DIÁLOGOS

Realizo estas breves reflexiones a partir de un artículo publicado en este número por Aldo Mazzucchelli, a modo de diálogo

Por Diego Andrés Díaz

Sí, es bastante legítima la crítica a una denominable “derecha cultural”, especialmente en lo que supone la falta de profundidad y la tendencia al absoluto en lo que respecta al análisis de buena parte de sus conceptos-fuerza predominantes, como ser “marxismo cultural”, “gramscismo”, entre otros. Igualmente, sean legitimas y acertadas las críticas, sean claros los simplismos y las simplificaciones, todo este proceso tienen también sus explicaciones, sus matices y sus circunstancias. 

Anteriormente me he referido a la problemática que subyace en el análisis de muchas de las derechas locales y occidentales frente a lo que se suele denominar como “marxismo cultural”, en asociar cualquier expresión culturalista de acción política de las izquierdas -o de cualquier actor político- como “marxismo cultural”, sin más referencia que apelar a una especie de plan gramsciano.  En el artículo publicado en junio de 2020, titulado Las empresas ideológicas, referíamos que “…la acusación al “marxismo” -una referencia que se tornó extremadamente poco clara- de la génesis de la “estrategia culturalista” ha representado una constante, bastante extendida en las derechas occidentales, aunque se convirtió en una acusación demasiado genérica, por lo menos dudosa, ampliable, y matizable. El “culturalismo” parece significar mucho más que la expresión de una estrategia de un grupo determinado. Se ha convertido en una forma de acción social en sí misma…”.

También señalamos que no solo representaba un error teórico el encolumnar detrás del “marxismo cultural” cualquier manifestación cultural progresista, ya que los orígenes son mas diversos y complejos, y este error de interpretación puede llevar a importantes errores de praxis política al calibrar de forma desacertada la naturaleza y el origen de muchas de las propuestas progresistas del momento.  En un artículo publicado el 18 de julio de 2020 comentábamos que “…todo este magma cultural dominante en occidente suele ser referenciado también, como una expresión del llamado “marxismo cultural”. Concepto polémico, que suele ser acusado de representar en sí una enorme vaguedad y poco sustento conceptual al asociarlo trabajosamente al marxismo histórico. En el intento de categorizar el fenómeno cultural que vive occidente y su carácter fuertemente masoquista, la denominación como un residuo del “marxismo cultural” parece ser demasiado complejo y diverso para que esta denominación le encaje sin generar ruido. Dentro de los aspectos señalados como evidencia de su íntimo relacionamiento con el marxismo como movimiento ideológico y político, suele marcarse la incidencia del “gramscismo”, del “neomarxismo” y de la Escuela de Frankfurt como inspiraciones ideológicas de muchos de los grupos que se embanderan en estas acciones, o simplemente un constructor de “espíritu de época”. La incidencia de estas escuelas “culturalistas” tuvieron una importante influencia en los campus universitarios de los EE.UU. a través de la “theory” -de la cual difícilmente el marxismo tradicional pueda hacerse absolutamente responsable- es donde allí radica buena parte de las asociaciones históricas entre el marxismo y esta “nueva izquierda”. El factor “identitario” que vehiculiza buena parte de este movimiento parece representar bastante más que una expresión aggiornada de “lucha de clases” en clave de identidad pero ya no de clases, aunque muchas bases teóricas del feminismo radical, por dar un ejemplo, se inspiran en postulados ya referidos por Engels o utilizan una retórica revolucionaria donde “patriarcado-heternormatividad-capitalismo” representan expresiones similares de un problema “sistémico” donde el único camino posible de salida parece ser el socialismo. Igualmente, también se podría afirmar que estas manifestaciones externas son expresiones del viejo jacobinismo occidental, cuando se señala su carácter de “salto futurista” hacia un no-lugar, su discurso refundacional y su accionar violento, o el representar una especie de pseudorreligion moderna inquisitorial – lo cual demostraría una cercanía mayor a las corrientes del progresismo pietista anteriormente descrito- o su obsesión por la ingeniería social estatal o su concepción globalista del poder y del “cambio”. En última instancia, tanto el progresismo americano como el Marxismo -como tantas corrientes ideológicas y políticas occidentales de los últimos siglos- son herederas involuntarias de diferentes formas de religiosidad cristiana…”.

Pero que exista una hiper-simplificación sobre el fenómeno -en clave política, y política en el sentido de conquista de poder liso y llano- no soslaya que existen matices con respecto a la simplificación, que la misma está relacionada con ciertas circunstancias singulares, y que estas circunstancias singulares explican en buena medida el fenómeno.

Hablar sobre las derechas e izquierdas –cuestión que ya hemos realizado en esta revista– sigue siendo pertinente, porque por más esfuerzos y aclamaciones que se realicen, siguen siendo coordenadas válidas por dos razones que los agoreros de su muerte no terminan de interpretar: por un lado, representan mucho menos de lo que se suele creer, ya que solo describen un espectro político existente en una sociedad -no son “ideologías”, ni filosofías, ni ostentan un programa único ni revindican valores fijos e inmutables- que están condicionadas por la época y las características culturales de esa sociedad; y por otro lado, todavía actúan porque tienen una dependencia absoluta -a tal punto que se desprenden de ella- a los vaivenes de la modernidad, y su existencia va atada a la existencia del proyecto ilustrado y moderno de occidente.

La historia de las derechas de los últimos dos siglos es la historia de la respuesta. Y esa circunstancia de ser en general la fuerza que matiza, frena, cuestiona y propone salidas alternativas al vector del progreso de la historia de la ilustración -desde la hipermodernidad maximalista de los ultramodernos y su constante reclamo de “modernidad traicionada”, hasta los campeones de la “modernidad triunfante” y el fin de la historia, o los posmodernos- la condiciona tal punto, que no fue necesario que pasara mucho tiempo -y muchas más derrotas- para que las diferentes derechas de occidente advirtieran que si no representaban un modelo de masas espejo del vector político del momento que proponía la izquierda, podría asistirle toda la verdad y la razón, pero las derrotas continuarían acumulándose. 

Las derechas tienen por su relación íntima con el mundo de la tradición, un pesimismo automático –pesimismo antropológico- con respecto a las construcciones teóricas sobre el futuro de la humanidad. Nuestra condición de fruto caído debería advertirnos sobre el constante acto de soberbia que acomete la humanidad en construir paraísos terrenales en el campo de las teorías, como suelen las ideologías de la modernidad. Esta desconfianza en la supuesta “perfección teórica” de los sistemas e instituciones que imaginan las personas que serian ideales para organizar la convivencia, el gobierno, la ley o el desarrollo de las sociedades. Este pesimismo además advierte que cuando las teorías y propuestas de “grandes cambios” no funcionan o se muestran imperfectas, las sociedades caen en la evasión, apelan a dar “saltos hacia adelante” a partir del profundo sentimiento de estar a la deriva, y nacen los futurismos, es decir, desarrollan poderosamente modelos distópicos a partir del rechazo a aceptar que esas ideas abstractas y perfectas pueden crear realidades imperfectas.
Pero, en honor a la realpolitik y la fuerza de los hechos, también se dieron cuenta que el mundo de las masas es el mundo de los relatos futuristas –por lo menos lo fue en la modernidad clásica, y si se revisa los momentos en los cuales las diferentes derechas han logrado sostener un predominio e influencia mayor en la realidad social y política, se dio cuando propusieron una versión alternativa de algún modelo de las izquierdas, en general por imitación -en ocasiones grotesco- u oposición a esos saltos hacia adelante, a ese futurismo.

Considerar que los actores políticos o cultuales -o del tipo que sea- de las derechas,no propongan -aunque sea de forma torpe- alguna dimensión política, práctica, simple e incluso esquemática del mundo, para que sea aprehensible, decodificable e incluso digerible, es simplemente esperar de las mismas una posición pasiva donde tiene como única función ser un vigía que avisa de que el tren va a chocar. Es que matizar en marxismo cultural, gramscismo u otros esquemas de interpretación es no sólo lógico, sino deseable e inevitable en el mundo de la política y la obtención del poder. Creer otra cosa es, o ingenuo, o es idealizar una política sin políticos -sin masas, sin opinión pública- o incluso es anhelar simplemente que las derechas no participen. Que sean un no lugar absoluto, para regocijo de las izquierdas políticas, culturales o del tipo que sean. Por más chapucero que se vea el fenómeno, despegarlo del momento histórico y de la necesidad política parece poco realista.

Además, las propuestas de realizar un análisis superador suelen ser bastante tramposas con las derechas. Cualquier persona que tenga la más mínima idea de que es parte de ese no lugar llamado “las derechas” tiene claro que jamás lo van a invitar a sentarse en la mesa del debate público en clave teórica, porque existe una cultura hegemónica de talante izquierdista, por más que a muchos no les gusta leer esto.  En general los movimientos de masas de las derechas en los últimos dos siglos han sido movimientos liderados por izquierdistas, es decir, por renegados, o son resultado de una tradición de las derechas mucho más fructífera a nivel teórico y conceptual, pero costosa a nivel social: el retiro-retorno, o el alejamiento del mundo -por extrañez, por animadversión, por desapego, por infinidad de razones- para el retorno reflexivo sobre la sociedad de la que es parte.  En este proceso se explica con bastante asertividad el fenómeno del libertarianismo como expresión dominante de muchas derechas en occidente, ya que en ultima instancia representa un producto no del individualismo subjetivo, sino de un largo proceso de alejamiento del mundo que experimentaros las derechas por décadas -las décadas del consenso socialdemócrata- donde el impacto de una filosofía del derecho como el libertariansimo -y la proyección de un modelo de libertad individual blindado frente a agencias y estructuras de poder progresistas- permite crear una verdadera distancia del mundo. A mi entender, la mayoría de los autores más valiosos de las derechas son aquellos que logran una especie de consumación real de sí mismos como un anacoreta en el sentido estricto del término. 

En ultima instancia, si existe la “civilización occidental” o es solo una idealización, es parte del proceso interno de los que la consideramos algo valioso, profundamente valioso. Incluso, es un simplismo enorme y una exactitud teórica -de la misma naturaleza que se señala en los “jóvenes perdidos”- sostener que esta realidad centralista, autoritaria y censuradora que se vive, es “Liberalismo” o un estadio definitivo, una consecuencia inevitable o un pecado del que nos salvaran un grupo de funcionarios y escribas lejanos. No termino de interpretar la necesidad jacobina-y muy modernista- de creer que la purificación vendrá de la destrucción. 

En definitiva, la existencia de una poco articulada y en ocasiones inestable “alternativa cultural” -sea de derechas, liberal, o como se auto referencie- demasiado empapada de lucha política y simplismo conceptual puede ser una realidad -bastante relativa- que se incrusta en un proceso histórico específico que la matiza y la explica, en parte. Porque la creación de una “cultura” -aunque esté sobrecargada de manierismos de “lucha” y simplificaciones teóricas de todo tipo- con voluntad de pujar por el poder frente a una ola centralista y colectivista que parece dominar a occidente, no parece ser un mal plan. Por lo menos, no es el plan de los jacobinos arrepentidos, ex maximalistas del igualitarismo, que intentan venderse como la “opción” a la ortodoxia progresista. 

Seguramente exista un debate que necesariamente va a significar un análisis más profundo, y una mirada más a largo plazo: que supone necesariamente una alternativa a la realidad existente.

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