Now he’s too old to rock ‘n’ roll but he’s too young to die«
Ian Anderson

Sao Paulo, mayo de 2019

ENSAYO

Por Mauro Baptista Vedia

“Antunes morreu.”
“Como?”
“Morreu. Ontem de madrugada. O velório será no teatro”

Leí el mensaje de una amiga, bien temprano, cuando me desperté para ir al baño. Me acosté para dormir algo más. “Tendría que ir al velorio”, me dije. Pensaba en la muerte y en Antunes Filho, en sus últimos días en el hospital. La muerte es el fin total y absoluto? Cuando morimos se termina todo? Existe la inmortalidad? Esas eran las preguntas que me hacía.

Siempre fui ateo. Ni siquiera fui bautizado; mis padres votaban al Partido Comunista. Durante mi infancia y mi adolescencia, proclamaba mi ateísmo con orgullo. Yo era ateo, hincha de Peñarol, de izquierda, fanático del cine y del fútbol. Esas fueron las creencias que me impusieron mis padres. No me quejo. Marcar rumbos es la función de los padres. En la adolescencia me interesé bastante por las religiones orientales, pero mis iniciativas quedaban en lo intelectual, fuera de la experiencia. Leía libros, más nada. Tampoco se podía hacer mucho. Eran tiempos de la dictadura militar. 

A los veinte me fui a Brasil. Hice cosas, muchas, demasiadas, frenéticamente. Y seguí siendo ateo. Hasta que, pasado los cuarenta años, estuve al borde de la muerte y tuve pruebas concretas de que existía algo más allá de la materia. La caída fue estrepitosa; recomencé de cero. Fui durante dos décadas materialista en un país como Brasil,  naturalmente religioso y espiritual. Yo era un neurótico racionalista en la tierra de la irracionalidad y de la perversidad, según un sicoanalista que frecuenté: 

Você sair na rua em São Paulo já está em terapia permanente”, decía.

Era un materialista apegado exclusivamente a lo mental e intelectual en la tierra del éxtasis, la inconstancia y la metamorfosis. 

 “Antunes morreu”.

Pensé de nuevo en la frase de mi amiga actriz. Me tapé con el edredón. Sentí un vacío en el pecho, tristeza, pesar. Por qué la noticia me afectaba tanto? Conocía superficialmente a Antunes. Nos saludábamos con cordialidad cuando nos cruzábamos en un teatro, nada más. Sin embargo, la frase de mi amiga resonaba en mi mente, sin explicación. Intenté dormir. Nada. Me levanté de la cama a eso de las nueve. Era jueves. Tomé el remedio para la tiroides; fui al baño y después a la cocina; tomé dos  vasos de agua; me vestí rápido; agarré la mochila, tomé el ascensor y bajé al garaje. Hice todo en el piloto automático que proporciona la rutina, con la somnolencia previa al café expreso que tomaba en la cantina del club. 

Martes y jueves eran los días de las clases de estiramiento, de hacer bicicleta aeróbica o “transport”; eran días de la gloriosa sauna, de la ducha fuerte y caliente. Me percaté que esas dos mañanas, dedicadas a cuidar mi salud, en realidad eran dedicadas a combatir la muerte; a prolongar la vida. Como justificar, sino, que dedicase tanto tiempo a actividades que siempre me habían parecido aburridas. Bienvenida la madurez y el aceptar que me quedaban… tal vez… posiblemente…. digamos que…. menos años de vida que los que había vivido. Claro que no me olvidaba del ejemplo de la viejita de Titanic o de Olivia de Havilland y sus 104 años, pero eso era Hollywood y su máquina de sueños. Pensar que ayer, tenía veinticuatro años y una vida por delante. “Ontem, yesterday”. Bueno, no exactamente ayer… ayer… pero casi. Pensar que, antes de ayer, yo veía jugar a Morena en el Estadio.  “Nostalgia rioplatense… aléjate de mí”, mascullé y empecé a tararear bajito “Realce”, la canción de Gilberto Gil.  

Los martes y jueves  eran también los días que aprovechaba para charlar en el idioma de la reina Elizabeth, con Freddie, antiguo socio que vive en Brasil hace cincuenta años; un inglés macarrónico, digno de un cantante de ópera italiano; eran los días que hablaba algo en castellano con la profesora argentina de tenis, siempre con un libro entre manos. Martes y jueves eran también los días en que algunos socios insistían en hablar de política, por más que  quisiera zafar. Cuando yo tenía veinte, treinta años, discutía de política todo el tiempo. Ahora, too old to rock and roll and too young to die, recordando la canción de de Jethro Tull, yo apenas quería hacer gimnasia, tomar algo de sol y disfrutar cada día. Y que mi cuerpo doliese menos. 

Salí al garaje y fui en dirección de mi auto. Eran poco más de nueve y media de la mañana. Prendí el auto, puse la dirección del club en el aplicativo Waze; este me avisó que si salía con el auto, me multaban. Al ser jueves, mi día del racionamiento, tenía que esperar hasta las diez. Aclaro: en Sao Paulo, de lunes a jueves hay racionamiento de vehículos por el número final de la chapa: un día a la semana no se puede usar el auto entre siete y diez de la mañana y entre cinco y ocho de la noche. Concluí que era mejor ir en Uber y volver en subte. Llamé al Uber. Mientras veía los gráficos del aplicativo (un autito se acercaba),  sentí una puntada en la rodilla derecha. No me sorprendió. Respiré hondo y pensé en todas partes del cuerpo que me dolían en ese preciso instante: rodilla derecha, zona lumbar, una puntada de ciática en la pierna izquierda, los trapecios, la nuca… Qué más? Ah, sí, me había olvidado del dedo gordo del píe derecho que me tenía que operar; cirugía que postergué en razón del Covid-19. El dedo estaba tranquilo, esperando, agazapado, para atacar en cualquier momento.

 “Después de cierta edad, si no te duele nada, estás muerto,” me dijo una vez un médium en un centro espírita.  “Sólo que no lo sabes. Estás muerto y circulas por ahí, entre los vivos”, agregó, con voz ronca, aguardentosa.

Los dolores persistentes indicaban que yo estaba vivo. Entré en el Uber.  Dos frases cortas de presentación y cero diálogo con el chofer: el nuevo mundo. “Voy al velorio?”, pensé. “Espero que, por lo menos en esta ocasión, la gente no aproveche para  hacer contactos, hablar de proyectos”. En estas situaciones fúnebres, llenas de gente, uno oscila entre mostrar una cierta formalidad y rigidez, emocional y física; ser fútil y sociable; o tomárselo demasiado en serio y sufrir demasiado. Yo, en general, en mi pasado de ateísmo fanático, oscilaba entre la primera y la tercera postura, con tendencia a derrapar para la tercera. Dicen que Vinicius de Moraes se ponía a llorar, de la nada, en el medio de la calle, cuando se cruzaba con un amigo y este le comentaba algo que lo emocionaba. Así era yo. O todavía soy? No. No más. Desde hace unos años, desde que creo en algo más, me dije a mí mismo, acepto mejor la idea de la muerte y hago menos papelones. 

El Uber subió la avenida Rebouças y empezó a descender por la avenida Consolación. Como habitualmente, el transito se trancó. Demoramos unos minutos hasta que pasamos por el local del accidente. Era un motoboy. Estaba tirado en el piso, no se movía. Una ambulancia llegó. Desvié mis ojos de la escena. Sobreviviría el motoboy? Mientras escribo esto leo que en Sao Paulo mueren casi cuatrocientos motociclistas por año; en Brasil, más de 11.000.   

En estas tierras tropicales, la inmensa mayoría de la población cree en otras vida: en la reencarnación, en el cielo, en el paraíso, en los seres de la floresta, etc. “Acredita”. Cree, en suma, en la inmortalidad: cree en una idea vasta, sincrética y mutante de inmortalidad. Para los brasileños, la cosa no se termina aquí en este mundo. La cosa sigue y sigue. Indefinidamente. Para siempre. El alma reencarna una y otra vez. No aludo aquí a la religión como consuelo o alienación; a la gente sufrida y humilde que sufre hace generaciones y que encuentra en la religión un consuelo. Me interesa la cara positiva de la  religiosidad y espiritualidad del pueblo brasileño. En este país, aquellos que se dedican y estudian la inmortalidad con seriedad, sean padres católicos o protestantes, xamanes indígenas, terapeutas holísticos, médiums de varias religiones o “pais de santo”, pueden argumentar durante horas sobre la existencia otros mundos después de la muerte; pueden explicar con detalles las etapas que, según ellos, todos tendremos que encarar cuando llegue la muerte y nuestro pasaje a otros universos; cuando seamos obligados a abandonar este mundo. 

“Antunes morreu”.

La frase seguía persiguiéndome. Estaba llegando. El sol partía el asfalto. Las nubes de polución se consolidaban. Pensé que, después de la gimnasia, tal vez pudiese nadar y tomar sol, beneficios del clima tropical de Sao Paulo. Qué lugar impresionante y bendecido por la naturaleza debía haber sido esta ciudad hace cincuenta años, rodeada por dos ríos grades, llena de colinas, de agua y arboles, con una floresta hermosa a su alrededor y un clima maravilloso; como se habían esforzado los gobiernos y los empresarios para estropearla. José Alves Antunes Filho, vulgarmente conocido como Antunes, nacido en la ciudad de Sao Paulo de 1929, director legendario de teatro, había conocido otra urbe, más chica, más humana, más linda, con menos autos. 

Ahora el viejo maestro estaba muerto. Valía la pena seguir haciendo teatro?  Antunes hizo sus obras fundamentales en los setenta y los ochenta, cuando las únicas competencias para el teatro eran el cine y la televisión abierta. Vino el video-casette, la televisión por cable, el dvd y el teatro fue resistiendo, pero disminuyendo su convocatoria popular. La llegada del streaming fue un golpe muy fuerte, en una ciudad con un tránsito infernal y un transporte público deficiente. Antes del virus Covid-19, el teatro independiente ya prácticamente no vendía más entradas, salvo los musicales y alguna comedia protagonizada por un actor famoso de la Globo. Las obras eran financiadas por premios o hechas a pulmón, sin ganar nada; las entradas vendidas eran simbólicas. Antunes disfrutaba hacía décadas del financiamiento público de la red SESC de teatros. Una posición privilegiada y merecida. 

Salí del Uber. Entré al club, consulté el celular y vi un mensaje en Instagram, de una escenógrafa amiga: me informaba que el velorio era en el clásico teatro del Sesc Consolação,  donde Antunes tenía la escuela Centro de Pesquisas Teatrais (CPT) y su grupo de teatro. Allí daba clases y ensayaba diez, doce horas por día. En la sala de ensayos, Antunes comenzaba su rutina andando una hora en círculos, con sus inefables championes y su figura delgada, fibrosa; el pelo corto fue mutando con los años de castaño claro para gris y blanco. El teatro del Sesc Consolação era a una cuadra de la antigua universidad de abogacía de la Universidad de Sao Paulo, en la calle María Antonia,  donde en los años cincuenta varios jóvenes profesores hicieron el  “Seminário Marx’, de lectura y estudio de “El Capital”, entre los cuales el filósofo José Arthur Giannotti y  el sociólogo y ex presiente Fernando Henrique Cardoso.  En aquella época, la Facultad tenía  mucho menos alumnos y todavía no se había mudado al campus principal de la universidad, lejos del centro  En aquellos años, Sao Paulo era algo más grande que Montevideo, era una ciudad, según mi padre, parecida con Buenos Aires.

“O velório vai até as 15:00”, decía el mensaje de la escenógrafa. Yo seguía dudando si iba o no. No había ido jamás a un velorio en un teatro. Pero desde  la muerte de  mi amigo “el gordo” me había prometido no faltar más a un velorio en que sintiera la necesidad de estar. Cuando, ya realizadas la gimnasia y la sauna, vestido y en la calle, me dirigía a la estación de Subte, percibí que estaba a pocas cuadras del teatro. No sé explicar porque nunca me había dado cuenta de algo tan obvio. Influencia del signo Piscis, no lo sé. Déjenme adivinar razones estructurales y profundas. Una hipótesis es que ese club inglés, fundado en el siglo XIX,  persistiendo tozudamente en existir, va  contra la falta de memoria de Brasil, contra vivir en un eterno presente. Aquel club, tan inglés, antiguo y decadente, donde se jugaba a unas bochas británicas, parecía rioplatense, diría Alberto Methol Ferré. Una explicación más racional diría que el trazado urbano de la ciudad es tan poco horizontal y vertical que genera una permanente desorientación espacial y geográfica.

Miré la avenida y  calculé que en 10 minutos estaría en el teatro. El sol caía duro, vertical. Mientras caminaba, recordé que hasta los cincuenta años,  más o menos mi edad, Antunes había sido apenas un buen encenador, un buen artesano especialista en montar textos extranjeros; y que después había desarrollado ese teatro autoral de formas que emanaban una fuerte brasilidad. Yo me preguntaba si ese sería mi camino, si podría,  eventualmente llegar al nivel del viejo maestro, si eso no era una tarea extremamente difícil. Antunes, además de mucho talento, había tenido mucho poder, derivado claro de un compromiso radical de vida con el teatro. Estaba dispuesto yo a ese compromiso? Tenía sentido ese compromiso hoy? Era posible?

Caminaba bajo el sol y dolía la rodilla derecha. Una melancolía se apoderó de mí, al constatar que iba a homenajear a un muerto. Llegué. En la vereda vi rostros tristes y doloridos de conocidos que confirmaron mis expectativas sombrías; tenía que entrar, ir hasta el cajón, prestar mis homenajes y salir lo antes posible.

Entré en el teatro, grande, hermoso. El cajón estaba en el escenario, rodeado de unas cuarenta personas, en su mayoría actores y actrices formados por Antunes. En la platea, mucha gente de la comunidad teatral, parados, observaban la ceremonia de despedida. Me mantuve a una buena distancia del escenario y  del cajón. Los actores se pasaban el micrófono y contaban historias del viejo maestro: recordaban su temperamento, sus críticas demoledoras, su interminable pasión por el teatro y como hasta en sus últimos días, internado en el hospital con un cáncer incurable, no había parado de dirigir. Entre risas y anécdotas, observé que mayoría de las personas parecía contenta de estar allí. Invoqué mi pasado de periodista y subí al escenario. Encontré una amiga actriz, que había estudiado y trabajado años con el director. Nos dimos un abrazo. Encontré otra amiga, actriz y dramaturga, otro abrazo. Los cuentos sobre el viejo maestro se sucedían. Bajé del escenario y volví a las hileras de la platea. Sentí energía, sentí vitalidad, en la atmósfera. Había, contrariando mis expectativas, emoción y alegría en los rostros. Emoción, energía de acción, hasta satisfacción. Era un homenaje a alguien que había vivido intensamente y parecía haber cumplido su misión. Todos los presentes sabíamos que éramos testigos de un momento único. Era el adiós a alguien central para el teatro y la cultura brasileña. 

La larga ceremonia llegaba a su fin. Subió más gente al escenario. Unas ochenta personas rodearon el cajón. Todos levantaron los brazos y, sacudiendo las manos, emitieron sonidos entre el canto y el grito, recordando el estilo de las obras del viejo maestro. 

“UHUHUHUHUHUHUHUHUHU”. 

El  cántico dominó el teatro. Vibraron las paredes y el piso. Era imposible no sentir la energía y la trepidación. Miré para atrás, imaginando las luces, el humo de hielo seco y la orquesta en vivo que yo, si estuviera dirigiendo la ceremonia, pondría a esta escena. 

“UHUHUHUHUHUHUHU”. 

Brazos y manos apuntaban al cielo. Aquello era un canto fúnebre o era una ceremonia de exorcismo para revivir al muerto?  El muerto se va levantar del cajón?, me pregunté. “Hay que abrirle la tapa!”.  

Las imágenes y los sonidos del adiós al director se prolongaban en el tiempo. Pensé en los rituales de los indios brasileños: en los Ianomami, en los Ashaninkas, en los Awareté. Observé los rostros de los presentes. El teatro se había transformado en un universo aparte. Una ola de fraternidad y emoción nos unía. 

El cántico disminuyó. Alguien pidió un aplauso para el viejo maestro. Todos empezamos a aplaudir. Aplausos, aplausos y más aplausos. El  teatro se venía abajo, no hay otra forma de decirlo. No hay nada mejor que largo  aplauso en un teatro abarrotado. 

De repente, miré a la derecha y vi a un actor que hace un par de años había estado grave. Lo vi aplaudir feliz, rebosante de energía. Me pregunté porque, en un velorio, yo veía esa felicidad. En ese momento, me dí cuenta que para los brasileños no existía la muerte de la misma forma que para mí; que posiblemente, la mayoría de los presentes  creía en otras vidas; que la inmortalidad no era para ellos una idea abstracta. Que aún un brasileño de formación marxista y materialista, creía en Dios, tenía fe, “acreditava”. Para la inmensa mayoría de los presentes en el velorio, aquella ceremonia era apenas un “hasta luego”, un adiós temporario. En ese momento, me dí cuenta que los presentes en aquel teatro creían que se iban a reencontrar en el futuro con Antunes, en un viaje de ayahuasca, en un ritual, o en el más allá, o, por qué no, un día cualquiera. En aquel momento, quise ser, además de uruguayo y rioplatense, brasileño. No lo era. El aplauso duró una eternidad. 

Salí del teatro y empecé a caminar en dirección al subterráneo. Estaba pensando en almorzar en algún bar de la zona cuando, de repente, vi a mi derecha, en la otra cuadra,  a alguien conocido; era una figura delgada, caminaba de forma eléctrica, con jeans y championes, el pelo gris, la nariz aguileña y la piel clara. Era Antunes? No podía ser. Tan pronto? Esperé el semáforo ponerse verde para cruzar la calle y correr en dirección al hombre. Cuando llegué cerca, percibí que se trataba de un tipo de no más de cincuenta años, que, obvio, no era Antunes. Me estaba volviendo loco. Que cansancio de mí mismo.

Respiré fondo y fui un café que estaba a pocos metros. De pié, pedí un expreso en el mostrador. Pensé en las tareas del día que tenía que realizar.

Alguien me tocó la espalda y me llamó. Me dí vuelta para saludar a algún conocido, era seguramente algún actor que recién debía haber salido del velorio.

“E ai, uruguaio. Tudo bem?”, dijo sonriente un hombre flaco, fuerte, de edad incalculable.

Era él. Antunes.

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