ALASTAIR CROOKE / Lo que Irán parece estar haciendo es intentar arrebatarle a Estados Unidos el control de puntos de estrangulamiento marítimos clave, puertos y corredores navales adyacentes al Golfo Pérsico, para ponerlos bajo control iraní. Semejante cambio sería de enorme importancia, no solo para China y las relaciones de Irán con China, sino también para Rusia, que necesita mantener abiertas sus rutas de exportación marítima. Si Irán prevaleciera en esta gigantesca lucha contra Israel y la Administración Trump, las ramificaciones serían enormes.
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En un nivel, el conflicto es una batalla existencial, librada entre las capacidades de misiles e intercepción iraníes frente a las de Estados Unidos e Israel. El pensamiento convencional sostenía que esta era una contienda resuelta de antemano: Irán sería superado por la tecnología y la potencia de fuego estadounidense, y obligado a capitular. La humillación militar de Irán, sumada a la decapitación de su liderazgo, resultaría —se presume— en un surgimiento orgánico de resentimiento populista que abrumaría al Estado iraní y lo devolvería a la esfera occidental.
Sin embargo, en el plano de la lucha puramente bilateral, hoy Irán lleva las riendas. El Estado no se ha desmoronado, sino que está desatando una devastación con drones y misiles sobre las bases militares estadounidenses en todo el Golfo, y está atacando a Israel con misiles hipersónicos, armados (por primera vez) con múltiples ojivas maniobrables.
En este punto, Irán está a punto de agotar por completo las reservas de interceptores del Golfo; y también ha mermado profundamente las menguantes reservas de defensa aérea israelí-estadounidenses, debido a que priorizó inicialmente misiles y drones más antiguos para agotar dichas defensas. Los misiles iraníes de alta gama, que vuelan a velocidades superiores a Mach cuatro, están demostrando ser en gran medida invulnerables a las defensas aéreas israelíes.
El asesinato del Líder Supremo, dirigido por la inteligencia estadounidense, ha demostrado ser un error cardinal. En lugar de precipitar un colapso de la moral, condujo a masivas muestras de apoyo a la República Islámica. Para evidente sorpresa en Washington, también ha enardecido a los chiitas de toda la región con llamados a la yihad y a la venganza por el asesinato de un venerado líder religioso. Tel Aviv y Washington interpretaron pésimamente el terreno.
En resumen, Irán es resiliente y se mantiene firme a largo plazo frente a Estados Unidos, cuyo cálculo se basaba en una guerra rápida de «disparar y huir» (shoot and scoot), una estrategia impuesta en gran medida por la escasez de municiones. Las monarquías del Golfo se tambalean. La «marca» del Golfo —prosperidad, grandes sumas de dinero, inteligencia artificial, playas y turismo— probablemente haya llegado a su fin. Israel también podría no sobrevivir en su estado actual.
Las ramificaciones geopolíticas, sin embargo, se extienden mucho más allá de Irán y los Estados del Golfo. El cierre selectivo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, y la destrucción de las instalaciones portuarias del Golfo en términos más amplios, cuentan otra historia.
Tómese como ejemplo el enfoque particular de Irán en destruir la infraestructura de la Quinta Flota de EE. UU. en Bahréin (ver arriba la imagen satelital de «antes» y «después» del ataque iraní sobre esta infraestructura en Manama, Bahrein). La Quinta Flota forma la columna vertebral de la hegemonía regional estadounidense, tal como se expone aquí:
«Aproximadamente el 90% del comercio mundial de petróleo pasa por estas áreas, y el control estadounidense garantiza las cadenas de suministro energético vinculadas. La flota también cubre tres puntos de estrangulamiento estratégicos vitales: el estrecho de Ormuz, el canal de Suez y el estrecho de Bab el-Mandeb. Y su cuartel general no es solo un puerto. Es un centro integral de radar, inteligencia y bases de datos».
Irán ha logrado destruir los radares y gran parte de la infraestructura logística y administrativa del puerto de Bahréin. Está expulsando sistemáticamente a las fuerzas estadounidenses del Golfo.
La guerra contra Irán no está proyectada únicamente para que EE. UU. añada los recursos iraníes a su «cartera de dominación» energética, según el modelo venezolano. El año pasado, Irán representó solo alrededor del 13,4% del total de petróleo importado por China por vía marítima, un componente que no es crucial. La guerra de Irán, sin embargo, se trata de una jugada estadounidense mayor: el control de los puntos de estrangulamiento estratégicos y del tránsito de energía en general, a fin de negarle a China el acceso a los mercados energéticos y, de este modo, restringir su crecimiento.
La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de Trump fijó como objetivo para la política estadounidense «reequilibrar la economía de China hacia el consumo interno». Este es un lenguaje en clave estadounidense para coaccionar a China a exportar menos e importar más a través de una reconfiguración económica radical orientada a un mayor consumo a nivel nacional; el objetivo es restaurar la cuota de Estados Unidos en las exportaciones globales frente a las hipercompetitivas y más baratas exportaciones chinas.
Una forma de imponer este cambio sería a través de aranceles y guerra comercial. Pero otra sería negarle a China el acceso a los mercados energéticos que tanto ella como el mercado más amplio de los BRICS requieren para su crecimiento. Esto podría lograrse, según insinúa la estrategia de la NSS, restringiendo el suministro de recursos, es decir, imponiendo bloqueos navales en los puntos de estrangulamiento, mediante asedios y la incautación de buques a través de sanciones arbitrarias (como se vio en el caso venezolano).
En resumen, los ataques de Irán en el Golfo pueden tener, en primer lugar, la intención de transmitir el mensaje de que, para Irán, ya no es aceptable que sus vecinos se alineen con Israel y Estados Unidos en su contra. Pero lo que Irán también parece estar haciendo es intentar arrebatarle a Estados Unidos el control de puntos de estrangulamiento marítimos clave, puertos y corredores navales, para ponerlos bajo control iraní.
En otras palabras, poner las vías marítimas adyacentes al Golfo Pérsico bajo control de Teherán. Semejante cambio sería de enorme importancia, no solo para China y las relaciones de Irán con China, sino también para Rusia, que necesita mantener abiertas sus rutas de exportación marítima.
Si Irán prevaleciera en esta gigantesca lucha contra Israel y la Administración Trump, las ramificaciones serían enormes. El cierre (selectivo) de Ormuz durante meses, por sí solo, causaría estragos en los mercados europeos del gas, además de desencadenar posiblemente una crisis en el mercado de deuda.
Además, la ruptura de la «Marca Golfo» como refugio seguro para las inversiones probablemente provocará la devaluación del dólar, a medida que los inversores busquen una geografía alternativa donde situar sus activos.
El corredor estadounidense «Ruta Trump para la Paz y Prosperidad Internacionales» a través del Cáucaso Sur probablemente morderá el polvo. Esto seguramente inducirá a la India a regresar a —y mantenerse con— las importaciones de petróleo ruso, e impactará en las relaciones de la India con Israel.
Más allá de la reconfiguración geopolítica como resultado de la guerra, la arquitectura geofinanciera también cambiará significativamente.
Publicado originalmente aquí

