ENSAYO

Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos/
Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado/
Todas estas cosas
había una vez,
cuando yo soñaba
un mundo al revés.
(José Agustín Goytisolo)

Por Fernando Andacht

¿Cómo sería el mundo que nos trae pixelado en bandeja cada noche la edición central de los varios informativos – múltiples cabezas de la maléfica hidra mediática – sin su indigesta e incambiable dieta de implacable dualismo que muestra a femeninas víctimas constantes de verdugos impenitentes y masculinos? Sorpresivamente, ese oasis audiovisual ocurrió cuando la máquina de alarma social se dio y nos brindó una breve pausa. Vale la pena detenerse a analizar cómo transcurre la representación noticiosa de la vida en ausencia de la estrecha visión de túnel de dos géneros enemigos-para-siempre, sin la visión de una humanidad hundida en el mal irremediable. En lo que sigue, les presento una contra-fábula con cinco protagonistas de “un mundo al revés” como el que soñó el poeta Goytisolo y lo produjeron quizás sin saberlo las fuerzas conjuntas de la máquina imparable de fabular el mal televisual, la interminable y polimórfica maldemia.

Y había también una vecina buena (al rescate)

Érase una vez en el árido territorio televisual una réplica de algunas ideas muy poderosas semejantes a las pocas tramas que, escribe Jorge Luis Borges (“Los cuatro ciclos”), se reiterarían cíclica e indefinidamente en la literatura (“cuatro son las historias”), y sostengo, también en las crónicas que de modo cotidiano relatan y reciclan los medios, a la hora de “informar a la población”. En verdad, ese es el momento fundamental de fabular para la población, con escasa creatividad, pero sobrada tenacidad una trama oscura y amenazante cuya única luz que nos espera al final del túnel es la abyecta sumisión a crecientes mandatos arbitrarios y poderosos. El luminoso cuento televisual que ahora analizo ocurrió este mes de marzo de 2024, el día martes 19, cuando comencé a mirar la edición central y nocturna de los informativos. Merece el nombre de ‘contra-fábula’ porque se aparta por completo de la senda narrativa habitual a la que nos ha acostumbrado el dispositivo mediático de diseminar lo pésimo como nuestro irremediable destino.

Quiso mi destino-espectador que lo primero que vi, antes de empezar mi travesía a bordo del control remoto, fue el informativo Telenoche 4, donde me encontré con una señora de clase media que relataba con notable convicción su loable rol salvífico en un rescate inusual. Al pie de su imagen, se leía la siguiente leyenda: “Vecina contó cómo ayudó a niño que iba en el auto que fue robado”. Así daba ella su detallado y colorido testimonio:

Y yo le digo, ¿‘qué te pasa?’ ‘¡Ayuda, ayuda, mi mamá está tirada! ¿Pero qué te pasó? Le digo, ‘¡vení que yo te voy a ayudar, te voy a proteger!’ Pensé como madre, la verdad, ¡no pensé en ninguna otra cosa! Realmente, solamente me puse en el lugar de madre, y lo abracé bien fuerte, y le dije ‘quedate tranquilo que yo te voy a cuidar, yo te voy a proteger, te voy a ayudar a encontrar a tu mamá’.

Notable es el modo en que lleva adelante ese monólogo testimonial alguien llamado Adriana Genovese; su máxima importancia en este episodio queda en evidencia por ser la única protagonista del hecho delictivo en ser identificada con nombre y apellido. Impacta el modo en que Adriana G. pone el cambio discursivo de la primera persona típica de la crónica, a la inserción de citas textuales de lo que alguien le dijo, o que ella misma, la vecina al rescate, pronunció en ese tiempo fuerte de la crisis. Imagino un impacto muchísimo menor para esa trama televisual, si esta voz narrativa se hubiera rehusado a dar la cara, la palabra, los gestos y la tonalidad dramática que ella introduce en las dos entrevistas que dio ese día a sendos canales. El espectador ya no podrá despegar los sentidos de la pantalla, porque anticipa un momento de alta temperatura emocional. Y no se equivoca.

Además del obvio antecedente del pequeño Moisés rescatado de las aguas en su canasto, la representación mediática de este salvataje barrial en La Teja 2024 contó con el sustento de otro vigoroso relato de origen bíblico: la parábola del Buen Samaritano del Evangelio de San Lucas. Para asegurarse de que la redundancia sea máxima, y no perder la atención del espectador, el notero de Canal 4 hizo un resumen del momento climático que iba a mostrar a continuación esa edición de Telemundo. Él incluyó una cita de esta coprotagonista de una crónica roja pero no tanto; sin duda es el clímax noticioso del programa de esa noche:

Ella escucha desde el interior (del auto) a un niño solicitar ayuda y reacciona: ‘reaccioné como madre’. Así lo señaló Adriana. Si les parece, vamos a escuchar sus propias palabras.

Esa clase de introducción, en este caso oral, se llama ‘paratexto’, equivale al prólogo o prefacio escrito de un libro. En la era de la distracción crónica o muy corta atención mundial, éste es un condimento clave para asegurarse de lograr cierto impacto en el público televisivo, esa especie en rápida y franca extinción. Claro que nos parece bien, pienso como espectador. El anzuelo ya ha sido lanzado, porque junto conmigo supongo que buena parte del aletargado y resignado colectivo televidente puso ojos y oídos en modo atento, para no perder ni un detalle de ese testimonio que anticipamos heroico.

Una confesión: cuando la vecina Adriana relató el inicio del diálogo con el niño, di por sentado que se venía otro ‘femicidio’ a la pantalla, ese crimen favorito del género fabulador-informativo, junto con ‘ajuste-de-cuentas-en-zona de-la-periferia montevideana. Supuse que su madre terminó “tirada” como efecto de una salvaje golpiza o algo peor de su (ex)pareja/marido/novio… Pero el testimonio y cabe suponer lo que realmente ocurrió en ese lugar y tiempo se ubican en las antípodas de la ultra mencionada ‘violencia de género’. Si digo que esa mujer de unos cuarenta años vestida de forma sobriamente elegante en tonalidad mostaza, en sintonía con el color de su pelo, nació para protagonizar esa escena, no creo exagerar. Hay una notable soltura, una forma de describir que surge con tal manso énfasis y plena certeza que sólo numerosos ensayos de una actriz podrían haber conseguido un resultado tan convincente. ¿De qué nos convence? De que la fábula moral del Buen Samaritano vive y lucha en La Teja, en el Uruguay televisualmente acribillado de homicidios, rapiñas y crueldades ilimitadas. La mujer reitera con tal convicción su misión materna al rescate que apuesto que ningún televidente percibe su testimonio como cargoso o redundante. Todo transcurre como si cada frase suya fuera el relato de una caricia, de un gesto de amparo del niño solo en el auto pidiendo ayuda.

Las siguientes palabras provienen de la entrevista que la mujer dio a la periodista de Subrayado, el informativo rival de Canal 10, y ese testimonio sirve para completar el arquetipo narrativo de Buena Samaritana, porque en él, ella cuenta enfáticamente su rol salvífico esencial para el final feliz:

En el momento, lo que pensé fue en salvar en (sic) el niño, ¡nada más! ¡No pensé nada! ¡De que podría terminar en un problema por llevarme el niño! No me importó, pensé en salvar al niño, estaba muy asustado y nada más. Y bueno gracias a Dios, todo salió bien, el niño está bien, está con su mamá.

Termina esta testigo clave su relato con una descripción menos intensa: ella describe el trayecto del auto a la escuela adonde iba a llevar a su hija, y donde procedió a llamar a la policía. Pero los signos neurálgicos y melodramáticos fueron los que transcribí fielmente arriba: es esa la descarga emocional que todo tedioso e interminable programa de noticias poco desarrolladas y nada interesantes sueña con producir cada noche, especialmente en su edición central. ¿Pero por qué esta buena señora de La Teja que iba camino a la escuela de su hija puede representar con eficacia algo tan distante como el relato de aquel samaritano que rescató al hombre herido y asaltado que encuentra en el camino, hace más de dos mil años?

Para responder a esa natural duda, recurro al fundador de la semiótica moderna, quien hace una afirmación a todas luces curiosa. En una discusión sobre algo en apariencia tan peregrino como un debate filosófico medieval sobre la realidad de los conceptos, de las generalidades, Peirce (EP1, p. 107), porque de él se trata, escribe:

“ningún objeto es individual pues las cosas más concretas aún tienen cierto monto de indeterminación (…) Se sigue de esta teoría que no tenemos sensaciones puras, sino sólo elementos sensacionales. Yo me apoyo en principios generales que son deducidos mediante el razonamiento irrefutable, de hechos tan generales como para ser admitidos por todo el mundo.”

Se preguntará el lector de este ensayo qué tiene que ver esa argumentación a favor del realismo semiótico hecha en 1877 con una crónica televisual de un hecho criminal del siglo 21. Pregunté en una clase si se trataba de una ocurrencia banal o frecuente la narrada sobre este episodio, y la respuesta fue unánime: es improbable que algo así se repita, dijeron a coro, de modo acertado y previsible. Entonces, ¿de qué habla Peirce al negar la individualidad o singularidad absoluta de un hecho o, lo que es lo mismo, cuando sostiene la tesis de que todo “objeto” ocurre de modo generalizado? Sólo llegamos a comprender ese episodio policial raro, improbable que tuvo lugar en la mañana del 19 de marzo de 2024, en La Teja, porque hay detrás una suerte de bastidor contra el cual observamos ese acontecimiento como si fuera una pintura o una secuencia típica de una novela o de un teleteatro. ¿Y cuál es la naturaleza de ese marco sin el cual lo que ocurrió sería incomprensible, se reduciría al ruido y la furia de golpes, sonidos, miradas, gritos, angustia? Se trata de la parábola del Buen Samaritano. Hay algo fundamental en el hecho de que nuestra cultura nos haya legado esa clave semiótica para entender e incluso emocionarnos con ese marco narrativo tan reconocible como entrañable. Ella, doña Adriana-buena-vecina-madre-ejemplar, es oída y entendida desde allí, y eso produce la misma agradable tibieza en el estómago que un proverbio bien usado, a tiempo y en plena relevancia sobre lo que así se comenta. Por eso, tiene razón Peirce: todo hecho nos llega impregnado de generalidad, enmarcado en alguna ley, aún si es la ley de la selva, que es un tópico favorito del menú informativo televisual aquí y en muchas partes del planeta.

Me detengo ahora en la crónica que realiza un informativo rival sobre el mismo episodio. Subrayado (Canal 10) incluye la transcripción de una frase citada entre comillas, como algo que fue dicho por Adriana Genovese en esa otra entrevista:

“Estuve con la mamá, el papá y el abuelo del niño; la mamá me abrazaba”, dijo Adriana tras contar lo que vivió en la mañana de este martes al encontrar al niño de 5 años abandonado en un auto, en La Teja.”

Infiero que fue hecha más tarde, porque la mujer se quitó el saco. Así llega el epílogo de la intervención de esta protagonista del incidente, una de las dos visibles. Se trata del reconocimiento, de la recompensa moral de la intervención del Buen Samaritano edición La Teja 2024. El siguiente relato llega como la respuesta a una pregunta del todo previsible de esa notera: “¿Y pudiste contactarte con los papás del niño?”

“Sí, estuve con la mamá, y con el papá, y el abuelo del niño, justamente cuando fui a declarar y la mamá me abrazaba, está muy herida. Y la iban a llevar a forense ahora, porque tiene muchas, muchas heridas, porque ella se había agarrado de la puerta para que no se llevaran a su hijo, y dice que el auto la arrastró y no solamente la arrastró, sino que después la pasó por arriba… Pero bueno, muy agradecidos los padres, la verdad, y yo muy contenta de que el niño esté bien y que la mamá esté bien, ¿no?”

Con el aporte de esos detalles que enriquecen el relato del buen gesto de la vecina, se redondea un componente fundamental de la pausa de difundir crímenes basados en género, en agresiones feroces, a pesar de que indudablemente sí hubo en este caso un acto violento contra la madre del niño. Volveré al testimonio de la testigo maternal, para presentar a través de su palabra al héroe indiscutido del episodio, al niño de cinco años que no se comportó de acuerdo con lo esperado para su edad y experiencia. Él demostró tener un temple y autocontrol del todo inusuales. Ni él, ni la madre ni el ladrón hacen acto de presencia en la crónica que presentan los tres canales. Sólo conocemos sus actos porque son narrados con brío por los dos personajes a quienes sí vemos y oímos.

El padre acude al llamado de “la madre de (sus) hijos” sin rehuir la emoción

Cabe ocuparse del otro personaje visible, de los cinco involucrados en esa crónica informativa, el hombre que, equivocadamente, prejuzgué como el responsable del ataque a la madre que yacía en el suelo, según le contó el niño a la vecina solidaria y materna. La fuente de este testimonio es la edición central de Telemundo (Canal 12). De nuevo, asistimos a un texto que predispone al espectador para lo que irá a ver y oír, y lo hace del modo más grandilocuente posible, según las reglas del género informativo: “Una mañana de muchísima tensión y mucha angustia para esta familia por lo que ocurrió en (da la dirección en La Teja)”. Y a continuación narra lo que ya sabemos. Sólo retengo lo que cuenta el periodista sobre la madre del niño involuntariamente secuestrado: “La mujer intenta frenar el auto y se tira encima, y el hombre la atropella con una rueda y le lastima una pierna, luego huye”. Ya ha sido atizada la emoción para que la mirada del público se concentre sin parpadear en lo que viene a continuación, que es introducido así: “Estuvimos conversando con el papá del niño, que nos contaba toda esta dramática situación. Si les parece vamos a escuchar el testimonio.” Es casi una réplica de la introducción que empleó el otro canal para presentar a la vecina. Por supuesto que nos parece bien, casi diría imperativo ver y oír a este hombre: “La madre de mis hijos estaba saliendo para el colegio y cuando fue a cerrar el portón se le metió una persona al auto.”

Dos veces el padre usa esa frase – “la madre de mis hijos” – que no deja lugar a duda sobre su distancia legal de la que una vez fue su esposa, pero que sigue estando vinculada de modo afectivo con él, con el padre de sus hijos. Él cuenta la angustia que sintió al encontrar el auto robado vacío, y luego el alivio cuando recibió el mensaje de la policía sobre la intervención de la vecina:

“Mi hijo pidió ayuda desde el auto, una mamá que iba rumbo al colegio con su hija, estamos totalmente agradecidos a ella lo llevó a la escuela y desde allí se comunicaron con la policía”.

Pero hasta ahí todo es previsible, una casi total reiteración de lo que ya supimos por el relato de la vecina que rescató al niño en apuros. Para que esta contra-fábula, que es radicalmente opuesta a la demolición de toda esperanza en la familia, en el afecto que perdura a la disolución conyugal, en la ayuda desinteresada al prójimo, tenga todo su vigor aún falta el clímax del testimonio del ‘masculino’, al decir de un parte policial, que es padre, pero no por eso alguien menos sensible. Esa faceta surge frente a una intervención del periodista, que obviamente está al acecho de los signos que finalmente consiguió para cámara y micrófono: “¿Y el niño te llegó a narrar algo? Digo, ¿cómo lo tomó, más allá de su edad, fue consciente en todo momento de lo que estaba pasando?” Sólo entonces el testimonio del hombre cobra su carácter de revelación poderosa y modestamente memorable:

“La verdad, estamos todos sorprendidos porque tiene cinco años y primero recurrió a tirarle los autos al delincuente y después en pedir ayuda, en contar que vivía cerca de ahí, le decía a la mamá que llevó a mi hijo a la escuela… ¡Nada, se portó como un adulto! ¡En ningún momento se desacató, se puso a llorar o se puso en shock!”

A medida que ese hombre, que parece aún joven a pesar de su calvicie, completa el retrato glorificante del niño, se vuelve más perceptible la emoción que se adueña de su voz. En medio de la representación televisiva de tantos malos hombres, peores padres, pésimos novios o parejas homicidas con que nos aturde el típico reporte noticiero de cada día – sin importar el canal ni la edición de que se trate – el observar el testimonio de este hombre conmovido, que partió veloz desde el Cerro al conocer lo ocurrido, para encontrar al niño y a su madre, ya no su esposa, nos impacta tanto como la hazaña del pequeño.

¿A qué corresponde en una de las tramas universales esta intervención masculina, afectuosa y afectada? Al gran ausente de la máquina mediática contemporánea, hundida en la reduccionista y triunfante ideología dualista woke, a saber, a la encarnación de lo masculino sensible, a la existencia de un hombre capaz no sólo de sentir emoción ante el peligro de sus crías, sino de mostrarlo, de mostrarse vulnerable. Y por supuesto, vemos a un hombre que le dio máxima prioridad a salir en busca del hijo en peligro. No habría entonces únicamente el interminable duelo mortífero entre abyectos representantes del patriarcado y recias, sufridas mujeres que deben combatirlos sin tregua, a como dé lugar. Resta describir ahora a los tres personajes no visibles pero muy presentes a lo largo de toda esta crónica: la madre, el niño y el ladrón.

Érase una vez un puer senex, un niño- anciano sabio que se enfrentó al mal

La Antigüedad latina y la Edad Media le atribuyeron gran importancia a un ser mítico que reunía de modo inaudito e ideal dos momentos antitéticos de la vida: el niño (Lat. puer) y el anciano cargado de experiencia y de sabiduría (Lat. senex), el puer senex. Una de sus encarnaciones más populares fue el niño Jesús, alguien dotado de un saber que excedía en mucho su corta edad. También se lo asociaba a personajes célebres que habrían sido excepcionales, que fueron niños prodigio. Un ejemplo moderno bien conocido es el personaje de Mafalda, la creación de Quino. Nada de lo que esa niña expresa con ironía, sarcasmo o resignación corresponde a su condición infantil, y sí a una ideología adulta de izquierda, típica de los años 60 del siglo pasado. La tradicional figura retórica, hagiográfica e iconográfica del puer senex es la que encarna el niño de cinco años, en la contra-fábula vestida de crónica televisual del martes 19 de marzo de 2024. Nunca lo vemos ni oímos directamente, pero él es narrado de modo minucioso por quien acude a socorrerlo. Aunque debería decir que quien primero socorre al niño es el niño mismo, por eso no hay duda sobre su heroicidad. En este protagonista, encontramos una mezcla de precocidad notable – la valentía de atacar al ladrón y luego pedir ayuda, sin nunca perder la calma necesaria para explicar lo más importante a quien acudió a su llamado. Para apreciar ese relato arquetípico que proviene de la Antigüedad, pero que goza de gran vitalidad en el presente, transcribo dos intervenciones de la testigo-estrella. Primero la del informativo Telenoche 4:

Y mientras íbamos en el recorrido, él me iba narrando y me iba contando que el hombre estaba vestido con un buzo negro, con una parte del color de la calle, me decía, y yo le dije, ¿del color gris? ‘¡Sí del color gris!’ Y yo le preguntaba por la mamá, ¡‘mi mamá quedó tirada! Mamá cerró los galpones, cerró los portones, cuando sacamos el auto, y el ladrón se metió dentro del auto y arrancó y mamá quedó tirada en la calle.’ Como que al niño le quedaba el registro en su cabecita de que la madre había quedado tirada en la calle. Y vino a parar acá, se ve que el niño siguió gritando, y el ladrón decidió dejar el auto. Le iba tirando autitos como forma de protección. O sea muy inteligente el niño en su actitud, ¿no? No solamente para narrar lo que le estaba pasando, sino también para protegerse a sí mismo.

Y para completar el retrato del puer senex versión uruguaya del siglo 21, acudo de nuevo a la vecina buena samaritana, quien no sólo actúa como una persona dispuesta al rescate, sino también como una estupenda narradora. Como observé antes, ella es alguien que parece haber llegado a este mundo para poner su figura y su voz frente a los micrófonos y cámaras de dos informativos de la televisión montevideana, aunque no lo sepa. El texto que sigue lo extraje de la entrevista que la vecina dio al informativo Subrayado (Canal 10). En esta otra entrevista a la samaritana de La Teja, incluyo la palabra de la periodista, porque a semejanza de una escena teatral, la notera interviene para “darle el pie” a la testigo-protagonista, y extraer así el máximo provecho del aura del puer senex, del muy joven personaje que ocupa el centro del relato, pero que brilla por su ausencia en la crónica audiovisual:

Vecina: ¿Qué te pasa?, le dije. ‘¡Ayuda, ayuda!’ Y yo le digo, ¿estás solito? ‘Mi mamá está tirada en el piso’ Yo me fijaba por todos lados y no encontraba a la mamá del niño. Y le digo, ¿estás solo? ¡Bajá que yo te ayudo! Bajó y yo lo abracé en seguida, yo te voy a ayudar. ‘Un ladrón me trajo hasta acá y él me comentaba que le tiraba con los autitos de juguete de él y no sé si quedaron dentro del auto. Tú no te preocupes por los autitos, le digo, ahora lo importante es ver cómo está mamá, le digo, y qué puedas volver con ella. Mientras íbamos a la escuela con mi hija, le pregunté la edad, le pregunté su nombre, y si era del barrio, me dijo que reconocía la zona… ¡Y muy abierto el niño para hablar, la verdad!
Notera: Sólo cinco años, sorprendió el temple del pequeño. Vecina: Sólo cinco años, me sorprendió porque pidió ayuda, se expresó totalmente, manifestó cómo estaba vestido, cómo era el hombre, lo que había sucedido.
Notera: Intentaba defenderse mientras era llevado por el ladrón tirándole autitos.
Vecina: ¡Totalmente, sí, sí, sí!

Recomiendo al lector que no se conforme con mi transcripción de sus dichos, que se tome el trabajo de mirar el video de este intercambio, para poder apreciar los tonos cambiantes de la vecina, y la expresiva gesticulación con la que ella imita el ataque juguetero del niño sabio contra el ladrón, y demuestra así su apreciación entusiasta de la precocidad de aquel.

Dos antagonistas presentes en el relato pero ausentes de la pantalla: la madre y el ladrón

Vale la pena revisitar el vigente análisis del semiólogo francés Roland Barthes (1964) sobre cómo en el suceso policial o crónica inesperada de lo ilícito-criminal – en francés ‘fait-divers’ – tiene lugar una forma curiosa y llamativa de la coincidencia definida como la unión inesperada de “trayectorias” no sólo diferentes, sino antitéticas u opuestas. La madre actúa como un hombre de notable coraje, cuando ella no duda en arrojarse en un ataque imposible contra el auto que el ladrón está robando con su hijo pequeño adentro, sin que él lo sospeche en ese momento. A ella ni la vemos ni la escuchamos en los informativos, porque la mujer fue herida, repelida por el criminal, cuando ella intentó quijotesca y heroicamente detener el auto que él se estaba llevando con su cría adentro. La madre entonces es relatada, mitificada en toda su grandeza (literalmente) caída, lastimada. Ese cuerpo maltrecho es la evidencia rotunda de su sobrehumano esfuerzo por detener al agresor, aún a riesgo de su vida. Se trata de una cicatriz de nobleza, de grandeza. Esta es una de las formas narrativas que postula Barthes (1964) de la “coincidencia” que caracteriza muchas de las crónicas periodísticas que él analizó en la prensa francesa hace varias décadas: “una mujer se enfrenta (y vence) a cuatro hampones”. El arquetipo mítico que la madre encarna es la de una amazona, las valientes guerreras cuya avatar contemporáneo es la Mujer Maravilla.

La otra figura ausente pero recurrente en el relato de la vecina y de los periodistas es la del ladrón, que al emitirse estos informativos, ya había sido detenido y puesto a buen recaudo. Eso es lo que nos cuentan los tres periodistas itinerantes de esos programas, que además se encargan de exhibir el lugar de los hechos. Este otro personaje no escapa a la ley que describe Peirce sobre la generalidad que acompaña como un aura semiótica todo hecho u objeto singular. El innombrado ladrón tiene el potente auspicio del relato mítico sobre Dismas, uno de los dos criminales que fue crucificado junto a Jesús. A pesar de ser un malhechor, Dismas fue santificado por la iglesia cristiana, porque Jesús le prometió que estaría junto con él en el paraíso. Una vez que el innombrado delincuente de La Teja se da cuenta de que su robo es de hecho un (involuntario) secuestro, y que el riesgo que corre ya no es sólo el de chocar ese auto ajeno, sino herir al niño que desde el asiento trasero manifiesta su presencia atacándolo con sus autos de juguete, a pocas cuadras del robo decide abandonar el vehículo y emprender la fuga a pie. No es inverosímil, creo, interpretar la existencia de un cierto arrepentimiento del delincuente, en ese acto de desistir del crimen y así liberar al niño raptado.

¿Qué importa una contra-fábula en la incesante fábrica de signos noticiosos de cada día?

Rescaté esta noticia en apariencia banal, porque es una gota cristalina en el pantano de viscosidad pestífera que es la descarga sígnica de cada día de todos los informativos televisivos, y de muchos portales de internet, de dónde toman parte de su contenido las redes sociales. Analizar esta crónica y extraer algunas conclusiones a partir de su irrupción insólita sirve para comprender el fuerte contraste que produce con el constante ataque dualista contra la humanidad y contra la presencia de otros relatos más luminosos. Ley/perspectiva/ideología de género brilla por su ausencia en esta contra-fábula del 19 de marzo de 2024, tan diferente de la mayoría de relatos que atiborran las pantallas tanto televisuales como de celulares y de otros dispositivos portátiles.

La vecina que aporta la narrativa más completa y pintoresca se distancia radicalmente de la figura de la chismosa, de la mujer que sólo se interesa por hablar (mal) del otro, del que ha supuestamente infringido alguna norma moral, del que se ha apartado de la buena conducta que cierto lugar en el mundo dictamina es lo único correcto; todo lo demás debe ser juzgado por la maledicencia, la murmuración punitiva de ese que no se ha adaptado correctamente a la Ley no escrita del buen vecino. No es lo que ocurre con esta mujer. Ella es la única persona que, a través de sus tres cabezas, el informativo nombra, singulariza con su signo de identidad civil: “Adriana Genovese”. Ni un ápice hay en la mujer así llamada de lo que nombran los sinónimos que la Real Academia Española en su entrada de ‘maldecir’, la matriz léxica de ‘maledicencia’: “murmuración, chismorreo, habladuría, difamación”. Todo en la persona de quien rescata al niño de cinco años materializa o corporeiza el mito o leyenda del Buen Samaritano con la virtud adicional de lo materno.

El padre también encarna a una figura muy distante de los fríos, indiferentes, o violentos seres masculinos que se nos informa y adoctrina sin cesar no se involucran o atacan a su propia familia, en la persona de su (ex)esposa y/o hijos. Este hombre, en cambio, acudió raudo, dejó todo lo que estaba haciendo, para responder al llamado de emergencia que le comunicó su ya no más esposa, a quien él describe como “la madre de mis hijos”. Esa frase es una pista confiable sobre una actitud aún involucrada en su rol paterno. Y la emoción que irá invadiendo su testimonio es el otro elemento que lo revela como un ser maternal, dotado de la sensibilidad que los medios asocian de modo exclusivo y excluyente a la mujer-como-madre.

Por supuesto, quien más brilla, deslumbrantemente, por su ausencia es el indudable protagonista del suceso, quien es narrado de modo admirativo por la vecina, por su padre, y por supuesto por los cronistas presentes en la escena del crimen o muy cerca de ésta. El niño de solo cinco años encarna al puer senex, por ser quien con su reacción heroica convirtió una deslucida crónica policial – otro robo de un auto – en un emblemático ejemplo de “suceso extraordinario” comentable, narrable, casi una irrupción del kairos, del tiempo fuerte que redimimos del olvido, pues nos permitió presenciar un acto de extrema valentía en donde no se lo esperaba, donde no era siquiera plausible o verosímil que ocurriese. La combinación de la vecina-buena-samaritana, del padre-sensible-protector-emocionado y del convencional relato reiterado de los cronistas de exteriores crean un retrato que no puede pasar desapercibido.

Si de sembrar tempestades de temor y de alarma irrestricta se trata, el género informativo ya dio pruebas más que contundentes de que puede hacerlo, y que lo hizo con funesta energía a partir de marzo de 2020. Cuatro años después, sólo puedo celebrar este momento mínimo de luz destellante sobre una escena en la que todos muestran su humanidad mejor. Y esto vale incluso para el personaje que infringe la ley y que lastima a alguien inocente, además de causar gran zozobra a la familia del niño robado y a éste también, por supuesto. Pero en su conjunto estos cinco personajes se encuadran en otras tantas tramas fuertes, generales y de un inequívoco sentido positivo para quienes las reciben. Ese material narrativo y mediático podría ser parte de un antídoto contra tanta mala nueva nuevo(a)normal que anuncia o promete más maldemias, un neologismo que me permito acuñar, para designar males imparables, descalabros del clima, de la salud, de la criminalidad, en fin, de todo lo que puede atemorizar hasta la tetanización del raciocinio a la sojuzgada humanidad.


Referencias

Barthes, R. (1964). Structures du fait divers. Essais critiques, Paris: Seuil
Peirce, C.S. (1992) On a New Class of Observations, Suggested by the Principles of Logic (1877). En: N. Houser & C. Kloesel (eds.) The Essential Peirce. Selected Philosophical Writings Vol. 1 (1867 – 1893). Bloomington: Indiana University Press.

Material Audiovisual

Crónica del robo del auto y del niño en Telenoche 4, 19.03.2024: habla la vecina llamada Adriana Genovese
https://www.telenoche.com.uy/sociedad/vecina-conto-como-ayudo-al-nino-que-iba-adentro-del-auto-robado-la-teja-n5364819

Crónica del robo del auto y del niño en Subrayado, 19.03.2024: segunda entrevista a la vecina Adriana Genovese:
https://www.subrayado.com.uy/el-me-comentaba-que-le-tiraba-los-autitos-juguete-hablo-la-vecina-que-encontro-al-nino-robo-del-auto-la-teja-n941479

Crónica del robo del auto y del niño en Telemundo, 19.03.2024: habla el padre del niño: