MAURO BAPTISTA VEDIA / El domingo 9 de junio de 2025, bajo el cielo nublado de París, un joven español de apenas 22 años levantó por segunda vez consecutiva el trofeo de Roland Garros. Carlos Alcaraz no solo venció al italiano Jannik Sinner en una final épica de cinco sets, sino que reafirmó algo que va mucho más allá de las estadísticas: el tenis, como la vida, es un ejercicio radical de presencia. Alcaraz no ganó porque fue mejor física y tenísticamente, sino porque jugó punto a punto, respiración por respiración, como si no existiera ni pasado ni futuro.
ENSAYO
El título de este artículo no es casual. Parafrasea el famoso libro «Zen o el arte del tiro con arco», que leí en la adolescencia, donde Eugen Herrigel relataba cómo el arte marcial japonés solo puede dominarse cuando el ego desaparece, y el gesto nace del vacío. Herrigel describe cómo, en Japón, el arco no se dispara: se deja ir. El objetivo no es acertar, sino alcanzar un estado de vacío interior desde el cual el gesto emerge con naturalidad. Así juega Carlos Alcaraz: como si el tenis se jugara desde un lugar más profundo que la estrategia o la potencia.
Algo parecido ocurre con Alcaraz: no es solo su potencia física, su velocidad o su técnica lo que deslumbra, sino su capacidad de estar absolutamente presente en el punto que se juega. Eso, y su enorme talento, que evoca a John Mc Enroe y a Roger Federer, explica que haya jugado cinco finales de Gran Slam y ganado las cinco.
El cuerpo como instrumento del instante
Janik Sinner le pasó por arriba al español en los dos primeros sets. Jugando a “un pistón”, a una marcha, a un “cambio” de la bicicleta (rápido, fuerte, implacable), sacando fuertísimo es su costumbre, no mostrando emociones: Sinner era una aplanadora, mientras que Alcaraz estaba perdido y envuelto en el drama del partido. No entendí la táctica del español de no buscar más variaciones en su juego y querer ganarle al italiano en la suya: a los palazos. Sinner, culturalmente alemán, italiano de nacionalidad, era frio, implacable: en eso nos hacía acordar a Bjorn Borg.
En el tercer set, Alcaraz subió su nivel y le ganó Sinner. Su derecha se soltó, encajó más winners que su contrincante, que parecía estar un poco más cansado. Algo normal en un partido a cinco sets dado el nivel tan parejo de los contrincantes. Vino el cuarto set y Sinner volvió a elevar su nivel y pudo liquidar el partido. Y llegó el momento en que el italiano tenía 5 juegos a 3 y 40 a 0 a su favor. Tres macht points, tres puntos de juego. Tres, con el saque. Cerrar el partido le pesó a Sinner, a un jugador con un saque excepcional. Y Alcaraz, del otro lado, entró en un estado de gracia, en un estado meditativo, de conexión total con el momento presente, con el aquí y ahora. No pensó en nada, apenas en punto que disputaba. Punto a punto. El tenis es un deporte esencialmente mental y espiritual. El tenista de Murcia jugó cada punto con una entrega meditativa. Con una misma sonrisa. Con reverencia por el momento.
En un circuito donde los cuerpos son cada vez más veloces y los golpes más violentos, Alcaraz ofrece otra cosa: una sabiduría corporal que se expresa en pequeñas decisiones —la dejada (drop shot) inesperada, la subida a la red en el momento exacto, la derecha invertida que roza la línea— pero que nace de un estado mental muy particular: la entrega sin expectativas.
Más allá del talento
Podemos hablar de su técnica, claro. De su talento innato y además trabajado en las academias de tenis. De su derecha llena de variaciones, de sus voleas revés, de su movilidad. Pero lo que diferenció a Alcaraz en la final no fue sólo su repertorio técnico sino su capacidad de estar en el presente, en el aquí y ahora Su juego estuvo menos basado en la perfección técnica que en la adaptabilidad. Como el Zen y el arte del tiro con arco: no se trata de planear ni de controlar, sino de fluir. Fluir con el momento presente, el único que existe.
Y ese fluir es también emocional. Alcaraz no parece temer a la presión. La acepta. Se ríe. Mira a su box, levanta el puño, se permite sentir, pero no se deja dominar por la emoción en los momentos más difíciles. La energía del estadio no lo envenena ni lo intoxica: lo potencia. Como Djokovic en sus mejores días, pero sin el peso de querer ser el mejor de la historia. Como Nadal, pero sin el peso de la lucha del gladiador. Carlos parece más divertido, más ligero. Novak Djokovic, talvez el tenista más inteligente de la historia, al lado de Mats Wilander, dijo hace tiempo ya que Alcaraz reúne las cualidades de Federer, Nadal y de él mismo.
El juego como ceremonia
En Roland Garros 2025, Alcaraz no solo conquistó un Grand Slam: convirtió el tenis en una ceremonia del presente. En un deporte donde cada punto puede cambiar el destino, sino la capacidad de habitar el momento sin querer poseerlo. Cuando uno observa a Alcaraz, la sensación es que no juega «contra» alguien, sino «con» el partido
No es casual que los comentaristas, después de la final, no supieran bien qué decir. ¿Cómo narrar algo que no se explica por estadísticas? ¿Cómo medir el arte de estar despierto, disponible al aquí y ahora?
Epílogo: el Zen del tenis
Cuando le preguntaron a Carlos cómo había hecho para ganar un partido tan largo y difícil, respondió: “nunca dudé de mí en ningún momento… Pensaba en un punto cada vez.”
Esa frase, dicha con naturalidad por un chico de 22 años, resume no solo su victoria, sino una filosofía de vida. Cuando lo vemos jugar, intuimos que el tenis, como todo arte verdadero, puede ser también una ceremonia del presente. No hay cálculo. No hay ego. Solo atención, sensibilidad y disposición a dejar que el juego lo atraviese.
En una época donde los jugadores tienden a la hiper automatización y los equipos técnicos programan cada movimiento, Alcaraz juega como si cada punto fuera una improvisación guiada por el momento.
Carlos Alcaraz nos recuerda que el tenis, como la vida, se juega ahora. Ni antes ni después. Esto es algo que cualquiera que haya hecho deporte lo sabe. Más aún si ha jugado al tenis. El tenis y los deportes de raqueta (squash, padel, frontón, ping pong) exigen esta disciplina mental, emocional y espiritual. Cada punto es una oportunidad para volver a empezar. Y, si uno logra vaciarse, el juego, como la flecha, fluye por si sí solo. El resultado es secundario. Importa el estar presente en el aquí y ahora. Por eso el tenis, talvez el deporte más hermoso que existe, es el arte del estar aquí y ahora. El tenis, es un deporte mental, emocional y espiritual.


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