POIESIS /7

Por Álvaro Ojeda

Dos extraños

¿Cómo presentar al poeta salteño Santiago Sylvester? Por una suerte de extraña propiedad transitiva, se me ocurre. En 1995 fui invitado, junto a otros poetas, a un homenaje al escritor  Edgar Bayley que se realizaba en la ciudad de Buenos Aires: una bellísima y desaparecida librería de la calle Corrientes, sillas de plástico -toda una novedad por esos años- libros lujosos, público en general, toses nerviosas. Fuimos pasando de a uno los que homenajeaban al homenajeado: el deseado cadalso de las lecturas en público. Y de pronto, apareció un hombre de mediana edad, delgado, pelo canoso, bigotes, un desconocido que apenas sentado se cruzó de piernas, abrió un libro y empezó a leer un poema acerca de dos desconocidos leído por otro desconocido, al menos para mí. Pero el poema no versaba sobre personas desconocidas, gentes extrañas que se veían por primera vez. No. Los dos desconocidos del poema, formaban parte del mismo individuo. Una parte del aparato locomotor y el alma de ese aparato. Lo que se movía y la misteriosa razón del movimiento. La mecánica y el ánimo. El poema tenía una zona descriptiva y otra reflexiva unidas de tal manera, que la una se inclinaba sobre la otra y al mismo tiempo se diferenciaba evitando toda mezcla, toda contigüidad. Narciso no se precipitaba en el lago. Esa transformación de anatomía en alegoría me produjo una conmoción tan honda que con mi esposa urgimos al sorprendido poeta a que nos dedicara el libro que llevaba con él, cosa que asombrosamente hizo. Otro encuentro entre desconocidos. El poema se llamaba, se llama, La rótula, y para mi sorpresa es el que abre esta magnífica muestra. Acaso porque como escribe Santiago Sylvester, permanecemos vivos, sobrevivimos, “gracias a la complicidad de lo que ignora” . Es mejor así, la poesía ocurre.    


LA RÓTULA

De la rótula conozco, sobre todo, la palabra rótula.
No sé qué sabe la rótula de mí, tal vez que hablo solo y 
                duermo de a pedazos,
pero ocurre que nos necesitamos, nos debemos favores, y 
                eso cuenta al hacer el inventario.

Ella es un énfasis entre vocales graves,
yo un peso arbitrario, propenso a caminar sin rumbo.
Ella viene del latín, de boca en boca,
yo vengo de Salta, de tropiezo en tropiezo.
Ella se incrusta como un acorde haciendo fuerza,
yo digo mi opinión: enfermedad sagrada que agradezco a 
                Heráclito.

Y aquí estamos los dos, sin saber el uno
casi nada del otro, pero ambos
capeando el temporal cuando lo premonitorio
habla de una dura década 
que ya habrá comenzado,
y el dato de ese cálculo soy yo:
                pieza llena de mañas
                que ha llegado hasta aquí
                gracias a la complicidad de lo que ignora.

(De Café Bretaña)


El tiempo cobra peaje a todo lo que ha nacido para durar.
Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;
peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,
a la mirada del hombre,
a las palabras que se dicen, al sentido:
                peaje aún sin saberlo,
                como existen caminos aunque no vamos a ninguna 
                parte.

Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la 
               intención de eternidad que aturde a todo lo
transitorio: 
                solos y a la vez acompañados,
                en estado de mudanza;
condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.

El tiempo cobrando peaje es infalible;
y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:
                no soy el tiempo, pero soy el que mira.

(de Café Bretaña)


El reloj de la pared no coincide con el mío: 
el sombrero de ese hombre no tolera la proximidad de esos 
                aros; 
la carcajada que acaba de llegar está en conflicto con 
                aquellos guantes; 
la mano que sostiene esa taza vacila como una respiración 
                que se distrae; 
las solapas de seda de aquel hombre son un chiste sobre el 
                ideal, 
y él mismo, lo que ahora es, recibe un saludo de lo que nunca 
                fue: turbulencia agotada que ya no entrará en el 
                inventario. 

Hay un desconcierto, una inútil conversación entre esta 
                pipa y esos zapatos rojos; 
tal vez por mi reloj, 
por el reloj de la pared con su hora distinta, 
o por la imposibilidad de olvidarnos de nosotros, como un 
                reloj se despreocupa del tiempo. 


(peripecias del aprendiz)

El que quiera estar acompañado
que me busque:
el que quiera estar solo
también:
soy bueno en ambos casos: conozco la multitud
y el retiro: soy
acompañado y solo.


El instinto gregario no me obliga;
la soledad tampoco:
                si conozco ambas cosas,
es porque no soy un buen profesional:
sólo un aprendiz que da conversación,
que da silencio.


En ambos casos, conocimientos adquiridos: no vine 
                terminado:
soy producto e insistencia: tal vez por eso
ni en compañía ni solo estoy en mi estado natural: soy
puro oficio
y voy aprendiendo con usted.

Disculpe entonces si tengo fallas: es el precio del error
pero también del acierto: y así voy,
errando y acertando con buena voluntad: 
                                                                      puedo conversar
o estar callado,
y puedo también confundir los momentos: hablar solo
o no hablar en sociedad; 
                y todo,
por el aprendizaje que no acaba.


(nada como una buena salud)

Es increíble la cantidad de remedios: para cada mal, una 
                cura:
para el mal de ojo, el asma, la mala fe;
hay ungüentos para el cuerpo y para el alma: ambos lo 
                necesitan, y a veces es el mismo:
se curan el desencanto, las aguas negras, el orzuelo: hasta 
                la ignorancia
tiene cura o mata.

Hay gotas para ver mejor
y para no ver;
diarrea, paso del tiempo, secreciones, caspa, desconcierto: a 
                cada uno su antídoto.
Para el descreimiento, cataplasma; 
para el abuso de fe, antifebril: el método socrático también 
                sirve;
si se le enferma el yo, no olvide que está hecho
y puede estar deshecho: su enemigo es el sarro de la 
                satisfacción: se quita con lejía.

Si su empacho es de pasado, quítese el chaleco, combata el 
                monumento abstracto;
si hay exceso de futuro, no haga nada: un lustro más y 
                estará como nuevo;
lo peor es abundancia de presente: da jactancia: y ahí sí, 
                purga de la fuerte: que raspe hasta el hueso; 
y no se crea inmortal: también eso tiene cura.


(manuscrito verdadero o falso encontrado en el umbral)

El Código de Hammurabi,
las Tablas de la Ley,
los barcos de la Ilíada enfilados hacia Troya,
miran todos en la misma dirección:

el Templo del Sol en la península de Yucatán,
La Niña, la Pinta y la Santa María,
los caballos de Atila y los gansos del Capitolio,
miran en la misma dirección:

las matanzas que no han cesado en el tercer planeta del 
                sistema solar,
los que apuestan a que el alma existe y los que apuestan a 
                lo contrario,
la caravana que vuelve a Buenos Aires después de las 
                vacaciones: 
                                     agota
toda esa gente que invoca a dioses tan distintos: tal vez 
no vayan juntos ni hacia el mismo sitio: cada uno con su 
                propia muchedumbre,
con sus necesidades a la vista, 
pero todos miran en la misma dirección:

Bach, de quien se dijo que es una prueba de la existencia de 
                Dios, la atracción del suicidio, las cuatro estaciones:
las tablillas de Persia, los quipus incaicos, el arte de callar:

da risa y llanto este mundo terrible, y no hay otro: aquí
o nada:
y en la misma dirección.


(maleta dejada en Madrid)

Casi un pariente próximo, de tanto que nos conocemos.

Hemos compartido viajes, casas, placares: lleva
como yo
rótulos de ciudades y rastros de una época: 
                                                                          ahora
ha llegado a su término: recusada por la vida, como al fin 
                todo el mundo, 
le toca viajar al lugar del que ya no se viaja
con la memoria llena de camisas, pantalones, libros,
brochas de afeitar, pañuelos: una intimidad revuelta donde 
                reconozco
una síntesis mía en movimiento.

No la despido: ayudo a que se vaya: éste es su límite
como el cojo acepta que no podrá correr:
el ciego, que no podrá ver:
el que no conoció padre
o tierra natal,
que algún sitio de su vida será un resumen de 
desconocimientos.

                                Su hospitalidad
fue una convivencia fortuita
de lo que entendemos con lo que nunca entenderemos: 
                llegadas y partidas, secretos e indiscreciones:
una verdadera profesional de lo transitorio.


(un propósito difícil de cumplir)

Ir al extranjero: ¿dónde queda eso?
¿es el sitio de otro idioma? ¿de otra religión? ¿hay 
               desconocidos? ¿distinta comida? ¿turbante, capa,
                colores inusuales?
Este es un mundo sin secretos desde el siglo XX: tierra sin 
                misterios, explorada hasta el hueso:
las cataratas son fuente de energía, los desiertos una pista 
               para competencias: talada la selva: el fondo del mar 
                una curiosidad turística: no hay pedazo que no haya
               sido destripado, medido y, desde luego, comprado o 
               vendido. 

Tal vez el extranjero no sea más que un asunto expresivo: palabras entre signos de admiración, exclamaciones, un 
                prestigio con sílabas cambiadas.
O simplemente el viejo miedo a morir.

Ir al extranjero: fácil la expresión, difícil el camino.


(cuidado con lo que hace)

Media hora no es mucho, sin embargo
piense en todo lo que puede hacer:
tomar un taxi y llegar a donde va,
perder un tren, las llaves, un amigo;
arruinar un buen recuerdo:
en media hora usted puede mejorar o empeorar un día 
                entero,
leer un poema, 
sacarse una muela,
cambiar de opinión.

Respete entonces su próxima media hora:
recuerde que en media hora cabe un ajuste de cuentas, un 
                orgasmo, una solución. 

Si hemos ganado respeto en este mundo repetitivo, en el 
                que tortugas, caimanes, palomas y pescados hacen lo
                mismo desde el paleolítico,
es porque no tenemos un único destino,
una sóla dirección,
un único propósito,
una única preferencia: sabemos de mudanzas
y éste es nuestro prestigio.

                                             Dispersión 
es lo que nos sucede,
vivimos en zigzag: variaciones de lo que podemos hacer en 
                media hora.


(la primera vez)

Cada vez es más difícil hacer algo por primera vez:
cuestión 
                de tiempo para saberlo.

La primera vez que como una fabada, que leo un soneto,
que me acuesto con una mujer;
la primera vez que veo un muerto, un río crecido, dos perros 
                peleando en la calle: 
ya nada de esto es posible.

Acumular experiencias es buscar seguridad,
pero siempre queda algo para la primera vez: un deporte
que 
                nunca practicamos, tocar un instrumento, un amor
del 
                que ignorábamos todo, una ciudad que no está en los 
                mapas;

siempre habrá algo nuevo si nos empeñamos en buscarlo,
incluso el riesgo de hallar lo no querido: por esta línea 
                merodea la muerte, 
siempre atenta, siempre queriendo acontecer,
siempre por primera vez.


Santiago Sylvester

Santiago Sylvester, Salta, 1942. Autor de más de quince libros de poesía, un libro de cuentos y dos de ensayos. Ha recibido, entre otros, el 3er. Premio Nacional de Poesía, Municipal de la Ciudad de Buenos Aires y Provincia de Salta. En España, los premios Ignacio Aldecoa y Jaime Gil de Biedma. Miembro de Número de la Academia Argentina de Letras. 

LIBROS PUBLICADOS

1. Poesía

En Estos días; Ediciones La Flauta de Caña, Salta, 1963
El aire y su camino; Ed. Ismael Colombo, Buenos Aires, 1966
Esa frágil corona; Ed. Dirección de Cultura de Salta, 1971
Palabra intencional; Ediciones del Tobogán, Salta, 1974
La realidad provisoria, Editorial Cuarto Poder, Buenos Aires, 1977
Libro de viaje; Libros de Estaciones, Madrid, 1982
Perro de laboratorio; Editorial Corregidor, Buenos Aires, 1986
Entreacto; ICI-Quinto Centenario, Madrid, 1990
Escenarios; Editorial Verbum, Madrid, 1993
Café Bretaña, Editorial Visor, Madrid, 1994
Antología poética; Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1996
Número Impar, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1998
El punto más lejano, Ed. Ave del Paraíso, Madrid, 1999
Calles, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2004
El reloj biológico; Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007
Perro de laboratorio, 2ª edición; Ediciones del Dock, 2008 
La palabra y, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2010
El punto más lejano, 2ª edición; Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2011
Perro de Laboratorio seguido de Libro de Viaje, Amargord Ediciones, Madrid, 2013
Los casos particulares, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014
El que vuelve a ver, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016
“Cristo pisando uvas” en la Iglesia de la Viña en Salta, (separata), Summa Poética, Buenos Aires, 2016
La conversación, (antología) Colección Visor de Poesía, Madrid, 2017
Llaman a la puerta, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2019
Ciudad, Pre-Textos, España, 2020

2. Prosa

La prima carnal (cuentos); Editorial Anagrama, Barcelona, 1987
Oficio de lector (ensayos); Alción Editora, Córdoba 2003
La identidad como problema. Sobre la cultura del Norte; EUNSa y EUDEM, Mar del Plata, 2012
Sobre la forma poética, EUDEBA, Buenos Aires, 2019

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