FOLLETÍN > ENTREGA 29

Tragedy & Hope. A History of the World in Our Time. 1966. The MacMillan Company, New York; Collier MacMillan Limited, London. [Traducción de A. Mazzucchelli].

Carroll Quigley 

HISTORIA DIPLOMÁTICA, 1914-1918

El inicio de la acción militar en agosto de 1914 no marcó el fin de la acción diplomática, ni siquiera entre los principales oponentes. La actividad diplomática continuó, y estaba dirigida, en gran medida, a dos objetivos: (a) incorporar nuevos países a las actividades militares o, por el contrario, mantenerlos al margen, y (b) intentar conseguir la paz mediante negociaciones. Estrechamente relacionadas con el primer objetivo, las negociaciones se referían a la disposición de los territorios enemigos una vez finalizada la lucha.

Detrás de todas las actividades diplomáticas del período 1914-1918 hubo un hecho que se impuso a los beligerantes con relativa lentitud. Se trataba del cambio de carácter de la guerra moderna. Con algunas excepciones, las guerras del siglo XVIII y principios del XIX habían sido luchas de recursos limitados por objetivos limitados. El crecimiento de la democracia política, el auge del nacionalismo y la industrialización de la guerra condujeron a la guerra total con movilización total y objetivos ilimitados. En el siglo XVIII, cuando los gobernantes estaban relativamente libres de influencias populares, podían librar guerras por objetivos limitados y podían negociar la paz sobre una base de compromiso cuando estos objetivos se alcanzaban o parecían inalcanzables. Utilizando un ejército mercenario que luchaba a cambio de una paga, podían poner a ese ejército en guerra o fuera de ella, según pareciera necesario, sin afectar vitalmente a su moral o a sus cualidades de combate. La llegada de la democracia y del ejército de masas exigía que el grueso de los ciudadanos apoyara de forma incondicional cualquier esfuerzo bélico y hacía imposible librar guerras por objetivos limitados. Ese apoyo popular sólo podía ganarse en nombre de grandes objetivos morales o valores filosóficos universales o, como mínimo, para la supervivencia. Al mismo tiempo, la creciente industrialización y la integración económica de la sociedad moderna hacían imposible la movilización para la guerra, salvo sobre una base muy amplia que se aproximaba a la movilización total. Esta movilización no podía dirigirse hacia objetivos limitados. De estos factores surgió la guerra total con movilización total y objetivos ilimitados, incluyendo la destrucción total o la rendición incondicional del enemigo. Habiendo adoptado objetivos tan grandiosos y planes tan gigantescos, se hizo casi imposible permitir la existencia continuada de no combatientes dentro de los países beligerantes o neutrales fuera de ellos. Se hizo casi axiomático que “quien no está conmigo está contra mí”. Al mismo tiempo, se hizo casi imposible transigir lo suficiente para obtener los objetivos mucho más limitados que permitirían una paz negociada. Como dijo Charles Seymour “Cada bando se había prometido a sí mismo una paz de victoria. La propia frase ‘paz negociada’ se convirtió en sinónimo de traición”. Además, la base popular de la guerra moderna requería una moral alta que podía bajar fácilmente si se filtraba la noticia de que el gobierno estaba negociando la paz en medio de la lucha. Como consecuencia de estas condiciones, los esfuerzos para negociar la paz durante la Primera Guerra Mundial fueron generalmente muy secretos y muy poco exitosos.

El cambio de guerras limitadas con objetivos limitados libradas con tropas mercenarias a guerras ilimitadas de desgaste económico con objetivos ilimitados libradas con ejércitos nacionales tuvo consecuencias de gran alcance. La distinción entre combatientes y no combatientes y entre beligerantes y neutrales se volvió borrosa y, en última instancia, indistinguible. El derecho internacional, que había crecido en el periodo de las guerras dinásticas limitadas, hizo mucho de estas distinciones. Los no combatientes gozaban de amplios derechos que pretendían proteger al máximo su modo de vida durante los periodos de guerra; los neutrales tenían derechos similares. A cambio, sobre estos “forasteros” recaían estrictas obligaciones de permanecer tanto no combatientes como neutrales. Todas estas distinciones se rompieron en 1914-1915, con el resultado de que ambos bandos se entregaron a violaciones masivas del derecho internacional existente. Probablemente, en general, estas violaciones fueron más amplias (aunque menos publicitadas) por parte de la Entente que por parte de las Potencias Centrales. Las razones para ello eran que los alemanes todavía mantenían las antiguas tradiciones de un ejército profesional, y su posición, tanto como invasor como “potencia central” con recursos humanos y económicos limitados, hacía que les resultara ventajoso mantener las distinciones entre combatiente y no combatiente y entre beligerante y neutral. Si hubieran podido mantener la primera distinción, habrían tenido que luchar contra el ejército enemigo y no contra la población civil enemiga y, una vez derrotada la primera, habrían tenido poco que temer de la segunda, que podría haber sido controlada por un mínimo de tropas. Si hubieran podido mantener la distinción entre beligerante y neutral, habría sido imposible bloquear a Alemania, ya que los suministros básicos podrían haberse importado a través de países neutrales. Por esta razón, los planes originales de Schlieffen para un ataque a Francia a través de Holanda y Bélgica fueron cambiados por Moltke a un ataque sólo a través de Bélgica. La Holanda neutral debía permanecer como canal de suministro de bienes civiles. Esto fue posible porque el derecho internacional distinguía entre los bienes de guerra, que podían ser declarados de contrabando, y los bienes civiles (incluidos los alimentos), que no podían ser declarados así. Además, los planes alemanes, como hemos indicado, preveían una guerra corta y decisiva contra las fuerzas armadas enemigas, y no esperaban ni deseaban una movilización económica total ni tampoco una movilización militar total, ya que éstas podrían perturbar la estructura social y política existente en Alemania. Por estas razones, Alemania no hizo planes para la movilización industrial o económica, para una guerra larga o para soportar un bloqueo, y esperaba movilizar una proporción menor de su mano de obra que sus enemigos inmediatos.

El fracaso del plan Schlieffen mostró el error de estas ideas. No sólo la perspectiva de una guerra larga hacía necesaria la movilización económica, sino que la ocupación de Bélgica demostró que el sentimiento nacional tendía a hacer académica la distinción entre combatientes y no combatientes. Cuando los civiles belgas disparaban contra los soldados alemanes, éstos tomaban rehenes civiles y practicaban represalias contra los civiles. Estas acciones alemanas fueron difundidas en todo el mundo por la maquinaria de propaganda británica como “atrocidades” y violaciones del derecho internacional (que lo eran), mientras que los francotiradores civiles belgas fueron excusados como patriotas leales (aunque sus acciones eran aún más claramente violaciones del derecho internacional y, como tales, justificaban las severas reacciones alemanas). Estas “atrocidades” fueron utilizadas por los británicos para justificar sus propias violaciones del derecho internacional. Ya el 20 de agosto de 1914, trataban los alimentos como contrabando e interferían en los envíos neutrales de alimentos a Europa. El 5 de noviembre de 1914, declararon todo el mar desde Escocia hasta Islandia como “zona de guerra”, lo cubrieron con campos de minas flotantes explosivas y ordenaron a todos los barcos que se dirigían al Báltico, Escandinavia o los Países Bajos que pasaran por el Canal de la Mancha, donde fueron detenidos, registrados y confiscados gran parte de sus cargamentos, incluso cuando estos cargamentos no podían ser declarados de contrabando según el derecho internacional vigente. En represalia, los alemanes declararon el 18 de febrero de 1915 al Canal de la Mancha como “zona de guerra”, anunciaron que sus submarinos hundirían los barcos en esa zona y ordenaron que los barcos destinados a la zona del Báltico utilizaran la ruta al norte de Escocia. Estados Unidos, que rechazó una invitación escandinava para protestar contra la zona de guerra británica cerrada con minas al norte de Escocia, protestó violentamente contra la zona de guerra alemana cerrada con submarinos en los Mares Estrechos, aunque, como dijo un senador estadounidense, la “humanidad del submarino estaba ciertamente en un nivel más alto que la de la mina flotante, que no podía ejercer ni discreción ni juicio”.

Estados Unidos aceptó la “zona de guerra” británica e impidió que sus barcos la utilizaran. Por otro lado, se negó a aceptar la zona de guerra alemana, e insistió en que las vidas y los bienes estadounidenses estaban bajo la protección de Estados Unidos incluso cuando viajaban en buques beligerantes armados en esta zona de guerra. Además, Estados Unidos insistió en que los submarinos alemanes debían obedecer las leyes del mar establecidas para los buques de superficie. Estas leyes establecían que los buques mercantes podían ser detenidos por un buque de guerra e inspeccionados, y podían ser hundidos, si llevaban contrabando, después de que los pasajeros y la documentación de los buques fueran puestos en un lugar seguro. Un lugar seguro no eran los barcos, sino a la vista de tierra o de otros buques en un mar en calma. El buque mercante así detenido sólo obtenía estos derechos si no realizaba ningún acto de hostilidad contra el buque de guerra enemigo. Para los submarinos alemanes no sólo era difícil, o incluso imposible, cumplir estas condiciones; a menudo era peligroso, ya que los buques mercantes británicos recibían instrucciones de atacar a los submarinos alemanes a la vista, embistiendo si era posible. Incluso era peligroso para los submarinos alemanes aplicar la ley establecida para los buques neutrales; ya que los buques británicos, con estas órdenes agresivas, a menudo enarbolaban banderas neutrales y se hacían pasar por neutrales mientras era posible. Sin embargo, Estados Unidos siguió insistiendo en que los alemanes obedecieran las antiguas leyes, a la vez que consentían las violaciones británicas de las mismas hasta el punto de que la distinción entre buques de guerra y buques mercantes se difuminaba. En consecuencia, los submarinos alemanes empezaron a hundir buques mercantes británicos sin apenas avisar. Sus intentos de justificar esta falta de distinción entre combatientes y no combatientes con el argumento de que las minas flotantes británicas, el bloqueo alimentario británico y las instrucciones británicas a los buques mercantes de atacar a los submarinos no hacían tal distinción no tuvieron más éxito que sus esfuerzos por demostrar que su severidad contra la población civil de Bélgica estaba justificada por los ataques civiles a las tropas alemanas. Estaban tratando de mantener las distinciones legales que quedaban de un período anterior, cuando las condiciones eran totalmente diferentes, y su abandono final de estas distinciones sobre la base de que sus enemigos ya las habían abandonado simplemente empeoró las cosas, porque si los neutrales se convertían en beligerantes y los no combatientes en combatientes, Alemania y sus aliados sufrirían mucho más que Gran Bretaña y sus amigos. En el análisis final, esta es la razón por la que se destruyeron las distinciones; pero debajo de todas las cuestiones legales se encontraba el ominoso hecho de que la guerra, al convertirse en total, había hecho casi imposible tanto la neutralidad como la paz negociada. A continuación nos ocuparemos de esta lucha por la neutralidad y de la lucha por la paz negociada.

En cuanto a los compromisos legales o diplomáticos, Alemania, en julio de 1914, tenía derecho a esperar que Austria-Hungría, Italia, Rumanía y quizás Turquía estuvieran a su lado y que sus oponentes fueran Serbia, Montenegro, Rusia y Francia, con Inglaterra manteniendo la neutralidad, al menos al principio. En cambio, Italia y Rumanía lucharon contra ella, una pérdida que no se vio compensada por la adhesión de Bulgaria a su lado. Además, encontró a sus oponentes reforzados por Inglaterra, Bélgica, Grecia, Estados Unidos, China, Japón, los árabes y otras veinte “potencias aliadas y asociadas”. El proceso por el que la realidad resultó ser tan diferente de las legítimas expectativas de Alemania ocupará ahora nuestra atención.

Turquía, que había estado acercándose a Alemania desde antes de 1890, ofreció a Alemania una alianza el 27 de julio de 1914, cuando la crisis de Sarajevo estaba en su punto álgido. El documento se firmó en secreto el 1 de agosto y obligaba a Turquía a entrar en la guerra contra Rusia si ésta atacaba a Alemania o a Austria. Mientras tanto, Turquía engañó a las potencias de la Entente llevando a cabo largas negociaciones con ellas sobre su actitud hacia la guerra. El 29 de octubre se quitó la máscara de neutralidad atacando a Rusia, cortándola así de sus aliados occidentales por la ruta del sur. Para aliviar la presión sobre Rusia, los británicos realizaron un ineficaz ataque a Gallipoli en los Dardanelos (febrero-diciembre de 1915). Sólo a finales de 1916 se inició un verdadero ataque contra Turquía, esta vez desde Egipto hacia Mesopotamia, donde se capturó Bagdad en marzo de 1917, y se abrió el camino hacia el valle, así como a través de Palestina hasta Siria. Jerusalén cayó en manos del general Allenby en diciembre de 1917, y las principales ciudades de Siria cayeron en octubre siguiente (1918).

Bulgaria, aún resentida por la Segunda Guerra de los Balcanes (1913), en la que había perdido territorio a manos de Rumanía, Serbia, Grecia y Turquía, se inclinó desde el estallido de la guerra en 1914 hacia Alemania, y se vio reforzada en esa inclinación por el ataque turco a Rusia en octubre. Ambas partes intentaron comprar la lealtad de Bulgaria, un proceso en el que las Potencias de la Entente se vieron obstaculizadas por el hecho de que las ambiciones de Bulgaria sólo podían satisfacerse a expensas de Grecia, Rumanía o Serbia, cuyo apoyo también deseaban. Bulgaria quería Tracia desde el río Maritsa hasta el Vardar, incluyendo Kavalla y Salónica (que eran griegas), la mayor parte de Macedonia (que era griega o serbia) y Dobruja (de Rumanía). Las potencias de la Entente ofrecieron Tracia al Vardar en noviembre de 1914, y añadieron parte de Macedonia en mayo de 1915, compensando a Serbia con una oferta de Bosnia, Herzegovina y la costa de Dalmacia. Alemania, por su parte, concedió a Bulgaria una franja de territorio turco a lo largo del río Maritsa en julio de 1915, añadió a ésta un préstamo de 200.000.000 de francos seis semanas después y, en setiembre de 1915, aceptó todas las demandas de Bulgaria siempre que fueran a costa de los países beligerantes. Al cabo de un mes, Bulgaria entró en la guerra atacando a Serbia (11 de octubre de 1915). Tuvo un éxito considerable, al avanzar hacia el oeste a través de Serbia hasta llegar a Albania, pero en este proceso expuso su flanco izquierdo a un ataque de las fuerzas de la Entente que ya estaban asentadas en Salónica. Este ataque se produjo en setiembre de 1918, y en un mes obligó a Bulgaria a pedir un armisticio (30 de setiembre). Esto marcó la primera ruptura del frente unido de las Potencias Centrales.

Cuando comenzó la guerra en 1914, Rumanía se mantuvo neutral, a pesar de que se había adherido a la Triple Alianza en 1883. Esta adhesión se había producido por las simpatías germánicas de la familia real, y era tan secreta que sólo un puñado de personas lo sabía. El propio pueblo rumano simpatizaba con Francia. En aquella época, Rumanía constaba de tres partes (Moldavia, Valaquia y Dobruja) y ambicionaba adquirir Besarabia de Rusia y Transilvania de Hungría. No parecía posible que Rumanía obtuviera ambas, y sin embargo eso fue exactamente lo que ocurrió, porque Rusia fue derrotada por Alemania y condenada al ostracismo por las Potencias de la Entente tras su revolución en 1917, mientras que Hungría fue derrotada por las Potencias de la Entente en 1918. Los rumanos eran fuertemente antirrusos después de 1878, pero este sentimiento disminuyó con el tiempo, mientras que la animosidad contra las Potencias Centrales aumentó, debido al maltrato húngaro a la minoría rumana en Transilvania. Como resultado, Rumanía se mantuvo neutral en 1914. Los esfuerzos de las Potencias de la Entente por ganarla para su bando fueron vanos hasta después de la muerte del rey Carol en octubre de 1914. Los rumanos pidieron, como precio de su intervención en el bando de la Entente, Transilvania, partes de Bucovina y el Banato de Temesvar, 500.000 tropas de la Entente en los Balcanes, 200.000 tropas rusas en Besarabia y la igualdad de estatus con las Grandes Potencias en la Conferencia de Paz. Para ello prometieron atacar a las Potencias Centrales y no hacer una paz por separado. Sólo las grandes bajas sufridas por las Potencias de la Entente en 1916 les llevaron a aceptar estas condiciones. Lo hicieron en agosto de ese año, y Rumanía entró en la guerra diez días después. Las Potencias Centrales invadieron inmediatamente el país y tomaron Bucarest en diciembre. Los rumanos se negaron a firmar la paz hasta que el avance alemán hacia el Marne en la primavera de 1918 les convenció de que las Potencias Centrales iban a ganar. En consecuencia, firmaron el Tratado de Bucarest con Alemania (7 de mayo de 1918) por el que cedían Dobruja a Bulgaria, pero obtenían una reclamación sobre “Besarabia”, que Alemania había arrebatado previamente a Rusia. Alemania también obtuvo un contrato de arrendamiento de noventa años sobre los pozos de petróleo rumanos.

Aunque los esfuerzos de la Entente para que Grecia entrara en la guerra fueron los más prolongados y sin escrúpulos de la época, no tuvieron éxito mientras el rey Constantino permaneció en el trono (hasta junio de 1917). A Grecia se le ofreció Esmirna en Turquía si cedía Kavalla a Bulgaria y apoyaba a Serbia. El Primer Ministro Eleutherios Venizelos se mostró favorable, pero no pudo persuadir al rey, y pronto se vio obligado a dimitir (marzo de 1915). Volvió al cargo en agosto, tras ganar las elecciones parlamentarias de junio. Cuando Serbia pidió a Grecia los 150.000 hombres prometidos en el tratado serbio-griego de 1913 como protección contra un ataque búlgaro a Serbia, Venizelos intentó obtener estas fuerzas de las potencias de la Entente. Cuatro divisiones franco-británicas desembarcaron en Salónica (octubre de 1915), pero Venizelos fue inmediatamente obligado a abandonar su cargo por el rey Constantino. La Entente ofreció entonces ceder Chipre a Grecia a cambio del apoyo griego contra Bulgaria, pero fue rechazada (20 de octubre de 1915). Cuando las fuerzas alemanas y búlgaras comenzaron a ocupar partes de la Macedonia griega, las potencias de la Entente bloquearon Grecia y enviaron un ultimátum pidiendo la desmovilización del ejército griego y un gobierno responsable en Atenas (junio de 1916). Los griegos aceptaron de inmediato, ya que la desmovilización hacía menos probable que se vieran obligados a hacer la guerra a Bulgaria, y la exigencia de un gobierno responsable podía satisfacerse sin que Venizelos volviera a ocupar el cargo. Así frustradas, las Potencias de la Entente establecieron un nuevo gobierno griego provisional bajo el mando de Venizelos en su base de Salónica. Allí declaró la guerra a las Potencias Centrales (noviembre de 1916). La Entente exigió entonces que los enviados de las Potencias Centrales fueran expulsados de Atenas y que se entregara el material de guerra bajo control del gobierno ateniense. Estas exigencias fueron rechazadas (30 de noviembre de 1916). Las fuerzas de la Entente desembarcaron en el puerto de Atenas (El Pireo) ese mismo día, pero sólo permanecieron una noche, siendo sustituidas por un bloqueo de la Entente a Grecia. El gobierno de Venizelos fue reconocido por Gran Bretaña (diciembre de 1916), pero la situación se prolongó sin cambios. En junio de 1917 se envió un nuevo ultimátum a Atenas exigiendo la abdicación del rey Constantino. Fue respaldado por la toma de Tesalia y Corinto, y fue aceptado de inmediato. Venizelos se convirtió en primer ministro del gobierno de Atenas y declaró la guerra a las Potencias Centrales al día siguiente (27 de junio de 1917). Esto proporcionó a la Entente una base suficiente para remontar el valle del Vardar, bajo el mando del general francés Louis Franchet d’Esperey, y obligar a Bulgaria a abandonar la guerra.

Al estallar la guerra en 1914, Italia declaró su neutralidad alegando que la Triple Alianza de 1882, renovada en 1912, la obligaba a apoyar a las Potencias Centrales sólo en caso de guerra defensiva y que la acción austriaca contra Serbia no entraba en esta categoría. Para los italianos, la Triple Alianza seguía plenamente vigente y, por lo tanto, tenían derecho, según lo dispuesto en el artículo VII, a una compensación por cualquier ganancia territorial austriaca en los Balcanes. Como garantía de esta disposición, los italianos ocuparon el distrito de Valona en Albania en noviembre de 1914. Los esfuerzos de las Potencias Centrales por sobornar a Italia para que entrara en la guerra fueron difíciles porque las demandas italianas iban en gran medida a costa de Austria. Estas demandas incluían el Tirol del Sur, Gorizia, las Islas Dálmatas y Valona, con Trieste como ciudad libre. En Italia se produjo una gran controversia pública entre los que apoyaban la intervención en la guerra del lado de la Entente y los que deseaban permanecer neutrales. Mediante un hábil gasto de dinero, los gobiernos de la Entente consiguieron un apoyo considerable. Su principal logro fue dividir al Partido Socialista, normalmente pacifista, mediante grandes subvenciones a Benito Mussolini. Mussolini, un rabioso socialista que había sido un líder pacifista en la Guerra de Trípoli de 1911, era editor del principal periódico socialista, Avanti. Fue expulsado del partido cuando apoyó la intervención del lado de la Entente, pero, utilizando dinero francés, estableció su propio periódico, Popolo d’ltalia, y se embarcó en la carrera sin principios que finalmente le convirtió en dictador de Italia.

Por el Tratado secreto de Londres (26 de abril de 1915), las exigencias de Italia enumeradas anteriormente fueron aceptadas por las Potencias de la Entente y ampliadas para establecer que Italia debería obtener también Trentino, Trieste, Istria (pero no Fiume), Dalmacia del Sur, Albania como protectorado, las islas del Dodecaneso, Adalia en Asia Menor, zonas compensatorias en África si las potencias de la Entente hacían alguna adquisición en ese continente, un préstamo de 50 millones de libras, parte de la indemnización de guerra y la exclusión del Papa de cualquiera de las negociaciones que condujeran a la paz. A cambio de estas amplias promesas, Italia aceptó hacer la guerra a todas las Potencias Centrales en el plazo de un mes. Declaró la guerra a Austria-Hungría el 23 de mayo de 1915, pero a Alemania sólo en agosto de 1916.

El Tratado de Londres es de suma importancia porque su fantasma rondó las cancillerías de Europa durante más de veinticinco años. Se utilizó como excusa para el ataque italiano a Etiopía en 1935 y a Francia en 1940.

El esfuerzo bélico italiano se dedicó a intentar hacer retroceder a las fuerzas de los Habsburgo desde la cabecera del mar Adriático. En una serie de al menos doce batallas en el río Isonzo, en un terreno muy difícil, los italianos fracasaron notablemente. En el otoño de 1917, Alemania proporcionó a los austriacos suficientes refuerzos para permitirles romper la retaguardia de las líneas italianas en Caporetto. La defensa italiana se derrumbó y fue restablecida a lo largo del río Piave sólo después de perder más de 600.000 hombres, la mayoría por deserción. Austria no pudo seguir con esta ventaja debido a su cansancio de la guerra, a su incapacidad para movilizar con éxito su economía interna con fines bélicos y, sobre todo, por el creciente malestar de las nacionalidades sometidas al dominio de los Habsburgo. Estos grupos crearon comités gubernamentales en las capitales de la Entente y organizaron “legiones” para luchar en el bando de la Entente. Italia organizó una gran reunión de estos pueblos en Roma en abril de 1918. Firmaron el “Pacto de Roma”, prometiendo trabajar por la autodeterminación de los pueblos sometidos y acordando trazar la frontera entre los italianos y los eslavos del sur sobre líneas de nacionalidad.

Rusia, al igual que Rumanía, se vio obligada a abandonar la guerra en 1917 y a firmar una paz por separado por parte de Alemania en 1918. El ataque ruso contra Alemania en 1914 había sido completamente desbaratado en las batallas de Tannenberg y de los Lagos de Masuria en agosto y setiembre, pero su capacidad para resistir a las fuerzas austriacas en Galitzia hizo imposible que la guerra en el este llegara a su fin. Las bajas rusas fueron muy numerosas debido a la insuficiencia de suministros y municiones, mientras que los austriacos perdieron considerables fuerzas, especialmente de eslavos, por la deserción a los rusos. Este último factor hizo posible que Rusia organizara una “Legión Checa” de más de 100.000 hombres. Los refuerzos alemanes en el frente austriaco de Galitzia en 1915 hicieron posible una gran ofensiva austro-alemana que atravesó Galitzia y en setiembre había tomado toda Polonia y Lituania. En estas operaciones los rusos perdieron cerca de un millón de hombres. Perdieron un millón más en el contraataque “Brusilov” de 1916, que llegó a los Cárpatos antes de ser detenido por la llegada de refuerzos alemanes desde Francia. Para entonces el prestigio del gobierno zarista había caído tan bajo que fue fácilmente sustituido por un gobierno parlamentario bajo el mando de Kerensky en marzo de 1917. El nuevo gobierno intentó continuar la guerra, pero juzgó mal el temperamento del pueblo ruso. Como resultado, el grupo comunista extremista, conocido como bolcheviques, pudo hacerse con el gobierno en noviembre de 1917, y mantenerlo prometiendo al cansado pueblo ruso tanto la paz como la tierra. Las exigencias alemanas, dictadas por el Estado Mayor alemán, eran tan severas que los bolcheviques se negaron a firmar una paz formal, pero el 3 de marzo de 1918 se vieron obligados a aceptar el Tratado de Brest-Litovsk. Por este tratado, Rusia perdió Finlandia, Lituania, las provincias bálticas, Polonia, Ucrania y Transcaucasia. Los esfuerzos alemanes por explotar estas zonas en un sentido económico durante la guerra no tuvieron éxito.

La intervención de Japón en la guerra, el 23 de agosto de 1914, estuvo totalmente determinada por sus ambiciones en el Extremo Oriente y en la zona del Pacífico. Pretendía aprovechar la oportunidad que le brindaba la preocupación de las Grandes Potencias por Europa para obtener concesiones de China y Rusia y sustituir a Alemania, no sólo en sus posesiones coloniales en Oriente, sino también para hacerse con su posición comercial en la medida de lo posible. Las colonias insulares alemanas al norte del ecuador fueron tomadas de inmediato, y la concesión alemana de Kiaochow fue capturada tras un breve asedio. En enero de 1915, se presentaron a China las “Veintiuna Demandas” en forma de ultimátum, que fueron ampliamente aceptadas. Estas demandas abarcaban la adhesión a la posición alemana en Shantung, la ampliación de los arrendamientos japoneses en Manchuria, con total libertad comercial para los japoneses en esa zona, amplios derechos en ciertas empresas siderúrgicas existentes del norte de China, y el cierre de la costa china a cualquier futura concesión extranjera. Se rechazó y se retiró la demanda de utilizar asesores japoneses en los asuntos políticos, militares y financieros de China. El 3 de julio de 1916, Japón obtuvo el reconocimiento ruso de su nueva posición en China a cambio de su reconocimiento de la penetración rusa en Mongolia Exterior. En febrero de 1917 se obtuvieron nuevas concesiones de China, que fueron aceptadas por los Estados Unidos en noviembre en las llamadas Notas Lansing-Ishii. En estas notas los japoneses apoyaron verbalmente la insistencia estadounidense en el mantenimiento de la integridad territorial de China, su independencia política y la política de “puertas abiertas” en materia comercial. El estallido de la revolución bolchevique en Rusia, seguido de la victoria alemana sobre ese país, y el comienzo de la guerra civil, dieron a los japoneses una oportunidad en el Lejano Oriente que no dudaron en explotar. Con el apoyo de Gran Bretaña y Estados Unidos, desembarcaron en Vladivostok en abril de 1918 y comenzaron a avanzar hacia el oeste por la ruta del ferrocarril transiberiano. La Legión Checa en el frente ruso ya se había rebelado contra el dominio bolchevique y estaba luchando hacia el este a lo largo del mismo ferrocarril. Los checos fueron finalmente evacuados a Europa, mientras que los japoneses siguieron manteniendo el extremo oriental del ferrocarril, y dieron apoyo a las facciones antibolcheviques en la guerra civil. Tras un año o más de confusos combates, quedó claro que las facciones antibolcheviques serían derrotadas y que los japoneses no podían esperar más concesiones de los bolcheviques. En consecuencia, evacuaron Vladivostok en octubre de 1922.

Sin duda, los acuerdos diplomáticos más numerosos del periodo de guerra se referían a la disposición del Imperio Otomano. Ya en febrero de 1915, Rusia y Francia firmaron un acuerdo por el que se daba a Rusia vía libre en el Este a cambio de dar a Francia vía libre en el Oeste. Esto significaba que Rusia podía anexionarse Constantinopla y bloquear el movimiento por una Polonia independiente, mientras que Francia podía arrebatarle a Alemania Alsacia-Lorena y establecer un nuevo estado independiente bajo influencia francesa en Renania. Un mes más tarde, en marzo de 1915, Gran Bretaña y Francia acordaron permitir que Rusia se anexionara el Estrecho y Constantinopla. Sin embargo, las actividades inmediatas de las potencias de la Entente se dedicaron a los planes para animar a los árabes a rebelarse contra la autoridad del sultán o, al menos, a abstenerse de apoyar sus esfuerzos bélicos. Las posibilidades de éxito de estas actividades aumentaban por el hecho de que las partes árabes del Imperio Otomano, aunque nominalmente estaban sujetas al sultán, ya se estaban dividiendo en numerosas pequeñas esferas de autoridad, algunas prácticamente independientes. Los árabes, que eran un pueblo completamente separado de los turcos, que hablaban una lengua semítica en lugar de una uralo-altaica y que habían seguido siendo en gran medida nómadas en su modo de vida, mientras que los turcos se habían convertido casi completamente en un pueblo campesino, estaban unidos a los pueblos otomanos por poco más que su lealtad común a la religión musulmana. Este vínculo se había debilitado por los esfuerzos de secularización del Estado otomano y por el crecimiento del nacionalismo turco, que suscitó un espíritu de nacionalismo árabe como reacción al mismo.

En 1915-1916, el alto comisionado británico en Egipto, Sir Henry McMahon, mantuvo correspondencia con el sherif Hussein de La Meca. Aunque no se firmó ningún acuerdo vinculante, lo esencial de sus conversaciones fue que Gran Bretaña reconocería la independencia de los árabes si se rebelaban contra Turquía. El área cubierta por el acuerdo incluía las partes del Imperio Otomano al sur del grado 37 de latitud, excepto Adana, Alejandría y “las porciones de Siria situadas al oeste de los distritos de Damasco, Cuernos, Hama y Alepo, [que] no pueden decirse que sean puramente árabes”. Además, se exceptuó a Adén, mientras que Bagdad y Basora debían tener una “administración especial”. Se reservaron los derechos de Francia en toda la zona, los acuerdos británicos existentes con varios sultanes locales a lo largo de las costas del Golfo Pérsico debían mantenerse, y Hussein debía utilizar exclusivamente asesores británicos después de la guerra. Esta división de áreas ha suscitado una gran controversia, siendo el principal punto en cuestión si la declaración, tal y como estaba redactada, incluía a Palestina en el área concedida a los árabes o en el área reservada. La interpretación de estos términos para excluir a Palestina de las manos de los árabes fue realizada posteriormente por McMahon en varias ocasiones después de 1922 y más explícitamente en 1937.

Mientras McMahon negociaba con Hussein, el Gobierno de la India, a través de Percy Cox, negociaba con Ibn-Saud de Nejd y, en un acuerdo del 26 de diciembre de 1915, reconoció su independencia a cambio de una promesa de neutralidad en la guerra. Poco después, el 16 de mayo de 1916, se firmó un acuerdo entre Rusia, Francia y Gran Bretaña, conocido como el acuerdo Sykes-Picot por los nombres de los principales negociadores. A principios de 1917 se añadió Italia al acuerdo. El acuerdo dividió el Imperio Otomano de tal manera que los turcos se quedaron con muy poco, excepto la zona situada a menos de 200 ó 250 millas de Ankara/Rusia se quedaría con Constantinopla y el Estrecho, así como con el noreste de Anatolia, incluida la costa del Mar Negro; Italia se quedaría con la costa suroeste de Anatolia, desde Esmirna hasta Adalia; Francia obtendría la mayor parte de Anatolia oriental, incluyendo Mersin, Adana y Cilicia, así como el Kurdistán, Alejandría, Siria y el norte de Mesopotamia, incluyendo Mosul; Gran Bretaña obtendría el Levante desde Gaza hacia el sur hasta el Mar Rojo, el Transjordania, la mayor parte del desierto sirio, toda Mesopotamia al sur de Kirkuk (incluyendo Bagdad y Basora) y la mayor parte de la costa del Golfo Pérsico de Arabia. También se preveía que Anatolia occidental, alrededor de Esmirna, pasara a Grecia. La propia Tierra Santa iba a ser internacionalizada.

El siguiente documento relacionado con la disposición del Imperio Otomano fue la famosa “Declaración Balfour” de noviembre de 1917. Probablemente ningún documento del periodo bélico, a excepción de los Catorce Puntos de Wilson, ha dado lugar a más disputas que esta breve declaración de menos de once líneas. Gran parte de la controversia surge de la creencia de que prometía algo a alguien y de que esta promesa entraba en conflicto con otras promesas, especialmente con la “Promesa de McMahon” a Sherif Hussein. La Declaración Balfour adoptó la forma de una carta del Secretario de Asuntos Exteriores británico Arthur James Balfour a Lord Rothschild, una de las principales figuras del movimiento sionista británico. Este movimiento, que era mucho más fuerte en Austria y Alemania que en Gran Bretaña, tenía la aspiración de crear en Palestina, o quizás en otro lugar, algún territorio al que pudieran ir los refugiados de la persecución antisemita u otros judíos para encontrar “un hogar nacional”. La carta de Balfour decía: “El Gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará todo lo posible para facilitar la consecución de este objeto, quedando claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de que gozan los judíos en cualquier otro país.” Hay que señalar que no se trataba de un acuerdo ni de una promesa, sino de una mera declaración unilateral, que no prometía un Estado judío en Palestina, ni siquiera Palestina como hogar para los judíos, sino que se limitaba a proponer dicho hogar en Palestina, y que reservaba ciertos derechos a los grupos existentes en la zona. Hussein se sintió tan afligido cuando se enteró de ello que pidió una explicación, y D. G. Hogarth le aseguró, en nombre del gobierno británico, que “el asentamiento judío en Palestina sólo se permitiría en la medida en que fuera compatible con la libertad política y económica de la población árabe”. Esta garantía fue aparentemente aceptable para Hussein, pero las dudas continuaron entre otros líderes árabes. En respuesta a una petición de siete de estos líderes, el 16 de junio de 1918, Gran Bretaña dio una respuesta pública que dividía los territorios árabes en tres partes (a) la península arábiga desde Adén hasta Akabah (en la cabecera del Mar Rojo), donde se reconocía la “independencia completa y soberana de los árabes”; (b) la zona bajo ocupación militar británica, que abarcaba el sur de Palestina y el sur de Mesopotamia, donde Gran Bretaña aceptaba el principio de que el gobierno debía basarse “en el consentimiento de los gobernados”; y (c) la zona que seguía bajo control turco, incluyendo Siria y el norte de Mesopotamia, donde Gran Bretaña asumía la obligación de luchar por la “libertad e independencia”. De tono algo similar fue una declaración conjunta anglo-francesa del 7 de noviembre de 1918, sólo cuatro días antes de que terminaran las hostilidades en la guerra. Prometía “la liberación completa y definitiva de los pueblos que durante tanto tiempo han sido oprimidos por el turco y el establecimiento de gobiernos y administraciones nacionales que derivarán su autoridad del libre ejercicio de la iniciativa y elección de las poblaciones indígenas”.

Se ha debatido ampliamente la compatibilidad de los diversos acuerdos y declaraciones de las grandes potencias sobre la disposición del Imperio Otomano después de la guerra. Se trata de un problema difícil en vista de la inexactitud y la ambigüedad de la redacción de la mayoría de estos documentos. Por otro lado, algunos hechos son bastante evidentes. Hay un fuerte contraste entre la avaricia imperialista que se encuentra en los acuerdos secretos como Sykes-Picot y el tono altruista de las declaraciones emitidas públicamente; también hay un fuerte contraste entre el tenor de las negociaciones británicas con los judíos y las que se llevaron a cabo con los árabes respecto a la disposición de Palestina, con el resultado de que los judíos y los árabes tenían cada uno la justificación de creer que Gran Bretaña promovería sus ambiciones políticas conflictivas en esa zona; Estas creencias, basadas en un malentendido o en un engaño deliberado, sirvieron posteriormente para reducir la estatura de Gran Bretaña a los ojos de ambos grupos, aunque ambos habían tenido anteriormente una mejor opinión de la justicia y la generosidad británicas que de cualquier otra potencia; por último, el aumento de las falsas esperanzas árabes y el fracaso en alcanzar un entendimiento claro y honesto con respecto a Siria condujeron a un largo período de conflicto entre los sirios y el gobierno francés, que mantuvo la zona como mandato de la Sociedad de Naciones después de 1923.

Como resultado de su comprensión de las negociaciones con McMahon, Hussein inició una revuelta árabe contra Turquía el 5 de junio de 1916. A partir de ese momento, recibió una subvención de 225.000 libras al mes de Gran Bretaña. El famoso T. E. Lawrence, conocido como “Lawrence de Arabia”, que había sido arqueólogo en Oriente Próximo en 1914, no tuvo nada que ver con las negociaciones con Hussein, y no se unió a la revuelta hasta octubre de 1916. Cuando Hussein no obtuvo las concesiones que esperaba en la Conferencia de Paz de París de 1919, Lawrence se hartó de todo el asunto y finalmente cambió su nombre por el de Shaw e intentó desaparecer de la vista del público.

Los territorios árabes permanecieron bajo ocupación militar hasta el establecimiento legal de la paz con Turquía en 1923. La propia Arabia estaba bajo el mando de varios jeques, de los cuales los principales eran Hussein en Hejaz e Ibn-Saud en Nejd. Palestina y Mesopotamia (ahora llamada Irak) estaban bajo ocupación militar británica. La costa de Siria estaba bajo ocupación militar francesa, mientras que el interior de Siria (incluida la línea ferroviaria Alepo-Damasco) y Transjordania estaban bajo una fuerza árabe dirigida por el emir Feisal, tercer hijo de Hussein de La Meca. A pesar de que una comisión de investigación estadounidense, conocida como la Comisión King-Crane (1919), y un “Congreso General Sirio” de árabes de toda la Media Luna Fértil recomendaron que se excluyera a Francia de la zona, que se uniera Siria-Palestina para formar un solo Estado con Feisal como rey, que se excluyera a los sionistas de Palestina en cualquier función política, así como otros puntos, una reunión de las Grandes Potencias en San Remo en abril de 1920 estableció dos mandatos franceses y dos británicos. Siria y el Líbano pasaron a Francia, mientras que Irak y Palestina (incluyendo Transjordania) pasaron a Gran Bretaña. Tras estas decisiones se produjeron levantamientos árabes y un gran malestar local. La resistencia en Siria fue aplastada por los franceses, que avanzaron hasta ocupar el interior de Siria y enviaron a Feisal al exilio. Los británicos, que en ese momento mantenían una rivalidad (por los recursos petrolíferos y otros asuntos) con los franceses, establecieron a Feisal como rey en Irak bajo la protección británica (1921) y colocaron a su hermano Abdullah en una posición similar como rey de Transjordania (1923). El padre de los dos nuevos reyes, Hussein, fue atacado por Ibn-Saud de Nejd y obligado a abdicar en 1924. Su reino de Hiyaz fue anexionado por Ibn-Saud en 1926. A partir de 1932 toda esta zona se conoce como Arabia Saudí.

El acontecimiento diplomático más importante de la última parte de la Primera Guerra Mundial fue la intervención de Estados Unidos en el bando de las Potencias de la Entente en abril de 1917. Las causas de este acontecimiento se han analizado ampliamente. En general, se han dado cuatro razones principales para la intervención desde cuatro puntos de vista bastante diferentes. Se pueden resumir de la siguiente manera: (1) Los ataques de los submarinos alemanes a los barcos neutrales hicieron necesario que Estados Unidos entrara en guerra para asegurar la “libertad de los mares”; (2) Estados Unidos estaba influenciado por la sutil propaganda británica llevada a cabo en los salones, las universidades y la prensa de la parte oriental del país, donde el anglofilismo era rampante entre los grupos sociales más influyentes; (3) Estados Unidos fue arrastrado a la guerra por una conspiración de banqueros internacionales y fabricantes de municiones deseosos de proteger sus préstamos a las Potencias de la Entente o sus beneficios de guerra por las ventas a estas Potencias; y (4) los principios de equilibrio de poder hicieron imposible que Estados Unidos permitiera que Gran Bretaña fuera derrotada por Alemania. Sea cual sea el peso de estos cuatro en la decisión final, está bastante claro que ni el gobierno ni el pueblo de Estados Unidos estaban dispuestos a aceptar una derrota de la Entente a manos de las Potencias Centrales. De hecho, a pesar de los esfuerzos del gobierno por actuar con una cierta apariencia de neutralidad, en 1914 estaba claro que esa era la opinión de los principales dirigentes del gobierno, con la única excepción del Secretario de Estado William Jennings Bryan. Sin analizar los cuatro factores mencionados anteriormente, está bastante claro que Estados Unidos no podía permitir que Gran Bretaña fuera derrotada por ninguna otra potencia. Separado de todas las demás grandes potencias por los océanos Atlántico y Pacífico, la seguridad de Estados Unidos requería que el control de esos océanos estuviera en sus propias manos o en las de una potencia amiga. Durante casi un siglo antes de 1917, Estados Unidos había estado dispuesto a permitir que el control británico del mar no fuera cuestionado, porque estaba claro que el control británico del mar no suponía ninguna amenaza para los Estados Unidos, sino que, por el contrario, proporcionaba seguridad a los Estados Unidos a un coste menor en riqueza y responsabilidad que la seguridad que se podría haber obtenido por cualquier otro método. La presencia de Canadá como territorio británico adyacente a los Estados Unidos, y expuesto a la invasión por tierra desde los Estados Unidos, constituía un rehén para el comportamiento naval británico aceptable para los Estados Unidos. El asalto submarino alemán a Gran Bretaña a principios de 1917 llevó a Gran Bretaña a las puertas de la inanición por su despiadado hundimiento de la marina mercante de la que dependía la existencia de Gran Bretaña. No se podía permitir la derrota de Gran Bretaña porque Estados Unidos no estaba preparado para asumir el control del mar por sí mismo y no podía permitir el control alemán del mar porque no tenía ninguna seguridad sobre la naturaleza de dicho control alemán. El hecho de que los submarinos alemanes actuaran en represalia por el ilegal bloqueo británico del continente europeo y por las violaciones británicas del derecho internacional y de los derechos de los neutrales en alta mar, el hecho de que la herencia anglosajona de los Estados Unidos y el anglófilo de sus clases influyentes hicieran imposible que el estadounidense medio viera los acontecimientos mundiales si no era a través de los espectáculos fabricados por la propaganda británica; el hecho de que los estadounidenses habían prestado a la Entente miles de millones de dólares que se verían comprometidos por una victoria alemana, el hecho de que las enormes compras de material de guerra por parte de la Entente habían creado un auge de prosperidad e inflación que se derrumbaría el mismo día en que la Entente se derrumbara: todos estos factores pudieron influir en la decisión estadounidense sólo porque la cuestión del equilibrio de poder sentaba una base sobre la que podían trabajar. El hecho importante era que Gran Bretaña estaba cerca de la derrota en abril de 1917, y sobre esa base los Estados Unidos entraron en la guerra. La suposición inconsciente por parte de los dirigentes estadounidenses de que una victoria de la Entente era necesaria e inevitable fue la causa de que no aplicaran a Gran Bretaña las mismas normas de neutralidad y derecho internacional que a Alemania. Asumieron constantemente que las violaciones británicas de estas reglas podían ser compensadas con daños monetarios, mientras que las violaciones alemanas de estas reglas debían ser resistidas, por la fuerza si era necesario. Como no podían admitir esta suposición inconsciente ni defender públicamente la base legítima de la política de poder internacional en la que se apoyaba, finalmente fueron a la guerra con una excusa que era legalmente débil, aunque emocionalmente satisfactoria. Como dijo John Bassett Moore, el abogado internacional más famoso de Estados Unidos, “lo que contribuyó de forma más decisiva a la participación de Estados Unidos en la guerra fue la afirmación de un derecho a proteger los barcos beligerantes en los que los estadounidenses consideraban conveniente viajar y el tratamiento de los mercantes beligerantes armados como buques pacíficos. Ambas hipótesis eran contrarias a la razón y al derecho establecido, y ningún otro profeso neutral las propuso.”

Al principio, los alemanes trataron de utilizar las normas establecidas por el derecho internacional sobre la destrucción de buques mercantes. Esto resultó ser tan peligroso, debido al carácter peculiar del propio submarino, al control británico de alta mar, a las instrucciones británicas a los buques mercantes para atacar a los submarinos y a la dificultad de distinguir entre los buques británicos y los neutrales, que la mayoría de los submarinos alemanes tendieron a atacar sin previo aviso. Las protestas americanas alcanzaron un punto álgido cuando el Lusitania fue hundido de esta manera a nueve millas de la costa inglesa el 7 de mayo de 1915. El Lusitania era un buque mercante británico “construido con fondos del Gobierno como [un] crucero auxiliar, … expresamente incluido en la lista de la armada publicada por el Almirantazgo Británico”, con “bases colocadas para montar cañones de calibre de seis pulgadas”, que llevaba una carga de 2.400 cajas de cartuchos de fusil y 1.250 cajas de metralla, y con órdenes de atacar a los submarinos alemanes siempre que fuera posible. Setecientos ochenta y cinco de los 1.257 pasajeros, incluidos 128 de los 197 estadounidenses, perdieron la vida. La incompetencia del capitán en funciones contribuyó a la gran pérdida, así como una misteriosa “segunda explosión” tras el impacto del torpedo alemán. El buque, que había sido declarado “insumergible”, se hundió en dieciocho minutos. El capitán seguía un rumbo que tenía órdenes de evitar; circulaba a velocidad reducida; contaba con una tripulación inexperta; los ojos de buey habían quedado abiertos; los botes salvavidas no se habían desplegado; y no se habían realizado ejercicios de salvamento.

Las agencias de propaganda de las potencias de la Entente aprovecharon al máximo la ocasión. El Times de Londres anunció que “cuatro quintas partes de sus pasajeros eran ciudadanos de los Estados Unidos” (la proporción real era del 15,6%); los británicos fabricaron y distribuyeron una medalla que, según ellos, había sido concedida a la tripulación del submarino por el gobierno alemán; un periódico francés publicó una imagen de la multitud en Berlín al estallar la guerra en 1914 como una imagen de los alemanes “regocijándose” ante la noticia del hundimiento del Lusitania.

Estados Unidos protestó violentamente contra la guerra de submarinos, al tiempo que desechaba los argumentos alemanes basados en el bloqueo británico. Estas protestas eran tan irreconciliables que Alemania envió a Wilson una nota el 4 de mayo de 1916 en la que prometía que “en el futuro los buques mercantes dentro y fuera de la zona de guerra no serán hundidos sin previo aviso y sin salvaguardar vidas humanas, a menos que estos buques intenten escapar u ofrezcan resistencia”. A cambio, el gobierno alemán esperaba que Estados Unidos presionara a Gran Bretaña para que siguiera las normas establecidas por el derecho internacional en materia de bloqueo y libertad marítima. Wilson se negó a hacerlo. En consecuencia, los alemanes tuvieron claro que se verían abocados a la derrota a menos que pudieran derrotar primero a Gran Bretaña mediante una guerra submarina sin restricciones. Como eran conscientes de que el recurso a este método probablemente llevaría a los Estados Unidos a la guerra contra ellos, hicieron otro esfuerzo para negociar la paz antes de recurrir a él. Cuando su oferta de negociación, hecha el 12 de diciembre de 1916, fue rechazada por las Potencias de la Entente el 27 de diciembre, el grupo del gobierno alemán que había estado abogando por la guerra submarina despiadada llegó a controlar los asuntos, y ordenó la reanudación de los ataques submarinos sin restricciones el 1 de febrero de 1917. Wilson fue notificado de esta decisión el 31 de enero. Rompió las relaciones diplomáticas con Alemania el 3 de febrero y, tras dos meses de indecisión, pidió al Congreso una declaración de guerra el 3 de abril de 1917. En la decisión final influyeron la presión constante de sus colaboradores más cercanos, la constatación de que Gran Bretaña estaba llegando al final de sus recursos de hombres, dinero y barcos, y el conocimiento de que Alemania planeaba buscar una alianza con México si comenzaba la guerra.

Mientras la diplomacia de la neutralidad y la intervención se movía en las líneas que hemos descrito, un esfuerzo diplomático paralelo se dirigía a los esfuerzos para negociar la paz. Estos esfuerzos fueron un fracaso, pero son, no obstante, de considerable importancia porque revelan las motivaciones y los objetivos de guerra de los beligerantes. Fueron un fracaso porque cualquier paz negociada requiere la voluntad de ambas partes de hacer aquellas concesiones que permitan la supervivencia del enemigo. Sin embargo, en 1914-1918, con el fin de ganar el apoyo de la opinión pública para la movilización total, la propaganda de cada país se dirigió hacia una victoria total para sí mismo y una derrota total para el enemigo. Con el tiempo, ambos bandos se enredaron tanto en su propia propaganda que resultó imposible admitir públicamente la disposición a aceptar los objetivos menores que requeriría cualquier paz negociada. Además, a medida que la marea de la batalla aumentaba y disminuía, dando períodos alternos de euforia y desánimo a ambos bandos, el bando que estaba temporalmente eufórico se apegó cada vez más al fetiche de la victoria total y no estaba dispuesto a aceptar el objetivo menor de una paz negociada. En consecuencia, la paz sólo fue posible cuando el cansancio de la guerra llegó a un punto en el que uno de los bandos concluyó que incluso la derrota era preferible a la continuación de la guerra. Este punto se alcanzó en Rusia en 1917 y en Alemania y Austria en 1918. En Alemania este punto de vista se vio muy reforzado por la comprensión de que la derrota militar y el cambio político eran preferibles a la revolución económica y la agitación social que acompañarían a cualquier esfuerzo por continuar la guerra en busca de una victoria cada vez más inalcanzable.

De los diversos esfuerzos para negociar la paz se desprende que Gran Bretaña no estaba dispuesta a aceptar ninguna paz que no incluyera la restauración de Bélgica o que dejara a Alemania en posición suprema en el continente o en condiciones de reanudar la rivalidad comercial, naval y colonial que había existido antes de 1914; Francia no estaba dispuesta a aceptar ninguna solución que no le devolviera Alsacia-Lorena; el Alto Mando alemán y los industriales alemanes estaban decididos a no renunciar a todo el territorio ocupado en el oeste, pero esperaban conservar Lorena, parte de Alsacia, Luxemburgo, parte de Bélgica y Longwy en Francia debido a los recursos minerales e industriales de estas zonas. El hecho de que Alemania dispusiera de un excelente suministro de carbón de coque con un suministro inadecuado de mineral de hierro, mientras que las zonas ocupadas contaban con gran cantidad de este último pero con un suministro inadecuado del primero, tuvo mucho que ver con las objeciones alemanas a una paz negociada y con los ambiguos términos en los que se discutían sus objetivos de guerra. Austria, hasta la muerte del emperador Francisco José en 1916, no estaba dispuesta a aceptar ninguna paz que dejara a los eslavos, especialmente a los serbios, libres para continuar con sus agitaciones nacionalistas para la desintegración del Imperio de los Habsburgo. Por otra parte, Italia estaba decidida a excluir al Imperio de los Habsburgo de las costas del mar Adriático, mientras que los serbios estaban aún más decididos a alcanzar esas costas mediante la adquisición de las zonas eslavas gobernadas por los Habsburgo en los Balcanes occidentales. Tras las revoluciones rusas de 1917, muchos de estos obstáculos para una paz negociada se debilitaron. El Vaticano, a través del cardenal Pacelli (más tarde Papa Pío XII), buscó una paz negociada que evitara la destrucción del Imperio de los Habsburgo, la última gran potencia católica de Europa. Hombres prominentes de todos los países, como Lord Lansdowne (secretario de Asuntos Exteriores británico antes de 1914), se alarmaron tanto ante la expansión del socialismo que estaban dispuestos a hacer casi cualquier concesión para detener la destrucción de las formas de vida civilizadas mediante la guerra continua. Humanistas como Henry Ford o Romain Rolland se alarmaron cada vez más ante las continuas matanzas. Pero, por las razones que ya hemos mencionado, la paz siguió siendo esquiva hasta que se rompieron las grandes ofensivas alemanas de 1918.

Después de lo que Ludendorff llamó “el día negro del ejército alemán” (8 de agosto de 1918), un Consejo de la Corona alemana, reunido en Spa, decidió que la victoria ya no era posible, y decidió negociar un armisticio. Esto no se llevó a cabo debido a una controversia entre el príncipe heredero y Ludendorff en la que el primero aconsejaba una retirada inmediata a la “Línea Hindenburg” a veinte millas de la retaguardia, mientras que el segundo deseaba realizar una lenta retirada para que la Entente no pudiera organizar un ataque a la Línea Hindenburg antes del invierno. Dos victorias de la Entente, en Saint-Quentin (31 de agosto) y en Flandes (2 de setiembre), hicieron que esta disputa fuera discutible. Los alemanes iniciaron una retirada involuntaria, empapando el terreno que evacuaban con “gas mostaza” para frenar la persecución de la Entente, especialmente de los tanques. El Alto Mando alemán destituyó al canciller, Herding, y puso al más democrático príncipe Max de Baden con órdenes de hacer un armisticio inmediato o enfrentarse a un desastre militar (29 de setiembre-1 de octubre de 1918). El 5 de octubre, una nota alemana dirigida al presidente Wilson pedía un armisticio sobre la base de los Catorce Puntos del 8 de enero de 1918 y sus posteriores principios del 27 de setiembre de 1918. Estas declaraciones de Wilson habían captado la imaginación de personas idealistas y pueblos sometidos de todo el mundo. Los Catorce Puntos prometían el fin de la diplomacia secreta; la libertad de los mares; la libertad de comercio; el desarme; una solución justa de las reivindicaciones coloniales, en la que los intereses de los pueblos nativos tuvieran el mismo peso que los títulos de las Potencias imperialistas; la evacuación de Rusia; la evacuación y restauración de Bélgica; la evacuación de Francia y el restablecimiento de Alsacia-Lorena como en 1870; el reajuste de las fronteras italianas en función de la nacionalidad; el desarrollo libre y autónomo de los pueblos del Imperio de los Habsburgo; la evacuación, el restablecimiento y la garantía de Rumanía, Montenegro y Serbia, asegurando a esta última el libre acceso al mar; garantías internacionales para mantener los Estrechos permanentemente abiertos a los barcos y al comercio de todas las naciones; libertad para el desarrollo autónomo de las nacionalidades no turcas del Imperio Otomano, junto con una soberanía segura para los propios turcos; un estado polaco independiente con libre acceso al mar y con garantías internacionales; una Sociedad de Naciones que ofrezca “garantías mutuas de independencia política e integridad territorial tanto a los estados grandes como a los pequeños; y ninguna destrucción de Alemania, ni siquiera ninguna alteración de sus instituciones, excepto las necesarias para dejar claro cuándo sus portavoces hablan en nombre de la mayoría del Reichstag y cuándo “hablan en nombre del partido militar y de los hombres cuyo credo es la dominación imperial”.

En una serie de notas entre Alemania y Estados Unidos, Wilson dejó claro que sólo concedería un armisticio si Alemania se retiraba de todo el territorio ocupado, ponía fin a los ataques submarinos, aceptaba los Catorce Puntos, establecía un gobierno responsable y aceptaba unas condiciones que preservaran la superioridad militar existente en la Entente. Insistió mucho en el gobierno responsable, advirtiendo que si tenía que tratar “con amos militares o autócratas monárquicos” exigiría “no negociaciones, sino la rendición”. La constitución alemana fue modificada para dar todos los poderes al Reichstag; Ludendorff fue despedido; la marina alemana en Kiel se amotinó, y el Kaiser huyó de Berlín (29 de octubre). Mientras tanto, el Consejo Supremo de Guerra de la Entente se negó a aceptar los Catorce Puntos como base para la paz hasta que el coronel House amenazó con que Estados Unidos haría una paz por separado con Alemania. Entonces exigieron y recibieron una definición del significado de cada término, hicieron una reserva sobre “la libertad de los mares” y ampliaron el significado de “restauración del territorio invadido” para incluir la compensación a la población civil por sus pérdidas de guerra. Sobre esta base, una comisión de armisticio se reunió con los negociadores alemanes el 7 de noviembre. La revolución alemana se extendió y el Kaiser abdicó el 9 de noviembre. Los negociadores alemanes recibieron las condiciones militares de la Entente y pidieron el cese inmediato de las hostilidades y del bloqueo económico, así como una reducción de la demanda de ametralladoras de la Entente de 30.000 a 25.000, alegando que la diferencia de 5.000 era necesaria para reprimir la Revolución Alemana. El último punto fue concedido, pero los otros dos fueron rechazados. El armisticio se firmó el 11 de noviembre de 1918, a las 5:00 horas, para que entrara en vigor a las 11:00 horas. Disponía que los alemanes debían evacuar todo el territorio ocupado (incluida Alsacia-Lorena) en un plazo de catorce días, y la orilla izquierda del Rin más tres cabezas de puente en la orilla derecha en un plazo de treinta y un días, que entregaran enormes cantidades especificadas de equipo de guerra, camiones, locomotoras, todos los submarinos, los principales buques de guerra, todos los prisioneros de guerra y los buques mercantes capturados, así como las fortalezas del Báltico, y todos los objetos de valor y valores tomados en el territorio ocupado, incluidas las reservas de oro rusas y rumanas. También se exigió a los alemanes que renunciaran a los tratados de Brest-Litovsk y de Bucarest, que habían impuesto a Rusia y a Rumanía, y que prometieran reparar los daños de los territorios ocupados. Este último punto era de considerable importancia, ya que los alemanes habían saqueado o destruido sistemáticamente las zonas que evacuaron en los últimos meses de la guerra.

Las negociaciones con Wilson que condujeron al Armisticio de 1918 son de gran importancia, ya que constituyeron uno de los principales factores del posterior resentimiento alemán contra el Tratado de Versalles. En estas negociaciones Wilson había prometido claramente que el tratado de paz con Alemania sería negociado y se basaría en los Catorce Puntos; como veremos, el Tratado de Versalles fue impuesto sin negociación, y los Catorce Puntos salieron muy mal parados en sus disposiciones. Un factor adicional relacionado con estos acontecimientos es la afirmación posterior de los militaristas alemanes de que el ejército alemán nunca fue derrotado, sino que fue “apuñalado por la espalda” por el frente interno mediante una combinación de católicos internacionales, judíos internacionales y socialistas internacionales. Estas afirmaciones no tienen ningún mérito. El ejército alemán fue claramente derrotado en el campo de batalla; las negociaciones para un armisticio fueron iniciadas por el gobierno civil ante la insistencia del Alto Mando, y el propio Tratado de Versalles fue posteriormente firmado, en lugar de rechazado, ante la insistencia del mismo Alto Mando para evitar una ocupación militar de Alemania. Gracias a estas tácticas, el ejército alemán pudo evitar la ocupación militar de Alemania que tanto temía. Aunque las últimas fuerzas enemigas no abandonaron el suelo alemán hasta 1931, no se ocupó ninguna porción de Alemania más allá de las señaladas en el propio armisticio (Renania y las tres cabezas de puente de la orilla derecha del Rin), salvo una breve ocupación del distrito del Ruhr en 1923.

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