BRUNO ODDONE / En este texto voy a presentar algunos argumentos y pensamientos que sostuve en un debate virtual, informal, o quizás soñado, irreal, ficticio, fabulado, con un profesor, si la memoria o imaginación no me falla, oriundo de Méjico, cuyo nombre no recuerdo. No importa. En todo caso, sírvanos de contrincante virtual, ideal o imaginario. 


FILOSOFÍA


There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy

W. Shakespeare

  • 1. Presentación
  • 2. La cuestión
  • 3. Los argumentos
  • 4. De lo sublime
  • 5. Para terminar
  • 6. Interpretación de la carta XII de Spinoza y un obsequio
  • Nota

1. Presentación 

En este texto voy a presentar algunos argumentos y pensamientos que sostuve en un debate virtual, informal, o quizás soñado, irreal, ficticio, fabulado, con un profesor, si la memoria o imaginación no me falla, oriundo de Méjico, cuyo nombre no recuerdo. No importa. En todo caso, sírvanos de contrincante virtual, ideal o imaginario. 

2. La cuestión

Pues bien, este hombre, según interpreto, era un marxista de un tipo muy extraño, ya que hablaba del advenimiento de un «emergentismo materialista dialéctico», en virtud del cual se crearía (utilizaba el verbo «creer», es decir, creía en ello, y hubo una referencia a la «creación», ¿verdad? Enseguida veremos porqué viene a cuento lo señalado) una nueva «comunidad», dicho lo cual tal sería el thelos al que tendería la historia, donde descansaría, alla fin fine, la «salvación». No debería sorprender a nadie que un marxista, cualquier marxista (o fascista, liberal, anarquista o fiel de la ideología que fuere), se exprese en términos soteriológicos, escatológicos, dogmáticos, piadosos, esperanzados. Lo curioso, o quizás no tanto, es que el debate había comenzado problematizando la existencia o no del buen dios judeo-cristiano. Por supuesto, el señor profesor no «creía» o, mejor dicho, no creía creer en el tal dios, en tanto en cuanto «marxista», «materialista», etc.,. Ahora bien, todo su discurso, además de carecer de fundamentación y argumentación racional (es lo que traté de mostrarle y lo que mostraré en este texto, entre otras cosas), descansaba en una cuestión un tanto patética, o en todo caso paupérrima, a saber:  que no estaba buscando sino lo que le faltaba, es decir, precisamente aquello de lo que renegaba, a saber: un dios, un padre, un líder, un capo, un duce, un Führer… (me da lo mismo porque es lo mismo), una comunidad, una salvación, y demás cosas por el estilo. Por lo cual era, y es, caiga de la boca que caiga, un discurso plenamente religioso, dogmático, ideológico. ¿Por qué? Porque las ideologías son exactamente eso: religiones subsidiarias del dios muerto que no luchan sino por los restos, residuos, los despojos, la basura propiamente tal que ha dejado su muerte en forma de poder secularizado en el Estado. Y a continuación lo demuestro como lo demostré el día señalado (comienzos de mayo del año 2024).

Valga la siguiente aclaración: todas las citas y referencias las hice, en aquel entonces, de memoria. Hoy reviso el texto para su publicación, y mantengo el criterio, de suerte que, si cometí algún error en ese rubro, sabrán comprenderme.

Ligeramente corregidas, presento a continuación mis palabras.

3. Los argumentos

Buenos días, profesor. Desde mi punto de vista (kantiano y schellinguiano en este caso), no se puede demostrar la existencia de dios, porque está por fuera de los límites de la razón y su argumentación (la de Anselmo) no es sino la que sigue: es porque es, es decir, su existencia tiene que ser idéntica a su esencia (la prueba ontológica no prueba nada. Schelling lo demuestra magistralmente en sus Philosophische Briefe über Dogmatismus und Kriticismus, carta sexta: «Seine Existenz und sein Wesen müssen identisch sein»). Ahora bien, tampoco se puede demostrar la existencia del yo (cartesiano), toda vez que, si seguimos rigurosamente la hipótesis del genio maligno, del antecedente no puede salir jamás como consecuente ni, por lo tanto, conclusión, que «si me engaña, soy», porque lo que está asegurado es la existencia del engaño, no la del engañado. Esto lo vio Nietzsche claramente en el famoso parágrafo xvii de Jenseits von Gut und Böse y ya lo había visto Schelling también. Es decir: no va el Je pense, donc je suis, porque Ello piensa, te piensa, nos piensa: nos vive. Da lo mismo que sea un dios engañador que te hace creer que sos aunque no seas, que sea el capital gozándote, una voluntad sin entendimiento, ciega, bruta y brutal, lo que se dice de ordinario «el inconsciente», etc. Así como el lenguaje y la cultura hablan a través de las bocas de las gentes, el pensamiento piensa lo pensamientos sin que uno se entere. De hecho, la filosofía moderna se funda en un terrible engaño (el yo o el sujeto), y para salvar el edificio Descartes qué hace… lo único que podía hacer: abandonar la crítica y sacar de la galera al buen dios, este sí, perfecto (esto es, que no engaña, y así cierra el círculo y clausura la desmesura, haciendo descansar la metafísica en una garantía teológica… pero es un cuento teológico, no una garantía, toda vez que el ansia como afecto y la soledad por la muerte del tal dios son la esencia del hombre moderno -tómese un instante, ahora, y piense: ¿no está usted solo? ¿No lo ha estado siempre? Si ha habido momentos de superación de esta soledad esencial: ¿no han sido tan efímeros como eternos? Más adelante lo pensaremos juntos-), esencia que vieron Hegel y los románticos alemanes, por ejemplo. Sobra con ver cualquier pintura de Friedrich Caspar David para comprenderlo. Presento algunas a continuación. 

Frau vor untergehender Sonne
Der Träumer
Der Wanderer über dem Nebelmeer
Der Mönch am Meer

4. De lo sublime

Ahora bien, justamente aquí se ponen en juego dos sentimientos: lo sublime (das Erhabene) y lo siniestro u ominoso [unheimlich, que en rigor es un extrañamiento frente a lo familiar, a lo que una vez fue heimelich (hogareño)]. Propiamente el surgimiento de lo que debía restar profundamente hundido, y no ver la luz jamás. Me interesa hablar un segundo sobre lo sublime: si uno está en la cascada, por ejemplo, leyendo a Goethe (concretamente la Elegía de Marienbad), enfriando un vino blanco en las aguas del río, con la mujer de cabello solar y ojos de bosque, que te sonríe con todos sus blancos dientes que son más bellos que las flores de azahares, y llueve y está soleado al mismo tiempo, y salen diez arcoíris acá y acullá, y no hay hombres alrededor, sino que todo es naturaleza (empírica, obvio, pero se es capaz de restituirle algo en sentido clásico, es decir, como el ser -justamente el ser o la naturaleza fue lo que se perdió con el cristianismo y su dios, y luego Descartes lo remató -al ser- en tanto «extensión», cosa muerta si las hay-, digamos, si sos o devenís un poquito spinoziano (Deus sive Natura – Dios como Naturaleza), o como estampó el querido Hölderlin en el cuaderno del joven Hegel (Eins und Alles – Uno y Todo) y sentís (siempre estamos hablando de un sentimiento que vos imprimís en el fenómeno que tenés frente a los ojos y que aparece en tu cabeza), digo, si se da esta poesía de la existencia, yo aseguro, caro mio, que experimentás lo divino y la religión (en el sentido de re-ligar lo que los imbéciles de los hombres hemos separado en virtud de una Wille zur Macht, una voluntad de poder, es decir, una voluntad de voluntad, esto es, un hombre que se come a sí mismo, un loco, un delirante, un chiflado que luego alucina ser un Übermensch – Ultrahombre, etc.). Entonces, no hay dios (1) -por suerte, digamos, aunque su poder fue secularizado y descansa en su hijito, el Estado- pero sí existe lo divino. Es más, la verdad es como el rayo en la noche de campo que, súbitamente, te muestra todo. Yo no sé si ese buen rayo no es divino también. No sé si no lo envía Zeus. No sé si cuando nadé en una secreta playa frente al templo de Poseydón él no estaba en la vuelta. No sé si cuando leo en griego a Homero o Platón no está Atenea por ahí (de suerte el conflicto entre ellos no ha terminado. Quizás no termine, nunca). No sé si cuando alguien, cualquiera, comete hybris no le caen furiosas las erinias y le castigan terriblemente. Némesis necesita del equilibrio. Fratello, en una palabra: hemos perdido todo, el ser, la naturaleza, los dioses del campo (paganus), el dios judeo-cristiano (urbanus) -el señor Paulo de Tarzo… de la venganza gentil-, la ilustración, la dignidad… No perdamos los afectos, repito, no nos demos el vulgar lujo de olvidar los afectos y dejemos que la poesía –el mundo es poesía– nos encuentre bienaventurados, recuperando de tal suerte tres cosas: la belleza, la justicia (es decir, lo suyo de cada uno) y las virtudes, como el hacer el bien a un congénere ad honorem si está en la mala, o comprender por qué se rompe el alma cuando no se comprende la esencia del mundo, que es divina y la hemos transformado en infernal, como siempre pasa. Fijate en el texto de Heine Los dioses en el exilio. Quizás algún día comprendamos -es por lo menos dudoso, como dudoso es que reporte alguna diferencia en esta contingencia en la que estamos instalados- que la sinécdoque o metonimia  infundante de la Modernidad es un delirio (ser parte y querer ser todo, ser finito y querer infinitamente), y aceptemos de tal suerte lo bueno de la divina alegría de la justa composición de un momento eterno, flotante, diverso y aceptemos asimismo la muerte con serenidad. Mijaíl Bakunin (popularmente «El Baku») lo sabía: «destruyamos todo -dijo a R. Wagner-, pero salvemos la novena sinfonía». Ahí están lo divino y la religión, fratello. Il dolce far niente… que es exactamente lo que te he descrito mediante la escena aiónica, divina y sublime, de la cascada y la mujer hecha de sol y bosque y azahares. Te pinto otra imagen a modo de ejemplo:

Una vez, algún tiempo atrás, se conocieron dos jóvenes (no te digo adultos, porque eran tan inocentes, ingenuos, tiernos, tenían 20, 20 y pocos años y vos sabés que 20 años no es nada), un joven y una muchacha entonces, muchacha que gustaba de tocar el violín, de escuchar y bailar tango, y de tomar vino tinto. Ya lo podés imaginar. Pues bien, eran cosas que ella hacía perfectamente sola, pero, por aquellos tiempos, y por suerte para el joven, se le dio por compartirlas, ocasionalmente, con él. En alguna de aquellas secretas noches de invierno, después, vamos a decir, de su conversación sin palabras, en una de esas secretas noches, entonces, estaba este chico tendido en su lecho, y tenía enfrente de sí una ventana que le descubría la oscuridad de una capital de la plata, de una ciudad: Montevideo. Estaba extasiado (repárese en esta palabra: extasiado, de éxtasis, de ex-tasis), extasiado entonces por la conversación sin palabras y el vino, por el secreto del encuentro, cuando ella se levantó, muy ligeramente y muy ligera de ropa, ¡oh sí, puedo recordarlo, más todavía, puedo verlo, lo vivo ahora mismo! Ella se levantó y, con un movimiento imperceptible, se puso a tocar el violín. Y se puso a tocar el violín. Se veía con esa luz tenue, blanquecina, mortecina, con esa palidez que proviene de la calle y se mete en el interior de las casas, en el interior de las habitaciones de la gente que conversa sin palabras. Fue en ese momento que el joven comprendió todo, quiero decir todo, y de un modo súbito, pero fundamentalmente comprendió una cosa, una sola: en ese momento había tenido una intuición filosófica. ¿Qué quiero decir? Quiero decir que en ese momento comprendió por primera vez el real significado de lo eterno, aquello que se sustrae al concepto, al tiempo y el espacio. Naturalmente, estaba en un lugar y en un tiempo determinados, pero ese lugar y ese tiempo ya no eran nada para él. Él mismo no era nada para él: no tenía ya un ideal del yo, ni tan siquiera un yo ideal. Ni era otro: Je (ne) suis pas un autre. El cielo oscuro y la ventana entreabierta, el invierno y la luz pálida como el hielo, el tango y el vino, la muchacha y el violín y él eran todos una cosa sola: había experimentado la muerte, es decir, la negación del yo, había devenido, pues, una pura continuidad, inconsciente de sí en un feliz olvido. Lo dice el poeta que domina al demonio: Tan solo el hombre puede/ lo imposible tentar/ distingue, elige, juzga,/ y al momento presente/ dota de eternidad. O como dice también el demonio que domina al poeta: Lo eterno, del alma es júbilo. Pues bien, fue sólo después que fue capaz de entender lo que había pasado. Es algo propio de los acontecimientos. Lo cortado se corta del tiempo y el espacio de los hombres, para devenir un espacio sin espacio y un tiempo sin tiempo, de ahí que sea aiónico. Es un tiempo flotante, que no conoce el sucederse ni el negarse ni el destruirse, es un tiempo siempre presente, mas virtual. Ahora bien, estos momentos de júbilo, de espléndido fragor, fulgor destellante verdaderamente, de locura, son excepcionales en la vida, y dependen fundamentalmente de lo otro. Quizás no sea baladí recordarle en este momento una de las tesis aristotélicas dedicadas a Nikomakos, tan magníficamente desarrollada por Schopenhauer. Se trata de la tesis según la cual lo único positivo es el dolor, y el fin del sabio, evitarlo. ¿Qué sucede? Sucede que la salud, el bienestar, el perfecto equilibrio en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, la homeóstasis, no nos informa tanto como su contrario. Es decir, sentimos el dolor, no la ausencia de este. De ahí que el dolor sea lo único positivo. Y aunque esto, quizás, no sea del todo cierto, es sin embargo indubitable que la vuelta al mundo discontinuo, la vuelta del todo a lo uno, el ser un yo, este yo, el ser de nuevo tan solo un hombre nos produce semejante sensación de nimiedad, de limitación, que uno no puede sino lamentar la pérdida de semejante estado, y volver a la lucha, la lucha por un sentido… verdadero. Empero, y pienso que esto es realmente fundamental, una vez despejada la angustia, lo único que queda es el agradecimiento. Un profundo sentimiento de gratitud. Quizás sea por esto por lo que en la lengua alemana Pensar y Agradecer, Denken und Danken, estén desde largo ha tan íntimamente ligados. 

Podría relatarte muchas otras escenas, pero ya estoy un poco cansado. Conclusión: ni dios, ni amo, ni patrón, ni padre, ni yo, ni vos. Sólo un ente vivido que es parte y, a fuerza de ser adecuadamente pensado, ve el todo y sabe que es divino. Hay que aceptarlo todo: la razón y lo que desborda la razón, equilibrando la luz y la sombra. Supongo que ahora me voy a leer a Walt Whitman. Hasta la próxima. Auguri! 

Saludos desde Montevideo.

Después de los elogios del señor profesor hacia mi exposición («sana envidia», «admiración», «felicitaciones» y «erudición nunca antes vista», y no sé cuántas cosas más de la misma suerte… vinieron las diferencias, las cuales fueron problematizadas de mi parte de la siguiente manera. 

5. Para terminar

Señor profesor, le presento un hilito del que podemos tirar a ver qué sale, y de paso para estimular también el pensamiento crítico. Fíjese usted: vacío el poder dogmático y revelado del dios, despojado el hombre de una única visión del mundo que no es sino la del tal dios, ¡huérfano el pobre animalito!, la biblia, el crucificado, el coro de ángeles, la liturgia, la ceremonia, la creencia en el paradiso, ¿qué pasa a ocupar ese lugar de poder que ha quedado vacante? Lo pasan a ocupar los frutos más deliciosos y también los más pútridos de la asesina del susodicho ente (del dios), a saber: la ilustración o la época de la crítica. Los frutos son: el liberalismo, el marxismo, el anarquismo, pero también el fascismo y el nazismo. Aquí los jugadores interpretados son Kant, Fichte, Hegel (muy rápidamente puede intuirse intelectualmente y también mediante la reflexión de lo flexo, que el espíritu absoluto no es más que el Estado de Prusia y tiende, hay un Trieb hacia lo totalitario, hacia la máquina total) y Nietzsche, en tanto en cuanto su hermana fue, verdaderamente, nefasta («Judas», la llama el querido Georges Bataille, o Jorgito Batalla, como le llamo en chiste en mis lecciones en la Universidad), porque era una nazi posta y desfiguró el pensamiento de este buen hombre que terminó, según dicen, exclamando antes de perder la cabeza, mientras observaba que un noble caballo era severamente castigado por un cochero: «perdoname mamá, porque soy tan estúpido». El ultrahombre… ¿Recuerda aquel pasaje del Zaratustra que señala: «si vas con féminas llevá un látigo»? ¿Y aquella fotografía donde posa con el poeta, cual bestia de carga, portando a una dama rusa por la cual perdió la cabeza… y la dignidad?

(Recuerdo ahora haber leído que Guattari, el Robin de Deleuze, se agarraba la cabeza, cuando la muerte de su madre, y sollozaba: «soy huérfano»). Creo que lo de Nietzsche fue en Torino. Non ricordo bene. Sono certo che si trovava in Italia. En fin, conclusión: como ya no hay una única visión del mundo, que en la época cristiana tampoco era tal, porque el subjectum no estaba atado a representaciones sin fundamento, empieza el conflicto de las visiones del mundo, Weltanschauungen, ¿y por qué luchan? Por el poder, como es obvio. El poder que antaño ostentaba el dios trascendente, hogaño se lo disputan las ideologías. De suerte que, para un hombre como yo que, declaro sin ningún tapujo, al contrario, con beneplácito, desprecia profundamente al Estado y el gobierno, a todos los Estado y a todos los gobiernos, las ideologías son meramente religiones subsidiarias, epigonales y patéticas. Estúpidas. La ética es otra cosa, muy distinta. Ejemplo: un anarquista profesa una ideología y cree en la Anarquía por venir. Un bel sogno, no?! Ahora: un hombre anárquico (repárese en el cambio de sustantivo a adjetivo) es un hombre libre inclusive del Estado y del movimiento anarquista y del capital también (siempre una libertad relativa, como es obvio). ¿Por qué? Porque en el frontispicio de su alma está inscripto, tallado, cincelado lo siguiente: honor, dignidad, justicia, cordialidad, grandeza de ánimo, autonomía radical, orgullo y crítica implacable a cualesquiera excesos que cualquier gobierno, partido u hombre quiera infringirle. Es decir: morir antes de renunciar a las virtudes. Como Bruno, ¿no? «Más temblás vos sentenciándome a muerte que yo escuchando la sentencia». El otro dijo por lo bajo: eppur si muove. ¡Lo hubiese gritado! Gaius Iulius Caesar cruzó el Rubicón de una, ¿no? (No, dudó. Era meramente un hombre, como todos). Obvio, porque procedía de Juno, es decir, la más divina entre las divinas (lo cual no quiere decir que no fuese cruel y vengativa). Listo entonces: alea iacta est (la suerte está echada). No por una idea abstracta, sino por cómo considerás que tenés que vivir y actuar. Y morir. Y ciao. Si capisce? Luego lo hablamos. Forza, fratello! Tutti abbiamo bisogno di pensare! Auguri!

6. Interpretación de la carta XII de Spinoza y un obsequio

La sustancia, es decir, Deus sive Natura o todo lo que es, es infinita y no puede no serlo sin destruir su concepto. La finitud solo aplica al modo. Que en rigor no es parte, sin caer en contradicción, la sustancia infinita es una y solo una, de suerte que el modo, existente o no, dura y es determinable en el tiempo. No le cabe el atributo de la eternidad. O sea: aunque lo que es es infinito y eterno, nosotros como autoconciencia volitiva debemos sabernos accidentes, olas que tan pronto se forman altas y majestuosas, rompen arremolinadas en blanca espuma de sal y se disuelven o reincorporan al océano inconmensurable.

A Spinoza, con afecto,

Nada somos
Ni podemos ser
Podemos, no obstante,
Reconocer
Que, así como espléndida y violenta
Arremete la ola
en el océano grato
Y tan pronto se alza
Explota generosa y majestuosa
Para no retornar
sino
A lo que nunca abandonó
Así nosotros,
Fugaces y violentos y espléndidos
Efímeros poetas
Y amigos
Muertos
Vivos

Creemos…

Sabiendo
Que bellas mentiras
Grato hacen el pesar.


Nota

1. Voy a permitirme, para esta publicación de eXtramuros, añadir una cita que seguramente resulte de interés con relación a nuestro tema: 

«Siendo dios todo, el mundo real y el hombre no son nada. Siendo dios la verdad, la justicia, el bien, lo bello, la potencia y la vida, el hombre es la mentira, la iniquidad, el mal, la fealdad, la impotencia y la muerte. Siendo dios el amo, el hombre es el esclavo. Incapaz de hallar por sí mismo la justicia, la verdad y la vida eterna, no puede llegar a ellas más que mediante una revelación divina. Pero quien dice revelación, dice reveladores, mesías, profetas, sacerdotes y legisladores inspirados por dios mismo; y una vez reconocidos aquéllos como representantes de la divinidad en la Tierra, como los santos institutores de la humanidad, elegidos por dios mismo para dirigirla por la vía de la salvación, deben ejercer necesariamente un poder absoluto. Todos los hombres les deben una obediencia ilimitada y pasiva, porque contra la razón divina no hay razón humana y contra la justicia de dios no hay justicia terrestre que se mantenga. Esclavos de dios, los hombres deben serlo también de la iglesia y del Estado, en tanto que este último es consagrado por la iglesia. He ahí lo que el cristianismo comprendió mejor que todas las religiones que existen o que han existido, sin exceptuar las antiguas religiones orientales, que, por lo demás, no han abarcado más que pueblos distintos y privilegiados, mientras que el cristianismo tiene la pretensión de abarcar la humanidad entera; y he ahí lo que, de todas las sectas cristianas, sólo el catolicismo romano ha proclamado y realizado con una consecuencia rigurosa. Es por eso que el cristianismo es la religión absoluta, la última religión, y la iglesia apostólica y romana la única consecuente, legítima y-divina.
Que no desplazca a los metafísicos y a los idealistas religiosos, filósofos, políticos o poetas: la idea de dios implica la abdicación de la razón humana y de la justicia humana; es la negación más decisiva de la libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud de los hombres, tanto en teoría como en la práctica.
A menos de querer la esclavitud y el envilecimiento de los hombres, como lo quieren los jesuitas, como lo quieren los monjes, los pietistas o los metodistas protestantes, no podemos, no debemos hacer la menor concesión ni al dios de la teología ni al de la metafísica. Porque en ese alfabeto místico, el que comienza por decir A deberá fatalmente acabar diciendo Z, y el que quiere adorar a dios debe, sin hacerse ilusiones pueriles, renunciar bravamente a su libertad y a su humanidad». 

Bakunin, (2008). Dios y el Estado. La Plata: Terramar. pp. 25-26.

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