GONZALO PALERMO / Entre la memoria personal, la crítica cultural y el análisis histórico, este ensayo recorre la lenta decadencia del calcio italiano: de escuela artesanal y poética del fútbol mundial a expresión nostálgica de un tiempo arrasado por la globalización, el mercado y la pérdida de identidad.


ENSAYO

En los años 90 el fútbol italiano era el mejor del mundo.

Yo tendría seis o siete años, no entendía nada de lo que pasaba en una cancha de fútbol. Eran unos tipitos corriendo de acá para allá por un rectángulo de pasto. No sabía qué era la ley del offside ni qué significaba jugar con un 442. El Estadio Centenario se veía desde la ventana de mi cuarto, pero para mí era simplemente el lugar en el que había cantado Pavarotti. Mi padre me llevaba a ver a Nacional, pero yo me distraía con las tribunas, el vuelo de los teros y el vendedor de café.

El fútbol era una serie de postales desconectadas.

Roberto Baggio en primer plano con las manos en jarra mirando el césped luego de haber errado el penal en la final del 94.

Christian Vieri celebrando un gol en la portada del Fifa 99 en la PlayStation.

Mi amigo del tercer piso que no se sacaba la 10 de Alessandro Del Piero ni para dormir.

Las figuritas difíciles del álbum de Francia 98.

Si viviste en los 90 tenés esas imágenes guardadas en la memoria como una cinta de VHS.

Yo no sabía que Baggio era el mejor jugador del mundo a inicios de la década. No tenía idea de por qué Vieri era tan temible si tenías la mala suerte de que alguien lo eligiera antes que vos en el Fifa (92 de potencia de tiro). Ni siquiera entendía por qué a mi amigo del tercer piso tenían que perseguirlo hasta debajo de la mesa para que se sacara la camiseta de Del Piero después de siete días de uso ininterrumpido.

Yo mismo, que no entendía nada de nada, recorté la etiqueta de Pepsi donde aparecía Del Piero pateando una pelota y la pegué con cascola en mi cuaderno de primero de escuela. Y tampoco sé por qué lo hice.

Esto era lo único que sabía: el fútbol italiano era el mejor del mundo. 

El destino soñado al que aspiraban los mejores. Recoba, Batistuta, Ronaldo y Zidane jugaban ahí.

Más adelante iba a entenderlo: Italia tenía los mejores defensas (Maldini, Cannavaro, Nesta, Costacurta), los mejores delanteros (Baggio, Del Piero, Vieri, Totti) y la mejor liga del mundo (la Serie A). El A.C. Milan era el rey de Europa. Juventus era el club donde iban a parar los mejores jugadores del mundo. Lazio, Roma, Fiorentina e Inter no se quedaban atrás. Parma era un David entre Goliats.

El fútbol era esa cosa que pasaba en Italia.

Eran los 90. 

Era otro mundo. 

Era otro fútbol.

Era una tradición de larga data que tendría su canto de cisne con la obtención del campeonato mundial de 2006.

Italia no juega un partido de eliminación directa en una copa del mundo desde aquella final ante Francia, hace 20 años. El último partido mundialista que la azzurra disputó fue en el mundial 2014 contra Uruguay.

A nivel de clubes, el Milan, ganador de siete títulos europeos, es el símbolo de este declive: hace 19 años que no levanta una copa internacional. El último título europeo obtenido por un club italiano se remonta al Inter de 2010, donde, paradójicamente, ningún italiano integraba el once titular.

Es una caída libre —con excepciones puntuales, como la casi milagrosa Eurocopa de 2021— que responde a una crisis estructural.

En 20 años, el fútbol italiano pasó de ser una bestia negra a un meme. ¿Cómo fue posible?

Es preciso remontarse a 1995 para encontrar los primeros antecedentes de lo que más tarde desembocará en la debacle del fútbol italiano. En ese momento estamos en la plena edad de oro del calcio. Sin embargo, en Luxemburgo, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea acaba de dictar la sentencia Bosman. En 1990, el futbolista belga Jean-Marc Bosman había terminado su contrato con el Royal Football Club de Lieja. El club lo declaró transferible y poco después el USL Dunkerque llegó a un acuerdo con Bosman. El problema se generó cuando el Lieja exigió al Dunkerque el pago de una indemnización de unos 11 millones de francos belgas a cambio del jugador. El Dunkerque se retiró entonces de la negociación. Bosman había finalizado su vínculo contractual con el Lieja, pero de acuerdo a las leyes vigentes en ese entonces, dicho club tenía derecho a exigir una suma económica para dejarlo fichar por otro. Bosman denunció que el Lieja estaba violando sus derechos de libre circulación como trabajador dentro de la Unión Europea. En diciembre de 1995 la justicia europea le dio la razón, dictaminando dos cambios importantes: 1) que los futbolistas podían cambiar de club gratuitamente una vez finalizado su contrato y 2) que todos los jugadores nacidos dentro de la Comunidad Europea pasaban a contar como “locales” independientemente del país europeo en el que se desempeñaran.

La sentencia Bosman marca el inicio de la globalización en el fútbol.

Hasta entonces la Serie A mantenía un férreo control sobre los cupos de extranjeros: los clubes italianos podían alinear un máximo de tres futbolistas extranjeros por partido. Era la política de “pocos pero buenos”: Maradona en el Napoli, Van Basten en el Milan, Matthäus en el Inter, Cafú en la Roma. El núcleo duro de los clubes seguía siendo conformado por talento fatto in casa. 

El Milan de Arrigo Sacchi, campeón europeo en 1989 y 1990, uno de los equipos más revolucionarios de todos los tiempos, formaba con ocho italianos (destacándose Baresi, Maldini y Donadoni) y tres holandeses (Rijkaard, Gullit y van Basten). Lo mismo ocurría con la Juventus campeona en 1985 (dos extranjeros: Platini y Boniek) y 1996 (tres: Montero, Deschamps y Jugovic). El talento extranjero, conformado por los mejores del mundo, venía a enriquecer una base de por sí extremadamente sólida.

Con la sentencia Bosman, los futbolistas europeos no italianos dejaron de ocupar plaza de extranjeros. De este modo, los clubes italianos empezaron a incrementar libremente su número de jugadores europeos en general, en detrimento de los italianos. Esto por no mencionar el hecho de que a partir de entonces numerosos jugadores sudamericanos con pasaporte europeo también pasaron a ser considerados locales. Al mismo tiempo, los clubes pudieron ocupar las antiguas tres plazas de extranjeros con futbolistas extracomunitarios provenientes principalmente de Sudamérica y África.

Esto aumentó la diversidad del fútbol italiano, convirtiéndolo en el destino de los talentos de todo el mundo. En contrapartida, desestimuló las bases formativas que hasta entonces habían sido la piedra angular del talento italiano local. Si hasta 1995 los clubes italianos tenían sí o sí que alinear al menos ocho jugadores locales en cada partido, esto ponía en funcionamiento un proceso formativo y de scouting que luego de la sentencia Bosman empezaría a debilitarse por el arribo masivo de futbolistas de otras latitudes.

Por ejemplo, la Juventus tuvo un marcado incremento de jugadores extranjeros en su plantel a partir de la sentencia Bosman, pasando de cuatro extranjeros en la temporada 95-96 a diez en la 98-99. El Milan, por su parte, pasó de seis extranjeros en la temporada 95-96 hasta llegar a los catorce en la 98-99.

Hoy es más fácil contar al revés. En la temporada actual, la Juventus y el Milan cuentan con más futbolistas extranjeros que locales: dieciocho extranjeros frente a cinco italianos en ambos casos. No es raro sentarse a ver un partido del fútbol italiano en el que no juegue ningún italiano. El futbolista italiano en los principales clubes de la Serie A es actualmente una especie en peligro de extinción. Es como encontrar a Wally. El talento fatto in casa dejó paso al delivery.

En el caso del Milan esta internacionalización resulta aún más simbólica al tratarse de un club que desde sus orígenes a inicios del 900 tuvo como uno de sus principios rectores la primacía de jugadores italianos.

UN CAMBIO DE MODELO Y UNA CRISIS DEMOGRÁFICA

En un lustro, el fútbol italiano pasó de ser un productor de talento a un comprador de talento. Es una insólita desnaturalización de las cosas que va más allá del fútbol. Es el mundo alérgico a los localismos. Hasta el fútbol —que es lo de menos— pierde sus marcas identitarias.

Si en los primeros años post Bosman el fútbol italiano continuó a la vanguardia fue solo un pre estallido de la burbuja en la que se encontraba inmerso. Milan, Juventus, Inter y Lazio seguían liderando Europa a fines de los 90 y primeros 00 con equipos hipertrofiados con los futbolistas extranjeros más fuertes del mundo. Era un arma de doble filo, pan para hoy y hambre para mañana: mientras el talento importado crecía descontroladamente entre flashes, premios y contratos multimillonarios, el vivaio juvenil italiano agonizaba en silencio.

La sentencia Bosman fue la sentencia de muerte para un fútbol artesanal de otro tiempo. La abolición de un fútbol hecho desde las bases del talento local en favor de un negocio impulsado en buena medida por la lógica del mercado. Un fútbol donde las diferencias tácticas, técnicas, físicas y hasta sociales suponían marcas de identidad. El catenaccio italiano, el totaalvoetbal holandés o el jogo bonito brasilero han muerto en favor de la homologación globalista aplicada al fútbol. Si uno juega al tiki taka al otro día todos juegan al tiki taka. Da igual a quién estés viendo jugar porque todos juegan a lo mismo. Es como esos edificios asépticos de vidrio y hierro que son los mismos en Nueva York, Tokio y Berlín.

En el fútbol europeo actual hace tiempo que se arrasaron los localismos. Que una maravilla como el Ajax de Amsterdam ganara la Champions League es una fábula ocurrida en otro tiempo muy lejano. Desde que se estableció el modelo Bosman, la corona del fútbol europeo se la reparten exclusivamente equipos de la élite de las grandes ligas. La única excepción es la del milagroso Porto de José Mourinho en 2004. Hoy la máxima competición europea se juega entre los conglomerados comerciales de mayor alcance. Entre clubes, en ocasiones, sin tradición ni arraigo local inflados a petrodólares. Léase: Paris St. Germain. No hay paradoja más insólita que la que se da en la ciudad de Manchester: el United dejó de ser el mejor de la ciudad para rendirse ante el City, que hace veinte años era el club obrero de la ciudad y hoy está en las manos de un jeque ultra mega millonario que gasta trescientos millones de dólares por año.

Esta lógica fue la que barrió poco a poco al fútbol italiano, una vez que la burbuja de fines de los 90 explotó con el escándalo de calciopoli como punto de fuga. Inglaterra, con menos ingenio y menos talento local, pero más y mejores inversiones, ingresos por derecho televisivos e infraestructura moderna, desplazó a la Serie A. Hoy el Manchester City, el Liverpool y el Arsenal son lo que a en los años 90 eran el Milan, la Juventus y el Inter. Hoy el fútbol italiano ya no es el destino de las grandes estrellas en ascenso como lo fue en otro tiempo, sino el lugar al que los genios van a disfrutar de sus últimos días antes del retiro (Modric, DeBruyne) cuando no prefieren ir a darse un baño de oro al fútbol árabe.

Los ingleses inventaron el fútbol pero nunca terminan de entenderlo. Hoy tienen la liga más poderosa del mundo pero no ganan un título de selecciones desde el polémico mundial de 1966. Los italianos, que llegaron a entenderlo muy bien, hoy se han convertido en un meme. Sin embargo, en su coma profundo, lograron despertarse para ganarle la final de la Eurocopa a los ingleses en Wembley, en 2021, para volver a sumirse otra vez en su sueño. 

El problema es la cantidad de extranjeros que hay en las ligas europeas, sí, pero también, y sobre todo, la calidad de estos. En la Serie A italiana, los futbolistas extranjeros representan actualmente el 69% (1). La Premier League inglesa, por su parte, cuenta con un 75,4%. Estos números son claros: los italianos y los ingleses son los que más jugadores extranjeros salen a comprar, pero mientras los ingleses compran en las góndolas premium, a los italianos les alcanza para las ofertas leader price. 

Ya lo dijo el técnico italiano Antonio Conte hace más de diez años cuando le preguntaron por qué no lograba con su Juventus a nivel europeo el suceso que obtenía en el plano local: “Cuando te sentás en un restaurante donde se pagan 100 euros no podés pretender comer con 10 euros”.

Italia dejó de producir talentos para comprarlos afuera, pero no tiene el poder económico para competir en el mercado. Inglaterra se lleva lo mejor, Italia se lleva las sobras. Y algo peor: los pocos talentos verdaderos que surgen de las canteras italianas actualmente terminan jugando en Inglaterra: Gianluigi Donnarumma (Manchester City), Federico Chiesa (Liverpool), Riccardo Calafiori (Arsenal), Sandro Tonali (Newcastle), Giovanni Leoni (Liverpool).

Otra tendencia negativa: entre las cinco grandes ligas europeas, la italiana es la que menores posibilidades de debutar ofrece a los jóvenes nacidos en su país. En la temporada 25-26, han debutado en la Serie A tan solo 18 futbolistas italianos con una edad promedio de 19 años y medio. En Francia (campeona del mundo en 2018, subcampeona en 2022), en igual período, debutaron 59 futbolistas con una edad promedio de 18 años y medio. En España (vigente campeona de Europa), por su parte, lo hicieron 48, con una edad promedio de 19 años y medio (2).

Esta tendencia va de la mano con el desplome de la tasa de natalidad en Italia: en los años 60, nacía alrededor de un millón de niños al año; en los años 00, ese número disminuyó a la mitad (3). Y continúa bajando: en el último lustro los nacimientos bajan anualmente de los 400 mil.

Hay, de fondo, una cuestión más. Francia, Holanda, Inglaterra y, más recientemente, Alemania y España, han potenciado sus selecciones nacionales con una creciente cantidad de jugadores de raíces africanas y centro/sudamericanas fruto de su pasado colonial. Asimismo, el derecho de nacionalidad imperante en estos países, ius soli, favorece esta mixtura: el nacido en suelo francés será francés al cumplir dieciocho años incluso si sus dos padres son extranjeros. Así es como la selección francesa actualmente es en realidad un combinado predominantemente africano. O la inglesa es en buena medida afrocaribeña. 

El caso de Italia es distinto: la jurisdicción italiana se basa en otro principio, ius sanguinis, según el cual es italiano exclusivamente el nacido de padres italianos. En términos prácticos, es el escenario opuesto al que se da en la mayoría de los ejemplos anteriores, reduciendo notablemente las posibilidades de italianizar extranjeros. Hay casos aislados, fruto de segundas generaciones de inmigrantes, pero son más la excepción que la regla, producto de complejas naturalizaciones legales posteriores al nacimiento. 

Quizás la más grande contradicción se esté dando ahora mismo en España, donde la estrella es Lamine Yamal Nasraoui Ebana, nacido en Barcelona, hijo de madre guineana y padre marroquí, musulmán de nacimiento. Una de esas bromas históricas que solo el mundo actual puede regalarnos. En 2022, cuando España quedó eliminada del mundial ante Marruecos, un Lamine Yamal de 15 años celebraba besándose el escudo de Marruecos. Este año llevará la 10 de la selección española en la espalda. ¿Qué sentido tiene?

En cierto modo, siendo la italianidad una cuestión de sangre, tiene más sentido naufragar con jugadores italianos que intentar triunfar con nacionalizados. Es triste en términos deportivos, pero realista en términos sociales, étnicos y demográficos.

El éxito del calcio, como el de todos los grandes sucesos italianos en diversos campos, se erigió históricamente sobre una estructura artesanal con fuerte arraigo regional, capaz de convertir un localismo en standard global —y no al revés, como es la tendencia actualmente. 

“Hemos cambiado el método”, dijo Alessandro Del Piero meses atrás. “No le demos vueltas a las cosas. Nosotros queremos jugadores grandes, fuertes y rápidos. Punto. Porque el fútbol es grande, fuerte y rápido. Porque en Francia son grandes, fuertes y rápidos. Porque en Inglaterra son grandes, fuertes y rápidos. Pero no debería ser así. En Italia siempre fuimos buenos porque veíamos las cosas de otra manera. Porque nos fijábamos en el talento, en la técnica y en ciertas características que hoy nos ha robado España” (4). 

En el medio del caos, como un rara avis, un nadador a contracorriente que da algo de esperanza. Antonio Percassi nació en el comune bergamasco de Clusone en 1953. A los dieciocho años debutó como profesional en el club de su ciudad: el Atalanta. Percassi, defensor rústico, se convirtió a lo largo de siete temporadas en un referente del equipo. Con solo 25 años dejó el fútbol para dedicarse a los negocios, desde el sector inmobiliario hasta la moda y los perfumes. En 1990 regresa al Atalanta, esta vez para asumir la presidencia, pero la deja poco después tras un par de temporada desastrosas. En 2010 vuelve a intentarlo, llevando al equipo al ascenso a primera división. A partir de ese momento, Percassi encabeza el que puede ser considerado el proyecto más serio del fútbol italiano de los últimos quince años. Atalanta es un equipo contra cultural en el fútbol italiano de hoy. Es, por lejos, el equipo italiano con la mejor producción de jóvenes talentos. De hecho, según el último reporte del CIES Football Observatory, Atalanta es la séptima academia formativa más rentable a nivel mundial (5). Atalanta invierte en formar y no en comprar, vendiendo a sus mejores talentos cuando se vuelve imposible retenerlos para fortalecer con esos fondos la academia formativa. En una época marcada por los técnicos que son echados al tercer resultado negativo, Gian Piero Gasperini estuvo nueve temporadas como director técnico del Atalanta, obteniendo la Europa League en 2024, el primer título europeo obtenido por un equipo italiano en los últimos quince años.

LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS

Pier Paolo Pasolini, además de uno de los cineastas y poetas italianos más grandes de toda la historia, fue un apasionado del fútbol, al que consideraba un lenguaje. “Quien no conoce el código del fútbol no entiende el significado de sus palabras (los pases) ni tampoco el sentido de su discurso (un conjunto de pases)”, escribió en un artículo publicado en Il Giorno el 3 de enero de 1971, recogido en el libro Sobre el deporte (6). Pasolini distingue entre dos clases de futbolistas: los prosistas y los poetas. “Así, por razones propiamente culturales e históricas, el fútbol de algunos pueblos es fundamentalmente en prosa, prosa realista o prosa estetizante (este último es el caso de Italia), mientras que el fútbol de otros pueblos es fundamentalmente en poesía. En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: son los momentos del gol. El goleador de la liga es siempre el mejor poeta del año. También el regate es, en sí mismo, poético. De hecho, el sueño de cada jugador (que todo espectador comparte) es arrancar en el medio campo, regatear a todos y convertir. Sí, dentro de los límites permitidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es precisamente esa”.

“¿Y quiénes son los mejores regateadores del mundo y los que mejor hacen goles?”, se pregunta Pasolini. “Los brasileños. Su fútbol es, por tanto, un fútbol poético: está basado totalmente en la gambeta y el gol. El catenaccio y la triangulación es un fútbol de prosa: se basa en la sintaxis, es decir, en el juego colectivo y organizado, en la ejecución razonada del código. Su único momento poético es el contraataque”.

En Italia, el fútbol en el baldío, en la plaza o en el patio es cosa de otro tiempo. En Genova me tocó vivir en una habitación cuya ventana daba a una cancha de fútbol cinco en la que un par de veces a la semana se armaban partidos. En su mayoría eran albaneses, marroquíes y otros sudamericanos los que jugaban. ¿Dónde aprenden a jugar al fútbol los niños italianos de hoy? En Italia el baby fútbol existe solo para los que pueden pagarlo. Es el sistema de las scuole calcio, instituciones destinadas a la formación de jóvenes futbolistas. Hay dos tipos: las escuelas de la Federación Italiana de Fútbol (FIGC) y las de Centro Sportivo Italiano (CSI). En las primeras, el precio anual de la inscripción ronda los 400 y 1.500 euros, mientras que en las segundas está entre los 180 y 300 euros. El resultado es un fútbol centrado en los fundamentos tácticos colectivos donde casi no existe lugar para el amague, el caño o la gambeta. Es un fútbol geométrico hecho exclusivamente de pases y movimientos previamente calculados. Un fútbol sin poesía.

Una vez, inspirado por Pasolini, entré a una librería de Chiavari en busca de escritores italianos contemporáneos. ¿Dónde están los poetas italianos?, le pregunté al librero. El librero no dijo nada, me miró un poco sorprendido. El que me respondió fue un hombre de unos sesenta años, con el pelo gris rizado, como si acabara de meter los dedos en un enchufe.

Dijo:

Están todos muertos.

La librería se llamaba Pane e Vino, en via Rivarola, en el centro histórico de Chiavari. Valentino, el dueño de la librería, resultó ser un tipo fenomenal con el que se podía conversar de cualquier cosa, y también un amante del fútbol. El tipo del pelo gris, un clásico sospechoso habitual de la librería, cuyo nombre olvidé, también sabía mucho de fútbol. Era fanático de José Nasazzi, sin ir más lejos. Hablamos de la genialidad bohemia de O’Neill, Recoba y Aguilera. A ellos les apasionaba el fútbol uruguayo mil veces más que a mí. Y ambos coincidían: la poesía italiana estaba muerta, tanto en el fútbol como en la literatura. Era por eso que les atraía tanto el fútbol uruguayo, donde la fábula de un talento nacido del barro como Luis Suárez, genio salvaje y revoltoso, aún era posible. Ese tipo de chispa que es imposible adquirir en una academia ni por 1.500 ni por un millón de euros.

Si el poeta italiano por excelencia es Dante Alighieri, su equivalente futbolero es Roberto Baggio. En 2010, la federación italiana nombró a Baggio como presidente del sector técnico en un intento por volver a las raíces. Baggio presentó la renuncia solo tres años después, diciendo: “No me dejaron trabajar” (7). Ya en ese entonces —mucho antes de que Italia quedara eliminada de tres mundiales seguidos— Baggio hablaba de un cambio necesario en la formación de talentos, en la infraestructura y en la identidad de juego. “Trabajé para renovar la formación desde los cimientos, crear buenos futbolistas y buenas personas. Surgió un programa de 900 páginas, presentado en diciembre de 2011, que durante un año quedó en letra muerta. Así que saqué mis conclusiones: no me gusta ocupar los sillones, sino hacer las cosas”. 

Así fue: de la poesía a la letra muerta, hasta la tercera eliminación seguida de un mundial. 

Esta última fue distinta: ya no hubo sorpresa, ni grandes lamentos, sino un leve resignación exenta de toda sorpresa. 

Desde entonces, ante cada nuevo fracaso del fútbol italiano, vuelve a hablarse de las “900 páginas de Baggio”, como una letanía vieja y recurrente. Esta vez, con la renuncia de Gabriele Gravina, presidente de la Federazione Italiana Giuoco Calcio (FIGC), el fútbol italiano parece tener una chance de resucitar desde sus propias cenizas.

Mientras tanto, este año, cuando empiece el mundial, Italia cumplirá 22 años sin participar. En otras palabras: alguien nacido en el año 2000 nunca entendería cómo Italia llegó a estar en la cima de un deporte que hoy parece condenada a mirar con nostalgia.  

Y algunos seguiremos como arqueólogos nostálgicos sin remedio esperando que vuelva un fútbol que ya no existe. 

Quién sabe.


REFERENCIAS

1 https://www.gazzetta.it/Calcio/Nazionale/07-04-2026/serie-a-passa-lo-straniero-ecco-perche-non-conviene-comprare-in-italia.shtml?refresh_ce

2 https://www.gazzetta.it/Calcio/Serie-A/17-04-2026/giovani-serie-confronto-premier-liga-bundesliga-e-ligue-1.shtml?refresh_ce

3 https://datosmacro.expansion.com/demografia/natalidad/italia

4 https://www.instagram.com/reel/DP6_Xv7jhfv/

5 https://football-observatory.com/IMG/sites/b5wp/2021/wp370/en/

6 Editorial Contra, 2017.

7 https://sport.sky.it/calcio/2013/01/23/baggio_lascia_figc