PORTADA

Por Lautaro Pérez Rocha

Una característica del siglo actual es citada en otro ensayo de este número: “una experiencia del mundo de espacio-temporalidad sintonizada a un presente continuo”.  El presente continuo y la no temporalidad en que vivimos inquieta, y tiene una estrecha relación con la escritura y con la literatura, ambas desarrolladas en una dimensión predominantemente temporal en la medida que representan situaciones, eventos o incluso sensaciones en una forma diacrónica. 

La escritura ha estada vinculada a un mundo, tiempo, espacio y memoria finitos y limitados.  Esta era digital se caracteriza por ser justamente un mundo sin límites, no consumible, cuyo tiempo y espacio no se agotan. Se produce entonces un desdoblamiento esencial: el surgimiento de un plano narrativo o discursivo-existencial que ocurre en el presente continuo y cuya esencia es, de alguna manera, consumirse o expirar en forma inmediata, sin límites ni en el tiempo ni en el espacio, mientras tenemos un SER que es temporal, finito.  Desde el inicio de la escritura y también en la oralidad porque la memoria no cargaba con nada que no le fuera útil, había un movimiento solidario con la existencia. Es decir, a nuestro interior la conciencia de finitud, y también a nuestro exterior las artes, la escritura, intentaban objetivar, preservar y aproximarse a esa finitud.  Pero hoy han divergido.  Así, la literatura y las cosas escritas pertenecientes al mundo de los átomos quedan amarradas como una anexo infértil e inútil a un Ser cuya existencia navega en un presente continuo, descargado de intención, de voluntad y de responsabilidad. Hay un falso “engagement”.

El tiempo no podemos aprehenderlo, solo aproximarnos, creer comprenderlo. Un ser temporal está en indagación permanente y en un voluntario esclarecimiento de ese misterio. De ahí viene el arte y la palabra, para explotar todas las posibilidades de aproximación y desciframiento.   La memoria, un orden determinado del tiempo nos constituye. Nos movemos en ese ser temporal que es el cargador de una vibración vital, vamos al pasado y al futuro con nuestros miedos, dudas, certezas.  Convivimos así con la sucesión, o intentando comprender la sucesión, con toda su irreversibilidad. Esa convivencia a lo que no podemos fijar, esa intención de resistirse al tiempo, linda con lo sagrado, y es ahí donde el ser sensible busca objetivarla. Para lo cual es necesario el detenimiento, el silencio, para llegar a la profundidad y a la verdad. Para que exista silencio debe haber sucesión, una palabra antes y otra después. No hay silencio en un presente continuo, y por tanto no hay detenimiento ni profundidad.  

Una existencia sin su dimensión histórica, ¿puede cargar un sentido y una responsabilidad individual? En las sociedades incultas e iletradas de la oralidad, la memoria no cargaba con nada que le fuera inútil ni ininteligible. Todo lo que se registraba tenía una finalidad. Más tarde, la escritura fue el fundamento de la civilización y del pensamiento, lo que ha permitido objetivar la memoria y hacerla visible, mirarnos, entendernos. Pero siempre era una memoria que podía arder en llamas, perderse.  Ahora tenemos una memoria con potencial infinito e imperecedero, donde nada se olvida y nada se recuerda, es decir una memoria no amenazada por el paso del tiempo, una memoria no-memoria. Vivimos en una condición de presente continuo y con la posibilidad de un archivo (valga la contradicción) invulnerable. Un presente continuo no contiene el pasado ni el futuro, ninguna historicidad ni temporalidad. Un presente continuo carece de una memoria colectiva, no es necesaria. ¿Para qué traer algo del pasado (o, como diría Felisberto Hernández, traer un recuerdo del futuro) a un presente continuó? Ese archivo, por llamarlo de alguna manera, deja de ser una memoria del tipo de la era escrita. Es un archivo no centralizado, de vastedad ilimitada.

Deja de ser una memoria porque no tiene la preocupación de fijar el conocimiento ni de perdurar ni de darle un sentido al ser que habita ese presente continuo. No precisará recordar. Nuestro cerebro ya no es un cerebro en el tiempo. Tampoco nuestro ser. ¿Tampoco la palabra ya?

Lo que quiero remarcar es la pérdida de la noción temporal (una duración de algo que cambia, un inicio y un final, un esfuerzo asociado) de la actividad humana y por tanto la pérdida de conciencia de la finitud. Finitud del conocimiento, de la memoria, del acceso. De la vida. Todo se logra en forma instantánea, no requiere esfuerzo, no hay un “había una vez”, se borra el plano del esfuerzo en el sentido de prolongación de una actividad humana. Se borra por tanto el detenimiento y así la profundidad. La capacidad de conocimiento cimentada en el detenimiento y la profundidad, quizás una habilidad o adaptación central y evolutiva de nuestro cerebro.  Dudo que esta dimensión tenga algo que ver con un estado Zen de desapego al pasado o futuro de plena conciencia, ni que hayamos trascendido la angustia existencial del paso del tiempo, ni de pura experiencia fenomenológica y de flujo continuo.  Creo que es una distracción, sin más. 

Me aferro al Ser heideggeriano y su conciencia de finitud, que llevan implícitamente una responsabilidad. Una responsabilidad del Ser ante su existencia. Si no hay una conciencia de finitud, de un Ser en el tiempo, no hay una responsabilidad y un sentido, y por lo tanto una intención individual ni colectiva.  Creo que la era digital, como orden evolutivo y desbordado de la Modernidad que permite abarcar todas las subjetividades, culmina exitosamente borrando lo único inevitable de la vida humana: su finitud, lo fatal. Desde luego, lo hace en el mundo digital, ese del presente continuo, sin principio-desarrollo-final. En el terreno digital y el de las redes sociales, el Ser puede proyectarse de manera inagotable, en un loop inextinguible.  En lo terrenal seguimos siendo finitos pero en lo digital el Ser es inconsumible, no fungible. Parto de la hipótesis de que la anulación del tiempo en el plano digital ha alterado el plano terrenal y nos ha modificado el sentido del Ser y nuestra responsabilidad individual. 

Heidegger daba cuenta del imperialismo de la tecnología y lo criticó filosófica y políticamente. Afirmaba que vivíamos en un tiempo de carencia, de falta de lo sagrado y ni siquiera esa ausencia era detectada. La técnica, como una dinámica calculadora, matematizante, cientificista, que pone por delante solo la relación sujeto-objetual y masificación sistemática, no hace otra cosa que tapar, clausurar. Veía claramente ya las consecuencias de la aceleración tecnológica y visualizaba una nueva y venidera relación tiempo-ser humano: “cuando el tiempo ya sólo equivalga a velocidad, instantaneidad y simultaneidad y el tiempo en tanto historia haya desaparecido de cualquier existencia de todos los pueblos”. Caracterizaba estos tiempos como de penuria, haciendo referencia a la ausencia de lo divino, de la dimensión sagrada del ser humano.  Dimensión que habita justamente en la temporalidad.  Lo que nos hace seres humanos es la dimensión de la mortalidad. El problema de la técnica es que se constituye en torno a la negación de la muerte, y la muerte era para Heidegger el inicio de la libertad del ser.  Me animo al traslado: el presente continuo niega la muerte, y por tanto abandonamos esa búsqueda y aproximación al misterio y a lo que no podremos comprender, pero sí experimentar.