DIEGO ANDRÉS DÍAZ / Más allá de las valoraciones que yo pueda realizar de forma preliminar, la cuestión es lo demasiado importante para soslayarla: la crisis del modelo reformista desde el Estado no desencadenó su muerte, sino una agonía larga y destructiva en cámara lenta, que derrumbó las bases económicas y sociales del país -y con ellas la paz y la convivencia- para proteger su propio mito, su legado memorístico como “edad dorada”, para salvarse como tradición política-estatal.+