FERNANDO ANDACHT / Cuando lean este ensayo, seguramente ya habrá tenido lugar la extensa y pomposa ceremonia que consagra la industria del cine en su expresión más difundida: la entrega de premios de la Academia de Cine, Arte y Ciencia norteamericana. Poco o nada me importa el que un film reciba un Oscar, ninguno o más de uno. Pero, en la base de mi texto, hay un cortometraje no animado que aparece en una de esas listas de “candidatos a” recibir la codiciada y tan publicitada estatuilla dorada.
CINE
No se me escapa, por supuesto, que tuve la suerte de ver Los Cantantes (The Singers, Sam Davis, EEUU, 2025), muy probablemente porque la plataforma Netflix, que exhibe el cortometraje desde febrero, percibió su interés comercial precisamente porque este film está asociado a ese premio. Lo que sigue es mi intento de entender la insólita o inesperada presencia de esta breve creación cinematográfica entre las posibles obras oscarizadas. Lo que considero su casi desubicación o desacato semiótico en ese contexto se debe que podrá ser visto masivamente por la decisión comercial de uno de los más poderosos difusores globales del ginocentrismo. Me refiero así a la hegemónica y ubicua perspectiva de género, que, de modo sutil y conmovedor este film de menos de 18 minutos se atrevió a desafiar con un despliegue de afecto que nos vuelve nostálgicos por todo lo perdido en el cine como representación de la vida cuando ésta no tiene que cargar con ese asfixiante molde ideológico que determina lo que podemos y debemos ver, más allá de su importancia real en nuestra existencia.


Fotogramas del cortometraje Los Cantantes (Sam Davis, EEUU, 2025)
Había una vez una historia de hombres que no pidió perdón por serlo
En un ensayo publicado en esta revista, analicé una estrategia mediática que llamé “el peaje ginocéntrico”, ésta alude a la transformación casi siempre inverosímil o forzada de una visión o centralidad protagónica masculina de un relato, film o serie, en otra rotundamente femenina. Claro, cómo olvidar que durante muchas décadas lo contrario era cierto en el séptimo arte: hombres y nada más que hombres detentaban el derecho innato al perenne heroísmo, sin importar el género fílmico del que se tratase. Pero no supone un avance en la representación mediática de lo humano la inversión simétrica de esa flagrante desigualdad; eso asegura la repetición de aquella flagrante injusticia. Este parece ser hoy el alto precio impuesto a la creatividad para que sus obras puedan circular sin obstáculos por los medios de comunicación más concurridos. Desde esa óptica, lo que pone en escena de modo memorable el cortometraje Los Cantantes (S. Davis, EEUU, 2025) es la resistencia vital de la presencia de varones, de hombres y nada más que hombres en ese film, aunque el cuento del escritor ruso Ivan Turgenev (1852) en el que se basa incluye un personaje femenino. En su trama del relato, la esposa del cantinero tiene un rol secundario – no sabemos siquiera su nombre – pero no es menor su importancia narrativa a la hora de manifestar su emoción con llanto frente lo que ocurre en la taberna de su esposo, el día en que surge un concurso de canto, el mismo sentimiento que el hombre que narra lo ocurrido hace todo lo posible para reprimir:
“Él cantó, y en cada sonido de su voz uno parecía sentir algo entrañable y cercano a nosotros, algo de amplitud y espacio, como si las estepas familiares se desplegaran ante nuestros ojos y se extendieran hasta una distancia interminable. Sentí cómo las lágrimas se acumulaban en mi pecho y subían a mis ojos; de repente, me invadieron unos sollozos sordos y ahogados… Miré a mi alrededor: la esposa del posadero lloraba, con el pecho apretado contra la ventana.” (Los Cantantes, Ivan Turgenev, 1852)
No hay ningún elemento misógino en el cuento del autor realista ruso. El párrafo que le dedica a ella no está desprovisto de admiración por su carácter y por su capacidad para administrar el bar del marido: “una mujer lista, de nariz afilada y mirada aguda, perteneciente a la clase de los comerciantes, se ha vuelto algo corpulenta en los últimos tiempos, al igual que su esposo. Él confía en ella para todo, y ella guarda la llave de la caja .” (I. Turgenev, 1852). De modo similar, no hay menosprecio hacia la mujer, que brilla por su ausencia, en el cortometraje homónimo de Sam Davis (2025). Hay tan solo la visible y disfrutable intención de mostrarnos un grupo de hombres melancólicos, taciturnos maltratados por la vida que encuentran la compañía de sus semejantes, en ese mal iluminado y humoso refugio del rigor invernal. Nada en lo que dicen o hacen allí permite suponer que ellos sientan desdén hacia las mujeres. Quizás sus miradas perdidas, alicaídas sean un indicio de relaciones rotas, ya extintas, pero el cortometraje nada nos cuenta al respecto. No encuentro en el bar que sirve de escenario a esta versión fílmica de Los Cantantes una sucursal de lo que en una historieta creada en 1935 por la caricaturista Marjorie Henderson Buell, La pequeña Lulú, se volvió sinónimo de machismo: “el club de Toby”, en alusión al niño rollizo que lidera a otros, y de cuyo local de encuentro están expresamente excluidas las mujeres. Veo en el recinto lleno de humo, de soledad acompañada, de silencio apenas roto por el relato de retazos de vidas pasadas que pone en escena el cortometraje, un melancólico refugio donde encontrar sosiego y seres humanos con experiencias no muy distintas, nada más que eso, no el deseo tácito o explícito de impedir el acceso a toda mujer que allí se acerque.
Una helada noche, en un bar de cuyo nombre no vale la pena acordarse
¿Cómo llamar ese único y mínimo local en el que transcurre la acción de Los Cantantes? El muy modesto cartel de neón anuncia apenas el nombre genérico BAR, pero en el Río de la Plata sería un “boliche”, en España, una “taberna” o “cantina”. En ese rústico local, al abrigo del nevado invierno del norte del mundo, pero no tanto del estrépito que ocasiona el paso cercano de un tren, se encuentran reunidos algunos parroquianos. Todos ellos son varones, que beben, fuman, dormitan, hablan pero apenas, salvo el que el relato de Ivan Turgenev de 1852 en que se inspira libremente Los Cantantes bautizó “Charlatán”, por su hábil manejo verbal para pedir a quien tenga cerca que lo rescate con dinero, bebida o que lo escuche al menos. La cálida atmósfera de esa taberna innominada evoca el claroscuro de un Rembrandt: una envolvente tonalidad ocre atravesada por ocasionales destellos luminosos y nubes de humo que se elevan de los ávidos fumadores. Por momentos, la cámara se detiene fascinada en el reflejo dorado de alguna botella de alcohol, detrás de la barra, o en la viva brasa de un cenicero atestado de colillas. Oímos inconclusos relatos tristes, deshilachados que provienen de seres rotos por guerras, la de Vietnam, la del Golfo o alguna otra de las muchas emprendidas por el perpetuo ánimo bélico de su patria. Comprendemos que muchos de los que concurren a esa taberna son náufragos que ya no tienen a quien contarle lo vivido o padecido.


Fotogramas del cortometraje Los Cantantes (Sam Davis, EEUU, 2025)

“Judas devolviendo las 30 piezas de Plata”, Rembrandt

Fotogramas del cortometraje Los Cantantes (Sam Davis, EEUU, 2025)
La escasa acción de esta puesta en escena casi inmóvil, melancólica en extremo, la inicia el Charlatán. Observamos como él no tiene empacho en pedir dinero, una cerveza, un poco de atención a los que con la mirada perdida están acodados en el mostrador. Esa noche no tiene suerte. El tabernero le habla no sin compasión para pedirle que no importune a los que han llegado hasta allí en busca de compañía, calma y alcohol. Pero de pronto, al que llegó hasta allí a mendigar con un resto de dignidad se le ocurre una suerte de trueque, un modo de animar un poco el clima taciturno del local, donde sólo se oyen tristes intentos de diálogo. Con desparpajo, este audaz caradura le propone un canje inusual: su canto por una cerveza. Ante la reacción escéptica del cantinero, él no se desanima, y se jacta de que si estuviera ahí su esposa, se le caerían las medias al instante por lo admirable de su talento musical, y agrega risueño, lo mismo le pasaría al cantinero. Vale la pena destacar que esa es la única y efímera aparición en todo el film de una mujer, sólo esa mención humorística del Charlatán. El otro le responde que el hombre viejo que está en el extremo de la barra, con sendos tubos en la nariz, aunque no para de fumar, solía animar con sus canciones cada viernes, y el bar se venía abajo. Sin inmutarse, el Charlatán le responde que él puede cantar mejor que cualquiera de los allí presentes (“I can outsing anyone!”).
El tabernero se acerca al viejo para convencerlo de que participe y gane esa competencia. Ante su vacilación, él le cuenta un secreto de su negocio: entre todos los incontables billetes de un dólar que vemos colgando del techo como un bizarro empapelado, hay uno de cien que sólo él sabe dónde está, y que el mismo ha pensado a veces en sacar. Ese billete será junto con la cerveza el premio para quien cante mejor. Tras el consentimiento del viejo, el cantinero anuncia con entusiasmo a los parroquianos el premio ofrecido para quien sea elegido como mejor cantante esa noche. Parece otra forma de encontrar abrigo del helado invierno. Curiosamente, el relato de Turgenev transcurre en un bochornoso día de verano; el único alivio es la bebida, que en esa época no imagino fría. Uno de los acodados en el mostrador que ha intentado contar un pésimo chiste que probablemente ya contó muchas veces sin éxito alguno, empieza a entonar muy mal una canción, pero ante las miradas de reprobación se detiene en seco. La competencia va en serio.

Fotograma del cortometraje Los Cantantes (Sam Davis, EEUU, 2025)
Una luminosa epifanía en un sombrío bar de mala muerte y buena escucha
Lo que sigue en el film Los Cantantes sólo puede describirse como una epifanía, uno de esos momentos reveladores en la vida cotidiana que el joven escritor irlandés James Joyce entendía que quien se ocupa de transformar la vida en literatura tenía el deber de registrar y emplear en su literatura. Así describe Joyce la epifanía: “una súbita manifestación espiritual, ya sea en el habla vulgar o en el gesto o en una memorable fase de la mente misma” (Stephen Hero, 1904-1906). Nada podría ser más banal o común que los actos de quienes han concurrido a ese rústico y mal iluminado bar a compartir su soledad y abrigarla con humo y alcohol. Además de las varias derrotas vividas, los une la convicción de que ellos no podrían sentirse mejor en otro lugar, en ese momento de sus vidas. En medio de esa atonía ocre, estallará con gracia un momento epifánico, algo que rescata a los parroquianos esa noche, y nos rescata a los espectadores por mucho más tiempo.
Nada nos prepara para lo que sigue, salvo el anuncio del improvisado premio a quien mejor cante. Comienza a cantar quien solía animar veladas en la taberna, el Capitán como lo llamó Mike, el cantinero, pero ahora el hombre visiblemente no parece estar en su mejor forma para el concurso. Oímos de pronto, su leve y emotivo arranque del anónimo folk clásico The House of the Rising Sun. Al igual que la canción que le sigue, ésta llega a nuestros oídos como un sentido blues, la clase de composición musical que consiguió sublimar la tristeza en una melodía doliente y amarga como un tango, pero capaz de entibiar el alma. Cuando parece que ya está todo dicho, el desafiante caradura, que sentado al piano no dudó en acompañar y así amplificar el efecto de la emotiva canción del Capitán, arranca a cantar un blues tradicional cuyo origen se remonta a casi un siglo atrás, It hurts me too. Su ejecución al piano arranca exclamaciones admirativas de los presentes, entre ellas las de otro viejo con grandes y muy poblados bigotes blancos. Él piensa en voz alta que debería haber un empate, y también que quizás él vaya al infierno por no elegir la canción del Capitán, pero cree que las dos canciones deberían ser premiadas.

Fotograma del cortometraje Los Cantantes (Sam Davis, EEUU, 2025)
De pronto, la cámara nos lleva hasta el mostrador; allí vemos al cantinero de espaldas y también su reflejo en un ancho espejo detrás de la barra. Así, sin mirar a los presentes, él empieza a cantar con enorme sentimiento Unchained Melody, un clásico de 1955 que se volvió famoso en una versión de 1965. La emotividad conmovedora de su canto toma por sorpresa a todos los parroquianos. Cuando Mike termina, uno de ellos, con larga barba blanca y bastón, se acerca a abrazarlo sin decir una palabra, quienes antes cantaron y otros parroquianos hacen lo propio, hasta crear entre todos una especie de monumento viviente de afecto alrededor del cantinero cantor. Otro de los presentes, a quien aún no habíamos visto, se pone de pie y comienza a cantar un fragmento de una ópera de Richard Wagner, con lo que el film llega a su fin.

Fotograma del cortometraje Los Cantantes (Sam Davis, EEUU, 2025)
¿Cómo sería un mundo de relatos sin el peaje ginocéntrico?
¿Por qué hablo de la convincente representación de una suspensión creativa y sublime del ginocentrismo en el cortometraje Los cantantes? Hace mucho tiempo que, con la excepción, realmente excepcional, de algún film de guerra o de violencia extrema, no vemos en el cine ni en las series que ofrecen las plataformas de streaming a lo largo y ancho del mundo los signos visuales y audibles del afecto masculino en ausencia o en presencia de la mujer. Como si fuera parte de la incesante campaña para reclutar socios para el ginocentrismo, un film valioso en cierta medida como Hamnet (Chloé Zhao, 2025), un seguro ganador de varios premios Oscar, además de todos los otros previsibles que ya obtuvo, no deja de representar un desquite o una bien realizada revancha contra el protagonismo indebido del ilustre varón William Shakespeare. En esa fantasía biográfica, el dramaturgo brilla por su ausencia, no sólo de su hogar, donde queda su cónyuge abandonada en su maternidad y domesticidad, sino que luego de seducirla, sólo lo vemos ir y venir entre Londres y el pueblo de Stratford-upon-Avon como un alma en pena. El espectador queda con la fuerte impresión de que lo único o lo más creativo de la existencia del poeta inglés fue el conseguir el amor de Agnes, y engendrar a sus hijos. Tan solo los minutos finales de Hamnet permiten avizorar algo de su gran talento literario. No obstante, la escena final de Hamlet en el legendario teatro al aire libre El Globo, de nuevo, tiene como absoluta protagonista a Agnes, a su sufrida mujer, la fascinante y telúrica hija de una hechicera del bosque, que encarna con intensidad y enorme talento la actriz Jessie Buckley, y no al príncipe Hamlet.
Leo en una nota reciente de The New York Times (“For a Lesbian Twist on Cyrano, they enlisted an Indigo Girl”, Elizabeth Vincentelli, 02.03.2026), que un grupo de actrices lesbianas está preparando una versión de la conocida pieza teatral Cyrano de Bergerac (Edmond Rostand, 1897). La cronista se muestra admirada por la creativa adaptación de la obra convertida ahora en una comedia musical en la que el romance tiene como protagonistas a mujeres lesbianas. Tal vez el mundo anhelaba una versión totalmente femenina y lesbiana de esa obra masculina sobre la pasión oculta de un hombre talentoso e inseguro por una mujer que sólo la conocerá cuando sea demasiado tarde. Me pregunto, sin embargo, si no sería más valioso estéticamente crear una obra sobre los enigmas del alma enamorada que sea protagonizada exclusivamente por mujeres, si así lo desean sus autores. En mi ensayo de eXtramuros, sobre la adaptación cinematográfica de la novela La Uruguaya (Pedro Mairal, 2016), el foco de mi análisis es el insólito e inverosímil traslado o desvío del rol protagónico de la melancólica peregrinación de un escritor argentino a tierra uruguaya, como un fracasado Ulises rioplatense. Esa implausible modificación hace que quien no estuvo allí, su esposa, que sólo conoce esa aventura/desventura a través del relato de su marido viajero, se ve transformada en la voz segura y autoral de la narradora del film.
Camaradería, afecto, empatía, solidaridad, canto que nos llega con el vigor de lo espontáneo, profundo aprecio por el arte de esa forma musical improvisada. Más allá de su innegable valor estético, encuentro en Los Cantantes una refrescante pausa, una gloriosa interrupción de la interminable campaña y cruzada ideológica de aprecio por el otro sexo, por los sexos innumerables, por los géneros incontables, cada uno de ellos representado como merecedor del máximo aprecio y compasión. Sin duda, todos tienen, todos tenemos derecho a que nos guste lo que nos gusta. Lo que no parece tan compartible o admirable es el aderezar o revestir tantas creaciones audiovisuales y mediáticas con ese machacante ingrediente ginocéntrico para que entendamos de una vez por todas que ese es el auténtico, verdadero, exclusivo signo humano de la emoción, de la virtud, de la valentía, del derecho a proclamarse víctimas del otro género condenado a permanecer al margen de lo valioso, por sus pésimos antecedentes y por la escasa fe en su futura mejoría. De modo sencillo, no pretencioso, en sus apenas 16 minutos y medio de relato efectivo, el cortometraje Los Cantantes nos recuerda algo tangible, apreciable, que no es catalogable como una versión actual, embellecida del club de Toby, y menos aún una afrenta fílmica a todos los oprimidos por su género, raza u opción sexual.
A pesar de su brevedad, el film Los Cantantes nos envuelve en una reconfortante nube de afecto masculino, que no es misógino ni despectivo de nadie. Nos deleita contemplar a esos sobrevivientes rotos como despojos de un naufragio que dejó la marea; están en busca de algo que ni siquiera ellos saben qué es, pero quizás podrían encontrarlo en esa taberna perdida, al abrigo de la gélida noche nevada. Vemos en la representación de ese espacio de humo espeso, silencio y canción que habitan estos hombres una posibilidad que en el presente es constantemente obliterada, disminuida. Hablo del aprecio genérico por la especie sin la inflexible perspectiva de una moral elevada. Es un afecto desprovisto de los clarines ensordecedores de la cruzada redentora de una variedad de lo humano por encima de otra. En algo parecido a esta visión bañada en una tibia tonalidad ocre que atraviesan brillantes destellos de luz podría consistir nuestra común humanidad, cuando no se la trata de embutir en el rígido corsé ortopédico del género, de la raza, o de cualquier otro separador dualista y empobrecedor de nuestra esencial capacidad de querer y de gozar sin autoritarias divisiones prestablecidas.

