ENSAYO

Por FERNANDO ANDACHT

Hubo una vez un desalojo multitudinario

Cuando pensé en qué podía escribir para este número aniversario de eXtramuros, entendí que nada había más importante que preguntarme sobre qué podría aportar la semiótica, eso que estudio hace ya varias décadas, qué tendría para decir sobre verdad y realidad, dos ingredientes centrales del tiempo y del espacio pandémicos que vivimos y sufrimos hace 13 meses en esta comarca. Pero antes de abordar cómo concibe verdad y realidad alguien dedicado a la semiótica, propongo hacer un pequeño desvío necesario por esa suerte de atmósfera ligera que reviste la realidad en nuestras vidas: la normalidad. Ese itinerario explica la alusión  en el título de esta sección a un acto de desplazamiento; remito así a un valioso aporte de Barbara Stiegler (“La vida en Pandemia: ¿una extraña derrota?”, febrero 2021, eXtramuros). Me permito hacer una cita extensa de esa nutritiva reflexión de la filósofa francesa, cuyo texto fue traducido especialmente para la revista:

Si no vivimos una pandemia, a todas luces vivimos en Pandemia (…) proponemos que esta palabra o mejor dicho que este nombre designe, con mayúscula, un nuevo continente mental, salido de Asia para recubrir Europa, para imponerse luego en América. Un continente de contornos indefinidos y evolutivos, pero que corre el riesgo de durar años y, por qué no, siglos y siglos. Un continente en el que nuestros dirigentes nos dicen que deberemos cambiar todos nuestros hábitos de vida y en el que se nos anuncia que deberemos adoptar una nueva “cultura” que vendría de Asia. Un continente, finalmente, en el que “la pandemia” no es más objeto de discusión en nuestras democracias, pero en el que la democracia misma, en Pandemia, se volvió una cosa discutible.”

Con agudeza Stiegler vuelve explícito todo lo que hay envuelto y disimulado dentro del principal eslogan de marketing pandémico “La Nueva Normalidad”, esa tentativa político-sanitaria-mediática de desalojarnos con suave y feroz brutalidad de la vida normal. Pasar a vivir en la temida comarca de Pandemia es vivir lo que hace muy poco más de un siglo Freud llamó lo siniestro (das Unheimliche), también traducible como “lo no familiar”. Analizar esa sensación de desfamiliarización aterradora pertenece al ámbito de la estética; lo vivido con temor surge de la insólita yuxtaposición de lo más conocido – un niño con su abuelo, por ejemplo – y lo inédito e inaudito – la muerte que el primero le causaría al otro. En Pandemia, nos vemos expuestos a una irradiación tóxica de signos desfamiliarizadores o nuevo-normales, que tras el violento desalojo de la normalidad a secas, la única válida, donde lo anómalo sí existe, pero es reconocido como tal, nos condena a aceptar con alegría automática la inversión perversa de mucho de lo que amamos, aceptamos y buscamos en la vida. Vida humana siempre efímera, transitoria, pero gozada en libertad la nuestra; ser realojados a la fuerza en Pandemia o en esa nación temible llamada La-Nueva-Normalidad implica vivir asediados por una única y obsesiva idea: no morirás ni matarás de/con Covid. Todo lo demás sería secundario, ínfimo, irrisorio. Otro mandamiento de este nuevo y triste mundo infeliz es que sólo escucharás la voz oficialista de la Ciencia, apoyada por la voz sumisa de la política y la interesada y lucrativa de los medios dominantes y dominados de comunicación. Y eso plantea claramente la concepción extraña de la verdad que se maneja en Pandemia. Stiegler dio en el clavo: si estamos condenados a habitar en ese páramo de control sanitario, estamos obligados a abandonar el equipaje que era nuestra identidad normal, en la existencia que, como mejor podíamos, cada uno llevaba adelante, en un viaje incierto e inseparable de nuestro fin, como una obra abierta, al decir de Umberto Eco.

Pero la promesa del texto que ahora están leyendo es que tratará sobre la verdad tal como la concibe y utiliza quien se dedica a observar y a estudiar el metabolismo de los signos a menudo invisibles de tan conocidos y que se manifiestan a nuestros cinco sentidos todo el tiempo, así en la vida diurna como en nuestros sueños. Desde la semiótica, los signos no se conciben como un agregado, como si fueran etiquetas o carteles que se adhieren a la vida de un modo arbitrario o convencional. Nada más lejano de la acción sígnica o semiosis. En lo que sigue, veremos cómo el destino natural de los signos, cuando no se los obstaculiza de modo autoritario y tenaz, es conducirnos de modo imperfecto pero posible hacia la verdad.

¿Qué significa la verdad para la semiótica?

¿Qué hay en un nombre? preguntaba una joven al borde de un ataque de nervios, creyendo que el  hombre que ella amaba no tendría más que desechar ese signo de identidad, para seguir siendo en esencia el mismo ser que ella deseaba. La semiótica no puede responderle a la angustiada Julieta de Shakespeare algo diferente de lo que escribió el dramaturgo: no se puede alterar de modo voluntarista el efecto de los signos en nuestra vida. La tragedia sobreviene, porque no manejamos los signos a nuestro antojo; ellos poseen su propio derrotero y su metabolismo, a semejanza de los seres vivos. De eso trata la semiótica que elaboró modernamente un lógico llamado Charles Sanders Peirce (1839-1914), quien nos legó una clave para desentrañar este proceso tanto o más político que sanitario desencadenado quizás en un punto del planeta y hoy diseminado por doquier.

Hay dos formas de concebir la verdad según Peirce: una es la de los realistas y otras las de sus oponentes filosóficos los nominalistas. Para los primeros, lo real no es otra cosa que la actividad de investigar de un colectivo cuyas fronteras son difusas, y que parte en pos de un supremo objetivo, la verdad, pero inevitablemente lo hace de modo falible:

Lo real, entonces, es aquello en lo que, más temprano o más tarde, la información y el razonamiento  finalmente resultaría, y que es por lo tanto independiente de las fantasías mías o suyas. Así el propio origen de la concepción de la realidad muestra que esa concepción esencialmente involucra la noción de una COMUNIDAD, sin límites definidos, y capaz de un definido incremento de conocimiento (CP 5.311, 1868)

Para los nominalistas, los signos no son más que una cómoda convención que sirve para generalizar al nombrar las cosas, cuya única forma de ser es la individual, la existencia de hechos aislados en el mundo. Todo lo que encuentra la ciencia en el mundo sería un resultado directo de su intervención en el mundo, no de algo real que subsistiría fuera de esa actividad mental en pos del conocimiento.

Se impone entonces revisar cuál es la diferencia fundamental entre lo que hoy se nos quiere dar como la Ciencia – absoluta, despótica en su desprecio de todo aporte que no provenga de un círculo con límites férreos y oficialmente definidos – y la concepción de la verdad que aguarda al final del camino que investiga lo real faliblemente. Peirce afirma que lo real es tal como es más allá de cualquier número de opiniones individuales, no importa cuán encumbrado puedan ser aquellos que las enuncien, ni los apoyos institucionales con los que cuenten. Un especialista en la semiótica (Parker, 1994) explica que Peirce admite una parte de la tesis central de sus contrincantes nominalistas, aquella relativa a que todo resultado obtenido en esa búsqueda científica, que todo conocimiento “siempre es socialmente construido” (p. 54). Lo que la comunidad científica obtiene y presenta como sus conclusiones está siempre acompañado de un margen de error – en eso consiste la teoría peirceana del falibilismo – y lleva el sello de diversos intereses o acentos, algunos legítimos, otros menos, en especial cuando lo que está en juego es la vida humana.  Pero, al mismo tiempo, advierte Parker (ibid.), el realismo semiótico de Peirce evita, “lo que considera el mayor error de los nominalistas, a saber, la afirmación de que la verdad es una construcción social y que sería en el mejor de los casos un acotado ideal regulativo para el pensamiento”. En esa posición teórica consiste lo que entiendo podría ser el aporte de un semiótico a la ya extensa reflexión de quienes escribimos en eXtramuros, y de quienes alguna vez llevamos nuestro pensamiento y ánimo reflexivo a un medio de comunicación.

Lo que produce el colectivo que oficia como principal asesor científico del gobierno uruguayo, el GACH – y otro tanto vale para similares grupos en otros lugares del planeta – es siempre falible, incompleto, y por eso no debería rechazar de antemano las contribuciones de otros participantes en la interminable búsqueda de la verdad. Hacerlo supone optar por alguno de los tres métodos para llegar a adoptar una creencia que describe Peirce en 1877, ninguno de los cuales puede llamarse científico. Tanto el método de la tenacidad, el esfuerzo por ignorar toda evidencia que no se acomode a lo que se desea creer; el de la autoridad, el adoptar una creencia porque ésta proviene de alguien encumbrado o de una institución poderosa; o el del a priori, el creer en algo por ser acorde a lo que ya se creía, son inútiles para la ciencia. El cuarto método, el científico, es aquel que para suprimir “la irritación de la duda”, dice Peirce,  busca que “nuestras creencias no sean determinadas por algo humano, sino por una permanencia externa – por algo sobre lo cual nuestro pensamiento no tiene efecto” (CP 5.384). La verdad objetiva consiste en una permanente exploración de lo real a cargo de un colectivo cuyos miembros deben renunciar a transitar por la obstinación ciega, la sumisión a alguna autoridad y la preferencia a “creer en aquello que ya estamos inclinados a creer”. Sólo la disposición a encontrar el  mejor modo para que lo real se exprese, para que se manifieste de modo público, conduce de modo falible hacia la verdad concebida como un horizonte de la ciencia. Escribo ‘ciencia’ con minúscula porque no es en la concepción semiótica y peirceana una fortaleza de murallas inexpugnables, sino un espacio sin claros límites en el que un grupo no definido de antemano emprende una búsqueda – en eso y en nada más consiste el quehacer científico capaz de aproximarse de modo indefinido hacia un resultado verdadero, aún si perfectible, falible. Cuando se nos habla de La Ciencia, mayúscula, monopólica y prepotente, nos alejamos de modo decisivo de esa empresa colectiva y abierta que describió el fundador de la semiótica moderna.

Mensaje enviado en una botella desde la semiótica a Pandemia

¿Cuál es entonces el urgente mensaje, el aviso esperanzado que nos llega desde la semiótica a este momento del siglo 21, cuando una parte considerable del planeta vive en la inhóspita comarca de Pandemia? Que no es aceptable, que no sirve como un camino para avanzar hacia la verdad – el único fin aceptable de cualquier ciencia, en cualquier área en que se desarrolle – el colocar obstáculos en el sendero de ese emprendimiento colectivo hacia la verdad que es siempre el camino de la investigación. Hace más de un siglo, como si fuera un grafiti para colocar donde quiera que se  practique la ciencia, Peirce pidió que fuese inscrita una idea orientadora fundamental que él denominó

“La Primera Regla de la Razón: De esta primera, y en algún sentido de esta única regla de la razón, que para aprender, uno debe desear aprender, y al desearlo no estar satisfecho con lo que ya se está inclinado a pensar, se sigue un corolario que en si mismo merece ser inscripto sobre todas las paredes de la ciudad de la filosofía:
No obstaculizar el camino de la investigación” (CP 1.135, 1905).

Voy a dar ahora un ejemplo concreto y pandémico de esa actividad reñida con el camino de la ciencia, de cualquier ciencia: la voluntad de colocar un obstáculo allí.

¿Cómo entender la irrupción de una voz autorizada, oficialista de la Ciencia que pide públicamente que se impida que se conozca y difunda una tentativa de comprender lo que nos está ocurriendo en Pandemia, únicamente porque no proviene de su ámbito de acción? Podríamos pensar que tal actitud es algo irrelevante y sin consecuencias, ya que esas otras voces no tienen el suficiente prestigio ni la autoridad de quien hace ese pedido de silenciamiento. Sin embargo, alcanza con observar cualquier día de la semana, en todo el tiempo transcurrido desde el 13 de marzo, para percibir que en los continuos y macabros informes cotidianos de los medios dominantes brilla por su ausencia el grado de letalidad de la Covid19 en contraste con otras patologías, los datos sobre el supuesto incremento de muerte anual comparado con años anteriores, la efectividad de otras formas de terapia que no sean las muy publicitadas vacuna(s), máscaras, distancia social y burbujas/restricción de movilidad. Si quienes habitan la ciudadela impenetrable de La Ciencia no quieren ocuparse de esa información, sería importante que lo pudieran hacer otros que sí disponen de esos datos y además tienen el deseo de darlos a conocer al mayor número de personas posible. Si esa apertura discursiva, debatidora no ocurre, como es de público conocimiento, se está atentando violentamente contra “la Primera Regla de la Razón”, para ir colectivamente  en pos de la verdad. No importa quien sea que la encarne, el mandato peirceano es inequívoco: lo esencial es el deseo de aprender, y el no estar conforme con lo que ya se sabe.

El conocimiento de mucho mayor alcance que encarna el GACH, con su acceso irrestricto a todos medios de comunicación que están celosamente vedados a otras formas de reflexionar y de comprender el tiempo y espacio pandémicos que todos vivimos, es por definición falible; se trata de una construcción social entre otras posibles. Lo que no es construcción social ni voluntarista es la verdad. Tal como sostiene Parker (1994, p. 54), lo característico de la semiótica peirceana es su realismo: “el núcleo de la posición realista entonces es una definición de la verdad objetiva.” No pueden no saber que no saben los científicos oficiales y oficialistas, por ejemplo, cuál es el impacto en la salud a mediano y largo plazo de las nuevas y experimentales vacunas que se inoculan para inmunizarse o atenuar el impacto infeccioso de la Covid19. Si ellos afirmasen lo contrario, estarían violando lo que la semiótica realista definió como el ‘falibilismo’, que Peirce describe como “la teoría de que nuestro conocimiento nunca es absoluto sino que nada siempre, digamos, en un continuo de incertidumbre  y de indeterminación (CP 1.171).” El otro pilar teórico de la semiótica es el sinequismo, a saber, “la teoría de la continuidad según la cual todas las cosas nadan en continuos” (CP 1.172). Por eso atenta contra ambos principios semióticos la campaña emprendida por algunos de los más conocidos y respetados miembros de ese grupo científico asesor del gobierno, como Gonzalo Moratorio, “el virólogo que “goleó” al coronavirus con la garra charrúa” (innovaspain, 22.03.2021, ), para impedir que otras contribuciones al esfuerzo de comprender y lidiar del mejor modo con la crisis sanitaria se difundan por los medios a los cuales él y sus colegas tienen acceso irrestricto y constante.

Cuando en una entrevista dada a un medio de prensa, se le preguntó a G. Moratorio sobre el alto número de uruguayos que en ese momento – febrero de 2021 – no estarían dispuestos a vacunarse, él respondió lo siguiente: “También, para convencer a los uruguayos y dar seguridad hay que dejar de dar lugar en los medios a gente sin fundamento con teorías conspirativas, que su formación habla por sí sola y puede impactar o cambiar el pensamiento de muchas personas.” (Mate Amargo, 18.02.2021)

Lo que este laureado miembro del GACH descalificó como “gente sin fundamento”  y además procedió a estigmatizar con la frase “con teorías conspirativas” coincide en parte al menos con el grupo de quienes de modo más o menos regular escribimos en esta revista. Nada impide a un investigador que no esté especializado en el área que estudió G. Moratorio, indagar, hacerse preguntas, e ir también en pos de la verdad, que como ya vimos antes no es una construcción exclusiva y excluyente del Instituto Pasteur, del colectivo llamado GACH, ni de ningún otro grupo. Solemos olvidar que el término ‘publicación científica’ – de la clase que debe pasar por la revisión hecha por pares, es decir, que recibe el escrutinio de otros investigadores antes de ser admitida por una revista de esa naturaleza – significa dar publicidad a un conocimiento, que en cierta medida es confiable, aunque necesariamente, como señaló Peirce, es falible y rebatible. Esa clase de conocimiento técnico afortunadamente tiene como destinatarios actualmente a personas educadas en otras disciplinas. Si le sumamos a esa ampliación del público la muy amplia difusión de esta publicaciones en páginas de internet, tenemos un material de conocimiento muy poderoso y en absoluto restringido a ese muy pequeño núcleo de quienes trabajan en los ámbitos científicos que mencioné antes.

Ejemplos de esa ampliación del saber especializado abundan en las páginas de eXtramuros, donde campea el ánimo decidido y persistente de no bloquear el camino de la investigación en ningún asunto. A modo de ejemplo, parece difícil no mencionar el texto “Ct: el agujero negro del periodismo de pandemia” de Aldo Mazzucchelli (eXtramuros No.15), o la entrevista que él publicó más adelante con un científico que tuvo que ocultar su identidad para preservar su seguridad laboral. Ambas ilustraciones son muy preocupantes síntomas de que se está violando esa máxima o advertencia epistemológica de Peirce: “No bloquear el camino de la investigación”. El silenciar en los medios dominantes el brillante esfuerzo por explicar la relevancia de la variable que permite entender el resultado del test PCR –  pieza central en la generación de casos difundida constantemente por los medios masivos – y el temor por aportar datos importantes para comprender la búsqueda de la verdad como elemento objetivo y no construido por institución alguna son inexplicables obstáculos para la investigación.

Un mundo donde un profesor universitario abandona su zona de confort académico para obtener la mejor y más confiable información disponible sobre un problema que nos afecta a todos, y que se esfuerza por comunicarla por escrito en un medio de más amplia difusión que una revista científica debería ser recibido con los brazos abiertos en la ciudadela de quienes se dedican a buscar la verdad, y no lanzado al círculo infernal de los aborrecidos negacionistas. Un mundo donde un especialista en biología celular se ofrece a explicar detalladamente los fundamentos y límites del test PCR creado por Kary Mullis a un público no especializado, en esta coyuntura, debería ser aplaudido por sus pares, y no ser alguien que necesita ocultar su identidad, como si fuera un testigo protegido de la mafia.

Con estos dos ejemplos, que fácilmente puede multiplicar cada lector de eXtramuros, queda claro, espero, por qué la concepción de la verdad formulada por el teórico de la semiótica hace más de un siglo, es subversiva hoy, inaceptable desde la fortaleza amurallada de la Ciencia oficialista. Si todo conocimiento es una construcción colectiva, falible, incompleta, en fin, humana, la verdad en cambio es objetiva y ajena a la opinión de un número ilimitado de individuos. La semiótica del realista Peirce “mantiene que descripciones de las leyes y de las formas lógicas pueden ser descripciones verdaderas de principios universales” (Parker, 1994, p. 53). No encuentro una mejor manera de finalizar este ensayo sobre la relevancia de la verdad que habita en el corazón del edificio semiótico que desarrolló durante medio siglo Peirce que cederle la palabra, para constatar su pertinencia, para que nos ayude a volver a habitar la normalidad tan anhelada, y dejar atrás la inhóspita Pandemia:

Hablando sin mucho cuidado, los nominalistas concibieron el elemento general de la cognición como si fuera una mera conveniencia para entender este y este otro hecho y sin ninguna importancia salvo para la cognición, mientras que los realistas, hablando aún más descuidadamente, consideran lo general, no sólo como el fin y meta del conocimiento, sino también como el más importante elemento del ser. Esa era y es la cuestión. Es tan urgente hoy como lo fue siempre” (CP 4.1)


Referencias

Parker, K. (1994). Peirce’s semeiotic and ontology. Transactions of the C.S. Peirce Society. XXX (1), 51-75.

Peirce, C. S. (1931-1958). The Collected Papers of C. S. Peirce. C. Hartshorne, P. Weiss, A. Burks (eds.). Cambridge, Mass.: Harvard University Press. (las citas se hacen del modo habitual: x.xxx remite al volumen y al párrafo citado)


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