ENSAYO

Por Barbara Stiegler (*)


El desconfinamiento: la inmensa decepciόn de una sociedad desasosegada (11 de mayo – 31 de agosto de 2020)

«Pero la lengua no se contenta con poetizar y con pensar en mi lugar, también dirige mis sentimientos, rige mi ser moral entero, con tanta mayor naturalidad que me entrego inconscientemente a ella. ¿Y qué sucede si esta lengua cultivada se constituye con elementos tόxicos? Las palabras pueden ser como minúsculas dosis de arsénico: uno se las traga sin prestar atención, parecen no producir efecto y hete aquí que al cabo de un tiempo el efecto tόxico se siente.” (Victor Klemperer, LTI, La lengua del III er Reich, (1947), Albin Michel, 1996, p.40)

Las librerías fueron tomadas por asalto, los festivales agotaron sus entradas. Pero el presidente de la República decidió, solo, el 13 de abril, cerrar las universidades hasta el fin del verano. Esta decisión arbitraria, cuyas razones nunca se conocieron, fue anunciada en medio de la indiferencia general. Los conteos mórbidos del director general de Salud, Jérôme Salomon, habían producido efecto. En Pandemia, muchos querían quedarse al abrigo, y fueron ellos quienes impusieron su punto de vista a los estudiantes, los docentes y los investigadores que tenían una necesidad vital de encontrarse. La decisión presidencial tuvo apoyos inclusive por el lado de los partidos de izquierda y los sindicatos.  Encerrados en una oposición simplista entre la “salud” y la “economía”, estos últimos creyeron resistir al gran capital predicando un confinamiento voluntario de duración indeterminada y cayeron a su vez en la trampa de los cronistas, que presentaban el miedo al virus “por uno mismo y por sus allegados” como un nuevo civismo, el de una sociedad del cuidado en la que primaría lo colectivo. La protección de las personas con riesgos era una necesidad absoluta, sin duda alguna. Pero para ser eficaz, debería no haber cedido al imaginario falacioso de la Pandemia: el de un mundo en el que todos estaban en igualdad de condiciones -amenazados de muerte si salían de su hogar. Este desconfinamiento fallido fue el comienzo de una larga secuencia política inédita, en la que los partidos de oposición renunciaron a discutir, en los grandes medios de comunicación, las decisiones sanitarias del gobierno. En Pandemia, “la salud” no era más un objeto de discusión racional sometido a los arbitrajes de la democracia. Se imponía como un nuevo poder trascendente o sagrado, que prohibía cualquier profanación por parte de una discusión esclarecida, ya fuera ésta política o científica.

 Algunos denunciaron un nuevo poder, atribuyendo al gobierno una súbita idolatría por “la vida nuda” (1). Pero esto era caer en otra trampa. Porque si se miraban con detenimiento, a las decisiones del gobierno nunca las guiό una preocupación real por la vida y la salud. Mientras se mantenía una vieja política de austeridad que destripaba al sistema sanitario, se produjo el affaire de los tapabocas, durante el cual el gobierno prefirió dejar que el contagio se propagara antes que reconocer los errores del pasado -y en donde el ARS Nouvelle Aquitaine con brutalidad hizo desaparecer de las pantallas, por razones de escasez de tapabocas, su campaña por los “súper héroes que usan tapaboca” y sus “súper poderes” (2). Se produjeron también todas las víctimas sanitarias indirectas del confinamiento, las de los EHPAD, la muerte en los domicilios y en otros servicios hospitalarios, Covid o no-Covid, y que eran sustraídas al ojo de la cámara. Sucedió también el zafarrancho de los tests, en los que el ministro de Salud acumulό atrasos y prefirió hacer bambolla con las cifras, entregando un millón de tests por semana a una población desorientada, sin que hubiera la más mínima estrategia de detección (3). Hubo, finalmente, la ausencia completa de decisiones sanitarias que se hicieran cargo de las personas que presentaran riesgos, quienes fueron enviadas autoritariamente a sus lugares de trabajo, contrariando la opiniόn del Alto Consejo de Salud Pública(4) con un decreto del 31 de agosto, anulado por el Consejo de Estado el 15 de octubre. Nunca hubo, en el fondo, estrategia alguna de salud pública, ni ningún gran plan de reconstrucciόn del sistema sanitario, que una catástrofe de este tipo había vuelto indispensable. Antes que denunciar el pretendido poder de la “vida nuda”, es de esto, justamente, que habría que haber discutido racionalmente. Y a esto, en particular, debería haber servido la reapertura de las universidades.

En lugar de encontrar el aire primaveral de los patios y los campus, la inmensa mayoría de los universitarios bascularon hacia una actividad íntegramente digital, prosiguiendo con el aislamiento del confinamiento. Los coloquios se volvieron virtuales, los seminarios mutaron en webinarios y las reuniones para organizar un simulacro de exámenes en línea degeneraron en una zoomitis con efectos deletéreos. Un proceso de congelamientos empezó a descomponer el pensamiento y el saber universitario, interrumpiendo durante un tiempo largo la conversaciόn científica y estropeando durablemente nuestros colectivos de trabajo. Sin embargo, era más urgente que nunca que nos encontráramos para indagar juntos sobre las causas de la catástrofe. Esa cita, a la que muchos de nosotros aspiraban desde marzo como a una tabla de salvación, en el mes de mayo fue anulada sine die. Contribuyό a la inmensa decepciόn del «mundo de después»: el de una sociedad desasosegada, que no logra encontrarse.

Fue en ese momento que triunfό, en las mentes, la «distanciaciόn social». Algunos se preguntaron si no había en esto una especie de lapsus del gobierno. Designando las distancias físicas de seguridad, la expresión “social distancing”, tomada del inglés de los epidemiólogos, traicionaba tal vez aquí un proyecto político inconfesable: el de la disolución de los movimientos sociales que, desde hacía dos años, habían bloqueado al gobierno francés en sus intentos de reformas. Háyase tratado de un lapsus o trátese de una elección deliberada, la expresión cundió como reguero de pόlvora y funcionό como un nudge eficaz, desalentando cualquier forma de vuelta a la vida social, en particular entre quienes debían exhibir un comportamiento “responsable”. Entre los más cargados de títulos, una especie de hesitación e inclusive de vergüenza se instalό, lo que desalentaba por anticipado cualquier participación en la vida colectiva. Ante cada invitación a reunirse, un escrúpulo se ponía a instilar en las conciencias. ¿Acaso no era mejor que se respetara la «distanciaciόn social»? A favor de las sugestiones inconscientes de ese nuevo léxico, la inmensa mayoría de los movimientos sociales organizaron por sí mismos su propia disolución. Durante todo el final de la primavera, estuvo bien visto que se desertaran las ágoras democráticas, las asambleas generales y las manifestaciones en la calle, apiñándose en los comercios y en los transportes públicos.

Se asistió impotentes a la reapertura con bombos y platillos del Puy du Fou, en Vendée, el gran parque de entretenimientos [espectáculo de luces y sonido con fondo de castillo a la Disney] de la derecha conservadora y al cierre brutal del trigésimo octavo Marché de la Poésie, anulado por el mutismo voluntario del Prefecto de París (5). No obstante, el trabajo crítico sobre la lengua se había vuelto, más que nunca, un asunto de salubridad pública. Nada sorprendía entonces si, en este nuevo régimen de excepciόn, la lengua de los dominantes estaba autorizada a triturar la lengua sutil y frágil y exigente de los poetas. Si nos hubiéramos podido encontrar en la plaza Saint-Sulpice, habría sido urgente analizar «el efecto tόxico» (6) de esas palabras nuevas que todos, sin reflexionar, se ponían a retomar por su propia cuenta. En conjunto, nos habríamos dado cuenta de que bajo los prestigios del «distanciel» [nueva jerga, en francés, que designa la enseñanza a distancia], que sugiere la distinciόn de la distancia y el azul del cielo [“distan-ciel”], se disimulaba la perennizaciόn de lo que los «planes de continuidad» habían llamado, con mayor franqueza, “el modo degradado”. Y que su doble, el «présentiel», tendía a presentar la copresencia real, en carne y hueso, como una simple opciόn, posiblemente costosa y en parte superada. La ministra de Enseñanza Superior pronto nos explicaría que, para enseñar, el «présentiel» era importante, puesto que era necesario, cada tanto, tener «contacto», sobre todo con «los más frágiles». Pero lo esencial se jugaba en otro lado. Si el docente debía condescender, a intervalos regulares, a un poco de «contacto», desde la vuelta a clases sería invitado a ubicar su trono, todo el resto del tiempo, en el cielo inmaterial de las ideas y de la distancia. Invitaciόn a la cual muchos universitarios, confinados voluntarios desde decenios y poco apurados por confrontarse con su cuerpo a las resistencias del real, cedieron de buena gana.

Esta inmensa decepciόn de la sociedad a propόsito del «mundo de después» explicό probablemente los sufrimientos físicos del desconfinamiento. Luego de las grandes tribunas líricas que habían invadido los periόdicos en el momento de la tempestad, el silencio y la náusea se instalaron duraderamente, inaugurando un largo período de malestar en el que las personas se contentaron con esperar pasivamente la segunda ola. Durante este tiempo, el gobierno no hizo estrictamente nada. Poniendo en escena una política de tests que pronto iba a ser denunciada como un nuevo fiasco, organizό en paralelo un segundo espectáculo: el “Ségur de la Salud”, que produciría una ola inmensa de decepciόn.

El personal de la salud fue casi el único, a la salida del confinamiento, que manifestό en el espacio público y que tuvo autorizacion de las prefecturas para hacerlo. Se podría haber imaginado que los millones de franceses que habían aplaudido y erigido en héroes a estos trabajadores vendrían a manifestar junto con ellos. Nada de esto sucedió y nada hubo de sorprendente en esto. Porque si la heroicizaciόn había funcionado tan bien, fue precisamente para desactivar cualquier forma de conflicto social y convertir mágicamente lo negativo de la cólera en el honor de la entrega y la devoción. Buscando explotar hasta el extremo su retόrica marcial, Emmanuel Macron prometía a los «héroes» una condecoración por el compromiso asumido y un desfile de túnicas blancas el 14 de julio en los Campos Elíseos. A la salida de lo que él había llamado “una guerra”, el jefe de los ejércitos usaba el mismo lenguaje militar para someter a sus soldados: los laureles que obligan. En lugar de protestar lado a lado con los rebeldes que, desde el mes de mayo, manifestaban en público para tirar a la basura sus condecoraciones de papel, la mayoría de los ciudadanos decidieron esperar, confiados, el gran Plan del gobierno que seguramente iba a concluir, en tiempos de paz, con una reconciliación.

Como en su momento el “Gran Debate” [debate muy teatralizado, organizado por el gobierno en 2019 para intentar detener las protestas de los chalecos amarillos], el “Ségur” tan esperado consistió esencialmente en una inmensa ola de palabras. El análisis semántico de sus conclusiones revela un continuum líquido, lejos de la sequedad de un texto programático o de un artículo de ley. Si se suprimen las monsergas y las notas de buenas intenciones que no comprometen a nada, no subsisten más que algunas páginas de programa, limitado a insuficientes aumentos de sueldo, a primas que oponen entre sí a los trabajadores y a promesas de financiamiento discutibles (7). Esta avalancha de palabras y de cifras produjo una especie de hipnosis, mientras siguió instilando la lengua tόxica del management («gobernanza», «benevolencia», «prevenciόn de conflictos») que, desde hacía años dejaba exsangüe al personal de la salud. Pero a pesar de la orgía de palabras y de cifras, el Ségur también fue un fiasco. En lugar del “shock de atractividad” anunciado, millares de trabajadores de la salud siguieron abandonando el barco (8).

Lo esencial de la “política sanitaria” del gobierno debe buscarse en otro lado. Consistiό en obstinarse en la inversión de las responsabilidades y en la persecución del “afloje” de los franceses, lo que tomό la forma de un chantaje cotidiano durante sus vacaciones. Esa musiquita, que iba a acunarnos durante todo el verano, fue la humillación última de una Naciόn de ciudadanos tratados como una horda de niños desobedientes, que solo podían entender el chantaje al traje de baño, y al que le harían de nuevo el mismo verso, algunos meses después, para las fiestas de Navidad.

Reconfinamiento: el bascular en una larga noche sin Navidad (1 ero de setiembre – 28 de noviembre 2020)

«La Francia de la derrota tuvo un gobierno de ancianos. […] La Francia de una nueva primavera deberá ser asunto de los jόvenes.» (Marc Bloch, «La extraña derrrota», op.cit., p.207.)

Habiendo concluido el chantaje a la playa, la vuelta a la actividad iba a estar dominada por la amenaza permanente del reconfinamiento. La ministra de Enseñanza Superior mostraba sus cartas desde el 13 de setiembre. Al designar a las universidades como clusters peligrosos, la ministra invertía, a su vez, las responsabilidades, tratando de que se olvidara que no le había adjudicado ningún medio para reparar los daños pedagógicos del confinamiento, ni para luchar contra el amontonamiento en los locales (9). Porque la Universidad también, desde hacía años, había pasado de una lógica del stock a una lógica del flujo. La ministra se había pues obstinado en su agenda, lanzando durante el verano la licitación de un proyecto de 50 millones de euros destinado al viraje digital, encargado de transformar los stocks de estudiantes en flujos de conexiones. Como para la salud pública, pronto la ministra nos saldría con lo de “la demanda societal”: había tantas ventajas en ser móvil y en poder estudiar desde su domicilio o el tren súper rápido… En la Universidad de Burdeos, dos millones de euros fueron destinados para equipar todos los locales en “Zoom-Rooms”; esas inversiones sόlidas anunciaban el carácter irreversible del viraje. En todas partes, la Ministra impuso el modelo de las “formaciones híbridas”, ya promovidas por France Université Numérique, que a su vez lo había tomado del “blended learning” venido del mundo de la empresa. Mientras que el “présentiel” de carne y hueso era considerado en lo sucesivo como demasiado contaminante y que el 100% “distanciel” hubiera sido un poco brutal en demasía, esta fόrmula se impuso como el nuevo dogma trinitario: articulando la distancia (del Padre) y la presencia (del Hijo), el híbrido cumplía la función del Santo Espíritu. A los prestigios de una pedagogía innovadora, vendida como progresista puesto que “invertida”, se aliaba el humanismo del “contacto”, sobre todo, se insistía, para los “Primeros años”, olvidando que el destrozo iba a darse en todos los niveles. Se habrían podido inventar tantas otras cosas: instaurar cursos nocturnos, reapropiarse de las bibliotecas, desarrollar prácticas de lectura dirigidas, alentar el trabajo en grupo y la lógica de la investigación desde la licenciatura. Pero puesto que el ministerio ya había preconcebido el formato, no se considerό útil consultar la inteligencia colectiva de los colegas y de sus estudiantes.

Porque en la Universidad también estábamos en Pandemia, es decir en un mundo en el que no había ya más tiempo de estorbarse con la democracia. Mientras que en los liceos y las clases preparatorias [para los concursos de ingreso a las selectas escuelas], los alumnos se amontonaban unos sobre otros con la bendición de los rectorados, los jefecitos de la enseñanza universitaria se pusieron a rivalizar de inventiva para imponer sus visiones, no solo en pedagogía, sino también en materia de seguridad sanitaria, contribuyendo a vaciar poco a poco los campus de sus fuerzas vivas. Se vieron surgir “team Covid” y deambular brigadas de higiene que imponían aforos, reglas y consignas puntillosas decretadas por decanos que, a menudo, se pusieron a gobernar solos, en el olvido de los principios democráticos que, desde la ley Faure de 1969, supuestamente regían el funcionamiento de las universidades. Mientras que todos los otros sectores de la sociedad se batían para retomar una vida normal, numerosos universitarios brillaron por su exceso de celo, complaciéndose en un semi confinamiento, del que los estudiantes -condenados la mitad del tiempo a consumir videos en sus teléfonos celulares- fueron las primeras víctimas.

En el mismo momento, la misma ministra siguió desplegando la otra pata de su agenda política: una “ley de programación de la investigación” (LPR) que exhibía la ambiciόn de volver a dar medios financieros a la ciencia (10). Esto era muy oportuno. Junto con la salud y la educación, la investigación científica había brillado, a la luz de la crisis, como el bien común de todos los ciudadanos. Solo que la lógica llamada a triunfar con esta ley LPR fue denunciada, por la inmensa mayoría de los investigadores, como un tiro de gracia. En lugar de apoyar la ciencia como una indagaciόn colectiva sobre las causas de nuestros problemas y sobre los procesos de largo plazo en los que estábamos implicados, este proyecto de ley pretendía poner la ciencia bajo la tutela completa del mundo econόmico y político, acelerando una deriva que había comenzado a generalizarse en los años 2000 en Europa. Eligiendo someterla íntegramente a la lόgica cortoplacista de los «llamados a licitaciόn», el proyecto de ley plebiscitaba justamente lo que había dejado inerme a la investigaciόn francesa sobre los coronavirus y, al mismo tiempo, sobre las zoonosis, juzgadas en su momento poco rentables en el mercado de la “valorización”. Víctimas del «solucionismo tecnologico» (11), sectores completos de la investigaciόn fundamental y aplicada, pero también del conjunto de los saberes críticos que nada tenían para vender en el mercado, eran progresivamente reducidos a la miseria, desde hacía años ya, por una conducciόn managerial de la investigaciόn del mismo tipo que el que había desarmado al hospital, en nombre de la aceleraciόn de los rendimientos y de la innovaciόn.

Ante el nivel de cólera del mundo académico por la aprobación contra viento y marea de la ley, uno podría haberse sorprendido de tanto encarnizamiento gubernamental. Pero en esto había una verdadera coherencia, el espíritu de la LPR era exactamente el mismo que había guiado a Emmanuel Macron durante la gestiόn de toda la crisis. Ante la irrupciόn de la catástrofe, para nada había sido cosa de pedir a los laboratorios y a las universidades que pensaran, en conjunto con los estudiantes y con los ciudadanos, en el encadenamiento de las causas que habían podido llevarnos hasta donde estábamos. Menos aun se trataba de volver a armar el trabajo crítico de una investigación científica conducida, con los ciudadanos, para imaginar otras organizaciones. Por el contrario, se trataba de hacer que la crisis fuera una bendición para reforzar la misma lógica; acelerar la carrera competitiva por «la innovaciόn», tanto digital (e-learning, e-salud, aplicaciones de trazabilidad) como de la industria farmacéutica (moléculas o vacunas). Lejos de encontrarse desconcertada por la crisis, la Start-up Nation [ideal macrόnico para la República francesa] seguía obstinándose en su programa (12). En un medio ambiente degradado, polucionado y en lo sucesivo contaminado, en el que las crisis se volverían crónicas, se trataba de que la investigación científica nos enseñara no a luchar contra las causas que habían producido la crisis, sino a adaptarnos y, al hacerlo, a reproducirla incambiada. Bastaba con leer los editoriales alarmados de las grandes revistas científicas, que denunciaban esta puesta bajo tutela de la ciencia por el mercado, para convencerse de que la LPR no inventaba nada nuevo. Privando al porvenir de numerosos jόvenes investigadores prendados del espíritu crítico, impidiendo a la ciencia que respondiera a las aspiraciones nuevas de la sociedad de cambiar de modelo en todos los terrenos, la LPR y su mundo traicionaban a una sociedad enferma, en la que los guarda tenientes del Antiguo Régimen habían decidido, para que nada cambiara, retirar cualquier perspectiva de porvenir a las jόvenes generaciones.

Decretando el toque de queda y poniendo de nuevo en la mira a una juventud considerada demasiado relajada, la gerontocracia en el poder (13)  dio otro paso en esa dirección, pero este tal vez fue el paso en demasía. Optando por ese simbolismo siniestro, intentό explotar hasta la última gota el vocabulario marcial inaugurado en marzo, solo que el carácter desubicado de la metáfora comenzó a dejarse ver. Toda la sociedad se sintió bascular en una larga noche sombría, al final de la cual siempre se encontraba el mismo chantaje regresivo a las luces de Navidad. Al mismo tiempo que se las agarraban sistemáticamente con los más jόvenes, la infantilizaciόn reinaba hasta la humillaciόn. A partir de ese paso excesivo, algunos empezaron a salir del silencio y del alelamiento. Partidos políticos empezaron a oponerse, ciudadanos a interrogarse, periodistas a cuestionarse, estudiantes a alertar e investigadores a manifestar. En el umbral del invierno que llegaba, estábamos quizás asistiendo al despertar de la democracia. Y en ese momento en el que se experimentaba como un rebrote de vida anunciador de la primavera, se conoció la terrible noticia. Primero por dos premios Nobel de economía (14), luego por rumores en las redes sociales (15), luego por la prensa más oficialista y finalmente por el discurso presidencial del 28 de octubre: para “salvar Navidad”, Emmanuel Macron había decidido reconfinarnos.

El veredicto sonό como la confesión de un fracaso, el de un gobierno esclerosado, sumido en sus viejas maneras de pensar y que nunca había sabido encarar la novedad. El “Señor Desconfinamiento” del mes de mayo, entre tanto, había devenido Primer Ministro y había llevado a cabo tan mal su misión que se concluía con el “Reconfinamiento”. Justo él, que había instalado la T2A, aquella famosa «tarificaciόn por la actividad» [método de cálculo presupuestal basado en la cantidad de actividad desarrollada] que había debilitado tanto al hospital y que hoy todos denostaban, justo él que no había propuesto ningún plan para enfrentar dentro de lo posible algún resurgir epidémico, perseveraba como  nunca en su ser y declaraba, el 7 de noviembre, “que no se [podía] estar todo el tiempo aumentando el número de camas. Y [que no era] deseable porque eso querría decir que se dejaría que la epidemia se desarrollara” (16). Confirmando la opción por un hospital de flujo más que de stock, este ministro olvidaba al mismo tiempo el rol de las instituciones y el “principio de continuidad del Estado” (17): el principio que garantiza una estabilidad capaz de encarar el peligro y lo imprevisto. Desde la primavera hasta el otoño, inclusive habían seguido suprimiendo camas (18) y se le exigía al hospital mil millones de euros de ahorros en el futuro presupuesto (19).

El Parlamento, que desde marzo pacientemente llevaba adelante su investigación (20) volvió a ocupar su lugar en el espacio público, cuestionando la duración del estado de urgencia sanitario. Esto valiό a la oposición este anatema, asombroso de parte de un ministro de la República: “¡Esta es la realidad de nuestros hospitales! Si usted no quiere oírla, váyase de aquí!” Sobreexplotando el registro compasional (“un joven de veintiocho años entubado”) y el de la heroicizacion del personal médico asignado a la entrega y a la devoción, el ministro Olivier Véran transfería su propia responsabilidad durante la crisis a la oposición, siendo que los diputados que se atrevían a desafiarlo, desde hacía años venían defendiendo un plan de reconstrucción del hospital público. Esta esclerosis de un poder empecinado en sus posiciones desencadenό en los hospitales un nueva ola de palabras, de mails y de esquemas, acompañados por una sorda inquietud, la de volver a vivir la misma catástrofe, pero con un personal reducido que, entre tanto, había bebido la pociόn de Ségur y estaba todavía más encolerizado. Los managers solo encontraron una soluciόn. Para ocuparse de los “Covid”, se decidió agararrárselas con los “no-Covid”. Esto implicaba imponer a todos, incluidos los pacientes enfermos de enfermedad grave, la desprogramaciόn, aunque costara angustia y falta. Con esta nueva ola, fue otra ola -sorda, silenciosa e invisible, porque alejada de los micrόfonos y de las cámaras- de sufrimiento y de angustia que recubriό el hospital.

La misma ola recubrió también todo el país, que sintió que sin duda basculaba en la noche. Una noche en la que no se estaba autorizado vender libros, en la que los pequeños comercios eran hechos papilla por plataformas inmensas, en la que sin vergüenza algunos se congratulaban de dar limosna a estudiantes que nada más tenían para alimentarse, en la que cotidianamente uno temía enterarse de un suicidio, en la que los artistas estaban reducidos al silencio y en la que las universidades iban a ser las últimas en volver a abrir, después de las iglesias, las estaciones de ski y los clubes échangistes. Un mundo en el que la injusticia y la arbitrariedad se exponían a plena luz y en donde los ciudadanos, incluso los más razonables, habían tomado partido por no respetar más las leyes, de tanto que les parecían inicuas e incoherentes. Y un país que la prensa internacional, choqueada por la ley “Seguridad Global” y la multiplicación de las violencias policiales, comenzaba a designar como un nuevo régimen autoritario. Temiendo que el fin del confinamiento fuera un nuevo comienzo de las movilizaciones sociales, el poder, febril, fabricaba a la que te criaste un arsenal seguritario contra los manifestantes. Del toque de queda al artículo 24, pasando por el fichaje por opinión pública, sus incesantes transgresiones produjeron finalmente el efecto opuesto, el de un despertar político de los ciudadanos para defender las libertades públicas. El 28 de noviembre de 2020, desafiando el confinamiento en toda Francia (21), centenares de millares de personas le dijeron al gobierno que en adelante estaban prontos para resistir.

La cólera comenzaba a hacerse oír fuerte, y se apuraron a cubrirla con la promesa de la vacuna. Se iba, era seguro, hacia la luz, se haría todo lo posible por ser los primeros. Los más prometedores no pasaban de ser efectos de anuncio. Cortocircuitando las prácticas científicas vigentes, que exigían que los resultados fueran presentados en publicaciones controladas por los pares, Pfizer y Moderna vendían sus promesas directamente en los mercados, aunque tuvieran que alabar productos que tal vez no fueran a marchar tan bien. Pero mientras el mundo científico se alarmaba de esas derivas, las autoridades francesas decidieron no estorbarse con dudas que alimentarían, era seguro, la “desconfianza” y el “complotismo”. En la carrera por las vacuna, era necesario avanzar, es decir, preparar a los franceses, costara lo que costara, a que se dieran la vacuna. El problema no era la información, incompleta e incierta, sino una vez más, la desconfianza de la población. Y particularmente la de los jóvenes que, además de tener el mal gusto de “aflojar”, tenían el de resistir más que otros a las “innovaciones”. Es entonces que se impuso la solución. El asunto se resolvería fácilmente con los mayores, que corrían más riesgo y eran menos desconfiados. Para la gerontocracia que nos gobernaba, la cosa terminaría tal vez así: con un arreglo entre personas de edad, que dejaría a la juventud lejos de todo esto, pero que demostraría al electorado envejecido del Presidente que todo había sido puesto en obra para protegerlo. ¿Pero qué harían las autoridades sanitarias con las dudas del personal médico, al que estaban acostumbradas a amordazar y a sancionar? Luego de haberlo hecho héroe, ¿se iba ahora a denunciar su falta “de equipamiento intelectual”? (22)  ¿Qué harían con las preguntas de la juventud, que miraría actuar a sus mayores sin comprenderlos? ¿Y que se haría con la cólera de toda una sociedad que tenía ganas de saber, y que aspiraba a que se liberara la ciencia, la educación y la salud de las tutelas oscuras que estaban haciéndoles marcar el paso?

 Mientras que la epidemia nos habrá finalmente conducido hasta aquí y que la luz que nos muestran al final del túnel nos produce el efecto de tinieblas, somos muchos los que nos decimos que es hora de que se vuelvan a abrir las universidades, esos lugares en donde todavía se le permite a la juventud aprender, con la ayuda de los mayores, a dudar, a buscar y a instruir hasta al final sus propias cuestiones (23). Y algunos pensamos que el espíritu de la Universidad debería en lo sucesivo expandirse por todos los lugares en los que se transmite saber, empezando por esos hospitales y esas escuelas en los que se aprende a ser personal de salud, paciente o alumno. Porque nuestros oficios de personal médico, de educadores, de docentes o de investigadores se encuentran en un cruce de caminos. Podemos por cierto seguir confinándonos en la tibieza de nuestros escritorios y participar activamente, con nuestras pantallas, en la instalaciόn de reformas que destruyen las instituciones que, hasta ahora, habían sostenido y llevado adelante nuestros oficios. Pero también podemos intentar unirnos, unos y otros, para constituir redes de resistencia capaces de volver a inventar la movilización, la huelga y el sabotaje, al mismo tiempo que el fórum, el anfiteatro y el ágora. Echando mano entre muchos, aquí y ahora, y abriendo a lo grande nuestras instituciones a todos los ciudadanos que como nosotros están convencidos de que el saber no se capitaliza, sino que se elabora en conjunto y en la confrontación conflictiva de los puntos de vista, tal vez podamos contribuir a hacer de esta “pandemia”, pero también de la salud y del porvenir de la vida, no lo que suspende, sino lo que llama a la democracia.


Referencias

  1. En la senda del filόsofo Giorgio Agamben.
  2. www.nouvelle-aquitaine.ars.sante.fr/port-masque.
  3. Sin dudar en dilapidar 250 millones de euros por mes, esta política de la cantidad desencadenό interminables colas de espera en las calles y un verdadero caos en los laboratorios, desoyendo una nueva vez a médicos y a enfermeros de consultorio, quienes hubieran sido los más indicados en una verdadera estrategia de salud pública.
  4. HCSP, « Avis relatif à la reprise professionnelle des personnes à risque de forme grave de Covid19 », 19 de junio de 2020. [« Opiniόn relativa a la vuelta al trabajo de las personas que presentan riesgos de forma grave de COVID19”]
  5. Ver la « Lettre ouverte des organisateurs au préfet de police de Paris », 27 de octubre de 2020. [« Carta abierta de las organizaciones al prefecto de policía de Paris »].
  6. Victor Klemperer, LTI. La Langue du IIIe Reich (1947), Albin Michel, 1996, p. 40. [La lengua del IIIe Reich].
  7. Ver la decena de comunicados del Colectivo Inter-Hospitales entre agosto y noviembre de 2020. [Collectif Inter-Hôpitaux]
  8. Ver la encuesta del Colegio nacional de enfermeros [Ordre national des infirmiers] del 11 de noviembre de 2020: «37 % de los enfermeros estiman que la crisis [sanitaria] les dio ganas de cambiar de profesión».
  9. Ante la coléra provocada por la imagen de los anfiteatros [universitarios] repletos, quince días después, la ministra dice rigurosamente lo opuesto: «nada indica que los contagios se produzcan en el seno de las universidades». Mientras que Alemania había invertido 500 millones de euros para equipar los edificios públicos con un sistema de ventilación y que Italia había contratado de urgencia decenas de miles de docentes, el gobierno francés oscilaba entre la denegación (para las escuelas y los liceos) y los mensajes contradictorios (para las universidades) y no consideraba en todos los casos que una salida única: el pasaje a lo digital.  
  10. Christophe Pébarthe y Barbara Stiegler, « Gouverner, c’est détruire. Ou comment la LPPR détruit la recherche en la finançant », Revue française de pédagogie, 207, 2020.  [«Gobernar es destruir. O cómo la LPPR destruye la investigación financiándola»]
  11.  En el sentido de Evgeny Morozov, Pour tout résoudre, cliquez ici : l’aberration du solutionnisme technologique, Limoges, FYP Éditions, 2014. [Para resolver todo, cliquee aquí : la aberración del solucionismo tecnológico].
  12. Y Emmanuel Macron vendía la LPPR, el 4 de diciembre de 2020, exhibiendo 200  millones de financiamientos públicos para la creación de un «campus de salud digital» en el Val-de-Grâce.
  13. Lo que demostraba que la edad biológica del presidente de la República (y de algunos de sus consejeros) para nada lo inmunizaba contra las viejas manera de pensar heredadas del antiguo mundo.
  14. Esther Duflo y Abhijit Banerjee, « Il faut décréter un confinement de l’Avent pour sauver Noël », Le Monde, 26 de setiembre de 2020. [«Es necesario decretar un confinamiento desde Adviento para salvar Navidad»]
  15. Anais Condomines, « Checknews : Covid-19  : d’où vient la rumeur d’un reconfinement le 26 octobre, relayée par Christine Kelly », Libération, 22 de octubre de 2020 [“Checknews: Covid-19 : de dónde viene el rumor de un reconfinamiento retomado el 26 de octubre”]
  16. « Covid-19  : le Premier Ministre vient soutenir les soignants de l’hôpital de Saint-Étienne », France 3 Auvergne, 7 de noviembre de 2020. [“Covid-19 : el Primer Ministro va a apoyar al personal de salud del hospital de Saint-Étienne”]
  17. Formulado por el artículo 5 de la Constitución. Principio igualmente traicionado, como acaba de revelarlo el informe del Senado del 8 de diciembre de 2020, por las disimulaciones de Jérôme Salomon a propósito de la destrucciόn de los stocks de tapabocas.  
  18. Mientras que el director de l’ARS del Grand Est era despedido en abril por haber revelado que 500 puestos de auxiliares de enfermería iban a ser suprimidos en esa región, el personal de salud que manifestaba en noviembre ante el Hôtel-Dieu [hospital] para denunciar el cierre de las urgencias era interpelado por la policía (https://www.leparisien.fr/video/video-fermeture-des-urgences-de-l-hotel-dieu-les-manifestantsverbalises-06-11-2020-8407065.php). Al mismo tiempo, el proyecto futurista del  Grand Paris Nord realizaba el sueño de los managers al suprimir centenas de camas suplementarias : un hospital de flujo y de open space, sin stock ni clausura, pero incapaz de hacer frente a una nueva epidemia.
  19. André Grimaldi, « L’hôpital public reste dans la logique folle de gestion commerciale », propos recueillis par Éric Favereau, Libération, 5 de diciembre de 2020. [« El hospital público sigue en la alocada lógica de la gestión comercial »]
  20. Con la comisiόn investigadora sobre la gestiόn de la crisis sanitaria.  
  21. Desafiando la prohibición de manifestar del prefecto Lallement, finalmente desestimada por el tribunal administrativo que dará razón a la Marche des libertés.
  22. Jocelyn Raude, investigadora en psicología social, no duda en explicar así la resistencia de los enfermeros ante las nuevas vacunas de ARN mensajero: los enfermeros estarían « menos equipados intelectualmente » que los médicos (« Intenciones de vacunaciόn : «“muchos enfermeros se interrogan”», en, LCI, 7  de diciembre de 2020). Si 55  %  de entre ellos se hacen preguntas antes los efectos secundarios y la eficacia de esas vacunas, esto se debería a sus deficiencias intelectuales. Por el contrario, si 80% de los médicos tienen confianza inmediatamente en los anuncios de los laboratorios, es porque estarían “más orientados hacia la constitución del saber”. Curiosa concepción de la ciencia, que hace de esta una especie de artículo de fe, y que la opone frontalmente a la vez a la duda y al preguntarse y al saber basado en pruebas.
  23. « Pour la réouverture immédiate des universités », Libération del 28 de noviembre de 2020 et Change.org  [« Por la reapertura inmediata de las universidades »]

(*) BARBARA STIEGLER 14 de diciembre de 2020 

Traducciόn de Alma Bolόn

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