ENSAYO

La vasta y compleja realidad política contemporánea es representada gráficamente con el fin de evidenciar los posicionamientos políticos relativos de los distintos habitantes de ese espacio político, ya sea como referenciación de sí mismos como de los demás, en una operación que tiene mucho de subjetivo y objetivo a la vez.

Por Héctor Balsas

La ubicación política que el yo se da a sí mismo implica, al mismo tiempo, la ubicación de otros, por y ante la conciencia del yo, lo cual le facilita el entendimiento del panorama, aunque encierra mucho de contradicción y autojustificación. El antagónico es, a menudo, agrupado en una sola clase, en la que los matices no cuentan y que es, por lo común, menospreciada, en tanto que, a medida que se está en una zona más próxima al yo, se perciben mejor los matices y se los aprecia con mayor benevolencia. Decía Lévi – Straussque “no se nombra jamás, se clasifica al otro o uno se clasifica a sí mismo”. 

Para tal operación, existen formas representativas de ese espacio, que van desde diagramas unilineales, en base a un único eje, como otras propuestas bilineales y trilineales, que plantean otros ejes a considerar y que agregan dimensiones y complejidad al asunto.

Muchas pueden ser las representaciones unilineales, pero el eje que más frecuentemente se ha empleado es el de izquierda – derecha, simbolizando los extremos antagónicos de una línea imaginaria que representa al colectivo político y, necesariamente, a un sistema. Podrían ser muchos otros los criterios empleados para marcar posiciones antagónicas, dependientes de los entornos histórico – culturales, de sus peculiaridades y sus propios devenires. A modo de ejemplos, para algunas sociedades puede ser más importante un eje que vaya de una injerencia máxima de lo religioso tendiente a una teocracia hasta la prescindencia de la religión en un estado laico; en tanto otro caso es el de estados o regiones dependientes de otros o en situación colonial, donde el eje se desplaza desde fuerzas integradoras hasta las  independentistas separatistas.

Inevitablemente se superponen estos otros ejes al primero de izquierda – derecha, en el entendido de que las opciones de esos ejes coinciden también, y ayudan a definir las características de qué es izquierda y qué es derecha.

Sin embargo, no hay un acuerdo absoluto al respecto (hay considerables ejemplos que demuestran lo contrario) y por ello, manteniendo el eje izquierda – derecha, se han planteado otras representaciones gráficas que desdoblan otras categorías, dando lugar a modelos gráficos bidimensionales y tridimensionales en los que se agregan otros ejes, que cortan perpendicularmente al primero, generando entonces un sistema de cuadrantes y coordenadas, en el cual se podrán ubicar los posicionamientos políticos con sus aproximaciones y dispersiones, sus combinaciones y matices. 

Diversos modelos multiaxiales se han abierto paso para representar el espacio político contemporáneo: el llamado “Brújula política” (un eje izquierda – derecha y otro eje perpendicular liberal – autoritario); el gráfico de Eysenck (eje horizontal izquierda – derecha, eje vertical tendencia autoritaria – tendencia democrática); el gráfico de Nolan (ejes progresismo – conservadurismo y liberalismo – totalitarismo); el gráfico de Pournelle, en el que se cruzan estatismo (Estado como mal / adoración del Estado) y racionalidad (irracionalidad / razón entronizada); unos cuantos más que utilizan ejes como Capitalismo – Socialismo y Libertad – Autoritarismo; el gráfico de Mitchell que considera un eje que llama Kratos (refiere al uso de la fuerza y al poder) y otro que denomina Arche (grado de reconocimiento del rango político o del gobierno) cuyos extremos serían Kratos y Akrateia y Arche y Anarche. 

Los hay variados en cuanto a modelos tridimensionales: el gráfico del Fresian Institute que maneja las dimensiones de libertad económica, libertad personal y libertad “positiva”; el gráfico variante de Nolan que considera ejes que contemplan si la libertad, la economía y la cultura se basan en la comunidad o en el individuo;  y otros casos como el diagrama de Marcellesi donde a los ejes izquierda – derecha y autoritarismo – liberalismo, suma otro de productivismo – antiproductivismo.

En todos estos casos se destacan los extremos de los ejes, sean uno, dos o tres, pero en pocos casos se visualiza el nexo que conecta y da cohesión a cada diagrama y a los espacios políticos también. Lo que en pocos casos se marca expresamente como categoría, a diferencia de lo que sucede en los gráficos de Nolan y sus variantes, es el centro del espacio político. Normalmente aparece como punto de intersección pero sin una visibilización propia. Pero como bien indica Arnheim, el centro siempre está allí, ya sea que posea presencia retiniana, como que se perciba por medio de la inducción intuitiva.

La señal explícita le daría al centro «presencia retiniana». Esto significa que “estará representado en el esquema fisiológico de estimulación retiniana creado por el correspondiente esquema del mundo físico”. En tanto, “la inducción es el proceso perceptual gracias al cual un rasgo puede aparecer en una imagen visual sin tener presencia retiniana”. (Arnheim, 1982)

¿Qué ocurre con la representación del centro del espacio político? Como veíamos, aun cuando pase inadvertido por las variantes de ejes que oponen categorías y que marcan una “graduación”, el centro está allí y confiere cohesión al sistema. 

Convengamos en que los esquemas y diagramas creados para representar el espacio político son representaciones simbólicas y que, al tener una concreción “física”, sobre una base geométrica, entran dentro del campo de las formas y están sujetas a las leyes de la percepción, con lo cual se establece una correspondencia entre la representación (el diagrama), lo representado (el espacio político) y la realidad global de una cultura, un estado, una nación, etc. (los conceptos significativos que se “miden” en los ejes).

Desde la perspectiva de la psicología gestáltica, Arnheim provee numerosos elementos de análisis de la imagen como “campo” y si bien su análisis se enfoca en la composición artística, es absolutamente lícito aplicarlo a toda composición simbólica, sea en el plano, sea espacial, en tanto todas ellas implican una construcción simbólica que trasmite conceptos y cosmovisiones.

Por tanto, echemos mano a una primera distinción útil que plantea Arnheim, la de la existencia de dos sistemas espaciales, el cósmico, basado en la concentricidad y la centralización de los sistemas planetarios y el que denomina local, basado en el plano, según las coordenadas (abcisas y ordenadas) de la cuadrícula cartesiana. Para Arnheim nuestra percepción necesita combinar ambos sistemas.  

Por esa superposición tendemos a visualizar un centro aún en un esquema lineal, tanto uni como pluri dimensional. Pero sobre lo que advierte Arnheim, a diferencia de lo que podría desprenderse de la simple mirada de las representaciones del espacio político, es que centro y mitad no son siempre coincidentes, es más, que el centro rara vez está en la mitad aunque sí en zonas aledañas, porque se trata de centros de equilibrio de todo el sistema y no necesariamente de simetría. En esto, los diagramas tienden a una idealización de la realidad en tanto distribuyen regularmente el espacio para lo que sea que los ejes representen, sin contemplar que en una realidad dada, la distribución sobre esas categorías es desigual. Por tanto, estos diagramas son representativos de un espacio vacío en el cual equidistarían las categorías conceptuales que están a ambos extremos de los ejes, en relación a un centro geométrico definido en esos diagramas por el punto medio del eje en los unidimensionales y por la intersección de los ejes (en sus respectivos puntos medios) en los multidimensionales. Si sobre esos diagramas introdujéramos la realidad política, veríamos que la dispersión sería completamente asimétrica sobre cada uno de los cuadrantes o de los segmentos. Esto muestra que esos diagramas son más representativos de las variedades ideológicas de un sistema que de la distribución de las mismas en el espacio político real. 

En este punto, conviene atender a la caracterización que Arnheim hace de los centros. Su concepto parte de considerar al centro como aquel de un “campo de fuerzas, un foco del que emanan y hacia el que convergen fuerzas”. Agrega que “en todo campo visual hay varios centros, cada uno de los cuales trata de someter a los demás” y que su equilibrio global determina la estructura del todo que se organiza en torno a un centro de equilibrio. Las principales propiedades a considerar son el peso de cada uno de los centros y la distancia entre ellos, configurando un sistema gravitacional que permitirá alcanzar el equilibrio o que determinará el desequilibrio del sistema. A esto confluye también la forma del campo que contiene esos centros.

Llevado esto a las representaciones del espacio político aquella dispersión resultante de superponer la realidad cuantitativa a las categorías ideológicas, nos daría una distribución en la que podríamos apreciar, por sus relaciones relativas, la conformación de centros que se compondrían de la prevalencia de unos sobre otros en función de su fuerza gravitacional (el peso) y de la proximidad que la definición ideológica les adjudica en el diagrama (la distancia). Lo mismo podría hacerse si el diagrama se basa no ya en definiciones ideológicas, sino en prácticas políticas y entonces la configuración de los centros podría ser otra. 

Consideremos también que la forma del campo nos dará otro tipo de información. En todos los casos antes mencionados encontramos formas regulares: una recta, un cuadrado dividido en cuatro cuadrantes o en cuatro trapecios con un cuadrado menor al centro, un cubo o un octaedro. Las formas regulares son tendientes a un mayor orden, en tanto se conforman por pocos elementos de información con alta redundancia (Eco, U. 1962). En consecuencia, esto facilitaría la percepción del sistema entero y en su total pluralidad de componentes. La relación en que queden esos centros gravitacionales compitiendo unos con otros nos dará el mayor o menor equilibrio general de la forma. La mayor gravitación de un centro puede quedar compensada por la distancia con respecto a otros centros menores gravitacionalmente. La menor distancia favorecería a los centros mayores que tenderían a absorber a los menores y, por ende, a difuminar diferencias, configurando así un centro más grande y potente.

La mayor situación de equilibrio estaría dada cuando existe una tensión suficiente entre los centros como para que la atracción gravitacional no desaparezca pero que los centros menores no resulten absorbidos. Arnheim denomina a esto el efecto de la goma elástica, en tanto imaginemos a los centros vinculados por un nexo simbolizado en esa goma elástica. Cuanta mayor distancia entre los centros, mayor tensión, pero mientras la goma esté en tensión, se mantendrá la relación y, sobre todo, el equilibrio. Tanto que se tense demasiado la goma hasta romperla, por lo cual los centros se disociarían, como porque por excesiva aproximación esa goma se afloje quitando tensión y por tanto un centro engulla a otro, el equilibrio tiende a desaparecer, ya sea por disociación como por absorción. 

Esto reprsentaría muy bien ciertas dinámicas políticas de uniones, escisiones, alianzas, coaliciones, bloques, radicalización, etc. En el caso de que la tensión desparezca por aflojamiento de la goma elástica, las fuerzas tienden a fusionarse en la que tiene mayor peso al haber disminuido la distancia imprescindible para que haya una clara diferenciación entre ellas. Por el contrario, cuando la goma elástica se tensa hasta su ruptura, veríamos escisiones y radicalizaciones aunque muy comúnmente a costa de que el peso del escindido resulte afectado y disminuido.

Siguiendo esta lógica, es posible que dos centros de considerable peso que tienen sus propias áreas de atracción procedan a un proceso de aumento de la tensión tal que la goma se rompa y se disocien entre sí, polarizando el panorama cada cual con sus aliados. En este caso, lo que queda en riesgo es el espacio político en sí mismo, la posible disgregación del mismo o, al menos, la reducción a un esquema de un solo eje de antagonismo (unos contra otros, o más bien, antiunos contra antiotros). Allí podríamos estar en escenarios de “grietas” (vocablo “al uso”), guerras civiles, revoluciones, estallidos sociales, golpes de estado, e incluso injerencias exógenas al sistema.

Otra dimámica que afecta a los centros tiene que ver con el corrimiento del centro de equilibrio en el esquema clásico de izquierda – derecha asumiendo una hipotética paridad de fuerzas. En tal caso, el surgimiento de un ala extrema, supongamos una extrema derecha que se agregue al diagrama, implicaría que el centro que anteriormente se visualizaba, queda corrido más a la izquierda en el nuevo panorama. Lo mismo ocurriría con la aparición de una extrema izquierda. En procesos de alta radicalización, esos centros son considerados tibios y por tanto, resultan asociados con el antagonista, sin que se les reconozca existencia propia y se proclama la imposibilidad de equidistancias, ya sean ideológicas, ya sean de posicionamientos políticos concretos. Es algo frecuente cuando las sociedades entran en antagonismos violentos (atentados, represión sistemática, asonadas, escaladas de violencia) y que se puede ver también en lo que Hobsbawm caracterizaba como la «danza revolucionaria» en la cual, mediante giros a la izquierda y giros a la derecha, las alianzas cambian y los enemigos también.    

Difícilmente los diagramas que simbolizan el espacio político puedan representar esta dialéctica. Indica Arnheim que mientras los centros se mantienen equilibrados (que es lo que propician las formas regulares empleadas en los diagramas) el todo está en reposo y los centros son funcionales mutuamente, lo que genera sensación de estabilidad y perdurabilidad, algo que muy comúnmente, por fuera de los diagramas, en la realidad política es mucho más dinámico.

Quizás esos modelos sean aptos para un tiempo y un lugar, pero difícilmente puedan ser tan versátiles como para sobreponerse a la contingencia histórica, a menos que se pueda demostrar que las ideologías no envejecen, mutan o se extinguen, que las prácticas políticas no están atadas a la historicidad de las sociedades, que los comportamientos y relaciones sociales pueden evitar su congelamiento a través de las generaciones, que los patrones culturales no admiten transformaciones.     

En cualquier caso, las categorías conceptuales que se suelen oponer se entienden en función de la existencia del centro. Pero puestos en posiciones antagónicas radicalizadas, cada extremo asimilará al centro con su extremo opuesto, de modo que la noción de centro tendería a desaparecer en una bipolaridad absoluta. Igualmente, tanto que desaparezca el centro como uno de los extremos, el sistema cambiará y tenderá a la desaparición. Si desaparece el centro, la polarización llevaría a un posicionamiento más por antinomia que por propia definición. Si desaparece uno de los extremos, el centro restante se convertiría en el extremo desaparecido, con tendencia a ser engullido por el extremo superviviente, que no sabrá advertir matices y someterá a todo el resto a su dinámica. En otras palabras, todos los ejes se “plegarían” sobre uno solo que visualiza mejor la antinomia y el conflicto “nosotros – ellos”. Esto sería parte del proceso de “construir el enemigo” de que ha hablado largamente Umberto Eco (2011) y constituiría la representación de un espacio político totalitario: la eliminación o reducción máxima del extremo contrario y del centro, por aniquilación o sumisión y la presencia de partidos únicos, oposición inexistente o domesticada, restricción de derechos, persecución y prisión políticas, estado policial, censura, represión en instancia.

¿Qué obtenemos de los simbolismos y las dinámicas que podemos inferir de estas representaciones del espacio político? 

En un esquema unilineal, la oposición de los extremos es absoluta y simultánea, no importa cuántas categorías se consideren, ya que todas están “plegadas” sobre un único eje. En los esquemas multilineales, lo que es opuesto en un eje puede no serlo en el otro y aquello que parecía absolutamente antagónico resulta tener parentescos parciales, «aires de familia» en los que algunos rasgos se parecen a alguna rama familiar pero otros se asemejan a alguna otra o hay rasgos que no pueden identificarse con ninguna. 

Umberto Eco nos ilustra en esto cuando se ocupa del fascismo. “El término «fascismo» se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos y siempre podremos reconocerlo como fascista. Quítenle al fascismo el imperialismo y obtendrán a Franco o a Salazar; quítenle el colonialismo y obtendrán el fascismo balcánico.

Añádanle al fascismo italiano un anticapitalismo radical (que nunca fascinó a Mussolini) y obtendrán a Ezra Pound. Añádanle el culto a la mitología celta y el misticismo del Grial (completamente ajeno al fascismo oficial) y obtendrán a uno de los gurús fascistas más respetados: Julius Evola.”

Muchas de esas características “se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista”. (Eco, 1997)

En un esquema unilineal, los antagonismos posibles son uno solo y no hay parentesco posible: la línea representa contraposición en todas las categorías conceptuales que se superponen en un único eje. 

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En un esquema bidimensional la oposición absoluta se graficaría mediante una diagonal que lleva de la conjunción de un extremo de cada eje hasta la conjunción de sus extremos opuestos. (La oposición absoluta en un eje no implica necesariamente la oposición absoluta en el otro) 

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En tanto, en un esquema tridimensional de forma cúbica, los ejes de oposición absoluta serían cuatro, en tanto las posibilidades de parentesco aumentarían a tres por cada vértice, conectándose por medio de las aristas del cubo. 

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Y en otro diagrama tridimensional en forma de tetraedro, los ejes de oposición son tres, en tanto las posibilidades de parentesco pasan a ser cuatro por vértice.

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Regiría para estos “parecidos de familia” lo que rige para la teoría de los juegos y que, nuevamente explica Eco (1997):

“Supongamos que existe una serie de grupos políticos. El grupo 1 se caracteriza por los aspectos abc; el grupo, 2 por los bcd, etcétera. El 2 se parece al 1 en cuanto que comparten dos aspectos. El 3 se parece al 2, y el 4 se parece al 3 por la misma razón.

1   2    3   4

abc bcd cde def

El 4 y el 1 no comparten ninguna característica. “Sin embargo, – continúa Eco – en razón de la serie ininterrumpida de parecidos decrecientes entre el 1 y el 4, sigue habiendo, por una especie de transitividad ilusoria, un aire de familia entre ellos”. 

La representación del espacio político, así como la de cualquier otro espacio, contiene, pues, elementos visibles, elementos sugeridos o aludidos y elementos invisibles, textos, subtextos y metatextos que recuerdan cuán poco lineal la realidad puede ser.


REFERENCIAS                             

 1 Lévi – Stauss, Claude.- El Pensamiento Salvaje, 1962.

 2 Arnheim, Rudolf.- El Poder del Centro, 1982.

 3 Eco, Umberto.-  Obra Abierta, 1962. 

 4 Hobsbwam, Eric.- La Era de las Revoluciones, 1962.

 5 Eco, Umberto.- Construir al enemigo y otros escritos, 2011.

6 Eco, Umberto.- Contra el Fascismo, 1997.

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