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Por Aldo Mazzucchelli

Pese a que la política uruguaya no es un ámbito en que me sienta mayormente competente, me arriesgo a sugerir una breve observación a propósito de la aparición de Cabildo Abierto.

Usemos un símil, y supongamos que los colectivos políticos que existen requieren de algún tipo de combustible simbólico de donde surge su energía vital. Ese combustible surge de una fuente que raramente es solo racional. Más probablemente, ese componente da la impresión de surgir de una fuente histórica mítica, con un núcleo ético. Es decir, de la asociación entre una fuerza política y un posicionamiento respecto de lo Bueno. Los blancos lo asociaron, en parte y por ejemplo, a la lucha principista y al sacrificio por los ideales; los colorados, en parte, a la Defensa, o a la inteligencia de gobernar sin ceder a la demagogia. Y el Frente Amplio creció, entre otras cosas, a partir de que algunos de sus sectores pagaron con una mayoría de las víctimas en los conflictos de los años sesentas a ochentas.

Este tipo de combustible simbólico crece y mejora con el tiempo, como los muertos buenos. Pero para ello es necesario dejarlo descansar. Parece ser un error de importancia confundir los orígenes míticos del relato, con la realidad cambiante -es así que, por ejemplo, salvo alguna celebración aislada y algún folklore interno, los blancos no siguen viviendo en su política real de intentar aplicar la épica saravista al Uruguay del siglo veintiuno. Esas cosas se tienen pero, como ahorros de cierta importancia, raramente se despilfarran.

En cambio, aun hoy, la izquierda uruguaya representada, grosso modo, por la coalición que llevó a Daniel Martínez como candidato en las últimas elecciones, sigue pretendiendo quemar, como su casi único combustible simbólico o ético, la dictadura de los años setenta. La izquierda no ha logrado solucionar el problema del paso del tiempo sobre su épica particular.   

Si no se deja descansar a los muertos, si se pretende vivir para siempre de sus rentas, la vida presente podría empobrecerse. Pues todo lo que tendrá de buena y correcta siempre la apelación al ejemplo de dar la vida por las ideas, lo tiene de equivocado encerrarse en ello. Como está hoy, se trata de una fuente de combustible limitada, y de un combustible comparativamente muy anticuado y poco ecológico. La dictadura terminó hace casi cuarenta años, y empezó hace casi cincuenta -o más de cincuenta, si se admitiese la tesis de «historia reciente» que le achaca al régimen constitucional de Pacheco Areco el haber sido parte de ella. Es como montar una empresa de software contemporánea y pretender alimentarla exclusivamente con máquinas a carbón.

Cabildo Abierto surge y el frenteamplismo se entusiasma, pues cree que esa aparición le facilita una nueva palada del mismo viejo carbón. Otra vez, piensa, se fijará la agenda en el sitio que el frenteamplismo cree que debe situarse para siempre el Uruguay: en el repetido relato circular de las virtudes de los militantes de la izquierda -algunas reales y otras supuestas- frente a los pecados de los partidos tradicionales -algunos reales y otros supuestos. Muchos periodistas uruguayos que se han acostumbrado demasiado a pensar en términos de la paupérrima agenda local uruguaya han corrido a hacer el juego, y el país hace unos meses está encerrado en tonterías de cuarta división, mientras en el mundo avanza la tecnocracia y se instala un inicio de dictadura global.

El juego local es así de suma cero, por cuanto a esta altura ninguna cantidad de retórica sobre la dictadura moverá mayormente la aguja de las nuevas generaciones que se integran a votar, salvo la de un grupo perfectamente reconocible de universitarios y clase media ya seducido por esa vía a partir de su retórica familiar, o la de sus grupos de socialización. Ese grupo ya iba a votar al Frente Amplio de todos modos. Ese discurso del Frente Amplio no renueva, no amplía, y difícilmente sea capaz de retener a esos jóvenes una vez que sean capaces de abrir aunque sea una pequeña ventana al presente. En cambio, ancla en un pasado sin productividad alguna al resto del país. Permite que un puñado de periodistas, burócratas del anciano relato, sigan sacando cada tanto una «primicia» sobre la dictadura de hace medio siglo. Es la estrategia de secuestro del Uruguay por parte de una generación de viejos -y de periodistas que, tengan la edad que tengan, están imaginativamente secos- que seguirá atada a aquel país, a aquellos buenos y aquellos malos, hasta que físicamente desaparezca.

¿Cuáles son los riesgos de esa estrategia política? El principal pareciera ser muy simple: en el afán de volver a colocar las cosas nuevas bajo el mismo conjunto de etiquetas viejas, se corre el riesgo de clasificar equivocadamente. Ni Manini es un fascista, ni Cabildo Abierto es solamente «el partido militar», ni sus integrantes se sintetizan en los represores de los setenta, ni la ideología del Frente Amplio es obligatoria para nadie como para ponerse a proponer «cordones sanitarios» a los demás, ni ha demostrado ser particularmente fina para entender el Uruguay que se necesita de aquí en más. Tampoco tiene una renovación que encandile por su brillantez, y si sigue comandado por peleas que tenían sentido hace sesenta años, difícilmente convocará inteligencias mejores. 

El resultado político de esta insistencia en lo mismo de siempre no puede ser sino una prolongación de lo que en la ideología de la izquierda uruguaya se haya acumulado de error, y una nueva desagradable sorpresa.

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