ENSAYO

Por Barbara Stiegler (*)

Nota del Editor:
A la hora de la sospecha hay dos actitudes posibles. La de la desilusión y renuncia, alimentada por la constatación de que el tiempo de la reflexión y el tiempo de la decisión ya no tienen nada más en común; la de una intensificación de la atención, tal como lo ilustran el regreso de los cahiers de doléances  [institución en la que se registraban quejas y abusos de poder del Antiguo régimen] y la reactivación de un debate de amplitud nacional. Nuestra libertad de pensar, como en verdad todas nuestras libertades, no puede ejercerse por fuera de nuestra voluntad de comprender.
Por esto, la colección “Tracts” hará entrar a los hombres y a las mujeres de letras en el debate, acogiendo ensayos que le hincan el diente a su tiempo, pero se enriquecen con la distancia de su propia singularidad. Estas voces deben hacerse oír en todas partes, tal como fue el caso de los grandes “tracts de la NRF” que aparecieron en los años 1930, firmados por André Gide, Jules Romains, Thomas Mann o Jean Giono -quien entonces recordaba: “Nosotros vivimos las palabras cuando son justas”.
Ojalá podamos juntos revivir esta bella exigencia.
Antoine Gallimard

La vida en Pandemia: ¿una extraña derrota?

Nosotros sabíamos todo eso. Y sin embargo, perezosamente, cobardemente, dejamos que sucediera. Temimos el choque con la muchedumbre, los sarcasmos de nuestros amigos, la incomprensión de nuestros maestros. No nos atrevimos a ser, en el foro público, la voz que clama, primero en el desierto, pero que al menos, sea cual sea el éxito final, puede reconocérsele que gritό su fe. Preferimos confinarnos en la temerosa quietud de nuestros gabinetes”. (Marc Bloch, La extraña derrota. Testimonio escrito en 1940 (1946), Gallimard, 1990, p.204.)

Esto no es una pandemia, y no es un “tranquilizador” [nombrete que reciben quienes desde marzo de 2020 cuestionan la tapa de miedo que procura cubrirnos] quien lo dice. Es Richard Horton, el redactor en jefe de una de las más prestigiosas revistas internacionales de medicina: “Covid-19 is not a pandemic”. Se trata más bien de una “sindemia”, de una enfermedad causada por las desigualdades sociales y por la crisis ecológica, entendida en su sentido más amplio. Porque ésta no desarregla sólo el clima. También provoca un aumento continuo de las enfermedades crónicas (“hipertensión, obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y respiratorias, cáncer”, recuerda Horton), que fragilizan el estado de salud de la población ante los nuevos riesgos sanitarios. Presentado así, el Covid-19 aparece como el enésimo episodio de una larga serie, amplificado por el desmantelamiento de los sistemas de salud. La lección que saca The Lancet es inapelable [The Lancet, volumen 396, 10255, setiembre de 2020, p.874]. Si no cambiamos de modelo económico, social y político, si seguimos tratando el virus como un acontecimiento biológico del que habría que limitarse a “bloquear la circulación”, los accidentes sanitarios seguirán multiplicándose. 

La crítica de The Lancet no apunta solamente contra el ultraliberalismo de Trump, que optό por dejar vivir al virus. También invalida la estrategia inversa de “bloqueo” que prevaleció en numerosos países y tuvo en la mira a la población a través de una política represiva inédita, mientras se seguía desarmando el sistema sanitario, abandonando los páramos médicos (rurales y urbanos) en los que se concentran las poblaciones que hoy afluyen a las urgencias.  

Lo que vale para la desembocadura de la crisis sanitaria, agravada por la industrialización de los modos de vida, parece valer también para las nacientes de la epidemia, probablemente desencadenada por una nueva zoonosis, una “enfermedad emergente” de origen animal, ligada a que se atraviesan “barreras de especies”, profundamente fragilizadas por los daños al medio ambiente. La industrialización de los criaderos, acoplada a la aceleración de los intercambios a escala mundial y a la degradación de la salud de las poblaciones en los países industrializados, produce todas las condiciones para que el mismo tipo de epidemia se reproduzca regularmente. Visto que los poderes públicos habían sido alertados acerca de la multiplicación de enfermedades emergentes, analizar la epidemia como un simple azar natural es prueba de una ignorancia deliberada de las causas ambientales. Muchos poderes públicos, sin embargo, decidieron no decir nada, preparándonos para que nos adaptáramos sin protestar a un mundo nuevo, en el que estaríamos recurrentemente llamados a vivir enmascarados, confinados o hipervacunados, hasta el fin de los tiempos.

Este ocultamiento del estado de la ciencia aparecerá retrospectivamente como el pecado original de los gobernantes, que optaron por la represión de los ciudadanos, antes que por la educación y la prevención. Numerosos expertos desempeñaron aquí un turbio papel de avaladores. En lugar de favorecer una libre circulación del saber, contribuyeron a la edificación de un mundo binario que oponía los “populistas”, acusados de negar el virus, y los “progresistas”, preocupados  “costara lo que costara” por la vida y la salud. En ese mundo simplista que opone dos campos, cualquier forma de matiz y de discusión crítica de las medidas tomadas fueron apagándose paulatinamente y, con éstas, la pluralidad de las voces del saber. El análisis de Horton muestra sin embargo que entre el laisser-faire criminal y las estrategias radicales de encierro, habrían sido posibles miríadas de medidas de otra naturaleza.

 Porque la otra revelación de The Lancet es que el modelo que sirvió de marco mental a los científicos y que justificό el confinamiento del país entero no era el bueno: “Hemos considerado que la causa de esta crisis era una enfermedad infecciosa. Todas nuestras intervenciones se focalizaron en la reducción de las líneas de transmisión virόsica, en aras de controlar la propagación del agente patógeno. La “ciencia” que guiό a los gobiernos estuvo conducida principalmente por modelizadores en epidemiología y por especialistas de enfermedades infecciosas que, de manera muy comprensible, consideraron la urgencia sanitaria actual en los términos seculares de la peste”. Ahora bien, si el Covid-19 por cierto no es una gripe, tampoco nada tiene en común con la peste, cuyos modos de transmisión sirvieron de modelo a los cálculos de los epidemiólogos que volvieron locos a los gobernantes. A diferencia de lo que sugiere en nuestros imaginarios el término de “pandemia”, una enfermedad que asolaría al mundo entero en todas partes y en cualquier momento (es el “pan” del griego “pandemia” que designa al “pueblo todo, el pueblo completamente” y, en estas circunstancias, a “toda la población mundial”), este virus solo puede tener consecuencias graves, en la inmensa mayoría de los casos, en organismos ya debilitados, sea por la edad muy avanzada, sea por factores de comorbilidad. El carácter extraordinario de esta epidemia es entonces menos endógeno del virus como entidad biológica que de las circunstancias sociales y políticas que revela, y que el confinamiento por otra parte agravό de manera durable, aumentando las desigualdades, acelerando el descalabro del sistema de salud y abandonando a sí mismos a una gran cantidad de pacientes (hasta dejarlos morir solos y sin cuidados -“quédense en sus casas”, se les decía- para que no contaminasen a los otros).

En el fondo, el virus deja al desnudo la contradicción entre los efectos deletéreos sobre nuestra salud de lo que erradamente se llama el “desarrollo económico” y el subdesarrollo actual de casi todos nuestros sistemas sanitarios, incluidos los de los países más ricos del planeta. Pero lo que también revela es el modelo de desarrollo aberrante al que nuestras sociedades se aferran, al privilegiar, en detrimento de todo lo demás, un arsenal biotecnológico extremadamente costoso. En el hospital, la presión sobre “la innovación” se ha impuesto progresivamente a expensas de los cuidados de base, no obstante indispensables para la salud, pero siempre despreciados por los gestores. En un universo mental de este tipo, una enfermera, un gesto con la mano, una conversación entre médicos, la charla entre los pacientes, las camas, los stocks de máscaras o de túnicas, e inclusive las investigaciones sobre las zoonosis, cosas todas estas que constituyen “stock” en lugar de producir “flujo” [1],  fueron acusadas de hacernos perder tiempo en la competencia mundial. Al fabricar esos gigantes biotecnológicos con pies de barro, las mayores potencias mundiales se desarmaron a sí mismas y quedaron inermes ante la irrupción del virus. 

La requisitoria de The Lancet hace ver, en negativo, un cambio completo de programa. La única salida ante esta crisis y ante las otras por venir sería invertir masiva y urgentemente, no solo en la investigación, sino también en un sistema sanitario y social que verdaderamente pueda hacerse cargo de los pacientes, al tiempo que desarrolle un plan ambicioso de enfoque ambiental para las cuestiones de salud. En lugar de encerrar al conjunto de la población hasta que sobrevenga la salvación gracias a la industria farmacéutica, otra política habría permitido sostener más que nunca todas las actividades vitales del conjunto de las personas: el trabajo, la educación, la investigación, la cultura, la vida social y política en general; sin esto, cualquier organización social solo puede autodestruirse a un plazo más o menos largo.

Si no vivimos una pandemia, a todas luces vivimos en Pandemia. Puesto que no es el término adecuado para describir el modo de manifestación del virus, proponemos que esta palabra o mejor dicho que este nombre designe, con mayúscula, un nuevo continente mental, salido de Asia para recubrir Europa, para imponerse luego en América. Un continente de contornos indefinidos y evolutivos, pero que corre el riesgo de durar años y, por qué no, siglos y siglos. Un continente en el que nuestros dirigentes nos dicen que deberemos cambiar todos nuestros hábitos de vida y en el que se nos anuncia que deberemos adoptar una nueva “cultura” que vendría de Asia. Un continente, finalmente, en el que “la pandemia” no es más objeto de discusión en nuestras democracias, pero en el que la democracia misma, en Pandemia, se volvió una cosa discutible. Los franceses deberán aceptar vivir a distancia unos de otros y deberán aprender la disciplina indispensable para la sobrevivencia del grupo, avisaban desde el mes de marzo los cronistas, tomando como ejemplo lo que llamaban “el civismo de los asiáticos” [2] . Mientras que en 2015, cuando los atentados de París saturaron las urgencias, para nada era asunto de renunciar a nuestra cultura democrática y cambiar nuestras costumbres de vida, esta vez “los franceses” (esos “refractarios” que habían protestado tanto, manifestado y hecho huelga) iban a tener que aprender a marchar derechito.

Nuestra hipótesis es que este revire no es tan brutal como parece. Preparándose en sordina desde hace años, probablemente se explique por un nuevo estado del mundo. Para una buena parte de las clases dirigentes que asistió con horror a la llegada al poder de Donald Trump y de Boris Johnson, pero también al despertar de las revueltas populares en muchas partes del mundo, el modelo no debe buscarse más al Oeste sino al Este. Este nuevo continente mental, con su idioma, sus normas, y su imaginario, en primer lugar fue explorado por los dirigentes chinos. Son ellos pues los que poseen todo lo que debemos aprender, mientras que los estadounidenses y sus primos británicos ni sospecharon la que se venía. En Pandemia, en lo sucesivo domina la China. No solo económicamente. También moralmente, culturalmente y políticamente. 

Como todo continente, la Pandemia tiene una lengua que se declina en idiomas nacionales. Pero estos traducen dispositivos inventados por la China: “confinamiento”, “desconfinamiento” y “reconfinamiento”, “trazabilidad”, “aplicación” y “casos contacto”. Es una estética nueva que va diseñándose; “Un mundo cybersecurizado en el que cada individuo es sospechoso (de estar enfermo), fichado, trazado, código-barrizado. Cόdigo verde: usted circula. Cόdigo rojo: usted es detenido. […] ¿Cόmo se pasa del verde al rojo? Es automático: si usted se cruza con personas enfermas, una zona infestada, inclusive ideas dudosas. Potencia balística del miedo (de sí, del otro, de vivir, de morir)” en la era del big data, “gestionado por un algoritmo psicótico que sueña con una humanidad productiva y espantada” [3]. Así se impone, a través de una serie de deslices imperceptibles, el nuevo imaginario político de los clusters: reuniones, lugares públicos o universidades son etiquetados a priori como focos infecciosos, mientras que los liceos, el transporte y los supermercados son considerados “seguros”. Sin dificultad, esta nueva lengua se mezclό con otras palabras que, en EEUU y en Europa, preexistían: “clusters” sí, pero también “cuarentena” (acortada en “catorcena”, luego en “septena”) “plan de continuidad de las actividades”, “aceptabilidad social” y finalmente “toque de queda”. A este léxico heredado ya sea de la Edad Media, ya sea de la gestión de riesgos, se agregό una serie de idiomas inventados por la francofonía: la “burbuja de contacto” (un invento belga), pero también (para Francia) los “certificados de desplazamiento derogatorio”, la “Naciόn y las vacaciones aprendientes” con sus “playas dinámicas” y, para designar a las ovejas descarriadas (supuestos “populistas”, inclusive “planistas”), los “anti tapabocas” (descendientes directos de los célebres “anti vacunas”), los “tranquilizadores” y los “covid-escépticos”.

Aplastadas por esta nueva lengua, no corren más las palabras que se imponían hasta entonces como los pilares del mundo de la salud. El “consentimiento esclarecido del paciente”, heredado del Cόdigo de Nuremberg, el respeto de “la autonomía” y la construcción de una “democracia sanitaria” conquistada por arduas luchas gracias a la crisis del VIH aparecen brutalmente, en Pandemia, obsoletos y fuera de tema.[4] Los pacientes que se enteran del diagnόstico de una enfermedad grave, los que mueren o dan a luz, en lo sucesivo, deben dejar en suspenso sus “preferencias” y su “autonomía”, sin que se sepa bien cuándo va a parar este “régimen de excepción” –este es el estatuto jurídico del “estado de urgencia sanitaria”. Y lo que vale para los pacientes también vale para los demás. Puesto que, como habitantes de ese nuevo continente, todos somos potencialmente enfermos y por eso a todos se nos decretό pacientes ¿cόmo podríamos permitirnos la discusión de las “consignas” decretadas por la “doctrina sanitaria”? Para parafrasear a Kant en “¿Qué es la Ilustraciόn?”, ¿cόmo podemos seguir permitiéndonos el “atreverse a saber” (sapere aude!), es decir, el hacer valer, ante cualquier regla, la autonomía de nuestra razón?

Mientras la Ilustraciόn vacila, es la democracia -en lugar de la destrucción del ambiente y de nuestros sistemas de salud- la que se encuentra en el banquillo de los acusados. En Pandemia, el presidente de la Liga contra el cáncer puede declarar muy suelto de cuerpo, una mañana en un programa de una radio pública estatal, que en lo sucesivo la democracia es el problema y no es la solución: “en contexto de pandemia, la democracia es un inconveniente”, sobre todo si se le ocurre volverse “contestataria”.[5] Y la otra invitada del programa, periodista [muy célebre] del servicio público estatal, puede abundar en el mismo sentido. El extraordinario poder de la dictadura china fue, según esta periodista, lo que logrό arreglárselas mejor. Curiosa apreciación de la situación. El país que, desde hace años, dejό que se multiplicaran nuevos virus en sus mercados húmedos, que pretende resolver las cuestiones sanitarias industrializando los criaderos agrícolas, que acaba de dejar que se propague por el mundo entero el virus más reciente, que liquidό a los lanzadores de alertas de Wuhan, que disimulό a la OMS miles de muertos y que, con el modelo del confinamiento, destruyό económicamente la vida de millones de individuos así como su salud física y mental, en France Culture [la emisora pública estatal] es citado como ejemplo por su gestión de la crisis y su sentido de la salud pública, sin que a nadie en el estudio de transmisión se le mueva un pelo. ¿Cόmo pudo llegarse hasta esto? ¿Cόmo, en el país de la Ilustraciόn, tal oscurantismo pudo apoderarse de las mentes no obstante educadas?

Esta crisis nos revela que la visión providencial que era la de Tocqueville en “Sobre la democracia en EEUU de América”, y que durante mucho tiempo fue enseñada en la ENA [escuela de altos funcionarios públicos, extremadamente selecta] y en las escuelas de periodismo se encuentra desmentida definitivamente. No, la democracia que Tocqueville creyό ver florecer en EEUU hace dos siglos no estaba llamada a expandirse por todo el mundo. Para los ex adoradores de Tocqueville, inclusive es lo opuesto, al fin de cuentas. Durante mucho tiempo, ellos compartieron las inquietudes de su maestro, las de una “tiranía de la mayoría”, que supuestamente acompañaba a la democracia como su sombra. Pero ellos pensaron, como Tocqueville, que una democracia domada por las clases dirigentes era la única que podía oponerse al peligroso poder de la masa y que por eso se imponía como el sentido de la historia. Este relato tocquevilleano, que triunfό con la caída del muro de Berlín, dejό de ser de ellos. Treinta años después y en Pandemia, la democracia es en lo sucesivo descalificada como una sobrevivencia peligrosa, y habría que prepararse para renunciar a ella. Ante lo que llaman “la explosión inquietante de las contaminaciones”, y que mejor deberían llamar “el aumento normal y previsible de los portadores sanos” (puesto que es inevitable en toda sociedad en la que circula un virus y en la que se sigue viviendo), no tendríamos ya tiempo de debatir y de deliberar. Estaríamos en guerra, y por otra parte estamos en “estado de urgencia”. Solo nos queda aceptar, sin discutir, la suspensión de todas nuestras actividades juzgadas demasiado riesgosas. El derecho de cuestionar las decisiones políticas y de interrogarse sobre los fundamentos de una norma, también el derecho de ir y venir a su gusto en el espacio público, el de manifestar su opinión en la calle –todos esos derechos imprescriptibles se volvieron ahora “inconvenientes”, en el límite de la legalidad, y se encuentran progresivamente suspendidos.

Salvo si es para apoyar una causa santificada por el poder. Siendo que el estado de urgencia sanitaria acababa de ser nuevamente decretado en la mayoría de las grandes metrópolis, el gobierno no dudará, al día siguiente de la decapitación de un profesor en Conflans-Sainte-Honorine, en llamar a reuniones multitudinarias. Interdictos de manifestar (a raíz del virus) contra las reformas gubernamentales en curso, el mismo día los docentes y todos los ciudadanos serán invitados a manifestar en masa contra el “separatismo islamista”, y junto con los miembros del gobierno. A contar del 17 de octubre, es el poder ejecutivo quien decidirá sobre las manifestaciones en la calle. Mientras hay toque de queda, millones de personas son llamadas a amontonarse en las plazas públicas, súbitamente exoneradas de “gestos barrera” y de la sacrosanta “distanciación”. Entonces surge una sospecha: ¿de verdad creen ellos en la infalibilidad de la “doctrina” que exponen sin pausa ex cathedra y desde los estudios televisivos? Si es posible pegotearse de a diez mil en las plazas públicas, ¿por qué no se tiene derecho a sentarse más de seis en los parques? ¿Cuál es el estatuto jurídico de esa excepción al régimen de excepción? ¿Y cómo es que la emoción colectiva puede barrer con tanta facilidad la coherencia de nuestro Estado de derecho?

El propio día en el que se celebra la libertad de expresión, una petición lanzada por médicos solicita a todos los redactores de tribuna de simplemente callarse, para no agregar confusión en el espíritu de los franceses: “En este período difícil, no necesitamos polémicas a propósito de las medidas gubernamentales; […]  no necesitamos tribunas bienpensantes que indebidamente oponen la libertad y la ciencia y que ponen en tela de juicio los valores humanos más elementales: protegerse y proteger a los suyos.[6] Acusados algunos días más tarde por el ministro de Educación de un “islamo-izquierdismo” cómplice del atentado [la decapitación de un profesor], luego atacados por el Senado que busca negar sus libertades académicas en nombre de los “valores de la República”, los investigadores que intentan participar en el debate público son acusados de agravar el desastre sanitario y, en todos los casos, invitados a callarse la boca.

Detrás de ese conflicto de las facultades, simulando un enfrentamiento ficticio entre la medicina, el derecho y la filosofía, se oculta en realidad una multiplicidad de conflictos que atraviesan todos los campos académicos, comenzando por el de las ciencias de la vida y de la salud. ¿Hay que seguir disimulándolos ante el público? Nuestra apuesta es más bien a exponerlos a plena luz: creemos que esa es la única vía que pueda ayudar a los ciudadanos a reflexionar de manera crítica sobre las relaciones entre ciencia y sociedad. Es también la apuesta de The Lancet quien, en una lengua clara y destinada a un público amplio, no duda en criticar una parte de “la ciencia” (“the science”, escribe con comillas Richard Horton) cuando ésta se aferra a sus certidumbres y se niega a hacer su autocrítica.

Este mundo de Pandemia, en el que el poder elimina la democracia sometiendo la ciencia a su propia agenda, ¿es “el mundo de después”?  Nadie lo sabe, y por ahora solo se trata del mundo soñado por algunos. Pero ya está realizándose ampliamente en China: “El mundo de después es un mundo desinfectado pero contaminado, es el mundo de antes pero para peor. Para más higiene. Más eugenesia. Exsangüe. […] Una humanidad sana, silenciosa, censurada de emociones, centrada en la amnesia del dirigente. Su dogma. Sus insomnios (de guerrero). Criada en el odio a la disonancia. Y en el amor al agua Jane.”[7] Solo que la continuación de la historia no pertenece a China ni a sus admiradores, ni a nadie, por otra parte. Porque no hay fin de la historia que esté ya escrito, la salida dependerá también de nuestra premura para defender o para enterrar la democracia. No como reino del repliegue defensivo sobre los derechos individuales, sino como un régimen redefinido por la intensificación de la vida social, por la reconquista de los espacios públicos y por la participación de todos en la ciencia y en el saber, en particular en el campo del porvenir de la vida y de los seres vivientes.

Al tomar la palabra, hoy nos anima la convicción de que, en lugar de callarnos por temor a agregar polémicas a la confusión, el deber de los universitarios y académicos es hacer nuevamente posible la discusión científica, dándole difusión en el espacio público, única vía para que vuelva a tejerse un lazo de confianza entre el saber y los ciudadanos, indispensable para la sobrevivencia de nuestras democracias. La estrategia de la omertà no es buena. Por el contrario, nuestra convicción es que la suerte de la democracia dependerá muy ampliamente de las fuerzas de resistencia en el mundo del saber y de su capacidad para hacerse oír en los debates políticos cruciales que deberán desarrollarse en los meses y los años que vienen, en torno de la salud y del porvenir de lo viviente. Por cierto, en estos tiempos, todo está hecho para impedirnos esto. Sumidos en ese continente mental de la Pandemia, que obstaculiza la crítica y mata la inquietud por las aspiraciones democráticas, nuestras mentes están como bajo un régimen de ocupación. Nos quedan sin embargo dos armas: la difusión de la educación y la recordación del derecho; ambas fueron, justamente, el brazo armado de nuestra República. Aquí se diseña, en los tiempos oscuros que atravesamos, una misión histórica para los docentes, el personal de la salud, los investigadores, los juristas y más generalmente todos los funcionarios públicos que deben la protección y la estabilidad de su estatuto a esta misma República: la misión de no reiterar “la extraña derrota’ de los letrados y los eruditos, tan bien descripta por Marc Bloch en su testimonio sobre la débâcle [la claudicación de Francia ante el invasor alemán, en junio de 1940].

Conjurar una salida de este tipo implica quebrar la ley del silencio que se impuso en nuestros ámbitos y en los medios masivos. Supone también que nuestros oficios vuelvan a encontrar una forma de resistencia ante los poderes, a despecho de los ataques en pro de las “reformas” de los que fueron víctimas constantes. Implica finalmente que se reinventen aquí y ahora, y allí en donde cada uno se halla, el sentido de la huelga y de la manifestación y de la movilización general, liberándolo de las limitaciones sectoriales y de corto alcance a los que a menudo nos aferramos. Para mostrar que una salida así es todavía posible, proponemos retomar el hilo de nuestra historia en el punto en donde se detuvo, y contarla en tres tiempos [8]: el del confinamiento (17 de marzo – 10 de mayo), el del desconfinamiento (11 de mayo – 31 de agosto) y finalmente el del reconfinamiento, con su báscula en una larga noche sin Navidad (1ero de setiembre – 28 de noviembre). Cada vez, intentaremos mostrar que en medio de ese campo de ruinas, hubo, sigue habiendo y habrá, todavía durante cierto tiempo, alternativas y formidables ocasiones de reconstrucción. 

El confinamiento, ni estrategia, ni complot, sino pánico y tozudez (17 de marzo – 10 de mayo de 2020)

Hasta el final, nuestra guerra habrá sido una guerra de ancianos o de campeones en latinazgos, hundidos en los errores de una historia comprendida regresivamente: una guerra totalmente impregnada del olor a rancio que exhala la Escuela, el bureau del estado mayor de tiempos de paz o el cuartel”. (Marc Bloch, La extraña derrota, op.cit. p.158)

De la China a los Estados Unidos, la mayoría de los gobiernos comenzό por aferrarse a la denegación. En China primero, el poder central comenzó por castigar al médico de Wuhan que lanzό el alerta, muerto algunos días más tarde de Covid-19. En Europa luego, la mayoría de los gobiernos privilegió las exigencias de la mundialización antes que cualquier otra consideración. En un mundo fundado en la aceleraciόn de los flujos, parecía inimaginable que se obstaculizara la circulación de bienes o de personas. Y cuando las fronteras fueron cerradas por adversarios confesos de la mundialización como Donald Trump, el virus quedό librado a sí mismo en el interior del territorio, atacando mortalmente a los más pobres y a los más vulnerables. Aquí como allí, parecía impensable agarrárselas con “la economía”. Neoliberales mundialistas y ultraliberales nacionalistas se encontraron en un punto: había que dejarlo al virus, ya fuera porque no era tan grave (una “gripecilla”) y que nuestro sistema sanitario “estaba pronto”, ya fuera porque el virus solo eliminaba a los débiles y dejaba a los más fuertes. 

Hasta el 6 de marzo de 2020, Emmanuel Macron también negó la realidad del problema. Ese día, poniendo en escena una salida al teatro con su esposa, insistió en la necesidad de “no cambiar en nada nuestros hábitos de vida”. Menos de una semana después, decidirá sin embargo cerrar todas las escuelas (12 de marzo), luego todos los cafés y restaurantes (14 de marzo) y finalmente todo el país (17 de marzo). ¿Cómo comprender este vuelco tan espectacular? El error sería buscar un plan o una estrategia. Intentando reconstituir un poderoso complot, se le atribuiría demasiada racionalidad a un poder que, en esas circunstancias, estuvo singularmente desprovisto. Más que a la inteligencia táctica, es necesario prestar atención al miedo, que a menudo es el móvil principal de las grandes derrotas. Este gobierno, que se pondrá sistemáticamente a gobernar por el miedo a partir de esa fecha, estuvo desde entonces y de cabo a rabo gobernado por el miedo. Por el miedo pánico del virus, por supuesto, pero también por el de la revuelta social.  

Es posible imaginar que las predicciones vertiginosas del Imperial College de Londres pesaron en la decisión tomada. Pero otros gobiernos a través del mundo resistieron a las conclusiones de Neil Ferguson y de su equipo, que conducían a desacreditar cualquier política distinta de la del confinamiento, y que desde su arranque fueron discutidas por una parte del mundo científico.[9] El verdadero móvil de la decisión probablemente residía en otra cosa. Enfrentando desde meses atrás la cólera del personal hospitalario, Emmanuel Macron se encontró confrontado a la realización espectacular de otra predicción, la que se leía desde hacía meses en las banderolas de los manifestantes: “El Estado cuenta sus vintenes, se contarán los muertos”. Solo la perspectiva de ver, en los canales de información continua, hospitales completamente desbordados y luego como en Italia una acumulación de ataúdes en las puertas de las ciudades, habría hecho las veces de una acusación; esto tetanizό al poder. Queriendo desactivar cualquier riesgo de enjuiciamiento y cualquier llamarada de cólera, Macron decidió golpear fuerte, optando por un confinamiento total y de larga duración -medida de encierro que para nada impidió, al contrario, la hecatombe invisible de millares de residentes en los EHPAD [residencias para ancianos, en las que muriό gran cantidad de personas] y la degradación silenciosa del estado de salud de millares de enfermos -“Covid” o “no Covid”-, exhortados por el gobierno a “quedarse en sus casas”.

A este primer miedo se agregό otro: el de deber enfrentar un movimiento de pánico de la población. Durante una larga semana, el gobierno disimulό las decisiones que había tomado. Optando por anuncios graduales, quiso preparar las mentes “con suavidad”, dejando que los más ágiles y mejor provistos se organizaran. Todos los otros, que sentían que algo grave se preparaba, se dedicaron a los rumores y a las redes sociales para intentar adivinar cόmo iba a seguir la cosa. En todos los niveles, la desconfianza se había instalado como modo de relación principal entre los gobernantes y los gobernados, desconfianza instaurada por los gobiernos mismos, sin embargo siempre tan dispuestos a imputársela a los ciudadanos. El contrato tácito de la Ilustraciόn, fundado sobre una racionalidad compartida, se encontraba en lo sucesivo roto. La vieja tendencia de los neoliberales a darle lecciones a una población juzgada inapta y a asestarle la “pedagogía de las reformas”, dejaba lugar a una infantilizaciόn general de todos los actos de la vida, pública y privada. En nombre de la beneficencia y de la benevolencia, e instaurando un régimen de excepción, el Presidente podía desde ese momento erigirse como el “tutor” de toda la población. En lugar de una comunidad de ciudadanos, habíamos regresado al estado pastoral del “rebaño”, del que justamente se había tratado de salir con la Ilustraciόn. Degradados al rango de “menores” incapaces de dominar sus inclinaciones, la totalidad de nuestros comportamientos a partir de ese momento se volvían sospechosos de “indisciplina”, a su vez responsable de los famosos “clusters”. El poder mismo realizaba el triaje entre las buenas actividades (ir al trabajo, tomar el transporte público, hacer las compras, votar el 15 de marzo para las municipales, manifestar el 18 de octubre contra el horror islamista) y las malas actividades, sospechosas de “contaminación” (ir a la universidad, manifestar en la calle por causas no válidas para el poder, juntarse en familia o entre amigos, casarse, enterrar a sus muertos…). Fuera de cualquier control democrático, el poder político se volvía -durante un tiempo indeterminado- el instaurador del gran reparto entre “lo esencial” y “lo inesencial”.

Así se operaba, desde las primeras horas, una espectacular inversión de las responsabilidades. Siendo que los ciudadanos eran las víctimas de una política que había dejado inerme al sistema sanitario, el gobierno invertía la responsabilidad imputándola a los propios ciudadanos, es decir, a las víctimas que negaban su consentimiento a esas decisiones, declinaciones de una agenda que nunca había sido exhibida de esa manera en los programas electorales. Esta inversión de los papeles desempeñados, el prefecto Lallement iba a terminar resumiéndola de la manera más brutal, inventando una “correlaciόn muy clara” entre la curva de las hospitalizaciones y la indisciplina de los franceses. La prueba, proseguía el prefecto con su razonamiento epidemiológico de fantasía, era que todos quienes afluían a las urgencias eran quienes habían estado paseándose días antes por los parques y los jardines.

Ahora bien, si nada obedece aquí a un plan previo y menos aun a un complot, no todo es improvisación. La decisión de confinamiento, si estuvo ampliamente ligada a un “pánico de las élites”[10], también revelό la concepción profunda que el poder tenía del demos, de cuyos primeros gérmenes había trazas ya en los teόricos de la democracia liberal de los siglos previos. Se trataba de evitar que “la democracia [fuera] abandonada a sus instintos salvajes” y que “[creciera] como esos niños, privados de cuidados paternos, que se crían a sí mismos en las calles de nuestras ciudades, y que solo conocen de la sociedad sus vicios y sus miserias”[11]. El motivo de inquietud no era solamente moral, también era epistémico. Ignorante y ciega, la democracia debía confesar su inexperiencia y atenerse a los sabedores, es decir a los dirigentes: “Instruir la democracia […] sustituir poco a poco la ciencia de los negocios a su inexperiencia, el conocimiento de sus verdaderos intereses a sus ciegos instintos; […] tal es el primero de los deberes impuesto en estos días a quienes dirigen la sociedad”.

Durante toda la crisis, los dirigentes pudieron exhibir su pretensión al saber. Migrando brutalmente de las pretendidas “leyes de la economía” hacia las leyes de las epidemias, su “saber” retomό un modo de fabricación ya probado en el domino de “la expertise” económica. Se fabricό día a día, mezclando algunos datos médicos parcelares (curvas y recomendaciones) y nuevas técnicas de gobierno, nacidas del encuentro entre las neurociencias y la economía comportamental: las de la teoría del “nudge” o del “empujoncito”, método que pretende gobernar a través de la incitación suave, y que va ganando fuerza desde los años 2000.[12] Con mucha discreción, el Eliseo encargό a esta visión de la acción pública que gobernara la crisis a través de la creación de dos Nudge Units, una ya instalada desde marzo de 2018 en el seno de la “Direcciόn Interministerial de la Transformaciόn Pública”, la otra creada de urgencia el 17 de marzo para imponer la decisión inaudita, inimaginable algunos días antes inclusive para los propios dirigentes, de un confinamiento de toda la poblaciόn.[13] Es esta Direcciόn la que concibió “el certificado derogatorio de desplazamiento”. Lo hizo siguiendo principios antropológicos dudosos que nunca fueron discutidos en el espacio público[14] y que merecen, por esta razón misma, que nos detengamos.

La historia de esta antropología hunde sus raíces en un “nuevo liberalismo” autoritario que se remonta a los años 1930 y que opera una ruptura mayor con el liberalismo clásico. Porque si ya los viejos liberales negaban cualquier racionalidad al démos, en cambio creían a pie juntillas en la del individuo egoísta. Sobre este postulado, el de un homo oeconomicus que calcula perfecto sus beneficios y sus riesgos, edificaron su creencia en la necesidad de dejar que actuaran las interacciones espontáneas de la sociedad civil y del mercado y de limitar en consecuencia el poder del gobierno. Ahora bien a partir de los años 1930, los propios liberales estuvieron obligados a constatar, con la Gran Depresiόn, los daños económicos producidos por su propia ficción. Inspirándose en la psicología evolucionista, dedujeron una antropología nueva, marcando una ruptura completa con el optimismo de Adam Smith: la de una especie humana inadaptada, afectada por malas inclinaciones y siempre atrasada con respecto de los acontecimientos.[15]  Como los antiguos liberales, ellos defendían el retorno de un Estado fuerte, encargado de fabricar el consentimiento de las poblaciones a una escala industrial, en vistas de conducirlas, preferentemente con mano suave y con el acuerdo de éstas, en la buena dirección, concepción que triunfa cuando el coloquio de Lippmann de 1938, que marca la fecha de nacimiento oficial del neoliberalismo.

 A la luz de esta recordación, queda a la vista que la economía comportamental no inventa nada verdaderamente nuevo. En su célebre obra de 2008 sobre el nudge, Richard Thaler y Cass Sunstein se contentan con modernizar esta concepción a la vez suave y autoritaria de la acción pública, que remonta en realidad a los años 1930. Agregándole un barniz pseudo científico inspirado en las neurociencias, defienden exactamente el mismo postulado: el de una especie humana desprovista de “sesgos cognitivos” e incapaz de elecciones racionales.[16] Pero al hacer esto, en el mismo programa ofrecen a la testarudez del poder una especie de aval científico. Porque, en efecto, para esos nuevos economistas siempre es la deficiencia epistémica de las poblaciones, y nunca la de los poderes dominantes, lo que supuestamente explica la báscula en un mundo de crisis permanentes. Antes que interrogarse sobre la organización económica y social que una y otra vez conduce a esas crisis, la economía debe hacerse “comportamental”, es decir que debe apuntar a la transformación de los comportamientos individuales, presentados como los únicos responsables de la situación. Haciendo esto, estas nuevas “ciencias” de la acción pública reforzaron, fuera de cualquier debate público, la inversión de responsabilidades que, en el pánico, el gobierno intentaba imponer a los ciudadanos. El miedo se aliό aquí con un falso saber, profundamente arraigado en las más altas esferas del poder.

Al mismo tiempo, cualquier crítica de manipulación del saber por el poder recibía inmediatamente la acusación de “complotismo”, con total desprecio por los gritos de alarma de las mayores revistas científicas ante las groseras manipulaciones científicas presentadas en Pandemia como legítimas, como lo serían en adelante.[17] Estos mecanismos insidiosos contribuyeron a instalar, en la conversación científica, una verdadera chapa de plomo, y esta atmósfera de “extraña derrota”, condenando a callarse a muchos de quienes sin embargo sabían y que preferían confinarse esperando días mejores. En los medios masivos, se dejó a los provocadores habituales, ultra reaccionarios o libertarios, el cuidado de defender las libertades del individuo contra la “dictadura sanitaria”, cosa de decir que todavía estábamos en democracia. Pero lo esencial estaba a salvo: con personas cívicas y educadas intercambiando en el espacio público, en lo sucesivo la conversación política sobre la crisis quedaba suspendida.

En esas nuevas técnicas de gobierno que recurren al nudging, las sugestiones más eficaces fueron aquellas, infraconscientes, que permitían fabricar por adelantado el consentimiento, rebautizado en contexto sanitario como “la aceptabilidad social” de las consignas. En lugar de recoger la voluntad general de los ciudadanos, y en lugar de contribuir a su formación intensificando el debate público, el poder se dedicó, con la ayuda de la industria mediática, a construir una vasta “manufactura de consentimiento”[18]. Desde el mes de marzo, se asistió a la fabricación industrial de un nuevo léxico. Retomando la técnica de los nudges, la de una modificación de los comportamientos por la modulación de los ambientes, esta nueva lengua estaba encargada de condicionar íntimamente nuestras maneras de pensar, diseñando por adelantado nuestras “arquitecturas de opciones”[19]. Implementando esta lengua nueva en nuestras propias maneras de hablar, que iban a oponer de manera binaria la “distanciación social” y el “afloje”, los “gestos barrera” y los “clusters”, la “confianza” y la “desconfianza”, el “civismo” y el “tranquilizadormismo”, y redibujando a través de ella la oposición maniquea entre el reino del Bien y el del Mal, el mismo árbol de decisión insidiosamente iba a implantarse en los espíritus, imponiendo una adhesión inmediata a las consignas y desactivando cualquier examen crítico, público y privado, por las consciencias.

Desde el arranque, el malestar de una parte de los ciudadanos se hizo sentir, estimándose infantilizados, pero se quedó en el plano de la psicología y no se dijo suficientemente lo que significaba, en la historia política de nuestra República, tal báscula. Se olvidó observar que Emmanuel Macron nuevamente había optado, dos años después del affaire Benalla, por romper con todas las instituciones republicanas encargadas de garantizar nuestra seguridad en caso de crisis sanitaria y que había impuesto en su lugar a oscuros grupúsculos que mezclan las pseudo ciencias del nudging con los falsos saberes de los gabinetes de consulting que gangrenan desde larga data las altas esferas del poder. Desde los primeros días de la crisis, el presidente de la República optó de manera inaudita por hacer a un lado todos los dispositivos nacionales de salud pública (el Plan Pandemia, Salud Pública Francia, el Alto Consejo de Salud Pública, la Alta Autoridad de Salud, la Conferencia Nacional de Salud, la Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria), irrigados por un saber universitario inscrito en los intercambios científicos internacionales, e imponer en su lugar, “fuera de cualquier marco reglamentario existente”[20], una sucesión de consejos desprovistos de cualquier legitimidad institucional. Las Nudge Units entonces, pero también dos órganos sucesivos generados por estas Unidades: primero el “Consejo científico” creado el 10 de marzo, luego el CARE, “Comité Análisis Investigación y Expertise” creado el 23 de marzo – a los que iba a agregarse un desvío inédito del “Consejo de Defensa” militar, encargado de establecer en secreto los planes que condicionaban la integralidad de nuestras vidas por una duración indeterminada.

Las consignas producidas por esos consejeros desertaban, al mismo tiempo que los dominios de la República, la esfera del derecho. Fabricadas sin fundamento racional explícito, alcanzaba con que fueran proferidas en la radio por un ministro o que figuraran en el mail de un jefe de servicio para que esas consignas se impusieran en las mentes como “la regla” y el respeto por la letra de la ley quedara suspendido. Arbitrarias en su modo de fabricación, se volvían también masivamente inigualitarias. Una vez que el uso del tapaboca se hizo obligatorio, los personajes públicos siguieron exceptuándose, al mismo tiempo que todos los días derogaban al confinamiento.   

Así pasó con esos jefes de servicio hospitalario, que atravesaban constantemente París para ir a los estudios de televisión y para repetirnos que a cualquier costo había que quedarse en casa. O [la ministra de Cultura] Roselyne Bachelot, que lucía una sonrisa magnífica bajo los labios pintados para asestarnos siempre el mismo mensaje: ¡quédense en casa! ¡Y lleven puesto el tapaboca en todas las circunstancias!.[21]

Los primeros planos de las cámaras sobre esos cuerpos desconfinados y esos rostros destapabocados que nos sermoneaban sin embargo eran crueles. Pero nada en el debate público se les opuso. ¿En nombre de qué esos individuos podían exceptuarse del tapaboca y del confinamiento? Por mucho que uno pensara, no veía en qué esas conversaciones sobre bueyes perdidos podían juzgarse más “esenciales” que nuestras discusiones de boliche, nuestras cenas entre amigos, nuestras reuniones de trabajo, nuestras asambleas generales y nuestros coloquios o las clases en nuestras escuelas y nuestras universidades, todos suspendidos -o más exactamente congelados en Zoom- por razones sanitarias. Uno se sentía humillado y profundamente herido. Pero nadie tomó la palabra para decirlo. Durante ese tiempo, en el hospital, otra inversión había ocurrido de un día para otro. Durante algunas semanas de excepción, una parte del personal de salud le había ganado de mano a los gestionarios. El enceguecimiento epistémico y la responsabilidad moral de estos últimos aparecían ahora a plena luz. Creyendo que podían impedir los stocks y regular los flujos, habiendo destruido –entre mil otras cosas- 100 000 camas en veinte años[22], ellos mismos habían fabricado las condiciones estructurales para una seguidilla de olas destructoras, de la que no podría salirse si no era reconstruyendo enteramente el edificio sanitario. Al manager, que durante años había dicho al personal de salud: “este es el objetivo que debe alcanzarse, la manera de alcanzarlo es asunto de ustedes, ustedes son los responsables”, obligando al médico a “hacer un triaje, imputándole el riesgo médico e inclusive jurídico de hacerlo”, ahora el mismo médico podía volver a poner las cosas al derecho, devolviéndole la intimación: “este es el objetivo a alcanzar”, y a ustedes ahora les corresponde encontrar los medios”[23]. Mil millones de euros podían llover de golpe, como el maná en el desierto, sobre el hospital público. Pero el milagro sería de corta duración y la ducha de los acuerdos de Ségur [acuerdos firmados en julio de 2020 por el gobierno y los sindicatos] iba a ser muy fría para el personal de la salud. Al mismo tiempo, Emmanuel Macron meditaba su verdadera respuesta con sus consejeros, que preconizaban en una nota confidencial que vendiera en pedazos el hospital público, depositando su destino entre setecientas start-up, grandes compañías aseguradoras y grandes grupos farmacéuticos[24]. Con el efímero vuelco del orden antiguo, un conjunto de oficios era reconocido, por fin, como indispensable para la vida. Durante un tiempo breve, esos oficios dieron jaque al rey. Salvo que al mismo tiempo, todos quienes no estaban en cuidados intensivos, ni en primera línea, seguían soportando la presión de los managers, de los cuadros ejecutivos y de los jefes, multiplicada por el régimen de excepción. Se volvió entonces “legal” que se impidiera a un enfermo de cáncer en el fin de sus días que viera una última vez a sus amigos, se volvió “legal” que se aislara a pacientes con depresión, o a ancianos en EHPAD, de cualquier contacto humano, impidiendo a un moribundo que abrazara a sus seres queridos antes de la muerte, obligando a una parturienta a que atravesara los dolores del parto asfixiándose con el tapaboca, se volvió “legal” devolver a niños golpeados a casa de sus padres maltratadores. Para mucho personal de la salud fue una nueva ocasión de obedecer y de adaptarse, dando pruebas de “resiliencia” y de “agilidad”. Pero para muchos otros, fue la traición de más, la que desencadena una ola sin precedentes de depresiones y de demisiones, desarmando un poco más el sistema sanitario para la próxima ola. La misma empresa de destrucción se desplegó en el mundo de la educación. Un ejército de jefecitos impuso la “continuidad pedagógica” pensada por los ministerios y que consistía en mandar, costara lo que costara, a todos los alumnos y estudiantes a sus hogares. Los docentes oscilaron entre la dedicación, la resistencia y el abatimiento. Las familias, entre la adaptación y la depresión. Para los hogares más “resilientes” fue otra oportunidad creativa de adaptarse, inventando otra manera de vivir y pudiendo escuchar por fin el canto de los pajaritos. Pero para muchos otros, fue la ocasión de daños irreversibles, que destruyen caminos de vida frágiles que estaban prendidos por un hilo, llevándose a su paso individuos o familias que se habían imaginado más fuertes antes las pruebas. Lo que (casi) todo el mundo entendió entonces fue que la vida social era el tejido vital sin el cual los individuos y sus hogares no podían sostenerse solos durante mucho tiempo. El traumatismo que hemos atravesado y que habría llevado a un francés de diez a “considerar seriamente el suicidio”[25] para nada fue programado por una estrategia. Pero fue contemporáneo de una serie de efectos ventajosos, que muchos gobernantes supieron hábilmente aprovechar, al menos en un primer momento. En Argelia o en Hong Kong, la crisis sanitaria permitió acrecentar la represión política contra los opositores. En Francia, detuvo brutalmente los movimientos sociales. Pero también aceleró un programa político teorizado desde larga data: el de un viraje ambulatorio universal, en el que cada uno sería mandado de vuelta a su hogar. En el mundo de la salud, se siguieron optimizando los flujos y reduciendo los stocks al acelerar la conversión en la e-salud. En las escuelas, liceos de ciclo básico y bachilleratos, se experimentó a gran escala el programa del ministro [de Educación] Jean-Michel Blanquer: la transformación de todos los docentes en “profesores del siglo XXI” sobre las plataformas digitales. En la Universidad, finalmente, hicieron cola para desplegar una “estrategia digital” teorizada en los años 2000. Desde la escuela inicial hasta la Universidad, se consagró la concepción neoliberal de la educación, vaciada de cualquier contenido colectivo para quedar reducida al consumo de contenidos y a una capitalización por los individuos y sus familias de una “portafolios de competencias” o de un “capital formación” que permitía a cada uno adaptarse a un ambiente competitivo e incierto. Los excesos de celo de los más complacientes con esta experiencia de tamaño natural se envolvieron en los hábitos del “espíritu colectivo”. Los cronistas felicitaron a los franceses por este nuevo “sentido cívico” que atribuían a los ciudadanos chinos y que había cobijado numerosas delaciones. En Pandemia, un nuevo orden moral empezó a reinar, en éste era normal abandonar a su suerte a quienes estaban en situaciones más precarias, en nombre del respeto debido a los más frágiles. Bajo los hábitos del civismo, en realidad se alentaba a los hogares confinados a que se replegaran sobre sí mismos para protegerse, “ellos y sus allegados”, mientras seguían corriendo por Zoom la carrera competitiva entre agentes egoístas en vistas de la conquista de los mejores lugares. De manera que uno puede preguntarse si finalmente ese virus no realizó el sueño último de los neoliberales: cada persona, confinada sola ante su pantalla, participando en la digitalización íntegra de la salud y de la educación, mientras que cualquier otra forma de vida social y de ágora democrática era decretada vector de contaminación. Si había comenzado demoliendo el discurso neoliberal de la globalización, el virus parecía permitirle, con el viraje digital, caer parado. 

Pero el efecto ventajoso duró poco. Porque lo que todos redescubrieron entonces, desde la universidad de Yale hasta los ciclos básicos de Burdeos, pasando por los Centros Hospitalarios Universitarios y los grandes liceos parisinos, fue que la educación tanto como la salud implicaban no solo un tejido de relaciones reales y en presencia, hechas de afectos y de interacciones, sino que sobre todo cada una a su manera era un conjunto de acciones sociales, que solo podían sostenerse colectivamente. Si algunos siguieron contorsionándose con sus viejos esquemas, esperando imponer por la fuerza a los “Amish” las mutaciones de la 5 G[26], la mayoría hizo con su propio pellejo la experiencia dolorosa de una salud y una enseñanza vaciadas de su naturaleza colectiva y degradadas por el capitalismo digital al estatuto de productos de consumo. Dando a generaciones enteras de alumnos, estudiantes, artistas, docentes, personal médico, pacientes y ciudadanos deshidratados una sed inédita por la vuelta a la vida colectiva, esta experiencia hizo tomar conciencia de la necesidad vital de las instituciones sociales gracias a las que una sociedad se cura, se educa, se cultiva y participa colectivamente en el saber, desactivando la alianza mórbida entre la competencia interindividual y su reverso, las pulsiones suicidas de quienes fracasan. Por esto, este primer período fue, para las relaciones entre ciencia, educación y democracia, una primera victoria. A la salida del confinamiento, queríamos (casi) todos volver a vernos y proseguir juntos, en carne y hueso, nuestras discusiones colectivas esclarecidas sobre el después, al mismo tiempo que nuestra indagaciόn sobre las causas que habían destruido el mundo de antes. Si no nos volcábamos hacia el fantasma de un complot, y si no teníamos certeza de que hubiera habido una estrategia, no obstante queríamos discutir, más que nunca, hablar de ese viejo programa que durante años nos había sido impuesto y que acabábamos de ver desnudo, mientras que avanzaba sin resistencia ante nuestros ojos, los inmensos daños colaterales. Muchos de entre nosotros entonces, experimentando ese ímpetu político nuevo, esperaron poder encontrar a todos los otros a la salida, para juntos intentar imaginar otra cosa.

[…] Continuará


Referencias

 1 Stéphane Velut, L’Hôpital, une nouvelle industrie, Gallimard, 2020 (« Tracts »).

2 Dominique Moïsi, « Lucha contra la epidemia : la lecciόn de civismo de Asia », Institut Montaigne, 23 de marzo de 2020 : « Frente a una pandemia como el mundo no conoce desde hace un siglo, las sociedades que pueden oponer al virus un civismo sin fallas y una cultura que pone el acento en el interés de la colectividad, disponen de una ventaja estructural.» 

3 Alexandre Labruffe, Un hiver à Wuhan, [Un invierno en Wuhan] Verticales, 2020, p. 102-103.

4 Linda Cambon, François Alla et Valéry Ridde, « Santé publique : pour l’empowerment plutôt que l’infantilisation », [Salud pública: mejor el empowerment que la infantilizaciόn] AOC Media, 8 de julio de 2020.

5 « Covid-19: de los relatos nacionales a las consecuencias sanitarias», con Axel Kahn y Christine Ockrent, en « Les matins de France Culture », 6 de octubre de 2020.

6 Peticiόn lanzada por Olivier Claris, por otra parte nombrado informante de la « nueva gobernanza» por el ministerio de Salud: « Llamado a nuestros conciudadanos: necesitamos la uniόn nacional» en Change.org.

7 Alexandre Labruffe, op. cit., p. 103.

8 Prosiguiendo un relato que se había detenido el 17 de marzo, Du cap aux grèves. Récit d’une mobilisation, Éditions Verdier, 2020. 

9 Jacques Pezet, « Checknews : las previsiones de Ferguson, que condujeron a numerosos países a confinarse, ¿eran de fantasía?», Libération, 3 de junio de 2020.

10 Henri Bergeron, Olivier Borraz, Patrick Castel, François Dedieu, Covid-19  : une crise organisationnelle, Presses de Sciences-Po, 2020, p. 19.

11  Tocqueville, De la démocratie en Amérique, Gallimard, 1986 (« Folio histoire »), tome 1, p. 42.

12  Richard H. Thaler y Cass R. Sustein, Nudge. Cόmo inspirar la buena decisiόn (2008), Pocket, 2012.

13 Géraldine Woessner, « Emmanuel Macron y el poder del “nudge’’», Le Point, 4 de junio de 2020.

14  Con la excepciόn notable del programa « Signes des temps », France Culture, del 21 de junio de 2020.

15 Ver mi obra «Hay que adaptarse». Acerca de un nuevo imperativo político, Gallimard, 2019 (« NRF Essais »).

16  Hipόtesis que retoman en el célebre artículo de Daniel Kahneman et Amos Tversky, « Prospect Theory : An Analysis of Decision Under Risk », Econometrica, 1979. 

17  Kamran Abbasi, « Covid-19: politicisation, ‘‘corruption’’ and suppression of science », The British Medical Journal, 13 de noviembre de 2020. Aceleraciόn de la «mala ciencia» bajo la presiόn de la competencia y del mercado, analizada desde hace años por los propios científicos y que llega hasta las revistas internacionales más prestigiosas.  

18  Walter Lippmann, Public opinion (1922), New York, Classic Books America, 2009. 

19  En el sentido de Thaler y Susstein, op. cit. del 1ero de julio. 

20  Henri Bergeron et alii, op. cit., p. 64.

21  Cuando su comparecencia ante la Comisiόn de Investigaciόn parlamentaria, el 1ero de julio, la ministra asestό nuevamente el mismo mensaje infantilizante a los médicos generalistas, siempre sin tapaboca, aunque esta vez sin sonrisa.

22  Diferencia obtenida a partir de datos oficiales de DREES, ministerio de Solidaridad y de Salud.

23  Stéphane Velut, « Échec au roi » [Jaque al rey], en Tracts de crise. Un virus et des hommes, 18  mars / 11 mai 2020, Gallimard, 2020, p. 41.

24  Adelphe de Taxis du Pouët y Pierre Menet, « Premières propositions post Covid-19  dans le domaine de la santé » [Primeras proposiciones post Covid-19 en el terreno de la salud], Caisse des dépôts, 26 de marzo de 2020.

25  « Suicide : l’autre vague à venir du coronavirus ? » [Suicidio: ¿la otra ola del coronavirus?], Fondation Jean-Jaurès, 6 de noviembre de 2020. 

26 Discurso de Emmanuel Macron, 15 de setiembre de 2020. 

 

(*) París, Collection Tracts, Gallimard, 2021.

Traducciόn de Alma Bolόn

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