ENSAYO

Desde el particular diálogo, quizás inaugural, murallas de por medio durante el sitio de Montevideo de 1812, entre Francisco Acuña de Figueroa, escribiendo desde adentro las tragedias del encierro, y Bartolomé Hidalgo cantando desde afuera las burlas desenfadas, la literatura nacional (¿ya éramos entonces una nación?) ha tenido sucesivas oleadas y pleamares de estilos, objetivos, intenciones y por supuesto géneros para abordar la realidad, la que atrapa los sentidos y los cerca, como materia prima de obras literarias. 

Por Valentín Trujillo

Voy a centrarme en la narrativa rural, una de las dos grandes vetas junto a la urbana (a la que nos referiremos luego), porque allí están los orígenes de una literatura nacional hoy desdibujada, que ha cambiado de horizontes y que merece una mirada crítica, no al ombligo (que a veces ni siquiera se reconoce) sino a la distancia de lo propio, con todas las complejidades que esto implica. La pregunta y la exploración por las raíces pasadas y las ramas presentes de lo nacional en la literatura se justifica como búsqueda de un timón, de un rumbo, incluso en su anacronismo, incluso en su reflejo avejentado, en medio de la tormenta posmoderna agonizante, de la globalización y la universalización de criterios estéticos y artísticos. El rastreo de los orígenes tiene varias vetas: la narrativa rural es una de ellas.    

Acevedo Díaz funda una literatura, una novelística que por primera vez se puso por objeto retratar los inicios históricos del país. “Muchos vieron en sus novelas (…) al mejor intérprete de la procurada raíz uruguaya”, al decir de Pablo Rocca en el prólogo de Protestas armadas, dentro de la colección de los Clásicos Uruguayos de la Biblioteca Artigas.   

 Si hacia la última década del siglo XIX, Eduardo Acevedo Díaz cantó las loas a las guerras de independencia ya las gestas heroicas que dieron parto a la incipiente y titubeante república, con los gauchos patrios como principales protagonistas, los que románticamente dieron la vida por la libertad, la generación que vino después enfrentó otro panorama, en un arco que posiblemente se haya cerrado en los campos de Masoller, en 1904.  

A más de medio siglo del debate teórico, en medio de un mundo que traspasó las fronteras y las distancias de la comunicación y la virtualidad, y en que el concepto de territorio se ha desnaturalizado, creo válida aún la pregunta por el arraigo, aunque la narrativa campestre esté al borde del desahucio.

Para cuando un cuentista formidable como Javier de Viana, auténtico cultor de la narrativa breve, tomó la posta ya en esa misma última década del siglo XIX y en la primera del XX, luego de haber peleado en las dos revoluciones blancas (en 1897, junto al propio Acevedo Díaz), de aquel gaucho épico, pleno de vitalidad y plenitud, queda poco y nada. Serafín J García describe en un artículo de la Revista Nacional el ambiente de los cuentos de de Viana como “la vida campesina en esa etapa sombría de su desarrollo”. 

Con los gauchos acorralados luego de por lo menos dos o tres décadas de alambramiento y corrección jurídica y policial en la campaña, las vidas de esos personajes recorren existencias mezquinas y empobrecidas, material y espiritualmente. Los gauchos habían perdido la libertad, la nobleza y habían caído en el lodo de los vicios morales. La violencia se vuelve explícita y visceral. La suerte y la fortuna le han abandonado. En su muy extensa Historia crítica de la literatura uruguaya (1912), Carlos Roxlo hace una minuciosa descripción entre las enormes diferencias de estilo entre el “homérico” Acevedo Díaz (que tiene su correlato poético en los versos de Antonio Lussich) y el perfil “naturalista” de Javier de Viana, más cercano a la descripción realista y periodística de la realidad.  En otro tono y extensión, los dramas decadentes desde el lado del propietario rural son el cerno en la obra de Carlos Reyles. 

Receptores de estas tradiciones, una larga lista de narradores atravesó el siglo XX uruguayo, desde Yamandú Rodriguez a Enrique Amorim, de Juan José José Morosoli a Julio C Da Rosa y Mario Arregui, de José Monegal a Paco Espínola y Eliseo Salvador Porta.  Desde el campo poético, Serafín J García y la poesía folklórica de Ruben Lena,

Víctor Lima, Osiris Rodríguez Castillo y los payadores mayores, como Wenceslao Varela, Abel Soria o Gabino Sosa, solo por nombrar algunos, respondían en temática y surco a los narradores. 

Pero la mirada desde Montevideo hacia los fenómenos de la literatura rural tuvo sus soslayos. La propia generación del 45 tuvo grandes divergencias en la forma de encarar el fenómeno literario y la valoración de estilos. Los grupos internos y las conformaciones de las afinidades (sobre todo el conformado por la revista y editorial Asir, frente al resto de los grupúsculos) tuvieron hacia la producción del ámbito rural ponderaciones variadas.

A principios de la década del 60, dos destacados representantes de la generación del 45 como el narrador y poeta Mario Benedetti y el historiador José de Torres Wilson, afincados en Montevideo, definieron desde un artículo y un libro muy breve,  algunos conceptos de moda en la época, como las palabras “arraigo” y “evasión”, que ya habían sido abordadas por el propio Benedetti una década antes, en una reflexión el localismo y el universalismo en la literatura del continente americano. Lo notorio, sobre todo en el caso de Benedetti (un autor que había explorado unos años antes un intento de perfil de la ciudad con sus cuentos “Montevideanos”), es el grado de autocrítica sobre su producción, y el desdoble de los términos adecuados a contextos precisos.     

Benedetti desbroza el terreno y reúne las familias de palabras asociadas a cada grupo: en una explicación primaria, los “arraigados” como los apegados a la tierra, al campo, a lo telúrico, a la heredad y la tradición, mientras que los “evasivos” pertenecen al campo semántico de lo celeste, lo inefable, el misticismo, la irrealidad y la fantasía. Pero este panorama primario presenta, a las primeras de cambio, varios problemas, porque resultó que para muchos escritores montevideanos, el campo también significaba “evasión”. La mayoría de los nacidos fuera de Montevideo, escribían desde Montevideo, y los contextos se confundían superpuestos en las páginas. De Torres caló un poco más hondo: “Esta especie de complejo de inferioridad de nuestra realidad con respecto al arte concebido inconscientemente como quehacer superior, ‘elevado’, es la que ha quebrado el espinazo a la mayoría de nuestros intentos de hacer literatura”. 

A más de medio siglo del debate teórico, en medio de un mundo que traspasó las fronteras y las distancias de la comunicación y la virtualidad, y en que el concepto de territorio se ha desnaturalizado, creo válida aún la pregunta por el arraigo, aunque la narrativa campestre esté al borde del desahucio. Quizás Tomás de Mattos fue el último gran escritor uruguayo que ambientó una novela en el área puramente rural, con Don Candinho o las doce orejas. Al año siguiente, Viralata, del artiguense Fabián Severo, ambientada en un pueblo de frontera, recupera un habla particular (el portuñol), e implica un reconocimiento de un contexto lingüístico y cultural antiguo pero ausente en la literatura uruguaya. En 2017, Luis Do Santos con El zambullidor impuso una novela de corte fluvial, ambientada en el río Uruguay, que se conecta con parte de la obra de Carlos María Domínguez. Pero son apenas excepciones de una ausencia mayor, porque es inmenso el campo fértil para la literatura que el Uruguay y sus escritores dejan pasar de manera olímpica, obviando espejos y reflejos identitarios. 

¿Dónde se encuentran hoy los personajes de una posible narrativa rural? ¿En los cambios del paisaje, en los nuevos bosques forestados donde hasta hace poco había cerros pelados o campos desiertos? ¿En las familias que parcelaron y transformaron una vieja estancia ganadera en hectáreas arrendadas para producir soja? ¿En los pueblos transformados por los fenómenos económicos, o en los que aún mantienen las mismas costumbres desde el siglo XIX? Por supuesto que lo material no condiciona toda la vida de un pueblo, y, como bien escribía Benedetti en su artículo “mexicano”, los contextos bien pueden ser un telón de fondo, y los argumentos básicos de las historias pueden ser los universales (los celos, las traiciones, el amor, el deseo, la ambición, etc), que son aptas a desarrollarse en Tupambaé o en Punta Carretas. Pero los perfiles rurales del Uruguay, base de la producción nacional, son de los menos transitados por la literatura vernácula. Es una carencia que tiene el Uruguay en su forma de percibirse, en la distancia por momentos insalvable que media entre la realidad, las palabras y sus significados. 

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