FOLLETÍN > ENTREGA 7

Tragedy & Hope. A History of the World in Our Time. 1966. The MacMillan Company, New York; Collier MacMillan Limited, London. [Traducción de A. Mazzucchelli].

Carroll Quigley

EL CAPITALISMO INDUSTRIAL, 1770-1850

Las victorias sobre Luis XIV en el período 1667-1715, y sobre los gobiernos revolucionarios franceses y sobre Napoleón en 1792-1815, tuvieron muchas causas, tales como su posición insular, su capacidad para retener el control de los mares, su capacidad para presentarse ante el mundo como defensor de las libertades y derechos de las naciones pequeñas y de diversos grupos sociales y religiosos. Entre estas muchas causas, hubo una financiera, y una económica. Financieramente, Inglaterra había descubierto el secreto del crédito. Económicamente, Inglaterra se había embarcado en la Revolución Industrial. 

El crédito era algo conocido para los italianos y los holandeses mucho antes de que se volviese uno de los instrumentos de la supremacía inglesa en el mundo. Pese a ello, la fundación del Banco de Inglaterra por William Paterson y sus amigos en 1694 es una de las fechas importantes en la historia mundial. Durante generaciones, los hombres habían buscado evitar la única contra del oro, su peso, usando piezas de papel para representar piezas específicas de oro. Hoy a esas piezas de papel les llamamos certificados de oro. Tal certificado da a su poseedor el derecho a cambiarlo por su pieza de oro a pedido, pero a la vista de la conveniencia del papel, sólo una pequeña proporción de quienes tienen certificados hace ese pedido alguna vez. Desde el principio fue claro que solo hacía falta tener a mano la cantidad de oro necesaria para cubrir la fracción de certificados de los que era probable que se pidiese el pago; de acuerdo con ello, el resto del oro podía usarse para fines de negocios, o, lo que es lo mismo, se podía emitir un volumen de certificados más grande que el volumen de oro reservado para pedidos de pagos. Tal volumen de certificados de papel que excede los pedidos que se hacen sobre reservas efectivas son lo que hoy llamamos billetes de banco.

En efecto, esta creación de certificados de papel mayores que las reservas disponibles significa que los banqueros estaban creando dinero de la nada. Lo mismo puede hacerse de otra forma, no a través de bancos emisores, sino a través de bancos de depósito. Los banqueros de depósito descubrieron que las órdenes de pago y los cheques cambiados contra depósitos por los depositantes, y dados a terceras personas, a menudo no eran hechos efectivos por estas últimas, sino que eran depositados en sus propias cuentas. Por tanto, no había un movimiento real de fondos, y los pagos eran hechos simplemente anotando en los libros las transacciones de las respectivas cuentas. Por tanto, al banquero le era preciso tener a manos en dinero real (oro, certificados, y billetes) nada más que la fracción de los depósitos que era probable que fuese requerida y hecha efectiva; el resto podía usarse para préstamos, y si estos préstamos eran hechos creando un depósito en la cuenta del solicitante, el cual a su vez podía librar cheques contra esos fondos en lugar de hacerlos efectivos en dinero, tales “depósitos creados”, o préstamos, también podían cubrirse adecuadamente manteniendo reservas por sólo una fracción de su valor. Tales depósitos creados fueron también la creación de dinero en base a nada, aunque los banqueros normalmente se negaron a expresar sus acciones de este modo, sea la emisión de billetes o los préstamos en depósito. William Paterson, sin embargo, al obtener la concesión del Banco de Inglaterra en 1694, para usar los dineros que había obtenido como corsario, dijo: “El Banco se beneficia de intereses sobre todos los dineros que crea de la nada” [“The Bank hath benefit of interest on all moneys which it creates out of nothing”]. Esto fue repetido por Sir Edward Holden, fundador del Midland Bank, el 18 de diciembre de 1907, y, en general, es algo admitido hoy. 

Esta estructura organizativa para crear modos de pago a partir de nada, que llamamos crédito, no fue inventada por Inglaterra, pero fue desarrollada por ésta para convertirla en una de las armas principales en su victoria contra Napoleón de 1815. El emperador, como último gran mercantilista, no podía entender el dinero de otro modo que en términos concretos, y estaba convencido de que sus esfuerzos de hacer la guerra sobre la base de “dinero sensato”, evitando la creación de crédito, le daría al final la victoria porque llevaría a Inglaterra a la bancarrota. Estaba equivocado, aunque la misma lección tendría que ser aprendida de nuevo por los financistas modernos en el siglo veinte.

Ayudaron a la victoria de Gran Bretaña sobre Napoleón otras dos innovaciones económicas: la Revolución Agrícola, que estaba bien establecida ya allí para 1720, y la Revolución Industrial, que estaba igualmente bien establecida allí para 1776, cuando Watt patentó su motor a vapor. La Revolución Industrial, al igual que la Revolución del Crédito, han sido bastante malentendidas, tanto entonces como ahora. Es una lástima, puesto que ambas tienen gran importancia, tanto para los países desarrollados como en desarrollo del siglo veinte. La Revolución Industrial fue acompañada por una serie de rasgos coincidentes, tales como el crecimiento de las ciudades, el crecimiento rápido de la mano de obra no especializada (proletariado), la reducción del trabajo a estatus de commodity en un mercado competitivo, y el cambio de la propiedad de las herramientas y equipos, de los trabajadores, a una nueva clase social de empresarios. Pero ninguno de estos fue el rasgo esencial del industrialismo, el cual fue, de hecho, la aplicación de energía tomada de fuentes no vivas al proceso productivo. Esta aplicación, simbolizada en el motor a vapor y el molino de agua, sirvió a largo plazo para eliminar la importancia relativa del trabajo no especializado y del uso de energía humana o animal en el proceso productivo (automatización), y para dispersar el proceso productivo fuera de las ciudades, pero lo hizo, en total, intensificando el rasgo vital del sistema, el uso de la energía a partir de fuentes distintas que los seres vivos. 

En este proceso continuo, el logro inicial británico del industrialismo le dio tal nivel de ganancias que éstas, combinadas con las ganancias derivadas del capitalismo comercial temprano, y las ganancias simultáneas derivadas por el aumento -que fue creado por ella- del valor de la tierra en las ciudades y las minas, hizo que sus empresas industriales tempranas  se autofinanciasen en su mayoría, o al menos que fuesen financiadas localmente. Se organizaron en la forma de asociaciones de propietarios, o sociedades, tenían contacto con bancos locales de depósito para conseguir préstamos de corto plazo, pero tenían poco que ver con banqueros internacionales, bancos de inversión, gobiernos centrales, o las formas corporativas de organización de los negocios. 

Esta etapa temprana del capitalismo industrial, que duró en Inglaterra desde alrededor de 1770 hasta cerca de 1850, fue compartida hasta cierto punto con Bélgica, e incluso con Francia, pero adoptó una forma bastante diferente en los Estados Unidos, Alemania e Italia, y casi totalmente distinta en Rusia y Asia. La razón principal para que existiesen estas diferencias era la necesidad de juntar fondos (capital) para pagar la reorganización de los factores de producción (tierra, trabajo, materiales, habilidades, equipos, y demás) requerida por el industrialismo. El noroeste europeo, y sobre todo Inglaterra, tenía grandes ahorros para dedicar a tales emprendimientos. Europa central y América del norte tenían mucho menos, mientras que Europa oriental y del sur tenían muy poco en manos privadas. Cuanto más difícil se le hacía a una región movilizar capital para la industrialización, más significativo fue el rol de los banqueros de inversión y los gobiernos en el proceso industrial. De hecho, las formas tempranas de industrialización basadas en textiles, hierro, carbón y vapor, se difundieron tan lentamente desde Inglaterra al resto de Europa, que Inglaterra estaba ella misma entrando en la siguiente etapa, el capitalismo financiero, cuando Alemania y los Estados Unidos recién estaban empezando a industrializarse (alrededor de 1850). Esta nueva etapa de capitalismo financiero, que siguió dominando a Inglaterra, Francia y los Estados Unidos hasta incluso 1930, fue necesaria debido a las grandes movilizaciones de capitales requeridas para la construcción de vías férreas luego de 1830. El capital necesario para el despliegue del ferrocarril, con sus enormes gastos en vías y equipos, no podía reunirse por propietarios únicos, o por sociedades locales, sino que requirió una forma nueva de emprendimiento -la corporación de acciones de responsabilidad limitada- y una nueva fuente de fondos -el banquero internacional de inversión, quien había, hasta entonces, concentrado su atención casi por completo en la flotación internacional de bonos gubernamentales. Las demandas de equipamiento del ferrocarril trasladaron este mismo desarrollo, casi al unísono, a la fabricación de acero y a las minas de carbón. 

CAPITALISMO FINANCIERO, 1850-1931

Esta tercera etapa del capitalismo tiene un significado tan abrumadoramente importante en la historia del siglo veinte, y sus ramificaciones e influencias han permanecido tan subterráneas, o incluso ocultas, que se nos excusará si le dedicamos atención a su organización y a sus métodos. Esencialmente, lo que hizo fue tomar los métodos viejos y desorganizados de manejo del dinero y el crédito, y organizarlos en un sistema integrado, de base internacional, que funcionó con una increíble y bien lubricada facilidad durante muchas décadas. El centro de tal sistema estaba en Londres, con sucursales importantes en Nueva York y París, y ha dejado, como su mayor logro, un sistema bancario integrado, y una estructura de industria pesada altamente capitalizada —si bien hoy totalmente obsoleta- que se refleja en sistemas ferroviarios, acerías, minas de carbón, y usinas eléctricas. 

Este sistema tuvo su centro en Londres por cuatro razones principales. Primero, el gran volumen de ahorros estaba en Inglaterra, apoyado en el éxito temprano de Inglaterra en el capitalismo comercial e industrial. Segundo, estaba la estructura social oligárquica de Inglaterra (reflejada especialmente en la gran concentración de la propiedad de la tierra y al acceso limitado a oportunidades educativas), la que generó una distribución muy inequitativa del ingreso, con grandes ganancias en control de una clase alta pequeña y muy inquieta. Tercero, estaba el hecho de que esta clase alta era aristocrática, pero no era noble, y por tanto, basada más en tradiciones que en nacimiento, estaba muy dispuesta a incorporar tanto dinero como capacidades de los niveles más bajos de la sociedad, e incluso de fuera del país, dando la bienvenida a sus filas a herederos norteamericanas o a judíos centroeuropeos, casi con tanta facilidad como la dio a ciudadanos con dinero, capacidad y disposición a conformarse a ella provenientes de las clases bajas inglesas, cuyas incapacidades que resultaban de la privación educativa, el provincialismo y trasfondo religioso inconformista (es decir, no anglicano) en general los excluía de la aristocracia privilegiada. Cuarto (pero de ninguna manera menos importante), estaba la habilidad para la manipulación financiera, especialmente en la escena internacional, que había adquirido el pequeño grupo de banqueros de Londres en el período del capitalismo comercial e industrial, y que quedó lista para ser usada cuando se volvió urgente la necesidad de innovación financiera capitalista. 

Los banqueros mercantiles de Londres ya tenían a mano para 1810-1850 la Bolsa, el Banco de Inglaterra, y el mercado de dinero de Londres, momento en que las necesidades del industrialismo avanzado requirieron de todos esos instrumentos para el mundo industrial, al que, hasta entonces, esos banqueros habían ignorado. A su tiempo incorporaron a su red financiera a los centros bancarios provinciales, organizados como bancos comerciales y bancos de ahorro, así como a las compañías de seguros, para conformar todo esto en un sistema financiero de escala internacional que manipulase la cantidad y los flujos de dinero, de modo de ser capaz de influenciar, si es que no controlar, a los gobiernos de un lado, y las industrias del otro. Los hombres que hicieron esto, mirando atrás al período de monarquía dinástica en el que tenían sus raíces, aspiraban a establecer dinastías de banqueros internacionales, y fueron, en ello, al menos tan exitosos como lo fueron muchos de los líderes políticos dinásticos. La más grande de estas dinastías, por supuesto, fue la de los descendientes de Meyer Amschel Rothschild (1743-1812), de Frankfurt, cuyos descendientes varones, por al menos dos generaciones, en general se casaron con primas directas, o incluso con sobrinas. Los hijos de Rothschild, establecidos en sucursales en Viena, Londres, Nápoles y París, así como en Frankfurt, cooperaron de modos que las otras dinastías de banqueros internacionales copiaron, pero raramente superaron. 

Al concentrarnos, como tenemos que hacerlo, en las actividades económicas o financieras de los banqueros internacionales, no debemos pasar por alto  totalmente sus otros atributos. Fueron, especialmente en generaciones posteriores, cosmopolitas antes que nacionalistas; fueron una influencia constante hacia la paz, si bien ésta fue debilitándose gradualmente, en un patrón establecido en 1830 y 1840, cuando los Rothschild emplearon toda su tremenda influencia, con éxito, contra las guerras en Europa. En general fueron altamente civilizados, caballeros cultos, patrones de la educación y las artes, de modo que hoy las universidades, cátedras, compañías de ópera, sinfónicas, bibliotecas, y colecciones en los museos aun reflejan su magnificencia. Para estos fines establecieron una red de fundaciones que financiaron, y que aun nos rodean hoy día. 

Los nombres de algunas de estas familias de banqueros nos son familiares a todos, y debían serlo más. Incluyen a Baring, Lazard, Erlanger, Warburg, Schroder, Seligman, los Speyers, Mirabaud, Mallet, Fould, y sobre todo Rothschild y Morgan. Incluso cuando estas familias de banqueros se involucraron totalmente en la industria doméstica, con la aparición del capitalismo financiero, siguieron siendo distintos a los banqueros ordinarios de modos característicos: (1) fueron cosmopolitas e internacionales; (2) estuvieron cercanos a los gobiernos, y se preocuparon particularmente de los asuntos de deudas gubernamentales, incluyendo la deuda externa de los gobiernos, incluso en áreas que parecían, a primera vista, riesgos de bajo retorno, como Egipto, Persia, la Turquía otomana, la China imperial, y América Latina; (3) sus intereses estuvieron casi exclusivamente en los bonos, y muy raramente en bienes, puesto que admiraban la “liquidez” y veían los compromisos en commodities, o incluso en propiedad inmueble, como el primer paso hacia la bancarrota; (4) fueron, consistentemente con ello, devotos fanáticos de la deflación (a la que llamaron dinero “sano”, debido a su estrecha asociación con las tasas de interés altas y un valor alto del dinero) y del patrón oro, el cual, a sus ojos, simbolizaba y aseguraba esos valores; y (5) fueron casi en la misma medida cultores del secreto, y del  uso secreto de la influencia financiera en la vida política. Estos banqueros vinieron a llamarse “banqueros internacionales” y, más particularmente, fueron conocidos como “banqueros mercantiles” en Inglaterra, “banqueros privados” en Francia, y “banqueros de inversión” en los Estados Unidos. En todos los países llevaron adelante diversos tipos de actividades bancarias y de cambio, pero en todos lados fueron claramente distinguibles de las otras formas, más obvias, de actividad bancaria, tales como bancos de ahorro o bancos comerciales. 

Una de sus características menos obvias fue que permanecieron como firmas privadas no incorporadas, generalmente sociedades, hasta hace relativamente poco tiempo, sin ofrecer acciones, ni informes, y normalmente no avisando al público en general. Este estatus riesgoso, que les impidió obtener responsabilidad limitada, fue mantenido, en la mayoría de los casos, hasta que los modernos impuestos a la herencia hicieron esencial rodear a la riqueza de esas familias con la inmortalidad del estatus corporativo, con el fin de evitar impuestos. Esta persistencia como firmas privadas continuó, porque le aseguró el máximo de anonimato y secreto posible a personas de tremendo poder público, que le temían al conocimiento público de sus actividades como a algo casi tan maligno como la inflación. Como consecuencia, la gente común no tenía forma de conocer la riqueza o las áreas de operación de tales firmas, y tuvo una noción borrosa incluso sobre su membresía. Así, gente de considerable conocimiento político pudo no asociar los nombres de Walter Burns, Clinton Dawkins, Edward Grenfell, Willard Straight, Thomas Lamont, Dwight Morrow, Nelson Perkins, Russell Leffingwell, Elihu Root, John W. Davis, John Foster Dulles, y S. Parker Gilbert, con el nombre “Morgan”, pese a que todos estos, y muchos otros, eran parte del sistema de influencia que se centraba en la oficina de J. P. Morgan, en el 23 de Wall Street. Esta firma, como otras de la fraternidad internacional de banqueros, operaban constantemente a través de corporaciones y gobiernos, permaneciendo sin embargo ellos como oscuros socios privados hasta que el capitalismo financiero estaba pasando, de su lecho de muerte, a su tumba. J. P. Morgan and Company, fundada originalmente en Londres como George Peabody and Company en 1838, no fue incorporada hasta el 21 de marzo de 1940, y dejó de existir como entidad separada el 24 de abril de 1959, cuando se fusionó con su subisidiaria bancaria comercial más importante, la Guaranty Trust Company. La afiliada londinense, Morgan Grenfell, fue incorporada en 1934, y aun existe. 

La influencia del capitalismo financiero y de los banqueros internacionales que lo crearon se aplicó sobre los negocios y los gobiernos, pero no habría podido lograr una cosa ni la otra si no hubiese sido capaz de persuadir a ambos de que aceptasen dos “axiomas” de su propia ideología. Ambos estaban basados en la asunción de que los políticos eran demasiado débiles, y estaban demasiado sujetos a las presiones populares, como para confiarles el control del sistema de dinero; de acuerdo con ello, la santidad de todos los valores y la solidez del dinero debía ser protegida de dos modos; basando el valor del dinero en el oro, y permitiendo a los banqueros controlar la oferta de dinero. Para hacer esto, era necesario mantener a oscuras, o incluso engañar, tanto a los gobiernos como al pueblo, respecto de la naturaleza del dinero y sus métodos de operación. 

Por ejemplo, los banqueros llamaban al proceso de establecer un sistema monetario sobre el oro, “estabilización”, e implicaban que esto cubría, como consecuencia simple, la estabilización del cambio y los precios. En realidad sólo conseguía estabilizar el cambio, mientras que su influencia en los precios era bastante independiente y ocasional, y podía ser desestabilizadora (debido a la tendencia habitual a forzar los precios a la baja, al limitar la oferta de dinero). Como consecuencia, muchas personas, incluyendo financistas y aun economistas, se sorprendieron de descubrir, en el siglo veinte, que el patrón oro daba cambio estable, y precios inestables. Había, sin embargo, contribuido a una situación similar, aunque menos extrema, durante la mayor parte del siglo diecinueve. 

El cambio se estabilizó bajo el patrón oro, porque por ley, en varios países, la unidad monetaria fue hecha igual a una cantidad fija de oro, y los dos fueron hechos intercambiables a una tasa legal. En el período anterior a 1914, la moneda fue estabilizada en algunos países del siguiente modo:

* En Gran Bretaña: 77s 10 1/2 d. equivalían a una onza estándar (11/12 de oro puro).

* En los Estados Unidos: $20.67 equivalían a una onza fina (12/12 de oro puro).

* En Francia: 3447.74 francos equivalían a un kilo de oro fino.

* En Alemania 2790 marcos equivalían a un kilo de oro fino. 

Estas relaciones fueron establecidas a través del requerimiento legal de que una persona que trajese oro, monedas de oro, o certificados al tesoro público (o a otros lugares especificados) podría convertir cualquiera de ellos a cualquiera de los otros en cantidades ilimitadas, sin costo. Como resultado, sobre un patrón oro total, el oro tenía una posición única: existía al mismo tiempo, en la esfera del dinero y en la de la riqueza. En la esfera del dinero, el valor de cualquier tipo de dinero se expresó en términos de oro: y, en la esfera de la riqueza real, los valores de todos los demás bienes se expresaban en términos de oro y de dinero. Si miramos las relaciones entre dinero y bienes como un un subibaja en el cual cada uno de estos está en un extremo, de modo que el valor de uno sube tanto como baja el del otro, entonces debemos ver el oro como el pivot en que se apoya el subibaja, pero que él mismo no sube ni baja. 

Puesto que es bastante imposible entender la historia del siglo veinte sin entender el rol jugado por el dinero en los asuntos domésticos e internacionales, así como el rol jugado por los banqueros en la vida económica y política, debemos dar aunque sea un vistazo a estos cuatro asuntos.

[Continuará]

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