ENSAYO

Por Ramón Paravís

1

La libertad no se reclama ni se concede. Y si la mano viene de cuestionar las bondades de la monarquía, no se espere la venia de su majestad para iniciar ese ejercicio, ni se siga el protocolo cortesano al desarrollar la actividad, ni se aspire a reconocimiento nobiliario por exitosos desempeños.
La reina del reino unido no necesita libreta de conducir para conducir, ni pasaporte para salir o entrar del reino, y suyos son los cisnes del Támesis desde el siglo XII y suyos los esturiones, ballenas y delfines que no estén marcados, desde 1324. La reina tiene dos fechas de cumpleaños, un cajero automático en los subsuelos del palacio, un poeta privado. Fácilmente se entiende su alergia a ese debate y la contrapropuesta segura de discutir cómo mejorar y profundizar la monarquía, cómo hacerla más eficaz y más justa.
Vale lo mismo para la escaramuza doméstica: no hay que esperar el visto bueno y buen humor de los representantes de la hegemonía cultural para cuestionar la hegemonía cultural que representan ellos, ni permitir que marquen la agenda del debate -su contenido, oportunidad o mérito-, ni su tránsito, ni su profundidad, ni sus maneras.
Mucho de monárquico -de bonapartismo, más bien- flamea en las prácticas del discurso hegemónico, que pretende guionar hasta las últimas escenas su propio Waterloo.

2

En las redes, y en esa proyección de las redes que es la realidad, se aprecia la exasperada existencia de agentes que desempeñan la policía del pensamiento, queriendo determinar cuándo, desde dónde, cómo, quiénes y a qué efectos pueden discutir sobre qué cosa; supone, también, la marginalización (o su intento) de cualquier escenario que no se adapte a esos parámetros, de todo actor que ensaye algo distinto, de los espectadores que aplaudan a destiempo.
Creen que escuchar canciones de la guerra civil con emoción sincera los convierte en anarquistas.

Funcionarios. Enojados, exigen más y mejor intervención estatal para nivelar desigualdades, más y mejor -sobre todo, más- asistencia social y las demás asistencias; imploran al dios cuya destrucción predican que les dispense su gracia en abundancia, más abundancia.

Fuera de ese altar, todo es herejía, es derecha, es fascismo con afeites de ocasión para el mejor servicio del capitalismo. Y así, de un renglón para otro, quienes intuyeron antes de ayer oscuramente que el veneno era veneno, se aprestan entre hoy y mañana a bebérselo de a tragos largos para conseguir la inmunización deseada y elaborar vacunas conceptuales contra el cuestionamiento a su ídolo indeseado, y contra el cuestionamiento a secas. Lo suyo no es desvergüenza como parece, es cerrazón intelectual.
Si quedara allí la cosa, vaya y pase. Cualquiera puede creerse que es lo que se le ocurra y el problema es suyo hasta que pretende que los otros actúen en consonancia. Puedo yo creer (o sentir) que soy un delfín desde pequeño, o desde el miércoles último, y no habrá mayores roces si no aspiro a que me paguen por ello, ni pretendo que me digan Flipper.

3

Los frailes de la progresía practican la intolerancia igualitaria, al tiempo que estigmatizan al disidente y le niegan amparo en su paraguas de lo diverso.
En nombre de lo bueno, lo noble, lo justo y lo bello, se autoatribuyen la facultad, el poder y hasta el deber de hacer con el lenguaje, los discursos y los posibles debates, lo que en gana les venga. Estos albaceas de lo establecido (por ellos o los amigos de ellos) van a administrar cómo, en qué, cuándo y hasta dónde ser libre. Van a darme permiso para no poder escribir lo que estime oportuno en las páginas donde se forja la teología de nuestra pequeña historia casi familiar. Van más lejos aún, pretenden que la disidencia calle. No hay cerrazón allí, es desvergüenza no más; falta pura de respeto.

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