ENSAYO

Por Mariela Michel

El tango de Eladia Blázquez (1975) empieza así: 

“Miremos este espejo bruñido y reluciente
sin el engrupe falso de una mentira más…
Y vamos a encontrarnos con toda nuestra gente
mirándonos de frente sin ropa y sin disfraz…
Con toda nuestra carga pesada de problemas
hagamos un teorema de nuestra realidad…
¡Perdamos todo el vento1, la torre y el “alfil”!
¡En este “escrachamiento”, de frente y de perfil!

Imagino que el lector debe haber notado que en el título que elegí para este texto, hay una transcripción de una parte de la letra del tango, pero con una transgresión léxica voluntaria: Eladia Blázquez no dice ‘anti-escrachamiento’, sino, lisa y llanamente, habla de un “escrachamiento”2. Pero a modo de suspenso, voy a dejar para el final la explicación de por qué hago esta inversión del sentido original que creo necesaria para adaptar la letra a los tiempos que corren y a la sociedad en la que vivimos hoy. 

A pesar de que voy a comenzar por mencionar la infancia, el foco de este texto está en los adultos. El autoconocimiento es un proceso que dura toda la vida, y para ello los espejos nos brindan insumos imprescindibles. Pienso que es necesario que los adultos hoy nos miremos nuevamente al espejo, tal como lo hicimos cuando niños, como invita a hacerlo este tango creado en la vecina orilla. Mi hipótesis es que los espejos en los que nos estamos mirando actualmente reflejan una imagen distorsionada de la condición humana. Resulta muy difícil mantenerse inmune a un discurso omnipresente en medios de comunicación, redes sociales, centros educativos, instituciones estatales y para estatales, que nos describe insistentemente como seres discriminadores, racistas, violentos. Es como si todos deberíamos aprender o esforzarnos para ser empáticos, porque no lo somos por naturaleza. O si alguna vez lo fuimos ahora estamos inmersos en una cultura en la que hay, para mencionar sólo un ejemplo, un “racismo naturalizado”3. En ese mismo programa de Desayunos Informales, que, cabe mencionar, encontré buscando brevemente al azar en internet, la doctora en sociología Mónica Olaza describió el fenómeno del racismo como “un hecho social total, es decir, que no hay espacio en la sociedad donde el racismo no esté presente”.  Con una sola palabra, “total”, nos endilga a todos por igual una identidad negativa, rayana en lo delictivo, a saber, todos seríamos irremediablemente “racistas”. Lo digo porque ella estaba hablando no solamente de los uruguayos, sino que además invocó a un sociólogo francés para darle más legitimidad erudita a su convicción sobre ese supuesto “hecho social total”. Luego, la socióloga pasó a hablar con idéntica firmeza de la “negación del racismo”. Con esa afirmación la especialista invitada se adhirió a la mala costumbre de muchos profesionales de hacer interpretaciones psicoanalíticas (eso es una ‘negación’), sin tener ni formación ni título que los habilite para ejercer la psicología o la psiquiatría. Su título de “doctora” podría dar a entender a los televidentes que tiene plena autoridad para hacerlo, y por eso sus palabras pueden ser muy intimidadoras para el público general. Hacer uso del instrumental psicoterapéutico sin tener habilitación profesional es equivalente a realizar un abusivo acto médico sin serlo. 

Por otra parte, existe una modalidad discursiva equívoca que consiste en distorsionar una estructura gramatical para referirse a las características de algunas personas con dificultades de convivencia, con trastornos que se basan en un deficitario control de los impulsos, con problemas de agresividad discursiva o física, u otros problemas psicológicos.  Se lo hace mediante frases cuyo sujeto gramatical es el ‘nosotros’. La socióloga procede a hacer una injustificada generalización de lo atípico que induce a pensar que lo que en psicología se consideran comportamientos problemáticos serían parte del comportamiento universal. Este planteo desfigura la imagen de la condición humana en la que “todos” estaríamos incluidos. Sabemos que esa condición es la de ser seres sociales por naturaleza. Por algo la compositora Eladia B. canta que somos “chantas…y en el fondo solidarios, más al fondo muy otarios, y muy piolas más acá”. Todos los otros atributos son discutibles, pero lo que nadie discute es la observación de que somos “en el fondo solidarios”.  Por ese motivo estamos ante un discurso tóxico, porque contamina la imagen que tenemos de nosotros mismos, y por ende causa sentimientos disfóricos, depresivos. Considero que no ‘nos’ vendría mal iniciar un proceso de desintoxicación que implica realizar un movimiento reflexivo de la consciencia, para vernos como realmente somos, y así dejar atrás la imagen oscura de la condición humana, en lo que sería un proceso que bien podría llamarse de anti escrachamiento. 

Mirando mirarse a un niño: el largo camino del autoconocimiento

El desarrollo es un camino de autoconocimiento por el que todos nosotros hemos transitado en la infancia. También es un camino que con diferente ritmo se prolonga durante toda la vida. Todos pasamos por lo que se describe en psicoanálisis como el “estadio del espejo”, un concepto muy conocido en sus aspectos generales. No intentaré describir aquí esta etapa en toda su complejidad, sino mencionar apenas algunos elementos centrales a los efectos de hacer una argumentación que sea leída como una apología de la naturaleza humana. Una vez que atravesamos una etapa del desarrollo, no la dejamos atrás, sino que todo el crecimiento se basa en apoyarse en los logros anteriores para incorporar otros. En el desarrollo motor, una vez que el bebé aprende a sentarse, no deja de hacerlo. A esa habilidad, se le van agregando otras, como el volverse móvil, y luego correr, saltar, trepar etc.  Del mismo modo, el reflejo en la mirada del Otro va a volverse una forma ineludible de la autopercepción. El autoconocimiento requiere superar el punto ciego que, por definición, exige un movimiento reflexivo de la consciencia, para poder ‘conocer-se a uno mismo’. En la investigación sobre el desarrollo identitario que llevé adelante para escribir mi tesis de doctorado, una de las conclusiones a la que llegué incluye centralmente el aspecto relacional del autoconocimiento. La ‘percepción’ de nosotros mismos, que se conoce como ‘autopercepción’, involucra la interpretación de todo aquello que se nos presenta ante los sentidos. La introspección constituye el aspecto no mediado de este proceso, pero es solo un componente, nos permite acceso al elemento cualitativo de nuestros sentimientos. No obstante, esa información constituye apenas un elemento parcial que no llega a ser ‘conocimiento’, hasta que no interviene la mediación de signos, que es siempre relacional, hasta que no interpretemos nuestra experiencia.   En la etapa que estamos discutiendo aquí, la información nos llega a través del reflejo especular, más adelante será cuando podemos tomar distancia, para ejercitar la autopercepción. Este momento implica el haber adquirido la capacidad de tomar la perspectiva del otro. Esto último requiere mayor desarrollo de la capacidad de simbolización. Dado que nos vamos a detener aquí en la imagen especular, voy a traer una breve descripción de su función principal en el desarrollo infantil:

El niño a través de la mirada está “todo entero, allí afuera” (Philippe Julien), donde la imagen, formando parte de la causalidad psíquica, forma e informa, pues comienza el proceso identificatorio en la alienación originante. (Casas de Pereda, 2002)4

Hace poco, pude observar con fascinación como mi nieto de 6 meses, luego de varias veces de haber estado frente al espejo del mismo ascensor en la misma posición, un día detuvo su mirada en su propia mirada en el espejo. Quedó quieto unos instantes, giró el rostro hacia el rostro de quien lo sostenía en brazos reflejado en el espejo, y luego giró un poco más para mirar directamente a esa persona. Volvió a hacer ese recorrido visual varias veces. Parecía que estuviera preguntándose: si ese rostro tan conocido está a ambos lados del espejo, ¿quién es ese otro rostro que no conozco pero que está a su lado? Va a pasar aún bastante tiempo antes de que diga o piense “ese soy yo”. Pero lo que resulta claro es que, sin ese juego de miradas, sin ese reflejo en el espejo, y en la mirada de ese otro que lo sostiene, nunca podría llegar a decir un día “yo soy”. Yo soy ese a quien el otro mira, a quien le sonríe. Y si sonríe cuando me mira, veo en su mirada el reflejo de alguien valioso, alguien que pone contenta a esa persona por el solo hecho de que esté vivo. Por eso, no es cualquier reflejo el que permitirá que emerja una imagen positiva de sí mismo. Como en la descripción que sigue, de la psicoanalista citada antes, en el desarrollo siempre hay un “siempre y cuando”. Esta etapa es un momento crucial para el desarrollo de la identidad, se trata de un:

Punto nodal de articulación que emerge a través del “jubiloso ajetreo” del niño ante el espejo, siempre y cuando haya mediado la mirada de ese Otro que lo desea vivo.” (el énfasis es mío)

De vuelta en el Jardín de Villa Dolores, sin juego y sin alegría

La invitación que nos hace el tango es a mirarnos en un espejo brillante, bien pulido, con una superficie pareja. Una superficie no transparente, pero sí ‘bruñida y reluciente’ devuelve una imagen nítida y sin deformaciones.  No se puede negar que para que una imagen nos sirva para el autoconocimiento, tiene que ser un reflejo relativamente fiel. Debe ser una experiencia diferente a la vivida frente a aquellos espejos deformantes que estaban instalados hace ya unos cuantos años en el jardín zoológico de Villa Dolores. Aquellas superficies curvas nos devolvían cuerpos desproporcionados, con grandes panzas y pequeñas cabezas, que nos daban un cierto escalofrío no exento de diversión, porque sabíamos que era sólo un juego. Recibíamos una imagen que venía con una suerte de etiqueta con la expresión “de mentira”, como dicen los niños, cuando entran en el ámbito ficcional del ‘como si’. Y todo niño sabe la enorme diferencia que hay entre la realidad y la ficción. No es lo mismo jugar a superhéroes, que pelean ‘de mentira’, que recibir un golpe de puño certeramente aplicado en una pelea real, como sucedió en varios episodios recientes del enfrentamiento violento de adolescentes. 

Sin duda es difícil mirarse en un espejo reluciente frente a una luz intensa que no disimula ni una arruga, que no oculta ninguna de las florecientes canas, que si no fuera por ese delator tenaz serían fáciles de ignorar. Pero, con un poco de coraje siempre es posible apechugar contra los signos del pasaje del tiempo. Lo que nos resulta imposible es lidiar con una imagen deformada cuando no lleva la etiqueta ‘esto es de mentira’. Y mucho más insoportable que una deformación del cuerpo es una tergiversación de la identidad, cuando no se trata de un juego, sino, lisa y llanamente de una “mentira más”. 

¿A qué espejo deformante me estoy refiriendo? Estoy pensando en todas esas pantallas con las que tomamos contacto diariamente. Pueden ser aquellas a las que recurrimos para comunicarnos con los demás o para recibir información sobre el entorno cercano o distante. También pueden ser aquellas en las que apoyamos la mirada fatigada, al final del día. Tenemos la impresión de que son transparentes ‘ventanas al mundo’, pero luego de observarlas por mucho tiempo, nos damos cuenta de que hay allí un efecto deformante. Estas aberturas no solo transmutan lo que supuestamente es una visión nítida del mundo al que nos dan acceso, sino que actúan además como juegos de espejos que nos devuelven una imagen deformada e incluso monstruosa de nosotros mismos. Y no creo equivocado afirmar que a todos nos sucede algo similar: nuestra otrora jubilosa autoestima, la autoconfianza que una vez tuvimos, y la consecuente alegría de vivir, van disminuyendo en forma inversamente proporcional a las horas de exposición a esas pantallas. 

Me refiero aquí a esos dispositivos tecnológicos, porque están cada vez más presentes en la vida cotidiana. Pero también se puede constatar este mismo efecto distorsionador de nuestra imagen luego de reflejarse en otros espacios de alteridad reflectante con los que convivimos diariamente en instituciones educativas, de defensa de los derechos humanos, en ONG’s, en ámbitos políticos y sanitarios.

Me atrevo aquí a suponer, sin haber hecho ningún estudio como para afirmarlo con mayor propiedad, que si nos preguntamos o nos dirigimos a personas que conocemos buscando “encontrarnos con toda nuestra gente”, al decir de Eladia B., para preguntarles ¿qué piensan? ¿cómo somos?, la respuesta estaría teñida de un alto nivel de pesimismo. La pregunta que creo necesario que nos hagamos no es ¿cómo somos los uruguayos, o los rioplatenses?, sino ¿cómo somos los seres humanos? Es imprescindible responder a esa otra pregunta, porque ella constituye la base en la que se asienta la confianza en nosotros mismos. Y la confianza en uno mismo es fundamental para la supervivencia. Probablemente, la respuesta que obtendríamos sería muy diferente al “jubiloso ajetreo” de un bebé feliz ante su reflejo en el rostro sonriente de su madre. Esta hipótesis es la que voy a tratar de defender aquí, y también el hecho de que ese anti-júbilo que acompaña la pregunta ¿cómo somos?, se debe a que le estamos preguntando a un espejo deformante. Le preguntamos con seriedad ¿quién es la más bella? Y nos responde siempre, de modo implacable: “la más bella no eres tú”.

La más bella es….es…..Greta Thunberg

Muchos afirmarán que no somos niños, que no nos llega el juicio ni la desvalorización que reflejan los espejos de quienes toman la palabra en los espacios mediáticos, para enseñarnos a cuidar el medio ambiente. Con frecuencia, se escuchan frases como: “estamos destruyendo el medio ambiente”, “no sabemos cuidarlo”. Lo interesante es que esas frases no tienen como sujeto gramatical a quienes ocupan lugares de poder donde se toman decisiones sobre el medio ambiente. Con mucha frecuencia, ese ‘nosotros’ nos incluye a todos. Podría ser una coincidencia, pero llama la atención que muchos de nosotros nos ‘autopercibimos’ como destructores del entorno en el que vivimos: “somos adictos al consumismo”, “somos descuidados”, “somos indiferentes”. Pero ¿es cierto que somos así? 

Hace unos diez años, un amigo me mostró, asombrado, una suerte de experimento, realizado por un grupo de periodistas en Canadá, que fue registrado en YouTube.5 Es oportuno mencionarlo aquí porque el objetivo era responder a la siguiente pregunta: ¿hasta qué grado de incomodidad y esfuerzo están dispuestas a llegar las personas para cuidar el medio ambiente? En el video, se podía ver algunas personas que eran abordadas en la puerta de sus hogares a la hora de sacar el voluminoso recipiente de basura color verde que, en ese país, el municipio deja en cada casa para realizar un reciclaje cotidiano. Pero no se les planteaba esa pregunta de modo directo, sino que se les informaba que, de aceptar la tarea que les iban a encomendar, ellos estarían contribuyendo del mejor modo con el cuidado del medio ambiente. Frente a una cámara oculta, los supuestos trabajadores del municipio local iban colocando, de a uno, grandes contenedores de distintos colores, mientras daban instrucciones sobre el tipo de residuos que correspondía a cada uno de ellos. Las personas entrevistadas, con gestos de asentimiento y sin perder la concentración, se esforzaban por recordar criterios de clasificación cada vez más complicados. Todos aceptaron la titánica tarea, y se comprometieron a llevar adelante un trabajo que, por ser cotidiano, era sin duda agotador. Se podría decir que estas personas eran ingenuas, o incluso asignarles un estilo de comportamiento obsesivo, pero lo que nunca podríamos decir es que ellos eran indiferentes al cuidado del medio ambiente. El exceso de materiales descartables asociado a la multiplicación de supermercados y de envases cada vez más sofisticados, sumado al aumento de la vertiginosidad de la vida laboral en esta época, hace que la tarea de eliminar los residuos se vuelva cada día más exigente. 

También se podría objetar que el video descrito anteriormente, aún si hubiera sido clasificado como un video humorístico, no serio, sin ningún rigor investigativo, no representa a la población de nuestro país. Es un lugar común escuchar que, “en otros países la gente es muy limpia”, mientras que “nosotros, los uruguayos, somos sucios”. Sin embargo, recientemente la Intendencia de Montevideo implementó una política para reducir los residuos ciudadanos que consistió en insólitamente retirar las papeleras de las plazas y de otros espacios públicos. Para evaluar el impacto de esa política, se llevaron a cabo dos estudios, uno realizado por Equipos Consultores en 2021 y otro por la Universidad Católica en 2023, que constataron una reducción de los residuos en un 40%.6 ¿A quién corresponde el mérito por ese logro? Resulta evidente que el peso del mantenimiento de los espacios públicos, a partir de esa política pública, recayó casi exclusivamente en el público. Si descontamos las excepciones que siempre existen, y la conducta de los hurgadores que ocupan un lugar marginal en la sociedad, podemos extraer de estos estudios la conclusión de que ‘la gente’ se preocupa por el ambiente, porque está dispuesta a llevar hasta sus hogares sus propios residuos.  

Algo similar sucede con los contenedores. Hace un tiempo, fui a cuidar a mi nieta, y en un momento necesité llevar una bolsa de residuos al contenedor que recordaba había visto en su cuadra. Cuando me dispuse a hacerlo, luego de recorrer varias cuadras a la redonda, tuve que volver con la bolsa, porque mi nieta es pequeña y se cansaba de tanto caminar. Cuando volvió mi hijo, le pregunté dónde estaba el contenedor más cercano. Me respondió que desde hacía ya un tiempo, ellos habían optado por llevar la bolsa de basura en el auto, para ahorrar tiempo. Todas esas cuadras sin contendores que recorrí varias veces estaban relativamente limpias, y, una vez más, el mérito era pura y exclusivamente de los vecinos, y de su ingenio para imaginar diversas formas de mantener la limpieza de ese sector de su barrio en Malvín. 

No es mi intención hacer una crítica a la IM, sino hacer una alabanza a la conducta de la gente común, que, evidentemente, tiene mala prensa y poco reconocimiento. Pienso que, más allá de las excepciones, parece posible afirmar que ‘la gente no es tan sucia como la pintan’.

La más bella es….es…..bueno, no es nadie

  • Espejito, espejito, ¿cómo somos? ¿somos buenos? ¿somos capaces de empatía? 
  • Ni soñar, responde el espejo. Me he cansado de hacer campañas contra la discriminación, contra la homofobia, la transfobia, contra el racismo, contra la violencia de género, y nada…. todo sigue igual. Nos vemos obligados a enseñarles a todos ustedes a ser empáticos, a cuidarse los unos a los otros, a no tener discurso de odio, a no ser violentos. ¡¡¡Es una tarea de nunca acabar!!!

Ese diálogo imaginario, que parece extraído de un cuento infantil, no es ni imaginario ni está dirigido a los niños solamente. Se trata de un diálogo que está implícito en nuestra conversación cotidiana a través de los medios de comunicación con las instituciones que se auto- encomiendan la tarea de defender los derechos de las personas que sufren discriminación.  Las campañas dirigidas a combatir la discriminación asumen una relación de víctima y victimario que se extiende de modo generalizado a toda la población. Actualmente, vivimos inmersos en discursos mediáticos y educativos en los que la palabra ‘discriminación’, con todos sus sinónimos y casi equivalentes, se ha transformado en la parte central de una suerte de estribillo que escuchamos a diario hasta en los sueños. Existe una “dinámica de roles complementarios” (J. L. Moreno) ‘discriminador/discriminado’ que ocupa el centro de la esfera social. Y si hacemos la pregunta fatal: ¿a quienes están dirigidas esas campañas? Por supuesto que sabemos la respuesta. Están dirigidas a ‘nosotros’, o, como dice la letra del tango a “toda nuestra gente”, a aquellos que nos miramos en el espejo de la alteridad para preguntarnos ¿cómo somos?

La confirmación de eso que estamos sospechando viene con el aval de “muchos psicólogos”; muchos colegas que se han quemado las pestañas estudiando para llegar a esta conclusión: 

“Son pocas las personas que admiten ser racistas. Sin embargo, muchos psicólogos aseguran que la mayoría de nosotros lo somos, sin darnos cuenta.” (el énfasis es mío, MM)

Entonces, tenía razón el espejito. El efecto confirmatorio se produce porque esta cita fue extraída de una página informativa de nada menos que la BBC News Mundo;  la nota setitula: “¿Somos todos racistas y no lo sabemos?” Las peores sospechas sobre la condición humana también están respaldadas por un concepto científico que fue propuesto por un “investigador” (sic)7, que lo denominó “prejuicio implícito”. Este se puede estudiar aplicando una prueba muy sencilla que cuyas siglas en inglés es IAT (Implicit Association Test) y que se traduce como ‘Prueba de Asociación Implícita’. El único problema es que las investigaciones en las que se apoya ese concepto no han podido ser replicadas, según informa la misma nota periodística que divulga esta noción, porque cada vez que se aplica la IAT a la misma persona arroja resultados diferentes e incluso contradictorios. 

Pero según Greg Mitchell, profesor de derecho en la Universidad de Virginia, la replicabilidad de la IAT es muy baja. La prueba puede sugerir que tienes un fuerte prejuicio implícito contra los afroamericanos y ‘luego la tomas incluso solo una hora más tarde y es probable que te dé un resultado muy diferente’.

Un motivo para esto es que aparentemente el resultado depende en gran medida de las circunstancias en las que tomaste la prueba. (énfasis en el original)

A pesar de que esta prueba, por falta de replicabilidad, no tiene “fiabilidad”8 científica alguna, “muchos psicólogos” (sic) la han utilizado como constructo válido para diagnosticar a toda la población mundial y a nuevamente ‘interpretarnos’, en el sentido psicoanalítico del término, a todos como uniformes portadores de un prejuicio que operaría desde nuestro ‘inconsciente’. Porque, en última instancia, lo que la aplicación del término ‘implícito’ en psicología cognitiva significa equivale a lo que en la teoría psicoanalítica se denomina “inconsciente”.  

La memoria implícita, también conocida como memoria procedimental o memoria sin consciencia, es aquella que opera a nivel inconsciente. No somos conscientes de ella, pero influye en nuestras acciones y comportamientos. Esta memoria se manifiesta en habilidades y hábitos que hemos adquirido a lo largo del tiempo. (Definición extraída de n texto de divulgación de conceptos de la psicología titulado Memoria explícita y memoria implícita: Definiciones y funciones)

Ni una palabra más. El espejito cuando transmite la voz de “muchos psicólogos” tiene la última palabra, a pesar de que no nos demos cuenta de ello. Un lugar común es suponer que los psicólogos recibimos el título para interpretar el inconsciente de todos, de cualquiera y hacerlo en cualquier momento y lugar. Por eso, es común observar que muchas personas tienen un temor al psicólogo.  Y, de acuerdo a lo que estamos presenciando actualmente, tienen razón en temer. Páginas como esta ratifican la falacia de que estudiamos para conocer el inconsciente de ‘la gente’, y que llegamos a conocerlo mucho mejor que ellos mismos.  Además eso nos daría, insólitamente,  el poder de endilgárselo en pleno rostro estupefacto a quien busca auto-conocerse, al mirarse en nuestro espejo. 

Pero esa creencia es totalmente falsa, porque el título solamente nos habilita a “interpretar” en el marco de un “encuadre” psicoterapéutico, en el que “el interpretado” nos otorga esa potestad y siempre tiene la última palabra. Existe, es cierto, en la teoría el concepto de ‘negación’, y muchos tenemos la habilitación para interpretar a quien lo solicita, en el marco de una sesión de consulta,  actitudes ‘inconscientes’. No obstante, luego debemos convencerlo de que cuando hacemos esta interpretación lo estamos reflejando adecuadamente, y no apenas ‘proyectando’ nuestros propios contenidos inconscientes sobre él o ella. Si las cautelas para que esto no suceda no se toman, estamos ante un abuso de la función legítima que nos otorga la profesión. En esos casos, actuaríamos como aquellos espejos del antiguo Jardín Zoológico de Villa Dolores, y no haríamos otra cosa que reflejar una imagen totalmente distorsionada de quien está ante nosotros, y lo que es peor, lo haríamos con el amparo de la autoridad que nos otorga la profesión. 

Precisamente, esta distorsión abusiva es lo que está sucediendo, cuando se atribuye a la humanidad toda el tóxico concepto de ser poseedores de un “prejuicio implícito”. Esto está reconocido por el propio “investigador”, que confiesa que su investigación no es fiable. A pesar de eso, muchos psicólogos se lo podemos atribuir a quien se nos antoje, porque para eso tenemos un título que nos legitima. Podemos “asegurar que muchos de nosotros lo somos (racistas), sin darnos cuenta”. Así que nadie más se atreva a preguntarse ¿cómo somos?, salvo que realmente nos cercioremos de estar ante un espejo “bruñido y reluciente, sin el engrupe falso de una mentira más”.

Ni una mentira más

Hace un tiempo creímos que con el fin de la dictadura militar, habíamos entrado en una era de disfrute del pleno ejercicio de nuestra libertad, por la convicción y la firme decisión de defender la proclama del “nunca más”. Y fue a partir de ese momento que hubo un punto culminante en una celebración multitudinaria, animada por la esperanza de recuperar la alegría. Ese sentimiento pudo verse en los rostros de muchísimos compatriotas, como nos lo recuerda un texto de 27 de noviembre de 1983 titulado Aquel Río de Libertad, que por algún motivo se coló, desfasado en el tiempo, entre las páginas de internet: 

La ciudad que había enterrado a sus muertos –desde Líber Arce para acá– en largas caminatas por Burgues, por Agraciada, por Las Heras, con aquel sordo, pesaroso murmullo multitudinario, llenaba ahora las calles convergentes con una alegría contagiosa.

Todo hacía pensar que se estaba por volver realidad la promesa que nos habían hecho los músicos Rubén Olivera y Mauricio Ubal de que volvería la alegría. Sin embargo, la palabra ‘alegría’ que ellos dejaron pintada en los rostros de quienes formamos aquel río callejero, hoy se encuentra opacada por palabras desalentadoras que resuenan en esas misma calles antes esperanzadas. 

¿En qué se basaba el sentimiento ilusionado de aquella época prometedora? Se basaba en que una vez recuperada la libertad, viviríamos con relativa armonía, porque las fuerzas opresoras habrían entregado los espacios de poder. Nadie hubiera imaginado que de esos espacios mediáticos de donde llegaban los “comunicados” oficiales con una tonalidad atemorizante, hoy iban a llegar mensajes que, de un modo diferente, siguen siendo inquietantes. Ahora, no es protagónico el temor a las fuerzas conjuntas, pero la alegría que prometió “volver” sigue chocándose contra un espejo opaco.  En parte, esto se puede explicar por una sobreabundancia de ‘campañas de sensibilización’, que tienen el objetivo de combatir las diferentes formas de discriminación. A pesar de su buena intención, estas producen, por necesidad lógica, un efecto secundario desde el punto de vista psicológico.  El poner el énfasis cotidianamente en las conductas agresivas o violentas que se procura reducir inevitablemente transmite el mensaje de que estos comportamientos son la norma en la sociedad en la que vivimos. Por ese motivo, las campañas mencionadas terminan por promover la desconfianza entre aquellos mismos ciudadanos que, en aquel entonces, al final de la época dictatorial, nos sentíamos unidos por una causa común: la recuperación de la libertad y de la alegría. 

El texto de la BBC discutido arriba hace explícita esa misma concepción de la condición humana: todo ser humano es un discriminador potencial, porque carga consigo un ‘prejuicio implícito’, del cual no es consciente. Existe un presupuesto, es decir ,algo que se da por sentado, que proviene del discurso de algunas organizaciones sociales y que es transmitido por los medios de comunicación, a saber, que todos los hombres, por ser integrantes de una ‘sociedad patriarcal’ tendrían una disposición cultural a tener conductas ‘machistas’. Dicha inclinación exigiría una constante vigilancia interna. Esta creencia implica lógicamente que hay una predisposición complementaria en todas las mujeres. Tendríamos que hacer un esfuerzo de lucha constante para evitar una inercia que nos llevaría del rol complementario, a causa de un sesgo cultural, es decir, a ocupar el lugar de ‘la víctima’, alguien proclive a la sumisión. En otras palabras, todos, hombres y mujeres, para convivir en armonía, deberíamos estar atentos, si queremos evitar ese ‘prejuicio implícito’ y universal, que se nos advierte, pasaría desapercibido. Esto nos recuerda a la época de “la pandemia”. En ese entonces, las campañas de sensibilización para evitar la Covid-19 reflejaban una imagen de seres humanos que debían estar muy atentos a una enfermedad que todos podíamos llevar dentro sin percibirla. Tal como surgió el curioso diagnóstico de que éramos sin excepción posibles “enfermos asintomáticos”, por lo cual había que desconfiar de tener un estado normal de la salud, en el presente debemos seguir desconfiando de nuestra naturaleza, por ser incapaces de darnos cuenta, de percibir nuestros dañinos prejuicios no manifiestos, pero existentes.

  • “Espejito, espejito, no me veo ni enfermo, ni prejuicioso, ni machista, ni contaminador”
  • “Tienes un problema de autopercepción hijo mío. Debes consultar a una socióloga”

Notas

1. Tuve que recurrir a internet para conocer el significado de la palabra vento: “VENTO: ‘dinero‘. Terminaré esta exposición de italianismos con la forma citada. Es una de las primeras voces lunfardas que se documentan y todavía pervive hoy en el habla porteña.”

2. Encuentro en una página de internet este origen del término ‘escrachamiento’, que justamente cita el mismo tango: “El segundo, ‘Fotografiar a una persona’: «Con toda nuestra carga pesada de problemas / hagamos un teorema de nuestra realidad… / ¡Perdamos todo el vento [dinero], la torre y el alfil! / ¡En este escrachamiento, de frente y de perfil!» (Somos como somos, tango de Eladia Blázquez).” En nuestro país, el término puede haber adquirido una connotación negativa asociada a la costumbre de hacer ‘escraches’, se trata de una práctica grupal que se encarga de señalar o denunciar en la ciudad, de modo notorio, a personas que en la dictadura han tenido conductas delictivas pero que se mantienen impunes.

3. Expresión de Alicia Esquivel Presidenta de Uafro, magister en Políticas Públicas y Género en Desayunos Informales  (Canal 12, 17 de julio 2020).

4. Cita extraída del texto “Entorno al rol del ‘espejo’: Winnicott, Lacan, dos perspectivas. Retirado de https://querencia.psico.edu.uy/revista_nro4/myrtacasas.htm

5. Solicito al lector la confianza en mi memoria, porque el registro ya no está accesible en YouTube.

6. Ver Montevideo Más Verde: Evaluación de impacto sobre retiro de papeleras retirado de https://montevideo.gub.uy/noticias/medio-ambiente-y-sostenibilidad/evaluacion-de-impacto-sobre-retiro-de-papeleras.

7. La página que lo describe como “investigador” luego niega que la investigación en la que se basa el concepto propuesto tenga validez científica.

8. “La fiabilidad, en esencia, se refiere a la coherencia de un estudio. Si un estudio o prueba mide el mismo concepto repetidamente y arroja los mismos resultados, demuestra un alto grado de fiabilidad.”. Definición extraída de la página Validez frente a fiabilidad en la investigación científica: ¿cuál es la diferencia? https://atlasti.com/es/research-hub/fiabilidad-vs-validez