ENSAYO

Por Matías Calero

El ruedo disputado: la condena animalista de las jineteadas

Todos los años en Uruguay, en ocasión de los festejos tradicionales de Semana Santa, organizaciones “animalistas” expresan su indignación por la realización de jineteadas en todo el territorio nacional. Incluso existe una “Coordinadora por la Abolición de las Jineteadas en Uruguay” (CAJU), la cual recientemente emitió un comunicado en el cual se recuerda que en el primer día de las Criollas del Prado murió un caballo: “una vida más perdida por esta tradición cruel y obsoleta, que pone en riesgo constante a animales y jinetes” (1). En el comunicado se añade que “ya no sirve de excusa la declaración de que las jineteadas son una actividad deportiva como cualquier otra, el sentido común lo grita de tal modo que, según los datos de la encuestadora Cifra, tomados de todo el país, un 58% de la población rechaza a las jineteadas y niega que se deban considerar como deporte nacional” (2).

Por otro lado, “Plataforma Animalista” pretende recolectar firmas para presentar una propuesta de prohibición de las jineteadas por medio de un decreto de la Junta Departamental de Montevideo (3). El planteo se enmarcaría en el derecho de iniciativa popular departamental, mecanismo habilitado por la Ley de Descentralización y Participación Ciudadana, necesitando un 15% de las firmas de las personas que votan en Montevideo –más de 200.000–, para, luego del aval de la Corte Electoral, presentarlas ante la Junta Departamental de Montevideo (4). En una reciente entrevista televisiva, Karina Kokar, activista y vocera de esta organización, expresó que durante muchos años realizaron “muchísimas cosas para demostrarle a la sociedad que lo que está pasando en el ruedo es una actividad totalmente violenta en donde se mueren los caballos, en donde salen heridas las personas y estamos en el año 2024 y es increíble que tengamos todavía que tener este tipo de espectáculos que lo argumentan como deporte o tradición” (5).

Todo discurso prohibicionista que exija una modificación en el ordenamiento jurídico a efectos de introducir en él una regla de Derecho que torne ilícita una determinada conducta y prevea una sanción ante su incumplimiento debe brindar razones suficientes para tener por justificada una una limitación a la libertad individual que limite el alcance el principio general contenido en el artículo 10 de la Constitución de la República. En la medida que las jineteadas son actividades privadas ya que están organizadas por asociaciones privadas e involucran la disposición de bienes privados (una clase determinada de semovientes (caballos) respecto a los cuales personas privadas (físicas o jurídicas) detentan derechos reales de goce (ya sea de posesión o de propiedad)), el filtro constitucional-dogmático exige demostrar que la práctica a ser prohibida cumple con lo exigido por el artículo 10 de la Carta Magna, el cual establece que las acciones privadas de las personas “que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados”. Entonces, los militantes del prohibicionismo jinetil deben justificar, entonces, qué perjuicio se le puede causar a terceros o de qué manera se ataca el orden público con la realización de esta tradición tan popular en el medio rural del país. No obstante, guardan absoluto silencio en este punto, puesto que sus argumentos no integran ninguna consideración de orden constitucional.

Las exigencias argumentativas son aún más severas puesto que lo que se pretende es prohibir a nivel departamental la realización de una actividad que fue declarada por ley como deporte nacional por la Ley 17.958. Kokar se equivoca cuando expresó, en la referida participación televisiva, que la declaración legal de deporte nacional les da a las jineteadas “un puntito más” y que “no quiere decir que estén avaladas legalmente o que uno no pueda ir contra ellas”. Al contrario, la declaración de una actividad como deporte nacional es una norma de tipo programático, que, si bien sus efectos tienen una fuerza relativa, no por ello pueden ser desconocidos. La referente del movimiento animalista desconoce que para que la prohibición de las jineteadas a través de un Decreto-Ley de la Junta Departamental de Montevideo supondría ir a contramano de los objetivos que persigue dicha declaración, los cuales no son otros que fomentar y apoyar la realización de esas actividades. Es más, incluso existen dudas fundadas respecto a las competencias de los órganos legislativos departamentales para prohibir espectáculos públicos si no existe una habilitación de rango legal que se lo permita, lo que no sucede en este caso.

Más allá de estas consideraciones de tipo general, que una actividad no tenga naturaleza deportiva o puede constituir un argumento de peso para justificar su prohibición. las jineteadas son efectivamente un deporte. En primer lugar, como ya se vio, existe una declaración de naturaleza legal que les otorga esa naturaleza. El proyecto inicialmente presentado en el año 2004 (y que terminaría convirtiéndose en la Ley 17.958) hablaba de “jineteadas”, y en su Exposición de Motivos se sostenía que ellas son “un deporte arraigado en la tradición del ser oriental, cada vez más asistimos a la multiplicación de espectáculos de criollas en todo el país”(6). El término “destrezas criollas” abarca a las jineteadas y a otras actividades similares. El Informe presentado por la Comisión de Educación y Cultura a la Cámara de Representantes en el año 2004 como “actividades de jineteadas u otro tipo de demostración de habilidades como las pialadas y paleteadas entre otras, que se realizan como esparcimiento o trabajo en zonas rurales” (7). Por ende, para la legislación vigente las jineteadas son un deporte nacional, independientemente de las opiniones y sentimientos de los militantes animalistas.

Los desarrollos de la llama “sociología del deporte” permiten reputar a las jineteadas como una actividad deportiva. Norbert Elias y Eric Dunning (quienes son autoridades indiscutibles en la materia) expresaron en su clásico libro titulado “Deporte y ocio en el proceso de civilización” (8), que los deportes en general “son como batallas miméticas controladas y no violentas. Una fase de lucha, de tensión y emoción provocadas por el fragor del encuentro, y que puede exigir mucho en términos de esfuerzo y de habilidad física pero también proporcionar regocijo por derecho propio como liberación de las rutinas y tensiones por sobreesfuerzo de la vida no creativa…”. Continúa diciendo que el deporte “puede ser una batalla entre seres humanos que éstos libran individualmente o en equipos”, siendo siempre “una batalla controlada en un escenario imaginario, sea el oponente una montaña, un zorro u otros seres humanos”. Dentro de su escenografía particular y gracias a la forma en la que está diseñado, una actividad deportiva “puede evocar una determinada tensión, una excitación agradable, permitiendo así que los sentimientos fluyan con más libertad”, ya que aquélla está creada “para despertar emociones, evocar tensiones en forma de excitación controlada y bien templada, sin los riesgos y tensiones habitualmente asociados con la excitación en otras situaciones de la vida”. Resalta el sociólogo que la capacidad de despertar emociones miméticas no es el rasgo distintivo de los deportes, sino más bien el “papel central” que en ellos desempeñan “las luchas in toto entre los seres humanos”. Todos estos rasgos se encuentran presentes en las jinetadas puesto que la lucha mimética entre el jinete y el potro no domado genera una excitación controlada entre los espectadores, y existe un escenario que permite su despliegue normado.

La jineteada tal como la conocemos en la actualidad es una práctica deportiva, reglada y profesionalizada. El acto de jinetear supone montar un potro por pasatiempo o inclinación deportiva con el exclusivo interés de exhibir su habilidad y destreza soportando los corcovos del animal, lo que lo diferencia de la doma profesional como práctica destinada a domesticar un equino salvaje. Esta práctica exige que el jinete tenga cierta preparación y entrenamiento para poder mantenerse en el lomo del animal durante una cierta cantidad de tiempo, respetando un determinado reglamento predefinido. En lo relativo a las jineteadas realizadas en la Rural del Prado vale señalar que se realizan mediante Concurso en forma ininterrumpida desde 1925 y de acuerdo a un Reglamento que la Intendencia de Montevideo dicta anualmente (9). La normativa aplicable prevé reglas de ensillado, requisitos de las cinchas, duración de cada jineteada, descripción de las modalidades que componen el certamen (Basto, Pelo, Internacional en Pelo, Basto Argentino y Pruebas de destreza criolla en potros), número de concursantes, criterios de puntuación, determinación de sanciones aplicables a los jinetes, etc. Por ende, es claro que estos espectáculos públicos lejos están reglados detalladamente, a efectos de tornar las actividades que lo componen en prácticas racionales, previsibles y organizadas, lo que constituye una razón adicional para reconocerlas como actividades deportivas.

La consideración de las jineteadas como una especie de tortura es realmente descabellada y no pasa de ser una mera diatriba infundada y basada únicamente en un sentimentalismo entendible pero irrelevante para la discusión pública. No existe un solo punto de conexión entre la práctica deportiva en sí y las diversas formas de tortura que han existido a lo largo de la Historia. Como bien apunta el historiador británico Edwards Peters, existe una especie de consenso entre juristas e historiadores respecto a que la tortura es un tormento provocado por una autoridad pública para lograr objetivos públicos ostensibles (10). Existe una diferencia evidente entre la tortura y otras formas de coerción y brutalidad, por lo que toda tortura supone sufrimiento intencionalmente provocado, pero no todo sufrimiento intencionalmente provocado es tortura en su sentido apropiado. La analogía que el discurso prohibicionista jinetil realiza está destinada a evocar un paralelismo entre el caballo que debe soportar en su lomo a un jinete y, por ejemplo, aquellos camboyanos que eran ahogados o electrocutados por los Khmeres Rojos para lograr la confesión de los crímenes de los que se les acusaban. La conexión es absurda. Podrá considerarse que el jinete hace sufrir al caballo, pero es descabellado asumir que lo tortura.

Lo cierto es que el Reglamento del Concurso de Jineteadas vigente para este año sanciona específicamente al jinete que castigue a su caballo. En efecto, su artículo 16 establece: “Aquel/lla jinete que castigue al caballo en la cabeza, o de cualquier otro modo, quedará inmediatamente descalificado”. La normativa solamente permite el uso de espuelas amochadas, lo que demuestra que se pretende evitar que el animal sufra a causa del espoleo del jinete. Además, esta disposición también prevé la descalificación del jinete “que trabe las espuelas”, y determina que una vez que la campana haya anunciado el tiempo concluído, “el/la jinete no debe castigar ni espolear al potro”. Incluso el artículo 14 establece que debe cuidarse que la cincha “no esté excesivamente apretada, utilizando pelego sencillo, sin forro y sin relleno”. A lo que quiero apuntar con estas referencias normativas es que las propias reglas que regulan estos espectáculos populares están conscientemente destinadas a evitar el sufrimiento del caballo que exceda a aquel que normalmente es producido por el espoleo por lo que la actividad de jinetear, tal como está regulada en la actualidad, torna al sufrimiento intencional como una conducta sancionable y hace que su existencia no sea ni necesaria ni consustancial a la actividad misma.

Lo que fundamenta la consideración de las jineteadas como tortura es la misma sensibilidad que abrazó el Batllismo para condenar cualquier forma de sufrimiento orgánico realizado sin razones suficientes. Real de Azúa resaltó la presencia de “cierta piedad difusa, casi cósmica, de sello tolstoiano (…) que parece querer abarcar a todos los elementos vivos del universo, que extiende su propia abominación a toda forma de sufrimiento humano o animal” (11). Esta sensibilidad comprometida, al parecer, con cualquier forma de sufrimiento, digamos, orgánico, derivó en una condena de todo dolor infringido a un animal sin motivo razonable, la que se materializó en la prohibición del «rat-pick» y de las corridas de toros (1912-1918) (12). Ahora bien, esa argumentación de corte panteista es profundamente liberticida porque deriva en prohibiciones arbitrarias, en intenciones de transformaciones sociales que sólo pueden asegurarse mediante la coacción y en la implantación de hábitos y prácticas artificiales que atentan contra las decisiones individuales que no dañan a terceros ni afectan el orden público.

La lógica jacobina del prohibicionismo jinetil

Lo realmente relevante en esta discusión es que las jineteadas criollas son, ante todo, una actividad tradicional, profundamente enraizada en lo más profundo de la identidad cultural del medio rural de esta zona de Sudamérica. No cabe duda de que las jineteadas y las domas gauchas son actividades deportivas tradicionales en Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur del Brasil. Una práctica podrá ser considerada como “tradicional” cuando consista en una repetición de sucesos y en la conservación de un modelo durante años, el cual debe ser imitado (13). En la medida que las jineteadas se practican ajustándose a un modelo culturalmente conservado gracias a la repetición constante a través de generaciones, ellas son indudablemente actividades tradicionales; así como también, extremadamente populares en las zonas rurales del interior del Uruguay, atrayendo a miles de espectadores a los “ruedos” ubicados por todo el territorio nacional.

Los militantes furibundos parecen aceptar que su sistema de valores y sus sentimientos son suficientes para impedir definitivamente la repetición y transmisión de una tradición. En este punto, las reflexiones que Chesterton vierte en el cuarto capítulo de “Ortodoxia” (“La ética en tierra de duendes”) (14) son sumamente esclarecedoras y pertinentes en este debate. Para él, la tradición “no es más que la democracia proyectada en el tiempo”, y ella consiste “en fiarse más del consenso de opiniones comunes a los hombres, que no del sentimiento aislado y arbitrario”. La tradición significa “conceder derecho de voto a la más oscura de las clases sociales: la de nuestros antepasados; no es más que la democracia de la muerte”. En efecto, al adherirse a la tradición, los muertos ya dieron votaron en favor de su supervivencia.

Mientras que los demócratas niegan “que el hombre quede excluido de los derechos humanos generales por los accidentes del nacimiento”, la tradición no concibe que el hombre se vea excluido de ellos “por el accidente de la muerte”. Por ende, al momento de decidir sobre algún aspecto de alguna tradición deben tomarse en cuenta los votos de aquellos que han muerto, pero contribuyeron a mantenerla viva y a transmitirla. La tradición se resiste a “someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de aquellos que, sólo por casualidad, andan todavía por la tierra”. Quien alega la autoridad de un determinado intelectual contra alguna tradición, “apela a la superioridad del individuo experto contra la terrible autoridad de las muchedumbres”.

El discurso prohibicionista jinetil es la expresión de la arrogancia de una minoría auto-percibida como la portadora de la racionalidad y moralidad necesaria para la evolución de nuestra sociedad. En la petición de Change.org formulada por los militantes anti-jineteas puede leerse lo siguiente: “Todos los años son varios los caballos que mueren en el ruedo, producto de la violencia física y psicológica. Resulta una actividad ancestral y retrógrada que se camufla tras la palabra “tradición”. Estamos en momento de reconstruirnos y crecer como sociedad, dejando estos espectáculos de tortura de lado; los caballos pueden realizar otro tipo de actividades y espectáculos que no involucran su integridad física y mental (…) Una vez más estamos frente a un acto de egoísmo humano. ” (15). Este tipo de razonamientos descansan sobre aquello que José Enrique Rodó denominó “la lógica en línea recta del jacobinismo” (16). Para él, el jacobinismo «no es solamente la designación de un partido famoso, que ha dejado impreso su carácter histórico en el sentido de la demagogia y la violencia»; es además una «forma de espíritu» cuya idea central «es el absolutismo dogmático de su concepto de verdad, con todas las irradiaciones que de este absolutismo parten para la teoría y la conducta. Así, en su relación con las creencias y convicciones de los otros, semejante idea implica forzosamente la intolerancia» (17). Para comprender lo que tenía en mente Rodó al escribir los pasajes recién citados es necesario resaltar que ellos formaron parte de su intervención pública en la polémica en torno a la permanencia de los crucifijos en los hospitales. Las reflexiones de Rodó son una reacción en contra del acuerdo de la Comisión de Caridad y Beneficencia Pública que sancionó definitivamente la expulsión de las imágenes del Cristo crucificado. Para él, este acto es una expresión de lo que denomina jacobinismo: «un hecho de franca intolerancia y de estrecha incomprensión moral e histórica, absolutamente inconciliable con la idea de elevada equidad y de amplitud generosa que va incluida en toda legítima acepción del liberalismo, cualesquiera que sean los epítetos con que se refuerce o extreme la significación de esta palabra» (18).

La prohibición de las jineteadas sigue la misma lógica de la expulsión de los crucifijos: un razonamiento en línea recta, sin modulaciones, que va desde lo considerado como recto, justo, necesario y aceptable hacia lo real y existente, derivándose de esta comparación una pretensión absoluta de ajusta la realidad a los ideales abrazados, sin detenerse a contemplar los sacrificios necesarios para lograr tal ajuste. Los militantes anti-jinetadas demuestran nulo interés en la cantidad de puestos de trabajo generados por este tipo de espectáculos públicos, por la cantidad de beneficiados directa e indirectamente por las actividades que allí se desarrollan, la cantidad de capital invertido en ellas, ni el disfrute de las decenas de miles de espectadores que concurren a los ruedos presentes en todo el país. Todas estas variables son insignificantes ante la realización del sublime ideal. Por esto, la comparación entre el jacobinismo y animalismo prohibicionista no es ni arbitraria ni descabellada. Robespierre hablaba de la “purificación de las costumbres” y la dirección “pasiones del corazón humano hacia el interés público” (19). La filosofía política del jacobinismo orbitaba en torno a la noción de “virtud” y todos los esfuerzos del gobierno republicano debían estar encaminados a su realización, sin importar si para lograrlo sea necesario que las costumbres, vicios y pasiones mundanas desaparezcan. Por ello Robespierre el proyecto jacobino suponía, en puridad, la muerte de las sensibilidades genuinas y las prácticas tradicionales para dar lugar a la consolidación de la Razón y la Virtud Republicana. La espontaneidad y los vicios humanos deben ser combatidos para asegurar la victoria de la Virtud.
Robespierre sostuvo que “Mientras que todas las cosas que tiendan a concentrar las pasiones en la abyección del yo personal, a resucitar el interés por las pequeñas causas y el desprecio por las grandes deben ser rechazadas o reprimidas”. Por ello, es necesario que el gobierno representativo “empiece sometiendo, en su interior, todas las pasiones individuales a la pasión general por el bien público”.

La Virtud dentro de la lógica jacobina no es más que un significante vacío que puede ser colmado con cualquier pretensión que se entienda como lo suficientemente importante y trascendente como para justificar que todas aquellas inclinaciones y pasiones particulares que no comulguen con ella sean sometidas mediante el Terror. Pues bien, cambiemos “virtud” por “eliminación del sufrimiento animal” y la ecuación con la que opera el jacobinismo se mantendrá intacta. Lo que pretenden, y lo manifiestan abiertamente, los anti-jinetadas es doblegar el interés particular de jinetes, organizadores y espectadores ante la irresistible autoridad de esa piedad difusa y cuasi-cósmica ante el sufrimiento de todo lo orgánico de la que hablaba Real de Azúa al analizar la moral batllista. Cualquier sacrifico individual vale para evitar el sufrimiento animal, y las inclinaciones particulares deben ser encaminadas por la fuerza hacia eso que es reputado como social y moralmente más evolucionado. Las prácticas tradicionales deben ser “reformadas” o “purificadas” en pos del progreso y el perfeccionamiento de los Hombres.

Ese ideal cuasi-eugenésico de tradición expresa una arrogancia intolerable de un puñado de iluminados que se auto-perciben como titulares del fuego prometéico de la razón y el progreso, y cuya meta es iluminar a aquellos que practican o disfrutan de un tradición arcaica y brutal que debe ser extinguida inmediatamente. Lo que lo militantes anti-jinetadas desconocen es que las actividades de jinetear y domar caballos eran los únicos métodos para domesticarlos que el gauchaje oriental del siglo XVIII tenía a mano en una Banda Oriental despoblada que no poseía ni alambrados ni corrales. Utilizando un sistema primitivo, apresando a estos animales mediante el lazo o las boleadoras y en el transcurso de los días los equinos manifestaban cierta docilidad y eran aptos para ser montados. La mayoría de los caballos al verse aprehendidos se defendían, donde se destacaba la habilidad de soportar los corcovos y mantenerse arriba de estos animales. De este modo proviene la jineteada como destreza, donde la misma se ha mantenido hasta el día de hoy, en establecimientos rurales y en “fiestas criollas” volviéndose más “profesionalizadas”. Es justamente aquí donde reside la arrogancia oligárquica de la que hablaba Chesterton puesto que juzgan una tradición sin conocerla y derivan, con la recta lógica del jacobinismo, una prohibición por el simplemente hecho de que no les agradada una práctica tradicional.

A modo de conclusión: el valor de la tradición

Por lo tanto, siguiendo las reflexiones de Chesterton, es posible concluir que la permanencia de las tradiciones no depende ni de la voluntad de la mayoría de los vivos, ni de las consideraciones de una arrogante oligarquía que, accidentalmente, tienen los pies sobre la Tierra. Ellas se mantienen a flote gracias al “voto” de los muertos: la adhesión de aquellos que las practicaron y transmitieron. Por ello, dejarán de existir cuando ya no existan apoyos provenientes del pasado que justifiquen su repetición e imitación en el presente; no por el deseo y la indignación de un puñado de iluminados que pretenden llevarse puesta una práctica repetida y conservada colectivamente por una cantidad indeterminada de generaciones.

La distribución universal de la libertad personal permite que una persona no adhiera ni participe en el mecanismo de repetición y transmisión de una tradición, pero no la habilita a impedir su desarrollo cuando ella no perjudica derechos de terceros, así como tampoco a solicitar la intervención estatal para lograr su prohibición. El único recurso del que legítimamente pueden disponer los militantes anti-jineteadas es fomentar la no concurrencia a los ruedos y dar un debate de ideas a efectos de lograr que cada vez menos personas participen en la supervivencia de esta tradición. En términos chesteronianos: lograr que hayan cada vez menos “votos de los muertos”. En lugar de convencer a las muchedumbres, la “intelligentisa” animalista bien pensante y sus paladines del panteísmo recurren al garrote estatal para lograr una sociedad sin violencia a través de la violencia del Leviatán. Una postura tan incoherente como soberbia que viene a respaldar a un “jacobinismo” amigable con la Naturaleza pero hostil con la Humanidad.


Notas
1 https://www.elobservador.com.uy/nota/coordinadora-por-la-abolicion-de-las-jineteadas-convoco-a-concentrarse-en-la-rural-del-prado-2024324174952
2 https://www.elobservador.com.uy/nota/coordinadora-por-la-abolicion-de-las-jineteadas-convoco-a-concentrarse-en-la-rural-del-prado-2024324174952
3 https://ladiaria.com.uy/politica/articulo/2024/3/plataforma-animalista-juntara-firmas-para-prohibir-las-jineteadas-en-montevideo/
4 https://ladiaria.com.uy/politica/articulo/2024/3/plataforma-animalista-juntara-firmas-para-prohibir-las-jineteadas-en-montevideo/
5 https://www.youtube.com/watch?v=3zw0X3irBCc
6 https://parlamento.gub.uy/documentosyleyes/documentos/repartido/representantes/45/1593/0/PDF
7 https://parlamento.gub.uy/documentosyleyes/documentos/repartido/representantes/46/176/1/PDF
8 Deporte y ocio en el proceso de civlización, Fondo de Cultura Económica, México, 1992, pp. 64-68
9 Este año rige la Resolución 1135/24 https://www.montevideo.gub.uy/asl/sistemas/gestar/Resoluci.nsf/de053405568724cf832575ae004f0467/f22aa0a08262f4dc03258ad900455e39?OpenDocument&Highlight=0,jineteada.
10 Cfme. PETERS, Edward, Torture, University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 1996, p. 3.
11 REAL DE AZÚA, El impulso y su freno, p.31.
12 REAL DE AZÚA, El impulso y su freno, p.31.
13 Cfme. Boyer, Pascal, “Tradition as truth and communication”, p.2.
14 Chesterton, G.K., Ortodoxia, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, pp. 85 y ss.
15 https://www.change.org/p/uruguay-sin-jineteadas
16 RODO, José Enrique, Ariel y Liberalismo y Jacobinismo, Colección de Clásicos Uruguayos. Biblioteca Artigas, v.44, Montevideo, 1964, p. 98.
17 RODÓ, José Enrique, op.cit., pp.. 165-166.
18 RODÓ, José Enrique, op.cit., p. 95.
19 Robespierre, Maximiliano, Sobre los principios de la moral política, https://www.marxists.org/espanol/tematica/cienpol/robespierre/moralpolitica.htm


Foto de portada: Rural del Prado 2023 / Xinhua / Nicolás Celaya

Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.