“El era y no era su padre, su padre era y no era su abuelo, su abuelo era y no era su bisabuelo, su bisabuelo era y no era su tarabuelo; él era era y no era todos los que habían sido antes de él«
Autor desconocido, probablemente oriental.

ENSAYO

Por Mauro Baptista Vedia

El otro día fui a hacer unas compras al barrio japonés de Liberdade, en Sao Paulo, retomando prácticas previas al covid 19. Pasé cerca de un templo; entré apenas para disfrutar el silencio, como  hago con las iglesias católicas. Al salir, alguien que no recuerdo, me da un panfleto, donde está escrito en caracteres negros sobre blanco: 

“los pecados y los karmas negativos están relacionados a tres generaciones de nuestras vidas: pasado, presente y futuro. Esas influencias se  repetirán eternamente; esto significa que solamente a través del Mitibiki lograremos eliminar todos los pecados y los karmas negativos, y tener una vida libre de sufrimientos. Vamos  hacer Mitibiki. Es muy gratificante”

Yo no tenía idea de lo que era Mitibiki, pero aquellas palabras (por sinceras, por mal escritas) me impactaron y repercutieron en mi andar por las calles empinadas y ahora tristes del barrio. Mientras subía una ladera en busca de un buen restaurant japonés, notaba como el barrio estaba vacío y cavilaba: ¿cómo nos relacionamos en nuestra cultura occidental contemporánea con los ancestros? Para el Oriente, es esencial saber quiénes fueron nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, choznos;  en resumen, quienes vinieron antes de nosotros. Para el budismo, los ancestros habitan en nosotros y se hacen presentes en nuestra vida. Para nuestra cultura occidental contemporánea, materialista y pragmática, esa presencia de nuestros antepasados no tiene el menor sentido. Somos apenas nosotros, nuestra familia más cercana y la realidad material que nos toca vivir. Hasta hace no mucho tiempo, yo pensaba exactamente así: si un bisabuelo fue militar en Uruguay y otro ferroviario en Italia, ¿qué importancia podía tener? Y si desconocía totalmente la vida de sus padres, ¿que podría eso afectar mi vida concreta en este mundo? Absolutamente nada. Yo era el único responsable por lo que pasaba, bueno o malo; yo y mis circunstancias familiares y materiales.

Varias tradiciones religiosas piensan exactamente lo contrario. Para el budismo, el respeto y el culto de nuestros antepasados es fundamental para que tengamos una buena vida. Agrego más, para religiones de la antigua Mesopotamia, la influencia fundamental y primera viene del tronco, en mi caso, paterno y masculino; para mi hermana, materna y femenina, o sea, madre, abuela, bisabuela, tatarabuela y un largo etcetera hasta el inicio de los tiempos.

Por una puerta de un edificio, avisté unos carteles metálicos; entré en un edificio feo, subí unas escaleras y entré a un local cuadrado, con unas pocas mesas y un largo balcón, y un permanente olor a frituras. En Sao Paulo, el espacio y los buenos locales son carísimos, por eso, los mejores restaurantes de comida étnica suelen estar escondidos, en lugares mal iluminados, precarios, de una notoria fealdad, típica de la arquitectura comercial, común y funcional contemporánea brasileña. Comí uno de los mejores pollos al ajedrez de mi vida. Mientras apretaba las porciones de pollo y arroz con los palitos, pensaba en mi familia, del lado paterno y del lado materno; en los vivos y en los muertos. Cuando uno envejece y piensa en la familia, los muertos son más que los vivos; cuando tenía 6 años, la única fallecida que yo podría rememorar era una de mis bisabuelas italiana. Con cuatro años yo caminaba por el corredor, subía una escalera de piedra y me sentaba con ella en la ventana, para que me contara historias. Un día, la nona se fue al cielo, me dijeron. Aun la veo sentada en la ventana, la luz de la calle Luis de la Torre en sus trazos delicados y su figura frágil. 

Terminé de comer y pedí otro té verde. Recordé mis cuatro abuelos: Élida y Ángel, los emigrantes italianos; Ariel y Maria Esther (“Chichita”, le decíamos), los “criollos”. Me acordé de mucha más gente, de la cantidad de familiares que tengo en Méjico, de los de Chile, de todos los de la rama italiana que vive en el sur de la bota, de mi primo en Barcelona y su hija, de los ítalo brasileños de Recife. Y por más que lo evitara, no pude evitar el recuerdo de aquellos familiares que ya no estaban en este mundo. Salí del restaurant y, un poco apesadumbrado, recibí un mensaje de una amiga brasileña que tenía  dudas sobre un trabajo. Entrando al subterráneo, le respondí y comenté la nube negra imaginaria que me rodeaba y, en seguida, me respondió: “Cuidado. Al pensar en los muertos, sin ningún ritual de protección, los atraes.  Estás todavía en la Liberdade no? Andá ya a la iglesia de las almas y prendé una vela de siete días en honor a tus ancestros.” 

Salí corriendo del subte, verdadera catacumba, y, sin saber lo que hacer, pregunté por la tal iglesia; un vendedor de flores la señaló. Divisé una edificación antigua y marrón oscura por la que siempre pasaba, ignorándola. Bien neurótico, le pregunté a mi amiga por mensaje de audio exactamente lo que hacer.  Recibí instrucciones precisas y detalladas. Entre a la iglesia, en la entrada compré una vela de siete días y una cajita de fósforos y me dirigí a la bóveda donde la gente rezaba. Un pequeño cartel me llamó la atención: “Prohibido prender velas de colores”. En una bóveda, quemaban muchas velas, las comunes y las de siete días, más gruesas. Caminé despacio, miré las pocas personas que allí estaban, saqué mi vela, la puse junto a otras. Respiré, nervioso, miré a un lado y a otro. Nadie me miraba. Prendí un fosforo, se apagó, prendí otro, se apagó; con el tercero, encendí la vela y obedeciendo las orientaciones de mi amiga, repetí en mi miente algo como: “esta vela es para todos mis ancestros, de todas las ramas familiares, celebro la memoria de los todos aquellos que vinieron antes de mi” Recité en voz baja todos los apellidos de mi rama paterna y materna.  Respiré hondo y salí a la calle; enseguida, sentí sueño, un afloje, cierto relajamientor, un cansancio indeterminado.“Capaz me  bajó la presión”, pensé.  

Entré al subte. Llegué a mi casa. Hice un café y me puse a trabajar; se hizo la noche; me acosté. Dormí muy bien; dormí excelentemente bien. Me levanté de muy buen humor,  miré por la ventana, vi un sol radiante y visualizé el “axioma” “moro num país tropical, abençoado por Deus e bonito por natureza – mas que beleza” de la famosa canción de Jorge Benjor. Hice un clic y pensé “Se terminó. Basta de encierro. A la calle.” Tocó el celular. Era un amigo productor; atendí.

-“¿Aló (en portugués es igual que en italiano, fuera el “hola”, entra “aló”)?”

-“Mauro, tudo bem? O nosso projeto foi aprovado.”

-“Opa, que notícia. Finalmente.”

-“Sim, te mando por email toda a documentação que vamos precisar.”

-“Beleza.”

Algo había cambiado. Algunos hablan de la sincronicidad de Jung. Salí a la calle y, entusiasmado, empecé a subir y bajar las empinadas calles del barrio de Pinheiros donde vivo, resolviendo cuestiones prácticas. Las calles seguían semi desiertas: el transito escaso, las clases de primaria, secundaria y de la universidad seguían o suspendidas u “online”. Tenía una nueva preocupación; el dedo anular derecho inflamado e hinchado, de tanto escribir, sin duda, pero también de lavar platos, cocinar, pasar el aspirador.  Había marcado la primera consulta de mi banal existencia con una manicure. Mientras caminaba alegremente, pasé por una pequeña y recién instalada peluquería, un típico negocio que estalló en la ciudad en los últimos años con la moda hipster y su profusión de barbas. Vislumbré en el interior del local, sin clientes, a un joven, flaco, solitario, que aburrido, consultaba su celular. Seguí caminando, con el sol fuerte y sin nubes, llegué a la peluquería de la manicure. Este negocio era más tradicional, era un lugar grande. Estaba vacío, sin clientes. Me senté en el sillón y percibí que éramos en la peluquería, en aquella mañana de agosto, yo, la manicure, y los otros cuatro funcionarios que, sin trabajo, se limitaban a esperar la clientela que llegaría algún día en un futuro, Dios mediante, no muy lejano. Mientras Mónica (así se llamaba) me contaba que habían abierto hacía dos meses, pero que la gente, con miedo, no venía, yo empecé a recordar mis andanzas y desventuras en este gran país llamado Brasil. Especulé cuales serían las razones que podrían explicar que yo hubiera hecho cosas tan diferentes, que hubiera tenido varias profesiones relacionadas con la cultura; siempre con poca estabilidad laboral; siempre con el sentimiento permanente de ser extranjero y estar de paso; siempre con un espíritu nómade, aventurero y precario, corriendo riesgos innecesarios. Y tal vez por eso, no estoy seguro, me acordé de mi padre, pensé en su vida y como hasta los 35-38 años hizo mil cosas, algunas interesantes, otras no tanto; como entró y salió de varios empleos; como entraba como un funcionario brillante y como después se hacía echar por estar leyendo una crítica de cine en el baño; como confundió la ficción del cine con la vida real; como, dependiendo del día, pensaba que era Albert Finney, Belmondo o Mastroianni en alguna película de los años cincuenta.

Rememoré como Ariel, asi se llamaba, había sido muy precoz (deportiva, intelectual, social y amorosamente) y como después de cierta edad, muy joven todavía, había caído en un estado depresivo, viviendo a base de una dosis cotidiana de alcohol, cigarros, valium y cine.

Ariel dormía durante el día y estaba despierto de noche; así se escondía del mundo y sus obligaciones y ocultaba la vergüenza, la culpa y hasta, aquí tengo que ser implacable, el desprecio que sentía por sí mismo. Para mí, su único hijo varón, Ariel funcionó como un ejemplo, por el absurdo.

Mi viejo fue, sin tener consciencia de ello, un contra ejemplo. Como un maestro zen retorcido, mi padre me mostró paso por paso todo lo que yo no debía hacer en la vida material, práctica y familiar. De forma caótica e impensada, Ariel renunció al control natural que los padres tienen sobre sus hijos; a la proyección de sus ideales y de sus frustraciones. De peculiar manera, Ariel me dejó libre de la influencia paterna cuando llegó mi adolescencia. Podría haber aprovechado los bienes del suegro y haberse quedado en la familia, hacerse el bobo, el invisible y ser un chupasangre de bajo perfil. En lugar de eso, se fue lejos, volvió a España, se alejó, se escondió. Hay un primer Ariel, pariente del Bob del cuento magistral de Juan Carlos Onetti, que murió a los 40 años. El otro fue, de cierta forma, un zombi, pariente del Roberto del mismo relato de Onetti; como Roberto, insistí en sus nuevos proyectos; en hipotéticos recomienzos; en utopías que ya nacían gastadas, en ideas que no perduraban una madrugada de vino tinto y cigarros negros españoles, de marca Ducados.  

Yo, Mauro, incorporé, asumí, absorbí, toda la herencia de mi progenitor de la cual tenía orgullo: la cinefilia, el gusto por el futbol y, espero, el sentido del humor. Rechacé todo el resto, inclusive cosas buenas, como su dedicación al deporte. Siendo justo, intenté hacer las cosas de esta forma: eliminar el padre que está dentro de nosotros es algo muy difícil, que requiere todo tipo de estrategias, sean ellas el sicoanálisis, el rolfing, la terapia del renacimiento, la ayahuasca y un largo etcétera; y aún así siempre seremos hijos de nuestros padres y madres, nietos de nuestros abuelos y abuelas. Y hoy les diría a los lectores que no se trata de rechazar ni de adoptar, sino de disociarse emocionalmente de nuestro pasado y nuestros padres y analizarlos de forma racional.

Un día resolví investigar. Y escarbar y conocer la historia de mis ancestros. Un Ariel me llevó a otro Ariel, al padre de Ariel Alfredo, a mi abuelo Ariel, a “tata Ariel”. Ese Ariel, nacido en 1906, fallecido en 1988, era masón, hincha de Peñarol, maestro de escuela, bancario y militar de reserva y profesor de ametralladora; era también un gran lector, muy buen nadador, tenía una memoria prodigiosa, muy cariñoso y temperamental, y claro,  muy hablador, como toda su familia. Si rememoro aquí en estas páginas a mi abuelo, en seguida llegan a mi mente imágenes de su funeral, un acontecimiento que me pesó mucho, como sólo descubrí años después. Otro día pensé en su padre, en mi bisabuelo José Felipe Baptista Vedia, muerto en 1940, del cual hace años me llegó una foto suya experimentando uniformes del ejército en la época del presidente Máximo Santos. De mi bisabuelo hay algunas historias; muchas coinciden que era una persona difícil; otras, agregan que era muy buena pinta. Aquellas fotos  mostraban a mi bisabuelo muy joven,  ya en el ejército con 18 años. Con esa edad, ya con trabajo fijo, uniforme, obligado a realizar ejercicios físicos extenuantes, maniobras militares arriesgadas, recibiendo órdenes y obedeciendo, recibiendo ordenes y obedeciendo. ¡Qué joven que se lo veía en esa foto, que distante del militar áspero, duro, de fotos de veinte años después!  Alguna vez mi bisabuelo fue chico; alguna vez fue un niño, no sé si pudo ser adolescente.  

Y así, naturalmente, me acordé de mi tatarabuelo, Felipe, el militar de quien muy poco se sabía. El padre de mi bisabuelo, el abuelo de mi abuelo. Si mi padre vivía en mi; y si mi abuelo vivía en mi padre y mi bisabuelo en mi abuelo…Mi tatarabuelo ¿vivía en mí?  ¿Tendría yo características de mi tatarabuelo? ¿Quién había sido Felipe Baptista? Quien era ese Baptista del cual poco se sabía, pero que insistía en no hacerse olvidar por la fuerza de su nombre, Felipe, que se prolongaba de generación en generación.  José Felipe había sido el nombre de su hijo, de mi bisabuelo,  el Mayor Baptista Vedia, que peleó en la guerra de 1904 del lado del gobierno; Felipe había sido también el nombre del primogénito de sus siete hijos, de mi tío abuelo, “el general” José Felipe Baptista Vedia, que en 1958 casi fue comandante en jefe de las fuerzas armadas. Felipe era también el segundo nombre de mi tío Alejandro y de mi sobrino de cinco años, hijo de mi prima| Soledad. 

Felipe Baptista, ese ancestro del cual poco sabíamos, del cual la no había fotos ni retratos, había dejado dos cosas materiales que registraban su pasaje en esta tierra. La primera, un pergamino, un documento de 1853, donde el presidente de la Republica Oriental, Joaquín Suarez lo felicitaba por haber peleado en Monte Caseros, la batalla donde Juan Manuel de Rosas fue derrotado por los unitarios. La otra, un pequeño  álbum de fotos de la segunda mitad del siglo XIX,  que había sobrevivido al tiempo.

En “Historia del guerrero y la cautiva” (El Aleph, Buenos Aires, 1949),  Jorge Luis Borges cuenta la historia de dos personajes que, originarios de una cultura, la rechazaron para volcarse a otra totalmente opuesta. Uno es el guerrero lombardo Drouctulft, bárbaro que murió defendiendo a Roma; el otro es una inglesa que fue cautiva de los indios en un malón y terminó casada con un capitán del ejército, viviendo en el campo argentino, un cotidiano áspero, violento y salvaje.  Borges relata que su abuela inglesa conoció a su compatriota cuando su esposo, Francisco Borges, allá por 1872, era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe y la comandancia estaba en Junín. Eran tierras en estado de guerra e inestabilidad permanente, contra rivales criollos o contra los indios. Hete aquí que Francisco Borges era colega de armas y, posiblemente, amigo de mi tatarabuelo Baptista. Esto deduzco al encontrar un retrato de Francisco Borges en el álbum de fotos de Felipe. El álbum revela la intensa carrera militar de mi tatarabuelo; analizando las fotos, vemos que la gran parte de su trayectoria parece haber acontecido en Argentina. 

Teniente Coronel Francisco Borges

En el álbum hay muchas fotos,  varias firmadas y dedicadas al “teniente coronel Felipe Baptista”. Me acuerdo de mi padre, de mi abuelo y de mi tío abuelo y especulo que Felipe debía ser expansivo, sociable, alto, hábil físicamente, de buena conversación.  Al releer “Historia del guerrero y la cautiva”, me pregunto si mi trayectoria de extranjero y nómade no me ha colocado repetida y alternadamente en  la tan mentada oposición civilización y barbarie del Facundo de Sarmiento. He recorrido Brasil de punta a punta, he estado en lugares inhóspitos y peligrosos, he arriesgado más mi vida de lo que me gustaría confesar. He estado en muchas guerras simbólicas, imaginarias o reales; cada obra de teatro fue una batalla; el largometraje fue una guerra de diez años; algunos empleos fueron el infierno en la tierra; he experimentado la muerte y la resurrección; en mis delirios, he sucumbido y he sido victorioso en enfrentamientos épicos. Cometí imprudencias innecesarias evocando de forma inconsciente el pasado heroico de mis antepasados para tolerar la época contemporánea insípida y cobarde en que me toco vivir: en Rio, fui atropellado por un Chevette al cruzar una avenida por seguir a un amigo que quería ver los travestis del otro lado; en Salvador, Bahía, fui a bailar atrás de un trío eléctrico con una pierna infectada y cercana a la gangrena; en la carretera Rio-Sao Paulo, llegué a 120 kilómetros en un auto de fibra de vidrio que era más chico que un fiat 600; en el Maracaná, en la tribuna de los periodistas, grité un gol de Peñarol y desafié a decenas de hinchas del Botafogo; estuve años sin cobertura de salud sin darme cuenta; hice todas esas cosas y muchas otras que no me atrevo a confesar (por exageradas y patéticas), siendo un bárbaro civilizado y un civilizado bárbaro. Cuando hice esas cosas, no tenía la menor consciencia; posteriormente, aventuré que podría ser apenas por haber sido joven en tierras extrañas y tropicales. Esa oposición barbarie civilización,  no me convence del todo, pero aún así provocó  sentimientos de culpa cuando participé de algunas ceremonias espirituales con la presencia de indígenas brasileños. En esas ocasiones, siempre me preguntaba: ¿adivinará este indígena o este xamá, que cuatro, o cinco generaciones atrás, posiblemente yo y el estaríamos en bandos irreconciliables; estaríamos en guerra?

Los caminos de mi tatarabuelo Felipe Baptista sugieren ciertos padrones de comportamiento, formas de ser, de estar en el mundo, que se transmiten inconscientemente  de generación en generación. Padrones familiares,  presencias de ancestros en nuestras vidas, repeticiones y obsesiones. Mi tatarabuelo Felipe murió joven, cuando tenía 35, en 1868; Francisco Borges murió peleando, a los 39 años, en 1874. Cien años después, en 1974, en Castelldefels, Barcelona, descubrí quien era  Borges al ver, con mi padre, una larga entrevista al escritor argentino en un programa de televisión. Un año después, en la misma Castelldefels, mi viejo se rompió el menisco a los 35 años, jugando al vóleibol, en Castelldefels. Nunca más fue el mismo; su reacción extremamente exagerada  me hace pensar si gritaba y lloraba por él, o si inconscientemente lo hacía por su tatarabuelo, Felipe. ¿Tendrán los ancestros ese peso sobre nuestras vidas? ¿Mi padre dramatizaba sin saber una muerte que había acontecido hacía más de cien años? ¿Está correcto el budismo acerca del peso de nuestros antepasados en nuestras vidas? Continúo en el próximo número.

Reverso de la foto anterior, con letra del abuelo del autor
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