ENSAYO

Hoy, voy a escribir algo que se parece a una crónica pandémica, sin pretender emular al gran novelista Daniel Defoe, quien además de narrar la peripecia del náufrago Robinson Crusoe, fue el autor de Un Diario del Año de la Plaga, publicado hace casi exactamente tres siglos, en 1722. 

Por Fernando Andacht

Vale la pena transcribir el paratexto al modo del siglo 18 de la obra que Defoe escribió en primera persona  asumiendo la voz de un testigo real: “Siendo estas Observaciones o Memorias de las más notables ocurrencias tanto públicas como privadas, que sucedieron en Londres durante la última gran catástrofe en 1665. Escrito por un CIUDADANO que siguió viviendo todo el tiempo en Londres. Nunca hecho público antes”.

Me inspiro y aspiro una bocanada de aire des-tapa-bocado, para ponerme a escribir un tríptico de mi diario personal de la peste globalizada, al abrigo de aquel magnífico cronista inglés que recrea unos años más tarde la vida bajo el asedio de la peste bubónica. 

La descripción de Defoe de una de las fuentes del pánico que inundaba las calles de Londres en la segunda mitad del s. 18, me sirve como prólogo  de lo que postulo abajo la gran fuente de terror que circula hace más de un año y medio por todas las pantallas televisivas, trescientos años después:

“Los temores de la gente fueron extrañamente incrementados por el error de los tiempos; cuando, pienso, la gente, no imagino en base a qué principio, era más apegada a las profecías y a los conjuros astrológicos, a los sueños y a los cuentos de viejas de lo que lo fueron antes o después de esa fecha. Si este ánimo melancólico fue originalmente causado por las locuras de alguna gente que consiguió así dinero  – es decir, imprimiendo predicciones y pronósticos – no lo sé, pero lo cierto es que esos libros los asustaron terriblemente. Había algunos tan entusiásticamente audaces como para correr por las calles con sus predicciones (…) y uno en particular como Jonás en Nínive, gritaba en las calles ‘En apenas cuarenta días, Londres será destruido”. (Daniel Defoe, 1722)

Omití de la cita una enumeración de libros cuyos títulos anunciaban catástrofes y hacían advertencias apocalípticas que urgían a huir de Londres, porque se acercaba el fin del mundo conocido y avanzaba la muerte generalizada. Tres siglos después, ya no son publicaciones ni profetas que claman en las calles, sino una masiva estrategia de la televisión abierta la que se dedica aún hoy a inflamar los ánimos hasta transfigurar el reducto último del ser humano, su identidad, según lo describiré en la primera parte del tríptico de este nuevo Diario del Año de la Plaga. Mucho ha cambiado, pero no realmente; los medios de comunicación  siempre han tenido un impacto enorme en la imaginación colectiva. “El error de los tiempos”, del que nos habla Defoe, utiliza hoy otra tecnología, pero la finalidad es la misma.

Portada del libro de Defoe

Parte I del Tríptico del Nuevo Diario: la invasión de la Todo-es-Tanda

También, como tantos otros, permanecí en Uruguay, y casi siempre en Montevideo durante estos 18 meses. Procuro ahora resumir del modo más idiosincrático posible qué significado tuvo todo ese tiempo desde mi mirada no periodística como la de Defoe, sino comunicacional y semiótica. Esta vida nuestra ha sido envuelta, herméticamente encapsulada en una gigantesca e ininterrumpida tanda. Sí, la aborrecible contaminación audiovisual de la televisión abierta pero cerrada a toda disidencia, debate o denuncia de lo que algunos, no tan pocos, pensamos que está ocurriendo además de la más larga tanda de la que tenga memoria en mis años de vida, en un país cuyos canales deben estar entre los más sanguinarios a la hora de succionar cantidades masivas del tiempo libre, del ocio, de las personas que se animan o que no tienen más remedio que mirar sus nada imaginativas propuestas. Muchos, demasiados, son los programas de entretenimiento que además de “ir a la pausa” – como si nos invitaran a visitar un bucólico jardín, un rincón placentero para recrear los sentidos – cuando finalmente aparece la placa que anuncia irrisoriamente FIN DEL ESPACIO PUBLICITARIO, ponen otras publicidades, y cuando parece que ahora sí, que va a empezar el dichoso programa, aprovechan para insertar más publicidades. De ese modo explotador y salvaje, vencen las resistencias – uno es humano – y doblegan al amable y atento público, que ya quebrada su voluntad, como habitantes de un totali-autoritarismo sonriente, maníaco, aceptan, se resignan, siguen ahí, al firme, exponiendo el cuerpo a las dosis tóxicas de tanda emitidas por estas ignominiosas pantallas. Pero lo que describí hasta aquí era la situación anómala y normal que regía hasta exactamente la noche del 13 de marzo de 2020, en todo el país. Luego de ese impactante lanzamiento de la emergencia más larga de las emergencias vividas, la horrible tanda creció, aunque mejor sería decir que se encarnizó, y sin perder un instante pudo invadir y colonizar el último espacio que aún le quedaba por ocupar. Lo hizo despiadadamente en todas las ediciones de todos los informativos de la tele. Adiós a la última ingenua convicción de que lo que ocupa ese espacio televisual sacro-occidental de la edición central de las noticias es la verdad y nada más que lo que nos quieren contar desde las 19  o antes, hasta cualquier hora en Pandemia City. 

Fue así que el mundo natural y pensante de lo uruguayo sucumbió en la bizarra época nuevo(a)normal regida por la tanda invasiva e implacable que nunca termina. Con agresividad sádica, los siempresobrios presentadores de los tres canales más lucrativos, junto con las dos versiones burocráticas nacional y municipal, se abocaron o se zambulleron en un océano tandero, de propaganda y nada más que propaganda. La inmensa descarga de propaganda irrestricta fue lanzada y vertida a la atmósfera en tres sabores y texturas: a) dulce con sedosa piedad barata: el infaltable y necrofílico número de bajas en el CTI, de las muertes supuestamente de/con/por/alrededor de Covid-19; b) amarga con rugosa cientificidad absoluta: el saber único y omnipotente de solemnes personajes elevados al trono de Ciencia Definitiva y ungidos con el óleo de la Verdad inamovible antes nunca vistos, pero luego sobrepresentes en los estudios de TV Pandemia. Ellos se dedicaron a saturar cada una de las interminables, reiteradas entrevistas con miedo y más miedo a la vida, porque dijeron que era imperativo aterrorizar al público cautivo, para que pudiese escapar de la muerte plural e inexorable del virus; c) tutti frutti de textura áspero-lucrativa: los personajes protagónicos informativos perdieron todo decoro. Declararon triunfantes y triunfalistas una y otra vez que habían por fin derrotado completamente a una especie peligrosa para la pervivencia de los canales devoradores del tiempo libre y de la voluntad propia del espectador: adiós al usuario del zapping del hartazgo; ya no había donde refugiarse del derrame mortífero nuevonormal. Ahora ellos contaban con el público cautivo, en ese larguísimo invierno de 2020. Hubo un regodeo obsceno en exhibir, como ruidosos nuevos ricos, la caudalosa audiencia quieta, encerrada en el miedo transmitido por ellos con la que ahora contaban. Al inicio, lo consiguieron gracias a su difusión masiva y monstruosa del mal viral – los informativos animaron una versión del Sars-Cov-2 al estilo del terrorífico alienígena insaciable del film de ciencia ficción Alien de Ridley Scott (1979). 

Los señores de la Imagen Informotelevisada perdieron la vergüenza; se les notaba en el exceso de seguridad, en su actitud de pavonearse con un aire de dueños del tiempo y de la verdad, sin pensar en que esa demostración era un escándalo. Sólo no se percibía más, porque hasta hoy eso es lo que hay, ya no hay zapping que salve al esclavo de la pantalla chica – aunque ésta ya no lo sea tanto, porque en ese fatídico Año I de la Plaga, la otra pantalla se hizo escasa, ausente. Si querés informarte – parecen decir o reír con sarcasmo indisimulado por el triunfo lucrativo, los habitantes de Tevelandia – tenés que bajar la cabeza, los humos, y prender la mirada a estas pantallas calientes, saturadas de tanda y sólo tanda. La incesante tanda pandémica la fabrican adentro y afuera del estudio, cada uno de los reporteros en las  calles, en cada instante: sólo hay un mensaje del cordial y unánime anunciante: CUIDADO CON LA PANDEMIA QUE ACECHA, ATACA Y ATROPELLA la normalidad, y sólo nos deja sus tristes huesos nuevonormales. Fue la más gigantesca campaña de anticipación hecha para el producto del siglo: la vacuna salvífica en diversos sabores y envases. Todo ocurre como si pregonasen, actuasen y cantasen al mismo tiempo, durante la interminable tanda: ¡no se pierdan el inminente lanzamiento de nuestro producto estrella, ese que no puede faltar en su organismo, les cambiará sus vidas para siempreeeeeeee!

Eso creo, eso pienso, eso siento y escribo ahora en mi diario del Año de la Plaga: vivimos hace demasiado tiempo sumergidos en una tanda enorme, insoportable que todo lo invadió,  que se enquistó en cada espacio del popular género informativo como un tumor insaciable en frenética expansión. Ya no hay información que posea siquiera la menor apariencia de objetividad, de justa consideración de lo que afuera resiste como le corresponde hacer a lo real, a la obstinada “obsistencia”, al decir de Peirce (CP 2.91, 1902). Ofrezco esta idea como hipótesis de trabajo: la excesiva tanda explicaría el con-vencimiento, el vencimiento sin derrame de sangre, pero con una vasta cosecha de infinidad de brazos desnudos y expectantes de la salvación inyectable. Otra forma de la derrota infligida es la adopción obediente, masiva y sumisa de un trapo sucio, húmedo e inútil según un gran número de científicos, que va plantado inmisericordemente en plena expresión facial, para mal del orden de la interacción. Sólo la masiva, tiránica y agobiante tanda puede explicar la renuncia a tantas buenas cosas que los humanos

disfrutábamos como la normalidad, a secas, sin adjetivos mentirosos. Sin la tanda titánica, nuestro reino pandémico que estás en toda la tierra no hubiese podido triunfar. Sirve para entender esta guerra mediática pensar en el el símbolo con que luchaba Constantino, In hoc signo vinces. Sin el sacro auspicio de los signos de la grotesca megatanda, que penetró hasta el último resquicio de la máquina televisiva de (des)información, el relato de la mayor pandemia jamás ocurrida no habría podido debilitar y vencer a la humanidad inmovilizada.

Parte II del Tríptico del Nuevo Diario: una epístola contra el Otricidio

¿Qué es lo que me conmueve más en la carta abierta que hizo pública esta semana Margaret Anna Alice con el título “Carta a un Covidiano: un experimento de viajar en el tiempo”? 

Lo primero es su gesto de publicar una invitación a conversar dirigida a quienes eran en 2019 gente otra, otras personas que no imaginaban ni concebían siquiera la posibilidad de discriminar, perseguir, prohibir, alejar del mundo de la vida a quienes no se sometieran a un tratamiento farmacológico de eficacia poco conocida, dudosa incluso a mediano y largo plazo. Esa era la identidad de probablemente gran parte o de casi toda la humanidad, ese gigantesco colectivo que hoy observa con fiereza la grieta, que quiere vigilarla, para que no se cuele ningún indeseable, que no la atraviese ni un solo invacunado, infiel, no merecedor de piedad ni de solidaridad alguna. 

Elijo de su carta abierta uno de los muchos pasajes que celebran la humanidad común, compartida, la conversación que nos convierte, imaginariamente, durante un lapso, en el otro. La autora le habla a su Otro máximo cuando aún no lo era: 

“Querría poder hablarle a tu si mismo de hace dos años (…) Yo podría todavía ser capaz de razonar con ese si mismo. En vez de eso, (esta carta) es seguramente un ejercicio fútil en tratar de alertar a un rehén que sufre del Síndrome de Estocolmo sobre las diabólicas maniobras de su captor.” 

La cita me trae el recuerdo de una estrofa inoxidable de Eduardo Darnauchans, “Cómo quisiera escribir una canción/ Que me volviera otro/ O yo mismo tres años mejor”. Como quisiéramos todos escribir o decir algo que nos volviera quienes éramos casi dos años atrás, mejores, desagrietados, no sólo más libres, sino dispuestos a pensar mucho, antes de aceptar que se nos coarten libertades, porque una vez perdidas ese es un camino que no tiene vuelta, que nos cercena el espíritu para siempre. 

Hablo del tiempo anterior a que se abriese la infernal grieta, la división que esos medios inflados con la arrogancia de haber infligido una derrota ejemplar sobre la resistencia del público no cesan de alimentar, cuando traen mil veces a los mismos personajes con los mismos signos unánimes a animar la tanda que nunca termina. Si sólo pudiéramos acercarnos a ese Otro de 2019, sin distancia asocial, sin máscara antinatural, sin requisito vacunicida, entonces seguramente podríamos intercambiar signos leves, armónicos normales – ni nuevo- ni viejonormales – y encontrar un terreno común, mucho más próximo de lo que sospechamos. Sigue diciendo Margaret Anna Alice “Esa es la persona con la que quiero hablar no con tu identidad actual”. La comprendo, y por eso comparto ese sentimiento ahora en mi diario del año de la plaga escrito y sufrido 300 años después del que publicó Defoe. Cómo quisiera encontrar a tanta buena gente antes de que renunciara al librepensar y sucumbiera  en la caudalosa tanda-que-no-tendrá-fin, y que se camufla de inocente, neutro y virginal transporte de noticias y nada más que noticias. Mi vida adulta ha sido el estudio de la comunicación mediática; la observé siempre con una mezcla de fascinación y temor. Ahora sólo la percibo con recelo, con rechazo: nunca pensé que iban a dejar por el camino todo simulacro de periodistificar el mundo de la vida. No imaginé que la maquinaria comercial de la televisión podría volverse tan velozmente un instrumento otricida, rediseñado para mayor gloria de los poderes mundiales. 

Parte III del Tríptico del Nuevo Diario: en defensa del asombro 

Me llegó hace un año lo que parecía ser una  invitación de rutina a comentar, a charlar con psicoanalistas uruguayos sobre un texto escrito por uno de sus pares. Sin embargo, el título del texto que nos convocaba, “La peste, el otro, el psicoanalista y todos nos-otros”, despertó mi curiosidad y esperanza por dos de sus palabras: una era “peste”, una forma anacrónica de hablar de la pandemia, que en ese momento recién cumplía su 4º cumplemés. También me atrajo el sustantivo ‘nos-otros’ partido al medio, por la inserción del juguetón guión que lo desmembró en el colectivo de identificación ‘nos’ – la nación nos pertenece, nos adherimos con celo a una bandera deportiva, por ejemplo, o nos apropiamos de un símbolo religioso – y en la palabra ‘otros’, un signo que levantaba un banderín rojo de alerta: discriminación, repugnancia al diferente, imbancabilidad máxima, es decir, la incapacidad de bancar, de invertir afectividad en eso que no comprendo. La segunda parte nos remite separación absoluta del Otro que es tan irresponsable, del que sigue jodiendo con sus reparos a la Nueva Normalidad, si es la única que hay, si nunca tendremos otra. ¿Por qué no callarse de una santa/puta vez? Esos fueron los primeros signos acudieron a mi mente, antes de acceder a leer el texto para dirigirme a la sala virtual en la que nos encontraríamos, al final de la tarde del 22 de julio de 2020. 

Lo que me cautivó del ensayo con el que tenía que conversar amigablemente, luego de leerlo, fue el modo que eligió su autora para terminarlo. Ese cierre no me dejaba duda alguna sobre la vitalidad de ese pensamiento. Para mí, para el ‘mí’ que yo era en julio de 2020, había una forma de sentir y pensar próxima a la mía. La autora citaba, aunque sería mejor decir que se abrazaba en su texto a una conocida frase literaria del novelista Herman Melville: la perpetua respuesta que Bartleby el escribiente da a todo pedido que le hacen: “Preferiría no hacerlo” (“I would prefer not to.”). Vale la pena citar el párrafo final,  en el que Silvana Hernández Romillo escribe sobre ese acto de rehusarse tenazmente a ser parte de algo que no se acepta en absoluto:

Si aún después de tanto recorrido, ante una crisis o un tormentoso dolor me pidieran consejo o palabra de expertise, o aún, me pidieran quédate en casa, quisiera tener siempre a mano la respuesta del célebre escribiente de Herman Melville – “Preferiría no hacerlo” – para luego, seguir el diálogo, hacia donde nos lleve. 

En tiempos de inaceptable opresión sanitario-político-mediática, esa forma de resistencia posee una fuerza inaudita, y le agradezco a la autora de ese ensayo el haberme recordado el poder que tiene el acto de afirmarse mediante lo que Peirce describió como el punto de apoyo del raciocinio: “La idea de otro, de no, se vuelve un centro mismo del pensamiento”. (“The idea of other, of not, becomes a very pivot of thought” (CP 1.324, 1903). Nunca me encontré de nuevo con la autora, ni en el espacio exiguo de las bidimensionales ventanitas digitales, ni en el vigoroso cara a cara. Pero quisiera pensar que el si mismo de quien escribió esa reflexión posibilista y éticamente justa sigue viviendo y pensando en ese lugar, que continua creyendo en que es justo y necesario unirse a la vital negativa de Bartleby el escribiente.  

Y para dialogar con ese texto cuyo sentido entendí era afín a lo que yo pensaba entonces y a lo que sigo pensando hoy, llevé mi propia cita al encuentro. Recurrí a una creación literaria donde hay otro ser imaginario que también se rehusó, que dijo un rotundo ¡no!, no cederé mi ser como soy en la vida, para unirme al rebaño autoritario e incapaz de aceptar ninguna diferencia y dispuesto a ceder su humanidad, su normalidad a cambio de la protección de la manada. Esta era la cita textual: “¡Me defenderé contra todo el mundo! ¡Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el fin! ¡No capitulo!” Así habla, en el final de la obra teatral Rinoceronte de Eugene Ionesco (1959), el personaje Berenguer, quien se resiste a transformarse y a unirse a la manada de los imponentes rinocerontes cuyos ominosos bufidos van llenando el aire de amenaza. Berenguer los observa espantado,  mientras  que con cada vez más estrépito y violencia los corpulentos mamíferos ocupan toda la ciudad, y reemplazan la presencia humana como los nuevos habitantes del mundo de la vida. De modo cada vez más vertiginoso, las personas dejan su apariencia y su comportamiento humano, para metamorfosearse en poderosos rinocerontes. Aún así, el hombre lanza ese grito de resistencia y de adhesión tenaz a su forma de ser en el mundo.

Pienso de nuevo en la carta abierta contra el Otricidio que publicó Margaret Anne Alice, donde ella expresó el mismo deseo que yo siento hoy, y que consigno en esta parte final del Diario del Año de la Plaga. No quiero renunciar a mi normalidad a secas, no acepto que mi pensamiento se vuelva acorazado, tan insensible como la gruesa piel del rinoceronte de Ionesco, que invade el mundo y aplasta todo lo que no sea igual a sí mismo. Si contemplo mi si mismo de hoy, en la primavera de 2021, camino al Año II de la Plaga, lo percibo aún capaz de asombrarse, de sentir un sacudón tremendo ante cada nueva terminación arbitraria de lo libre, de lo que merece el nombre de vida normal. Nada más que eso me diferencia. Me unen a los nuevonormales todos los demás sentimientos y la historia compartida en este lugar del mundo. Pero no puedo dejar de ver cómo su epidermis mental se vuelve cada día un poco más gruesa, inexpugnable, un poco menos abierta al intercambio, porque ya nada los asombra ni deja pensativos. Tristemente, se ha cumplido el sueño del rebaño, pero no de inmunidad, sino de temor y odio compacto, de repudio al que aún se atreve a asombrarse cuando oye fieros bufidos y ve un tropel creciente y enfurecido que se adueña de las calles de la vida, y que no está dispuesto a tolerar una sola disidencia pandémica. Cierro ahora el nuevo Diario del Año de la Plaga con una esperanza que resiste, que no puede dejar de buscar el aumento de razonabilidad no para mí, sino para quienes aún pueden recuperar esa capacidad de asombro ante lo inaceptable. 


Notas 

1 Cito a Peirce del modo habitual: x.xxx corresponde al párrafo y volumen de la edición The Collected Papers of Charles Sanders Peirce (1931-1958).

2 Letter to a Covidian: A Time-Travel Experiment está traducida en este número de eXtramuros.

3 El evento fue organizado por la Asociación Uruguaya de Psicoterapia Psicoanalítica (AUDEPP) el día 22 de julio de 2020, y el texto a comentar fue escrito por la Psicoanalista Silvana Hernández Romillo.

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