JUAN JOSÉ ROSELLI HENESTROSA

Introducción 

Los dos  breves cuentos aquí contenidos forman parte de un tríptico incompleto, titulado Tríptico Somersiano. Su autor incursiona en un campo para él desconocido, la ficción literaria. No pretende dar a luz un producto con valor artístico, sino dejar testimonio del vínculo cultivado con Armonía, a través de una lectura que le ha permitido acceder a la dimensión más  profunda de su arte,  por la que trascendiendo una relación gnoseológica entre autor y receptor, ha ido deslizándose  hacia un   contacto ontológico con el alma de Armonía a través del cuerpo de su obra.
De este modo ha podido confirmar el cumplimiento de su promesa de contestar a todos aquellos que sepan leerla
La razón del carácter inconcluso del tríptico está en que el autor no ha podido acceder a los textos cuya lectura e interpretación daría continuidad al diálogo que culminaría en el tercer cuento. Esos textos, manuscritos y algunos cuentos inéditos, se hayan confinados en los archivos de la Universidad de Poitiers hace cuatro décadas.   
Creemos que Miguel Ángel Campodónico y Nicasio Perea San Martín entregaron los manuscritos al cuidado de la Universidad de Poitiers cumpliendo con la voluntad de Armonía, que es la misma que ahora exige su liberación.

                                                                                Círculo Somersiano de Montevideo


                                              I- El aprendiz de hombre -I

Cuando el  1º de marzo de 1994 murió Armonía Somers, la editorial Linardi y Risso no había ingresado aún a  imprenta el “Tríptico en amarillo para un hombre ciego”,   último libro de cuentos escrito por Somers  que pasaría entonces a ser su obra  póstuma. 

Alvaro Risso había trabajado meticulosamente con Armonía en esa edición.  Diseño de portada, tipografías, calidad y color del papel, tipos de tintas. El volumen contenía el testamento de Somers y en ese documento, como en una pintura, no debía descuidarse ni dejar espacio alguno sin imprimirle un valor simbólico.

La pena por la desaparición de la amiga, agravada por el hecho de que ella no hubiera alcanzado a ver materializada su última creación hace que a Risso se le ocurra  la idea, rara en alguien más bien escéptico, como creía serlo en aquel entonces, de realizar  un ritual solitario. Le llevaría un ejemplar del tríptico y lo dejaría sobre la losa de granito de su tumba    bajo la lápida en la que solo está grabado el  nombre de la escritora.   

Una tarde de primavera,  Risso entró al Cementerio Británicco, libro en  mano. Se dirigió hacia el muro que da al este, sobre el que asomaba la  copa de un Paraíso en flor.   Divisó de lejos el perfil  de la Araucaria aún en pie y caminó lentamente por el sendero de gravilla, atento al canto de un pájaro que no supo identificar. En absoluto silencio, dejó el libro amarillo sobre la cabecera de la losa y luego volvió sobre sus pasos.  

El libro quedó allí a la intemperie. Al tercer día uno de los funcionarios de mantenimiento del cementerio, movido por la curiosa coincidencia entre el nombre de la lápida y el de la tapa del libro, lo recogió y guardó en el bolsillo de su campera. Pensó que había algo de profanación en el acto, pero si él no lo hacía, la propia inclemencia del  tiempo que ya había comenzado a dejar  huellas terminaría por destruirlo. Además si no era él, sería alguno de los intrusos que saltaban los muros por las noches en busca de bronce o cualquier cosa que pudiera venderse.

Volvió a su casa por la noche, descargó el  bolso del trabajo en el que había traído las compras del almacén y encontró junto al paquete de fideos, la lata de pulpa de  tomates y unas cebollas  el libro que había confiscado en la tarde. Se sentó junto a la mesa donde dejó las compras, y comenzó a leer. _“El hacedor de girasoles. Tríptico en amarillo para un hombre ciego” _ ¿¡Qué título!? ¿A quién se le puede ocurrir que alguien haga girasoles?  Empieza con la primera  página y no entiende nada, continúa y menos aún. Salta hacia adelante, intenta con otro cuento y peor. Luego una entrevista en la que no logra descifrar de qué  están  hablando… _ ¡Parece que estuviese escrito en otro idioma! Frustrado, abandona   sobre la mesa el único e incomprensible ejemplar  que había ingresado en esa casa.  Pone agua a calentar  para tomarse unos mates mientras prende la televisión para ver el informativo antes de empezar a hacer el tuco para los fideos. 

Pasaron muchos años, no sabría decir cuantos, pero el viejo ex funcionario de la necrópolis británica, puesto a tirar cosas inservibles acumuladas por años,  encontró  en una caja que contenía revistas, almanaques viejos, catálogos de supermercados y diarios humedecidos,  aquel libro inentendible. Sin muchas esperanzas, lo abrió y dejó pasar las hojas entre sus dedos. Súbitamente unas palabras captaron  su atención “A la Araucaria del Cementerio Británico”. Sería, sin duda, la   araucaria que había caído en el temporal del 2009.  _¿Pero de qué trataría ese cuento dedicado a la Araucaria  titulado “Un remoto sabor a cal”? Comenzó a leerlo y, nuevamente,  el muro impenetrable estampado de letras. Pero su curiosidad lo empuja y continúa con la lectura hasta que llega a algo que sí entiende e identifica plenamente. Los dos personajes que  aparecen  son sin duda  él y su compañero de trabajo, el difunto   Flaco Vermelli. Pero lo más increíble era que recordaba lo que estaba leyendo,  el  encuentro y diálogo   con aquel extraño afeminado que rondó el cementerio por algún tiempo. 

¿Cómo era posible que el cuento narrara algo sucedido años después de haber sido escrito?  ¿La autora habría avistado el futuro? ¿El cuento era un espejo mágico en el que se había reflejado el futuro o su vida era  reflejo o copia de un cuento escrito en otro tiempo?    ¿Qué tipo de magia poseía esa Armonía Somers?

Era tan raro eso de  encontrarse dentro de un cuento que pensó si no estaría siendo ahora también inscripto en uno. ¿Qué camino debería seguir? ¿Qué tendría que hacer él o ese personaje literario? Sin ninguna duda, seguir leyendo.

Dedicó todo su tiempo y energía a leer la obra de Somers. Merced a tan alta hechicería, aprendió a leer el aprendiz de hombre.  Sin saberlo lo hacía de  forma sofisticada pues solo leía ediciones prínceps suministradas a precios alquímicos por  un librero de Tristán Narvaja. 

  Y así logró introducirse  en el  mundo y  el arte mágico de Armonía, profundizó  en los  símbolos herméticos de su filosofía oculta.  Hurgó en  grimorios y herbarios, leyó sobre fantasmas y dobles etéricos,  sobre ángeles y súcubos,  fotos Kyrlian   y fenómenos telepsíquicos,  sobre  la gnosis y la metempsicosis…   

Intentó compartir el portento con  ilustres académicos y prestigiosos críticos, pero ni la buena, nueva ni él   fueron  bien recibidos. Lo comprendió y no le importó. 

Consciente de su condición de criatura literaria aguarda expectante, leyendo, el desenlace de la  novela,  con la esperanza de que un próximo autor recreará el  mismo personaje en una nueva y mejorada versión. 

Amén.

                                                             II- Arborescencia -II 

Prólogo

Conozco a Armonía Somers tanto como un personaje puede conocer a su autor. 

 Creo que su alma literalmente  pervive en su obra literaria en la que durante su vida fue guardando   el contenido de su memoria, disuelto, depurado y condensado en palabras.  De este modo, sus cuentos y novelas fueron el atanor donde fue procesando sus vivencias convertidas en relatos en los que recreó su vida,  con el propósito de prolongarla a través de ellos  . 

 La leo, le pregunto y ella contesta. 

 Deambulo por sus páginas y, a menudo, por los senderos del Cementerio Británico. También he vuelto a recorrer los laberínticos   corredores del Palacio Salvo, la desembocadura del Pando en el Rio de la Plata  entre las dunas y  pinos que rodean a  Somersville.

Su obra se abre y se cierra entre árboles. En su primera novela “La mujer desnuda” Rebeca Linke llega a un bosque habitado por hombres dedicados a derribar árboles a hachazos.   Y en su libro póstumo “El hacedor de girasoles. Tríptico en amarillo para un hombre ciego” las últimas palabras que dejó escritas fueron: “Pero perdón, mi amigo, basta por hoy. Entiéndame, quizás estemos cerca de la última palabra, y necesito algunas más para hablar con mis árboles” 

El  cuento final del tríptico,titulado “Un remoto sabor a cal” está  dedicado a la Araucaria del Cementerio Británico. El árbol ya no está, pues como anticipaba en el cuento, fue derribado en una tormenta, yo a  través del tiempo la imagino una Araucaria heterophylla pues en el ápice de esta   conífera   puede verse un crucifijo sobre  un cáliz. 

Al final de uno de los pocos reportajes que accedió  a hacer   en vivo, Carlos Ma. Domínguez  le habló de una adolescente  internada en un psiquiátrico porque en su delirio,  no podía soportar los  gritos de dolor   de las hojas de los árboles cuando  caían en otoño. En la puerta,  antes de irse, Armonía  le preguntó al escritor tomándolo del brazo: ¿Y si en verdad gritan?… 

Podría seguir mostrando la íntima relación de Armonía con los árboles, pero para prólogo basta con esto.

Diálogo

 Una tarde en que visitaba la tumba de Armonía   vi que al costado de la loza de granito había brotado   una pequeña planta que parecía un yuyo. Me acerqué a verlo, intenté sacarlo pero era duro y estaba firmemente arraigado. Días después volví al cementerio. Había cesado una intensa lluvia, dando la sensación de llevarse  todas las impurezas del paisaje. Y allí seguía la planta, tiré de ella y salió sin resistencia. Parecía un pequeño árbol. De regreso en mi casa, la planté en una maceta y comencé a indagar  a qué especie  pertenecía. Sorprendido, descubrí que parecía ser un Ficus elástica, lo que conocemos como un gomero. La semilla germinó enviando sus  raíces  hasta   la tierra para nutrirse del humus  al que se habría reintegrado  el cuerpo  de Armonía.

El Ficus  elástica es “pariente cercano” del Ficus religiosa, también conocida como Árbol Bodhi, bajo el cual Sidharta Gautama alcanzó el despertar saliendo así  del ciclo de la reencarnaciones. Lo consideré un mensaje simbólico enviado por alguien que creía en la metempsicosis.

Convivo con el árbol, ahora proyecto de bonsái, que cuido como una reliquia viva del espíritu de Armonía.

Si he llegado a esto o hasta aquí, es porque años atrás Armonía había puesto en mi la piedra de la locura, de la sagrada locura, la theia mania, de la que habló el griego en el Fedro. Ahora empezaba a ver que la pepita áurea, era una semilla y que al igual que el pintor Regis Bonald, protagonista de “La piedra de la locura”, el  primer cuento del “Tríptico en amarillo para un hombre ciego”,  la semilla se convertía en planta.

La proximidad de la tumba de Juan Storm, quien guiara mis frustrados intentos en el mundo de la pintura, parecía corroborar mis conjeturas.

La planta, ya árbol de la locura, crecía dentro de mí y salía hacia el exterior, tanteando con un  heliotropismo anhelante de respuestas,  ¿de dónde había llegado la semilla de aquel Ficus?  No había en el cementerio un solo ejemplar de esta especie. ¿Qué pájaro perdido o telepsíquicamente dirigido la habría llevado hasta el sepulcro?  

La respuesta me fue dada en la calle  que corre junto al  muro  Este del cementerio, sobre el que está ubicada la tumba de Armonía. Allí estaba, entre los árboles de la Avenida Tomás Basañez, cuya vereda Oeste está plantada con ejemplares de Liquidambar y la  del  Este con  Paraísos. 

Caminé por sus veredas y cuando llegué al Paraíso que está a la altura de la tumba de Armonía, lo vi.  Encaramado sobre su tronco, en  abrazo mortal, se yergue  un inmenso Ficus aurea llamado también Ficus estranguladora, cuyas ramas atraviesan la copa del Paraíso desbordándola por todos lados. 

La trasparencia de la alegoría  exime de comentarios , la profundidad del símbolo exige silencio en el que reverberen sus infinitos sentidos.

Armonía prometió: “Leedme y os contestaré”.  Aquí en símbolo vivo, escultura vegetal, arte natural, ficción que invade la realidad, vida que trasciende   la muerte.  Quien sepa verlo estará iniciando el viaje, ojalá sin retorno, a la dimensión mágico sacramental de la existencia.  

Epílogo 

 Es posible que cierta estrechez de miras y un  pensamiento  afectado por un jíbaro reduccionismo en el cual el mantra “esto no es más que..”, y “no hay más que…cosas, conceptos, causas, casualidades…” ,  impida a algún lector  darle cabida a lo numinoso de la historia.

Como prueba de su verdad puedo aducir mi escases de  elocuencia, erudición e imaginación que me imponen fidelidad a unos hechos que el lector podrá constatar por si mismo y que traslucen un sentido fácilmente reconocible.

Armonía no creía en un Paraíso eterno en poder de un Estado  administrado por sacerdotes,  sino en un prolongado proceso, justo y necesario, de reencarnaciones,   en las que la Vida se manifiesta   metamorfoseándose,  vida tras vida, capítulo tras capítulo, como  humano, pájaro, árbol, libro… Se trata de explorar la misteriosa  trama  para llegar a  saber de dónde venimos y mejorar el rumbo  hacia dónde vamos.

                                                III – ¿……………. ? – III

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