A poco de concluir el primer cuarto del siglo XXI, ¿qué es detenerse en el 14 de agosto de 1968, muerte de Líber Arce, crimen añejo de más de medio siglo? Para los púberes, adolescentes y jóvenes de aquellos días que guardan memoria del revuelo de cachiporras, de las correrías por calles conocidas bajo otras luces, del silbido de disparos invisibles, de las músicas cristalinas de las vidrieras apedreadas, de los cascos de los caballos percudiendo el asfalto, de las voces destempladas en la niebla de los gases, recordar es volver a inventarse durante un poco más. Para el conjunto indiscriminado de quienes recuerdan, se trata de detenerse ante uno de los monumentos, erigido por el calendario, de la conciencia histórica, podría decirse, si seguimos a Walter Benjamin.

ENSAYO

Por Alma Bolón

1

A poco de concluir el primer cuarto del siglo XXI, ¿qué es detenerse en el 14 de agosto de 1968, muerte de Líber Arce, crimen añejo de más de medio siglo? Para los púberes, adolescentes y jóvenes de aquellos días que guardan memoria del revuelo de cachiporras, de las correrías por calles conocidas bajo otras luces, del silbido de disparos invisibles, de las músicas cristalinas de las vidrieras apedreadas, de los cascos de los caballos percudiendo el asfalto, de las voces destempladas en la niebla de los gases, recordar es volver a inventarse durante un poco más. Para el conjunto indiscriminado de quienes recuerdan, se trata de detenerse ante uno de los monumentos, erigido por el calendario, de la conciencia histórica, podría decirse, si seguimos a Walter Benjamin.

2

El siglo XIX entroniza el reloj, es decir, la medida de un tiempo absolutamente abstracto, desasido de la historia y de cualquier sentido, pura cantidad: diez horas, mil segundos, tres minutos. El reloj consagra el divorcio del tiempo y de la substancia teológica y agrícola que fue durante siglos. Ya no sabremos que suenan los maitines, sino que son las 6 de la mañana, ya no sabremos que es vísperas, sino que son las 6 de la tarde, ni que es San Juan, sino 23 de junio, ya no sabremos que es tiempo de cosechar la vid, sino que es marzo. Ya no será más en Pascua, sino en el primer cuatrimestre. La profanación del tiempo, su separación de lo sagrado, fue indispensable para dividirlo en unidades homogéneas y descarnadas, propicias para medir el lapso durante el cual el trabajador vende su fuerza de trabajo. Lo sabemos, en el siglo XIX (y entrado el XX) los trabajadores luchan por tiempo, por las diez horas, por las ocho horas, por las treinta y siete horas semanales. El tiempo del reloj progresa como loco sobre la línea recta, siempre hacia adelante sin detenerse ni volver para atrás, imparablemente ordenado; así, el siglo XIX inventa el progreso, eso que va corriendo por la recta, fatal con su piqueta.  

Junto con la entronización del tiempo abstracto del reloj y del progreso, el siglo XIX también se la pasó inventando otros tiempos. Con la novela balzaciana cargada de descripciones, el tiempo se estanca: pasan las páginas y lo único que pasa es que las cosas con sus recovecos y firuletes están ahí, presentes y deteniendo la acción. El tiempo balzaciano no es solo el hilo en el que las acciones de los personajes se ordenan, también es el tiempo vacuo, el tiempo sin tiempo de la inacción y del solo estar ahí. Los lectores, apremiados por la lógica de la acción, solemos saltearnos esas páginas baldías, no obstante fundamentales en la imagen temporal que inventan. Con Marx y la dialéctica, el tiempo se pliega y se arma como un volumen espiralado, que siempre imaginamos ascendente. Con Auguste Blanqui, conspirador profesional, revolucionario que conoció todas las insurrecciones decimonónicas francesas y pasó encarcelado treinta y cinco de los setenta años que vivió, el tiempo es eternidad sideral y su obra última lleva ese hermoso título: “La eternidad por los astros”. Con los ensayos y los poemas de Baudelaire, el tiempo es eterno y efímero, repetición y novedad; la novedad solo podrá ser bella por su arraigo en lo eterno. Henri Bergson y Marcel Proust llevarán para el incipiente siglo XX otro tiempo: espacio sin orden preestablecido para su recorrido y de duración disfrutable. 

El mismo siglo que hace nacer el tiempo abstracto que se medirá con el reloj y con la moneda (diez pesos la hora, medio vintén el medio segundo) también dio nacimiento a otros tiempos, incontables, incanjeables, inamonedables, sin aritmética. 

3

Lector amante de Balzac, de Baudelaire, de Blanqui y de Proust, Walter Benjamin -filósofo alemán judío y comunista-, exiliado, encarcelado y excarcelado (“liberado” sería un despropósito decir) en un París nazistoide desde mucho antes de la invasión del ejército alemán, hasta el final casi de sus días sigue acudiendo a estudiar a la Bibliothèque Nationale, edificio en donde deja escondida parte de su obra, ante la amenaza creciente que lo acecha. En junio de 1940, cuatro días antes de la llegada del ejército alemán, Benjamin huye de París en dirección de la frontera francoespañola, que no llega a atravesar, y en donde se suicida, en Port-Bou, en setiembre.

Amante pues del siglo XIX, Benjamin piensa lo que está pasándole al tiempo, y escribe: 

«Los calendarios no miden el tiempo como lo hacen los relojes. Los calendarios son los monumentos de una conciencia histórica de la que cualquier huella parece haber desaparecido en Europa desde hace cien años, y que se transluce en un episodio de la revolución de Julio [de 1830]. En la noche del primer día de combate, se vio en varios lugares de París, al mismo tiempo y sin concertación, a personas que disparaban contra los relojes. Un testigo ocular, que tal vez debía su clarividencia al azar de la rima, escribió entonces: «Qui le croirait ! On dit qu’irrités contre l’heure, // De nouveaux Josués au pied de chaque tour, // Tiraient sur les cadrans pour arrêter le jour».» [¡Quién lo creería! Se dice que irritados contra la hora, // Nuevos Josués al pie de cada torre, // Tiraban contra los relojes para detener el día.]

En el calendario, con su alternancia de días marcados y no marcados, celebrables y no celebrables, el tiempo pierde su linealidad y se monumentaliza, se vuelve monumento de una consciencia histórica; la conciencia del pasado se espesa, adquiere volumen y se da a ver: hay que mirar, hay que detenerse y mirar.

Pero si el calendario con sus fechas con nombre y con sentido -San Juan, siembra del trigo, Día de Reyes, cosecha de la remolacha, Día de los Trabajadores, Asesinato de Líber Arce- es la conciencia de la historia monumentalizada que vuelve, el pasado es, para Benjamin, el paisaje ruinoso en donde nuestros ojos están absortos. La pintura de Paul Klee que lo acompaña durante veinte años y que antes de huir de París deja en custodia a Georges Bataille para que la esconda en la Bibliothèque -el Angelus Novus– inspira a Benjamin un pensamiento a contrapelo del usual. Citaré ese pasaje tan citado, por el siempre renovado placer de acercarse a la inteligencia de Walter Benjamin:

«Existe un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. Representa un ángel que parece tener el propósito de alejarse de algo en lo que su mirada está clavada. Sus ojos están muy abiertos, los labios también, las alas desplegadas. Tal es el aspecto que necesariamente debe tener el ángel de la historia. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. En donde ante nosotros aparece una serie de acontecimientos, el ángel solo ve una única catástrofe, que no cesa de amontonar ruinas encima de ruinas y de lanzarlas a sus pies. El ángel querría detenerse, despertar a los muertos y reunir a los vencidos. Pero del paraíso sopla una tempestad que se entreveró en sus alas, tan fuertemente que el ángel no puede cerrarlas más. Esta tempestad lo empuja sin cesar hacia el futuro al que el ángel da las espaldas, mientras que las ruinas se acumulan hasta el cielo delante de él. Esta tempestad es lo que llamamos progreso.»

Con esta composición de lugar extraordinaria, Benjamin no solo coloca a cada espectador parado ante el Angelus Novus/Ángel de la historia en el lugar del pasado/paraíso desde donde sopla la tempestad/progreso, sino que también, contrariando la etimología y el sentido usual del término “catástrofe”, Benjamin suprime la inminencia (y la intermitencia) de la catástrofe y la considera como lo que ya fue y lo que seguirá siendo: lo único que hubo y habrá. Esto no se sabe porque pueda avizorarse el futuro, que es lo justamente vedado a los ojos, sino por la visión constante del pasado.      

La catástrofe es esto que está sucediendo y que no deja de suceder. Por ser así, la acción contra la catástrofe es sin futuro, solo es y tiene presente. Por ser así, en su libro sobre Baudelaire, escribe Benjamin sobre Blanqui: 

«La actividad del conspirador profesional, como lo fue Blanqui, de ninguna manera supone la fe en el progreso. Solo supone la resolución de eliminar la injusticia presente. Esta resolución postrera de arrancar a la humanidad a la catástrofe que la amenaza en permanencia fue capital para Blanqui más que para cualquier otro político revolucionario de su época. Blanqui siempre se negó a hacer planes de lo que sucedería “más tarde”.» 

4

En este 14 de agosto de 2021, la catástrofe sigue amontonando ruinas encima de ruinas que lanza a los pies del ángel de la historia. Tomaré tres de ellas.

(a)  En 1970, entre la efervescencia de los 60 y el congelamiento de la dictadura, Mario Wschebor, matemático y militante, futuro decano de la Facultad de Ciencias, gana un concurso de ensayo organizado por el semanario Marcha. El título es “Imperialismo y universidades en América Latina” (1). En este trabajo, Wschebor muestra con una documentación apabullante la supeditación de las universidades estadounidenses a las orientaciones y requerimientos militares e industriales, y la consecuente supeditación, mediante convenios de asistencia, de las universidades extranjeras a estos imperativos estadounidenses. Se extraen riquezas locales y se inhiben veleidades de resistencia, gracias a la acción directa de las universidades, de los organismos internacionales (Bid, Oea, etc.), de las fundaciones (Ford, Rockefeller, Kellog, etc.) o de las empresas (General Motors, IBM, etc.). 

Apabulla, en este ensayo de Mario Wschebor, la cantidad y la contundencia de la documentación reunida, y también sorprende la contundencia de la resistencia por parte del ensayista, de Carlos Quijano, de Marcha, de la FEUU, autores todos de variados trabajos que protestan contra las inaceptables relaciones imperiales.

En ese marco de resistencia, Wschebor defiende con fineza y fiereza el género ensayo, sustrayéndolo al ninguneo que, so pretexto de cientificidad, coarta el espíritu crítico, al imponer el reinado de metodologías que excluyen las preguntas por el sentido de las cosas. Cito dos párrafos en los que Wschebor primero cita a Robert Kennedy y luego prosigue abundando en el mismo sentido:

«En todas las universidades, desde Harvard hasta la del Estado de Michigan, la historia es la misma. El profesor de ciencias sociales, preparado (no educado) para evitar los grandes problemas, fuera de la universidad está sirviendo de perito para el gobierno o para el cliente industrial cuya hipótesis adopta inmediatamente. ¿Dónde está la fuente de una seria crítica intelectual que nos ayude a evitar futuros Vietnam? La controversia ideológica seria ha muerto, y con ella la perspectiva de enjuiciar». 

Hasta aquí, Robert Kennedy, y a continuación, Wschebor: 

«Esta es la ciencia social que trasladan los programas de ayuda cultural. Como fruto de esta situación hemos visto nacer en el estudio de la sociedad que proviene de los portavoces directos e indirectos del sistema una nueva y sutil escolástica. A un lado se pone “lo científico”, definido mediante ciertos patrones de interés temáticos y herramientas metodológicas, y al otro “lo ensayístico”, lo precientífico, lo que es el resultado de la pura subjetividad. 

Para decidir entonces la validez del análisis se lo compara con el canon. Naturalmente, que la moderna Congregación del Santo Oficio puede ser también magnánima y como prueba de ello, decidir que un “ensayista” -preferentemente del pasado- hizo algunas contribuciones inteligentes que pueden utilizar provechosamente los “científicos” de hoy. Aunque, claro está, que estas contribuciones son vistas de la manera como un médico puede interesarse por la habilidad de un curandero o un químico por la inventiva de un alquimista».

(b) En septiembre de 2003, Carlos Hipogrosso y yo presentamos un trabajo en las jornadas de FENAPES / Intergremial de Formación Docente en el IPA. El título fue “Competencias, habilidades, instrumentalidad de la lengua” y claramente constituyó un enjuiciamiento de estas nociones que venían pisando fuerte desde 1996 y estaban destinadas a vaciar la enseñanza, instaurando criterios  instrumentales (la lengua es instrumento para la enseñanza que es instrumento para la adquisición de competencias que son instrumento para la competencia en la vida/mercado de trabajo). Abundante en ejemplos inesperados (por ejemplo, el de Pizza Hut como promotora de un programa de lectura en cincuenta y dos escuelas estadounidenses en las que los niños eran recompensados, naturalmente, con pizzas, siempre y cuando realizaran con éxito los ejercicios de comprensión lectora propuestos por la cadena pizzera), el trabajo se había nutrido, no ya de la generosidad de Pizza Hut, pero sí de dos libros esclarecedores:  La enseñanza puesta a morir de Adrien Barrot (Editorial Voces, Montevideo, 2003); y L´école n´est pas une entreprise. Le néo-libéralisme à l´assaut de l´enseignement public de Christian Laval (La Découverte, París, 2003).

Entre otras cosas, escribimos en 2003, a partir de lo que ya estaba sucediendo en las universidades estadounidenses, de acuerdo con lo presentado por Christian Laval: 

«Ante la imparable contracción del aporte estatal a la enseñanza, los rectores de las universidades pasan a fungir como viajantes de comercio, y a ser juzgados por su capacidad para encontrar y atraer fondos para sus establecimientos.

La búsqueda de ganancias no se limita a las inversiones en investigación: acarrea el auge de redes y de venta de cursos en línea. De paso, además de proporcionar ganancias, el “e-learning” permite imponer a los docentes patrones pedagógicos en la forma y en el fondo de los “productos”, que resultan cada vez más calibrados y normalizados, puesto que deben responder al formato requerido. Estos “productos” pedagógicos comercializados escapan a sus productores y pueden circular como mercadería con la grifa universitaria.»

(c) En julio de 2021, en la televisión uruguaya (2), el rector Rodrigo Arim, luego de elogiar los imbatibles beneficios de la enseñanza presencial, explicó que “por la virtualidad” (instaurada en la Universidad de la República desde marzo de 2020) unos diez mil estudiantes dejaron Montevideo y volvieron a sus hogares, razón por la cual en lo que quedaba de 2021 se mantendría “un funcionamiento no presencial bastante importante para no perder a estos jóvenes”. 

Hasta donde sé, no se preguntó a Arim en cuánto se calculaba el número de estudiantes que, viviendo en Montevideo o en cualquier otro lado, habían abandonado los estudios precisamente “por la virtualidad”, es decir por las dificultades de conexión técnica o intelectual, dadas las exigencias de concentración que supone seguir una clase en la pantalla de un celular, por ejemplo. Tampoco se le preguntó en cuánto se estimaba la pérdida en conocimientos no transmitidos que acarrea la virtualidad al imponer formatos muy constrictivos y evaluaciones poco confiables, entre las que los multiple choice llevan todas las de ganar, entre otros motivos porque el trabajo de corrección lo realiza un algoritmo; o si se le preguntó si había estimaciones de las exoneraciones y promociones obtenidas por indulgencia ante las consabidas dificultades de la virtualidad y las angustias generadas por el atacante virus. Tampoco se le preguntó el costo de las licencias zoom otorgadas a todos los docentes y a todos los estudiantes de la Universidad (basta con haber ingresado este año o haber dado un solo examen durante los últimos dos) (3) y si ese dinero no podría haber ayudado “a volver” a los estudiantes que “por la virtualidad” se fueron a sus casas. 

Probablemente ningún periodista ni nadie pregunte nada de esto a Rodrigo Arim, entusiasta defensor del e-learning en la lucha contra el covid19 y mucho más allá del covid19, puesto que ya rechazó, sin que se conozcan las razones pedagógicas o sanitarias que lo justifiquen, que “se puedan mantener los cursos totalmente virtuales”, es decir, que se podrán mantener los cursos parcialmente virtuales, una vez cumplido este semestre “de transición”.

Dicho de otro modo, cuando los estudiantes que se fueron a sus casas estén de vuelta y cuando ya no haya emergencia sanitaria, los cursos se mantendrán parcialmente virtuales, dado que se mantendrán «componentes en plataformas digitales» (2).

“Componentes en plataformas digitales”: hablar torpe, hablar alineado del tiempo lineal del progreso, ruinas encima de ruinas, ruinas amontonadas hasta el cielo.  


Notas:

  1. (1)http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20180611021217/Imperialismo_y_universidades.pdf?fbclid=IwAR1UyIyfZM75JHlXbkURJnjf2eM8S-1ccN0FmOBDnCQ3jTDrAuBOLrIYfD8
  2. (2)https://www.teledoce.com/telemundo/nacionales/segundo-semestre-sera-de-transicion-entre-virtualidad-y-presencialidad-dijo-el-rector-de-la-udelar/
  3. (3)https://www.republica.com.uy/udelar-estudiantes-pueden-activar-licencia-de-zoom-id846550/

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