combatir la Covid-19. La crítica no aparece en ningún momento en esa columna: limitarse a manifestar decepción por los decepcionantes jerarcas que menciona es muy poco, casi nada. Expresar sorpresa por el ocultamiento del real origen del virus Sars-Cov-2 en junio de 2024 tiene muchísimo menos valor social que el episodio a cargo de un comediante que cité de 2021, cuando eso importaba y mucho a la población. Destaco esa debilidad argumentativa, porque el objetivo retórico e ideológico que emerge a medida que se avanza en esa columna es la resignación de la población a haber sido engañados del peor modo.

Una airada tentativa de reconstruir la confianza pública en quien no la merece

Como si Tufekci se diera cuenta de que ha fustigado con excesiva levedad eso que a todas luces fue y sigue siendo una trama conspiratoria que atentó contra la salud mundial, ella utiliza la retórica de la invectiva. No puede plantear, sostiene, que lo que describió es un caso del avance de la ciencia, porque los ejemplos que mencionó sólo demuestran “obstinación, arrogancia y cobardía”. Destaca la falta de transparencia al informar al público lo que realmente estos jerarcas sabían – yo agrego también sobre lo que ignoraban. Procede entonces la autora a enumerar más decisiones desastrosas para la vida normal, entre ellas la demora en abrir los centros educativos, y el malgasto de dinero público en barreras de plexiglás, en vez de usar filtros de aire. Tras esa irritada enumeración sobre las medidas inadecuadas tomadas durante la pandemia, llega el clímax de su molestia como investigadora y ciudadana de ese país. Su diagnóstico es que de ahora en más, la gente dudará de la palabra científica y de las autoridades de la salud pública. La socióloga ya no puede disimular más el real propósito de la columna: describe el gran riesgo que encarnan los impresentables adherentes a “salvajes teorías de la conspiración”, pues ahora será más difícil separar sus delirios de la “reales conspiraciones”.

Luego hace una suerte de reivindicación de su propio conocimiento. Dice que ella empezó a escribir sobre la pandemia temprano, en febrero de 2020, cuando se dio cuenta de que “una catástrofe venía dirigida hacia nosotros”. Y ahora, después de enterarse de los engaños que mencionó – muy pocos y menores, si se los compara con el aún inexplicado exceso de muertes tras la vacuna génica de Covid-19 por parte de las autoridades sanitarias – se da cuenta de cómo esos científicos en ese momento inaugural le restaron gravedad al terrible mal que se avecinaba. Pero, según cuenta Tufekci, ella ya lo veía de modo preclaro. Evoca su gran molestia cuando se objetó al uso de máscaras, sólo porque no había suficientes en el mercado. Ese comentario es casi inexplicable: parece que se hubiese borrado de su memoria lo que el propio interpelado, el alicaído Zar Fauci, confesó ante la comisión de diputados en 2024: no había ningún sustento científico para usarlas. También nos relata que a causa de su gran indignación por la prohibición de poder estar al aire libre en el verano boreal de 2020, tomó la decisión de publicar artículos científicos con sus colegas para modificar esa errónea política sanitaria. Su interpretación es benévola con el poder político-sanitario: las autoridades temían decir que no lo sabían todo, pero menos aún querían asustar al público. No queda más que concluir entonces que lo que parecía ser una serie de graves faltas se reduciría a un justificado exceso de cuidados. No lo dice así (en inglés), pero es tan notoria esa costumbre hoy, porque es parte de la sensibilidad woke: nada trae como reacción un suspiro protector más velozmente que el empleo retórico de los signos “cuidados” y “víctimas”. Para la académica de la Universidad de Princeton, los responsables de la gestión pandémica en Estados Unidos fueron excesivamente responsables: querían evitar que cundiera el pánico; lo suyo, en el fondo, no sería más que una mentira inocente, que tuvo consecuencias negativas a causa de las características de la pandemia Covid-19.

Cuando comencé a leer el párrafo en el que menciona algo negativo ocurrido durante la interpelación a Fauci en la cámara de diputados, confieso que fui optimista, muy ingenuo. Era claro que la autora no iba a hablar, por ejemplo, de la intervención del médico y diputado Rich McCormick ni de su severo cuestionamiento de la completa falta de experiencia de Fauci en el trato con pacientes que sufrieran de Covid-19. Lo que ella sí menciona es la intervención de un diputado cuyo nombre indica alguien no blanco, Kweisi Mfume, quien nos informa, trajo a la discusión el “Experimento Tuskegee, en el cual a hombres negros con sífilis se les había negado el tratamiento para que los médicos pudieran estudiar la enfermedad a medida que avanzaba”. Ese relato le sirve a la socióloga para reintroducir su tesis central: “la teoría conspirativa”, que sería obviamente del tipo “salvaje”, que surgió cuando ese diputado sostuvo que se les inyectó sífilis a esas personas. Lo peor, argumenta, no sería la falsedad de su intervención, sino la angustia que habrán de experimentar “las poblaciones vulnerables”. Y ella formula una pregunta retórica sobre ese segmento desfavorecido:“¿pueden confiar en que el establecimiento médico los informará y protegerá”. A esa altura de la columna, ya no queda la menor duda en los lectores del NYT que el verdadero, el único villano y letal enemigo de la sociedad pospandémica es la ominosa actitud crítica, la desconfianza en la información que vendrá del mundo farmacéutico y de los encargados de la salud de la nación. Por culpa de esta hubris, de la vanidad o del complejo de omnipotencia de algunos jerarcas sanitarios – no todos, claro – muchos “afro-americanos no se dieron la vacuna contra la Covid-19”. Sin embargo, en todo lo malo siempre se rescata algo bueno: “pero no eran todos negacionistas”, nos advierte Zeyne Tufekci, y casi puedo oír su suspiro de profundo alivio. ¿Cómo lo sabe? Porque, escribe, ellos “usaban máscaras y guardaban la distancia social”, pero sobre todo, escribe con renovada fe en la humanidad: “pero no fue porque fuesen todos negacionistas Covid” (but it wasn’t because they were all Covid denialists).

Dra. Tufekci o: cómo aprendí a no preocuparme y a amar la terapia génica covidiana

El título de esta sección alude a una comedia de humor negro de Stanley Kubrik (1964) cuyo título en inglés es Dr. Strangelove or: how I learned to stop worrying and love the bomb. El personaje allí nombrado es un antiguo nazi parapléjico que se convirtió en el asesor científico del presidente norteamericano, durante la guerra fría. Más de medio siglo después, la alarma mundial apareció como un ataque biológico invisible contra la humanidad, y el Dr. Insólito – como se tradujo el título en Uruguay – ha crecido y se ha multiplicado en personas como la Dra. Zeyne Tufekci o el Dr. Radi. El mensaje fundamental de su columna en el NYT es que ella no comparte en absoluto la reticencia o la desconfianza de la nueva vacuna. Ese hondo sentimiento positivo se mantiene intacto, a pesar de la confesión del Dr. Fauci, y se vuelve explícito en su declaración de Fe Covidiana Vacunal irrestricta. Para demostrar al lector su adhesión fervorosa a la vacunación, Zufekci nos cuenta un viaje que hizo a Londres en 2021, donde encontró que a la gente allí no le importaba qué vacuna se había dado ni cuántas dosis recibieron: porque “ellos arremangaban sus camisas cuando el Servicio Nacional de Salud llamaba, porque éste estaba aprovechando la confianza que había construido a lo largo de décadas”. El párrafo rezuma una encendida admiración por esos ciudadanos londinenses que se entregaron de cuerpo y alma a la terapia génica, no como los desconfiados que no supieron aprovechar ese magno don de la Ciencia.

Propongo resumir el argumento central de Zeynep Tufekci mediante una analogía: ¡qué horror que los encargados de imprimir la moneda, durante una terrible crisis financiera, también imprimieron algunos billetes falsos, porque ahora se perdió la fe en esa noble institución, a pesar de que 99% del dinero impreso fue, es y seguirá siendo genuino. Todo está pronto en ese texto que se vuelve confesional para que la autora proclame su manifiesto de amor a la Ciencia y a la Política Pandémica, que evidentemente no ha sido lesionado por ese pecado venial, las pequeñas faltas de Fauci y de sus colegas sanitarios. Eso es lo que expresa la autora, quien cuenta que apenas pudo dejar el confinamiento pandémico, ella se ofreció como voluntaria en una clínica de vacunación. Le dedica un párrafo entero a relatarnos cómo fue su feliz experiencia en esa etapa pandémica, y a afirmar que el suyo fue un estado de ánimo similar al que ella dijo haber presenciado en los admirables londinenses, todos ellos encantados con recibir esa medida farmacológica sin chistar:

Fue igual para mí, aquí en los Estados Unidos. Cuando salí de mi estricto aislamiento para ofrecerme como voluntaria en una clínica de vacunación tempranamente en la pandemia y más tarde, cuando yo alegremente me arremangué, estaba fascinada no porque yo personalmente haya verificado todas y cada una de las aseveraciones sobre las vacunas, yo sentí que tenía razones para confiar en que el fabricante no había hecho trampa en las pruebas, y que los científicos que supervisaban el proceso no eran corruptos, y que si hubiera ocurrido algo indebido, no se habría encubierto.

Este es el autorretrato de alguien que replica la consigna que luce el dólar de ese país – en Dios confiamos – pero reemplaza a la deidad religiosa por Pfizer, Moderna o cualquier otro mercader industrial de vacunas covidianas. El único anti-valor para esta columnista del NYT, no cabe la menor duda, es el desconfiar de esas virtudes médicas, y obviamente, fomentar esa desconfianza al revelar que no se obró como se debía en ese delicado terreno de la salud pública. Si quieren saber qué es lo auténticamente nefasto en los engaños de A. Fauci y allegados, la socióloga amante de las vacunas covidianas lo manifiesta con claridad: los “oportunistas y el eslogan “hacé tu propia investigación”. Ellos, nos explica Tufekci, son los verdaderos “agentes del caos, que sacarán ventaja de estas faltas durante largo tiempo, alimentando teorías de la conspiración y malas ideas de toda clase.” Ahora sí queda del todo claro cuál fue el mayor daño de estos conspiradores genuinos, que, en su opinión, al menos no diseminan teorías conspiranoicas: Fauci y colegas arruinaron la sumisa y feliz entrega de la población a los deslumbrantes avances de la industria farmacéutica, que con total desinterés aportó esa terapia génica salvadora a la humanidad, y la rescató de las garras de la siniestra pandemia.

En una reciente entrevista (21.05.2024), la Dra. Acevedo Whitehouse explica el engaño que ocurrió al no decirle a la gente la verdad, pero no como lo describe Zeynep Tufekci en su columna, al comentar esos mínimos deslices sobre máscaras y distancia social. Se pregunta la investigadora en inmunogenética de especies animales marinas Karina Acevedo Whitehouse quién hubiera ido alegremente a arremangarse, como narra la épica farmacéutica admirable la columnista del NYT, si en lugar de publicitar las salvíficas vacunas, le hubieran dicho que iban a administrarle, en serie además, “una terapia génica”. Cada frase suya dicha con gran calma merece grabarse en letras de oro en un vademecum pandémico o farmacéutico: “Lo puedo entender [el miedo], pero desde una perspectiva científica, se necesita ser muy objetivo.” Ella explica con apreciable claridad que, salvo la vacuna contra la Covid-19 marca Sinovac, “todas las demás aplican tecnología genética”, y agrega: “Si a ti te hubieran dicho, bueno estamos en esta pandemia, por favor, ven a aplicarte esta terapia génica para protegerte, tú qué hubieras hecho?” En esa actitud, radica la enorme diferencia entre lo que cabe llamar la fe ciega de la columnista del diario norteamericano, y la actitud científica de la investigadora en inmunogenética mexicana. Ese contraste es lo que a continuación voy a describir mediante la concepción de lo real, de la existencia y de la verdad, en el pensamiento del fundador moderno de la semiótica, el lógico Charles Sanders Peirce (1839-1914).

Las siempre fructíferas andanzas del pequeño ratón de lo real

Como cierre de su evaluación en apariencia negativa de las políticas pandémicas de su país, pero sin dejar de lado su ardiente defensa e incluso apología de sus pilares – la vacuna de plataforma ARNm y el test PCR, que ella ni siquiera menciona – la investigadora de la universidad de Princeton elige apoyarse en un proverbio que desconocía: “como dice la expresión, la confianza se construye de a gotas y se pierde a baldes” (trust is built in drops and lost in buckets). Creo que en su caso ocurre lo inverso: su confianza en el sistema sanitario de su país le llegó y le sigue llegando en baldes: ella no desconfía ni tiene sospecha alguna sobre el test que sirvió de base de construcción de la pandemia y menos aún, sobre la terapia génica que se publicitó como la universal salvación de la Covid-19, si nos atenemos a su emocionado panegírico de las vacunas covidianas,

A pesar de su prestigiosa posición académica como docente e investigadora de la Universidad de Princeton, lo que aplicó Zeynep Tufekci para describir la realidad, luego de las revelaciones de Anthoy Fauci, fue lo que Peirce denomina “el método de tenacidad”, es decir, cuando alguien se aferra a defender una creencia sin importar más nada, sin siquiera considerar la evidencia que la eliminaría como una representación confiable de lo real. Le importa más a la autora levantar el dedo acusador contra la ética defectuosa de este par de manzanas podridas que, en modo alguno, dañarían al resto, es decir, al cuerpo de la Ciencia Oficial, que se encargó de supervisar la vacunación y así salvó a la humanidad de la temible Covid-19. El suyo es el modo menos confiable de los cuatro métodos que enumera y describe Peirce en su texto de 1877, “La fijación de la creencia”, para llegar a la verdad. Tan sólo el cuarto método, el que se basa en la investigación, merece el nombre de científico, sostiene Peirce. Su superioridad estriba en “establecer las creencias permanentemente porque estas son públicas – las mismas para todos – y esto es así porque las creencias que establece “son causada por nada humano” sino por el mundo externo – y por ende real – “una permanencia externa … algo sobre lo cual nuestro pensamiento no tiene efecto” (CP 5.384 citado y comentado, por Lane, 2024, p. 413). En la próxima sección, presento las consecuencias de desechar el cuarto método, entre los que ha usado la humanidad para llegar a una creencia, a lo largo de la historia, en el caso específico de esta investigadora, que opta por adherir a los otros tres métodos, los que no siguen ese camino para llegar a una conclusión basada en la experiencia.

La verdadera lección sobre la pandemia covidiana la da el vigoroso ratón de lo real

Por real, yo siempre me refiero a aquello que es tal como es más allá de que lo Ud. o yo o cualquier generación de hombres opine o pueda llegar a pensar que sea. (Peirce, cit. en Pietarinen 2015, p. 887)

Hay un peligroso salto que da la autora desde una abrupta disolución de la creencia basada en evidencia a los otros tres modos de llegar a una convicción que no son científicos. Lo primero ocurre cuando ella reflexiona sobre la confesión del Dr. Fauci relativa a dos medidas pandémicas impuestas a la población sin base alguna en la ciencia, y también sobre la revelación del ocultamiento institucional del origen no folclórico y xenofóbico del Sars-Cov-2, en un lugar caótico y repelente para Occidente, el mercado de animales vivos de Wuhan. Pero cuando ella relata su pasión vacunal contra la Covid-19, nada queda del método científico: Tufekci sólo nos da un testimonio de su fe ciega en el proceso farmacéutico que llevó a la producción y venta de la terapia génica de Pfizer, de Moderna, etc. Los tres métodos que Peirce denomina de “tenacidad, autoridad y a priori” reemplazan la investigación necesaria para adoptar la creencia en la supuesta gran eficacia y no peligrosidad de esa plataforma nueva o terapia génica, como enfatiza la Dra. Karina Acevedo Whitehouse. ¿En qué se basa entonces la socióloga para no sólo creer, sino además recomendar esa fuerte convicción vacunal al lector/ciudadano, y aportar como ilustración anecdótica su viaje a Inglaterra, donde de primera mano ella fue testigo del admirable ánimo positivo con el que los londinenses se vacunaban sin chistar? Se basa en su propio sentimiento positivo – “Sentí que tenía razones para …” – para depositar su total confianza en las virtudes de la vacuna covidiana en general, pues ella no nombra ninguna marca. Lo esencial, nos advierte, es la confianza (trust). Lo peor no sería para Tufekci los efectos adversos desconocidos de ese experimento biológico a escala planetaria – que nunca siquiera menciona – sino el perder esa actitud de creyentes fervorosos en los científicos y en la ciencia. El motivo para tal postura, nos explica, es que si eso ocurriera, sobrevendría algo peor que las malas medidas pandémicas: el crecimiento de los conspiranoicos. Ella no usa ese término, sino el más educado o benévolo: los adeptos a las “teorías de la conspiración salvajes”. Su conclusión me recuerda el testimonio liberticida de un periodista sobre quien escribí hace tiempo aquí: él confesó haber abierto su espacio radial a los seres “más despreciables”, pero su tolerancia nunca incluyó al grupo de los malvados supremos, a “los anti-vacunas”, durante la pandemia. Ahora sí le queda muy claro al lector el significado central de la columna de opinión de la ilustre académica de Princeton: sin duda habrán estado mal Fauci y el jerarca del National Institutes of Health (NIH), fue nefasto el que hayan mentido, ocultado información o desinformado sobre la pandemia, en su momento crítico. Pero esos pecados no pueden nunca compararse con la herejía máxima, que consiste en dudar de la Ciencia y de sus practicantes. Es difícil no interpretar esa curiosa conclusión en un miembro de la comunidad científica como otra cosa que no sea una advertencia para futuras pandemias, para no abandonar la obediencia debida a las autoridades, por descabellados o insensatos que sean sus protocolos o mandatos futuros.

Quiero explicar por qué considero tan nefasta, peligrosa y sofística esta columna de opinión del New York Times. La firma alguien cuyo nombre le llega al lector enmarcado en rutilante legitimidad académica, pero lo que afirma con énfasis y con el apoyo de esa condición de experta no es digno de ese recibimiento. Peirce explicó hace más de un siglo cómo se caracteriza la realidad en los siguientes términos: “Cuando se trata del concepto de realidad, la acción relevante es la investigación, y la experiencia relevante es la supresión de la duda y el establecimiento de la creencia” (Lane, 2024, p. 413). A lo que apela como garantía de la verdad y realidad de lo que afirma sobre el manejo pandémico de modo tan tajante es simplemente la existencia, que no es lo mismo. La autora condena como digna de vergüenza la conducta de estos dos jerarcas de la salud pública norteamericana; pero con idéntica energía hace loas efusivas a esos dones pandémicos que fueron las máscaras – a pesar de lo confesado por Fauci – y más que nada en el mundo a las nuevas vacunas. En las siguientes citas, Peirce explica en detalle la distinción entre aquello que existe, y como tal interactúa de modo perceptible con los otros elementos de su entorno, y la realidad, como algo hacia a lo cual conduce nuestro conocimiento si investigamos sin obstáculo alguno, y con un horizonte abierto: “en tanto que la realidad significa una especie de no-dependencia del pensamiento y por ende es de carácter cognitivo, por su parte la existencia significa la reacción con el entorno, y por ende es un rasgo dinámico” (CP 5.503, énfasis en el orig.). No pongo en duda que Tufekci haya visto en su viaje a Inglaterra en 2021 a los habitantes de Londres dándose vacunas como quien sale a tomar helado un domingo. Ni tampoco tengo por qué no creerle cuando ella escribe sobre su propio entusiasmo en ir a vacunarse, y en ofrecerse como animosa voluntaria para apoyar la campaña de vacunación contra la Covid-19 a la población de su ciudad. En eso consiste la pura existencia de un hecho, pero no es ni su verdad ni su realidad. Me refiero a la supuesta acción salvífica de la terapia génica que se aplicó allí donde ella vivía, y en muchísimos otros puntos del planeta. Cito otra explicación que ofrece Peirce del contraste conceptual entre lo real y lo existente: “la existencia es la identidad numérica, que es una relación diádica de un sujeto consigo mismo de la cual nada salvo un individuo existente es capaz” (CP1.461, 1896).

Pero que yo no dude de el testimonio de la autora no significa que el mismo tenga algo que ver con la verdad o con la realidad del tratamiento génico al que Tufekci alude en términos tan elogiosos, cuando ella afirma seguir confiando en la ciencia y en los científicos. No hay diferencia en confiar en ángeles, unicornios o cualquier otro ser ficcional sobre el que existen innumerables libros, films, leyendas y una infinidad de juegos. Lo único que el término cognitivo ‘realidad’ significa es aquello que no depende del pensamiento de nadie, presente, pasado o futuro, para ser lo que es. No es relevante si a esta socióloga el producto génico que diseñó Pfizer y otras megaempresas la entusiasmó o le produjo el sentimiento opuesto, lo único que cuenta como real y verdadero es lo que expone Lane (2024, p. 414) como la doble entrada o vía a lo real y a lo verdadero en la teoría semiótica de Peirce:

“una verdadera creencia es tanto una creencia que representa el mundo como éste es realmente y una que suficiente investigación – la experiencia del mundo real y el razonamiento sobre esa experiencia – establecerían permanentemente en las mentes de los investigadores (…) Cada uno de estos aspectos de la explicación de la verdad de Peirce – el aspecto representacionalista, según el cual una creencia verdadera es una que representa la realidad, y el aspecto investigativo es una que sería establecida por suficiente investigación reaparece en sus escritos tardíos. Cuando se trata del concepto de realidad, la acción relevante es la investigación, y la experiencia relevante es la eliminación de la duda y el establecer la creencia.” (p. 413)

Se aproxima bastante a esta definición de realidad y de verdad, por otro lado, la entrevista a la investigadora Dra. Acevedo Whitehouse. Y esto ocurre no sólo por su especialidad en el estudio de la biología molecular y la inmunidad, sino porque ella plantea una duda razonable sobre la seguridad y/o eficacia de algo que fue mal representado y presentado al mundo como una “vacuna”. Ella afirma que sólo la llamada ‘Sinovac’ correspondería a la noción tradicional de esa forma de intervención farmacológica en el cuerpo. Brilló por su ausencia esa duda ocasionada por la falta de suficiente investigación, en un mundo donde la autoridad convertida en autoritarismo de la salud pública a nivel nacional y global impuso una serie de medidas draconianas y nefastas, para enfrentar lo que definió sin que hubiera debate alguno o controversia como una letal pandemia. Conviene entonces más que nunca recordar la lección realista de la semiótica peirceana, que se dedica a estudiar un universo atravesado por los signos, uno donde no hay distinción alguna entre naturaleza y cultura, animales y vegetales, pues todo nada en una trama profusa significación. El desafío inevitable de cualquier emprendimiento que merezca el nombre de ciencia debe regularse por este único mandato: “No bloquear el camino de la investigación” (CP 1.135). Para alcanzar ese objetivo, nada mejor que encender la ratiseñal, es decir, invocar al pequeño ratón de lo real que es el único que nos puede salvar del despliegue omnipotente de ignorancia, que siempre acarrea enormes riesgos para la razonabilidad y para la vida:

Sin duda hay grados de la realidad, lo que significa que los objetos de los signos pueden ceder con mayor o menor resistencia a la opinión o a otra representación. Según la definición [de ‘real’], la resistencia absoluta es esencial para la realidad. Pero un abordaje de la realidad, algo que no es en lo más mínimo de la naturaleza de un fingimiento, se encuentra donde quiera que un objeto del pensamiento sea suficientemente obstinado para permitirnos decir, no posee estas características, pero sí posee estas otras. Hay ya una lección en lógica. A saber, que uno puede formular la mejor de las definiciones, ir al corazón mismo de las cosas; y sin embargo habrá, por así decirlo, un pequeño ratón de una casi excepción que encontrará un agujero o lo hará, para entrar cuando todo parecía herméticamente cerrado. Este ratón no es una mera plaga de la cual hay que deshacerse y olvidarse. Será un semejante a ser recordado y apreciado. (Peirce, c. 1906, cit. en Lane 2024, pp. 418-419, énfasis en el orig.)

Con un cinismo comprensible y nada de entusiasmo, Denis Rancourt, el infatigable estudioso de la pandemia y sus distorsiones de la verdad, desde su comienzo, introdujo el video que cité arriba con la interpelación de A. Fauci en la cámara de diputados norteamericana como un modo de “enfriar a la víctima de un engaño” (to cool the mark out). Esa curiosa frase es parte del título de una temprana publicación de quien incluyó en su campo de estudio microsociológico las tretas del estafador, hablo del canadiense Erving Goffman. Un cómplice de quien se vale de la confianza para engañar a su víctima, permanece en la escena de la estafa, para ayudar a que aquella se consuele de su pérdida, de haber sido timado. La finalidad es que esa persona no haga demasiado escándalo, que acepte su condición, y que siga su camino con resignación. Entiendo que la columna de opinión de la investigadora Zeynep Tufekci en el poderoso periódico norteamericano procura ese objetivo. No importa, no es relevante en absoluto que el editor de esa sección del The New York Times le haya pedido que haga eso, porque no es necesario. Esta pieza retórica surge con naturalidad de una creyente covidiana, de una feligresa de la Ortodoxia Covid, para que las revelaciones que ella menciona de los principales jerarcas al frente de la embestida pandémica no sean más que pequeños crujidos de una inmensa maquinaria cuyo funcionamiento no debe ser afectado. Así en pandemia como en futuras alarmas globales y liberticidas.

La sinceridad que imagino de parte de la autora de la columna del NYT analizada es lo más triste. Cuando hacia el final de su texto, ella afirma que desde el surgimiento de la Covid-19 “millones murieron, pero también murió algo más difícil de cuantificar: la confianza de muchísima gente en la ciencia de la salud pública.” Con esa nota melancólica y pesimista, cierra su texto: la socióloga concluye que no sólo las autoridades deberán sufrir las consecuencias de esa pérdida de fe, sino toda la población. Nada puede ser más ajeno a la representación de lo real que resulta de utilizar el método científico que esa clase de confianza que se entrega con ojos cerrados al poder sanitario mundial y local. Por eso, cuando ella afirma que “La confianza, no la información, era la clave”, Tufekci hace explícito el formidable bloqueo del sendero de la investigación al que conduce su texto, lo sepa ella o no, eso no importa.


Referencias

Lane, R. (2024). Peirce on Reality and Existence. En: C. de Waal (ed.) The Oxford Handbook of Charles S. Peirce. (pp.409-422) New York: Oxford University Press.
Peirce, C.S. (1931-1958). The Collected Papers of C. S. Peirce. C. Hartshorne, P. Weiss & A. W. Burks (eds.). Cambridge, MA: Harvard University Press. Las citas se hacen del modo convencional: x.xxx remite al Volumen.Párrafo de esta edición.
Pietarinen, A-K. (2015). Two papers on existential graphs by Charles Peirce. Synthese, 192, 881–922
Tufekci, Z. (2024). An Object Lesson From Covid on How to Destroy Public Trust. The New York Times, 08.06.204: https://www.nytimes.com/2024/06/08/opinion/covid-fauci-hearings-health.html (Ver la traducción al español en el Apéndice de este ensayo)


La lección del Covid sobre cómo destruir la confianza pública

Por Zeynep Tufekci (pieza editorial del New York Times, 8 de Junio 2024)

En el último mes se han reescrito grandes partes de la historia de la pandemia de Covid de una forma que tendrá terribles consecuencias durante muchos años.

Bajo el interrogatorio de un subcomité del Congreso, altos funcionarios de los Institutos Nacionales de Salud, junto con el Dr. Anthony Fauci, reconocieron que algunas partes clave de las directrices de salud pública que sus agencias promovieron durante el primer año de la pandemia de Covid-19 no estaban respaldadas por una ciencia sólida. Es más, se ocultó al público información inconveniente, suprimiéndola, negándola o tachándola de disparate.

¿Recuerdan la regla de que todos debemos mantenernos a una distancia mínima de dos metros? “Apareció sin más“, declaró Fauci durante una entrevista preliminar para la audiencia del subcomité, añadiendo que “no tenía conocimiento de ningún estudio” que la respaldara. ¿Recuerda la insistencia en que el virus se propagaba principalmente por gotitas que caían rápidamente al suelo? Durante su reciente comparecencia pública, reconoció que, por el contrario, el virus se transmite por el aire.

En cuanto a la repetida afirmación de que el Covid se originó en un “mercado húmedo” de Wuhan, China, y no en un laboratorio de enfermedades infecciosas de allí, los funcionarios del N.I.H. expresaron en privado su alarma por las laxas prácticas de bioseguridad de ese laboratorio y sus arriesgadas investigaciones. En su testimonio público, Fauci admitió que incluso ahora “no ha habido pruebas definitivas ni en un sentido ni en otro” sobre los orígenes del Covid-19.

Los funcionarios no sólo difundieron estas dudosas ideas, sino que también degradaron a cualquiera que se atreviera a cuestionarlas. “El Dr. Fauci echa agua fría sobre la teoría de la conspiración de que el coronavirus se creó en un laboratorio chino” era uno de los titulares típicos. En las audiencias se descubrió que el Dr. David Morens, un alto cargo del N.I.H., borraba correos electrónicos en los que se hablaba de los orígenes de la pandemia y utilizaba su cuenta personal para evitar la vigilancia pública. “Todos somos lo bastante listos como para saber que nunca tenemos armas humeantes, y si las tuviéramos no las pondríamos en los correos electrónicos y si las encontráramos las borraríamos“, escribió al director de una organización sin ánimo de lucro implicada en la investigación del laboratorio de Wuhan.

Ojalá pudiera decir que todo esto no son más que ejemplos de la evolución de la ciencia en tiempo real, pero en realidad demuestran obstinación, arrogancia y cobardía. En lugar de dar rodeos, estos funcionarios deberían haber informado al público de forma responsable y transparente, en la medida de sus conocimientos y capacidades.

Sus retrasos, falsedades y tergiversaciones tuvieron terribles efectos en tiempo real sobre las vidas de los estadounidenses. No reconocer los hechos básicos de la transmisión del Covid llevó a las autoridades a cerrar inútilmente playas y parques, dejando a los habitantes de las ciudades acurrucados en los confines mucho más peligrosos de apartamentos estrechos y mal ventilados. El mismo fallo también retrasó la apertura de las escuelas y provocó el despilfarro de incontables millones de dólares en barreras de plexiglás (que probablemente empeoraron las cosas) en lugar de filtros de aire eficaces que habrían ayudado a los niños a volver a estar en compañía.

Las playas y las escuelas vuelven a estar abiertas, pero las ramificaciones más graves de estos fallos pueden durar décadas, porque dieron a la gente motivos para dudar de la palabra de las autoridades científicas y de salud pública.

Si el gobierno engañó a la gente sobre cómo se transmite el Covid, ¿por qué los estadounidenses van a creer en lo que diga sobre las vacunas o la gripe aviar o el VIH? ¿Cómo puede la gente distinguir entre teorías conspirativas descabelladas y conspiraciones reales?

Empecé a informar sobre el Covid en febrero de 2020. Ya estaba claro que una catástrofe se precipitaba hacia nosotros. Pero las personas que se lo tomaban en serio solían ser tachadas de alarmistas, catastrofistas o prevencionistas, porque muchos funcionarios de sanidad estaban, en ese momento, restando importancia a la amenaza.

Al mes siguiente, sorprendida por las afirmaciones oficiales de que las mascarillas eran perjudiciales, rogué a las autoridades que se sinceraran con el público sobre los beneficios potenciales de las mascarillas en lugar de adaptar aparentemente su mensaje para evitar el pánico por la escasez de suministros. Señalé que esa estrategia sería contraproducente, como así fue.

Las preguntas en torno a las mascarillas me llevaron a la regla de los dos metros y al debate sobre cómo se difundía el Covid. “COMPROBACIÓN DE LOS HECHOS: el Covid-19 NO se transmite por el aire“, declaró la Organización Mundial de la Salud en las redes sociales, a pesar de que hacía tiempo que se sabía que el SRAS, un virus muy parecido al Covid, se transmitía por el aire. Científicos frustrados suplicaron al C.D.C. y a la O.M.S. que tuvieran en cuenta las nuevas pruebas. Por cierto, en el momento de escribir este artículo, el “FACT CHECK” de tal posteo sigue en pie.

Más tarde imploré a las autoridades que abrieran los parques (eso fue en abril de 2020), así como que reconocieran la transmisión aérea y el efecto protector de la ventilación y que dejaran de avergonzar a la gente por ir a la playa (ambos en julio de 2020). Incluso me uní a algunos de esos científicos para escribir artículos en revistas científicas revisadas por pares.

Pero a medida que informaba sobre estos temas, un tema seguía apareciendo: Los funcionarios de alto nivel temían decir la verdad -o simplemente admitir que no tenían todas las respuestas- para no asustar al público.

Durante estas audiencias del Congreso se puso de manifiesto que las autoridades científicas estadounidenses no tenían ni idea de qué virus estaba utilizando el laboratorio de Wuhan ni de qué trabajo estaba realizando. Entonces, ¿cómo podían dar todas esas seguridades?

En ocasiones, las audiencias se convirtieron en un espectáculo de payasos, en el que algunos legisladores trataban de ganar puntos políticos baratos. Pero otros no se anduvieron con rodeos, sin duda preocupados por confirmar la desinformación que circula en torno a estas cuestiones. Esta actitud refleja un malentendido fundamental y muy peligroso.

La desinformación no es algo que pueda superarse únicamente explicando los hechos de la manera correcta. Para vencerla hay que ganarse y conservar la confianza del público.

Durante la comparecencia de Fauci esta semana, el diputado Kweisi Mfume mencionó el experimento de Tuskegee, en el que se negó el tratamiento a hombres negros con sífilis para que los médicos pudieran estudiar la evolución de la enfermedad. Irónicamente, afirmó que se les inyectó la sífilis deliberadamente, lo cual es falso y una teoría conspirativa, pero esa comprobación de los hechos es irrelevante para la cuestión principal: ¿Pueden las poblaciones vulnerables confiar en que la clase médica les informará y protegerá?

Durante la pandemia, las investigaciones demostraron que muchos afroamericanos eran reacios a vacunarse, pero no era porque todos fueran negacionistas de Covid. Muchos seguían tomando precauciones, como llevar mascarillas y evitar las aglomeraciones. Simplemente no confiaban en que los científicos se hubieran sincerado con el público sobre los riesgos de la vacunación.

Cuando visité Londres en 2021, me sorprendió que la gente por lo general no supiera qué vacuna se había puesto o cuándo recibiría el refuerzo. Respondieron a mi pregunta encogiéndose de hombros y diciendo que simplemente irían cuando les dijeran que tenían cita. Ellos también tenían un líder polarizador, parecido a Trump, y el habitual remolino de conspiraciones en las redes sociales. Pero se arremangaron cuando el Servicio Nacional de Salud llamó porque estaba haciendo caja con la confianza que había construido durante décadas.

A mí me pasó lo mismo, aquí en Estados Unidos: Cuando rompí mi estricto aislamiento para trabajar como voluntaria en una clínica de vacunas al principio de la pandemia y, más tarde, cuando me remangué alegremente, me sentí eufórica, pero no porque hubiera verificado personalmente todas y cada una de las afirmaciones sobre las vacunas. Por el contrario, sentía que tenía motivos para confiar en que el fabricante no había hecho trampas en los ensayos, que los científicos que supervisaban el proceso no eran corruptos y que si había ocurrido algo adverso, no se habría ocultado. Confiaba en que los viales se habían llenado y manipulado correctamente y en que la enfermera los había inyectado de forma adecuada.

La clave era la confianza, no la información. Pero justo cuando más se necesitaba, algunos de los funcionarios a cargo de nuestra respuesta a Covid la minaron. Y como dijo Deborah Ross, diputada demócrata por Carolina del Norte, durante las audiencias: “Cuando la gente no confía en los científicos, no confía en la ciencia“. Y los estudios han demostrado que una vez que la gente pierde la confianza en las instituciones, se vuelve más abierta a las teorías conspirativas, no sólo sobre cualquier tema específico que pueda estar en disputa, sino en general.

Los oportunistas y los agentes del caos del “haz tu propia investigación” se aprovecharán de estos fallos durante mucho tiempo, alimentando teorías conspirativas y malas ideas de todo tipo. La más reciente que he oído es que el Covid está devastando el sistema inmunitario de la gente a una escala masiva comparable a la del virus de inmunodeficiencia humana.

Como dice el refrán, la confianza se construye con gotas y se pierde con cubos, y este cubo va a tardar mucho tiempo en volver a llenarse.

Espero que la pandemia, como experiencia vivida y ahora como historia reescrita, haya demostrado que los mensajes paternalistas e infantilizadores son contraproducentes. La transparencia y la responsabilidad funcionan.

En los más de cuatro años transcurridos desde la aparición del Covid han muerto millones de personas, pero también algo más difícil de cuantificar: la confianza de mucha gente en la ciencia de la salud pública. Las autoridades tendrán que vivir con las consecuencias y, por desgracia, todos nosotros también.

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