FOLLETÍN > ENTREGAS 11 y 12

Tragedy & Hope. A History of the World in Our Time. 1966. The MacMillan Company, New York; Collier MacMillan Limited, London. [Traducción de A. Mazzucchelli].

Carroll Quigley

III EL IMPERIO RUSO HASTA 1917 

En el siglo XIX la mayoría de los historiadores consideraban a Rusia como parte de Europa, pero ahora está cada vez más claro que Rusia es una civilización bastante separada de la civilización occidental. Ambas civilizaciones descienden de la Civilización Clásica, pero la conexión con esta predecesora se hizo de forma tan diversa, que surgieron dos tradiciones muy diferentes. Las tradiciones rusas derivaron directamente de Bizancio; las tradiciones occidentales derivaron de la Civilización Clásica más moderada, de manera indirecta, habiendo pasado por la Edad Media, en la que no existía un estado o gobierno en Occidente. 

La civilización rusa fue creada originalmente a partir de tres fuentes: (i) el pueblo eslavo, (2) los invasores vikingos del norte, y (3) la tradición bizantina del sur. Estas tres se fusionaron como resultado de una experiencia común, la que surgió de la expuesta posición geográfica de Rusia en el borde occidental de una gran llanura que se extiende por miles de millas hacia el este. Esta llanura está dividida horizontalmente en tres zonas, de las cuales la más meridional es una llanura abierta, mientras que la más septentrional es una zona abierta de arbustos y tundra. La zona media es el bosque. La zona sur (o estepa) consta de dos partes: la meridional es una llanura salobre que es prácticamente inútil, mientras que la parte norte, junto al bosque, es la famosa región de tierras negras de rico suelo agrícola. Lamentablemente, la parte oriental de esta gran llanura euroasiática se ha ido secando progresivamente a lo largo de miles de años, con la consecuencia de que los pueblos de habla ural-altaica de Asia central y centro-oriental, pueblos como los hunos, búlgaros, magiares, mongoles y turcos, han empujado repetidamente hacia el oeste a lo largo del corredor estepario entre los Urales y el Mar Caspio, haciendo que las estepas de tierra negra sean peligrosas para los pueblos agrícolas sedentarios. 

Los eslavos aparecieron por primera vez hace más de dos mil años, como un pueblo pacífico y evasivo, con una economía basada en la caza y la agricultura rudimentaria, en los bosques del este de Polonia. Este pueblo aumentó lentamente en número, moviéndose hacia el noreste a través de los bosques, mezclándose con los dispersos cazadores finlandeses que ya estaban allí. Alrededor del año 700 d.C., más o menos, los hombres del norte, a quienes conocemos como vikingos, bajaron del Mar Báltico, a través de los ríos de Europa Oriental, y finalmente llegaron al Mar Negro y atacaron Constantinopla. Estos hombres del Norte trataban de obtener recursos a partir del militarismo, capturando botines y esclavos, imponiendo tributos a los pueblos conquistados, recolectando pieles, miel y cera de los tímidos eslavos que acechaban en sus bosques, e intercambiándolos por los coloridos productos del sur bizantino. Con el tiempo, los norteños establecieron puestos comerciales fortificados a lo largo de sus carreteras fluviales, especialmente en Novgorod en el norte, en Smolensk en el centro y en Kiev en el sur. Se casaron con mujeres eslavas e impusieron, a la rudimentaria economía agrícola-caza de los eslavos, una superestructura de estado recaudador de tributos, con una economía explotadora, militarista y comercial. Esto creó el patrón de una sociedad rusa de dos clases que ha continuado desde entonces, muy intensificado por los acontecimientos históricos posteriores. 

Con el tiempo, los miembros de la clase dirigente de Rusia se familiarizaron con la cultura bizantina. Quedaron deslumbrados por ella y trataron de importarla a sus dominios salvajes del norte. De esta manera impusieron a los pueblos eslavos muchos de los accesorios del Imperio Bizantino, como el cristianismo ortodoxo, el alfabeto bizantino, el calendario bizantino, el uso de la arquitectura eclesiástica con cúpula, el nombre de Zar (César) para su gobernante, y otros innumerables rasgos. Lo más importante de todo es que importaron la autocracia totalitaria bizantina, bajo la cual todos los aspectos de la vida, incluyendo los políticos, económicos, intelectuales y religiosos, eran considerados como departamentos de gobierno, bajo el control de un gobernante autocrático. Estas creencias formaban parte de la tradición griega, y se basaban en última instancia en la incapacidad griega para distinguir entre el estado y la sociedad. Dado que la sociedad incluye todas las actividades humanas, los griegos habían asumido que el estado debía incluir todas las actividades humanas. En los días de la Grecia clásica esta entidad integral se llamaba polis, un término que significaba tanto sociedad como estado; en el período romano posterior esta entidad integral se llamaba imperium. La única diferencia era que la polis era a veces (como en la Atenas de Pericles, alrededor del 450 a.C.) democrática, mientras que el imperium era siempre una autocracia militar. Ambas eran totalitarias, por lo que la religión y la vida económica se consideraban esferas de actividad gubernamental. Esta tradición autocrática totalitaria se llevó al Imperio Bizantino y pasó de él al estado ruso en el norte y al posterior Imperio Otomano en el sur. En el norte esta tradición bizantina se combinó con la experiencia de los norteños para intensificar la estructura de dos clases de la sociedad eslava. En la nueva civilización eslava (u ortodoxa) esta fusión, unida a la tradición bizantina y la tradición vikinga, crearon Rusia. De Bizancio vino la autocracia y la idea del estado como un poder absoluto y como un poder totalitario, así como aplicaciones tan importantes de estos principios como la idea de que el estado debe controlar el pensamiento y la religión, que la Iglesia debe ser una rama del gobierno, que la ley es una promulgación del estado, y que el gobernante es semi-divino.  De los vikingos surgió la idea de que el estado es una importación extranjera, basada en el militarismo y apoyada en el botín y el tributo, que las innovaciones económicas son la función del gobierno, que el poder en lugar de la ley es la base de la vida social, y que la sociedad, con su gente y su propiedad, es la propiedad privada de un gobernante extranjero. 

Es preciso destacar estos conceptos del sistema ruso, porque son muy ajenos a nuestras propias tradiciones. En Occidente, el Imperio Romano (que continuó en Oriente como Imperio Bizantino) desapareció en 476; y, aunque se hicieron muchos esfuerzos por revivirlo, es evidente que hubo un período, alrededor del año 900, en el que no hubo imperio, ni estado, ni autoridad pública en Occidente. El estado desapareció, pero la sociedad continuó. Así también, la vida religiosa y económica continuó. Esto demostró claramente que el estado y la sociedad no eran la misma cosa, que la sociedad era la entidad básica, y que el estado era un  tope coronado, pero no esencial, de la estructura social. Esta experiencia tuvo efectos revolucionarios. Se descubrió que el hombre puede vivir sin un estado; esto se convirtió en la base del liberalismo occidental. Se descubrió que el Estado, si existe, debe servir a los hombres y que es incorrecto creer que el propósito de los hombres es servir al Estado. Se descubrió que la vida económica, la vida religiosa, la ley y la propiedad privada pueden existir, y funcionar eficazmente, sin un estado. De aquí surgió el laissez-faire, la separación de la Iglesia y el Estado, el imperio de la ley y el carácter sagrado de la propiedad privada. En Roma, en Bizancio y en Rusia, la ley era considerada como la promulgación de un poder supremo. En en Occidente, no existiendo un poder supremo se descubrió que la ley todavía existía, como cuerpo de reglas que rigen la vida social. Así, la ley se encontró por observación en Occidente, y no promulgada por la autocracia, como en Oriente. Esto significaba que la autoridad se establecía por ley y bajo la ley en Occidente, mientras que la autoridad se establecía por el poder y por encima de la ley en Oriente. Occidente consideraba que las normas de la vida económica se encontraban y no se promulgaban; que los individuos tenían derechos independientes e incluso opuestos a la autoridad pública; que los grupos podían existir, tal como existía la Iglesia, por derecho y no por privilegio, y sin necesidad de tener ninguna carta de constitución que les diera derecho a existir como grupo o a actuar como tal; que los grupos o individuos podían poseer propiedades como un derecho y no como un privilegio, y que dichas propiedades no podían ser tomadas por la fuerza, sino que debían ser tomadas por un proceso legal establecido. En Occidente se subrayó que la forma en que se hacía una cosa era más importante que lo que se hacía, mientras que en Oriente lo que se hacía era mucho más significativo que la forma en que se hacía. 

También hubo otra distinción básica entre la civilización occidental y la civilización rusa. Ella se derivó de la historia del Cristianismo. Esta nueva fe llegó a la Civilización Clásica desde la sociedad semítica. En su origen era una religión de este mundo, creyendo que el mundo y la carne eran básicamente buenos, o al menos llenos de buenas potencialidades, porque ambos fueron hechos por Dios; el cuerpo estaba hecho a imagen de Dios; Dios se hizo Hombre en este mundo con un cuerpo humano, para salvar a los hombres como individuos, y para establecer «Paz en la Tierra». Los primeros Cristianos intensificaron la tradición de «este-mundo», insistiendo en que la salvación era posible sólo porque Dios vivía y moría en un cuerpo humano en este mundo, que el individuo podía ser salvado sólo a través de la ayuda de Dios (gracia) y viviendo correctamente en este cuerpo en esta tierra (buenas obras), que habría, algún día, un milenio en esta tierra y que, en ese Juicio Final, habría una resurrección del cuerpo y la vida eterna. De esta manera, el mundo del espacio y el tiempo, que Dios había hecho al principio con la afirmación «Y vio que era bueno» (Libro del Génesis), sería, al final, restaurado a su condición original. Esta religión optimista, «de este mundo» fue llevada a la Civilización Clásica en un momento en que la perspectiva filosófica de esa sociedad era bastante incompatible con la perspectiva religiosa del Cristianismo. El punto de vista filosófico clásico, que podríamos llamar neoplatónico, se derivó de las enseñanzas del zoroastrismo persa, el racionalismo pitagórico y el platonismo. Era dualista, dividiendo el universo en dos mundos opuestos, el mundo de la materia y la carne, y el mundo del espíritu y las ideas. El primer mundo era cambiante, incognoscible, ilusorio y malvado; el segundo mundo era eterno, cognoscible, real y bueno. La verdad, para estas personas, podía ser encontrada por el uso de la razón y la lógica solamente, no por el uso del cuerpo o los sentidos, ya que estos eran propensos al error, y deben ser rechazados. El cuerpo, como dijo Platón, era la «tumba del alma». Así, el mundo Clásico en el que el Cristianismo llegó alrededor del año 60 d.C. creía que el mundo y el cuerpo eran irreales, incognoscibles, corruptos y sin esperanza, y que no se podía encontrar ninguna verdad o éxito por el uso del cuerpo, los sentidos o la materia. Una pequeña minoría, derivada de Demócrito y los primeros científicos jonios a través de Aristóteles, Epicuro y Lucrecio, rechazó el dualismo platónico, prefiriendo el materialismo como explicación de la realidad. Estos materialistas eran igualmente incompatibles con la nueva religión cristiana. Además, incluso el ciudadano común de Roma tenía una perspectiva cuyas implicaciones no eran compatibles con la religión cristiana. Para dar un ejemplo simple: mientras que los cristianos hablaban de un milenio en el futuro, el romano promedio seguía pensando en una «Edad de Oro» en el pasado, al igual que Homero. 

Como consecuencia del hecho de que la religión cristiana llegó a una sociedad con un punto de vista filosófico incompatible, la religión cristiana fue devastada por las disputas teológicas y dogmáticas, y se vio envuelta en herejías de «otro mundo». En general, estas herejías consideraban que Dios era tan perfecto y tan remoto, y el hombre tan imperfecto y tan gusano, que la brecha entre Dios y el hombre no podía ser salvada por ningún acto del hombre, que la salvación dependía de la gracia más que de las buenas obras, y que, si Dios alguna vez se rebajaba a ocupar un cuerpo humano, éste no era un cuerpo ordinario, y que, en consecuencia, Cristo podía ser o bien el verdadero Dios o bien el verdadero hombre, pero no podía ser ambos. A este punto de vista se opusieron los Padres de la Iglesia cristianos, no siempre con éxito; pero en la batalla decisiva, en el primer Concilio de la Iglesia, celebrado en Nicea en 325, el punto de vista cristiano fue promulgado en el dogma formal de la Iglesia. Aunque la Iglesia siguió luego de ello existiendo durante siglos en una sociedad cuya perspectiva filosófica estaba mal adaptada a la religión Cristiana, y sólo llegó a alcanzar una filosofía compatible en el período medieval, el punto de vista básico del Cristianismo reforzó la experiencia de la Edad Media, hasta crear el punto de vista de la Civilización Occidental. Algunos de los elementos de esta perspectiva, que fueron de gran importancia, son los siguientes: 1) la importancia del individuo, ya que sólo él se salva; 2) la bondad potencial del mundo material y del cuerpo; 3) la necesidad de buscar la salvación mediante el uso del cuerpo y los sentidos en este mundo (buenas obras); 4) la fe en la fiabilidad de los sentidos (que contribuyó mucho a la ciencia occidental); (5) la fe en la realidad de las ideas (que contribuyó mucho a las matemáticas occidentales); (6) el optimismo mundano y el milenarismo (que contribuyó mucho a la fe en el futuro y a la idea de progreso); (7) la creencia de que Dios (y no el diablo) reina sobre este mundo por un sistema de reglas establecidas (que contribuyó mucho a las ideas de la ley natural, la ciencia natural y el imperio de la ley). 

Estas ideas, que se convirtieron en parte de la tradición de Occidente, no se convirtieron en parte de la tradición de Rusia. La influencia del pensamiento filosófico griego se mantuvo fuerte en el Este. El Occidente latino anterior al año 900 utilizaba un lenguaje que no era, en aquel momento, apto para la discusión abstracta, y casi todos los debates dogmáticos que surgieron de la incompatibilidad de la filosofía griega y la religión cristiana se desarrollaron en el idioma griego, y se alimentaron de la tradición filosófica griega. En Occidente, el idioma latino reflejaba una tradición bastante diferente, basada en el énfasis romano en los procedimientos administrativos, y en ideas éticas sobre el comportamiento humano hacia el prójimo. Como resultado, la tradición filosófica griega se mantuvo fuerte en el Este, continuó impregnando la Iglesia de habla griega, y se fue con esa Iglesia al norte eslavo. El cisma entre la Iglesia Latina y la Iglesia Griega fortaleció sus diferentes puntos de vista, la primera era más de este mundo, más preocupada por el comportamiento humano, y continuaba creyendo en la eficacia de las buenas obras, mientras que la segunda era más de otro mundo, más preocupada por la majestad y el poder de Dios, y enfatizaba la maldad y la debilidad del cuerpo y del mundo, y la eficacia de la gracia de Dios. Como resultado, el punto de vista religioso y, por consiguiente,  la visión del mundo de la religión y la filosofía eslavas, se desarrollaron en una dirección muy diferente a la de Occidente. El cuerpo, este mundo, el dolor, la comodidad personal e incluso la muerte tenían poca importancia; el hombre no podía hacer mucho para cambiar su suerte, que estaba determinada por fuerzas más poderosas que él; la resignación al Destino, el pesimismo y la creencia en el poder abrumador del pecado y del diablo dominaban en Oriente. 

Hasta este punto hemos visto a los eslavos formados en la civilización rusa como resultado de varios factores. Antes de continuar, deberíamos, tal vez, recapitular. Los eslavos fueron sometidos al principio al sistema de explotación vikingo. Estos vikingos copiaron la cultura bizantina, y lo hicieron muy conscientemente, en su religión, en su escritura, en su estado, en sus leyes, en el arte, la arquitectura, la filosofía y la literatura. Estos gobernantes eran forasteros que innovaron toda la vida política, religiosa, económica e intelectual de la nueva civilización. No había ningún estado: los extranjeros traían uno. No había una religión organizada: se importó una de Bizancio y se impuso a los eslavos. La vida económica de los eslavos era de bajo nivel, una economía de subsistencia en el bosque con la caza y la agricultura rudimentaria: sobre esto los vikingos impusieron un sistema de comercio internacional. No había una perspectiva religioso-filosófica: la nueva superestructura Estado-Iglesia impuso a los eslavos una perspectiva derivada del idealismo dualista griego. Y, finalmente, Oriente nunca experimentó una Edad Media que le demostrase que la sociedad es distinta del estado, y más fundamental que el estado. 

Este resumen lleva a la sociedad rusa a alrededor de 1200. En los seiscientos años que siguieron, las nuevas experiencias no hicieron más que intensificar el desarrollo ruso. Estas experiencias surgieron del hecho de que la nueva sociedad rusa se vio atrapada entre las presiones demográficas de los invasores de las estepas del este, y la presión del avance de la tecnología de los países occidentales. 

La presión de los hablantes del Ural-Altaico de las estepas orientales culminó en las invasiones mongólicas (tártaros) después de 1200. Los mongoles conquistaron Rusia, y establecieron un sistema de recaudación de tributos que continuó durante generaciones. Así es que siguió existiendo un sistema de explotación extranjera impuesto sobre el pueblo eslavo. Con el tiempo, los mongoles hicieron de los príncipes de Moscú sus principales recaudadores de tributos para la mayor parte de Rusia. Un poco más tarde los mongoles crearon un tribunal de apelación superior en Moscú, de modo que tanto el dinero como los casos judiciales fluyeron a Moscú. Estos siguieron fluyendo incluso después de que los príncipes de Moscú (1380) dirigieron la exitosa revuelta que expulsó a los mongoles. 

A medida que la presión demográfica del Este disminuía, la presión tecnológica del Oeste aumentaba (a partir de 1500). Por tecnología occidental nos referimos a cosas como la pólvora y las armas de fuego, la mejora de la agricultura, el conteo y las finanzas públicas, el saneamiento, la impresión y la difusión de la educación. Rusia no obtuvo todo el impacto de estas presiones hasta tarde, y luego de fuentes secundarias, como Suecia y Polonia, en lugar de Inglaterra o Francia. Sin embargo, Rusia se encontraba en medio de las presiones del Este y las del Oeste. El resultado de este martilleo fue la autocracia rusa, una máquina militar de recaudación de tributos superpuesta a la población eslava. La pobreza de esta población hacía imposible que obtuviesen armas de fuego o cualquier otra ventaja de la tecnología occidental. Sólo el estado tenía estas cosas, pero el estado sólo podía permitírselas drenando la riqueza del pueblo. Este drenaje de riqueza desde abajo hacia arriba proporcionaba armas y tecnología occidental a los gobernantes, pero mantenía a los gobernados demasiado pobres para obtener estas cosas, de modo que todo el poder se concentraba en la parte superior. La continua presión de Occidente hacía imposible que los gobernantes utilizaran la riqueza que se acumulaba en sus manos para financiar mejoras económicas que podrían haber elevado el nivel de vida de los gobernados, ya que esta acumulación tenía que ser utilizada para aumentar el poder ruso, en lugar de la riqueza rusa. Como consecuencia, la presión a la baja aumentó, y la autocracia se volvió más autocrática. Para conseguir una burocracia para el ejército y para el servicio gubernamental, se dio a los terratenientes poderes personales sobre los campesinos, creando un sistema de servidumbre en el Este, justo en el momento en que la servidumbre medieval estaba desapareciendo en el Oeste. La propiedad privada, la libertad personal y el contacto directo con el estado (para los impuestos o para la justicia) se perdieron para los siervos rusos. A los terratenientes se les dieron estos poderes para que fueran libres de luchar y estuvieran dispuestos a luchar por Moscú, o a servir en la autocracia de Moscú. 

Hacia 1730, la presión directa de Occidente sobre Rusia comenzó a debilitarse un poco debido al declive de Suecia, de Polonia y de Turquía, mientras que Prusia estaba demasiado ocupada con Austria y con Francia como para presionar a Rusia por la fuerza. Así, los eslavos, utilizando una tecnología occidental adoptada y de carácter rudimentario, fueron capaces de imponer su supremacía a los pueblos del Este. Los campesinos de Rusia, buscando escapar de las presiones de la servidumbre en el área al oeste de los Urales, comenzaron a huir hacia el este, y eventualmente alcanzaron el Pacífico. El Estado ruso hizo todo lo posible para detener este movimiento, porque consideraba que los campesinos debían quedarse para trabajar la tierra y pagar impuestos, si es que los terratenientes querían mantener la autocracia militar que se consideraba necesaria. Finalmente la autocracia siguió a los campesinos hacia el este, y la sociedad rusa llegó a ocupar todo el norte de Asia. 

A medida que la presión de Oriente y la presión de Occidente declinaba, la autocracia, inspirada quizás por poderosos sentimientos religiosos, comenzó a tener mala conciencia hacia su propio pueblo. Al mismo tiempo, todavía buscaba occidentalizarse. Se hizo cada vez más evidente que este proceso de occidentalización no podía limitarse a la autocracia en sí, sino que debía extenderse hacia abajo para incluir al pueblo ruso. La autocracia encontró, en 1812, que no podía derrotar al ejército de Napoleón sin llamar al pueblo ruso. Su incapacidad para derrotar a los aliados occidentales en la Guerra de Crimea de 1854-1856, y la creciente amenaza de las Potencias Centrales, después de la alianza austro-alemana de 1879, dejaron claro que Rusia debía occidentalizarse, en tecnología si no en ideología, en todas las clases de la sociedad, para poder sobrevivir. Esto significaba, muy concretamente, que Rusia debía hacer su Revolución Agrícola y llegar al industrialismo; pero éstos, a su vez, requerían que la capacidad de leer y escribir se extendiese a los campesinos, y que se redujera la población rural y se aumentara la urbana. Estas necesidades, una vez más, significaban que la servidumbre debía ser abolida, y que había que introducir un saneamiento moderno. Así pues, una necesidad llevó a otra, de modo que toda la sociedad tuvo que ser reformada. De forma típicamente rusa, todas estas cosas se emprendieron mediante la acción gubernamental, pero a medida que una reforma conducía a otra, se planteó la cuestión de si la autocracia y las clases altas terratenientes estarían dispuestas a permitir que el movimiento de reforma llegara a poner en peligro su poder y sus privilegios. Por ejemplo, la abolición de la servidumbre hizo necesario que la nobleza terrateniente dejara de considerar a los campesinos como una propiedad privada, cuyo único contacto con el Estado era a través de ellos mismos. Del mismo modo, el industrialismo y el urbanismo iban a crear nuevas clases sociales de burguesía y trabajadores. Estas nuevas clases inevitablemente harían que las demandas políticas y sociales fuesen muy desagradables para la autocracia y la nobleza terrateniente. Si las reformas diesen lugar a demandas de nacionalismo, ¿cómo podría una monarquía dinástica como la autocracia Romanov ceder a esas demandas, sin arriesgarse a la pérdida de Finlandia, Polonia, Ucrania o Armenia 

Mientras el deseo de occidentalizarse y la mala conciencia de las clases altas trabajaban juntos, la reforma avanzaba. Pero tan pronto como las clases bajas comenzaron a hacer demandas, apareció la reacción. Sobre esta base, la historia de Rusia fue una alternancia de reforma y reacción desde el siglo XVIII hasta la Revolución de 1917. Pedro el Grande (1689-1725) y Catalina la Grande (1762-1796) fueron partidarios de la occidentalización y la reforma. Pablo I (1796-1801) fue un reaccionario. Alejandro I (1801-1825) y Alejandro II (1855-1881) fueron reformadores, mientras que Nicolás I (1825-1855) y Alejandro III (1881-1894) fueron reaccionarios. Como consecuencia de estas diversas actividades, para 1864 se había abolido la servidumbre y se había establecido un sistema bastante moderno de derecho, justicia y educación; el gobierno local se había modernizado un poco; se había establecido un sistema financiero y fiscal bastante bueno; y se había creado un ejército basado en el servicio militar universal (pero carente de equipamiento). Por otra parte, la autocracia continuaba, con todo el poder en manos de hombres débiles, sujetos a todo tipo de intrigas personales de la más baja índole; los siervos liberados no tenían tierras adecuadas; los recién alfabetizados estaban sujetos a una censura despiadada, que trataba de controlar su lectura, escritura y pensamiento; los recién liberados y los recién urbanizados estaban sujetos a una constante supervisión policial; los pueblos no rusos del imperio estaban sujetos a olas de rusificación y paneslavismo; el sistema judicial y el sistema fiscal se administraban con un desprecio arbitrario de todos los derechos personales, y de la equidad; y, en general, la autocracia era tanto tiránica como débil. 

El primer período de reformas en el siglo XIX, bajo Alejandro I, fue el resultado de la fusión de dos factores: la «burguesía de la conciencia» y la autocracia occidentalizante. El propio Alejandro representaba ambos factores. Como resultado de sus reformas y las de su abuela, Catalina la Grande, incluso antes, apareció en Rusia, por primera vez, una nueva clase educada que era más amplia que la nobleza, siendo reclutada de hijos de sacerdotes ortodoxos o de oficiales del estado (incluyendo oficiales del ejército) y, en general, de los márgenes de la autocracia y la nobleza. Cuando la autocracia se volvió reaccionaria bajo Nicolás I, este grupo recién educado, con cierto apoyo de la burguesía con conciencia, formó un grupo revolucionario generalmente conocido como «Intelligentsia«. Al principio, este nuevo grupo era pro-occidental, pero más tarde se volvió cada vez más anti-occidental y «eslavófilo», debido a su desilusión con Occidente. En general, los occidentalizadores sostenían que Rusia era simplemente una franja atrasada y bárbara de la civilización occidental, que no había hecho ninguna contribución cultural propia en su pasado, y que debía pasar por los mismos desarrollos económicos, políticos y sociales que Occidente. Los occidentalizadores deseaban acelerar estos desarrollos. 

Los eslavófilos insistían en que Rusia era una civilización completamente diferente de la occidental, y que era muy superior porque tenía una profunda espiritualidad (en contraste con el materialismo occidental), tenía una profunda irracionalidad en contacto íntimo con las fuerzas vitales y las simples virtudes de la vida (en contraste con la racionalidad, la artificialidad y la hipocresía occidentales), tenía su propia forma nativa de organización social, la aldea campesina (comuna) que proporcionaba una vida social y emocional plenamente satisfactoria (en contraste con la frustración occidental del individualismo atomista en las ciudades sórdidas); y que se podía construir una sociedad socialista en Rusia a partir de la simple comuna campesina autogobernada y cooperativa, sin necesidad de pasar por la ruta occidental marcada por el industrialismo, la supremacía de la burguesía, o la democracia parlamentaria. 

A medida que el industrialismo crecía en Occidente, en el período 1830-1850, los occidentalizadores rusos como P. Y. Chaadayev (1793-1856) y Alexander Herzen (1812-1870) se desilusionaban cada vez más con Occidente, especialmente con sus barrios marginales urbanos, el sistema de fábricas, la desorganización social, el afán de lucro y la mezquindad de la clase media, su Estado absolutista y sus armas avanzadas. Originalmente los occidentalizadores en Rusia habían estado inspirados por pensadores franceses, mientras que los eslavos lo habían estado por pensadores alemanes como Schelling y Hegel, de modo que el cambio de los occidentalizadores a los eslavos marcó un cambio de los maestros franceses a los germánicos. 

Los eslavófilos apoyaban la ortodoxia y la monarquía, aunque eran muy críticos de la Iglesia Ortodoxa existente y de la autocracia existente. Afirmaban que esta última era una importación germánica, y que la primera, en lugar de seguir siendo un crecimiento orgánico nativo de la espiritualidad eslava, se había convertido en poco más que una herramienta de la autocracia. En lugar de apoyar estas instituciones, muchos eslavos salieron a los pueblos para ponerse en contacto con la pura espiritualidad eslava, y con la virtud, bajo la forma de un campesino sin formación. Estos misioneros, llamados «narodniki«, fueron recibidos con una sospecha y un disgusto inocultables por los campesinos, porque eran extraños criados en la ciudad, eran educados, y expresaban ideas anti-Iglesia y antigubernamentales. 

Ya desilusionados con Occidente, la Iglesia y el gobierno, y ahora rechazados por los campesinos, la Intelligentsia no pudo encontrar ningún grupo social en el que basar un programa de reforma. El resultado fue el crecimiento del nihilismo y del anarquismo. 

El nihilismo era un rechazo de todas las convenciones en nombre del individualismo, ambos conceptos entendidos en un sentido ruso. Dado que el hombre es un hombre y no un animal por su desarrollo individual y crecimiento en una sociedad hecha de convenciones, el rechazo nihilista de las convenciones sirvió para destruir al hombre en lugar de liberarlo como esperaban. La destrucción de las convenciones no iba a elevar al hombre a ser un ángel, sino que lo rebajaría a ser un animal. Además, el individuo que los nihilistas buscaban liberar con esta destrucción de las convenciones no era lo que la cultura occidental entiende por la palabra «individuo». Más bien se refería a «humanidad». Los nihilistas no tenían ningún respeto por el individuo concreto o por la personalidad individual. Antes bien, al destruir todas las convenciones y despojar a todas las personas de todas las distinciones convencionales, esperaban que se hundiesen todos, y especialmente esperaban hundirse ellos mismos, en la amorfa e indistinguible masa de la humanidad. Los nihilistas eran completamente ateos, materialistas, irracionales, doctrinarios, despóticos y violentos. Rechazaban todo pensamiento acerca de sí mismos mientras la humanidad sufriese; «se volvieron ateos porque no podían aceptar a un Creador que hubiese hecho un mundo malvado, incompleto y lleno de sufrimiento«; rechazaban todo pensamiento, todo arte, todo idealismo, todas las convenciones, porque eran lujos superficiales e innecesarios y, por lo tanto, malvados; rechazaban el matrimonio, porque era una esclavitud convencional impuesta al amor libre; rechazaban la propiedad privada, porque era una herramienta de opresión individual; algunos incluso rechazaron la ropa como una corrupción de la inocencia natural; rechazaban el vicio y el libertinaje como lujos innecesarios de la clase alta; como dijo Nikolai Berdyaev: «Es el ascetismo ortodoxo vuelto del revés, y el ascetismo sin gracia. En la base del nihilismo ruso, cuando se capta en su pureza y profundidad, se encuentra el rechazo ortodoxo del mundo… el reconocimiento de la pecaminosidad de toda riqueza y lujo, de toda profusión creativa en el arte y en el pensamiento…. El nihilismo considera como lujo pecaminoso no sólo el arte, la metafísica y los valores espirituales, sino también la religión…. El nihilismo es una demanda de desnudez, de despojarse de todas las trampas de la cultura, para lograr la aniquilación de todas las tradiciones históricas, y la liberación del hombre natural…. El ascetismo intelectual del nihilismo encontró su expresión en el materialismo; cualquier filosofía más sutil fue proclamada un pecado…. No ser un materialista era tomado como un sospechoso moral. Si no eras materialista, entonces estabas a favor de la esclavitud del hombre tanto intelectual como políticamente.» * * N. Berdyaev, Origin of Russian Communism (Londres, Geoffrey Bles, 1948), p. 45. 

Esta filosofía fantasiosa es de gran importancia, porque preparó el terreno para el bolchevismo. De la misma enfermedad espiritual que produjo el nihilismo surgió el anarquismo. Para el anarquista, como lo reveló el fundador del movimiento, Mikhail Bakunin (1814-1876), el jefe de todos los convencionalismos esclavizantes e innecesarios era el estado. El descubrimiento de que el Estado no era idéntico a la sociedad, descubrimiento que Occidente había hecho mil años antes que Rusia, podría haber sido un descubrimiento liberador para Rusia si, como en Occidente, los rusos hubieran estado dispuestos a aceptar tanto al Estado como a la sociedad, cada uno en su lugar. Pero esto era bastante imposible en la tradición rusa de totalitarismo fanático. Para esta tradición, el estado totalitario había sido encontrado malo y por lo tanto debía ser completamente destruido, y reemplazado por la sociedad totalitaria en la que el individuo podía ser absorbido. El anarquismo fue el siguiente paso después de la desilusión de los narodniki y las agitaciones de los nihilistas. La Inteligencia revolucionaria, incapaz de encontrar un grupo social en el que basar un programa de reformas, y convencida de la maldad de todos los establecimientos convencionales y de la perfección latente en las masas rusas, adoptó un programa de pura acción política directa del tipo más simple: el asesinato. Simplemente matando a los líderes de los estados (no sólo en Rusia sino en todo el mundo), los gobiernos podían ser eliminados y las masas liberadas para la cooperación social y el socialismo agrario. De este trasfondo surgió el asesinato del zar Alejandro II en 1881, del rey Humberto de Italia en 1900, del presidente McKinley en 1901, así como muchos atropellos anarquistas en Rusia, España e Italia en el período 1890-1910. El fracaso en hacer que los gobiernos desapareciesen ante esta agitación terrorista, especialmente en Rusia, donde la opresión de la autocracia aumentó después de 1881, condujo, poco a poco, a un desvanecimiento de la fe de la Intelligentsia en la violencia destructiva como acción constructiva, así como en la satisfactoria comuna campesina, y en la supervivencia de la inocencia natural en las masas irreflexivas. 

Justo en este punto, alrededor de 1890, comenzó un gran cambio en Rusia. El industrialismo occidental comenzó a crecer bajo los auspicios gubernamentales y extranjeros; comenzó a aparecer un proletariado urbano, y la teoría social marxista llegó desde Alemania. El crecimiento del industrialismo resolvió la violenta disputa académica entre occidentales y eslavos sobre si Rusia debía seguir el camino del desarrollo occidental, o si podía escapar de él recurriendo a algunas soluciones nativas eslavas ocultas en la comuna campesina; el crecimiento de un proletariado dio a los revolucionarios una vez más un grupo social sobre el que construir; y la teoría marxista dio a la Inteligencia una ideología que podían abrazar fanáticamente. Estos nuevos desarrollos, sacando a Rusia del punto muerto en que se encontraba en 1885, fueron generalmente bienvenidos. Incluso la autocracia levantó la censura para permitir que la teoría marxista circulara, en la creencia de que aliviaría la presión terrorista ya que evitaba la acción política directa, especialmente el asesinato, y posponía la revolución hasta después de que la industrialización hubiera avanzado lo suficiente como para crear una clase burguesa plenamente desarrollada y un proletariado plenamente desarrollado. Sin duda, la teoría creada por el trasfondo germánico de Marx a mediados del siglo XIX fue (como veremos) modificada gradualmente por la perspectiva rusa de larga data, al principio por el triunfo bolchevique leninista sobre los mencheviques, y más tarde por la victoria nacionalista rusa de Stalin sobre el racionalismo más occidental de Lenin; pero en el período 1890-1914 este estancamiento de violencias opuestas se rompió, y apareció el progreso, salpicado de violencia e intolerancia. 

Este período de progreso marcado por la violencia, que duró de 1890 a 1914, tiene varios aspectos. De éstos, el desarrollo económico y social será discutido primero, seguido por el político y, por último, el ideológico. 

Hasta tan tarde como el tiempo de liberación de la servidumbre, en 1863, Rusia no se vio prácticamente afectada por el proceso industrial y, de hecho, estaba mucho más atrasada que Gran Bretaña y Francia antes de la invención de la máquina de vapor. Debido a la falta de carreteras, el transporte era muy pobre excepto por el excelente sistema de ríos, y estos se congelaban durante meses cada año. Las huellas en el barro, intransitables durante parte del año y apenas transitables el resto del tiempo, dejaban a los pueblos relativamente aislados, con el resultado de que casi todos los productos artesanales y gran parte de los productos agrícolas se producían y consumían localmente. Los siervos se empobrecieron después de la liberación, y se mantuvieron en un bajo nivel de vida al serles quitada una gran parte de sus productos como tributo a los terratenientes, y como impuesto a la burocracia estatal. Esto sirvió para drenar una fracción considerable de la producción agrícola y mineral del país a las ciudades y al mercado de exportación. Esta fracción proporcionó capital para el crecimiento de una economía moderna después de 1863, siendo exportada para pagar la importación de la maquinaria necesaria y las materias primas industriales. Esto se complementaba con la importación directa de capital del extranjero, especialmente de Bélgica y Francia, mientras que gran parte del capital, especialmente para los ferrocarriles, era proporcionado por el gobierno. El capital extranjero representaba alrededor de un tercio de todo el capital industrial en 1890, y se elevó a casi la mitad en 1900. Las proporciones variaban de una actividad a otra, siendo la parte extranjera, en 1900, del 70 por ciento en el campo de la minería, del 42 por ciento en el campo de la industria metalúrgica, pero menos del 10 por ciento en el textil. En esa misma fecha, la totalidad del capital de los ferrocarriles ascendía a 4.700 millones de rublos, de los cuales 3.500 pertenecían al gobierno. Estas dos fuentes eran de gran importancia porque, excepto en el sector textil, la mayor parte del desarrollo industrial se basaba en los ferrocarriles, y las primeras empresas de la industria pesada, aparte de la antigua metalurgia del carbón de los Montes Urales, eran extranjeras. La primera gran concesión ferroviaria, la de la Compañía Principal para 2.650 millas de línea, fue otorgada a una empresa francesa en 1857. Una corporación británica abrió la explotación de la gran cuenca meridional de mineral de hierro en Krivoi Rog, mientras que los hermanos Nobel alemanes comenzaron el desarrollo de la industria petrolera en Bakú (ambos hacia 1880). 

Como consecuencia de estos factores, la economía rusa siguió siendo en gran medida, aunque cada vez menos, una economía colonial durante la mayor parte del período comprendido entre 1863 y 1914. El nivel de vida del pueblo ruso era muy bajo, con una excesiva exportación de productos de consumo, incluso los que el propio pueblo ruso necesitaba con urgencia, que se utilizaban para obtener divisas para comprar productos industriales o de lujo de origen extranjero que pertenecían a la muy pequeña clase dirigente. Esta pauta de organización económica rusa continuó bajo el régimen soviético desde 1917. 

El primer ferrocarril ruso se inauguró en 1838, pero el crecimiento fue lento hasta que se estableció un plan racional de desarrollo en 1857. Este plan pretendía penetrar en las principales regiones agrícolas, especialmente en la región de las tierras negras del sur, a fin de conectarlas con las principales ciudades del norte y los puertos de exportación. En ese momento sólo había 663 millas de ferrocarriles, pero esta cifra se multiplicó por más de diez en 1871, se duplicó de nuevo en 1881 (con 14.000 millas), llegó a 37.000 en 1901 y a 46.600 en 1915. Esta construcción tuvo lugar en dos grandes olas, la primera en la década 1866-1875, y la segunda en los quince años 1891-1905. En estos dos períodos se construyeron anualmente promedios de más de 1.400 millas de vías, mientras que en los quince años intermedios, de 1876 a 1890, el promedio de construcción fue de sólo 631 millas por año. La disminución de este período medio fue resultado de la «gran depresión» en Europa Occidental de 1873-1893, y culminó, en Rusia, en la terrible hambruna de 1891. Después de esta última fecha, la construcción del ferrocarril fue impulsada enérgicamente por el Conde Sergei Witte, que pasó de jefe de estación a Ministro de Finanzas, ocupando este último puesto de 1892 a 1903. Su mayor logro fue la línea Transiberiana de una sola vía, que corría 6.365 millas desde la frontera polaca a Vladivostok, y fue construido en los catorce años 1891-1905. Esta línea, al permitir a Rusia aumentar su presión política en el Lejano Oriente, llevó a Gran Bretaña a una alianza con Japón (1902), y llevó a Rusia a la guerra con Japón (1904-1905). 

Los ferrocarriles tuvieron un efecto muy profundo en Rusia desde todo punto de vista, uniendo una sexta parte de la superficie terrestre en una sola unidad política, y transformando la vida económica, política y social de ese país. Se cultivaron nuevas zonas, principalmente en las estepas (principalmente para cereales y algodón), que anteriormente estaban demasiado alejadas de los mercados para ser utilizadas con cualquier otro fin que no fuera el pastoreo, compitiendo así con la zona central de tierra negra. El drenaje de la riqueza de los campesinos hacia los mercados urbanos y de exportación se incrementó, especialmente en el período anterior a 1890. A este proceso contribuyó el advenimiento de una economía monetaria en las zonas rurales que anteriormente habían estado más cerca de la autosuficiencia o del trueque. Esto aumentó la especialización agrícola y debilitó las actividades artesanales. La recolección de productos rurales, que antes estaba en manos de unos pocos grandes operadores comerciales que trabajaban lentamente y a largo plazo, en gran parte a través de las más de seis mil ferias anuales de Rusia, fue, después de 1870, gracias al ferrocarril sustituido por una horda de pequeños intermediarios de rápida rotación que pululaban como hormigas por el campo, ofreciendo el contenido de sus pequeñas bolsas de dinero por grano, cáñamo, pieles, grasas, cerdas y plumas. Esta fuga de mercancías de las zonas rurales fue fomentada por el gobierno a través de cuotas y restricciones, diferencias de precios, y diferentes tasas e impuestos de ferrocarril para las mismas mercancías con diferentes destinos. Como resultado, el azúcar ruso se vendía en Londres por cerca del 40 por ciento de su precio en la propia Rusia. Rusia, con un consumo interno de 10,5 libras de azúcar per capita en comparación con las 92 libras per capita de Inglaterra, sin embargo exportó en 1900 una cuarta parte de su producción total de 1.802 millones de libras. Ese mismo año Rusia exportó casi 12 millones de libras de productos de algodón (principalmente a Persia y China), aunque el consumo interno de algodón en Rusia fue sólo de 5,3 libras per capita, en comparación con las 39 libras de Inglaterra. En cuanto a los productos derivados del petróleo, donde Rusia tenía el 48 por ciento de la producción mundial total en 1900, se exportó alrededor del 13,3 por ciento, aunque el consumo ruso fue de sólo 12 libras per capita al año, en comparación con las 42 libras de Alemania. En uno de estos productos, el queroseno (en el que Rusia tenía la mayor demanda interna potencial), se exportó casi el 60 por ciento de la producción nacional. El alcance total de este drenaje de riqueza de las zonas rurales puede juzgarse a partir de las cifras de exportación en general. En 1891-1895 los productos rurales constituían el 75 por ciento (y los cereales el 40 por ciento) del valor total de todas las exportaciones rusas. Además, se exportaban los mejores cereales, una cuarta parte de la cosecha de trigo frente a una decimoquinta parte de la de centeno en 1900. El hecho de que se produjera una cierta mejora a este respecto, con el paso del tiempo, puede verse en el hecho de que la parte de la cosecha de trigo exportada se redujo de la mitad en la década de 1880, a una sexta parte en 1912-1913. 

Esta política de desviar la riqueza hacia el mercado de exportación dio a Rusia una balanza comercial favorable (es decir, un exceso de exportaciones sobre importaciones), para todo el período posterior a 1875, proporcionando oro y divisas que permitieron al país acumular sus reservas de oro y proporcionar capital para su desarrollo industrial. Además, se obtuvieron miles de millones de rublos mediante la venta de bonos del gobierno ruso, en gran parte en Francia, como parte del esfuerzo francés para construir la Triple Entente. El Banco del Estado, que había aumentado sus reservas de oro de 475 millones a 1.095 millones de rublos en el período comprendido entre 1890 y 1897, se convirtió en banco emisor en 1897 y, por ley, estaba obligado a rescatar sus billetes en oro, con lo que Rusia pasó a formar parte del patrón internacional del oro. El número de empresas en Rusia aumentó de 504 con un capital de 912 millones de rublos (de los cuales 215 millones eran extranjeros), en 1889, a 1.181 empresas con un capital de 1.737 millones de rublos (de los cuales más de 800 millones eran extranjeros), en 1899. La proporción de empresas industriales entre estas corporaciones aumentó constantemente, siendo el 58 por ciento de las nuevas salidas a bolsa de capital en 1874-1881 en comparación con sólo el 11 por ciento en 1861-1873. 

Gran parte del impulso al avance industrial provino de los ferrocarriles, ya que éstos, en la última década del siglo XIX, fueron con mucho los principales compradores de metales ferrosos, carbón y productos de petróleo. Como resultado, hubo un espectacular estallido de productividad económica en esta década, seguido de una década de menor prosperidad después de 1900. La producción de arrabio en el período 1860-1870 osciló en torno a 350 mil toneladas al año, aumentó a 997 mil toneladas en 1890, a casi 1,6 millones de toneladas en 1895, y alcanzó un máximo de 3,3 millones de toneladas en 1900. Durante este período, la producción de hierro pasó de las fundiciones de carbón de los Urales, a los modernos hornos de coque de Ucrania, siendo los porcentajes de la producción total de Rusia, del 67% de los Urales y 6% del sur en 1870, al 20% de los Urales y 67% del sur en 1913. La cifra de producción de 1900 no se superó durante el decenio siguiente, pero aumentó después de 1909 hasta llegar a 4,6 millones de toneladas en 1913. Esto, comparado con 14,4 millones de toneladas en Alemania, 31,5 millones en los Estados Unidos, y casi 9 millones en el Reino Unido. 

La producción de carbón presenta un panorama algo similar, salvo que su crecimiento continuó durante el decenio de 1900-1910. La producción aumentó de 750 mil toneladas en 1870 a más de 3,6 millones de toneladas en 1880 y llegó a casi 7 millones en 1890 y a casi 17,5 millones en 1900. A partir de ese momento, la producción de carbón, a diferencia del arrabio, siguió aumentando hasta alcanzar 26,2 millones de toneladas en 1908, y 36 millones en 1913. Esta última cifra se compara con la producción alemana de 190 millones de toneladas, la producción estadounidense de 517 millones de toneladas, y la británica de 287 millones de toneladas en ese mismo año de 1913. En el carbón, al igual que en el arrabio, se produjo un desplazamiento geográfico del centro de producción, ya que un tercio del carbón ruso procedía de la zona de Donetz en 1860, mientras que más de dos tercios procedían de esa zona en 1900, y el 70 por ciento en 1913. 

En el caso del petróleo hubo un cambio geográfico algo similar en el centro de producción, ya que Bakú tuvo más del 90 por ciento del total en cada año desde 1870 hasta después de 1900, cuando los nuevos campos de Grozny y una disminución constante de la producción de Bakú redujeron el porcentaje de esta última al 85 en 1910, y al 83 en 1913. Debido a esta disminución de la producción de Bakú, la producción rusa de petróleo, que se disparó hasta 1901, disminuyó después de ese año. La producción fue sólo de 35.000 toneladas en 1870, se elevó a 600.000 toneladas en 1880, luego saltó a 4,8 millones de toneladas en 1890, a 11,3 millones en 1900, y alcanzó su punto máximo de más de 12 millones de toneladas en el año siguiente. Durante los siguientes doce años la producción se mantuvo algo por debajo de los 8,4 millones de toneladas. 

Debido a que la industrialización de Rusia llegó tan tarde, fue (excepto en el caso de los textiles) en gran escala desde el principio, y se organizó sobre la base del capitalismo financiero a desde 1870, y del capitalismo monopolista a partir de 1902. Aunque las fábricas que empleaban a más de 500 trabajadores representaban sólo el 3 por ciento de todas las fábricas en la década de 1890, el 4 por ciento en 1903 y el 5 por ciento en 1910, estas fábricas generalmente empleaban a más de la mitad de todos los trabajadores de la fábrica. Este porcentaje era mucho más alto que en Alemania o los Estados Unidos, y facilitaba a los agitadores laborales la organización de los trabajadores de estas fábricas rusas. Además, aunque Rusia en su conjunto no estaba altamente industrializada y la producción por trabajador o por unidad para Rusia en su conjunto era baja (debido a la existencia continuada de formas de producción más antiguas), las nuevas fábricas rusas se construían con el equipo tecnológico más avanzado, a veces hasta un grado que la oferta de mano de obra no capacitada no podía utilizar. En 1912 la producción de arrabio por horno en Ucrania era superior a la de Europa occidental por un amplio margen, aunque menor que la de los Estados Unidos por un margen igualmente amplio. Aunque la cantidad de energía mecánica disponible per cápita para el ruso medio era baja en 1908 en comparación con Europa occidental o América (siendo sólo 1,6 caballos de fuerza por cada 100 personas en Rusia en comparación con 25 en los Estados Unidos, 24 en Inglaterra y 13 en Alemania), la potencia por trabajador industrial era más alta en Rusia que en cualquier otro país continental (siendo 92 caballos de fuerza por cada 100 trabajadores en Rusia en comparación con 85 en Francia, 73 en Alemania, 153 en Inglaterra y 282 en los Estados Unidos). Todo esto hizo de la economía rusa una economía de contradicciones. Aunque la gama de métodos técnicos era muy amplia, en algunos campos faltaban completamente las técnicas avanzadas, e incluso campos enteros de actividades industriales necesarias (como las herramientas mecánicas o los automóviles). La economía estaba mal integrada, era extremadamente dependiente del comercio exterior (tanto para los mercados como para los productos esenciales) y dependía mucho de la asistencia del gobierno, especialmente del gasto público. 

Aunque la gran masa del pueblo ruso seguía viviendo, ya en 1914, en gran medida como lo había hecho durante generaciones, un pequeño número vivía en un nuevo, y muy inseguro, mundo de industrialización, donde estaba a merced de fuerzas extranjeras o gubernamentales sobre las que tenía poco control. Los gestores de este nuevo mundo trataron de mejorar sus posiciones, no mediante ningún esfuerzo por crear un mercado de masas en el otro mundo económico ruso, más primitivo, mediante la mejora de los métodos de distribución, la reducción de los precios o el aumento del nivel de vida, sino que trataron de aumentar sus propios márgenes de beneficio en un mercado estrecho mediante la reducción despiadada de los costos, especialmente los salarios, y por combinaciones monopolísticas para aumentar los precios. Estos esfuerzos condujeron a la agitación laboral por un lado y al capitalismo monopolista por el otro. El progreso económico, excepto en algunas líneas, se frenó por estas razones durante toda la década 1900-1909. Sólo en 1909, cuando se había creado una estructura industrial en gran parte monopolística, se reanudó el aumento de la producción de bienes y la lucha con el trabajo se redujo un poco. Los primeros cárteles rusos se formaron con el estímulo del gobierno ruso y en las actividades en las que predominaban los intereses extranjeros. En 1887 se formó un cártel del azúcar para permitir el dumping extranjero de esta mercancía. En 1892 se creó una agencia similar para el queroseno, pero el gran período de formación de esas organizaciones (generalmente en forma de agencias de venta conjunta) comenzó después de la crisis de 1901. En 1902 un cártel creado por una docena de empresas siderúrgicas se hizo cargo de casi tres cuartas partes de todas las ventas rusas de estos productos. Estaba controlado por cuatro grupos bancarios extranjeros. Un cartel similar, gobernado desde Berlín, se hizo cargo de las ventas de casi toda la producción rusa de tubos de hierro. Seis empresas ucranianas de hierro en 1908 crearon un cártel que controlaba el 80 por ciento de la producción de mineral de Rusia. En 1907 se creó un cártel para controlar alrededor de tres cuartos de los implementos agrícolas de Rusia. Otros manejaban el 97 por ciento de los vagones de ferrocarril, el 94 por ciento de las locomotoras y el 94 por ciento de las ventas de cobre. Dieciocho empresas carboneras de Donetz en 1906 crearon un cártel que vendía tres cuartas partes de la producción de carbón de esa zona. 

La creación de monopolios se vio favorecida por un cambio en la política de tarifas. El libre comercio, que se había establecido en el arancel de 1857, se redujo en 1877 y se abandonó en 1891. El arancel protector de este último año dio lugar a una grave guerra arancelaria con Alemania, ya que los alemanes trataron de excluir los productos agrícolas rusos como represalia por el arancel ruso sobre los productos manufacturados. Esta «guerra» se resolvió en 1894 mediante una serie de compromisos, pero la reapertura del mercado alemán a los cereales rusos provocó una agitación política en favor de la protección, por parte de los terratenientes alemanes. Tuvieron éxito, como veremos, en 1900, como resultado de un acuerdo con los industriales alemanes para apoyar el programa de construcción naval de Tirpitz. 

Para vísperas de la Primera Guerra Mundial, la economía rusa estaba en un estado de salud muy dudoso. Como hemos dicho, era un conjunto de retazos, muy falto de integración, muy dependiente del apoyo extranjero y gubernamental, atormentado por disturbios laborales, y, lo que era aún más amenazador, por disturbios laborales basados en motivos políticos más que económicos, y disparado por todo tipo de debilidades y discordias tecnológicas. Como ejemplo de esto último, podemos mencionar el hecho de que más de la mitad de la fundición de hierro de Rusia se fabricaba con carbón vegetal ya en 1900, y algunos de los recursos naturales más prometedores de Rusia quedaban sin utilizar como resultado del punto de vista restrictivo de los capitalistas monopolistas. El fracaso en el desarrollo de un mercado interno dejó los costos de distribución fantásticamente altos, y dejó el consumo per capita ruso de casi todos los productos básicos importantes fantásticamente bajo. Además, para empeorar las cosas, Rusia como consecuencia de estas cosas estaba perdiendo terreno en la carrera de producción con Francia, Alemania y los Estados Unidos. 

Estos acontecimientos económicos tuvieron profundos efectos políticos bajo la débil voluntad del Zar Nicolás II (1894-1917). Durante aproximadamente una década, Nicolás trató de combinar la despiadada represión civil, el avance económico y una política exterior imperialista en los Balcanes y el Lejano Oriente, con una publicidad mundial piadosa a favor de la paz y el desarme universal, distracciones internas como masacres antisemitas (pogroms), documentos terroristas falsificados, y falsos atentados terroristas contra la vida de altos funcionarios, incluido él mismo. Esta mezcla improbable se derrumbó completamente en 1905-1908. Cuando el conde Witte intentó iniciar algún tipo de desarrollo constitucional poniéndose en contacto con las unidades funcionales del gobierno local (los zemstvos, que habían sido efectivos en la hambruna de 1891), fue destituido de su cargo por una intriga dirigida por el Ministro del Interior Viacheslav Plehve (1903), cuya especialidad era el asesinato. El jefe civil de la Iglesia Ortodoxa, Konstantin Pobedonostsev (1827-1907) persiguió a todas las religiones disidentes, permitiendo al mismo tiempo que la Iglesia Ortodoxa se viera envuelta en la ignorancia y la corrupción. La mayoría de los monasterios católicos romanos de Polonia fueron confiscados, mientras que a los sacerdotes de esa religión se les prohibía salir de sus pueblos. En Finlandia se prohibió la construcción de iglesias luteranas, y las escuelas de esta religión fueron tomadas por el gobierno de Moscú. Los judíos fueron perseguidos, restringidos a ciertas provincias (la Empalizada de Asentamiento), excluidos de la mayoría de las actividades económicas, sometidos a fuertes impuestos (incluso sobre sus actividades religiosas), y se les permitió sumar tan sólo al diez por ciento de los alumnos en las escuelas (incluso en los pueblos que eran casi completamente judíos, y donde las escuelas se sostenían enteramente con impuestos judíos). Cientos de judíos fueron masacrados y miles de sus edificios destruidos en pogroms sistemáticos de tres días, tolerados y a veces alentados por la policía. Se hizo ilegales los matrimonios (y los niños) de los uniatos católicos romanos. Los musulmanes de Asia y otros lugares también fueron perseguidos. Se hizo todo lo posible para rusificar a los grupos nacionales no rusos, especialmente en las fronteras occidentales. A los finlandeses, alemanes bálticos y polacos no se les permitía utilizar sus propios idiomas en la vida pública, y debieron utilizar el ruso incluso en las escuelas privadas, e incluso en el nivel primario. La autonomía administrativa en estas zonas, incluso la prometida solemnemente a Finlandia mucho antes, fue destruida, y esas zonas fueron dominadas por la policía rusa, la educación rusa y el ejército ruso. Los pueblos de estas áreas fueron sometidos a una conscripción militar más rigurosa que los propios rusos, y eran rusificados mientras estaban en las filas. Contra los propios rusos se empleaban extremos increíbles de espionaje, contraespionaje, censura, provocación, encarcelamiento sin juicio y brutalidad total. Los revolucionarios respondieron con medidas similares, coronadas por el asesinato. Nadie podía confiar en más nadie, porque los revolucionarios estaban dentro de la policía, y los miembros de la policía estaban entre los rangos más altos de los revolucionarios. Se animó a Georgi Gapon, un sacerdote pago en secreto por el gobierno, a formar sindicatos y a dirigir las agitaciones obreras para aumentar la dependencia de los empresarios de la autocracia, pero cuando, en 1905, Gapon dirigió una marcha masiva de trabajadores al Palacio de Invierno para presentar una petición al zar, fueron atacados por las tropas y cientos fueron fusilados. Gapon fue asesinado al año siguiente por los revolucionarios, por traidor. Para desacreditar a los revolucionarios, el Departamento Central de Policía de San Petersburgo «imprimió a expensas del gobierno violentos llamamientos a la revuelta» que circularon por todo el país por una organización de reaccionarios. En un año (1906) el gobierno exilió a 35.000 personas sin juicio, y ejecutó a más de 600 personas bajo un nuevo decreto, que fijó la pena de muerte para los delitos comunes como el robo o los insultos a los funcionarios. En los tres años de 1906 a 1908, 5.140 funcionarios resultaron muertos o heridos, y 2.328 personas arrestadas fueron ejecutadas. En 1909 se reveló que un agente de policía, Azeff, había sido miembro del Comité Central de los Revolucionarios Socialistas durante años, y había participado en complots para asesinar a altos funcionarios, incluyendo a Plehve y al Gran Duque Sergius, sin que estos fuesen advertidos. El ex jefe de policía que reveló este hecho fue enviado a prisión por hacerlo. 

En condiciones como estas, no era posible un gobierno sensato, y todos los llamamientos a la moderación fueron aplastados entre los extremistas de ambos bandos. Las derrotas sufridas por las fuerzas rusas en la guerra con Japón en 1904-1905 llevaron los acontecimientos a un punto crítico. Todos los grupos descontentos comenzaron a agitarse, culminando en una exitosa huelga general en octubre de 1905. El emperador comenzó a ofrecer reformas políticas, aunque lo que se extendía un día frecuentemente era retirado poco después. Se estableció una asamblea consultiva, la Duma, elegida por sufragio amplio, pero por procedimientos muy complicados, destinados a reducir el elemento democrático. Ante las atrocidades en el campo, las huelgas interminables y los motines tanto en el ejército como en la marina, se levantó temporalmente la censura y se reunió la primera Duma (mayo de 1906). Reunía a unos cuantos hombres capaces, y estaba dominada por dos partidos políticos organizados apresuradamente, los Cadetes (algo a la izquierda del centro) y los Octubristas (algo a la derecha del centro). Los planes para una reforma total estaban en el aire, y cuando el ministro principal del zar rechazó tales planes, ello fue censurado abrumadoramente por la Duma. Tras semanas de agitación, el zar intentó formar un ministerio octubrista, pero este grupo se negó a gobernar sin la cooperación de los cadetes, y estos últimos se negaron a unirse a una coalición gobierno. El zar nombró a Pëtr Stolypin como primer ministro, disolvió la primera Duma y convocó a la elección de una nueva. Stolypin era un hombre severo, dispuesto a avanzar lentamente en la dirección de la reforma económica y política, pero decidido a aplastar sin piedad cualquier sospecha de violencia o acciones ilegales. El pleno poder del gobierno fue utilizado para conseguir una segunda Duma más a su gusto, proscribiendo a la mayoría de los cadetes, antes el partido más grande, e impidiendo que ciertas clases y grupos hicieran campaña o votaran. El resultado fue una nueva Duma de mucha menos habilidad, mucha menos disciplina, y con muchas caras desconocidas. Los cadetes se redujeron de 150 a 123, los octobristas de unos 42 a 32, mientras que había 46 de extrema derecha, 54 socialdemócratas marxistas, 35 socialrevolucionarios, al menos 100 laboristas variados, y otros dispersos. Este conjunto dedicó gran parte de su tiempo a debatir si la violencia terrorista debía ser condenada. Cuando Stolypin exigió que los socialdemócratas (marxistas) fueran expulsados, la Duma remitió el asunto a un comité; la asamblea fue disuelta inmediatamente, y se fijaron nuevas elecciones para una tercera Duma (junio de 1908). Bajo la poderosa intimidación del gobierno, que incluyó el envío de 31 socialdemócratas a Siberia, la tercera Duma fue elegida. Era en su mayor parte un cuerpo de clase alta y media alta, siendo los grupos más grandes 154 octobristas y 54 cadetes. Este cuerpo era lo suficientemente dócil como para permanecer durante cinco años (1907-1912). Durante este período, tanto la Duma como el gobierno siguieron una política de deriva, excepto para Stolypin. Hasta 1910 este enérgico administrador continuó sus esfuerzos para combinar la opresión y la reforma, especialmente la reforma agraria. Se crearon bancos de crédito rural; se adoptaron diversas medidas para poner mayores cantidades de tierra en manos de los campesinos; se eliminaron las restricciones a la migración de los campesinos, especialmente a Siberia; se abrió la participación en el gobierno local a las clases sociales más bajas anteriormente excluidas; se hizo más accesible la educación, especialmente la educación técnica, y se promulgaron en la ley ciertas disposiciones para el seguro social. Después de la crisis bosnia de 1908 (que se examinará más adelante), los asuntos exteriores se fueron haciendo cada vez más absorbentes, y para 1910 Stolypin había perdido su entusiasmo por la reforma, sustituyéndola por esfuerzos insensatos de rusificación de los numerosos grupos minoritarios. Terminó asesinado, en presencia del zar, en 1911. 

La cuarta Duma (1912-1916) fue similar a la tercera, elegida por complicados procedimientos, y por un sufragio restringido. La política de deriva continuó, y se hizo más obvia, ya que no se encontró ninguna figura enérgica como Stolypin. Por el contrario, la autocracia se hundió más profundamente en un pantano de superstición y corrupción. La influencia de la zarina se hizo más penetrante, y a través de ella se extendió el poder de un número de místicos y charlatanes religiosos, especialmente Rasputín. La pareja imperial había deseado ardientemente un hijo de su matrimonio en 1894. Tras el nacimiento de cuatro hijas, su deseo se cumplió en 1904. Por desgracia, el nuevo zarevich, Alexis, había heredado de su madre una enfermedad incurable, la hemofilia. Como su sangre no coagulaba, el más mínimo corte ponía en peligro su vida. Esta debilidad sólo exageraba la fanática devoción de la zarina por su hijo, y su determinación de que se convirtiera en zar con todos los poderes de ese cargo, y sin que las innovaciones constitucionales o parlamentarias lo mermaran. Después de 1907, cayó bajo la influencia de un extraño vagabundo, Rasputín, un hombre cuyos hábitos personales y apariencia eran viciosos y sucios, pero que tenía el poder, según ella, de detener la hemorragia del zarevich. La zarina cayó completamente bajo el control de Rasputín y, como el zar estaba completamente bajo el control de ella, Rasputín se convirtió en el gobernante de Rusia, al principio intermitentemente, pero luego completamente. Esta situación duró hasta que fue asesinado, en diciembre de 1916. Rasputín usó su poder para satisfacer sus vicios personales, para acumular riqueza mediante la corrupción, y para interferir en cada rama del gobierno, siempre en un sentido destructivo y no progresivo. Como dijo Sir Bernard Pares, hablando de la zarina, «Sus cartas a Nicolás, día a día, contienen las instrucciones que Rasputín había dado sobre cada detalle de la administración del Imperio -la Iglesia, los Ministros, las finanzas, los ferrocarriles, el suministro de alimentos, los nombramientos, las operaciones militares, y sobre todo la Duma; y una simple comparación de las fechas con los eventos que siguieron, muestra que en casi todos los casos se llevaron a cabo. En todas las recomendaciones que ella daba para los puestos ministeriales, la mayoría de las cuales fueron adoptadas, una de las principales consideraciones es siempre la actitud del candidato hacia Rasputín«. 

A medida que la autocracia se volvía cada vez más corrupta e irresponsable, el lento crecimiento hacia un sistema constitucional, que podría haberse desarrollado a partir del sistema zemstvo de gobierno local y la capaz membresía de la primera Duma, fue destruido. La reanudación de la expansión económica después de 1909 no pudo contrarrestar la perniciosa influencia de la parálisis política. Esta situación se hizo aún más desesperante debido a la creciente importancia de los asuntos exteriores después de 1908, y la incapacidad de la vida intelectual para crecer de manera constructiva. La primera de estas complicaciones se discutirá más adelante; la segunda merece unas palabras aquí. 

La tendencia general del desarrollo intelectual en Rusia en los años anteriores a 1914 no podía considerarse esperanzadora. Es cierto que se produjeron avances considerables en algunos campos, como la alfabetización, las ciencias naturales, las matemáticas y el pensamiento económico, pero éstos contribuyeron poco a un crecimiento de la moderación, o de la mayor necesidad intelectual de Rusia, que era obtener una visión más integrada de la vida. La influencia de la antigua actitud religiosa ortodoxa continuó, incluso en aquellos que la rechazaban más enfáticamente. La actitud básica de la tradición occidental había crecido en el sentido de la diversidad y la tolerancia, basadas en la creencia de que cada aspecto de la vida y de la experiencia humana, y cada individuo, tiene algún lugar en la compleja estructura de la realidad, con tal de que logre encontrarlo, y que, en consecuencia, la unidad de toda la vida puede alcanzarse por medio de la diversidad, y no a partir de cualquier uniformidad obligatoria. Esta idea era totalmente ajena a la mente rusa. Cualquier pensador ruso, y hordas de otros rusos sin capacidad de pensamiento, estaban impulsados por una sed insaciable de encontrar la «llave» de la vida y de la verdad. Una vez se encuentra esta «llave», todos los demás aspectos de la experiencia humana deben ser rechazados como malvados, y todos los hombres deben ser obligados a aceptar esa llave como la totalidad de la vida, en una terrible unidad uniformada. Para empeorar las cosas, muchos pensadores rusos trataban de analizar las complejidades de la experiencia humana polarizándolas en antítesis de dualismos mutuamente exclusivos: occidentales versus eslavos, individualismo versus comunidad, libertad versus destino, revolucionario versus reaccionario, naturaleza versus convenciones, autocracia versus anarquía, y cosas por el estilo. No había una correlación lógica entre estos, por lo que pensadores individuales frecuentemente abrazaban cualquiera de los lados de cualquier antítesis, formando una increíble mezcla de creencias, sostenidas en base a emociones. Además, los pensadores individuales frecuentemente se desplazaban de un lado a otro, o incluso oscilaban de un lado a otro entre los extremos de estos dualismos. En las mentes rusas más típicas, ambos extremos se mantenían simultáneamente, independientemente de la compatibilidad lógica, en algún tipo de unidad mística superior más allá del análisis racional. Así, el pensamiento ruso nos proporciona ejemplos sorprendentes de ateos intoxicados por Dios, reaccionarios revolucionarios, violentos no resistentes, pacifistas beligerantes, liberadores obligatorios y totalitarios individualistas. 

La característica básica del pensamiento ruso es su extremismo. Este tomó dos formas: (i) cualquier porción de la experiencia humana a la cual se le de lealtad se convierte en toda la verdad, exigiendo una lealtad total, siendo todo lo demás un mal engaño; y (2) se esperaba que cada persona viva aceptara esta misma porción, o fuera condenada como esbirro del anticristo. Se esperaba que aquellos que defendían al estado lo defendiesen como a una autocracia en la que el individuo no tenía derechos, o de lo contrario su lealtad no sería pura; se esperaba que aquellos que negaban al estado lo rechazasen totalmente, adoptando el anarquismo. Aquellos que se volvían materialistas, tenían que convertirse en completos nihilistas, sin lugar para ninguna convención, ceremonia o sentimiento. Aquellos que cuestionaban algún aspecto menor del sistema religioso, se esperaba que se convirtieran en ateos militantes, y si no daban este paso ellos mismos, eran llevados a ello por el clero. Aquellos que eran considerados como espirituales o decían serlo, eran perdonados de todo tipo de corrupción y lascivia (como Rasputín), porque tales aspectos materiales eran irrelevantes. Se esperaba que aquellos que simpatizaban con los oprimidos se hundieran en las masas, viviendo como ellas, comiendo como ellas, vistiéndose como ellas, y renunciando a toda cultura y pensamiento (si creían que las masas carecían de estas cosas). 

El extremismo de los pensadores rusos puede verse en sus actitudes hacia aspectos tan básicos de la experiencia humana como la propiedad, la razón, el estado, el arte, el sexo o el poder. Siempre hubo una tendencia fanática a eliminar como pecaminosa y malvada cualquier cosa, excepto un único aspecto que el pensador considerase como la clave del cosmos. Alexei Khomyakov (1804-1860), un eslavo, quería rechazar completamente la razón, considerándola como «el pecado mortal de Occidente», mientras que Fedor Dostoievski (1821-1881) fue tan lejos en esta dirección, que deseaba destruir toda la lógica y toda la aritmética, buscando, decía, «liberar a la humanidad de la tiranía de dos más dos es igual a cuatro«. Muchos pensadores rusos, mucho antes que los soviéticos, consideraban que toda propiedad era pecaminosa. Otros pensaban lo mismo sobre el sexo. León Tolstoi, el gran novelista y ensayista (1828-1910), consideraba que toda la propiedad y todo el sexo eran malvados. El pensamiento occidental, que normalmente ha tratado de encontrar un lugar en el cosmos para todo y ha sentido que cualquier cosa es aceptable en su propio lugar, se aleja de tal fanatismo. Occidente, por ejemplo, rara vez ha sentido la necesidad de justificar la existencia del arte, pero muchos pensadores en Rusia (como Platón hace mucho tiempo) han rechazado todo el arte como algo malo. Tolstoi, entre otros, tuvo momentos (como en el ensayo «¿Qué es el arte?» de 1897, o «Sobre Shakespeare y el drama», de 1903) en los que denunció la mayor parte del arte y la literatura, incluyendo sus propias novelas, como vanas, irrelevantes y satánicas. De manera similar, Occidente, aunque a veces ha mirado con recelo al sexo y con mayor frecuencia lo ha exagerado, ha sentido en general que el sexo tenía una función adecuada, limitado a su lugar propio. En Rusia, sin embargo, muchos pensadores, incluyendo una vez más a Tolstoi («La Sonata de Kreutzer» de 1889), han insistido en que el sexo era malo en todos los lugares y bajo todas las circunstancias, y más pecaminoso en el matrimonio. Los efectos perturbadores de esas ideas en la vida social o familiar pueden verse en los últimos años de la vida personal de Tolstoi, que culminaron con su último odio final hacia su sufrida esposa, a la que llegó a considerar como el instrumento de su caída en desgracia. Pero mientras Tolstoi elogiaba el matrimonio sin sexo, otros rusos, con mayor vehemencia aún, alababan el sexo sin matrimonio, considerando esta institución social como un impedimento innecesario en el camino del puro impulso humano. 

En cierto modo encontramos en Tolstoi la culminación del pensamiento ruso. Rechazó todo el poder, toda la violencia, la mayor parte del arte, todo el sexo, toda la autoridad pública, y toda la propiedad, como el mal. Para él la clave del universo se encontraba en el mandato de Cristo, «No resistas al mal«. Todos los demás aspectos de las enseñanzas de Cristo, excepto aquellos que fluyen directamente de esto, fueron rechazados, incluyendo cualquier creencia en la divinidad de Cristo o en un Dios personal. A partir de este mandato fluían las ideas de Tolstoi sobre la no violencia y la no resistencia, y su fe en que sólo de esta manera podría liberarse la capacidad del hombre para un amor espiritual tan poderoso que pudiera resolver todos los problemas sociales. Esta idea de Tolstoi, aunque basada en el mandato de Cristo, no es tanto un reflejo del cristianismo, como de la suposición rusa básica de que cualquier derrota física debe representar una victoria espiritual, y que esta última sólo podría lograrse a través de la primera. Tal punto de vista sólo podría ser sostenido por personas para las cuales toda prosperidad o felicidad no sólo son irrelevantes, sino pecaminosas. Y este punto de vista sólo podría ser sostenido con tal fanatismo por personas para las que la vida, la familia, o cualquier ganancia objetiva, no tienen valor. Esta es una idea dominante en toda la intelligentsia rusa, una idea que se remonta a Platón en la antigua Asia: toda la realidad objetiva no tiene importancia, excepto como símbolo de alguna verdad subjetiva. Este era, por supuesto, el punto de vista de los pensadores neoplatónicos del período cristiano temprano. Era generalmente el punto de vista de los primeros herejes cristianos, y de aquellos herejes occidentales como los cátaros (albigenses) que se derivaron de esta posición filosófica oriental. En el pensamiento ruso moderno está bien representado por Dostoievski, quien aunque cronológicamente vivió antes que Tolstoi, vivía espiritualmente en un período posterior. Para Dostoievski cada objeto y cada acto es simplemente un símbolo de alguna verdad espiritual evasiva. De este punto de vista viene una perspectiva que hace a sus personajes casi incomprensibles para la persona promedio en la tradición occidental: si tal personaje obtiene una fortuna, grita, «¡Estoy arruinado!» Si es absuelto de un cargo de asesinato, o parece probable que lo sea, exclama: «Estoy condenado», y busca incriminarse a sí mismo para asegurar el castigo que es tan necesario para su propia auto-absolución espiritual. Si erra deliberadamente un golpe a su oponente en un duelo, para sólo herirlo, su  conciencia se siente culpable, y dice: «No debería haberle herido así; ¡debería haberle matado!» En cada caso a quien así habla no le preocupa nada sobre la propiedad, el castigo, o la vida. Sólo le importan los valores espirituales: ascetismo, culpa, remordimiento, daño a la autoestima. De la misma manera, los primeros pensadores religiosos, tanto cristianos como no cristianos, consideraban todos los objetos como símbolos de valores espirituales, todo éxito temporal como una inhibición de la vida espiritual, y sentían que la riqueza sólo podía obtenerse deshaciéndose de la propiedad, la vida sólo podía encontrarse muriendo (una cita directa de Platón), la eternidad sólo podía encontrarse si el tiempo terminaba, y el alma sólo podía liberarse si el cuerpo estaba esclavizado. Así, aun tan tarde como en 1910, cuando Tolstoi murió, Rusia seguía fiel a su tradición intelectual greco-bizantina. 

Hemos observado que Dostoievski, que vivió un poco antes que Tolstoi, tenía sin embargo ideas que estaban cronológicamente adelantadas a las de Tolstoi. De hecho, en muchos sentidos, Dostoievski fue un precursor de los bolcheviques. Concentrando su atención en la pobreza, el crimen y la miseria humana, buscando siempre el verdadero significado detrás de cada acto o palabra evidente, llegó a una posición en la que la distinción entre apariencia y significado se hizo tan amplia, que ambos quedaban en contradicción entre sí. Esta contradicción era en realidad la lucha entre Dios y el Diablo en el alma del hombre. Como esta lucha no tiene fin, no hay solución a los problemas de los hombres, excepto enfrentar el sufrimiento de manera resuelta. Tal sufrimiento purga a los hombres de toda artificialidad y los une en una sola masa. En esta masa el pueblo ruso, por su mayor sufrimiento y su mayor espiritualidad, es la esperanza del mundo y debe salvar al mundo del materialismo, la violencia y el egoísmo de la civilización occidental. El pueblo ruso, por otra parte, lleno de abnegación, sin lealtad al lujo o a la ganancia material, y purificado por el sufrimiento que lo hace hermano de todos los demás pueblos que sufren, salvará al mundo al empuñar la espada de la rectitud contra las fuerzas del mal que provienen de Europa. Constantinopla será tomada, todos los eslavos serán liberados, y Europa y el mundo serán forzados a la libertad por la conquista, de modo que Moscú se convertirá en la Tercera Roma. Sin embargo, antes de que Rusia esté en condiciones de salvar al mundo de esta manera, los intelectuales rusos deben fusionarse en la gran masa del sufrido pueblo ruso, y el pueblo ruso debe adoptar la ciencia y la tecnología de Europa, no contaminada por ninguna ideología europea. La sangre derramada en este esfuerzo por extender la hermandad eslava a todo el mundo por la fuerza ayudará a la causa, ya que el sufrimiento compartido hará de todos los hombres uno solo. 

Este místico imperialismo eslavo, con sus matices apocalípticos, no fue de ninguna manera solo de Dostoievski. Fue sostenido de manera vaga e implícita por muchos pensadores rusos, y tuvo un amplio atractivo para las masas irreflexivas. Estaba implícito en gran parte de la propaganda del paneslavismo, y se volvió semioficial con el crecimiento de esta propaganda después de 1908. Se extendió entre el clero ortodoxo, que enfatizaba el reino de la rectitud que seguiría al establecimiento milenario de Moscú como la «Tercera Roma». Fue declarado explícitamente en un libro, Rusia y Europa, publicado en 1869 por Nicholas Danilevsky (1822-1885). Esas ideas, como veremos, no desaparecieron con la desaparición de la autocracia de Romanov en 1917, sino que se hicieron aún más influyentes, fusionándose con la revisión leninista del marxismo para proporcionar la ideología de la Rusia soviética después de 1917. 

[Continuará]

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