Al leer Pulso, como ocurre también con Nada de nadie (2001), un libro anterior de Silvia Guerra, nos las tenemos que ver con otra concepción de realismo, si asimismo incorporal, integrador. Un realismo de la varia dimensión. De lo simultáneo que se inscribe con las percepciones siempre alteradas por el afecto. Vetas reunidas y circulantes. Y sobre todo: la persistencia conmovida. Cualidad oscilatoria de ese realismo que, por ende, se despega de las prerrogativas comportamentales de representatividad e imitación de Un Real.

De entronización incluso de un Equis o Ene Objeto. Este realismo no pretende transgredir ley alguna, ya se encontrase en los consensos sociales o literarios, ya fuese la propia Ley De Un Sentido.

La propia autora quizá lo consigne como si tallase en hueco aquello que sólo la sombra en movimiento ilumina:

Algunas de esas veces hay una voz que acude, hay una voz que llega a beber en el borde extremo de la cuenca. Animal de la estepa, verbo inmenso …

POIESIS / 31

Por Reynaldo Jiménez

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El agua, la mano, la calavera. La voz atravesada por el verbo linfático. Que no instala una saciedad sino que busca comprender, a toda costa, abarcar, con la incantación que va trazando en el propio cóncavo del lector, los nódulos, dolor o desengaño, patrones de violencia y desencuentro y fijezas que pululan fuera del campo visual pero que inciden, producen.

Mientras lo mínimo es inmenso y se destila entrando y saliendo y volviendo a salir más allá de ese campo, visual o magnético, lo familiar, lo que se acostumbra, frente (y junto)a la apertura, tras la torsión de origen que, fecundada por el enhebrado, se incorpora al nudo, a los enlaces verbales que sigilosamente Silvia dispone. Cañas de pescar imágenes en el viento. Qué otra cosa si no, presentimos, pudiera ser la alquimia verbal, de la que hablaron y hablan, y, sobre todo, encarnan, en su oscilar, los más videntes de entre nosotros.

Y es por esa faceta conectiva, ánima pneumática entre las facetas, que, a su vez, ambos: verbo y voz, se conjugan en recíproca interrogación. Ensamble de dúplices que al encabalgarse van geminando nuevas mutualidades entre previas distancias. La estela o baba de ese desplazamiento serpentino, para seguir hablando del sentido, es una gema líquida, que por momentos se condensa y otros se prende fuego.

Curiosamente este Libro de Imágenes insiste en el viento. En ciertas lenguas cuyos usuarios no han aceptado cortar lazos con las fuerzas naturales (en el sentido de convivencia sincrónica con el ancestral, esto es: humano e inhumano), se pueden atender diversas formas de nombrar a un ser, porque los nombres seguirían adaptándose a los modos y a las

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formas de ser ése. Partiría la conciencia del nombrar precisamente de una experiencia en varios planos a la vez, quizá multiplicidad. Quizá velocidad conectiva entre apartados, aunque en la zona de experiencia.

Cuál otra. Turner se dedicó a pintar algunos de los infinitos blancos.

Reparó, a su modo, mediante esa variación de óleos blancos, a veces al interior de un solo cuadro, una inmensa distracción general. Silvia por su parte sugiere, con esa detención del pincel que es detenimiento en una suavidad filosa, en un pulimento de los signos (en principio, la palabra viento), algunos de los modos de ser de ese ser, poderoso incluso en el alivio.

Quizá se trate de ser viento al escribir sobre él, al escribirlo. Viento, asimismo, las palabras. Remolinos de imágenes. Vientito del aliento en movimiento. Pero que penetra, sin fin, por el oído interno a la circulación (viene de circular y ahí continúa). El sentido es corpóreo. Irriga el pulso. Quizá se trate de ser viento.

De donde el poema es un procesador de la voz. La cual se multiplica por el detalle. Y la voz, en toda su impermanencia, es el procesador somático del verbo. Y éste, vertebrado de detalles. El detalle casi es lo único que cuenta. El ritmo (ensarte respirante de los detalles) funge de hilo conductor de la energía verbal. Que en Silvia no se agazapa nunca y más bien confiere un espesor de letanía a las imágenes rotativas, veloces a varias velocidades, que constituyen su inscripción. La cual está fuera de época, fuera de

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inventario, de argumentación o escenografía o coreografía mental alguna que le consiguiera adosar una ubicuidad de la que no sólo no depende sino de la que se exime por naturaleza.

De hecho, lo que acontece en Pulso no refleja las casillas comportamentales de rigor mortis: mujer-latinoamericanaurbanita- contemporánea. Ni seducción feminoide ni empuje fálico ni lamentación ante el tiempo ni esfinge en un espacio restringido. La naturaleza continúa atravesando apariencias y declaraciones definitivas. Y lo hace en cuanta variable le sea posible encarnar y, aun si fugazmente, destellar, persistir en el destello. Si la atención conecta sensiblemente, ya no se adapta a los universales. Silvia más bien conecta unos materiales precisos pero a riesgo de cierto desplazamiento, de asunto que se está desplazando, también, a condición de que esos materiales continúen trabajando.

Y el cuerpo, entonces, es fuente del ritmo, del indicio primordial, la magia originaria en acto reintegrador. En pleno movimiento del sentido (materia que sigue trabajando una vez que el compositor verbal se ha retirado) es que el poema deja de ser literatura (inventario) para permanecer en la intensidad propicia a la alegría misma de ese movimiento.

Ese misterio del ser que se expresa en una lengua en transformación, que habrá que estar constantemente reaprendiendo. En esa filosa incomodidad, también.

La conmoción, que da origen o fundamento a ciertos ritmos, a determinadas asociaciones singulares, es un retorno multidireccional. El gesto que aúna acto y palabra es

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epifánico. Inaugural. Un proceso de transmutación. La voz (se escribe) mutando. No sólo cambia de forma al alternar velocidades, que a su vez presentan diversos planos de la conciencia, sinapsis, sino que cambia constantemente de naturaleza.

A diferencia del sentido, el pulso es involuntario. Hace de entrelazo. Canta el contraste. Rasga el orden y enhebra el desorden. Todo lo cual es inherente, tanto al dolor como a la epifanía. En su arrastre reminiscente, la incantación no se abstrae de los rumores de origen. Del viento anterior a su noción.

Vagidos, jadeos que el viento mantiene en vilo. Epifanía, hambre celebratorio, pasión de lo instantáneo-eterno. Latir constituye el sustrato activo del poema. Lo que late es conectivo, es la presión volcánica de un interior sin fondo. La conciencia de esa falta de fondo en un interior que ya no se puede recortar, deslindar. Es la índole irreductible, genera y gesta la palabra justa. Pues de justicia poética hablamos. El poema da lo que modula, ante lo incontrolable-inapresable.

Se corren riesgos cuya magnitud es difícil, si no imposible, evaluar. La experiencia metafórica (al decir de García Lorca) también es un proceso febrífugo.

El poema se presenta abierto a las incontables corrientes del sentido. A la simultaneidad que por estratos trabaja la materia insegura. La resistencia inapelable, la fascinaciónarrasante, la delicia inmemorial, la fatiga transpersonal, la herida racional, el consenso pánico: todo lo atraviesa Pulso e instala un móvil, un penetrable, una rosa de los vientos.

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Circulación indómita, la del sentido en los verbos conectados por entrecruzares, por entrañamiento.

[Este prólogo consiste de algunos extractos, levemente modificados, de un extenso ensayo, aún inédito, en torno a la poesía de Silvia Guerra.]

1-
 Venía obstruyendo desde atrás en demasía 
 adentrando ese tiempo que se agolpa 
 en lo blando de las articulaciones. Y así 
 por el camino en bicicleta entre los ceibos, 
 así, en el empedrado y la mañana. 
 
 Estaba un poco más allá la fuente 
 el surtidor, los topacios guardados de 
 la fragua del viento, los anillos que quedan 
 de cualquier extorsión. Sin embargo 
 hay un hilo que la busca, un tiento 
 debajo de las lonjas apiladas y que la luz transmite. 
 
 Quedan las piras, una sobre otra, 
 el alto pelo para la tarde próxima. 
 Esta mañana la luz filtra en las hojas y 
 la tarde modifica sus tallos. Una granada 
 presa en grutas toscas  
 muda la materia reciente en una 
 gloria verde, atiborrada entre la clorofila. 
 
 Es mejor el resguardo de esa hora 
 que confunde en las sienes. Recogerse. 
 El silencio es mejor. Vale la noche, vale 
 el crepúsculo doliente, vale el pasar 
 reiteradamente en las ventanas removidas 
 y ser en ese instante luz en la pared 
 siguiente. Contra la nuca todo lo que resta:  
 los posibles espasmos en las hojas 
 el halo que desprende la emoción.
 
 Asciende entre las pausas y los hiatos 
 en sombra de ascensor ahogando estridencia y 
 mediodía poniendo trapos a los celos 
 proyectando las demás cabelleras esparcidas 
 y espasmos, pero el rumor persiste, crea un submundo, 
 o un Aire, crece apenas. 
 
 El espacio en que moverse desde el pálido papel 
 hasta el sitio en que la carnadura de la voz va al 
 recinto del asma y un, todavía, puede insinuarse, Aún, 
 rozando el baso enroscando en humo a otros anfibios 
 que caen en la maraña de la noche, liban de ahí, 
 entre el olor y el sueño.    
                                                       (De Un mar en madrugada)
 2-
 
 No quedaba tan claro como viene. Si es del anudamiento 
 o es del pasmo, Nunca sabrá el olvido lo que cubre. 
 Balanceándose como un vestido de 
 verano en la azotea insinuaba opulencia en el verde,
 advenimiento de lo casto produciéndose, océano desde 
 sí más a la espuma. Recorría la costa 
 buscando entre las rocas veletas 
 animales del plancton, partículas de 
 seres que la noche ilumina. Hasta ahí, el canto era otra cosa.
 
 Después la oscuridad pone su marcha 
 y en la pregunta aplasta lo que emerge. 
 El mar como un fondo o apego 
 algo que llama. Siempre a llorar 
 por esas mismas partes de cielo, 
 esos recortes de la costa en las desembocaduras.   
 
 Hay un borde en el que crecen oscuros que perfuman el viento. 
 Una superposición de mareas, una alborada saca polvo del astro: debería 
 el tiempo respetar esas cosas y las líneas dibujarse en otra dimensión. 
 
 Cables  trenzados, rayas que no cesan. Las mujeres se agolpan. Los vestidos 
 se achatan, quién quiere remontar esa subida, si son monos famélicos que 
 desde la cima tiran piedras. 
 
 El traje en la ventana se ventila y guarda, entre las 
 fibras, las temperaturas de la brisa. 
 Puede ser que la muerte se introduzca esta tarde. 
 
 Puede ser que se anime, o que no le convenga. Como esas rutas 
 que atraviesan los campos, es el mismo campo compungido que 
 atraviesa la estepa aunque a esa altura ya haya surtidores, Agua en 
 baldes de lata, remansos en la sombra. 
 
 Lo que queda de ahí es viento 
 amable que a veces trae perfume de fruta, de hojas de limonero, de 
 árboles de duraznos agrupados. Así la medianera, así el silencio de 
 la distracción y la distancia. 
 
 Pasa una nueva altura sobre sandalias libres que lleva de otro modo la minucia. 
 Y se desprende la blusa en la frescura del color violeta. 
 Pasa la luz ahora y filtra 
 lo que el sol dejó en la fruta, el tiempo apremia. 
 Sólo el alrededor que queda en los cordófonos cuando pica la tarde entre las aves.    
  
 Arma la rama que dice sólo ahora. 
 Los vegetales se deletrean entre los dedos.
 Las yemas que apaciguan al tacto del socaire. 
 A la textura de su crecimiento.
 Y mira desde atrás de una ventana sobre la faz del mundo; 
  unos carros que giran, 
 unas norias atadas. También hay otras cosas, 
 embarcaderos, marcos en plata repujada 
 y el tornasol erróneo e imperfecto de esa agua que pasa contra el cielo.
                                                         (De Un mar en madrugdaa)
 10-
 
 En la silla turca de la mente, meciéndose, con chirrido de fuentes 
 Tintineos de cubiertos, voces que el olvido no arrasa. Desde el mando 
 una mano pernocta y cuece habas, y los nombres no entran en
 la línea del hilo que forma retahíla para golpear de adentro la 
 felpa que opaca la concavidad del rezo, que vuelve chistido
 el ruido en la garganta cuando ahoga. Recuerda arracimada 
 un ángulo de la catedral avecinada en el reflejo del agua por venir,
 desde el ovillo crece -pelusilla-avellana- esa duda empieza 
 como un cono, se esconde, resurge en las inmediaciones de 
 algo que no se sabe Duele el yugo de esa masa de tiento, de ese pienso 
 sin verde la maleza avanza, tapa flor de copa, muñeca entre las llamas 
 va diciendo al oído tiento con la cuerda en la boca, ya que el botón de 
 la muestra desmerece. Toma, escuece -qué más podrías querer de aquella 
 transparencia acumulada- esta celada de la minuciosa lluvia fina en los esquejes 
 ataditos con junco, moraleja la sombra, siembra el silencio esa mudez del campo
 amortajado y lila, Quieto,  crepitando jocoso entre las tramas más nítidas del aire.
                                                                                       (De Pulso)
 III
 
Entonces en la redoma de ese tiempo que pasa eso que ahora alguien llama la cuerpa, duelo la cimbra del dolor, que duele. En las articulaciones, en los dedos, en las vértebras de la espina dorsal, pez que en alguna línea de agua nada silencioso y transparente plateado como algunas ideas, pensamientos, ráfagas
 
Se tasca lo imposible ahí y una especie de nausea despunta sobre lo Romo de las vísceras. Sobre el agobio de un aire residual penumbra más penumbra más penumbra más penumbra
 
Es de orientales aprender a dominar la cuerpa, ahora ella, perfumada de sí en carne viva siendo la- ella- azul, ahora, aprender a moverse en el silencio. A resumir los movimientos mínimos. La defensa, el agradecimiento. 
Observar con los brazos a las nubes que pasan.
 Es esa lentitud del movimiento, esa concentración la que logra acercarse,
 una parte de nube, algo en el vuelo, ese ser ese.
 
Aparte, la verdad, se cuela en las raíces más finas de cada sola cosa, se escurre desde ahí
 
Y la belleza puede andar entre ramas en la forma diminuta y roja cada vez menos vista de un churrinche que escapa, ya casi en extinción
                                                                                       (Inédito)

 A
 
Mecida en esa balsa que flota hacia el destierro repara en el esforzado escarabajo que tienta la baranda. El abdomen rayado, la brillante queratina al sol la dejan por un momento cavilando. Se acercan como son, hermanos vivos en esa extensión lumínica del día, que descubre en alta mar sus redes. Para asombrarse en varas de narcisos, en hojas asemejando pétalos o estambres dibujados en muros, y borrados por polvo del desierto. Apenas se modula ese gemido gutural del parto, una mano extendida marca sierpe que escapa en la arena y la arena. Esas figuras de la modulación. 
 Seres extraños de la luz y la fronda, voces de la oquedad, comparecencias mínimas en descargas acuáticas. En el tiempo presente de la luz cenital. 
 Y hay rangos a medida, recovecos, insistencias que apenas rozan la tangente de la evasión continua. Sostiene el barandal e invita, porque justo eso, puede. Unos pocos acordes que desgranan la voz en la terraza del verano.
 La necesidad de aquel cascarudito cuando iban en la balsa del destierro. Acostumbrada al polvo de agua, apenas con un gesto de la mano se saca el pelo que se pega en el rostro. Cae sin decir nada una sorpresa para caer en el siguiente instante, otra. Y otra. Y allí se espera a dios entre la sombra de un jarrón y una puerta entreabierta. 
 Una vez arribada esa certeza todo lo demás columpia en seco. Sin mar debajo, ya sin humedad disuelta en  aire. Esa noción antigua de espigón de proa en toda reducción, en todo asalto.
                                                                                                             (Inédito)
 
e
 
Porque esas cosas vuelven. En la esquina espera presuroso devolviendo un plural. (La punta del zapato se le antoja espesura.) Para después las bajadas del ansia y esos líquidos suaves dando contra las pleuras en desarme. Más agua en los estancos de una penumbra viva removiendo simientes a mansalva. Carnadura que ata pantorrillas con junco y deja expuesta una necesidad que trae dolor con el agua que arrastra la intemperie. Todas aquellas cosas que trajo la crecida. Entonces despertaba en el pasto respirando agitada. Con las manos sin hebras en qué perdón continuo deshacía. Repara en las cabezas que besa sin parar, en ese aire que rodea los cuerpos diminutos. En medio está extendida la tierra con sus grietas, el cielo completado con máquinas que giran, el abismo de dios que no se sabe. Unce los carros repitiendo sus ejes; nada como decirlo tantas veces para que alguien lo crea verdad entre susurros. Desde el pavor reconoce carnal su entendimiento, viene a la ruta de desenvolver sola en la cuerda que tiende al ostracismo. Pero todo se mueve, y yo, despierta.
                                                                                                (Inédito)
 
LÁQUESIS
 
Es un prisma. Es un prisma que gira.
 Es un prisma que fragmenta la luz, la descompone.
 Es un sueño la luz.
 Es un sueño la luz que se repite.
 Es un espacio verde, que se hiciera
 Hay dos amordazados en la luz
 en el preciso verde.
 Gira una vez el prisma y se hizo tarde.
 Gira una vez la luz y hay un zapato suspendido en la esquina
 un montón de arañitas verdes, casi transparentes que caminan
 incendiándose el lomo, sobre una tela casi transparente que no
 deja respirar a los que de una manera casi transparente
 empiezan a quemarse.
 Afuera, alguien salta tratando de mirar por la ventana
 un golpe apenas en el vidrio, una marca de sangre.
 Y es la luz, los irisados tonos de la angustia
 Ese silencio bordado de la tela
 Crujiendo, desde la lluvia verde, casi transparente.
                                                         (De Nada de nadie)
 

 VERBIGRACIA
 
Hilos. Invertebrados. Largas madejas. 
 Tubérculos oscuros. 
 Leguminosas. 
 Rizoma. 
 Emerge hacia la superficie. Corre 
 como cordel, pequeños bulbos 
 Familia se escribe con minúscula, es un yuyo. 
 Ovario ínfero, es el que duele por el rema, es 
 lo que queda. Una semilla sin endoesperma, 
 el almacenamiento es en depósitos, el 
 almacenamiento es como el tiempo, no es de nadie 
 Está, permanece, gotea en los galpones. 
 Entra y sale la gente los animales las demás semillas, 
 todo. Él permanece humedecido en la penumbra quieto. 
 Los cotiledones son oleosos en el ovario ínfero, el embrión 
 de la semilla es recto. Gineceo 
 es la posición del ovario 
 Puede decirse infinitos 
 La dispersión es por el viento 
 O los insectos.
                                                               (De Nada de nadie)
 
 LA OFELIA DE MILLAIS
 
El tálamo es un agua oscura y verde que parece que tiene transparencia. Aquí yace la bella entrecerrados ojos que dan cuenta de un vidrio milenario. Las flores esparcidas por el agua están tan frescas como si estuvieran vivas, y no se aprecia bien si algunas de las floridas ramas no caen de los arbustos de la orilla. Hay piedras en el fondo y el vestido se borda dorado con ramaje y con borlas que también son flores empastando el entorno de una inigualable primavera. El verdor se trastoca hacia un azul de Prusia leve, como bajo, que campea por la escena dando una pátina de aire oscurecido. ¿Qué hora será en esta descripción? La luz, oblicua sobre un sauce, también tiñe unas varas acuáticas y el rostro de la muerta envolviéndolo todo en una atmósfera extendida hacia esa misma luz, que lo ilumina. ¿En qué momento suspendido de hojas y de flores y de rostro expuesto se expone esta visión? El rostro de reseda, los labios entreabiertos, los ojos leves, las manos hacia arriba de palmas extendidas. Hay un ligero corte en la línea del brazo que sobresale de la línea del agua. Las palmas extendidas de ese modo, ¿piden, esperan recibir, preguntan? Metálico el vestido –de oro recamado– el pelo extenso a ambos lado del cuerpo que empapado se esboza y sobresale en partes: el rostro, tan de seda y de cera por el que todavía campea un color, un rubor de la vida una minucia de aire entre los labios, el blanco cuello, el torso hasta los senos insinuados; la cintura la pelvis, se pierden bajo el agua. Y sobre las piernas vuelve a flotar el vestido –un poco inflado de aire y agua, se confunde con fondo o con orilla– sobre el oro crecen hojas y unas rosas abandonadas de guirnalda. Hay una comunión entre la luz, las hojas y las flores, Ofelia muerta –las manos hacia arriba, los ojos y la boca entreabierta– el agua. Hay algo de expectante que se extiende e inquieta por la luz y la pátina del aire, por lo vivo y lo muerto, por el instante en suspensión que se ofrece y la fuga pertinaz del que el entreabierto ojo da cuenta.
                                                                                                            (De Pulso)
 
30
 
Por ejemplo: el calor. En cualquier parte del día
 Incendia la columna, llena de agua pliegues, recovecos
 de los que se desconocía su existencia. Sí. Sí.
 Aparecen membranas mientras va cantando el día
 Y todo lo que está, florece. Olores. De las flores, orín,
 olor del corazón bombeando negro apretujado ya falto
 en su raíz. Sí, Olor del miedo cuando joven la grupa
 por el monte fulgía. Sí. Y más acá paisajes, con aviones,
 los ríos dibujándose en el mapa. Todo el ras de la tierra
 en polvareda. Más miedo despertado en los incidentes de
 la tarde. Ah. La definición se ve impelida el tiempo
 pasa sucediéndose en tramos, extremos, la música disuelve
 los huesos de los hombros, los pequeños omóplatos. Esa es
 la unción de los pezones incipientes un día, raya, la foto
 mantiene la espalda en presente infinito frente al agua.
 Ahora en la voz, ahora en el cuello que se cede, en el calor.
 Traicionero. El cuadro de Brueghel desplegado en las tablas
 donde pasa a la vez, todo. Simultáneo. El calor,
 los montes de hace un rato desprendiendo olor a matorral,
 un poco de sangre en la corteza colándose hacia abajo. No
 hay resultados, todo es,
 al mismo tiempo.
                                                                                      (De Todo comienzo/Lugar)
        

Silvia Guerra nació 1961 en  Maldonado, Uruguay.

Ha publicado los libros de poesía:  De la arena nace el aguaEditorial Destabanda, Montevideo, 1986; Idea de la aventura Ediciones de la cadena, Feria Nacional de Libros y Grabados, Montevideo, 1990; Replicantes  Astrales  Serie de los Premios, Intendencia Municipal de Montevideo, 1993; La sombra de la azucena, Editorial Cantus Firmus, New York, 2000; Nada de nadie, Editorial Tsé Tsé, Buenos Aires, 2001; Estampas de un tapiz, Plaquette, Pen Press, New York, 2006; Pulso, Editorial Amargord, Madrid, 2011; Todo comienzo, lugar, Silvia Guerra – José Kózer, Editorial Casa Vacía, Richmond, Virginia 2016; Un mar en madrugada, Editorial Hilos, Buenos Aires, 2017.

También editó  Fuera del relato. Una biografía aproximada de Lautréamont, Ed. Bassarai, España, 2007  y un libro para chicos Historias de un pueblo que dejó de serlo, ganador del Premio Procltura de la ciudad de Maldonado, con dibujos de Inés Omedo, H editores, cuentos para chicos,  Montevideo 2014.

Es coautora, junto a Verónica D’Auria , de un libro de reportajes, Conversaciones Oblicuas / Diálogos entre la cultura y el poder, Caracol al galope, Montevideo, 2002.

Es coautora, junto con Verónica Zondek, del libro de correspondencias: 

El ojo atravesado I. Correspondencia entre Gabriela Mistral y escritores uruguayos. Ed. LOM Ediciones, Santiago de Chile, Chile, 2005. y

El ojo atravesado II. Gabriela Mistral entre los uruguayos. LOM Ediciones, Santiago de Chile, Chile, 2007.

Coeditó con Mariela Dreyfus Juan Parra del Riego, Poesía completa, Editorial Sibila, España 2013.

Coeditó entre 2009 y 2011 el sello editorial “La Flauta Mágica”.

Seleccionó y prologó El río y otros poemas de Amanda Berenguer para la colección clásicos uruguayos, 2011. 

Compiló y editó la edición crítica de la obra reunida de Nancy Bacelo El velo magistral que esconde todo, Fundación N. Bacelo, 2011.

Entre 2008 y 2019 fue la responsable de los contenidos culturales de la Fundación Nancy Bacelo.

Entre 2011 y 2014 formó parte del colectivo que llevó adelante las “Veladas beatnik: Rock & Reading” en distintas locaciones de Montevideo.

En los años 2013 y 2015 en su calidad de investigadora asociada de la Academia Nacional de Letras creó el ciclo de poesía “La punta de la lengua” que se llevó a cabo en La torre de los Panoramas de Julio Herrera y Reissig, sede de la Academia ( al que se puede acceder en las páginas de dicha Institución, ya que fue filmado y grabado)

Fue ideóloga y una de las organizadoras del Primer Festival Hispano Americano de Poesía en Uruguay (1993) y de la Primera Bienal Metropolitana de Poesía en Uruguay (2007)

En 1992 obtuvo el Primer Premio de Poesía de la Intendencia Municipal de Montevideo por su libro Replicantes astrales.En 2013 le otorgaron el Premio Morosoli por su trayectoria poética. En 2019 obtuvo una beca para asistir a Banff Centre for Arts and Creativity en Canadá, para trabajar sobre traducciones de su poesía conjuntamente con la traductora Jesse Lee Kervechal. Ese mismo año obtuvo la Beca FEFCA a la creación artística por su trayectoria. 

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