ALDO MAZZUCCHELLI / El otro día, en un evento en la Facultad de Humanidades, uno de los expositores dijo, al pasar: «la expresión ‘naturaleza humana’ -que es una contradicción en los términos, ¿verdad?«-. A mi no me parece que haya una contradicción, porque hay en el hombre una naturaleza propia, que no es contradictoria con el resto de concepciones de naturaleza que -justamente, como seres naturales- podemos formular. Sin embargo, la observación me pareció sintomática. En un aparte luego se lo comenté a quien la había dicho -un profesor joven de educación física y empleado de la Intendencia de Montevideo, que me pareció no solo inteligente, sino sobre todo de excelentes intenciones-, y él mismo se me adelantó en la charla cuando iba a ese punto, mostrando que él mismo también había notado la enormidad que se le había escapado, voluntariamente o no. En todo caso, la expresión es seria, y es un síntoma serio del modo de pensamiento que prevalece en los ámbitos de la sociedad más ideológicamente influidos por lo que yo llamaría «ultramodernidad» -otros llaman wokismo- promovida por el dinero y la red de propaganda del globalismo occidental

ENSAYO

¿Por qué digo que es un «síntoma serio» que se identifique, entrado el siglo XXI, a la naturaleza como contradictoria con lo humano?

1) La respuesta simple es: porque esa es precisamente la esencia del transhumanismo, como tendencia continuadora de la original guerra que el hombre occidental moderno montó, en nombre de la ciencia, contra la naturaleza. La naturaleza, en efecto, fue para la modernidad algo de cuyas amenazas, de cuya «tiranía», el hombre debía liberarse. En la larga obsesión del individualismo nominalista por demostrar su poder bautizador sobre todo lo existente, controlar las fuerzas naturales fue central. Hoy, ese mismo impulso es lo que está detrás de la tecnología de intervenciones «médicas» sobre el ADN humano. Su consecuencia posible es, no la liberación respecto de la naturaleza, sino la destrucción de la humanidad al pretender escindirse, limpia, final y completamente, de los límites naturales inscriptos en el ser.

2) ¿Cómo es que se manifiesta, pues, el final de una civilización? Uno de los síntomas es cuando uno ve que tendencias que originalmente tenían sentido marcando un cierto rumbo de mejoramiento de la vida, han llegado a un nivel de extremismo que las convierte en pura destrucción de la vida -como en el caso en que liberarse de enfermedades o accidentes naturales se convierte en querer eliminar todo rastro de naturaleza en el ser humano, y crear un ser humano de diseño con prescindencia de todo input de lo natural.

Otro de los síntomas es la imposibilidad de dar cuenta de los nuevos hechos, salvo empleando herramientas conceptuales viejas, que son incapaces de aprehenderlos correctamente. Por detrás de esta inercia discursiva, sin embargo, nadie se engaña. Y quienes producen el discurso hegemónico occidental hoy -es decir, el discurso woke-, saben bien dónde están sus enemigos principales: en el naturalismo y el tradicionalismo de todo tipo, que ellos identifican de alguna forma con el «humanismo» a veces, con «la ultraderecha» otras, aunque sea algo bastante distinto. Y el mal uso de ambos términos revela esa incapacidad que tiene una civilización en decadencia para conceptualizar correctamente aquello que siente que la amenaza. Porque lo que la amenaza forma parte, precisamente, de lo que viene, y el mundo viejo no tiene cartografía ni léxico con los que entenderlo o integrarlo. En este sentido, la propaganda que «la catedral» (Nick Land) de Occidente emite -los medios mainstream, gobierno, agencias no gubernamentales, y academia-, como expresión de lo viejo en decadencia, sigue teniendo el objetivo de agrupar detrás suyo a la coalición más amplia de fuerzas sociales que pueda reunir. Entre ellas, prioritariamente, y como siempre se ha hecho, a los más jóvenes. Al hacerlo, lo que está haciendo es dando una especie de batalla final generacional, que condenará -por las características que veremos que ha tomado- a las nuevas generaciones occidentales a vivir -por un tiempo- una vida totalmente distinta. Una vida de la que la dialéctica que caracterizó la aventura individual desde la antigüedad, se habrá ausentado. 

3) De modo que una forma interesante de ver cómo se manifiesta la decadencia de Occidente es mirar cómo se hace, en esta oportunidad, lo que se ha hecho siempre, que es venderle un futuro a los jóvenes para sumarlos a la causa de los poderosos. En este rubro, el caso actual occidental, precisamente por tratarse de propaganda desde la decadencia, tiene algunas peculiaridades interesantes.
Los más jóvenes siempre han sido los más vulnerables a la propaganda por dos razones combinadas: su buena disposición a los fines altruistas y la promoción del bien y la virtud, por un lado; su falta de experiencia del mundo y la historia, por otro. La propaganda siempre, sin excepciones, presenta sus fines como promoción novedosa del bien, y además siempre vende futuro. Y los jóvenes de hoy y de siempre, compran futuro. Nadie que sea joven quiere adherir a una visión realmente apocalíptica y cerrada del futuro, porque los jóvenes esperan poder vivir ese futuro. Y los jóvenes siempre compran estar «del lado de los buenos», sea esto lo que sea. Esa simplísima fórmula sigue siendo aplicada. Solo que ahora tiene un contenido particular, adaptado a los tiempos, que vale la pena observar un momento.

4) Lo que la gente joven ha comprado es, por un lado lo de siempre, pero por otro, es algo bastante distinto y peculiar. A la gente joven se le ha vendido desde el centro globalista/woke, a la vez, una determinada promoción del futuro -hipermoderno y por tanto hiperliberal, de promoción de toda minoría supuestamente oprimida, y de liberación de las constricciones de la naturaleza y la biología-, y al mismo tiempo, una situación pre-apocalíptica, una situación de Fin del Mundo, donde a los hoax del «cambio climático» y «la pandemia», «la amenaza islámica» o «la amenaza de Rusia» se suma una evaluación completamente exagerada, hasta lo delirante, de la situación en materia de contaminación, escasez de recursos, relaciones interespecies con clara antropoformización acrítica de los «animales no humanos», etc. Además, Occidente sigue proyectando, de modo ya fanático, sus propias visiones como si fuesen lo que piensa el mundo entero, lo que ve el mundo entero, lo que teme y espera el mundo entero, lo que debe creer el mundo entero. Eso es puro universalismo etnocéntrico, y si bien siempre ha sido de una esterilidad cultural pasmosa, hoy tiene menos futuro que nunca. El Occidente liberal y materialista al que me refiero (dejo de lado la tradición cristiana, que el mismo Occidente ha suicidado en sí) ha conquistado mucho en términos materiales, pero salvo una minúscula elite servil en cada civilización ajena, nunca ha convertido ni conquistado el núcleo de la conciencia de ninguna de las demás civilizaciones -aun cuando las haya destruido en el intento. 

5) Esta combinación resulta, en la gente más joven, en una visión del mundo fuertemente moralizante en el sentido de rechazar cualquier aspecto de los diversos menús éticos anteriores como falsos (esto no es propio de «esta» juventud, sino hasta cierto punto de todas). A este mecanismo habitual de toda nueva generación, se lo condimenta ahora con lo que yo llamaría un horror comunicacional a priori: una promoción abierta de la incomunicación intergeneracional.
En efecto, si bien todas las generaciones rechazan hasta cierto punto el saber anterior, esto ocurre -en civilizaciones con cierto grado de salud- de un modo dialéctico. Se trata de que los jóvenes primero conocían los menúes y experiencias vitales anteriores, y luego elegían apoyarse en determinadas visiones previas (generalmente las que habían sido minoritarias y rechazadas) para afirmar sus propios puntos de vista renovadores.
Eso no ocurre hoy. Lo que ocurre hoy es que los más jóvenes, dado que no leen ni les interesa hacerlo, se obturan la posibilidad de conocer realmente cualquier aspecto más o menos profundo de las posturas de sus mayores. En cambio, están optando por un rechazo absoluto respecto de cualquier conocimiento o acción de las generaciones mayores. Esto se justifica en la medida en que se las representa como culpables colectivas del supuesto apocalipsis en ciernes. Llevados por la inercia de la situación técnica, han «votado con los pies» por resolver todos los problemas que les plantea el esquema educativo viejo por el simple recurso de eludirlos todos, via inteligencia artificial. De este modo se puede obtener los títulos sin haber aprendido casi nada. Tal mentira criminal es una burbuja llena de humo, que solo puede crecer si está amparada por una burocracia cómplice, apañada por los administradores-políticos. Es exactamente lo que está ocurriendo.

6) Esto es posible en Occidente gracias a la destrucción de la lectura, que es la forma principal de conocimiento conceptual intergeneracional. No es cierto que un material audiovisual consiga salvar esta distancia, salvo que se trate de materiales de una extensión y profundidad inusual. Si bien estos existen, no son de consumo habitual, ni mucho menos. En cambio, predominan las visiones sintéticas de tipo opinión ideologizada, en YouTube, que es lo más parecido al conocimiento que la inmensa mayoría de gente nacida en 2000 y después verá en su vida.

7) Esto viene conduciendo a un rechazo no solo de toda tradición, experiencia previa y conocimiento acumulado por la humanidad anterior, sino también, y por consecuencia del rechazo del lenguaje escrito, a una identificación generacional (emocional) con la comunicación oral por vías digitales. Todo ello refuerza el aislamiento entre el conocimiento histórico propio de las generaciones mayores, y las posibilidades de formación de las generaciones más nuevas. Éstas desprecian implícita o activamente el conocimiento anterior, fundan su propio lenguaje «inclusivo» de fuertes tonos moralizantes, y se sienten legitimadas en su cancelación de todo lo anterior que no rinda pleitesía a esta visión del mundo y a las creencias que la sustentan.

8) No han llegado hasta mi muchos ejemplos de que las generaciones menores piensen acerca de cómo es que han llegado a creer las cosas en las que creen. 

9) La ausencia completa de «pensamiento crítico», el cual es reemplazado por una especie de «intuición crítica» que les ha sido inoculada como parte del paquete que el globalismo woke les vendió, dice siempre una misma cosa: no leas, no escuches a los viejos, no creas nada salvo lo que te decimos nosotros, los globalistas, transhumanistas, depositarios de la herencia ultraliberal del Occidente protestante. Nosotros hemos conducido al mundo desde el siglo XVI hasta aquí. La nueva frontera es la liberación de tu ser respecto de la naturaleza, algo que nuestros tatarabuelos comenzaron a acelerar durante la revolución industrial. Ellos lo hicieron como depredadores y violentos destructores de recursos naturales, y pese a sus horribles pecados y su carácter totalmente anticuado que tu felizmente has superado por completo, pusieron las bases del cyborg en que tu te convertirás, gracias a nuestra ciencia materialista. No escuches la religión: es una antigualla tradicional propia de viejos retrógrados llenos de miedo a la muerte. Nosotros, en cambio, hemos de vencer a la muerte gracias a la tecnología. Solo debes rendir admiración ante la tecnología. No escuches ninguna objeción, ninguna reticencia, ninguna crítica ante lo que diga la ciencia, hoy ya totalmente institucionalizada. En particular, no escuches a las humanidades: son complicaciones mentales sin sentido, que no te ayudarán a contribuir nada práctico al progreso científico-técnico.  Por lo demás, la, tecnología es, de hecho, la nueva metafísica: nosotros, los tecnólogos, somos los únicos que investigamos realmente el ser y sus posibilidades, por vía de acción material. Además, ellos pretenden que la discusión sobre quién ganará la carrera del futuro se dé en el campo de la filosofía, mientras que nosotros sabemos que se dará en el campo del dinero, y según los términos que el presupuesto imponga. Por tanto, no escuches jamás al filósofo -manipulador de problemas irrelevantes- ni al historiador -contador de cuentos sin contenido para ti-. Escucha mejor al redactor de manuales y reglamentos, y guía tus pasos de acuerdo con la autoridad institucionalizada en esos manuales y neotradiciones burocráticas. Esa es la única actitud que te dará algo concreto de lo que te puedas aprovechar para subir en tu carrera. Tu única militancia debe ser la cancelación de cualquier postura, observación, visión o contenido que no te confirme en tu superioridad moral, en tanto víctima del tipo de sociedad pre-apocalíptica que has heredado. Quienes la construyeron solo merecen tu silencio, tu desprecio por la espalda – aunque esto no te lo digas ni a ti mismo, porque no encaja dentro de la superioridad moral en la que te percibís. 

10) Como lo he discutido otras veces desde hace tiempo, este tipo de mensaje es, precisamente, el mensaje de unos viejos y de sus propagandistas (Schwab, Fukuyama, Harari, Kurzweil, etc.) a los jóvenes. Les hablan como cómplices de la juventud, al tiempo que están trabajando todo el tiempo para disminuir el acceso a las formas de conocimiento e instrumental conceptual que permitiría a esos jóvenes construir su propio futuro. Someten para controlar y evitar la pérdida de poder y control del proyecto ultramoderno transhumanista y globalista en el que creen. Y de todos modos, saben que ese proyecto está destinado a la muerte. 

11) Junto a esto, surge -y es lo único positivo- una fuerte tendencia anti-individualista entre esas mismas generaciones así adoctrinadas. ¿No es este anti-individualismo, este deseo de actuar colaborativamente y en grupo, la única esperanza cierta de que las nuevas generaciones serán capaces de generar una sociedad mejor? Para mi, sí. Pero enfrenta al menos dos peligros.

12) Uno es una insólitamente escasa conciencia respecto de la dialéctica necesaria en todo lo vivo: entre naturaleza y cultura, entre competencia y colaboración, entre igualdad y diferencia, entre joven y viejo. La dialéctica igual está, porque es inherente al universo, pero lo alarmante es que se la ignora y reprime. El peor mal que el globalismo woke le ha hecho a las nuevas generaciones es inocularle una ignorancia absoluta de la dialéctica, y en cambio promover visiones estáticas, anti-vitalistas y, en el fondo, profundamente cobardes. La cancelación es precisamente el síntoma principal: el que cancela es el que no discute, el que rechaza la confrontación. La ausencia de diálogo genuino es siempre empobrecedora. Toda clase de mecanismos autoconfirmatorios están montados en la esencia misma de los nuevos medios, que desestimulan la confrontación de las propias creencias frente a creencias alternativas y distintas. Además, la falta de dialéctica es incapacidad para luchar. Las nuevas promociones me sorprenden por su falta de valentía para confrontar: se encierran en una supuesta superioridad y rehuyen exponer sus verdaderas creencias. En cambio, se adaptan silenciosamente, al tiempo que sacan ventaja, y crecen en su manejo de una retórica indirecta y pesadamente repetitiva y mentalmente burocrática, que los protege. Esta es una forma clásica de cobardía de la que, a la corta o a la larga, nada fructífero y generativo puede salir. Colectivos sin individuos capaces de pensar y hablar por sí, implicará necesariamente un descenso en el nivel de conciencia general.

13) El otro peligro es que, con la ausencia de dialéctica, viene una radical incapacidad para comprender los mecanismos internos que nos mueven. La lucha interna, la guerra moral entre lo que está bien hacer y lo que no, que ha sido el motor fundamental de toda conciencia individual, se sofocará en una conducta colectiva mutuamente asentida de colaboración aparentemente perfecta. Este borrado de la conciencia moral del individuo, consecuencia del borrado de la lucha moral externa, que desaparece por el horror a toda confrontación, puede que sea la consecuencia paradójica y necesaria (contradicción última) de la búsqueda fáustica que ha caracterizado al Occidente colectivo durante toda la Modernidad. La pregunta es si Occidente, con toda su población, no pasará a ser simplemente una cultura de esclavos -conscientes o no- respecto de otras experiencias humanas en otras civilizaciones que no han sufrido el mismo tipo de torsión íntima. Es probable que cuando se habla de «decadencia y caída de Occidente», es de este ausentamiento histórico y masivo de la conciencia de lo que se esté hablando.

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