POLÍTICA

El Partido Colorado debe rescatar –sí, salvar del naufragio- todo lo noble de grandes servidores que hoy están en su casa sufriendo el país que nos quedó, para propulsar una enorme movilización del pensamiento, capaz de entregarle al Uruguay una nueva síntesis que supere las absurdas tensiones que lo paralizan y le devoran el porvenir.

Por Leonardo Guzmán

El Partido Colorado no sale de la agonía. Generalmente llamamos agonía a los sufrimientos que preceden a la muerte. Pero el Diccionario nos enseña que agonía tiene cuatro sentidos más, que no son de la muerte sino de la vida: aflicción extrema, angustia por conflictos espirituales, ansia y lucha. Es que en griego antiguo “agon” significaba precisamente lucha. La lengua española conserva en la palabra “agonía” todos los estados de ánimo que se entroncan con  esa raíz. De esos estados, en los últimos años al Partido Colorado no le ha faltado ninguno.

Al cabo de cuatro elecciones sin levantar cabeza, el suicido político de Talvi –senador 15 días, Canciller cuatro meses- le frustró la esperanza que él pareció encarnar cuando se proclamó ungido por Jorge Batlle y armó un sector con el nombre –neutro, aséptico y sin compromiso- de “Ciudadanos”.

Con una historia de casi 200 años, de los cuales más de la mitad ejerciendo el gobierno, esta caquexia electoral del coloradismo da para toda suerte de especulaciones, análisis y pronósticos, muchos de ellos embebidos del materialismo histórico y el materialismo consumista que inficiona al país. Entrelazados, ambos materialismos interpretan y clasifican por intereses y se empeñan en ignorar la autenticidad y la eficacia de los ideales que trascienden y organizan personas y naciones, pues inspiran y generan soluciones y armonías precisamente por encima de los intereses.

A todo esto, colonizada la enseñanza por muchos que niegan que haya verdades asequibles, campeando el relativismo de los valores e instaladas las doctrinas sociales sobre el “poder real”, en la ciudadanía cunde el hábito de pensar que para levantar a un partido, lo principal –y hasta lo único- que hace falta es identificar a un candidato junta-votos a quien arrimársele por interés directo o a quien idealizar desde lejos para revivir esperanzas yertas. Con este cuadro, al  haberse auto-soterrado Talvi y al parecer etariamente fuera de carrera Sanguinetti, no es extraño que en el Partido de Joaquín Suárez unos se retraigan por perplejidad y otros se apuren a manejar postulantes eventualmente salvíficos como quien baraja nombres de directores técnicos para cuadros que vienen perdiendo feo. Pero como eso es más de lo mismo, no  augura resultados distintos.

Y sin embargo, hay otro camino, que hasta sería sencillo de recorrer.

La identidad histórico-política del coloradismo es imposible de comprender sin referirla al Batllismo original, el de José Batlle y Ordóñez, y al de sus sucesivas variantes: el de Luis Batlle Berres contrapuesto al de César Batlle Pacheco, el de Michelini, Renán Rodríguez y Hugo Batalla contrapuesto al de Jorge Batlle. Y el de Julio María Sanguinetti. Ninguno de ellos se salvó de enfrentar críticas de colorados que se proclamaban independientes del tronco oficialista: José Enrique Rodó, por defender los crucifijos en los hospitales; Pedro Manini Ríos, por oponerse al proyecto colegialista de 1913; Gabriel Terra y sus seguidores, por dar un golpe de Estado e inaugurar su dictadura con el intento de encarcelar a Baltasar Brum, que prefirió matarse en la puerta de su casa de Río Branco y Colonia. En la década del 60, el antibatllismo se mimetizó en la llamada Unión Colorada y Batllista que rodeó al Gral. Oscar D. Gestido, especialmente cuando, en 1966, coincidiendo con su contrincante Jorge Batlle, propiciaron juntos la supresión del colegiado –nítido ideal batllista- y el restablecimiento del unicato presidencial, que en sólo seis años de vigencia desembocó en la más sangrienta dictadura que haya asolado al Uruguay.

Al recuperar la libertad en 1985 con la inolvidable presidencia de Julio María Sanguinetti, el Batllismo siguió siendo la savia del Partido Colorado. Cuando triunfó, llevó a la Presidencia a sus dos líderes; y cuando estuvo en el llano, los convirtió en intérpretes y portavoces dominantes, sin otros interlocutores y sin espacio para las espontaneidades de correligionarios militantes con iniciativas renovadoras. Basta repasar a vuelapluma esta historia –repleta de episodios y protagonistas cuyos nombres aquí no caben- para advertir que la crisis de votos del Partido Colorado tiene como raíz una gran crisis de la identidad ciudadana del Batllismo. Las interpretaciones dominantes dicen que el Partido Colorado pasó de sostener el liberalismo del pensamiento a sustentar el liberalismo económico –“la derecha”- y que por eso el electorado batllista se corrió al Frente Amplio. Esa visión requiere matices y puntualizaciones y acaso sirva para explicar el efecto final en el enganche electoral, pero denota algo mucho más profundo:  el Partido Colorado fue haragán, permisivo y flojo en el ámbito que le forjó la identidad a su núcleo principal: la filosofía. Y si hoy el Uruguay está desorientado y anda a los tumbos es porque el Batllismo, igual que el resto de los partidos, confió más en el candidato, el programa electoral,

los datos de la economía y la campaña encargada a las agencias, que en el compromiso adquirido, sentido y vivido por los grandes conductores.

Las tesis de Batlle y Ordóñez y Luis Batlle Berres, igual que las de sus adversarios Luis A. de Herrera, Juan V. Charino y Emilio Frugoni, les nacían de convicciones inscriptas en su alma y llenaban el espectro diario. No se diseñaban por encargue preelectoral.

Fue del cruce, a veces rudo, de un altísimo nivel de prédica, con muchos partícipes que no disputaban la Presidencia –Juan Andrés Ramírez, Carlos Quijano-, que, bajo gobiernos colorados, nació y maduró el Uruguay de la tolerancia y el buen convivir que hasta ahora, por comparación, nos elogian desde afuera -seguramente porque no saben cuánto nos decayó adentro.

Fuimos un país con doctrina y prédica: no con ideología fanatizante –que eso es totalitarismo- sino con planteos que eran fuertemente afirmativos pero quedaban abiertos a una razonabilidad colectiva que enseñaban a manos llenas Carlos Vaz Ferrreira, Antonio M. Grompone y una pléyade de docentes admirables que desde el liceo educaban para pensar: Carlos Benvenuto, Emilio Oribe, Mario Silva García y tantos más.

En su búsqueda de aunar justicia y libertad, el Partido Colorado,  con el Batllismo a su frente, se fortaleció abierto a un abanico de enfoques provenientes de toda suerte de librepensadores -notoriamente  anarquistas y socialistas- e intentó resolver los planteos extremos desde una filosofía de la vida con rasgos originales, que unificaba al país por encima de clases y partidos. Esa filosofía cimentaba a la República sobre la persona –art 72 de la Constitución-  y se concretaba en un concepto nacional del Derecho Público y una idealidad nacional de igualdad de oportunidades. No se impartía sólo en las aulas. Se instilaba a través de los medios de difusión: los diarios de opinión ya enraizados desde el siglo XIX, las radios con orientación desde los años 20 y las televisoras con editorialistas desde los 60. Esa filosofía nos formaba como personas y como ciudadanos.

Ahora, 2020, llevamos décadas sintiendo que no sólo cayó la masa electoral del Partido Colorado. Además, cruje y se desliza la estructura conceptual del Estado de Derecho y del régimen republicano.

En todos los partidos –librecambistas o estatistas- es hora de darse cuenta que escuchando análisis de politólogos y reduciendo la esperanza nacional a meras cuantificaciones económicas, no va a levantarse un pueblo cuyo espíritu se estrechó y decayó. En medio de dos gigantes que viven en crisis que se les han hecho endémicas y en un mundo que no garantiza nada a nadie, el destino nacional depende no sólo de la educación de los niños y los jóvenes sino de la reeducación de los adultos en la cultura del respeto, el trabajo ahincado, el proyecto valiente y el amor al prójimo.

José Batlle y Ordóñez llegó a la política tras una profunda meditación de conciencia que trasfundió a su quehacer de periodista y de gobernante. Esa meditación lo hizo escribir poemas laicos pero místicos, lo llevó a escuchar en París clases positivistas impartidas por Littré -discípulo y editor póstumo de Augusto Comte- pero a mantenerse en la postura espiritualista que muy bien demostró Arturo Ardao, y desde esa actitud, se inspiró en Ahrens y el krausismo para crear un Estado con fuertes sentimientos normativos. Fue con ese bagaje que llegó en 1903 a la primera Presidencia, para gobernar a un país que tenía una pléyade de grandes hombres que sabían hablar fuerte y sembrar lejos.

Del Batllismo no hay por qué repetir las fórmulas como si fueran sacramentales. Pero los principios republicanos, la actitud razonadora, la espiritualidad laica, la fidelidad institucional, los sentimientos normativos, la sensibilidad más humana que “social” y el esfuerzo por aunar justicia y libertad, son bienes públicos que, lejos de parecernos viejos, deben rescatarse por encima de lemas y cintillos, sobre todo a la vista de la laya de vida que nos han traído las visiones materialistas que quisieron construir un país dándole la espalda a esas tradiciones.

Por todo eso, pienso que el Partido Colorado debe rescatar –sí, salvar del naufragio- todo lo noble de grandes servidores que hoy están en su casa sufriendo el país que nos quedó, para propulsar una enorme movilización del pensamiento, capaz de entregarle al Uruguay una nueva síntesis que supere las absurdas tensiones que lo paralizan y le devoran el porvenir. Una nueva síntesis no sólo para intelectuales o especialistas, sino para quienquiera tenga buena voluntad y sea un generalista de la inspiración de cada día.

Que en todas estas cosas, nos van las agonías de nuestra vida.


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