FOLLETÍN > ENTREGA 2

Tragedy & Hope. A History of the World in Our Time. 1966. The MacMillan Company, New York; Collier MacMillan Limited, London. [Traducción de A. Mazzucchelli].

Carroll Quigley

La difusión cultural en la civilización occidental

Hemos dicho que la cultura de una civilización es creada, en su área nuclear originalmente, y que se mueve hacia afuera, hacia áreas periféricas que se vuelven así parte de la civilización. Este movimiento de elementos culturales se llama “difusión” por parte de quienes lo investigan. Vale la pena notar que los elementos materiales de una cultura, tales como sus herramientas, armas, vehículos, y demás, se difunden de un modo más fácil y rápido que los elementos no materiales tales como las ideas, formas artísticas, aspectos religiosos, o esquemas de comportamiento en sociedad. Por esta razón, las porciones periféricas de una civilización (tales como Asiria, en la civilización mesopotámica, Roma o España en la civilización clásica, y los Estados Unidos o Australia en la civilización occidental) tienden a tener una cultura algo más cruda y materialista que el área nuclear de la misma civilización. 

Los elementos materiales de una cultura también se difunden más allá de las fronteras de una civilización hacia otras sociedades, y lo hacen mucho más fácilmente que los elementos inmateriales de la cultura. Por esa razón, los elementos inmateriales y espirituales de una cultura son los que le dan su carácter distintivo, más que las herramientas y armas, las que pueden ser exportadas tan fácilmente a sociedades completamente diferentes. Así, el carácter distintivo de la civilización occidental está en su herencia cristiana, su aspecto científico, sus elementos humanitarios, y su punto de vista único en relación con los derechos del individuo y el respeto por las mujeres, más que en cosas materiales como las armas de fuego, los tractores, su plomería o sus rascacielos, todo lo cual son productos exportables. 

La exportación de elementos materiales de una cultura a través de sus áreas periféricas y más allá, a los pueblos de sociedades totalmente distintas, tiene resultados extraños. A medida que los elementos materiales de la cultura se mueven de el núcleo de una civilización hacia su periferia, tienden, a largo plazo, a fortalecer a la periferia a expensas del núcleo, debido a que el núcleo está más entorpecido en el uso de innovaciones materiales debido a la fuerza de los intereses del pasado, y debido a que el núcleo dedica una parte mucho mayor de su riqueza y energía a la cultura inmaterial. Así, aspectos de la Revolución Industrial tales como los automóviles y las radios son invenciones europeas y no norteamericanas, pero se han desarrollado y utilizado en mucho mayor grado en América, puesto que ésta última tenía menos obstaculizada para su implantación por elementos supervivientes del feudalismo, la dominación de la iglesia, o distinciones de clase rígidas (por ejemplo, en la educación), o por una atención más generalizada a la música, poesía, arte o religión tal como la que encontramos en Europa. Un contraste similar puede verse en la civilización clásica entre griegos y romanos, en la mesopotámica entre sumerios y asirios, o en la maya, entre mayas y aztecas.

La difusión de los elementos culturales, más allá de las fronteras de una sociedad y hacia dentro de la cultura de otra sociedad, es un asunto bastante distinto. Las fronteras entre sociedades representan una barrera relativamente débil para la difusión de elementos materiales, y relativamente más grande para la de los inmateriales. Ciertamente, es este hecho el que determina las fronteras de una sociedad, pues, si los elementos inmateriales también se difunden, entonces la nueva área en la que fluyen se transformaría en una porción periférica de la vieja sociedad, más que una parte de una sociedad bien distinta. 

La difusión de los elementos materiales de una sociedad a la otra tiene un efecto complejo en la sociedad que los importa. En el corto plazo, ésta se ve normalmente beneficiada por la importación, pero en el largo plazo, frecuentemente se ve desorganizada y debilitada. Cuando los hombres blancos llegaron a América del Norte por primera vez, los elementos materiales de la civilización occidental se esparcieron rápidamente por las distintas tribus indígenas. Los indios de las llanuras, por ejemplo, estaban debilitados y empobrecidos antes de 1543, pero ese año el caballo comenzó a difundirse hacia el norte a partir de los españoles establecidos en México. En un siglo, los indios de las llanuras se habían elevado a un estándar de vida mucho más alto (debido a la capacidad para cazar búfalos de a caballo) y se fortalecieron notablemente en su capacidad de resistir a los norteamericanos que avanzaban hacia el oeste por el continente. Mientras tanto, los indios trans-apalaches, que habían sido muy poderosos en el siglo XVI y comienzos del XVII, comenzaron a recibir armas de fuego, trampas de acero, viruela, y eventualmente whisky de los franceses, y luego de los ingleses, a través del golfo de San Lorenzo. Esto debilitó mucho a los indios de los bosques del área trans-apalaches, y en último término debilitaría también a los indios de las llanuras del área más allá del Mississippi, porque la viruela y el whisky eran devastadores y desmoralizadores, y porque el uso de trampas y armas de fuego por parte de ciertas tribus las hizo dependientes de los blancos para que les proveyesen, y al mismo tiempo que permitíeron que ellos mismos hiciesen gran presión física sobre las tribus más remotas, que aun no habían recibido armas o trampas. Cualquier frente unido de rojos contra blancos se hizo así imposible, y las sociedades indígenas fueron desbaratadas, desmoralizadas, y destruidas. En general, la importación de un elemento de la cultura material de una sociedad a otra es positivo para la sociedad importadora en el largo plazo sólo si es (a) productivo, (b) puede luego ser hecho por la sociedad misma, y (c) puede encajar dentro de la cultura inmaterial de la sociedad importadora sin destruir su moral. El impacto destructivo de la cultura occidental sobre tantas otras sociedades se apoya en su capacidad para desmoralizar su cultura ideológica y espiritual, así como su capacidad para destruirlas en el sentido material con sus armas de fuego. 

Cuando una sociedad es destruida debido al impacto de otra sociedad, la gente es dejada entre los restos de elementos culturales derivados de su propia cultura destruída, así como de elementos de la cultura invasora. Estos elementos generalmente dan los instrumentos para satisafacer las necesidades materiales de la gente, pero no pueden ser organizados en una sociedad que funciones, debido a la falta de cohesión ideológica y espiritual. Tales pueblos o bien perecen, o son incorporados como individuos y pequeños grupos en alguna otra cultura, cuya ideología adoptan para sí mismos y, sobre todo, para sus hijos. En algunos casos, sin embargo, la gente que queda con los restos de una cultura destrozada es capaz de reintegrar esos elementos a una sociedad nueva y una cultura nueva. Son capaces de hacerlo porque obtienen una nueva cultura inmaterial y, por ello, una nueva ideología y moral que sirven como factores cohesivos para los elementos dispersos de la vieja cultura que tienen a mano. Tal nueva ideología puede ser importada o local, pero en cualquiera de los dos casos se integra lo suficiente con los elementos necesarios de la cultura material como para que se forme un todo operativo, y por ende, una nueva sociedad. Es por algunos de tales procesos que han nacido todas las nuevas sociedades. Fue de este modo que nació la civilización clásica a partir del naufragio de la civilización cretense, en el período 1150-900 A.C., y la civilización occidental nació del naufragio de la civilización clásica, en el período 350-700. Es posible que las nuevas civilizaciones nazcan de los restos de las civilizaciones arruinadas por la civilización occidental en los márgenes de Asia. En estos naufragios hay restos de las civilizaciones islámica, india, china y japonesa. Parecería que en este momento hay nuevas civilizaciones naciendo entre dolores de parto en Japón, posiblemente en China, menos probablemente en la India, y dudosamente en Turquía o Indonesia. El nacimiento de una civilización poderosa en cualquiera de estos puntos sería algo de significación fundamental en la historia del mundo, puesto que serviría de equilibrador para la expansión de la civilización soviética en la masa continental de Eurasia. 

Yendo de un hipotético futuro a un pasado histórico, podemos rastrear la difusión de elementos culturales dentro de la civilización occidental, a partir de su núcleo, a través de áreas periféricas, y hacia afuera, a otras sociedades.  Algunos de estos elementos son lo suficientemente importantes como para pedir un examen más detallado.

Entre los elementos de la tradición occidental que se han difundido muy lentamente, o no se han difundido en absoluto, está un conjunto conectado de ideas básicas para la ideología de occidente. Esto incluye la cristiandad, la mirada científica, el humanitarismo, y la idea del valor único del individuo, y sus derechos. Pero de este conjunto de ideas han surgido una serie de elementos de la cultura material, de los cuales los más notables están asociados a la tecnología. Estos se han difundido en seguida, incluso a otras sociedades. Esta capacidad de la tecnología occidental de emigrar, y la incapacidad de hacer lo mismo por parte de la mirada científica, a la cual tal tecnología está estrechamente asociada, ha creado una situación extraña: sociedades como la de Rusia soviética que, debido a su falta de tradición en el método científico, han mostrado escasa inventiva propia en tecnología, han sido sin embargo capaces de amenazar a la civilización occidental usando, a escala gigantesca, una tecnología casi completamente importada de la civilización occidental. 

Los aspectos más importantes de la tecnología occidental pueden agruparse en cuatro categorías:

1. Capacidad para matar: desarrollo de armas

2. Capacidad para preservar la vida: desarrollo de higiene y servicios médicos

3. Capacidad para producir comida y bienes industriales

4. Mejoras en transportes y comunicaciones

Ya hemos discutido la difusión de las armas de fuego occidentales. El impacto que han tenido en áreas periféricas y en otras sociedades, desde la invasión de México por Cortéz en 1519, al uso de la primera bomba atómica en Japón en 1945, es obvio. Es menos obvia, pero a largo plazo de mucha mayor significación, la capacidad de la civilización occidental de vencer la enfermedad y posponer la muerte en base a higiene y avances médicos. Estos avances comenzaron en el núcleo de la civilización antes de 1500, pero han tenido su impacto más completo sólo desde alrededor de 1750, con la llegada de la vacunación, la derrota de las plagas, y el avance sostenido en el salvamento de vidas gracias al descubrimiento de la asepsia en el siglo diecinueve, y de los antibióticos en el veinte. Estas técnicas y descubrimientos y técnicas se han difundido hacia afuera, a partir del núcleo de la civilización occidental, y han resultado en una caída de la tasa de mortalidad en Europa occidental y América casi inmediatamente, en Europa del sur y el este algo más tarde, y en Asia a partir de 1900. La importancia mundial de esta difusión se discutirá en su momento.

Las conquistas, por parte de la civilización occidental, de las técnicas de producción, son algo tan destacado que han sido calificadas de “revolución” en los libros de historia consagrados a estos temas. La conquista del problema de la producción de alimentos, conocido como la Revolución Agraria, comenzó en Inglaterra a comienzos del siglo dieciocho, digamos alrededor de 1725. La conquista del problema de la producción de bienes manufacturados, conocida como Revolución Industrial, comenzó también en Inglaterra unos cincuenta años mas tarde de la anterior, digamos alrededor de 1775. La relación de estas dos “revoluciones” entre sí, y con la “revolución” en la higiene y salud pública, y los ritmos distintos que siguió la difusión de cada una de ellas, es de la mayor importancia para la comprensión, tanto de la historia de la civilización occidental, como de su impacto en otras sociedades. 

Las actividades agrícolas, que proveen de alimentos a todas las civilizaciones, consumen los recursos nutritivos del suelo. Si estos elementos no son reemplazados, la productividad del suelo se reducirá a niveles peligrosamente bajos. En los períodos medieval y moderno temprano de la historia europea, esos elementos nutritivos, especialmente el nitrógeno, eran reemplazados a través de la acción del clima, por el método de dejar la tierra en barbecho, un año cada tres, o incluso un año sí y uno no. Esto tenía el efecto de reducir la disponibilidad de tierra arable en un tercio o la mitad. La revolución agraria fue un inmenso paso adelante, pues reemplazó el año de barbecho por la plantación de una leguminosa cuyas raíces incrementan la devolución de nitrógeno al suelo, al capturar este gas del aire y fijarlo al suelo de una forma útil a la vida vegetal. Puesto que la planta leguminosa que reemplazó al año de barbecho era generalmente un forraje como la alfalfa, el trébol o la esparceta, que proveían de alimento al ganado, esta revolución agrícola no solamente aumentó la dotación de nitrógeno del suelo para subsiguientes sembrados de granos, sino que también incrementó el número y la calidad de los animales de granja, aumentando así la disponibilidad de carne y productos animales para alimentación humana, e incrementando a su tiempo también la fertilidad del suelo, al aumentar la cantidad de bosta animal disponible en el campo para fertilización. El resultado neto de la revolución agrícola fue un incremento, tanto en la cantidad como en la calidad de los alimentos. Unos pocos hombres eran capaces de producir tantos alimentos, que muchos hombres quedaron liberados de esa carga productiva, y pudieron dedicar su atención a otras actividades, tales como el gobierno, la educación, la ciencia o los negocios. Se ha dicho que en 1700 hacía falta el trabajo agrícola de veinte personas para que se pudiese producir suficiente comida como para alimentar a veintiún personas. Mientras tanto, en algunas áreas, hacia 1900, tres personas podían producir suficiente comida como para alimentar a esas veintiún personas, liberando pues la mano de obra de diecisiete para actividades no agrícolas. 

La revolución agrícola, que comenzó en Inglaterra antes de 1725, alcanzó Francia después de 1800, pero no llegó a Alemania o al norte de Italia hasta después de 1830. Tan tarde como 1900, apenas se había propagado en España, el sur de Italia o Sicilia, los Balcanes, o Europa oriental en general. En Alemania, alrededor de 1840, esta revolución agrícola recibió un nuevo impulso gracias a la introducción de fertilizantes químicos, y recibió otro envión en los 1880 en Estados Unidos, con la introducción de maquinaria agrícola, la cual redujo la necesidad de trabajo humano. Estas mismas dos naciones, con contribuciones de otras, dieron otro impulso considerable a partir de 1900, con la introducción de nuevas semillas y mejores granos, a través de la selección e hibridación. 

Estos grandes avances agrícolas hechos luego de 1725 hicieron posible los avances en la producción industrial después de 1775, al proveer la comida y por ende la fuerza de trabajo que permitió el crecimiento del sistema fabril, y el nacimiento de las ciudades industriales. Las mejoras en higiene y servicios médicos a partir de 1775 contribuyeron al mismo fin, al reducir la tasa de mortalidad y hacer posible que grandes cantidades de personas viviesen en ciudades, al disminuir el peligro de las epidemias. 

La “revolución en el transporte” contribuyó también lo suyo a la hechura del mundo moderno. Esta contribución comenzó, lentamente, hacia 1750, con la construcción de canales, y de carreteras a partir del nuevo método inventado por John L. McAdam (caminos de “macadam”). A la nueva ciudad industrial llegó el carbón por los canales, y la comida por los nuevos caminos, luego de 1800. Después de 1825 el transporte de ambas cosas recibió un mejoramiento notable gracias al crecimiento de una red de vías férreas, mientras que las comunicaciones se aceleraron con el uso del telégrafo (desde 1837) y el cable (desde 1850). Esta “conquista de las distancias” se vio increíblemente acelerada en el siglo veinte debido a los motores de combustión interna instalados en automóviles, aviones y barcos, y gracias al arribo del teléfono y las telecomunicaciones. El resultado fundamental de toda esta tremenda aceleración de las comunicaciones y el transporte fue que todas las zonas del mundo se acercaron y unieron, y el impacto de la cultura europea sobre el mundo no europeo se vio muy intensificado. Este impacto se hizo más abrumador debido a que la revolución en los transportes se difundió desde Europa con extrema rapidez, casi tan rápido como lo hicieron las armas europeas, y de algún modo más rápido de lo que lo hicieron la higiene y los servicios médicos europeos, y mucho más rápido de lo que se expandió el industrialismo europeo, las técnicas agrícolas europeas, o la ideología europea. Como veremos enseguida, muchos de los problemas que enfrentó el mundo a mediados del siglo veinte tienen su raíz en el hecho de que estos distintos aspectos del modo de vida europeo se desplegaron hacia el mundo no europeo a velocidades tan distintas, que el mundo no europeo los obtuvo en un orden completamente distinto al que Europa misma los había obtenido. 

Un ejemplo de esta diferencia puede verse en el hecho de que, en Europa, la revolución industrial tuvo lugar, en general, antes de la revolución en los transportes, pero en el mundo no europeo esta secuencia ocurrió al revés. Esto significa que Europa fue capaz de producir su propio hierro, acero y cobre, para construir sus propios ferrocarriles e hilos telegráficos, pero que el mundo no europeo sólo pudo construir estas cosas obteniendo los materiales industriales necesarios de Europa, y convirtiéndose de ese modo en deudor de Europa. La velocidad con la que la revolución de los transportes se difundió por Europa puede verse en el hecho de que la vía férrea comenzó antes de 1830, el telégrafo antes de 1840, el automóvil antes de 1890, y las comunicaciones inalámbricas alrededor de 1900. El ferrocarril intercontinental en los Estados Unidos se inauguró en 1869; para 1900 las vías del transiberiano y del tren Cairo-Ciudad del Cabo estaban en plena construcción, y la empresa Berlín-Bagdad estaba arrancando. Por los mismos años —1900— India, los Balcanes, China y Japón estaban siendo cubiertos por una red de ferrocarriles, pese a que ninguna de estas áreas, para esa fecha, estaba suficientemente desarrollada, en sentido industrial, como para proveerse a sí misma del acero o el cobre necesarios para la construcción o mantenimiento de tales redes. Etapas posteriores en la misma revolución del transporte, como los automóviles o la radio, se esparcieron aun más rápido, y fueron empleados para cruzar los desiertos del Sahara o de Arabia a menos de una generación de su aparición en Europa. 

Otro ejemplo importante de esta situación puede verse en el hecho de que, en Europa, la revolución agrícola comenzó antes que la revolución industrial. Debido a ello, Europa fue capaz de aumentar su disponibilidad de alimentos, y por tanto la disponibilidad de brazos necesarios para la industrialización. Pero en el mundo no europeo (salvo en los Estados Unidos), el esfuerzo de la industrialización comenzó, en general, antes de que se hubiese producido cualquier mejora importante en materia de productividad agrícola. Como resultado, la producción de alimentos (y por ende, de mano de obra disponible) requerida para el crecimiento de las ciudades industriales en el mundo no europeo ha sido, en general, obtenida, no en base a un incremento de la disponibilidad de alimentos, sino en base a una reducción de la parte de esos alimentos que tocaba a los campesinos. En la Unión Soviética, especialmente, la alta velocidad de la industrialización en el período 1926-1940 se logró en base a una opresión despiadada de la comunidad rural, en la que millones de campesinos murieron. El esfuerzo de copiar este método en la China comunista en los años 1950 llevó a esta área al borde del desastre. 

El ejemplo más importante de tal difusión diferencial de dos desarrollos europeos es la diferencia entre la difusión de la revolución en la producción de alimentos, y la difusión de la revolución de higiene y servicios médicos. Esta diferencia se volvió de consecuencias tan relevantes para el mundo a mediados del siglo veinte, que debemos dedicar un tiempo considerable a examinarla. 

En Europa, la Revolución Agrícola que permitió incrementar la disponibilidad de alimentos comenzó por lo menos cincuenta años antes de que empezase la revolución en higiene y servicios médicos que hizo decrecer el número de muertes, y por ende incrementó los números poblacionales. Las dos fechas para estos comienzos pueden ubicarse, grosso modo, en 1725 y 1775. Como resultado de tal diferencia, Europa tuvo, en general, suficiente comida como para alimentar a su población creciente. Cuando la población creció hasta un punto en que Europa ya no pudo alimentar a su propia gente (digamos, alrededor de 1850), las áreas periféricas de Europa y los mundos no europeos estaban tan deseosos de industrializarse (o de obtener vías férreas) que Europa fue capaz de obtener alimentos no europeos a cambio de productos industriales europeos. Esta secuencia de eventos resultó una combinación feliz para Europa. Pero la secuencia de eventos en el mundo no europeo fue bien diferente, y no tan feliz. No sólo obtuvo el mundo no europeo su industrialización antes de que tuviese su revolución en la producción de alimentos; también obtuvo la revolución sanitaria y de servicios médicos antes de haber logrado incrementar suficientemente su producción de alimentos como para poder hacerse cargo del consiguiente aumento de su población. Como resultado, la explosión demográfica que comenzó en el noroeste europeo a comienzos del siglo diecinueve se esparció hacia el este europeo y hacia Asia, con consecuencias crecientemente infelices a medida que avanzaba. El resultado fue la creación del mayor problema social del mundo del siglo veinte. 

Las sociedades más estables y primitivas, como los indios americanos antes de 1492, o la Europa medieval, no tenían grandes problemas poblacionales porque la tasa de natalidad estaba equilibrada por la tasa de mortalidad. En tales sociedades, ambas son altas, la población es estable, y la mayor parte de la población es joven (menor a dieciocho años). Este tipo de sociedad (llamada a menudo población Tipo A) es lo que existió en Europa en el período medieval (digamos, hasta 1400) o incluso durante parte del período moderno temprano (digamos, hasta 1700). Como resultado del aumento de la disponibilidad de alimentos en Europa a partir de 1725, y de la mayor capacidad de la humanidad para salvar vidas gracias a los avances de la higiene y la medicina luego de 1775, la tasa de mortalidad comenzó a caer, la de natalidad se mantuvo alta, la población comenzó a crecer, y el número de personas mayores en la sociedad creció. Esto dio nacimiento a lo que hemos llamado la explosión demográfica (o población Tipo B). Como resultado de ello, la población de Europa (empezando con Europa occidental) creció en el siglo diecinueve, y la mayor parte de tal población estaba en lo mejor de su vida (de dieciocho a cuarenta y cinco), los años de llevar armas para los hombres, y de crianza de hijos para las mujeres.

En este punto, el ciclo demográfico de expansión poblacional pasa a un tercer estadio (población Tipo C) en el cual la tasa de natalidad también empieza a caer. Las razones de ello nunca han sido explicadas de modo satisfactorio, pero, como consecuencia de esta caída, aparece una nueva condición demográfica marcada por una tasa de natalidad en caída, una tasa de mortalidad baja, y una población que se estabiliza y envejece, cuya mayor parte está entre las edades de treinta a sesenta años. A medida que la población envejece debido al descenso de la natalidad y el aumento de la expectativa de vida, una parte más y más grande de la población ha pasado la edad de tener hijos o cargar armas. Esto lleva a la natalidad a declinar aun mas rápido, y eventualmente da una población tan vieja, que la tasa de mortalidad comienza a crecer de nuevo, debido al gran incremento de muertes por vejez o por las bajas inevitables que causa la senilidad. Consiguientemente, la sociedad pasa a un cuarto estadio del ciclo demográfico (población Tipo D). Este estadio está marcado por una tasa de natalidad que declina, una tasa de mortalidad en ascenso, una población que decrece, y una población cuya mayor parte pasa de los cincuenta años de edad. 

Debe confesarse que la naturaleza del cuarto estadio en este ciclo demográfico está basada en consideraciones teóricas más que en observación empírica, porque incluso Europa occidental, en donde el ciclo está más avanzado, aun no ha alcanzado este cuarto estadio. Sin embargo, parece muy probable que llegará a este estadio en el año 2000, y ya el número creciente de personas viejas está dando lugar a nuevos problemas y a una nueva ciencia llamada geriatría, tanto en Europa occidental como en Estados Unidos. 

Como hemos dicho, Europa ya ha experimentado los primeros tres estadios de este ciclo demográfico como resultado de la revolución agrícola de 1725 y la revolución de la higiene y médica después de 1775. A medida que estas dos revoluciones se han esparcido desde Europa occidental hacia áreas más periféricas del mundo (con la revolución que salva vidas adelantándose, en el proceso, a la revolución en la producción de alimentos), estas áreas más remotas han entrado, una por una, en el ciclo demográfico. Esto significa que la explosión demográfica (población Tipo B) se ha movido hacia afuera desde Europa occidental hacia Europa central, Europa oriental, y finalmente a Asia y África. Para mediados del siglo veinte, la India estaba totalmente en las garras de la explosión demográfica, con su población creciendo de a cinco millones de personas por año, mientras que la población de Japón creció de 55 millones en 1920 a 94 millones en 1960. Un hermoso ejemplo del modo de operación de este proceso puede verse en Ceilán (Sri Lanka), donde en 1920 la tasa de natalidad era 40 por mil y la de mortalidad 32 por mil, pero en 1950 la tasa de natalidad era todavía de 40 por mil mientras que la de mortalidad había caído a 12 por mil. Antes de examinar el impacto de este desarrollo en la historia mundial en el siglo veinte, observemos dos breves tablas que aclararán el proceso. 

El ciclo demográfico puede dividirse en cuatro estadios que hemos designado con las cuatro primeras letras del alfabeto. Estos cuatro estadios pueden distinguirse a partir de cuatro rasgos: tasa de natalidad, tasa de mortalidad, número de habitantes, y su distribución de edades. La naturaleza de los cuatro estadios en estos cuatro respectos puede verse en la siguiente tabla:

EL CICLO DEMOGRÁFICO

ESTADIOABCD
NatalidadAltaAltaDecrecienteBaja
MortalidadAltaDecrecienteBajaCreciente
NúmerosEstablesCrecientesEstablesDecrecientes
Distribución de edadesMuchos <18 añosMuchos en edad activa (18-45 años)Muchos en edad mediana (>30 años)Muchos viejos (>50 años)

Las consecuencia de este ciclo demográfico (y de la resultante explosión demográfica) a medida que se difunde hacia la periferia a partir de Europa occidental puede captarse a partir de la siguiente tabla, que esquematiza la cronología de este movimiento en cuatro áreas: Europa occidental, Europa central, Europa del este, y Asia:

Difusión del ciclo demográfico

Áreas

FechasEuropa OccidentalEuropa CentralEuropa del EsteAsia


En esta tabla, la línea de mayor presión poblacional (la explosión demográfica de población Tipo B) se ha marcado con una línea de puntos. Ella marca que ha habido una secuencia, en intervalos de alrededor de cincuenta años, de cuatro presiones poblacionales sucesivas que pueden ser designadas con los siguientes nombres: 

Presión anglo-francesa, alrededor de 1850

Presión germano-italiana, alrededor de 1900

Presión eslava, alrededor de1950

Presión asiática, alrededor de 2000

Esta difusión de la presión hacia afuera, a partir del núcleo europeo de la civilización occidental, puede contribuir mucho a explicar mejor el período 1850-2000. Ayuda a explicar la rivalidad anglo francesa alrededor de 1850, la alianza anglo francesa basada en el miedo a Alemania luego de 1900, la alianza del mundo libre basada en el miedo a la Rusia soviética luego de 1950, y el peligro, tanto para la civilización occidental como para la civilización rusa, a partir de una presión asiática, para el 2000. 

Estos ejemplos muestran cómo nuestra comprensión de los problemas del siglo veinte puede verse iluminada a partir de un estudio de varios desarrollos de Europa occidental y de las tasas variables de velocidad con las que éstos se difundieron hacia las zonas más periféricas de la civilización occidental, y finalmente al mundo no occidental. Grosso modo, podemos hacer una lista de estos desarrollos en el orden en el que han aparecido en Europa occidental, así como el orden en el cual aparecieron en el más remoto mundo no occidental:

DESARROLLOS EN EUROPA OCCIDENTALDESARROLLOS EN ASIA
Ideología occidentalRevolución en armamentos
2. Revolución en armamentos (especialmente armas de fuego)2. Revolución en transporte y comunicación
3. Revolución agrícola3. Revolución en higiene y medicina
4. Revolución Industrial4. Revolución Industrial
5. Revolución en higiene y medicina5. Explosión demográfica
6. Explosión demográfica6. Revolución agrícola
7. Revolución en transporte y comunicaciones7. Y finalmente (si acaso) ideología occidental

Naturalmente estas listas son solamente una aproximación gruesa a la verdad. En la lista europea, debe quedar claro que cada desarrollo se pone en el orden de su primer inicio, y que cada uno de estos rasgos ha tenido un proceso continuo de desarrollo desde entonces. En la lista asiática, debe quedar claro que el orden de llegada de los diferentes rasgos es muy diferente en diferentes áreas de Asia, y que el orden dado en esta lista es meramente el que parece ajustar a varias áreas diferentes. Naturalmente, los problemas que surgen del advenimiento de estos rasgos en las áreas de Asia depende del orden en que los rasgos llegan, y por lo tanto es bastante distinto en áreas en que este orden de llegada es diferente. La diferencia fundamental surge de una inversión del orden entre 3 y 4. 

El hecho de que Asia haya obtenido estos rasgos en orden distinto del europeo es de la mayor importancia. Dedicaremos buena parte del resto de este libro a examinar este asunto. En este momento podemos apuntar dos aspectos de ello. En 1830 la democracia estaba expandiéndose rápidamente por Europa y América. En ese momento, el desarrollo de las armas llegó a un punto en que los gobiernos no podían conseguir armas que fuesen mucho más eficientes que las que podía obtener cualquier individuo. Más aun, los individuos podían obtener buenas armas, porque tenían un estándar de vida suficientemente alto como para comprarlas (como resultado de la revolución agrícola), y porque tales armas eran baratas (como resultado de la revolución industrial). Para 1930 (y mucho más para 1950) el desarrollo de las armas había avanzado hasta el punto que los gobiernos podían obtener armas más eficaces (bombas, tanques, lanzallamas, gases venenosos, etc.) que las que podían obtener los individuos. Más aun, en Asia, estas armas más eficaces llegaron antes que los estándares de vida pudiesen ser elevados por la revolución agrícola, o que los costos de las armas se redujesen lo suficiente gracias a la revolución industrial. Más aun, los estándares de vida se mantuvieron bajos en Asia debido a que la revolución en higiene y servicios médicos y la explosión demográfica consiguiente llegaron antes que la revolución agrícola. Como resultado, los gobiernos de Europa en 1830 difícilmente se atrevieron a oprimir a su propia población, y la democracia fue creciendo; pero en zonas del mundo no europeo, hacia 1930 (y aun más hacia 1950) hubo gobiernos que sí se atrevieron, y lograron hacerlo, y sus pueblos estaban indefensos frente a ello. Cuando agregamos a este panorama que la ideología de Europa occidental tenía fuertes elementos democráticos heredados de sus tradiciones cristiana y científica, mientras que los países asiáticos tenían tradiciones autoritarias en su vida política, podemos ver una democracia que presentaba un futuro esperanzador en Europa en 1830, pero uno muy dudoso en Asia en 1950.

Desde otro punto de vista, podemos ver que en Europa la secuencia de revoluciones, agrícola – industrial – del transporte y comunicaciones, hizo posible que Europa elevase sus estándares de vida y que hubiese poca opresión rural, puesto que la revolución agrícola proveía la comida, y por tanto la mano de obra para la industrialización y para la tecnología de transporte. Pero en Asia, en donde la secuencia de estas tres revoluciones fue diferente (en general: transporte-industrial-agrícola), la mano de obra pudo obtenerse a partir de la revolución de higiene y medicina, pero la comida para esta mano de obra solo pudo ser obtenida a partir de la opresión de la población rural, e impidiendo cualquier aumento real del estándar de vida. Algunos países intentaron evitar esto, tomando prestado capital de países europeos para vías férreas y acerías, en lugar de acumular capital a partir de los ahorros de sus propias poblaciones, pero esto significó que tales países se volvieron los deudores (y por tanto, hasta cierto punto, los subordinados) de Europa. El nacionalismo asiático en general resintió este rol de deudor, y prefirió el rol de gobierno opresor de su propia población rural. El ejemplo más llamativo de tal preferencia por la opresión rural por encima del endeudamiento externo se concretó en 1928 en la Unión Soviética, con la apertura de los Planes Quinquenales. Opciones similares pero menos dramáticas se tomaron aun antes en Japón, y mucho más tarde en China. Pero no debemos olvidar nunca que estas y otras elecciones difíciles debieron ser tomadas por los asiáticos debido a que habían obtenido los rasgos que difundió la civilización occidental en un orden diferente de aquel en que Europa misma los obtuvo.

[Continuará]

Compartir