A partir de algunas reacciones a la disidencia de la Ortodoxia Covid

PORTADA

Por Fernando Andacht

Asistimos de modo creciente a la demonización del disidente respecto al abordaje o a la naturaleza misma de la emergencia sanitaria actual: el irresistible ascenso del Sars-Cov-2 a la atención planetaria durante casi todo el año 2020. En este número, hay una reflexión de Mariela Michel sobre cómo el pensamiento crítico es psiquiatrizado o patologizado: algo debe estar mal en la cabeza de esta gente. Según este discurso condenatorio en ausencia de los acusados, los disidentes no serían normales, pues ellos no aceptan ni entienden lo que significa y supone la Nueva Normalidad en una emergencia sanitaria, ergo son anormales. Cuando quienes manifiestan esa actitud crítica provienen del campo humanista, sus ideas no especializadas no pueden ser atendibles en absoluto, carecen de toda legitimidad. Como su siniestra sombra habría nacido así La Nueva Anormalidad: un tenebroso antro en el que proliferan seres irracionales que no cesan de pergeñar las más abstrusas y absurdas explicaciones de la emergencia sanitaria, aquí y en todas partes. 

En este ensayo me apoyo en una obra reciente del filósofo Michel Onfray – Théorie de la dictature (Robert Laffont, 2019) – y utilizo algunos textos o intervenciones mediáticas en las que se hace una disección muy peculiar, más que sesgada diría antagónica y reduccionista de la posición crítica, basada en fuentes y especialistas que ofrecen una interpretación alternativa y atendible. Un ejemplo ilustrativo de esta visión alternativa y apoyada en abundante evidencia científica es un texto de Aldo Mazzucchelli publicado en esta revista titulado «Ct: el agujero negro del periodismo de pandemia”. Nada hay de antojadizo ni de arbitrario en esa muy cuidadosa exposición de los flancos vulnerables de un instrumento clave en la emergencia actual: el uso de los tests PCR. Hay un par de palabras que de modo recurrente son esgrimidas por esa suerte de frente unido a favor de una visión única de la declarada pandemia: ‘negacionista’ y ‘conspiranoico’. Cada uno de estos signos son escritos y dichos con inocultable menosprecio, ya que se trata de una forma predilecta de ningunear a quienes proponemos una aproximación diferente, no exenta de complejidad, ni como ya dije antes, de sólidas y confiables fuentes del ámbito científico. 

Mi intención no es responder concreta o específicamente a quienes utilizan esa retórica otricida, que se encarga de desconocer al otro y de encapsularlo en un personaje risible, ignorante, fanático y enemigo de todo raciocinio serio. Me parece más productivo estudiar con cierto rigor algunos ejemplos del discurso que ejercen desde la prensa escrita, radial y televisiva quienes gozan del raro privilegio de ser leídos, oídos y vistos de modo regular, incluso cotidiano. Una de las curiosidades que no les produce curiosidad alguna a estos periodistas, profesionales de la salud y académicos es la ruidosa y completa ausencia en esos foros de comunicación pública y masiva de quienes pensamos distinto. El debate sobre el mejor modo de concebir y de tratar esta crisis no sólo sanitaria sino social, en fin humana, brilla por su ausencia; lo sofoca una espesa y ubicua unanimidad como lo manifesté hace un tiempo en este mismo medio. Parece que los animara la esperanza no expresada de que si ellos reiteran lo suficiente, con tono sarcástico y desprecio absoluto ambos signos verbales, ese colectivo al que, según ellos, animaría la ignorancia suprema caerá en el justo olvido; sus disparates sobre la pandemia, el virus, y las estrategias sanitarias para combatirlo se volverán tan irrisorios como la  creencia en que la tierra es plana. De un pequeño grupo de intervenciones amparadas y auspiciadas con euforia por los medios masivos se ocupa entonces mi análisis. 

Bienvenidos al mundo orwelliano edición pandemia

Como dije al inicio, sobre la totalidad de mi reflexión, planea la meditación filosófica de Onfray basada en dos textos literarios de G. Orwell que él considera una auténtica “teoría de la dictadura”: 1984 (1949) y Rebelión en la Granja (1945). De la extensa enumeración de rasgos dictatoriales del presente europeo, rescato algunos de total relevancia para caracterizar el presente pandémico: “psiquiatrización de todo pensamiento crítico”; “destrucción de la pulsión de vida”; “negación de las leyes de la naturaleza”. El traslado que realiza Onfray de la fábula y de la distopía novelada cuyo modelo evidente es el dúo histórico del estalinismo y del nazismo de la primera mitad del siglo 20 hacia la situación europea actual, propongo llevarlo a la escena sanitaria 2020-2021 ambientada en casi todo el planeta. Onfray define la dictadura como “la tiranía de una minoría”, y encuentra en la obra orwelliana un factor clave cuya vigencia excede el período en que fue compuesta: el crimen de pensamiento. Apelar al sentido común se vuelve en ese entorno “la herejía suprema (que) toma apoyo sobre lo real para producir una verdad”. En el mundo dictatorial, tanto el dispositivo de vigilancia policial como el mediático de información se encargan de difundir la verdad única del Estado. En tal sentido, creo que se ha avanzado desde aquellos oscuros años del siglo pasado: ya no es necesaria la coerción ni la censura, para que los medios emitan incansablemente una única  versión de esta realidad sanitaria y humana. Cito de nuevo a Onfray: “el fin del periodismo consiste en formar ideológicamente con el pretexto de informar sobre lo real.”

A nivel local, nos alcanza con evocar la obsecuencia con que los periodistas recibían y repetían hasta la náusea cada uno de los enunciados emitidos por el poder – que éste a su vez recibía del exterior más poderoso, como la frase fundacional de esta época, “la nueva normalidad” inaugurada en Uruguay el 17 de abril de 2020, en una televisada conferencia gubernamental. Onfray describe de modo epigramático el servilismo mediático: “aquello que era verdadero en el viejo mundo se volvió falso en el nuevo, y viceversa.” El concepto mismo de ‘inmunidad’, ya sea individual o de rebaño, la incidencia de la gripe estacional, la ocupación total hospitalaria en determinados momentos del año, la muerte como el fin natural de la vida por diversas enfermedades crónicas o la simple e inevitable vejez, todas las nociones que conforman el arsenal de lo aprendido y razonable debieron perecer, caer en el más completo olvido, para recibir a su majestad invisible e invencible Covid19. Esa es la misión del periodismo y de todos los expertos y sabios diversos convocados a magnificar y legitimar el credo monológico y pandémico a lo largo de todo el horario televisivo, y también desde la prensa escrita y radial. Quien no difunda ese evangelio pandémico y alarmante no encontrará micrófono, cámara ni página disponible de gran circulación que lo difunda. Como justificación de esa grave ausencia pesa la dura condena que lanzan los dos signos estigmatizantes, ‘conspiranoico’ y ‘negacionista’, sobre el crimen-de-pensamiento-crítico.    

¡Uno, dos y tres, eres nazi otra vez! La ley de Godwin ampliada en la era pandémica

En una tertulia de filósofos de reciente emisión radial (Mesa de Filósofos, En Perspectiva, 15.01.2021), presencié una curiosa ampliación de la célebre Ley de Godwin, en alusión al abogado que propuso una relación proporcional directa entre la extensión de una discusión en redes sociales y la probabilidad de que surja una comparación que involucre a los nazis o a Hitler mismo; un recurso retórico que con humor Mike Godwin llamó “reductio ad Hitlerum”. Los tres prestigiosos invitados fueron convocados para una acción discursiva que describiría como la de conjurar el virusplanismo, en alusión a un texto del gran J. L. Borges (“Dos libros”, Otras inquisiciones, 1952). El bioquímico y experto en epistemología Bernardo Borkenztain relata cómo él se ha especializado en detectar y describir a estos inquietantes especímenes, “los conspiranoicos”: “Mi área de especialidad es la conspiranoia a nivel de la pseudociencia, se sustituye el raciocinio abductivo-deductivo por un argumento de opinión”. Prosigue a explicarnos cómo ellos buscarían “calma(r) la disonancia cognitiva”. Y es en ese preciso momento que se produce un deslizamiento retórico que amplía la Ley de Godwin: los así descritos pasan de ser meros defensores irracionales de conspiraciones fantásticas, a formar parte de un colectivo aún más siniestro. Borkenztain trae a colación la publicación a comienzos del siglo 20, en Rusia, del panfleto Los Sabios de Sión (sic), que “rápidamente se demostró que era un libelo falso”. Estamos muy cerca del identikit del Gran Negacionista, del neonazi que niega la existencia del Holocausto en la Segunda Guerra Mundial. Pasamos así del respetable y universal sesgo de la disonancia cognitiva, el fenómeno psicológico descrito por Leon Festinger (1957) como el muy humano deseo de preservar la consistencia entre pensamientos, sentimientos y comportamientos. Ningún elemento une a quienes manifiestan diversas y a menudo bien fundadas dudas sobre diversos aspectos de la emergencia sanitaria con los adherentes al (neo)nazismo, como sí ocurrió con quienes aceptaron el texto Los Protocolos de los Sabios de Sión (1902) y otros materiales propagandísticos posteriores como la descripción verdadera y estigmatizante de los judíos. Aunque es verdad que ese panfleto describe una conspiración sionista-masónica, su sola mención es asociada y comprendida en el mundo entero como un instrumento difamatorio que sirvió para preparar el genocidio llevado a cabo por los nazis.  

Esa suerte de derrape discursivo es una clave, a mi entender, de la absoluta negación de legitimidad de los disidentes de la Covid19, mediante lo que en inglés de conoce como “character assassination”: la destrucción mal intencionada de la reputación y credibilidad de una persona. El inicial diagnóstico inofensivo de disonancia cognitiva, si tomamos en cuenta su alcance universal – según algunos estudios de la comunicación mediática nos exponemos a medios que refuerzan nuestras creencias – es eclipsado por esta asociación injustificada pero ruidosa con la ideología (neo)nazi. Funciona aquí una Ley de Godwin ampliada o extendida, una notable síntesis de lo delirante social implícito en el término ‘conspiranoico’, y lo inhumano-destructivo del ‘negacionista’. Este último adjetivo/sustantivo, según el contexto, es tan frecuente como el otro, y cumple con la misma función ninguneadora: todo aquel que sea rotulado con uno de estos dos signos verbales no merece ser oído, atendido, y mucho menos aún ser incluido entre los miembros posibles de un debate real y mediatizado sobre la emergencia sanitaria. La adjudicación de cualquiera de estos signos convierte a su destinatario en un paria de la comunidad bien pensante, racional. Quien es así catalogado no merece el respeto cognitivo de las personas de ese inmenso colectivo. 

Otro integrante de esa erudita tertulia radial aporta un elemento clave para desentrañar este acto comunicacional de repudio macizo de negacionistas y conspiranoicos para el beneficio moral de la amable audiencia. Al filósofo Miguel Pastorino le preocupa más que nada “la democratización del juicio”, el apoyo de las opiniones vertidas sobre un fenómeno científico de gran complejidad basado en nada más que la cultura popular, un fenómeno que él ilustra con las muy populares novelas de Dan Brown, un ejemplo de fuente deleznable usada por los conspiranoicos. En su intervención, se reitera el término “nivel”, que sería el vital elemento del que carecen esos seres apartados de la razón y entregados a elucubrar teorías en el vacío. Pero habría algo aún peor, que merece un repudio mayor de su parte: “Tenés gente que amparados en sus diversas titulaciones, salen a hablar sobre cosas que no tienen ni pies ni cabeza! Lo dijo fulano que era (X, Y, Z) pero este señor en qué se basa? A mí me preocupa el nivel al que esto ha llegado en gente que uno… porque que esto lo diga un tipo que está loco, no me extraña”. Le irrita sobremanera a este filósofo que personas instruidas como quienes escribimos aquí, o hablamos en los escasísimos medios que abren sus puertas a nuestras legítimas y nada negacionistas ni conspiracionistas dudas seamos portadores de esa actitud crítica, disidente sobre la pandemia  y su tratamiento. Nada hay de paranoico ni de seguidor del Gran Satán genocida en una actitud reflexiva que, como plantea Mariela Michel en su texto, mediante el uso de la descripción que propone uno de estos tres filósofos, esa forma de pensar y actuar fue esencial para gestar una oposición a ese poder, a esa ideología criminal. 

En vez de acudir a la refinada explicación del fenómeno a la que alude el trío invitado, “el efecto Dunn-Kruger” – el exceso de confianza del ignorante que lo lleva a creer que puede explicar algo complejo – considero oportuno recurrir a un poeta de la Antigüedad clásica para dilucidar su abordaje: “Odio al vulgo ignorante y me alejo de él” (Horacio, 65-8 AC). La notoria insistencia en la falta de nivel de los que sufrirían esa patología social de la conspiranoia, o su inexplicable irracionalidad, cuando no se puede negar su competencia intelectual, tiene un fuerte aroma a elitismo, al desprecio supremo por aquellas personas que insisten en usar su sentido común, en oír otras voces, en indagar en otros espacios de saber que no son los oficiales, los que auspicia el GACH junto a los medios masivos y unánimes. Un pueblo poseedor de una fuerte inclinación neonazi, ignorante y paranoico, sin lugar a duda no sería confiable, y menos aún lo serían aquellos pocos, marginales académicos o profesionales que hablan desde la vereda opuesta al oficialismo pandémico, y ni siquiera tienen la excusa de su ignorancia. Por eso estas personas, los conspiranoicos, no merecen el privilegio de participar en un debate, y deben acatar y comprender ese exilio de los medios, como una medida justa y necesaria, para evitar la difusión de una posición irracional, infundada, en fin, enferma, a la sociedad que se procura cuidar. Se ha conformado así, de facto, una Brigada Protectora de la Salubridad Pública (BPSP), un cuerpo autodesignado de aguerridos y eruditos defensores de la visión única estatal, científica, política y mediática sobre la irrupción del virus Sars-Cov-2, sus consecuencias y el mejor modo de lidiar con este agente patógeno. 

El gran salto discursivo de la epistemología a la tribu de los unicornoicos

Otro integrante de mi pequeña recopilación de discurso ninguneador y supresor de la herejía disidente proviene de un filósofo cuya especialidad es la teoría del conocimiento o epistemología. Desde las páginas de la prensa generalista, H. de los Campos (“Dudar no es tan fácil como mentir: creencias, dudas y comportamiento colectivo frente al coronavirus”, La Diaria, 16 de enero de 2021) hace una cuidadosa exposición sobre la producción de la creencia y el funcionamiento del método científico. Ambos elementos los extrae de algunos escritos del lógico norteamericano C. S. Peirce (1839-1914). Nada tengo que objetar al respecto, salvo que ese pensador escribió otros textos que complementan pero relativizan de algún modo el argumento central del filósofo de los Campos, como intentaré explicar más adelante. 

Luego de la cuidadosa exposición epistemológica, hay un salto discursivo inusitado en este texto; nos encontramos con una sección que ostenta como título el ya familiar elemento de la taxonomía peyorativa sobre la crítica a la versión oficial de la pandemia Covid19: Conspiranoicos. El autor los define como aquellos seres que  habitan en una zona limítrofe con la patología psíquica, la de los paranoicos. Aunque de los Campos declare que la fuente que usa para su diagnóstico salvaje no es clínica, su discurso alude de modo inequívoco a este trastorno psíquico, y refuerza así el efecto semiótico de la patologización de estos seres expulsados del edén epistemológico. El autor procede a enumerar diversas creencias conspiranoicas sobre origen, evolución y comercialización farmacéutico-mediática de la pandemia, para de inmediato refutarlas como desvíos de la buena creencia, aquella que deriva de lo que “los nuevos legítimos intérpretes (biólogos, médicos, epidemiólogos) tienen para decirnos sobre el evento.” 

De los Campos hace una advertencia para que no se tome su texto como un repudio radical de quienes no reparan en “lo disparatado de estas afirmaciones”, que ellos convierten en sus insostenibles o irrisorias creencias. Él explica que “es bueno notar que no existen grupos de unicornoicos (personas que creen que el virus fue diseñado por unicornios para dominar el planeta).” Esa salvedad no hace más que destacar al máximo lo absurdo o ridículo de este colectivo de personas que desconfían del único saber confiable, el de los científicos que el autor enumeró antes. Afirmar como lo hace que esta clase de persona no cree en la realidad de algo que ningún adulto cree, como lo es la existencia del legendario animal, no mejora en absoluta su triste condición. 

Mientras leo las tres creencias conspiranoicas que expone como evidencia el autor de esta nota periodística de divulgación científica, llega un recuerdo vívido de mi adolescencia, una imagen cinematográfica que era producto típico de la guerra fría: la corporación internacional de villanos llamada SPECTRE en la saga fílmica del agente 007 James Bond. Varios personajes de aspecto funambulesco aparecían solemnes y sentados en torno a una gran mesa; ellos se reunían periódicamente a conspirar, a pergeñar nuevas y elaboradas maldades con las que agobiar a la humanidad. No sería muy diferente el comportamiento de la tribu conspiranoica local (y por fácil extensión mundial), tan reñido con la actitud sensata de adoptar acríticamente las creencias oficiales que respaldan un grupo de científicos y el gobierno con el enfático auspicio de todos los grandes medios de comunicación. Habría una implícita villanía, un perverso adherir a creencias ilegítimas y dañinas para el bienestar social, según lo analiza de los Campos. 

Llegó el momento de traer a mi ensayo otras ideas también formuladas por Peirce, para evaluar si ese juicio estigmatizante es  el apropiado o el más justo para caracterizar el pensamiento crítico sobre las medidas y la caracterización de la emergencia sanitaria aquí y en otras partes del mundo. El lógico Peirce propuso una idea tan fundamental para el estudio de cualquier asunto que él la denominó “el corolario de la primer regla de la razón”, a saber,  “No se debe obstaculizar el camino de la investigación” (1899). Tan grande es la importancia de esta idea que Peirce sugirió que fuese “escrita sobre todas las paredes de la ciudad de la filosofía”. 

Otro planteo peirceano fundamental en su concepción de la búsqueda sistemática de la verdad en cualquier área del conocimiento es que “la idea de otro, del no, se vuelve el eje mismo  del pensamiento” (1903). De modo epigramático, describe Peirce la incidencia de todo lo que reacciona, de todo aquello que en nuestra experiencia se opone ciegamente y obstinadamente a nuestras expectativas, y por ese mismo motivo funciona como el límite inamovible de lo que existe. Ese ‘no’ es el motor de la percepción e interpretación del mundo, pues nos permite aprender algo nuevo, algo que desafía nuestro pensamiento o intuición. Tal es el modo natural mediante el cual crecen los signos. Menciono aquí al pasar una evidencia entre muchas, que es de muy fácil acceso pero que, misteriosamente, brilla por su ausencia en las alarmantes informaciones televisivas de cada día: los datos de la total saturación hospitalaria en Brasil, España e Italia en años anteriores a 2020. La curiosa omisión de ese dato, que permitiría comparar el año de la Covid19 con los mismos períodos en el pasado reciente, y que no lo dudo cambiaría completamente el efecto de riesgo máximo y de ominoso peligro de vida que generan esos medios (des)informativos. 

La conclusión de este enfoque erudito y de divulgación en la prensa local sobre la generación del conocimiento se aproxima al efecto Dunn-Kruger esgrimido por los colegas del filósofo en el espacio radial, aún si de los Campos no lo nombra. La celda oscura en la que vive esta especie desprovista de buen saber, que es la del conspiranoico, estaría configurada por la imposibilidad de entender los signos abstrusos de la ciencia junto con la desconfianza excesiva e injustificada en quienes están detrás de esa producción especializada. No se menciona, y por ende no se los considera válidos, todos aquellos biólogos, médicos y epidemiólogos que buscan desde el inicio de la pandemia una explicación diferente, alternativa, y que en muchos casos desconfían activamente del respaldo institucional de la versión oficial sobre esta crisis sanitaria. Según la definición ofrecida en el texto aquí considerado, ellos también serían calificables de conspiranoicos, y tampoco formarían parte de ese grupo fantasmal de los inexistentes creyentes en un gran plan pandémico organizado por unicornios.  

¿Cuál es el recurso central de este texto que también sería parte activa de la BPSP, de esa Brigada Protectora de la Salubridad Pública, pues se trata de un esfuerzo por estigmatizar a quienes se muestran escépticos sobre la naturaleza de este mal y sobre el modo de enfrentarlo? El autor nos advierte una y otra vez que la duda es legítima, pero hay que manejarla con extremo cuidado, a riesgo de hundirnos en el nihilismo estéril y paralizante, también conocido como ‘conspiranoia’. Quiero citar ahora una frase del mismo texto peirceano que usa de los Campos: “La irritación de la duda causa una lucha para llegar a un estado de creencia. Llamaré a esa lucha Investigación” (1877). Imagino que el lector pensará que un requisito clave para que esa duda produzca un resultado confiable es el pertenecer a la comunidad científica aludida por este especialista uruguayo. Mi comentario al respecto se basa en un texto publicado una década antes por el lógico Peirce, donde él define lo real como el producto de una búsqueda racional muy amplia, sin ninguna clase de exclusión: 

“Lo real, pues, es aquello en lo cual, más temprano o más tarde, la información y el razonamiento finalmente resultarían, y que es independiente de los caprichos míos o suyos. Así, el origen mismo de la concepción de realidad muestra que esta concepción esencialmente involucra la noción de una COMUNIDAD, sin límites definidos, y capaz de un definido incremento de conocimiento.” (1868)

Si reunimos ambas nociones, la que proviene del célebre artículo empleado por de los Campos – La fijación de la creencia (1877) – sobre la función clave de la duda, y la que cité sobre lo real como inseparable no sólo de la continua investigación, sino del trabajo de una comunidad abierta, ilimitada, resulta más difícil estigmatizar a los que dudan a causa de leer fuentes no oficiales, de ver y escuchar a científicos tan serios como los oficialistas, pero no difundidos por los medios masivos. Pero sobre todo, lo que no parece una conclusión válida a extraer del pensamiento epistemológico de Peirce es la expulsión de la ciudadela del saber válido de un grupo de personas por disentir, por no aceptar una creencia, y en eso los ampara el falibilismo, una piedra de toque del mismo lógico, no citada por ese texto periodístico. Toda creencia científica o cotidiana es falible, está abierta al error y a la eventual corrección. La crítica que hace el lógico Peirce apunta a las dudas no genuinas, las de papel: “algunos filósofos imaginaron que para comenzar una investigación era sólo necesario formular una pregunta oralmente o escribiéndola en un papel” (1877). El ingrediente esencial, concluye Peirce, es “una duda real y viva, sin la cual toda discusión es inútil”. 

Por una ruta diferente, este otro discurso también descalifica a quienes ejercen sus genuinas dudas sobre medios de comunicación, agencias globales de la salud o movimientos geopolíticos en procura de mayor poder por ser parte de ese vulgo profano que se debe a toda costa evitar, como lo dictaminó indignado el poeta latino Horacio, un siglo antes de Cristo. El avanzado planteo de Peirce sobre la construcción del saber no es una forma encubierta de populismo epistémico. La recurrente y frívola promesa/oferta de muchas universidades del mundo sobre la formación académica de un pensamiento crítico en los estudiantes esta crisis la volvió real, genuina para toda clase de persona, sin necesidad de cursar una carrera formal. Cuando existe un acceso casi ilimitado a publicaciones científicas, así como también a serios y concienzudos divulgadores de los arcanos de esa producción de saber, no es lícito desdeñarlos como seres que carecen de raciocinio, que sufrirían de una grave patología psíquica que les impediría tener un acceso válido a la realidad. Ante dudas genuinas que irritan el pensamiento no parece ser un buen camino el buscar su cancelación o clausura por la presunción de que quienes así piensan carecen de nivel, o porque desconfían de instituciones que merecen el escepticismo en razón de su inusitado poder, mucho mayor incluso que el de las naciones contemporáneas. 

¡Uno, dos y tres somos pensadores válidos otra vez!

A falta de debates públicos, mediatizados, buenas son las disecciones de posibles candidatos a chivos expiatorios. Recurro una vez más a la obra que me sirvió de estímulo para esta tentativa de reflexionar sobre el sostenido esfuerzo comunicacional por estigmatizar al que piensa diferente sobre una cuestión central de nuestro tiempo: la pandemia y sus circunstancias.

Fiel a los textos ficcionales de George Orwell sobre al autoritarismo, en su Théorie de la Dictature (2019), Michel Onfray  nos propone que para que “la tiranía exista, le hace falta un enemigo un adversario”, pues “lo que importa es disponer de un chivo expiatorio capaz de concentrar sobre sí el odio, el resentimiento, las pasiones tristes. (Él) atrae sobre sí la retórica y la sofística agresiva del poder actual”. Ese mecanismo de criminalización, explica Onfray,  resulta esencial, pues “todo pensamiento crítico es inconveniente en ese régimen totalitario”. Aquel es pues considerado como una enfermedad que es necesario tratar y curar”.

Del pequeño conjunto de intervenciones de comunicadores-especialistas situados en el rol del “phrónimos” o experto moral, que describe Aristóteles (Ética a Nicómaco, VI, 7, 1141a-26-28) como “aquel que estudia bien cada cuestión sobre su propio (bien), y él es la persona a quien le confiarían tales cuestiones” extraigo una dura condena y estigmatización del que se atreva a pensar fuera de la caja de hierro configurada por un subconjunto del universo científico local, y a fortiori, internacional. Esa voz ha sido potenciada hasta el paroxismo por un sistema de medios de comunicación que no le cedió un minuto de aire al discurso crítico, y lo condenó de hecho a la categoría orwelliana de “crimen-de-pensamiento”. La retórica sobre el colectivo conspiranoico hace pensar inequívocamente en una “enfermedad que es necesario tratar y curar” (Onfray). A ese exilio fáctico del debate, que supone un enfrentamiento racional entre iguales, se suma la construcción de su candidatura al odio social, ya que quienes critican la versión oficial de la pandemia se apartan de la Ortodoxia Covid, y en el presente eso los vuelve sospechosos de diseminar el mal. En tal sentido, se asociarían por su actitud a la siniestra figura del “untore”, del “untador o agente de contagio” que describe Giorgio Agamben en su texto “Contagio” (eXtramuros diciembre 2021) sobre epidemias en ciudades italianas en los siglos 16 y 17. El gobierno de la época solicitó a los ciudadanos que estos perversos propagadores de la muerte sean denunciados, para bien de la comunidad. 

Cuando el miedo aumenta, porque es alimentado a diario, de modo creciente y convergente por los medios dominantes, no es difícil imaginar que una patología del pensamiento como la que les atribuyen estos expertos a los neo-paranoicos se convierta en la destinataria de un repudio violento, indignado de quienes temen por su vida, y no dudan de ninguna información transmitida por la voz oficial de la emergencia sanitaria. Sin debates, con una libertad de expresión coartada de hecho, pues la palabra adversativa debe refugiarse en los recovecos y catacumbas de las redes sociales y de grupos de Whatsapp, el diagnóstico de los expertos morales convocados a diario no encuentra ese “no” vital de la resistencia crítica, de un discurso otro, legítimo y no delirante, ni patologizado. La falta completa de confrontación de dos o más visiones sobre el estado de la pandemia es tan grave como una enfermedad física; la creación de chivos expiatorios de la angustia comprensible es lo opuesto de ese contraste lícito entre explicaciones, teorías, análisis, hechos, en fin, todo el material que se necesita para que una “COMUNIDAD sin límites definidos (sea) capaz de un definido incremento de conocimiento” (Peirce).

Si no queremos seguir el camino hacia un temible “estado de excepción”, según lo analiza G. Agamben, hacia una dictadura sanitaria, un posible antídoto supone permitir que ese colectivo sin estigmatización ni cancelación se exprese plenamente, que traiga su visión, sus fuentes, sus creencias, y más que nada sus legítimas dudas. Como describe el lingüista E. Benveniste, en varias lenguas que derivan del protoindoeuropeo, el verbo ‘dudar’ tiene como raíz etimológica el numeral ‘dos’. Dudar nos remite a la dualidad, a la encrucijada que nos produce un monto de angustia, de miedo, como nos lo recuerda el adjetivo francés ‘redoutable’ (= temible), pues toda bifurcación de caminos obliga a pensar, a elegir, a decidir cuál seguiremos y cuál dejamos atrás. Propongo abandonar la práctica actual en los medios del juicio sumario de quien piensa diferente, críticamente sobre el estado de la cuestión sanitaria, aquí o en cualquier lugar. Sin la vital presencia del otro válido, el movimiento dialógico del pensamiento, ese potente ‘no’ de la alteridad que proclama Peirce como el eje mismo del raciocinio se altera, se deteriora, no funciona. Y sin ese vaivén semiótico, la libertad se enferma, la sociedad se asfixia. 


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