POIESIS / 18

Contra toda criatura de la tierra

Por Jorge Castro Vega

En octubre del 65, en París, hizo una declaración tajante: “La trinidad del poeta: tener talento, ser culto y estar loco. Quien no lo pueda, que se ahorque de un pino, que será lo mejor. Si me cuelgo, ya se sabe por qué”. 

Treinta y cinco años más tarde se publicó en España su Poesía completa. Pero fue en 1984, en el Teatro de la Alianza Francesa y en boca de José Pedro Díaz, que escuché por vez primera el nombre de Ricardo Paseyro. Me dicen que en aquel ciclo (Reencuentro de la Poesía Uruguaya se llamaba, o algo parecido) a la Generación del 45 se le dedicaron los días 1, 8 y 15 de agosto, que tiene que haber sido por ahí. Por ahí fue que José Pedro Díaz dijo que ese caballero se había dedicado a denostar a mucha gente y a él en especial, pero que su obra poética era de indudable valía y no podía ser soslayada. Esto último se comprobó enseguida, siendo bastante la lectura de tres o cuatro textos. 

Las causas en que fundaron sus contemporáneos las antipatías por Paseyro tienen cero importancia; cero. Importa, sí, el silencio sistemático de los canonificadores de turno respecto de su obra, la sistemática omisión, el ninguneo metódico; el ejercicio de la mezquindad y la fuerza que se ha hecho para que nos olvidemos de la poesía de Paseyro o que sea difícil o azaroso encontrarnos con ella, en Uruguay más que en Europa. 

Su último libro, Poesía, poeta y antipoetas, fue publicado, en Madrid, por Siruela y presentado casualmente el mismo día de su entierro, según indicó Yves Roulliére, especialista de su obra y traductor de sus poemas al francés.  

El 10 de febrero de 2009 -el 5 murió el poeta- en el homenaje para la misa en su memoria en la Capilla del Père-Lachaise, dijo Roulliére:

“Sin duda no soy la persona más autorizada para hablar de Ricardo, yo que solo he compartido su amistad durante ocho años. A petición de Anne-Marie, su esposa, hablaré de él en calidad de comentador y traductor de su obra, y recordando dos largas entrevistas que me concedió sobre poesía y sobre política, o lo que es lo mismo, sobre su propia vida.

Quisiera evocar simplemente, con unas pocas palabras, en esta capilla, lo que fue, a mi parecer, el recorrido espiritual de Ricardo.

Ricardo había nacido en 1925, en Mercedes (Uruguay). Hijo único de un padre descreído, masón, y de una madre ferviente católica. Ricardo, no obstante, no siguió ni la vía paterna ni la vía materna. A raíz de la muerte prematura de su padre (Ricardo tenía 12 años), rechazó la iniciación masónica a la que le invitaban los amigos de su padre; y tampoco recibió una educación católica, no siendo siquiera bautizado. No sorprende, pues, que desde la adolescencia, haya entrado en poesía lo mismo que otros entran en religión, y ello bajo el influjo del mayor poeta de Hispanoamérica, Rubén Darío, del que admiraba la “gran elevación espiritual”. Algo más tarde, Ricardo verá confirmada su vocación de poeta metafísico con la lectura de Juan Ramón Jiménez, poeta espiritualista, y de Miguel de Unamuno, “hombre espiritual, hombre del espíritu por excelencia”, como le definía él mismo.

Su primer encuentro personal con un autor importante tuvo lugar, a finales de los años cuarenta (Ricardo tenía veinte años), con el gran ensayista español José Bergamín, exiliado en Uruguay en aquel momento. Bergamín, como dice Ricardo, “era católico, cercano a los comunistas y gran aficionado a las corridas de toros, todo ello muy mal visto en Montevideo”. Pero Bergamín fue ante todo su verdadero iniciador en los grandes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro, a los que presentaba como autores vivos. Él fue también el primero en ponderar el mérito del primer libro de poemas de Ricardo, Plegaria por las cosas, titulo a todas luces revelador de su deseo de unificación entre panteísmo y espiritualismo. Ese deseo de unificación ya no le abandonará nunca.

Paso deprisa por su adhesión al Partido Comunista (duró alrededor de cuatro años), que, en el caso de Ricardo, no debe ser entendida como la adhesión a un sucedáneo de la religión, sino como reacción a la mentalidad ultraconservadora, peronista, incluso pro-nazi, que reinaba entonces por el Río de la Plata. Esa adhesión le sirvió, no obstante, para viajar a Europa, al Congreso de la Paz, en 1949, lo que tuvo al menos dos consecuencias importantes para él: un anticomunismo visceral y una irreductible europeofilia.

Tras su matrimonio, en 1953, con Anne-Marie Supervielle, católica practicante, y su instalación definitiva en París, Ricardo conoció un corto periodo de intenso interés por la cultura budista, particularmente bajo la influencia de Santayana (que acabó de capellán en Roma). En El costado del fuego describe incluso un “éxtasis” que tuvo lugar en Roma: fue el único que conoció, decía, y lo tradujo su amigo poeta y anarco-católico, Armand Robin, con el título de La colline [Colina callada]. Después, simultáneamente con su descubrimiento de España, se impregnó de la poesía mística de santa Teresa, fray Luis de León, pero sobre todo de Juan de la Cruz: esa mística negativa, y no menos sensual, convenía bien a este “animal nocturno” que fue toda su vida Ricardo. Música para búhos, escrito ente 1956 y 1959, es un buen testimonio de esa impregnación.

A este periodo le sucedió una poesía marcada por una espiritualidad, incluso una mística panteísta escrita aprovechando las travesías por mar. Pienso, por supuesto, en En la alta mar del aire y Mortal amor de la batalla. Curiosamente, es exaltando los elementos (mar, aire, viento, luz…) como Ricardo comenzó a interpelar al que él llamaba Dios. Hasta esos últimos poemas, esa interpelación será siempre ya respetuosa, temerosa, ya por naturaleza burlona, como para mantenerse a distancia de todo acto de fe.

Paralelamente, preparó un libro de ensayos titulado Poesía, poetas y anti-poetas, el cual, ironías del destino, aparece hoy mismo en España.  Su ensayo más célebre es sin duda alguna, La palabra muerta de Pablo Neruda, donde ataca al autor chileno, no tanto a causa de su mediocridad de versificador sino a causa de su espíritu mediocre, del que, además, Neruda alardeaba. Porque Ricardo era lo contrario de un versificador profesional, y esa es la razón por la que dejó de escribir poesía entre 1965 y alrededor de 1978: la inspiración, en efecto, ya no le llegaba, y hubiese sido sacrílego forzarla (mido palabras).

A partir de esa época, a partir del momento en que se mantuvo más apartado de su pasión voraz por la política, se consagró de nuevo a la defensa de la poesía, tomando partido por Solzhenitsin, ese hombre que vivía en poeta y que, en 1976, fue tan mal recibido en Francia como en España (me estoy refiriendo aquí a España en la cuerda floja); en su admirable Jules Supervielle, le forçat volontaire, publicado en 1987, no solo hace la biografía de su suegro, sino el elogio de un hombre que vivió también íntegramente en poeta, y que en eso fue un modelo para Ricardo; en el Éloge de l’analphabétisme à l’usage des faux lettrés, en 1989, defendió de alguna manera el Espíritu contra la Letra, Letra representada según él por los conocimientos vagos y los discursos uniformizados de la UNESCO y de los estructuralistas franceses, todopoderosos en aquel momento.

Sin embargo, es a la poesía misma a la que se consagró, sobre todo hasta 2007, fecha de sus últimos poemas. Los títulos de sus poemarios dicen mucho del alcance espiritual, metafísico, de su poesía: El alma dividida, Para enfrentar al ángel, Ajedrez, El mar, Nubes, y el último, todavía inédito: Arcos y flechas. En este sentido, muchas veces hice rabiar a Ricardo a cuenta de que, en estos últimos años, su obra había sido publicada en Francia, en España e incluso en Argentina, por editores que sin ocultar en modo alguno su fe cristiana (católica, ortodoxa e incluso protestante), se reconocían en su obra.
Pero –y con esto termino– hay una palabra que Ricardo utilizaba con un extremo pudor, o con matices irónicos, como si fuera inaccesible para él: la palabra amor. Sin embargo, es la que nos viene a la mente cuando leemos uno de sus más bellos poemas. Lleva por título el nombre de su esposa:

Mírame en el instante en que me muera
y mírame sin llanto: que tus ojos
–nacidos en las fuentes de los cielos–
protejan con su luz el alma mía
para darme la gracia que no tuve.
Muerto, seré la imagen que tú quieras:
tú me cobijarás en tus pupilas
y así podré ganar el paraíso.”


                

POESÍA
 
 Inútilmente peregrino, viajero
 de los infiernos, voy en llanto, en niebla,
 busco la lumbre de la tierra, el signo
 del infinito, el sortilegio, y siento
 que una luz embrujada me traspasa,
 lumbre de perfección, luz absoluta,
 torbellino más bello que la muerte.
 Cerrado círculo de fuego,
 inasible frontera fulminante
 que me llama y me tiende su alto abismo
 devorador, su tenebrosa
 belleza que destruye las palabras
 y los cantos y todo espejo humano,
 cerrado círculo de fuego,
 ¿por qué tentar mi inanimada arcilla,
 hipnotizar mi soledad, llamarme
 al último horizonte,
 por qué hacer estallar mi corazón
 en pedazos del sol, en ciegas chispas
 y en temblorosos rayos dividirme?
 Mortal imán sagrado
 que me quema los ojos y la vida,
 Dios poderoso que arrebata el alma,
 voy en llanto y en niebla hacia su límite,
 hacia el límite ardiente en que fulgura
 inasible y callada, Poesía.
 

 

 BUSCAR
 
 Buscar a Dios, dueño del pensamiento
 Buscar en la invisible luz, la ráfaga
 en donde nace, a cada instante, el tiempo.
 Buscar en lo infinito y lo cercano.,
 buscar en lo desecho y en lo turbio,
 en esta tierra, en este cauteloso
 árbol que vence el viento de la tarde, 
 en estos arrogantes altos muros, 
 en aquel mar, vuelto contra sí mismo:
 buscar, buscar, buscar eternamente,
 buscar, y con las manos, y los ojos,
 fundar, contra la muerte, la hermosura. 
 

 

 ARTE POÉTICA
 
 Artífice sin artificio,
 artesana del arte sano,
 mi mente transmite a la mano
 las arduas reglas del oficio.
 El corazón sangra en la mente
 a quien no alcanza la razón
 pues necesita la pasión
 para subir a inteligente.
 Trabajarán juntas las dos
 mas ningún poema es perfecto:
 cada cual encierra un defecto.
 Tal es la ley que dictó Dios.
 

 

 SONETO DE MI ADVENIMIENTO
 
 Cercado estoy de luces y sonidos
 en el súbito mundo en que me muevo,
 tierno animal salvaje, impuro y nuevo,
 la boca inmensa y ciegos los sentidos.
 El miedo, el llanto y el dolor dormidos
 guardaba en mí; ganándome les llevo
 en el hambriento frío con que bebo
 el aire y sus temblores y sus ruidos.
 Añoro el vientre maternal, perdida
 dicha de estar y de no estar en vida,
 silencio tibiamente rumoroso
 Y soledad, pero sin conocerla:
 vivir, vivir, vivir, vivir gozoso
 vivir sin vida y sin saber temerla.
 

 
 ARTE POÉTICA
 
 Del vértigo del agua
 de pronto salta una gaviota blanca.
 

 
 EL OLVIDO
 
 Sigo un sueño de olvido.
 

 Las estrellas rosadas en la aurora,
 las banderas de nieve en la montaña,
 la flor, el mar, la piel de la serpiente,
 ¡todo olvidarlo, todo!
 

 El espacio, el dolor, el cuerpo, el ruido
 del corazón cuando palpita y rompe
 la sosegada soledad del pecho,
 ¡todo olvidarlo, todo!
 

 Lo que fue amor y fue delicia y fue
 luz de los ojos, alma de la carne
 —ascuas en que brotaba el pensamiento—
 ¡todo olvidarlo, todo!
 

 Y andar de noche donde muera el tiempo
 y caer como piedra inerte cae,
 ciegamente vacío, deslumbrado,
 en una eternidad blanca de olvido.
 

 

 MANIFIESTO
 
 Contra el alba del día,
 contra el nuevo follaje de los árboles,
 contra toda criatura de la tierra,
 contra el coro impasible de los ángeles
 y contra Dios, que enciende la esperanza.
 Rabioso manifiesto de la muerte:
 cierro los ojos, y no queda nada.
 

 

 SÓLO POESÍA
 
 Si el aire es cielo y no ceniza fría,
 si el tiempo existe y no es sinfín dormido,
 si tiembla la frontera de la muerte,
 ¡razón alta del mundo, la palabra!
 

 Sólo Poesía, y lo demás no es nada.
 

 

 RUISEÑOR PARA SIEMPRE
 
 Es el presentimiento de la aurora.
 El alto ruiseñor se desvanece.
 Como la punta hiriente de un relámpago
 su trino asalta el cielo, se derrumba,
 expira en el jardín estremecido.
 En el silencio eterno de las rosas
 canta una eternidad de ruiseñores.

                        ***

Ricardo Paseyro nació en Mercedes (Uruguay) en 1926 y murió en Francia el 5 de febrero de 2009.

Bibliografía fundamental:

Poesía:

Plegaria de las cosas (1950)

Árbol en ruinas (1961)

Antología (1968)

El alma dividida (1981)

Para enfrentarse al ángel (1992)

Ajedrez (1997)

El mar (1999)

Poesías completas (2000).

Ensayo:

La palabra muerta de Pablo Neruda (1958)

Le Mythe Neruda (1971)

L’Espagne sur le fil (1976)

Eloge de l’analphabétisme (1984)

Jules Supervielle, le forçat volontaire (1989)

Poesía, poeta y antipoetas (2009)

Una veintena de poemas que no figuran en la presente selección, pueden encontrarse aquí: 

https://poetassigloveintiuno.blogspot.com/2011/02/3194-ricardo-paseyro.html

(Traducción del discurso de Yves Roulliére: Luis Valdesueiro)

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