ENSAYO

Por Fernando Andacht

Dos fenómenos dignos de comentario en el tiempo pandémico que vivimos son los silenciamientos de lo que merece y necesita ser dicho, pero es callado, (auto)censurado, mutilado. Veamos instancias del primero. En la entrevista al “ex-Vicepresidente de Pfizer, experto y defensor de las vacuna” Michael Yeadon publicada en eXtramuros, y en notas de la revista basadas en testimonios de personas que piden ocultar su  identidad surge algo a todas luces preocupante, insidioso. Quien fuera un importante asesor científico del gigante farmacéutico describe en esa ocasión su encuentro con científicos que concuerdan con su durísima crítica a las medidas tomadas en Inglaterra contra la Covid19. No obstante, Yeadon explica, ellos optaron por no darse a conocer; estos expertos se abstuvieron de hacer públicas sus objeciones por el temor a las represalias que terminarían con su vida profesional. Algo similar ocurrió con los entrevistados locales que decidieron ocultarse tras el anonimato, para poder hablar francamente a eXtramuros. Esas intervenciones parcialmente silenciadas son una evidencia clara de una actitud que asociamos a un siniestro programa de protección de testigos; quienes hablan contra la Ortodoxia Covid están obligados a expresarse clandestinamente. En ellos, hay una mezcla de temor y de culpa, un comprensible deseo de preservación, porque anticipan un castigo a causa de haberse situado fuera del férreo escudo protector de lo que se debe pensar y decir en público sobre las medidas tomadas por los gobiernos y por sus asesores científicos para lidiar con el Sars-Cov-2.  

Estamos ante una forma encubierta de censura previa, de eficaz inhibición del argumentar de modo crítico sobre lo que está en juego a esta altura de la evolución pandémica: máscaras, distancia social, test PCR, vacunas, y el confinamiento total como paroxismo del miedo inmovilizador, esa medida que el alma del GACH y la oposición pronuncian indignados y reclaman a gritos como la panacea pandémica. Las dudas o reparos que les merece a muchos especialistas algunos o todos los componentes de lo que podría describirse como el sobre-publicitado kit covillero no encuentran una fácil vía de salida en un mundo controlado, vigilado y dispuesto a denunciar en todo momento y lugar. Ese es uno de los dispositivos que mantiene la grieta pandémica en toda su profundidad. La represión se vale del “método de autoridad” para “fijar la creencia”, al decir de Peirce (CP 5.380, 1877). El fundador de la semiótica contemporánea explica que se pudo construir gigantescos monumentos como la muralla china en virtud de la voz perentoria de mandato absoluto lanzada desde lo alto por una autoridad suprema que no se podía desobedecer ni en la imaginación. Y no se diferencia mucho su modo de operar en pleno siglo 21, cuando toda una institución académica, como la universidad pública uruguaya, se viste con el uniforme de la Ortodoxia Covid. No es para espíritus débiles el oponerse de modo visible a tal poder, a una versión maciza, unidireccional del significado y de las consecuencias concebibles del signo Sars-Cov-2. Esa es una de las modalidades mediante la cual se nos imponen los sonidos del silencio, por la intimidación contra el manifestarse como críticos de la ciencia oficialista, la que recibe de modo exclusivo y excluyente la más completa y constante atención de los medios de comunicación dominantes desde marzo de 2020. 

La otra modalidad de imponer una mordaza en Pandemia a la que dedicaré el resto del ensayo, por constituir una instancia concreta y poseer un sorprendente carácter confesional tuvo lugar durante la reflexión de algunos periodistas locales. Ellos parecen haber encontrado su auténtica vocación tardíamente, la de ser férreos censores, la de actuar como implacables segregacionistas encargados de determinar el acceso a su medio exclusivamente a quienes difunden lo que ellos determinan que es la verdad y nada más que la realidad. Operan como celosos guardianes, que rivalizan con ese temible personaje que nunca deja entrar al peregrino en el relato “Ante la Ley” de F. Kafka. No sin orgullo, ellos relataron cómo mantienen a raya, excluidos de ese raro privilegio – el poder de comunicarse con la sociedad – a todos aquellos que podrían llegar a atemorizar a la población con sus insensatas e infundadas ideas. Una ironía que se les escapa a estos representantes del ecosistema mediático uruguayo  es que ese colectivo ya está aterrado gracias a la constante secreción de miedo desde todos los medios de comunicación dominantes.  Una advertencia al lector que llegó hasta aquí: este no es un ensayo sobre la comunicación mediática ni sobre algunos de sus notorios protagonistas, aunque lo parezca, a causa del ejemplo elegido para ilustrar el otro tipo de silenciamiento siniestro que tiene lugar actualmente. Mi interés es demostrar la existencia de un clima de opinión que favorece y fomenta de modo explícito la censura preventiva, la exclusión de aquellas voces que no concuerdan con los dictámenes de un grupo de investigadores, el que ha aconsejado al gobierno desde el inicio de la emergencia sanitaria. La relevancia del ejemplo elegido es que involucra a personajes que tienen el poder de entrar a diario al mundo de la vida. Sus signos son recibidos de un modo que oscila entre la distracción y la atención plena, según el momento del día en que se produzca la irradiación de esos mensajes públicos y poderosos. Por ese motivo no los nombro aquí; ellos son típicos ejemplares de un conjunto mucho mayor, diría de la casi totalidad de quienes trabajan hoy en el ecosistema mediático uruguayo. 

Cuando el periodismo se mira en el espejo y reconoce con orgullo a un censor

En esta sección, me ocuparé del otro mecanismo que agiganta el tamaño de la grieta pandémica constantemente. Se trata del pacto tácito, aunque a veces, por suerte (mía), se hace explícito, que declara la total inverosimilitud de todo argumento que discrepe de la versión oficial, única y consagrada de lo que ocurre en el páramo pandémico, desde hace casi un año y medio. Deseo indagar sobre el efecto de confundir los varios métodos para llegar a tener una creencia, según los formuló hace un siglo y medio el pionero de la semiótica contemporánea C. S. Peirce (1839-1914). Por eso, voy a revisar rápidamente su texto sobre la elaboración del conocimiento en la vida cotidiana y en la ciencia. Luego, analizaré un intercambio entre periodistas cuyo tenor parece invertir o trastocar en clave nuevo-normal lo que debería ser su misión ética en la sociedad – en cualquier sociedad libre y democrática. Lo hicieron en un revelador intercambio público sobre lo que ellos no permiten ni permitirán que acceda a los medios en que trabajan. Esa estrategia de control obviamente mutila la circulación y el deseable conocimiento de diferentes posiciones sobre algo tan endiabladamente complejo y vital como la emergencia sanitaria de la Covid19. Podríamos considerarlo una ínfima anécdota sobre estilos periodísticos, pero sostengo aquí que se trata de un aspecto central del relato infantilizante construido por todos los medios. Por eso, no importa mucho detenerse en la identidad de quienes así comunicaron en un medio masivo, a fines de mayo de 2021. Fueron todos los integrantes de un programa radial en un punto específico del dial, claro, pero bien podrían haber sido otros, si observamos el clima monológico y censurador imperante a lo largo y ancho del sistema mediático. Esa atmósfera represora circula de modo irrestricto entre esa forma de comunicación tecnológica y la vida cotidiana, influye en los encuentros casuales de las personas. En eso radica su gran importancia. 

¿Qué puede haber más paternalista y desconocedor de la autonomía del ciudadano que periodistas que ejercen como censores previos de la clase de discurso disidente que, según ellos explicaron, podría sembrar temor, dudas, en fin, que podría confundir a la población? ¿Dónde quedó la capacidad crítica, dónde la competencia para tomar decisiones informadas, si desde un medio dominante como lo es una radio AM con larga tradición y presencia en internet, se adhiere con fervor a la exclusión de voces porque éstas son minoritarias? No habría entonces razón alguna para defender la democracia, si se adoptara este principio; habría que sólo escuchar o atender a la mayoría. Y el resto debe callarse, tiene que sufrir las consecuencias de ser los menos, nada más que un margen deleznable, una franja que no merece ser escuchada y mucho menos tener su micrófono a disposición, como dirán con temible convicción estos comunicadores, que de ahora en más deberían ser llamados (in)comunicadores parciales. Lo que ellos ignoran o desdeñan es el cuarto método para alcanzar una creencia, el único que merece, afirma Peirce (CP 5.384), el nombre de ‘científico’, porque su uso permite que “nuestras creencias puedan ser determinadas por algo no humano, sino por alguna permanencia externa – por algo sobre lo cual nuestro pensamiento no tiene ningún efecto”. Es a esa clase de conocimiento o creencia que, sin saberlo, pero con inocultable orgullo mal disfrazado de modestia, renuncian por sus arraigados prejuicios quienes explican que decidieron cercenar a la audiencia de su programa radial el derecho de conocer aspectos de ese elemento externo que es lo real. Se trata del único camino válido y falible hacia la verdad, ya que ésta es como es “independiente de cómo usted, yo o cualquier cantidad de personas puedan pensar”. Vale la pena citar lo que un especialista brasileño escribió sobre el vínculo entre semiótica y búsqueda de la verdad, para entender cómo afecta ese cometido de los signos públicos la arbitraria decisión de quienes deberían trabajar para conseguir el mayor bien público: “La semiótica está profundamente enraizada en la estética y en la ética, por ende, el pensamiento semiótico es también un modo de actuar fenomenológico y debe, ante esto, poner su esfuerzo en la búsqueda del bien representar (…) en la fiel caracterización de los hechos, lo que garantiza a esta ciencia no ser sirviente de nadie, a no ser de la verdad” (Baggio, 2021). Dicho de modo más simple y conciso, el camino de los signos no puede ni debe privarse de ningún elemento que nos permita comprender y acceder al mejor modo de entender lo real y así acercarnos falible y progresivamente a la verdad. 

Difundir o no difundir lo real: esa es la duda que no debería existir en los medios

¿Qué clase de comunicación sobre la realidad hicieron estos personajes públicos esa mañana del 26 de mayo de 2021? Ocurrió un muy infrecuente momento de reflexividad, algo que sucede cuando la mirada de quien forma parte del ecosistema de una radio, por ejemplo, se dispone a observar con detenimiento el modo en que produce información, ya que se trata en este caso del género de transmitir noticias acompañadas de los consabidos comentarios. Todo empezó ese día con el enunciado de un deseo que no es difícil de acompañar: el anhelo de conocer el dato oficial sobre “cuántos de los muertos que se comunican a diario por Covid19 tenían las vacunas”. ¿Quién podría objetar a esa noble y vocacional voluntad periodística? Lo que sigue en cambio probablemente pueda entenderse, pero es más difícil de compartir: “si no lo hacen por una decisión política, uno puede llegar a pensar que los resultados no son tan buenos, y puede ser una mala publicidad para las vacunas, y hay que ir con la verdad.” 

Aunque las ganas de conocer la verdad para comunicarla al público son loables, no encuentro convalidable éticamente la intención de hacer “publicidad para las vacunas”, cuando es de público conocimiento que se trata de una terapia experimental, con amplias zonas de incertidumbre sobre sus efectos a mediano y largo plazo. Acto seguido se produjo un vehemente autoelogio, pues uno de ellos hizo un alegato a favor de “la transparencia” sobre las  cifras de muerte de personas vacunadas. Los periodistas radiales manifestaron algunas discrepancias en sus enfoques de la vida pandémica, no obstante, todos coincidieron con entusiasmo en la confianza máxima que les merecía “el grupo de científicos que está detrás”. En ese clima de fuerte consenso, llegó el tema más interesante por lo inesperado en cualquier medio: la confesión sobre su aprobación, en diverso grado y modalidad, de un robusto ánimo censurador, de la práctica de la discriminación de quienes ellos permiten que difundan información relativa a la pandemia en ese programa  radial y quienes están impedidos de hacerlo a priori. 

Quizás porque intuyeron que lanzarse por ese camino era muy riesgoso, hubo una transición durante la cual se discutió sobre una etapa previa a la de ser censor, me refiero al rol del periodista pandémico como un gurú secular o consejero de la población. Quien en apenas un par de minutos habrá de confesarse como un convencido censor, preparó el terreno con esta pre-confesión: 

He reflexionado mucho sobre el papel que hemos cumplido en esto.  Ser conscientes de que hemos transgredido algunas barreras que normalmente no lo hacemos. No solo aconsejar a la gente, sino también juzgar a la gente sobre el comportamiento que toman, algo que el periodismo no suele hacer, juzgar a la gente por lo que hace o deja de hacer. Tenemos que pensar para otras situaciones, y los consejos que tenemos que dar, o si tenemos que dar consejos o no…

Y de esa manera gradual continuó entibiándose el micrófono, a fin de crear el clima propicio para la salida al mundo del ánimo explícitamente represor del periodismo:  “En este caso hemos sido jueces, fiscales”, agregó el mismo integrante del programa. Pero aún faltaba un poco para tener listo el terreno confesional más arriesgado. Tras oír lo  citado, alguien discrepó vigorosamente con esa descripción del papel de su profesión, y usó como sostén argumentativo al agente legitimador más poderoso en estos tiempos virales: “¡Hemos replicado el mensaje de un equipo científico, y no sé el motivo, pero ahora está ausente (= el GACH), y eso es lo que está faltando!” Realizada esta nueva y unánime jura de lealtad a la mayor y única autoridad de la Ciencia, todo estaba preparado para lanzar al aire la confesión cuyo análisis constituye el material fundamental de mi ensayo. Una vez más vamos a asistir al predominio del método de la autoridad antes mencionado: queda claro, antes de que lo digan con todas las letras que todo lo que

surge de ese manantial casi sagrado del saber absoluto llamado GACH es digno de difusión, y lo que diverge merece ser silenciado. 

La misma periodista concluyó triunfal esta parte del ejercicio de autoanálisis: “la vara ahí la pone la visión científica.” Sin duda, les produce una gran tranquilidad el no tener que estar escuchando las voces molestas de otros científicos, cuando se debe atender tan sólo a quienes descendieron de las cumbres de la Ciencia con las tablas de la Verdad revelada para siempre. Esa convicción supone la inapelable exclusión de toda información científica alternativa. Para dar el remate a ese remanso de absoluta confianza, apareció la mención del Otro tan temido: “Capaz que uno elige la voz de en quién confiar… de los científicos o de los negacionistas… ¡Capaz que por ahí está la opción!” No hay mayor remanso para el alma de estos profesionales de la radio que la que les produce la ilusión de un mundo perfectamente binario, semejante al de la Guerra Fría. El mundo de la vida tiene para ellos dos mitades notoriamente asimétricas: de un lado, hay una ancha playa luminosa que es la del Bien y la Verdad, según lo establece el Grupo Asesor Científico Honorario; del otro, se extiende un paraje tenebroso, donde reina una pequeña y malévola franja que es mejor desconocer. Y nada les parece más apropiado que denominar así, como acérrima enemiga del bien y nefasta negadora de lo real, a la secta que habría abrazado la ignorancia. Se trataría de un nuevo y oscuro capítulo de la agnotología, de la ciencia que estudia la ignorancia inducida deliberadamente (Proctor y Schiebinger, 2008), como, por ejemplo, la negación científica de la existencia del orgasmo femenino. La despreciable tribu negacionista habitaría en una zona oscura que se impone suprimir mediante la muy potente luz del saber infalible producida por los integrantes del GACH. 

Un nuevo capítulo en la historia universal de la infamia: los canallas privados de micrófono

Ahora sí, la escena mediática quedó dispuesta para que emerja un curioso momento de la confesión de un acto en apariencia reprensible. Sin embargo, quien confesó lo hizo con un tono orgulloso, el de quien encuentra una indudable justificación moral para lo que hizo. La voz cantante la tomó uno de los periodistas, quien se atribuyó sin falsa modestia el rol de censor: 

Yo lo que he hecho en este proceso es incurrir en la censura. Gente que le hace daño a la sociedad, mentirosos, delincuentes, violadores de los derechos humanos, [a] las cosas más abyectas, más horribles [le] hemos dado micrófono. Yo puedo hacer una lista enorme de gente [pausa teatral] despreciable [fuerte énfasis], que defiende intereses despreciables, a la que le hemos dado micrófono.

En esta enumeración de canallas, el clímax, el máximo nivel de abyección llega de modo previsible con la mención de aquellos seres que dudan sobre la eficacia o validez de estrategia de vacunación contra la Covid19 y cuya naturaleza despreciable impediría darles micrófono: “Temimos darle micrófono a los anti-vacunas por una posición alocada. Igual le abrimos a Salle, que es un loco, pero se lo abrimos”. Este curioso yo-pecador-me-confieso-pero-no-me-arrepiento-de-nada procedió a justificar su necesaria o inevitable censura amparada en una peculiar noción de la ética. Él mutiló a sabiendas, sin arrepentimiento alguno, el derecho a expresarse de una minoría; aunque cabe aclarar que desconocemos casi todo sobre su composición, porque salvo las dos figuras políticas nombradas esa mañana, los más que “despreciables” negacionistas  no tienen cabida en ningún medio dominante. El autodesignado censor argumentó  y consagró su derecho a excluir de la radio a los de pensamiento “alocado” de este modo: 

Creíamos que esas ideas estaban mal, y creíamos que le iban a hacer mal a la gente en desalentarla a vacunar, cuando teníamos la demostración de que todo el día estábamos bregando para que la gente fuera a vacunarse y no nos daba bola, perdón, que no se aglomerara y no nos daba bola. Por un lado nos dimos cuenta de que nuestra prédica no se metía, pero a la hora de entrevistar a esta gente. Soy consciente de que incurrí en un acto de censura. 

Hace años acuñé la expresión ‘jactancia negativa’ (Andacht, 1996), para describir el muy uruguayo acto de jactarse de no jactarse, el ánimo hegemónico y distintivo que campea en nuestro imaginario social, y que conforma una manierista humildad que mal encubre un orgullo desmesurado mediante la tenaz simulación de modestia a nivel colectivo. En lo que incurre este periodista es en una variante o nueva cepa de lo jactancioso: la suya es una  jactancia virtuosa, ya que quien la encarna aparentó confesar una falta cometida, pero al mismo tiempo la respaldó y transformó en un motivo de evidente orgullo. Presiento que mientras hablaba, ese periodista esperaba o ya creía oír el estruendoso aplauso del público radial, por la nobleza que habría debajo de ese acto supuestamente vil de censurar. Lo que lo protegería de toda condena es que se trataría de una censura necesaria, porque se la practicó para mantener a raya a los más “despreciables” de esa lista de lo más vil en la sociedad. No olvidemos que los censurados llegan al final, en el clímax de un crescendo de los peores canallas.  

En eso consiste esta inusual situación de reflexividad en un medio local:  el periodista reveló haber censurado, y por ende confesó su nada ético ataque al derecho de la audiencia de esa emisora radial a recibir diferentes visiones sobre el kit pandémico – vacunas, distancia social, máscara, test PCR – por parte de personas que tienen mucha más información que este autodesignado censor, y un criterio válido hasta que se pruebe lo contrario con argumentos y evidencia.  Cualquier definición razónable del periodismo supone la tarea de recoger y difundir toda la información disponible sobre un acontecimiento. 

La orgullosa confesión motivó un testimonio confesional de otro integrante del programa radial. Con él se unió a la discusión la voz emblemática del buen mesócrata, aquel ciudadano que busca destacarse por no destacarse. Este periodista se opuso al confeso censor, pero lo hizo con tan amortiguadora discreción que terminó por unirse a la tesitura del otro: 

Me parece buenísimo lo que contás pero no lo comparto tampoco, porque yo no considero haber censurado a nadie, lo que yo hice es que no encontré … lo digo con todo respeto eh? Vos tenés por un lado a científicos de primer nivel, que dicen una cosa, y del otro lado no encontraste gente capacitada científicamente para tirar abajo. 

En el medio de su confesión incompleta, él explicó con ánimo de excusa que no era el dueño del medio, que él modestamente se limitaba a integrar un equipo. Pero eso no le pareció suficiente, y  supongo que por puro mesócrata, no se animó a afirmar al inicio de su intervención que él no encontró ‘a nadie’ –  para darle un micrófono a la expresión de su disidencia con la ciencia oficialista. A modo de evidencia de su osadía, procedió a enumerar algunas de las preguntas que afirma él se había atrevido a hacer a los científicos – “che esta vacuna tiene un microchip adentro? che, esta vacuna realmente sirve para algo o no sirve para nada?” También quiso dar muestras de valentía al contar que incluso llegó a formular una pregunta incómoda sobre “lo del complot, los intereses de las farmacéuticas”. ¿Quién podría criticar al censor o a su colega que dijo no haber encontrado a nadie con la suficiente formación para poder entablar un diálogo o un necesario pero implausible debate con La Ciencia? 

Y por las dudas, para manifestar su fusión completa con la ideología reinante en Medianía, antes y durante la pandemia, este periodista narró por tercera vez su búsqueda frustrada de polemistas: “Pero gente que esté a la altura de las circunstancia para sentarse acá al frente del micrófono del informativo Sarandí y decir mire, esta vacuna no sirve por esto y esto”, de eso aparentemente no había nada. Para aportar pruebas de la buena fé de ese equipo, oímos a un tercer periodista mencionar a dos seres fronterizos, que sí se habían vuelto acreedores al celosamente controlado micrófono. Ellos dos – César Vega y Gustavo Salle – sirven para demarcar el borde de la grieta, el límite último que no habría que traspasar jamás en esa fracasada y frustrante búsqueda de un interlocutor crítico y válido: “¿Quién podría ser representativo de posiciones diferentes a las del GACH?” El mismo que lanzó la pregunta retórica, de inmediato procedió a responderla: “¿Vega? Le dimos micrófono. ¿Salle? Que es un tipo que juntó un montón de votos, pero no llegó a la legislación y más allá de lo que uno piense de él, le dimos micrófono!” 

Pero la reflexión ha llegado demasiado lejos, y a modo de profilaxis pandémica necesaria, el censor irredento exclamó con indignación: “¡No le podemos dar el micrófono a alguien que no está capacitado! ¿Vos querés que yo te dé la lista de los políticos que pasan por acá y no están capacitados para hablar e igual les damos micrófono?” Tras esa nueva confesión exasperada, imagino que los protagonistas de este acto de encendida auto-alabanza experimentaron la satisfacción de ostentar un luminoso nimbo o halo  de autenticidad salvífica sobre sus cabezas, pues su severo control de quien puede y quien no puede hablar desde ese programa que conducen habría causado un enorme bien a la sociedad en su totalidad. 

No es menor la paradoja que apareció en el cierre del intercambio, cuando quien hizo la más que tibia crítica al censor, hizo este remate discursivo: “Me parece un tema muy bien planteado, como un tema de debate.” Lo que fue celebrado ese día en este programa informativo fue precisamente la negación higiénica a propiciar cualquier tipo de debate que, nos aseguraron estos periodistas, le causaría un daño irreparable a la población. En mayor o menor medida, todos los integrantes del programa se jactaron de haber desalentado el debate, y lo hicieron vedando el acceso radial a los peores canallas, porque no lo merecían. Tomar esa actitud conllevó, según oímos esa mañana, un no menor sacrificio profesional y personal. Pero por su calma al contarnos este proceso mental, parece que valió la pena. 

Hubo una suerte de coda o epílogo, cuando quien esa mañana de mayo encarnó al ciudadano ejemplar de Mesocracia, relató con tono frustrado y no exento de amargura la anécdota personal de haberse encontrado “con gente preparada, educada” que le dijo que no se iba a vacunar. La conclusión que extrajo este portavoz de la opinión pública es que “estamos pagando las consecuencias” de esos obtusos desinformados, de quienes optaron por no vacunarse como Dios,  el GACH, la OMS y el MSP mandan. Opinó que esta personas incurrieron en ese error  por falta de información. ¡Qué extraño que saque esa lección, cuando todos los periodistas de ese programa (des)informativo explicaron y justificaron con máxima firmeza y convicción su decisión de no abrir micrófonos a los seres más despreciables, a esos que llegaron al final de la extensa y melodramática enumeración de villanos formulada por el periodista que asumió el papel de censor. 

Luego de ese saludable desahogo, estos profesionales del medio radiofónico se lanzaron a discutir sobre el estado de la cuestión vacunal, algo que, razonaron, habría causado un gran bien físico, pero también habría traído consecuencias negativas en lo psíquico, pues la gente creería estar ya a salvo de la Covid19, sólo por haberse dado las dos dosis. Si no fuera porque es evidente que ellos saben poco y nada de lo que hablan – si prestamos atención a sus dichos, ellos se limitan a repetir el mantra oficialista, el mismo que sale en los avisos todo el tiempo por todos los medios – el oyente podría respirar aliviado. Luego de la catarsis generosamente compartida, sobrevino la límpida luminosidad del saber científico divulgado por los responsables de ese programa periodístico radial. Como aporte final, y en un arrebato de indignación, el censor confeso exclamó: “¡De aquí en adelante, lo que vamos a tener es cada vez más normalidad!” Él hizo esa profecía como si le avisara al público: ¡De ahora en más, se viene la violencia desatada en las calles, correrán ríos de sangre por las alcantarillas! 

Superman vuelve a defender la amurallada Pandemia

¿Desde qué cima moral nos hablaron estos presentadores de noticias, cuyo oficio es comentar la realidad parcial y sesgada por su propia visión? No es muy elevada; al menos no tiene la suficiente visión como para encontrar voces críticas o disidentes de la Ortodoxia  Covid. Estos periodistas viven en un mundo muy pequeño que me recuerda al que describe Umberto Eco (1964) en su clásico análisis de la historieta de Superman. La ciudad de Metrópolis, donde el hombre de acero vive y lucha, es lo más parecido a un recinto amurallado medieval, pues nada se sabe sobre lo que existe más allá de su muy acotada superficie. El casi omnipotente hombre de acero ocupa sus invencibles horas y tareas en vencer un enemigo del todo ajeno a los grandes males que aquejan a la humanidad, como el hambre o el cáncer. Tampoco se ocupa de detener guerras absurdas, ni de buscar el remedio de una epidemia, sino de capturar a los bandidos que atentan contra la propiedad privada. El ámbito de acción del ser que vino del planeta Kryptón está confinado a mandar a la cárcel a  aquellos seres humanos que ocupan la casi totalidad de la crónica roja en los medios de masa hoy. Así de estrecho es el universo de estos que se dicen periodistas en una radio montevideana. Su muy angosta mirada sólo les permite ver lo que aparece escrito con enormes letras en un vasto cartel iluminado y sonorizado por los mismos medios de comunicación. En ese signo se lee: ESTA ES LA CIENCIA UNICA Y TODOPODEROSA, MALDITOS SEAN QUIENES HABLAN FUERA DE ESTE SACRO RECINTO. A silenciar a los canallas abyectos que piensan y dudan sobre el mejor modo de enfrentar la Covid19 se dedican ufanos estos convencidos mutiladores de la libertad de expresión. 


1 El episodio que analizo ahora ocurrió el 26 de mayo de 2021, en el programa informativo matinal de Radio Sarandí. La misma extraña mañana en que otro habitual de ese espacio radiofónico encontró un ámbito para alejarse de su oficio de meteorólogo, para cambiar de sombrero, y dar rienda suelta a su amargura, a los blues pandémicos que lo aquejaban ese día. Pero eso ya es material para otro ensayo. (https://radiocut.fm/radiostation/sarandiuy/listen/2021/05/26/07/00/00/?fbclid=IwAR3DACSwS-Jis6H8ycYvYQqfjU2Yu9cZf3_-L8N40LDK2fq7R8lN8vOfGr4)

2 Se puede escuchar el segmento del programa de Radio Sarandí en el que se produce el intercambio de los periodistas sobre la censura que ellos mismos ejercen en un enlace titulado “Confesiones de invierno”: https://radiocut.fm/audiocut/confesiones-invierno-3/

Andacht, F. (1996). Paisaje de pasiones. Pequeño Tratado de las Pasiones en Mesocracia. Montevideo: Fin de Siglo.

Baggio, R. H. (2021). A semiótica de Peirce enquanto busca pela verdade. Rede Brasileira de Pesquisa em Semiótica Peirceana: https://redeciep.wordpress.com/ 2021/03/31/a-semiotica-de-peirce-enquanto-busca-pela-verdade/

Eco, U. (1964). Apocalípticos e Integrados ante la cultura de masas. Barcelona: Lumen.

Peirce, C.S. (1877). The fixation of belief. En C. Hartshorne y P. Weiss (eds.). The Collected Papers of C.S. Peirce Vol. 5 (CP 5.358-5.387). Cambridge, Mass.: Harvard University Press

Proctor, R. N. y Schiebinger, L. (eds.) (2008). Agnotology. The Making and Unmaking of Ignorance. Stanford: Stanford University Press. 

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