Texto extraído de la obra del título. Fragmenta, Barcelona, 2023, p. 11-21.

    
Por Jordi Pigem

¿QUÉ ESTÁ PASANDO? Las tempestades de la confusión soplan cada vez con más fuerza. Las tempestades de la confusión y los nuevos cantos de sirena de la tecnología, que se vuelven cada vez más estridentes o más tentadores. 

          En la Odisea, uno de los relatos fundacionales de Occidente, hay unos cantos de sirena insoportablemente seductores. Escucharlos significa naufragar y perderse para siempre. Para no oírlos, los marineros llevan las orejas tapadas con cera. Ulises no se las tapa porque los quiere oír, pero hace que lo aten al mástil de la nave para no ser arrastrado hacia la perdición. 

            Jaron Lanier, pionero de las tecnologías de la información y creador del concepto de realidad virtual, llama servidores sirena a los nuevos núcleos del poder cibernético: centros de datos con ordenadores potentísimos, en instalaciones enormes y relativamente ocultas, que noche y día registran información de todo el mundo que está conectado a internet a través de cualquier dispositivo, engrosando a cada instante los archivos de datos vinculados a cada uno de nosotros. Lanier evoca las sirenas de la Odisea, pero advierte que «las sirenas pueden ser todavía más peligrosas en su forma inorgánica», o sea, informática, y que «en nuestra Era Sirénica hay gente que se vuelve más o menos como autómatas». Estamos personalizando a los robots y, a la vez, estamos robotizando a las personas. 

            Aviso para navegantes. Escribe Lanier: «lo que pierde al marinero no es la sirena, sino su propia incapacidad de pensar claramente». La capacidad de mantener la mente clara y la intención impoluta es siempre la mejor brújula en estos mares. Más aún ahora que el tiempo se torna inclemente y borrascoso. 

       ¿Cómo mantener hoy la mente clara, entre los nuevos cantos de sirena y las tempestades de la confusión? ¿Hay un mástil al que nos podamos aferrar, como hizo Ulises? Busquémoslo en nuestro interior, entre una respiración y la siguiente, en el presente, aquí y ahora. 

EN EL PRESENTE, AQUÍ Y AHORA, brilla una luz: la luz de la atención, la luz de la conciencia. Pero hoy crecen las fuerzas que intentan apagarla. 

           Nacemos como seres con luz propia. Luz única e irrepetible, que refleja la luz primordial del mundo. ¿Cómo podemos ser fieles a esta luz? Ante todo, hay que aprender a sentirla, a percibirla. No con los ojos del cuerpo, sino con lo que solía llamarse el ojo de la mente, el ojo del corazón o del espíritu. 

            En la primavera de 1932, al salir de la casa donde había estado de vacaciones, un niño de siete años, Jacques Lusseyran, rompió a llorar. Sus padres lo esperaban para subir al carruaje que había de llevarlos a la estación, para coger el tren de vuelta a París. Pero el pequeño Jacques continuaba llorando en el jardín. «Lloré porque nunca volvería a ver aquel jardín», escribiría décadas más tarde. Tres semanas después, sonó el timbre que indicaba el final de la escuela y el pequeño Jacques corrió hacia la salida, como sus compañeros. Tropezó con uno de ellos, sus gafas estallaron contra la punta de una mesa, perdió el ojo derecho y el izquierdo tampoco pudo recuperarse. Tal como había presentido, no volvería a ver aquel jardín. Quedó ciego. 

            Sintió una oscuridad total. Esa oscuridad se mantuvo durante días y días. 

            Después empezó a sentir una luz en su interior, una luz cada vez más clara. 

La sentía siempre, excepto cuando quedaba velada por emociones negativas como el miedo o la angustia, cuando dudaba, o cuando se ponía a calcular. 

Y a través de esa luz empezó a percibir de algún modo lo que había a su alrededor. 

  Jacques y sus padres decidieron que llevara una vida lo más normal posible. Siguió yendo a la misma escuela y frecuentando a los mismos amigos. Cuando caminaba con ellos, a veces indicaba la presencia de un árbol o de un muro, unos metros más allá. Sus amigos confirmaban lo que Jacques percibía interiormente: sí, había un árbol o un muro hacia donde señalaba. 

          Llegó la invasión nazi de París. En la primavera de 1941, Jacques Lusseyran, muchacho de dieciséis años, ciego, fundó un grupo juvenil de resistencia. Había desarrollado una memoria prodigiosa y recordaba el número de teléfono de todos los compañeros resistentes. Si lo atrapaban, no tenía ningún papel que delatara a nadie. Más importante todavía, había desarrollado una sensibilidad especial para percibir la esencia de una persona a través del ritmo, el tono y el timbre de sus palabras. Los voluntarios que querían unirse se entrevistaban primero con Lusseyran y él «veía» si eran valientes y honestos (en vez de posibles traidores) y cómo podían contribuir a la resistencia. 

            Volveremos a la figura de Lusseyran. Pero lo que hemos visto de su experiencia ya nos revela algunas cosas. El mundo que percibimos con los cinco sentidos, o con sus extensiones tecnológicas, no es el conjunto de la realidad. Hay un mundo interior dentro de cada ser humano, y su luz tiene que ser protegida de todo lo que pueda nublarla, como la angustia, el miedo, la duda y el cálculo —y, añadamos hoy, las distracciones. La experiencia de Lusseyran también nos ayuda a recordar que cada ser humano se expresa en lo que dice y en cómo lo dice, porque cada ser humano es único e irrepetible. 

CADA SER HUMANO ES ÚNICO E IRREPETIBLE, y la tarea de cada vida es realizar más plenamente aquello que en esencia ya somos. Nietzsche lo formula en uno de sus impactantes aforismos: «Debes convertirte en lo que eres» [‘Du sollst der werden, der du bist’]. 

            El carácter único de cada ser humano lo experimentamos en primera persona cada vez que escuchamos nuestra voz interior, aquello que nos hace ser quienes somos y actuar como actuamos. Precisamente, la esencia de la dignidad humana radica en que cada persona es única, tiene libertad interior y lleva el timón de sus decisiones más íntimas, sean cuales sean las circunstancias. Así lo ha reconocido la sabiduría de la antigua Grecia («conócete a ti mismo», proclamaba el oráculo de Delfos), la teología (toda persona es única ante Dios), la filosofía más prestigiosa de la Ilustración (Kant: «el ser humano y en general todo ser racional existe como una finalidad en sí mismo, no simplemente como un medio para ser usado arbitrariamente por esta o aquella voluntad»), la psicología (muy destacadamente en Fromm, Maslow y Rogers) y la concepción del ser humano que fundamenta los valores democráticos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos constata en su preámbulo «el valor y la dignidad de la persona humana» y establece que «toda persona» tiene derecho a las condiciones «indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad» (artículo 22). También afirma que el objetivo de la educación es «el pleno desarrollo de la personalidad» (y no la adaptación al mercado laboral o la formación de súbditos obedientes) y que la comunidad es importante para que cada cual pueda «desarrollar libre y plenamente su personalidad» (artículos 26.2 y 29.1). Todo el edificio de los derechos humanos se sostiene sobre la constatación de que cada ser humano es digno, único, irrepetible e interiormente libre. Como señaló Erich Fromm, el logro más valioso de la cultura humana es «el respeto por el carácter único de cada ser humano y el cultivo de este carácter único». Pero ya en su día, hace ya más de ochenta años, Fromm constató que el respeto por el carácter único de cada ser humano estaba «en peligro». Estaba y hoy todavía más está en peligro porque nuestro horizonte se ha ido nublando. Ya no nos interesa la sabiduría, solo los datos; no nos fijamos en las cualidades, solo en las cantidades; confiamos más en las máquinas que en las personas y estamos perdiendo el respeto por nosotros mismos. Ponemos el esfuerzo y la esperanza no en el hecho de crecer como personas, sino en el crecimiento de las estructuras tecnológicas. Y efectivamente crecen y toman el poder, y lo que llamábamos democracia queda reducido a tecnocracia: los gobiernos no están al servicio de la gente, sino de la técnica, de las grandes empresas del tecnocapitalismo y de quienes se enriquecen con el despliegue de la técnica mientras se destruyen vidas, comunidades y ecosistemas. 

            La tecnocracia no ve en cada ser humano una finalidad en sí mismo, sino un simple medio para el funcionamiento eficiente del sistema tecnológico. Yuval Noah Harari, uno de los intelectuales hoy más leídos y seguidos, pensador favorito de Klaus Schwab (fundador y presidente del Foro Económico Mundial), de Bill Gates y de Mark Zuckerberg, entre otros, proclama que el valor único de cada ser humano es una creencia obsoleta, incompatible con el progreso tecnológico. Según él, «el sistema seguirá encontrando un valor en los humanos colectivamente, pero no en los individuos únicos» —excepto en los «seres humanos tecnológicamente actualizados [upgraded]» que promete el transhumanismo. Hace ochenta años, Erich Fromm ya vio venir que la alienación humana llegaría a este extremo. 

            Hoy la principal amenaza que se cierne sobre la humanidad no es el caos climático o la guerra nuclear, sino la actitud y mentalidad que nos hace autodespreciarnos y despreciar todo lo vivo, que nos lleva a autolesionarnos, a autodestruirnos y a destruir toda otra forma de vida. ¿Y por qué? Porque un gran espejismo nos ha hecho creer que es «progreso» sustituir el prodigio de la vida humana y de la vida en general por un gran sistema tecnológico de procesamiento de datos: gris, inconsciente e inerte. En este modelo de «progreso», los seres humanos dejamos de ser únicos e irrepetibles y pasamos a ser simples instrumentos al servicio de la tecnología. Harari lo expresa claramente en Homo Deus

Los humanos son simplemente instrumentos para crear el Internet-de-Todas-las-Cosas, que a la larga puede expandirse desde el planeta Tierra para cubrir el conjunto de la galaxia e incluso el conjunto del universo. Este sistema cósmico de procesamiento de datos sería como Dios. Estará por todas partes y lo controlará todo, y los humanos están destinados a fusionarse en él. 

Esto es precisamente lo que Kant pedía evitar: tratar a los humanos como simples medios, como instrumentos. Harari atribuye estas ideas a la ideología que llama «dataísmo», ideología que presenta como conclusión obvia de los adelantos científicos —falsamente, porque la buena ciencia no va por ahí: Harari solo tiene en cuenta la ciencia más reduccionista, la que encaja con los intereses de la tecnocracia y de las empresas biotecnológicas. Según esta ideología cada vez más influyente, los seres vivos (incluida su experiencia y su conciencia) son simplemente «algoritmos» (los algoritmos son sistemas mecánicos de cálculo y procesamiento de datos, como los que usan los sistemas informáticos). Harari, portavoz de la ideología hoy dominante, lo dice con cínica claridad: 

Los organismos son algoritmos. Todo animal —incluido el Homo sapiens— es un conjunto de algoritmos orgánicos.

La conclusión lógica de esta ideología es que la muerte de un ser humano solo significa que un conjunto de algoritmos ha dejado de funcionar (lo cual, por cierto, permite ganar fortunas sin remordimientos a costa de destruir la vida de incontables criaturas, jóvenes, ancianos y personas de todas las edades). Esta ideología delirante aniquila toda posibilidad de ética y todo rastro de la dignidad humana. Y nos invita a ser «simplemente instrumentos para crear el Internet-de-Todas-las-Cosas». 

            ¿Cómo hemos podido perder el juicio hasta este punto? 

¿CÓMO HEMOS PODIDO PERDER EL JUICIO HASTA ESE PUNTO? 

            Los grandes artistas y autores de la historia son apreciados por el carácter único de su estilo y de su voz. La buena literatura da testimonio del carácter único de su autor y, también, de sus personajes: los grandes personajes literarios (de Aquiles y Antígona a Hamlet y Jane Eyre) son únicos e irrepetibles —si no tienen carácter propio, no es buena literatura. Que en la actualidad haya que reivindicar el carácter único de las personas y de los personajes muestra hasta qué punto hemos perdido el norte. 

Hermann Hesse, premio Nobel de literatura, expresa el prodigio que constituye cada verdadero ser humano en el inicio de la novela Demian, publicada tras la Primera Guerra Mundial: 

Hoy se sabe menos que nunca qué es un ser humano vivo y verdadero, y por eso tantos son asesinados a tiros, cada uno de los cuales es una creación preciosa y única de la naturaleza. Si solo fuéramos seres humanos únicos, se nos podría eliminar fácilmente con una bala de fusil, y entonces no tendría sentido narrar historias. Pero cada ser humano no solo es sí mismo, también es el punto único y muy especial, en todo caso importante y memorable, donde los fenómenos del mundo se entrecruzan, solo una vez y nunca más. Por eso la historia de cada ser humano es importante, eterna, divina; por eso cada ser humano, en la medida que vive y realiza la voluntad de la naturaleza, es maravilloso y digno de toda atención. En cada ser humano el espíritu se ha hecho forma.

Pero en la misma Alemania en que había crecido Hesse, el país desde hacía tiempo más avanzado en las humanidades (Kant y Hegel, Schiller y Goethe), en la música clásica (Bach y Beethoven), en ingeniería (Daimler, Diesel, Junkers, Benz) y en las ciencias de mayor prestigio (la física cuántica y la teoría de la relatividad fueron pensadas, sobre todo, en alemán; el inglés solo pasó a convertirse en la primera lengua de la ciencia tras las dos guerras mundiales), allá precisamente se puso en marcha el movimiento más deshumanizador que hasta ahora haya tomado el poder, el que más intentó anular el carácter único de cada ser humano. 

            ¿Cómo fue posible semejante paso de la luz a la oscuridad? Uno de los elementos clave lo explicó «el arquitecto del Tercer Reich», Albert Speer, cuando acabada la Segunda Guerra Mundial fue juzgado por crímenes contra la humanidad. El Tercer Reich, declaró Speer, fue el primer Estado que hizo el máximo uso de todos los medios técnicos para dominar al propio país. A través de aparatos técnicos como la radio y el altavoz, ochenta millones de personas fueron privadas de pensamiento independiente. Así fue posible someterlas a la voluntad de una sola persona.

Efectivamente, desde que en 1933 Joseph Goebbels se hizo cargo del Ministerio de Propaganda (oficialmente «Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda», ‘Ministerio Imperial para la Ilustración del Pueblo y la Propaganda’), uno de sus objetivos fue utilizar la radio para penetrar en todos los hogares del país. A partir de ahora las familias, al reunirse para cenar, ya no se explicarían cómo había ido el día, sino que escucharían los mensajes que transmitían las ondas. El mismo Goebbels promovió la fabricación de millones de Volksempfänger (‘receptores del pueblo’), aparatos de radio de bajo coste para las masas. Cuando el 17 de marzo de 1935 Hitler anunció la reactivación del ejército alemán, se calcula que lo estaban escuchando 56 millones de personas. Nadie había tenido nunca tanta audiencia en directo. El poder de la radio para captar la atención y manipular las creencias nos puede parecer insignificante si lo comparamos con el de los instrumentos digitales. Pero en los años treinta del siglo xx, su impacto no tenía precedentes comparables en toda la historia humana anterior. 

            «Wir leben im Zeitalter der Masse» (‘Vivimos en la época de la masa’), proclama Goebbels, el ministro de Propaganda, en agosto de 1933. Hitler aspira a un mundo en que «cada individuo sabe que vive y muere para preservar la especie», sin ninguna libertad, autonomía o propósito personal independiente de la tarea colectiva. En el nazismo los seres humanos, incluidos los mismos nazis, son menos que hormigas en un hormiguero: son meros engranajes o piezas (Stücke) del gran mecanismo totalitario. 

            El totalitarismo y la masificación se apoyan mutuamente, como mostró Hannah Arendt (lo veremos más adelante). Y el pistoletazo de salida de la masificación de la cultura fueron los medios de comunicación de masas. A Goebbels, el ministro de Propaganda, también se le atribuye una acertada frase sobre el impacto de los medios de masas: «Una mentira que se dice una vez es una mentira; una mentira que se dice mil veces, pasa a ser la verdad.»

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