Según un estudio científico, usted sería capaz de electrocutar a otra persona

Investigadores de la Universidad de Yale descubrieron que una persona promedio puede infligir a otra una carga de más de 300 voltios, con el propósito de probar que el castigo mejora la memoria.

ENSAYO

Por Andrea Grillo

El hombre que “shokeó” al mundo

Estamos habituados a leer titulares absurdos de noticias supuestamente basadas en estudios científicos. Parecería ser que últimamente la Academia publica estudios tan impactantes como inconsistentes, por lo que un día son tapa de medios y al siguiente desaparecen sin pena ni gloria, dejándonos desconcertados y confusos, sobre todo por cuanto se contradicen entre sí. En el marco de la “pandemia” actual por el Sars Cov-2, la cantidad de ejemplos es pasmosa.

El caso del “titular” que nos ocupa, sin embargo, es real y refiere a las investigaciones de Stanley Milgram a principio de los años 60.  Comienzo presentándolas en una breve síntesis para aquellos lectores que no están familiarizados con su trabajo. Quienes sí lo estén, tal vez encuentren productivo recordar algún detalle:

Se reclutaron voluntarios para un experimento sobre “el estudio de la memoria y el aprendizaje”. Los individuos seleccionados constituían un amplio espectro de profesiones y nivel educativo. Milgram descartó estudiantes universitarios dado que formaban un grupo bastante homogéneo en cuanto a edad, inteligencia, y a que estaban relativamente familiarizados con la experimentación psicológica.

El experimento se realizó a propósito en el Laboratorio de la Universidad de Yale, para conferirle mayor legitimidad. Su procedimiento involucraba a tres personas, el investigador de la Universidad y dos sujetos a quienes se les asignaba el rol de “maestro” y “alumno”. El investigador y el participante que oficiaba de maestro se ubicaban en una sala que tenía un “generador de shock” con 30 interruptores que iban de los 15 a los 450 voltios. El alumno era ubicado en una sala contigua separada por un panel de vidrio, en la cual se lo ataba a una silla y se le colocaban electrodos. Al inicio, a ambos se les daba una descarga inicial de 45 voltios con el fin de autenticar el funcionamiento del generador – y de que el maestro tuviera un registro sensorial de lo que le provocaría al alumno. Una vez cubiertos todos los puntos, entre los que se aseguraba que las descargas no provocarían daño permanente, comenzaba el experimento propiamente dicho. Bajo la supervisión constante del investigador, el “maestro” leía al “alumno” una lista de pares de palabras cuya asociación éste  debía recordar y responder presionando un botón que encendía una luz un el panel del lado del maestro. Si la respuesta era  correcta, el maestro continuaba con la siguiente lista de palabras. Si era equivocada, el maestro le proporcionaba una descarga eléctrica, cuyo voltaje aumentaba  con cada error cometido. El argumento que justificaba semejante metodología, era que el experimento pretendía dilucidar si las personas aprendían mejor cuando eran castigadas por sus errores, sosteniendo que había pocos estudios en adultos y que los métodos de enseñanza en niños no eran mensurables. 

En realidad, el verdadero objeto de estudio era quien participaba como “maestro”, y éste el interrogante que Milgram se proponía responder:

“¿Bajo qué condiciones una persona obedecería a una autoridad que le ordenara acciones que fueran contra su conciencia?”[1]

“El conflicto surge cuando el hombre que recibe el shock comienza a indicar que está experimentando malestar. A los 75 voltios, el “alumno” gruñe [2]. A los 120 voltios se queja verbalmente; a los 150 demanda ser liberado del experimento. Sus protestas continúan a medida que los shocks aumentan, cada vez más vehementes y angustiantes. A los 285 voltios su respuesta solo puede ser descrita como un grito agonizante”[3]

Todo el estudio era un montaje. El sujeto que actuaba de alumno nunca recibió ningún shock, pero quien ocupaba el rol del maestro creía genuinamente que sí lo hacía. En el experimento original (Milgram hizo 19 variaciones), el sesenta y cinco por ciento de los participantes aplicaron la descarga máxima de 450 voltios. 

 Lo sorprendente es hasta dónde llegan los individuos comunes en el cumplimiento de las instrucciones del experimentador. En efecto, los resultados son tanto sorprendentes como desalentadores. A pesar de que muchos sujetos experimentaron estrés, a pesar de que muchos protestaron, un porcentaje considerable continuó hasta el último shock en el generador.[4]

Un total de ciento diez encuestados previamente, entre los que se encontraban psiquiatras, estudiantes universitarios y adultos de mediana edad de varias profesiones, estimaron que solo el uno por ciento de los “maestros” llegaría a infligir la descarga máxima al “alumno”.  Las personas comunes no se perciben a sí mismas y a los otros como capaces de generar un daño tan atroz sin una causa muy bien justificada. Estamos aprendiendo – recordando – que la obediencia a la autoridad califica como tal.

Obedecer órdenes es parte naturalizada de nuestra vida en sociedad. La autoridad se nos presenta permanentemente en la cotidianidad, desde la comisión que establece el reglamento del edificio en el que vivimos hasta el juez que dicta una sentencia. Todos estamos sujetos a normas, reglas y leyes, tácitas o explícitas, que en principio están previstas para “poner orden”, precisamente. Pero la autoridad representa muchísimo más que la simple regulación de la vida en sociedad. Respondemos a percepciones muy subjetivas acerca de qué o quién encarna un poder mayor que el propio. En el experimento de Milgram, la autoridad era simplemente un científico que estudiaba la incidencia del castigo en el aprendizaje y que cuando el “maestro” comenzaba a objetar el procedimiento, afectado por el malestar del “alumno”, lo instaba a seguir con expresiones que comenzaban en: “Continúe, por favor” y terminaban con: “Usted no tiene opción. Debe continuar.”

El experimento mismo ha sido objeto de decenas de estudios, réplicas, documentales, interpretaciones desde varias disciplinas y hasta de una película, tal es la intriga que nos provoca saber qué límites somos capaces de cruzar en aras de la obediencia. En una interpretación muy personal, me resulta imposible no encontrar una analogía con el mismo y conductas colectivas que emergieron a partir del decreto de emergencia sanitaria. La aceptación de un estado de excepción que se ha vuelto permanente solo puede sostenerse por  la participación voluntaria en el mayor experimento social en tiempo real y a escala global. Un experimento que apresó a las personas en sus propias casas, las aisló de sus seres queridos, las obligó a usar tapabocas, las empobreció hasta las últimas consecuencias, manejó su salud sin respeto ni ética y finalmente está imponiendo un esquema de vacunación obligatorio e ineludible para millones de personas, independientemente de si las necesitan o no,  y lo que es peor, si pueden generarles daño o no. El mundo se ha convertido en un laboratorio de Milgram de proporciones

globales, un lugar en el que las personas dañan a otras o permiten ser dañadas por seguir el dictamen de una autoridad sanitaria en la que la mayoría ya ni siquiera confían.

A esta altura se ha vuelto harto evidente que “La mentira es un acto cooperativo”.[5]Seguramente hay personas que aún están muy asustadas, pero en lo que a las vacunas refiere, el individuo promedio sabe que en realidad no inmunizan, que hay que darse una, dos y tres dosis incluso intercambiando marcas porque – en el mejor de los casos – se está probando sobre la marcha. También es sabido que ninguna ha cumplido con las etapas necesarias para garantizar su uso en humanos y que el riesgo de sufrir efectos adversos es muy real. Aun así, las personas no solo participan conscientemente del experimento sino que muchos esgrimen argumentos para presionar a quienes no desean someterse a él. Comentarios como “a fin de cuentas, todos los medicamentos pueden dar reacciones adversas” o “todos los medicamentos deben ser probados necesariamente y no hubo tiempo de testear con animales”, dejan en claro que el cumplimiento de la orden, por riesgoso que sea, está muy por encima del bienestar de cualquiera. Al igual que en el experimento de Milgram, quienes me dieron esa respuesta eran dos mujeres bienintencionadas y empáticas, que en circunstancias normales jamás dañarían a nadie y ni se les ocurriría poner a un ser humano al mismo nivel que el de un ratón de laboratorio.

Pero la justificación más compleja de desarticular es la que propone que el acto se comete “en beneficio” de un otro. “Todo mal comienza con una ideología de tipo “estamos protegiendo la seguridad nacional. Esa es la misma ideología que usó Hitler, que usan todos los dictadores.[6] Hoy por hoy somos testigos de cómo las personas adoptan plenamente el rol del “maestro”, del lado de la “ciencia”,  y parapetadas detrás de ese/eso que  manda, son capaces de levantar el último interruptor del panel de shock, convenciéndose a sí mismas de que lo hacen por el bien de todos.

 La variación de Ash

Diez años antes, Solomon Ash había realizado experimentos sobre la conformidad que Milgram adaptó al suyo propio. Ash había descubierto que al menos el setenta y cinco por ciento de los sujetos estudiados actuaba en conformidad con los demás al menos una vez, salvo que algún integrante del grupo se animara a expresar su discrepancia, en cuyo caso los resultados cambiaban sustancialmente. En la variante número 17 de su experimento, que tituló “Dos pares rebeldes”, Milgram agrega dos participantes cómplices en el rol de “maestros”. Al llegar a los 150 voltios, uno de ellos se niega a seguir. El experimentador le ordena que continúe pero el “maestro” en complot se aparta, sentándose en otro lugar del salón. Luego del shock de 210 voltios, el otro cómplice también se levanta y se aparta. El sujeto del experimento entonces, queda solo frente al generador de shock. Ha sido testigo de las acciones desafiantes de dos pares. El experimentador lo conmina a continuar, diciendo que es esencial que el experimento sea completado.

“En este grupo en particular, 36 de los 40 sujetos desafiaron al experimentador. Los efectos de la rebelión de sus pares son muy impresionantes. De hecho, de la puntuación de variaciones experimentales completadas en este estudio, ninguna fue tan eficaz para socavar la autoridad del experimentador como la que se informa aquí.”[7]

Volviendo a hoy, ¿qué se censura? Se censura cualquier opinión que contradiga la narrativa oficial con ideas fundamentadas. ¿Por qué se censura? La primera respuesta es que se censura para que las personas no sepan que están siendo engañadas. Pero hay otro nivel de censura que consiste en invisibilizar la rebelión de los pares, que podríamos identificar como a nuestros propios familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, de quienes en definitiva nos sentimos más cercanos y similares. Posiblemente esas acciones animen y contagien tanto o más que cualquier argumento de corte intelectual en un caos creado a propósito para que nadie entienda nada. Es cierto que ya se borró de muchísimos registros a profesionales de distintas áreas que quisieron exponer argumentos que desafían el discurso “nuevonormativo”, porque podrían influir en el pensamiento de muchas personas. Pero con el mismo ahínco y más, se silencian las voces de millones de personas, de decenas de países, que están manifestándose en contra de las medidas impuestas. En ningún medio masivo aparecen los más de ciento cincuenta mil franceses que desde hace quince fines de semana inundan las calles, ni la resistencia italiana concentrada en el puerto de Trieste, ni los médicos en huelga en Grecia, ni los efectivos policiales y bomberos que entregan sus botas en Seattle, ni las multitudinarias protestas en Melbourne. Si la determinación de quienes se rebelan actuando sin temor se hiciera lo suficientemente visible, tendría una incidencia tremenda en el curso de esta historia. Todos somos modelos sociales. Basta con que uno se detenga y comience a caminar contracorriente, para que al menos otro se permita a sí mismo cuestionarse en qué dirección quiere seguir andando. 

 Padres “maestros”, hijos “alumnos”

Una analogía clarísima de los roles del “maestro” y el “alumno” del experimento de Milgram, es el vínculo que se establece entre adultos y niños, en el que tenemos la posibilidad real de accionar sobre sus cuerpos.

Los datos publicados por la Asociación Española de Pediatría al 31 de marzo del 2021 evidenciaban “una tasa de mortalidad en menores de 14 años españoles de 0,042/100 000 habs. y una TLC de 0,0094%.” [8] Ese solo dato bastaría para eximir a los menores de cualquier presión sanitaria. Siete meses después, sin embargo, la narrativa es que los casos en los niños “están aumentando”, una información que se nos proporciona con una bien calculada vaguedad para crear una nueva oleada de pánico. Y lo cierto es que la vacunación en los niños ya se está aplicando en algunos países y en muchos otros es inminente. 

“Un hombre se siente responsable ante la autoridad que lo dirige, pero no siente responsabilidad por el contenido de las acciones que la autoridad prescribe. La moral no desaparece, sino que adquiere un enfoque radicalmente diferente: el subordinado siente vergüenza u orgullo según cuán adecuadamente haya realizado las acciones comandadas por la autoridad.”[9]

Empezar a cuestionarnos a qué o a quién hemos investido de poder y si verdaderamente lo merece, puede ser un primer paso para recobrar la autoridad propia, la que legitima nuestros actos, por los cuales seremos siempre responsables. Que lo que hagamos con nuestros niños hoy sea mañana motivo de orgullo, no de vergüenza.

“El dilema  inherente a la obediencia es antiguo, tan antiguo como la historia de Abraham”                             Stanley Milgram


Notas

[1]Under what conditions a person would obey authority who commanded actions that went against conscience?”

The Milgram Experiment 1962 Full Documentary  https://www.youtube.com/watch?v=rdrKCilEhC0

  1. “Grunt”, en inglés en el original, habitualmente se traduce como gruñido. Más exactamente refiere a un sonido gutural inespecífico.
  2. Milgram, Stanley. “Obedience to Authority, an experimental view”, 1974.
  3. Ibídem.

5 Pamela Meyer, “How to spot a liar”, TED Talk 2011.

6 Philip Zimbardo, The Milgram Experiment https://www.youtube.com/watch?v=8g1MJeHYlE0 

7 Milgram, Stanley. “Obedience to Authority, an experimental view”, 1974.

  1. https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/covid19_en_pediatria_valoracion_critica_de_la_evidencia_rev_ext.pdf
  2. Milgram, Stanley. “Obedience to Authority, an experimental view”, 1974.
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