Hay una idea según la cual el cambio político de 2019 no tiene real asidero ni fue muy profundo, sino que se debió a una coyuntura particular de desgaste del Frente Amplio (FA) en el poder, y de dificultades de la izquierda para procesar una renovación de liderazgos eficiente.

POLÍTICA

Por Francisco Faig

En concreto, sin el cambio en la estrategia de los partidos desafiantes a la izquierda (ver El mito del balotaje contra la izquierda), y con una participación más importante de los tres líderes Mujica- Astori- Vázquez en la campaña a octubre, este argumento sostiene que en realidad hubiera habido un nuevo gobierno del FA, y que eso estuvo a punto de verificarse cuando Martínez pierde el balotaje “por el anca de un piojo”, para retomar el titular de Voces de esas semanas.

Finalmente, esa idea es la que deja entrever que el nuevo gobierno no es más que un paréntesis, ya que en realidad el pueblo comulga mayoritariamente con los valores y la identidad frenteamplista y, un poco como pasó ya en Argentina con los cuatro años fallidos de la presidencia de Macri (a cuya figura se asocia la de Lacalle Pou), ya en 2024 seguramente se vuelva a la normalidad de largo plazo en Uruguay, que es una mayoría del FA, quizá relativa pero mayoría al fin, gobernando el país.

Me propongo argumentar en un sentido contrario a esta idea tan extendida en el mainstream izquierdista, que es a su vez el que da sentido de orientación a las mayoritarias interpretaciones de la actualidad política nacional. Lo haré en dos momentos de reflexión: en primer lugar, describiendo cuándo se produce el cambio y cuán profundo es ese cambio; y en segundo lugar, dejando esbozados algunos escenarios políticos y electorales prospectivos que reflejan ese cambio.

Cuándo y cuán profundo es el cambio

Hay dos formas de analizar los resultados electorales de 2019. La primera es considerar que fue a partir de esos resultados que se produjo un cambio político en el país, es decir, creer que en realidad son resultados propios de una coyuntura particular, y que es su importancia en tanto hecho político único y clave la que, a posteriori, genera cambios sustanciales en la integración de elencos de gobiernos, del signo de las políticas públicas, etc.

Para esta forma de ver las cosas, lo que falló en la estrategia de izquierda fue el año 2019: su proceso de selección de candidatos, su campaña electoral, su manejo de la herencia de 15 años de gobiernos, su discurso, las expectativas generadas, y en general distintas dimensiones propias de un año electoral que impidieron hacerse del triunfo. La derrota fue algo puntual. A partir de allí, lógicamente, el rival, que formó una coalición que se describe como de derecha y extrema derecha, procesa cambios evidentes. En este sentido, el resultado de noviembre ilustra perfectamente este argumento: por un lado, una mejora de la campaña, incluyendo a Astori y a Mujica en protagonismos principales; por otro lado, un resultado que significó una derrota que se interpreta como ajustada, con menos de 40.000 votos de diferencia.

Las consecuencias políticas de este razonamiento son las que se ven en el diario accionar izquierdista de oposición desde noviembre mismo: una oposición radical que pone en tela de juicio incluso la legitimidad del triunfo mayoritario de Lacalle Pou (habla de dos mitades similares y de un presidente que solo representa a una de ellas, por ejemplo); que descalifica las políticas de gobierno con el mote de antipopulares y hasta de autoritarias; y que no está dispuesta a dar un minuto de tregua, con movilizaciones sobre todo sindicales y políticas que marcan la cancha de lo que la izquierda entiende son las verdaderas prioridades del pueblo, bien representado por el FA y que sufre un gobierno contra el cual se debe “resistir”.

La otra forma de analizar los resultados electorales es considerar que ellos no inician un proceso, sino que reflejan una tendencia más de largo plazo. Más allá de las formas concretas que adoptó la campaña electoral de tal o cual, de las virtudes del candidato para seducir a una mayoría en el balotaje, de los acuerdos novedosos que dieron lugar a una coalición de gobierno de cinco partidos políticos, y de las estrategias coordinadas con el fin de rastrillar ampliamente el campo ciudadano para formar una nueva mayoría, lo cierto es que el voto por el cambio que se terminó produciendo en 2019 es una consecuencia de cambios más profundos, de tendencias sociales y valóricas que de ninguna forma pueden interpretarse como algo puntual, anecdótico, menor, coyuntural y propio de un proceso de algunos meses de campaña.

Hay por lo menos dos grandes argumentos fuertes que sostienen esta forma de analizar los resultados.
En primer lugar, está el análisis de sociología electoral de largo plazo, que da cuenta de que en el interior del país, desde el mejor resultado que ocurrió en el ciclo electoral de 2004- 2005, el FA empezó a sufrir una pérdida de apoyos reales. Por un lado, perdió Intendencias de departamentos electoralmente relevantes – porque relativamente numerosos en población y porque asociados a los blancos en los últimos lustros – como Florida y Paysandú en 2010, y concentró sus votos en la zona metropolitana. Esta concentración geográfica impidió una diversidad de apoyos que hicieran ver mejor las demandas de otros departamentos del país: no es casualidad en este sentido, que el FA haga pie una sola vez en Artigas o en Treinta y Tres en lo municipal, para luego perder esas intendencias en el resto del proceso de 15 años de era frenteamplista.

Por otro lado, si bien mantuvo holgadamente hasta 2014- 2015 el primer lugar de preferencias en todo el país, no logró en 10 años conformar elites de dirigencias locales duraderas y competentes que aseguraran apoyos electorales fuertes y sustentados desde lo local. Los triunfos de octubre llegaban sobre todo por influjo nacional; las mayoritarias derrotas departamentales de mayo, por falta de fortalezas locales. En este sentido, el excelente resultado urbano de octubre de 2014, cuando el FA llega primero prácticamente en todas las localidades mayores a 50.000 habitantes, hizo creer a análisis montevideanos frenteamplistas que, finalmente, habían podido vencer las líneas de larga duración de adhesión a los partidos tradicionales (PPTT) (y sobre todo al Partido Nacional (PN) en ese mundo vinculado al interior.

Fue un espejismo: como bien lo mostró en mayo de 2015 por ejemplo Maldonado, departamento clave en la nueva foto electoral y sociológica del país, ese resultado de octubre de 2014 fue el canto del cisne de la izquierda: un apoyo fuertemente condicionado al cumplimiento de altas expectativas electorales y discursivas del FA, con la segunda presidencia proyectada de Vázquez, que de ninguna manera podía interpretarse como un abandono de viejas adhesiones partidarias, sino que debía leerse como un exigente “prestar el voto” para que se cumplieran promesas claras y beneficiosas para las mayorías populares.

El problema fue no solamente que esas promesas no se cumplieron, y sobre todo las que anunciaban el mantenimiento de un camino de mayor autoestima nacional y de mayor prosperidad económica. Sino que fueron desilusionadas: en dimensiones simbólicas claves, que hacen a la idea de la dignidad gobernante, en particular con la renuncia de Sendic a la vicepresidencia por episodios de corrupción gravísimos; y en dimensiones concretas también claves, que hacen al crecimiento de los ingresos. Esta desilusión económica se tradujo en manifestaciones multitudinarias, como las protagonizadas por las clases medias del interior, que habían prosperado con el ciclo agroexportador favorable de 2003- 2013, que se reunieron en el movimiento Un Solo Uruguay, y que fueron, notoriamente, ninguneadas por el poder político de izquierda.

Así las cosas, la sociología electoral de largo plazo de ninguna manera deja pensar que lo que ocurrió en 2019 haya sido un episodio excepcional. Más bien todo lo contrario: lo excepcional fue el apoyo altísimo que recibió la izquierda en 2004, que fue bajando luego progresivamente, primero en Montevideo en cada octubre; y luego en la fotografía de cada mayo en el interior del país, que señalaba que los votos de los triunfos nacionales del FA eran “prestados”, es decir, que no lograban consolidar apoyos duraderos, forjados en socializaciones de valores, de identidades, de liderazgos y de formas de concebir la política vinculados a la izquierda. En
departamentos urbanos claves del interior, como Paysandú, Salto, Florida y Maldonado, la izquierda no logró volcar definitivamente los resultados municipales en su favor, sino que se abrió un espacio de disputa sustancial del poder con el otro bloque político del país. Eso mostró, justamente, el vigor de las adhesiones locales que favorecieron al integrante de los PPTT que estuviera mejor posicionado, por tradición y liderazgos locales, para vencer al FA.

El segundo argumento fuerte que refleja que los resultados de 2019 son consecuencia de una tendencia de largo plazo refiere a la preferencia de valores de la sociedad uruguaya que fue cambiando en los 15 años de gobiernos del FA. De ello dio cuenta la encuesta de valores que periódicamente realiza Ignacio Zuasnábar en Equipos Consultores y que tiene vínculos con encuestas similares de otros países. Más allá de
considerar si esos cambios obedecen a problemáticas locales o a grandes cambios mundiales o regionales – lo que merecería un ensayo propio para su tratamiento -, lo cierto es que efectivamente ocurrieron. Destaco uno, sustancial en su consecuencia electoral: el Uruguay pasó a dar más valor a la autoridad y menos valor a la igualdad social.

Lejos de traducir electoral y propositivamente ese cambio de preferencias de valores en la sociedad, el FA se aferró a los suyos. De nuevo, visto aquí en perspectiva, el resultado de 2014 fue un espejismo: el proceso de cambio de valores ya estaba ocurriendo en la sociedad, pero el FA con el liderazgo de Vázquez y sus promesas fue más fuerte que esa tendencia de largo plazo. Si efectivamente la tendencia iba en un sentido que electoralmente se traducía por una oferta que no estaba siendo contemplada por el FA, y si efectivamente el FA seguía aferrado a preferencias de valores diferentes a esa tendencia (pero que en 2004 y 2009 le habían permitido cosechar grandes y resonantes triunfos), entonces la derivación de esa tensión no se reflejó en la elección de octubre de 2014: sus resultados fueron, en definitiva, casi un calco que los de 2009 para el FA. Pero ese calco, según este análisis, era en realidad engañoso, porque la tendencia de largo plazo ya estaba lanzada, e iba en un sentido diferente al de los valores señalados como preferidos por la identidad frenteamplista.

En efecto, esa fotografía electoral de 2014, que fue interpretada como muy exitosa por importantes referentes analíticos de la izquierda, escondía en realidad un proceso de cambios de valores preferidos que, lejos de menguar, se profundizó bajo la administración de Vázquez y hasta la cita electoral de 2019. Y como el sistema político uruguayo es competitivo y despierto, lo cierto es que aparecieron ofertas electorales que efectivamente tradujeron esas preferencias que estaban cambiando en la sociedad uruguaya. En particular, se hizo evidente con el partido Cabildo Abierto (CA). Porque más allá del exitoso liderazgo previo de Manini Ríos en círculos sociales y militares, CA alcanzó una proyección electoral desde su fundación, en marzo de 2019, que fue mucho más allá de lo que podría considerarse es un voto cautivo filo- militar (noción que, por lo demás, es muy problemática): por su perfil, por su discurso y hasta por sus bases electorales, CA logró captar y expresar electoralmente esa clara preferencia por la autoridad que ya venían mostrando las diferentes encuestas en valores del Uruguay.

El resultado amplio de 2019 no fue pues una foto excepcional que traduce mal el verdadero sentir del pueblo uruguayo. Fue, por el contrario, una consecuencia de procesos de cambios que ya estaban presentes en el país y que terminaron reflejándose sobre todo en octubre de 2019 (pero también en el balotaje y, sobre todo, en la elección interna de junio, cuando votaron los uruguayos más politizados: hubo un aumento de participación con respecto a junio de 2014, y en una interpretación que es verdad no es del todo correcta epistemológicamente pero que igualmente es ilustrativa, se puede decir también que hubo una paliza electoral del PN sobre el FA, que redondearon cifras de votos de 448.000 y 255.000 cada uno).

Por un lado, expresó líneas de fondo de sociología electoral de largo plazo que dan cuenta del vigor de los PPTT y en particular del PN en el interior del país. Los “votos prestados”, que se multiplicaron en época de bonanza para las elecciones nacionales entre 2004 y 2014 en favor del FA, volvieron en octubre y noviembre de 2019 a adherir a las candidaturas no izquierdistas.
No es casualidad, en este sentido, que Lacalle Pou haya ganado el balotaje en todos los departamentos del interior salvo Canelones. El FA no logró asentar las preferencias recibidas en la era de sus gobiernos, por lo que sus apoyos, excepcionalmente altos en 2004, 2009 y 2014 (pero no tan altos cuando se miran las fotos locales de mayo de 2010 y de 2015) decayeron en 2019


El cambio, profundo y disimulado, consistió en realidad en que las adhesiones estructurales hacia los PPTT, y sobre todo hacia el PN en el interior, resistieron mucho mejor bajo la era del FA que lo que el discurso de izquierda quiso creer.
Por otro lado, las elecciones de 2019 expresaron un cambio de valores preferidos por la sociedad uruguaya del cual el FA no tomó nota en sus años de gobierno, al menos al punto de fijar una expresión electoral propia dentro de la izquierda que representara esas nuevas preferencias. El surgimiento de CA es fiel reflejo de ese cambio, pero también otros resultados electorales menos analizados, como la gran votación relativa del ex –fiscal Zubía en el Partido Colorado (PC), o la exitosa campaña del por entonces senador Larrañaga en torno al plebiscito del “vivir sin miedo”, cuya temática estaba vinculada a este reclamo de mayor autoridad (en concreto, de represión estatal contra la delincuencia).

Si efectivamente entonces el resultado de 2019 no debe leerse como un paréntesis excepcional en una historia larga hecha de adhesión mayoritaria hacia el FA, ¿qué se puede esperar prospectivamente política y electoralmente? Es lo que veremos en la segunda parte.

¿Un cambio que llegó para quedarse?

El 39% del FA en octubre de 2019 es igual al 39% del FA en octubre de 1999. Ese dato, sustancial, parece un símbolo perfecto del ascenso hacia la cumbre, y de la apertura y el cierre del largo paréntesis del FA en el poder. Evidentemente, es un paréntesis que puede abrirse nuevamente en 2024. Empero, si aceptamos la hipótesis de que el resultado de 2019 refleja cambios profundos de la sociedad uruguaya, es más probable entonces que el año electoral pasado haya abierto un tiempo nuevo que en realidad esté llamado a perdurar mucho más que solamente los cinco años de la actual administración nacional.

Empero, hay una dimensión clave que aún no está resuelta, que es que el ciclo electoral aún no está terminado: faltan las municipales de setiembre. El asunto puede parecer menor si aceptamos que la gran mayoría de las intendencias seguramente sean ganadas por los blancos, como ya es habitual hace varias décadas. Sin embargo, si hubiere una sorpresa en Montevideo que barriera al FA, o si la izquierda quedara reducida sólo a los gobiernos de la capital y de Canelones, entonces realmente las bases políticas y electorales del FA se verían francamente menguadas, en una ratificación indirecta más de que los resultados de 2019 no fueron en verdad excepcionales, sino que constituyeron una etapa en un proceso más largo de cambio profundo del Uruguay.

En cualquier caso, el tiempo político que inaugura esta coalición de gobierno llamada multicolor es diferente a lo que vimos en los lustros 1985- 2000 en lo que refiere a acuerdos partidarios para compartir el poder. En efecto, la gran novedad es que la nueva configuración política no abre lugar a terceras posiciones exitosas. Es sencillo: o se está en la amplia coalición de gobierno, o se está en la coalición de izquierdas (un diputado en 99 que no integra ninguna de las dos, habla a las claras de que se trata de algo marginal). No hay espacio para otra cosa.

Es más: a diferencia de la década del 90, el FA no es un polo de atracción de dirigentes de PPTT que terminan adhiriendo a una coalición más amplia y esperanzadora izquierdista. El fracaso del intento del Partido Independiente entre 2016 y 2019 para conformar una especie de polo socialdemócrata está allí también para ilustrar esta posición de bloques ineludibles. Es un dato de la realidad. Todos los actores lo saben, aunque ello no impida marcar perfiles dentro de cada bloque en un esquema en el que esos perfiles, si hay racionalidad y entendimiento cabal de las reglas de juego y del clima político y electoral del país, nunca terminarán por romper con la coalición que integran.

Sin fuga de liderazgos y sectores hacia el FA por delante, hay otro aspecto clave de este cambio de época que refiere a la ventaja comparativa innegable que presenta la coalición de gobierno con relación al FA. En efecto, los partidos de la coalición presentan liderazgos renovados y consolidados con voluntad de ascenso, y en particular el mayor liderazgo de todos, el artífice del triunfo, Lacalle Pou, tiene 46 años de edad. No hay ningún líder de izquierda en el horizonte con el peso y la experiencia política de la generación de cuarentones (y treintones) de los PPTT sobre todo, y del PN en particular. No hay, tampoco, elencos tan numerosos, comparables en peso político específico, de un lado y del otro.

Esto es una evidente consecuencia de dos procesos paralelos. Por un lado, la extensión en el tiempo de liderazgos en la izquierda con edades hoy mayores a 60 años, que de alguna forma taponearon el ascenso de nuevas generaciones con protagonismo. Y por otro lado, la multiplicación de experiencias políticas de cuadros dirigentes, sobre todo blancos, que hicieron sus primeras armas en dos escenarios electorales y de administración política claves: las elecciones de juventudes blancas, que se inician en 2001; y la responsabilidad de gobierno municipal extendida por todo el país. Ilustro un poco de qué hablo: hay una cantera amplia de ediles, directores de intendencias, intendentes y diputados blancos por todo el país, que inician jóvenes sus carreras políticas, y que cuando llegan a responsabilidades nacionales, como ahora, están mucho mejor fogueados en la experiencia política que sus pares treintones y cuarentones del FA.

En este inicio de administración Lacalle Pou se verificó además un cambio muy importante sobre el cual poco se ha insistido: por primera vez en décadas, las figuras con mayor saldo positivo de imagen en opinión pública emergen de los PPTT. En un país acostumbrado a que esas figuras eran sobre todo del FA –y en particular Vázquez, Mujica y Astori-, este cambio, que ciertamente responde a una coyuntura particular a causa del buen manejo de la crisis de la pandemia en el país, seguramente también esté señalando la evolución de tendencia de más largo plazo que estamos queriendo describir en este ensayo.

Porque, en definitiva, ¿no será que la mejora de la valoración de imagen de los principales políticos provenientes de los partidos de la coalición de gobierno es uno de los primeros reflejos palpables de que, finalmente, se llevan adelante políticas públicas en el poder que tienen en cuenta el cambio de preferencias de valores que hace ya años se constata en la opinión?

No por disimulado por el mainstream de izquierda deja de ser muy relevante el siguiente dato: la evaluación de gestión del primer trimestre de presidencia de Lacalle Pou es la mejor de todos los presidentes de la historia desde 1985 a la fecha. Esconder o ningunear este dato forma parte de la visión que quiere creer que lo de 2019 fue algo excepcional, es decir, de la visión que razona a partir del postulado de que el FA es el verdadero y único actor hegemónico del país en este siglo XXI y que la presidencia de Lacalle Pou no es más que un corto paréntesis.

Considerar que en realidad el cambio de 2019 es una manifestación de procesos más largos y más profundos presta atención también a lo que podríamos llamar un efecto de inercia política, que refiere a que las manifestaciones de esos cambios de tendencias de largo plazo son como olas que perduran en sus consecuencias, con efectos de arrastre, más allá de episodios electorales puntuales.

Algo de eso, por ejemplo, es lo que ocurrió con los tres lustros frenteamplistas en el poder: obviamente la acumulación electoral del FA no se inicia en 2004, sino que adquiere allí su forma más perfecta, a la vez que luego tampoco se detiene en seco, sino que perdura con un viento favorable que beneficia al sentimiento, a la adhesión, a la identidad, al alineamiento, a la forma de ver el mundo con el prisma simbólico de la izquierda. Eso se tradujo en una predisposición de voto muy fuerte en favor del FA en 2009 y 2014 (sin por ello afirmar aquí que sus importantes triunfos de esos años solo se deban a ese factor de inercia en valores y talantes colectivos proizquierdistas).

Si efectivamente se está abriendo una época nueva en la cual el cambio electoral de 2019 es una manifestación importante (la primera sí, pero quizá no la única), entonces es muy probable que ese efecto de arrastre, de inercia, de air du temps de una época se exprese en un tiempo mucho más largo que el de sólo cinco años. Por supuesto que, como nada de esto es automático e importa sobre todo el protagonismo de los actores, serán clave en aprovechar esta ola favorable la actitud y el entendimiento de los principales líderes y elencos de esta coalición multicolor en los próximos años, en dimensiones tan importantes como la simbólica –es decir, la generación de una práctica política distinta a la de la era del FA en el gobierno-, y la identitaria –es decir, la generación de una narración que explique, relate, dé sentido y sitúe en el largo plazo a las novedades que se irán acumulando como consecuencia de esa práctica nueva-.

Hay un a priori positivo en favor de la inteligencia colectiva de estos elencos y liderazgos. Se trata de lo que se podría definir como las lecciones del llano: los 15 años de gobiernos del FA fueron duros en exclusión política y frustrantes por expectativas traicionadas, por lo que nadie de la nueva generación cuarentona que llegó al poder en 2020 está pensando en que el país pueda avanzar decididamente en el camino del desarrollo y el bienestar con una rápida vuelta al poder del FA en 2025. Más aún: el FA que emerge de 2019 es, incluso, mucho peor en su perfil izquierdista extremo que el de los frágiles equilibrios astoristas- mujiquistas de 2004- 2019, por lo que la esperanza de una alternancia a la chilena (los presidentes Bachelet y Piñera rotando en el poder por cuatro períodos de gobierno, o sea 16 años en total), no es visto como un escenario ideal en ningún sentido.

Ese a priori positivo se da la mano además con una dimensión propia, en particular del PN, que tan distinta es al exclusivismo leninista del ADN del FA. En efecto, se trata del impulso inclusivista permanente, ese que se nutre de la mejor tradición iniciada en la guerra de las lanzas de 1870 con Timoteo Aparicio, y que procura no dejar excluido a nadie del rumbo de avance del país, lo que significa, en concreto, no ahondar la grieta política entre FA y no FA, y procurar diálogos directos con los representantes del 39% que no fue electo para gobernar de forma de asegurarles la posibilidad de una integración, al menos mínima, al quehacer nacional.

Finalmente, hay reglas de juego electorales que parecen haber sido bien entendidas (ver el mito del balotaje contra la izquierda) por parte de las dirigencias más importantes de los partidos de la coalición, y que, de ser así, aseguran que el FA tendrá que saltear una barrera electoral muy alta para ganar en las futuras citas del balotaje. Por lo demás, un tema que por cierto merece un ensayo propio, es que este FA, corrido a la izquierda, no seduce ni en sus tipos de liderazgos, ni en su discurso político, a las clases medias que sí lo apoyaron masivamente y que fueron las que a partir de 2004 le permitieron alcanzar mayorías absolutas parlamentarias propias por tres veces consecutivas (algo excepcional en la historia del país). Para alcanzar ese objetivo, y sobre todo en el mundo del interior, fue clave la figura electoral y el seductor liderazgo de Mujica. El Benito Nardone frenteamplista, nacido en 1935, que en 2019 siguió siendo el líder sectorial más votado en la izquierda, no tiene una figura similar de recambio en el FA.

Obviamente es temprano para augurar resultados electorales futuros. Sin embargo, no es temprano para percibir que los resultados de 2019 no fueron una excepción fuera de la realidad que pueda ser revertida fácilmente en una próxima instancia comicial en favor de la izquierda La idea de que el FA en el poder sería una especie de nueva normalidad propia del siglo XXI político uruguayo, traduciendo una suerte de nuevo batllismo de extensa presencia en el Estado (pero versión izquierdista, con legitimación doble por el lado de Seregni, Zelmar Michelini y Alba Roballo), si bien es algo querido por la inmensa mayoría de la politología nacional que adhiere, más o menos en secreto, a esa coalición, en realidad es solo una expresión de deseos. Y es una expresión de deseos, además, montevideocentrada, propia de analistas que ven el país de una manera parcial y sesgada que limita fuertemente la pertinencia de sus conclusiones.

Finalmente, hoy tampoco es temprano para darse cuenta de dos dimensiones claves. Primero, que más allá de coyunturas políticas, las líneas de adhesión de larga duración son bien importantes en el sistema de partidos uruguayos. Segundo, que más allá de liderazgos concretos y discursos específicos, la vida política y el resultado electoral exitosos precisan de un vínculo estrecho con la realidad que representan, en propuestas, anhelos y valores preferidos por los ciudadanos. Son esos ciudadanos, en definitiva, los que dirán, votando libremente, si el cambio instalado en 2019 se profundizará con el tiempo y si será o no duradero.

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