LUMPENSAYO

Por Felipe Villamayor

“Si se tiene en cuenta cuán contenida se halla en los jóvenes la fuerza que está deseando estallar, no nos sorprendería observar que carecen de delicadeza y de tacto para decidirse en favor de esta u otra causa. Lo que los atrae es el espectáculo del ardor que rodea a una causa, en cierto sentido el espectáculo de la mecha encendida, y no la causa en sí misma. Por eso los seductores más sagaces se ingenian en hacerles esperar la explosión, mejor que en convencerlos con razones: con argumentos no se conquista a esos barriles de pólvora.”

  • “La gaya ciencia” de Friedrich Nietzsche (1882).

Tengo el vago recuerdo de que durante mi periplo liceal, quizás en alguna clase de filosofía o historia, se tocó por arriba el ya gastado debate de la naturaleza humana entre Hobbes y Rousseau. Creo que a esta altura todos sabemos qué tenían para decir ambos filósofos respecto al tema. Palabras más, palabras menos, el primero de ellos afirmaba que el hombre era por naturaleza “un lobo para su prójimo”, y que necesitábamos organizarnos en sociedades de tipo autoritario para así lograr reprimir nuestros impulsos más destructivos; Rousseau, por el contrario, creía que era la sociedad misma la que hacía del hombre un ser corruptible y despiadado, y no al revés. 

Sobre las posturas de ambos filósofos tengo –al igual que ustedes, imagino– alguna que otra discrepancia. 

Con todo, el pesimista dentro de mí tiende a inclinarse a favor de los planteos hobbesianos, aunque haya ciertos puntos que no me convenzan del todo. La postura de Rousseau, en cambio, me parece propia de un pensador frutillita; ¡¿El ser humano un «noble salvaje»?! ¡¿Es en serio?! Me parece una conclusión a la que perfectamente podría llegar cualquier estudiante de sociales que en sus ratos libres fantasea con irse a vivir al monte.  

En lo personal, creo que venimos al mundo con un cierto número de virtudes, las cuales hacen de nosotros algo más que una simple manada de lobos hambrientos. El cariño filial, por ejemplo. No me atrevería nunca a poner en duda el amor incondicional que siente una madre hacia su hijo. 

Me niego a contar, sin embargo, entre esta lista de escasas e innatas virtudes, la solidaridad y la entrega desinteresada para con el prójimo. Varias experiencias y el entorno en el que me he desarrollado así me lo confirman. El ser humano es, antes que nada, un ser egoísta que pone por delante de todo su bienestar e interés personal. Sé que varios argüirán no compartir dicha premisa. Mal por ellos. 

Por otro lado, algunas de las personas más obsesionadas con la búsqueda de su bienestar e interés personal, son aquellos que se autoproclaman “progresistas”. Claro, esta gente suele encubrir de manera pérfida y astuta sus deseos genuinos apelando para ello a palabras amables y a supuestas buenas intenciones que en la práctica no benefician a nadie, salvo, por supuesto, a sí mismos. También están aquellas personas que de forma ruidosa y desvergonzada buscan trepar el escalafón social a como dé lugar. Donald Trump es quizás el ejemplo más espectacular de esto. La virtud de gente como él, sin embargo, es que va de frente. A diferencia de personajes como Hillary Clinton o Justin Trudeau, no necesitan recurrir a ningún tipo de hipocresía o deslealtad para amasar poder.

A lo que voy con esta breve digresión es que todos en el fondo queremos aunque sea una mínima cuota de poder o reconocimiento. Nadie hace algo por y para el otro sin esperar nada a cambio. Y quiero dejar claro que esto no es algo necesariamente malo o condenable. De hecho, el mismo sistema económico en el que nos desarrollamos como personas (en todos los ámbitos de nuestra vida, tanto la laboral como la social e incluso la amorosa) nos impele a ser egoístas, y a poner nuestro interés personal por delante de todo.

Una vez corrido este velo de autoengaño, quiero ahora sí poner la lupa en ese sector de la población conocido como “la juventud”. 

Hablo de esa amplia torta de gente de entre 15 y 29 años. Eso que los demógrafos y los identikits marketineros han bautizado con el título de “Generación Z”. 

Si aún no queda claro de quiénes estoy hablando, por favor, la próxima vez que puedan fíjense en esos gurises jóvenes que diariamente ven atendiendo al público en McDonalds, en los almacenes Kinko, en las góndolas de los supermercados Ta-Ta o en las islas de los shopping centers; a algunos de ellos, los supuestamente más “privilegiados”, también se los puede ver detrás de enormes fachadas de vidrio y acero, atendiendo y devolviendo llamadas en call centers foráneos, aunque paradójicamente instalados acá, en suelo “nacional”; zonas francas, les dicen.

Varios de estos chiquilines, como ya sabrán, tienen la particularidad de haber pisado en algún momento de sus vidas la Universidad; por lo general, una de esas facultades que integra la llamada “Área Social y Artística” de la UDELAR (Facultad de Economía, Facultad de “Ciencias Sociales”, Facultad de Humanidades, Facultad de Derecho, etc., etc,). 

Esto es en verdad algo novedoso y hace de ellos, en comparación a generaciones pasadas, una anomalía histórica. No se olviden que antes, el ingresar a la universidad era un privilegio que sólo podían permitirse los hijos de las élites (los Bordaberry, los Lacalle Herrera, los Bauti Gil Castillo, etc., etc.); o si no aquellos jóvenes cuyos talentos y destrezas innatas eran tan sobresalientes que inevitablemente iban a suponerles a la larga la oportunidad de pegar un salto ascendente en el escalafón social.

A propósito de esto, varios dirigentes del FA se han jactado numerosas veces en público de haber logrado cumplir el objetivo de llenar la universidad con los “hijos de los obreros”; ellos creen, en definitiva, haber “democratizado” la educación terciaria. 

Pongo un alfiler en este punto y volveré a retomarlo luego de un par de minutos. 

Por favor, ténganme paciencia. Estoy a punto de tirar abajo un montón de mentiras.

Ahora, se han preguntado ustedes, querido lectores de “a Contrapelo”, ¿Qué ocurre cuando estos jóvenes que acabo de mencionar, todos ellos bien educados (algunos quizás en exceso), egresan con un título universitario al saturado e hípercompetitivo mundo laboral?…

… Creo haber aclarado al principio de esta nota que, al igual que el resto de la población, éstos jóvenes (de hecho, por una cuestión hormonal, ellos en mayor cuantía) ansían estatus, reconocimiento, cierta posición social o aunque sea la posibilidad de desempeñarse en un trabajo bien remunerado. 

¿Qué está pasando con ellos, entonces; qué hacen atendiendo mesas en McDonalds o jorobándose la espalda hacinados en cubículos pesadillescos? 

Para poder explicarles bien esto, déjenme presentarles ahora al filósofo y economista alemán Gunnar Heisohn. Él es uno de esos súper intelectuales que –a diferencia de varios pajeros mentales que no quiero mencionar ahora (bah, onanistas es el término que en realidad ellos preferirían utilizar)– tan bien saben leer la actualidad. Heisohn viene postulando desde hace tiempo la teoría de que, luego de periodos de relativa bonanza económica y estancamiento demográfico, tiende a producirse un aumento explosivo de gurises jóvenes y enojados, ávidos de prestigio y estatus social. 

Parte de esta juventud frustrada –principalmente hombres, ya que ellos son quienes históricamente han desempeñado el rol de líderes y guerreros (lo siento, chicas, somos mejores en eso, asúmanlo)– busca como puede hacerse de un lugar, ganar terreno, proyectarse hacia el futuro, destacar por encima de sus pares generacionales. 

No pueden evitarlo. De hecho, está en su sangre el querer más

Gunnar Heisohn plantea que no es el islam en sí el responsable del aumento de la violencia terrorista en los países de medio oriente, sino que lo que sucedes es que la juventud, allá, en comparación al resto de la población adulta, es mayor en términos demográficos (oscila en torno a un 25 y 30%), lo cual, sumado a una coyuntura social desfavorable, hace a sus sociedades entornos altamente inestables y propensos a la violencia

El problema es que estos gurises, como resultado de un conjunto de reveses sociales (lazos comunitarios débiles, hogares monoparentales, trabajos mal remunerados, haberse convertido en el chivo expiatorio de varias ideologías actuales) deben lidiar diariamente con la nada agradable realidad de que, a diferencia de sus padres y abuelos, ellos sobran. 

Estos chiquilines son, dicho de otra manera, bosta social. 

La mayoría de ellos, tal y como están las cosas, nunca lograrán encontrar una posición en la vida ni un trabajo que les permita independizarse o escaparle al monoambiente; mucho menos casarse, comprar una casa (Eigentumsprämie, es la palabra que utiliza Heisohn) o poder aspirar a una pareja estable; estos gurises son el fruto de una desasosegante sociedad que, en palabras de nuestro pensador favorito, “ya no tiene fuerzas para la excreción”.

Heisohn, en su libro “Söhne und Weltmacht” (2003), llama a este fenómeno “desbordamiento juvenil” y lo desarrolla a partir de numerosos ejemplos, todos ellos eventos históricos cuyas similitudes en materia causal es en verdad sorprendente. 

La revolución francesa, por ejemplo, allí (al igual que en la revolución bolchevique o en la Primavera Árabe) hubo un excedente de gurises jóvenes y educados que, ante una coyuntura social por demás asfixiante (hambre, falta de vivienda, burguesía tramposa, altas cargas impositivas, descontento generalizado hacia las élites dirigentes) reaccionaron de forma violenta, empatotándose y asestándole un golpe definitivo a la monarquía de aquella época (acuérdense de Robespierre, muchachos, acuérdense de la guillotina, acuérdense, también, por favor –miren que es importante– de cómo rodó por los suelos la cabeza de la bella María Antonieta)…: 

La Historia recordará que en la mañana del 6 de octubre de 1789, el rey y la reina de Francia, tras un día de confusión, alarma, desilusión y asesinatos, y después de habérseles asegurado que contaban con la fe del pueblo, se acostaron para así dar a su naturaleza unas horas de desasosegado y melancólico reposo. La reina fue la primera en ser despertada de su sueño por las voces de un centinela que, gritando a su puerta, la instó a que salvara la vida huyendo, diciéndole que ésta era la última prueba de fidelidad que podía darle, ya que iban tras él y era hombre muerto. Inmediatamente después cayó apuñalado. Una pandilla de crueles rufianes y asesinos, apestando a sangre, se precipitaron en la cámara de la reina y atravesaron con cien bayonetazos y puñaladas el lecho del que esta mujer perseguida había tenido el tiempo justo de huir casi desnuda.”

  • “Reflexiones sobre la Revolución en Francia” de Edmund Burke (1790).

Presten atención, lectores: según el enfoque economicista de Heisohn, estos jóvenes mimados y malcriados, a los que ya desde chicos se les venía insistiendo con que de grandes iban a ser queridos y a tener un porvenir por lo menos estable, ¡Estos jóvenes son la rueda que empuja el transcurso de todo acontecimiento histórico relevante en los últimos quinientos años! 

Ellos, si no tienen nada, no se van a quedar de brazos cruzados: llegado el momento van a explotar, van salir a armar bardo, van a romper todo (a favor o en contra de qué, eso es secundario); y van a hacerlo con garra, con bronca, atizados por el descarado temperamento nihilista de aquellos que ya no tienen nada que perder.

Yo, a diferencia de muchos conocidos, no creo que la reacción antiprogresista de la que se están sirviendo Javier Milei y otros referentes de la “derecha” para alcanzar popularidad entre los jóvenes tenga algo que ver con las llamadas “ideas de la libertad”. 

Las ideas, como mucho, son secundarias. Las ideas, lamento informarles, NO cambian el mundo. Las ideas, al final del día, no convencen tanto como los gestos o las fanfarrias patoteriles de un líder carismático. 

Es así. 

Estoy seguro de que a nadie se le movió un pelo al momento de leer “Camino de servidumbre” (por otra parte, un libro interesante, razonado, lleno de argumentos convincentes); pero sí, en cambio, luego de terminar “El manifiesto comunista” (un panfleto, por otra parte, mentiroso y escrito desde lo más profundo del rencor y la mala fe). 

Lo que quieren estos gurises, en definitiva, es la libertad para transgredir, para poder competir entre ellos y alcanzar de forma limpia un prestigio que hoy –al menos cultural y socialmente– les está siendo vedado. Si desde los sectores de la izquierda identitaria se los sigue demonizando o asignándoles de forma oscurantista –por poner un ejemplo– el ser los beneficiarios de un sistema de opresión invisible que en realidad no existe y del que, por lo tanto, no pueden extraer beneficio alguno, ellos indefectiblemente correrán desesperados hacia la figura catártica de un Javier Milei o de Agustín Laje (este último, por cierto, hasta el momento invicto en cualquier debate que se le conozca).

Por eso, si en lugar de subirse al pony de la superioridad moral y apuntarles con dedo acusador, ustedes, pitucas ováricas, decidiesen por un momento parar la oreja y hacer un esfuerzo por comprender a este excedente de gurises cada vez mayor (en lugar de censurar sus espacios de expresión y calumniarlos sin derecho a réplica desde sus medios de prensa hegemónicos) por ahí las cosas no pintarían tan mal para el futuro…

Ahora, quiero volver al punto del que me desvié hace no sé cuántos párrafos. Ese en el que señalaba cómo varios políticos del FA se jactan frecuentemente de haber logrado llenar la universidad con los “hijos de los obreros”. 

Estos dirigentes son unos imbéciles.

¿Acaso no se dan cuenta? ¡Fíjense los números de deserción y atraso académico en la UDELAR!; Ahora, luego de toda esta exposición que les acabo de hacer, contéstenme la siguiente pregunta: ¿Qué ocurre cuando tenés un superávit de jóvenes educados de manera improductiva y sin posibilidades de aspirar a un bienestar social y económico?; ¿Qué ocurre cuando lo único que consigue tu dispositivo educacional terciario es producir un sobrante de gurises marginados, que va por la vida desnortado, sin un “con” ni un “porqué” mediante el cual sostenerse día a día?… 

Sin saberlo y de forma totalmente demagógica, nuestra casta política está creando las condiciones perfectas para un caldo de cultivo de frustración y descontento que, de no surgir un líder o figura capaz de atraer y contener todas sus energías, inevitablemente devendrá a mediano o largo plazo en un periodo de agitación y violencia social como no se ha visto desde finales de la década de los sesenta. 

Aunque, por otro lado, capaz que esto es algo bueno: todo se irá al precipicio. Y de ahí quizás salga algo nuevo. Algo quizás un poco mejor. Algo que nos sirva a todos para estar más unidos. Porque si de algo estoy seguro es que esto ya no es más un país.

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