ENSAYO

La ficción de familiaridad con el Presidente y el anti-republicanismo (o a favor de una desconfianza radical entre gobernantes y gobernados)

Por ALDO MAZZUCCHELLI (2008)

La tendencia a eliminar el apellido en la referencia a presidentes o aún a dictadores (“Cristina”, “Evo”, “Lula”… y “Fidel”) sugiere una especial relación íntima y personal con el poder. Una relación que es, en última instancia, falsa, y cuyas causas pueden buscarse en cierta retórica que domina algunas zonas y algunas épocas. Esa retórica puede vincularse al anti-republicanismo siempre que la res publica, el conjunto de intereses de la comunidad representada por sus instituciones de gobierno y administración, no es personal, no es propiedad de nadie, sino que está por encima de todos, incluido, por cierto, el jefe de Estado. Esto tiene como corolario que se requiera un cuidado especial en la representación de ese carácter abstracto y diferente. Ese carácter abstracto reclama formas de protocolo que alejen y formalicen la relación entre gobierno y ciudadanos. Esos mecanismos retóricos de representación protegen, a la vez, a los ciudadanos y al gobierno.  

¿Qué significa la pérdida del apellido? Los discursos contemporáneos que ignoran el republicanismo –que en parte han sido provocados y justificados por la corrupción y el mal uso que gobernantes supuestamente republicanos y liberales han hecho del poder que la ciudadanía les confió— parecen optar por diversos niveles de personificación del poder. 

Dado que los mecanismos abstractos de representación de los gobernados han defraudado en alguna medida a la ciudadanía, entonces la solución inmediata y fácil es crear una ficción útil y agradable: que los gobernantes son personas cercanas al “pueblo”, “parte del pueblo”; que sus decisiones se toman de un modo simple, inmediato, y que el sentido común popular los guía para ir eligiendo lo agradable, lo evidente. 

Los gobernantes que de alguna manera construyen esa clase de pacto con sus ciudadanos obtienen, como recompensa, la pérdida del apellido: ya no son “señores” o “señoras” que presiden tomando responsablemente decisiones difíciles, decisiones que, si son tales, tienen que afectar y aún perjudicar a una parte de la población, aunque sea temporariamente, en beneficio de metas colectivamente deseables. Se trata de un pacto entre el “pueblo” y un presidente íntimo y cercano, familiar a ese “pueblo”, que no tiene, por tanto, apellido. 

Tal pacto es falso, porque parte de dos abstracciones inexistentes e imposibles: la abstracción personalista de que un presidente puede ser personalmente cercano a la nación que gobierna, y la abstracción romántica “pueblo” como un conjunto de algún modo unitario de intereses y deseos. 

La consecuencia de ese pacto no se hará esperar, una vez que el mandatario tome las decisiones difíciles a que su investidura lo obliga: los gobernados sentirán esas decisiones como una traición personal, en la cual, a la habitual dificultad de soportar sacrificios, se agregará la sensación de haber sido defraudado emocionalmente. 

En un mundo en el cual la idea de derechos se acentúa incansablemente mientras se borronea la de obligaciones, tal frustración emocional aparece cada vez como más justificada.

Ante este panorama, que los gobernantes naturalmente perciben de inmediato en toda su complejidad, el que conduce el gobierno es encerrado en dos opciones: o acepta el pacto de intimidad con sus ciudadanos, lo cual limitará fuertemente sus posibilidades, o no lo acepta. 

La segunda opción se vuelve más difícil en la medida en que el pacto también presenta beneficios aparentes para el gobierno, que se traducen especialmente en una mayor confianza de los gobernados, puesto que éstos ahora basan su pacto no en la confianza en una ley abstracta que todos por igual (presidente y ciudadanos) deben respetar y honrar, sino en una especie de relación familiar del estilo de aquellas que los ciudadanos individualmente hayan aprendido a tener con un familiar cercano que les inspirase íntima confianza. Esa mayor confianza tiene una primera consecuencia en la administración: afloje de los controles –y aquellos miembros de la administración que quieran controlar, aplicar las formas normales de contralor, serán vistos generalmente de modo negativo. 

Si el gobernante sigue la línea de menor resistencia, y no contradice el discurso instaurado acerca de su relación íntima con su “pueblo”, entonces empieza a operar arquetípicamente no como un padre severo y orientador, sino como una madre cálida y permisiva. Si cree que tal retórica lo llevará a buen puerto, su destino dependerá de condiciones externas. 

En efecto, la pérdida de la coraza republicana –que instaura una distancia ceremonial al tiempo que exige austeridad en las formas de representación del poder, pues el pacto es de igualdad de esfuerzo y obligaciones, y no de una falsa intimidad— llevará al presidente a evitar tomar decisiones duras, por lo cual su gobierno y su estabilidad dependerá de condiciones externas a su nación. Y si de todos modos toma esas decisiones duras, el pacto de falsa intimidad tiende a impedirle hacer una comunicación adecuada de las mismas. 

Esto es nefasto, porque aun las decisiones correctas serán neutralizadas por la falta de compromiso de la ciudadanía con ellas. En efecto, en una república sana, la ciudadanía reacciona como un adulto, y sabe que las naciones se van haciendo con esfuerzo. En cambio, en una república edípica, la ciudadanía reacciona como un adolescente. El discurso que predomina es el que confirma a los ciudadanos en su molestia cada vez que se les pide algún esfuerzo. Los ciudadanos se quejarán y sentirán que el gobierno no los entiende en sus esfuerzos cotidianos, aún cuando lo que el gobierno esté pidiendo sea, quizá, un tipo de esfuerzo diferente.

En un pacto republicano, los ciudadanos saben que tienen derecho a reclamar transparencia y verdad sin anestesias. Si el país enfrenta dificultades, estas deben ser comunicadas tal como son por el gobernante, el cual debe pedir de los ciudadanos el sacrificio que haga falta, y dar el ejemplo trabajando al máximo y evitando al máximo los gastos superfluos en la administración. Es por eso que el discurso de control de la fiesta burocrática es tan importante en un pacto republicano, y está tan groseramente ausente en los nuevos pactos falsamente íntimos en que estamos viviendo, en los cuales, al contrario, la ficción de cercanía hace a los mismos gobernantes creer que pueden confiar en los funcionarios “de confianza” más de lo que realmente deberían. 

En las nuevas repúblicas familiares, a las que nos vamos acostumbrando en América del Sur y en otros sitios, los presidentes sin apellido, víctimas de su falta de apellido, tienen cada vez menos espacio para exigir, para dar ejemplo, para orientar. El espacio que los presidentes sin apellido tienen es uno que los esclaviza a vivir con sus gobernados en una ficción de intimidad que, a mediano plazo, no conduce a ningún sitio, salvo a la traición y a la desazón íntima de todos. 

Por eso mismo, las formas abstractas del republicanismo, tan poco entendidas en los últimos tiempos, y que son vistas como excesivamente “formales” o “patriarcales”, lejos de ser instrumentos de opresión, serían instrumentos de libertad: protegen a ciudadanos y gobernantes de una intimidad que no es funcional a las relaciones de poder. 

El poder no es agradable, ni es amable, ni es cómodo. A lo sumo, puede ser benéfico, cuando es usado sabiamente, lo cual no es poco –de hecho, es todo lo que un país puede esperar de él. 

El gobernante que busca el amor directo de su pueblo es un tonto de corto plazo. Tal cosa –el reconocimiento de toda una nación a un hombre solo—es algo que, si llega, sólo llega cuando la nación ha conseguido la perspectiva histórica para valorar a esa figura que, en momentos duros, no le mintió facilidades que no existían, sino que le habló con la sobria seriedad de quien tiene más información y quiere usarla en favor de la mayoría. Los gobernantes que empiezan por aceptar perder el apellido arriesgan perder, en su torpe imitación de una relación con sus gobernados mediática y de “celebridad”, todo lo que los legitimaba en el ejercicio del poder. Es la ciudadanía misma la que, ofendida y traicionada en sus confusos sentimientos, los derriba y los olvida rápidamente.

La situación actual se generó, en buena parte, por una justificada desconfianza de los ciudadanos en la retórica tradicional de los gobiernos democrático-republicanos, los que en diversas ocasiones aflojaron su trama y traicionaron la confianza del ciudadano, que vio cómo el discurso se vaciaba por la corrupción de los gobernantes.  Esta falta de confianza fue compensada por un exceso de confianza imaginaria, la creación de nuevos pactos en los que se intenta acercar ilusoriamente al poder sobre la base de una petición de principios de confianza íntima. Esta salida ha sido compensatoria y a la larga tiene que fallar, porque se basa en formas imaginarias que no se corresponden con lo que ocurre en el ejercicio del poder. 

Una salida posible a esta situación sería la búsqueda de un nuevo pacto republicano que acentúe la desconfianza mutua entre ciudadanos y gobernantes. Siempre es más sano que el ciudadano se sienta un poco solo, y un poco enfrentado al gobierno. Nada bueno se ha hecho históricamente cuando los ciudadanos creen que alguien le va a sacar las castañas del fuego. 

Para eso, el primer paso sería volver a convencer al ciudadano de que tiene que desconfiar del Estado y del gobierno, y no esperar mucho de ellos. Y encontrar de nuevo las formas maduras y eficaces de entenderse con esos gobiernos. Esa desconfianza, pues, tiene que ser satisfecha con el relanzamiento de formas institucionales de control del gobierno fuertes y eficaces. Más control, menos poder relativo para cualquiera, más checks and balances, y mucha menos falsa intimidad.

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