ENSAYO

En ‘El País’ de Uruguay, del sábado 27/3/2021, se destaca un atractivo título: “Información, miedo y los ‘negacionistas’ del COVID, ¿cómo cubren los medios uruguayos la pandemia?”. Pese a que los asuntos resultantes de las entrevistas fueron más que esos, los 4 temas que vertebran las preguntas y los discursos serían: 1) Tiene o no, y cuál es, el rol y responsabilidad de los medios respecto de la pandemia; 2) Asustan o no?, deben hacerlo?; 3) Deben aconsejar o no?; 4) Hay o no exceso en el tiempo y espacio dedicados a la pandemia? 

Por Rafael Bayce

Los medios opinan al revés que 150 años de ciencias sociales

Para ello se consulta a: a) 12 directores o coordinadores de portales, semanarios, diarios e informativos televisivos (El País, Brecha, Subrayado, Búsqueda, Montevideo Portal, El Observador, Canal 5, VTV, Telemundo, TV Ciudad, Telenoche, La Diaria); b) a 2 más o menos especialistas universitarios en medios (sociólogo Dodel-Ucudal, periodista A.L. Pérez-Ort); c) a una infectóloga y a una bióloga que, obviamente, sabrán de lo suyo pero muy probablemente poco o nada de los temas consultados; d) a dos profesores de Udelar, estos sí especialistas en el tema, profesores titulares de las Facultades de Información y Comunicación, y de Humanidades (F. Andacht, A. Mazzucchelli), de larga trayectoria internacional; e) datos de empresas de investigación sobre frecuencia absoluta y relativa de noticias sobre la pandemia (Universidad ORT, Global News, El País). 

En realidad, esas preguntas clave nacen porque muy difusamente se saben y manejan ideas y opiniones que provienen de que la abrumadora mayoría del conocimiento acumulado por las ciencias sociales, que nace hace 150 años y se incrementa acumulativamente desde mediados del siglo XX, considera: 1) que los medios no cumplen adecuadamente su rol social, y que no lo han cumplido bien durante la pandemia; 2) que, quieran o no, lo confiesen o no, sean o no conscientes de ello, les convenga o no decirlo, asustan, y no deberían; y son el factor fundamental en la construcción de sociedades del miedo, crecientemente paranoicas e hipocondríacas, proceso del cual su actuación respecto de la pandemia resulta penosamente ilustrativa; 3) que, lo quieran o no, sean o no conscientes de ello, lo confiesen o no, les convenga o no decirlo, aconsejan a la gente; y no solo eso, sino que la manipulan y la conminan hipnótica y obsesivamente, mediante un violento acoso mediático, rechazando cualquier matiz o alternativa que contraríe el consejo, por más fundada que sea la diferencia; 4) que le dedican un tiempo desmesurado respecto de otros asuntos, consolidando, por reiteración y redundancia, magnificación y dramatización mutuamente potenciadas, el miedo y la moralina autoritarios y hegemónicos. Sin embargo, a los medios, y especialmente a sus operadores comunicacionales cotidianos, baqueanos pragmáticos pero sin especialización científica alguna en esos temas, no les gusta ni convienen esas conclusiones científicas largamente acumuladas que demuelen a los medios de comunicación y a sus hijos bastardos, las redes sociales.

Por eso, el balance de opinión entre los 12 baqueanos operadores cotidianos de los medios, y los otros entrevistados, entre ellos 2 conspicuos disidentes de la visión hegemónica (catedráticos de Udelar, científicos de trayectoria internacional), -como no podría ser de otro modo y dado el balance entre los entrevistados elegidos-, es diametralmente opuesto a esas 4 conclusiones largamente construidas y consensuadas entre los científicos sociales. Según ese sesgadamente elegido núcleo de opinantes, socialmente muy poderosos pero simples baqueanos neófitos sin formación científica para opinar sobre esos temas: a) los medios tendrían un rol social y lo habrían cumplido loablemente; b) no habrían asustado sino simplemente informado verazmente sobre la realidad; c) no habrían aconsejado sino proporcionado elementos para decisiones privadas; y d) no le habrían dedicado excesivo tiempo ni espacio a la pandemia. El mundo al revés, las mil y una noches de los reyes magos en el país de las maravillas; el más radical ‘negacionismo’ de 150 años de trabajo acumulado de la filosofía y de las ciencias sociales sobre esos temas.

Invitar a esos 18 entrevistados, así divididos cuantitativamente en esas 4 categorías (12 de los medios, 2 profesionales de la salud biológica, 2 docentes universitarios, 2 especialistas internacionales en los temas) hace prever una opinión agregada de 16 a 2 o de 14 a 4 a favor de los neófitos en los temas, y contra los especializados en ellos; una revancha a priori de los usufructuarios de la ignorancia científica sobre esos temas, poderosos baqueanos sin embargo, contra inconvenientes hallazgos científicos para el poder, acumulados a través de 150 años de pensamiento filosófico y de ciencia social.

En definitiva, las entrevistas se hicieron porque hay cuestionamientos a los medios de comunicación al menos en esos 4 temas, y que no provienen directamente de científicos sino de personas comunes pero con alguna información acerca de lo científicamente acumulado; porque a los científicos disidentes, o no los convocan a que opinen, o los descalifican sin considerar lo que dicen, o deforman lo que dicen, o los convocan en minoría para someterlos a esa falsa democracia digitada de las mayorías porque sí. Como esos cuestionamientos son peligrosos para la hegemonía de lo expresado por los medios, puede haber parecido conveniente debatir públicamente esos puntos, en el fondo convocar a una asamblea con mayoría de zorros para investigar rumores sobre su autoría en una depredación de gallineros. Aunque pueda parecer un poco exagerado, permítaseme la analogía de decir que haber convocado a ese elenco de entrevistados, en esos números para cada una de las categorías, para decidir sobre esos temas, sería como si, ante la duda sobre si un gallinero depredado fue obra o no de los zorros, se convocara a un elenco con mayoría de zorros para dilucidarlo, y creer en el resultado de la consulta o pretender que se crea en ella; o como si, ante tortas depredadas por dedos furtivos en una abandonada cocina durante un cumpleaños, se convocara a una sesión de niños para preguntarles si fue alguno de ellos (lo que implica, además, la absurda creencia en que los niños no mienten, que cualquier pediatra de la salud física o psíquica desmentiría); o, quizás más grave, que ante la duda de si los políticos toman sus decisiones basados en su conveniencia técnica o en su contribución electoral, se les extendiera cuestionarios a los propios políticos para averiguarlo.  

Algunos hitos en 150 años de acumulación científica

Si pensamos en palabras-clave como: prensa, medios de comunicación de masas, opinión pública, construcción social de la realidad, sociedad del miedo paranoica e hipocondríaca, mayorías silenciosas, determinación de la agenda cotidiana, consistencia cognitiva, etc.,- ítemes de investigación y reflexión para 150 años de acumulación de conocimiento científico en asuntos que permean y alimentan los focalizados por el elenco elegido por El País-, la economía, la sociología, la psicología, la psicología social, las neurociencias, la antropología, la historia, la semiología, la teoría de la comunicación, etc. se han desplegado sobre esos temas, con la acumulativa progresividad que acompañó a sus progresos como ciencias noveles; han producido una inmensa red de conocimientos sobre los temas sobre los que nuestros baqueanos chapucearon, y que podrían googlearse como aperitivo para una fascinante y necesaria inmersión en ese universo. En esa búsqueda, desafiamos a cualquier lector a que haga llegar algún trabajo científico que apoye lo resuelto por esa mayoría de representantes de medios; no cualquier suelto aceptado por Internet, o tweets tan breves como la sabiduría de sus autores; sino un verdadero trabajo de reflexión o investigación sobre esos temas, en artículo de revista respetable o científica, o en capítulo de libro, sino un libro mismo; me parece que sería inmediatamente publicado por Aldo Mazzucchelli en Extramuros, ya que se trataría de una rara avis, de un texto de museo, de una maravilla infrecuente, para sibaritas del disparate. No, opiniones tales como las mayoritarias en el coloquio virtual de El País, solo las pueden expresar aquellos con ignorancia científica y/o fuertes intereses comerciales y/o políticos; con muy bajo compromiso con la realidad y la verdad, pero muy alto compromiso con el lucro comercial y con la funcionalidad político-ideológica. Aunque son un virus muy trasmisible, que se vuelve pandémico con facilidad y velocidad, como lo hemos visto en este año 2020, que será recordado, a futuro, cuando pase el momento de inquisición político-mediática, como el año en que una pandemia político-comunicacional, de coartada bio-sanitaria, inició una dictadura global blanda, hegemónica, que la tecnología comunicacional consolidará mediante diversos artilugios; y que tenía una larga prehistoria muy bien estudiada por las ciencias sociales, y por mí desde hace 35 años.

Pues bien, en el breve espacio aun disponible, haré una muy somera lista de hallazgos fundamentales para apreciar los errores cometidos por esa mayoría de entrevistados por El País. 

Empezamos ya en el siglo XIX, más precisamente en 1872, en Basilea, cuando Friedrich Nietzsche, en la 1ª. de 5 conferencias (‘Sobre el porvenir de nuestras escuelas’), se lamentaba de la progresiva imposición del periodismo, “ese tejido viscoso que se ha introducido hoy entre las ciencias, y cree que ese objetivo es de su competencia”; encarnaría las dos tendencias negativas que afectaban a la cultura entonces: la extensión vulgarizadora de sus contenidos y la reducción de su rango, utilitaria. Lo dijo hace 150 años, y hoy sigue siendo vulgarizadora de contenidos (lo que podría ser útil y hasta necesario, en parte) y, lo peor, utilitarista, usando la información para perseguir objetivos comerciales y para servir objetivos político-ideológicos, ambos en dosis variables; pero que siguen siendo los más importantes criterios para entender los porqués, para qués y cómos de los qué mediáticos, y, por supuesto, las declaraciones de los jerarcas entrevistados. Esos motivos son los cangrejos acechando debajo de la casi totalidad de las piedras mediáticas. Es extraordinariamente hipócrita que se pueda afirmar, como alguno de los entrevistados, que no les interesa el rating; se sabe, científica y cotidianamente, que es uno de los principales orientadores para los anunciantes y para los productores, crecientemente aggiornado por los ´likes’ de las redes sociales. 

En 1882, Herbert Spencer, invitado a visitar los Estados Unidos, mientras les espetaba un durísimo balance (su artículo «Los americanos»), se negó a ser entrevistado por periodistas, alegando que, o simplificarían su pensamiento, o que lo amputarían para encajarlo en el pobre espacio adjudicado; exigió que fueran especialistas comprensivos de los temas a que se referiría. Todos quienes hemos sido entrevistados en medios escritos, orales, audiovisuales o, ahora, audiovisuales a distancia, firmaríamos debajo de lo reclamado por Spencer, creo que incluso algunos de los entrevistados del texto que comentamos. 

Pero no podemos cerrar este sobrevuelo de la reflexión sobre la prensa en el siglo XIX sin mencionar ‘La psicología de las muchedumbres’, de 1895, de Gustave Le Bon, que caracteriza la psicología de masas, nuevo fenómeno en las urbes nacionales, que, mediante la simplificación, la emocionalización y la reiteración, se impondrían, construyendo ‘alucinaciones colectivas’ cada vez más constituyentes del imaginario social cotidiano ; su descripción de la psicología de las masas, y el desarrollo de su modus operandi, servirían de modelo para los fascismos, y luego para la propaganda comercial, seguida por la política. Seguimos en ese derrotero, que Le Bon descubrió y codificó, pero que odiaba, y deseaba al menos reducirlo como tendencia. Ya en el siglo XX el filósofo José Ortega y Gasset en ‘La rebelión de las masas’ (1930) lo conceptualiza con mayor abundancia. Dijo, también Le Bon, y quedó consagrado a futuro, que hasta una falsedad puede ser aceptada como verdad si se simplifica, exagera, dramatiza y reitera; la imposición de la pandemia, gigantesca alucinación colectiva, no falsa sino desmesurada y de equivocado enfrentamiento, es un obsceno ejemplo de manipulación de masas, al modo profetizado por Le Bon y Ortega y Gasset, los conspicuos pioneros de su imposición y del rechazo a ella.

Durante la primera mitad del siglo XX, el acelerado desarrollo de las noveles ciencias sociales agrega valiosos trabajos, que solo podrían mencionarse con cierta exhaustividad en una obra de varios volúmenes, lo que está lejos de ser la extensión debida para esto que usted está leyendo.

Un importante hito para nuestro tema son 3 de los 5 capítulos de un libro muy conocido (aunque mal, como generalmente): ‘El fin de la ideología’, de Daniel Bell, 1960. En especial, en el cap. 8 -‘El mito de las olas criminales: la declinación real del crimen en los Estados Unidos’-, donde muestra que la declinación real se acompaña de una creencia generalizada en su aumento; y postula que eso se debe a la parafernalia creciente de los medios masivos de comunicación más el auge de la radio y la televisión, analizados en el subcapítulo ‘El show de la violencia’. Ya empieza a verificarse el postulado de Le Bon, que decía que las ‘alucinaciones colectivas’ serían cada vez más abundantes en el imaginario hegemónico, el sentido común y la opinión pública, y que lo creído subjetivamente como verdad puede anclarse cada vez menos en la realidad empírica, porque es construido como tal por la refracción maligna de la realidad en los medios masivos de comunicación, que re-construirían la realidad óntica como realidad social según su paladar comercial y político, pero negando hacerlo (como la mayoría de los entrevistados en el encuentro virtual de El País, pese a más de un siglo de ciencia contraria). Lo que se acumula como verdad por todas las ciencias sociales para explicar las sociedades del miedo paranoicas con la inseguridad se puede trasladar, casi sin tocar, a la hipocondría de la salud, que se desata más tarde pero que parece resultar aún mejor que la paranoia de la seguridad para la transformación, ya en camino, de la humanidad en una majada de ovejas en viaje feliz y tecnófilo al matadero.

Los planteos y los análisis de Bell son investigados empíricamente de modo explícito en diversos lugares, con resultados coincidentes con los análisis de Bell. Uno de los más completos y claros es el de F.J. Davis en Colorado, 1962: “Crime news in Colorado newspapers”. Encuentra que las creencias de la gente sobre la cantidad y calidad del crimen ocurrente se explican mucho mejor por la frecuencia y contenidos de la comunicación mediática que por las cifras oficiales de criminalidad. La realidad comienza a ser construida más mediáticamente que empírica o interpersonalmente. No hay cifra oficial o especializada que pueda derribar la imagen re-construida por los medios masivos de comunicación; porque la fe es irracional, como en las religiones; y, si la opinión masiva, como decía Le Bon, es construida como algo emocionalmente inyectado, como las religiones, tendrá más chance de éxito; hasta la ciencia se instala en la sociedad mediante el modo de imposición de la religión, y se instila una creencia dogmáticamente articulada (medidas, protocolos, gráficos que no se entienden, rituales de distancia, higiene y tapabocas, imágenes aterrorizantes) en ella, se cree intrínsecamente como revelada, a través de riffs, mantras, jaculatorias, rezos mágicos y adhesión militante a una ciencia usada dogmática e inquisitorialmente, acientíficamente.

Jean Baudrillard, en ‘El intercambio simbólico y la muerte’, 1976, da un salto definitivo en la conceptualización de estos fenómenos descubiertos por Le Bon, Bell, Davis (psicología de masas, alucinación colectiva, mitos y show de la violencia mediática, realidad más construida por los medios que por las cifras oficiales). Concibe la idea de ‘hiperrealidad’, aquélla construida de modo alternativo a la realidad óntica, pero creída como más real que la ónticamente real.

Al comienzo de la pandemia, y para su imposición como tal, fue fundamental la creencia en los resultados aterrorizantes de un modelo epidemiológico imperfecto y calculado con malos datos: el de Neil Ferguson y el Imperial College London, que se mantuvo como globalmente creído por sobre posteriores,

mejores y contrarios modelos epidemiológicos operados con mejores datos, pero con resultados menos atemorizantes, lo cual era un grave problema político-comunicacional. La hiperrealidad inicial modélicamente predicha, pese a ser disconfirmada por mejores modelos y datos, fue sin embargo más conveniente para los medios, los políticos y muchos beneficiarios de distancias, cuarentenas y encierros. Y se impuso sobre la realidad, convirtiéndose en una exitosa y adrenalínica alucinación colectiva, creída como más real que la realidad posteriormente más aproximada. Los medios jamás le concedieron espacio, salvo para descalificarlos, -llamándolos de ‘negacionistas’, ‘conspiracionistas’, ‘terraplanistas’- a importantísimos científicos, algunos hasta premios Nobel, que rebatieron y hasta recalcularon los primeros esperpentos. Las malas y peores noticias, predichas equivocadamente, venderían mucho más que las buenas y mejores que desmentían a las anteriores erróneas; la gente encerrada, cuarentenada, con tendencia a volverse ‘oveja china’, vería más pantallas fijas y móviles, consumiría más tecnología comunicacional, enriquecería a sus billonarios (por ej., el billonario Jeff Bezos, de Amazon, el hombre más rico del mundo, declaró que en 6 meses duplicó su fortuna); más tiempo de pantallas supone más rating, más tandas publicitarias, más publicidad sobrepuesta, mejores ingresos para los medios y su personal, más consumo agregado. Fácil de entender; solo jerarquías de medios pueden negar todo esto porque amenaza su idílica autoimagen utópica como medios; y lo hacen impúdicamente. 

Pero quizás falte entender por qué a los medios les interesan más las malas que las buenas noticias, más allá de la casi obvia conveniencia comercial (al menos) de las medidas sanitarias duras, ya vista. Podría explicarse largamente, pero preferimos comunicarles solo lo que dijo brevemente Jean Baudrillard: las buenas noticias obviamente interesan porque la gente adhiere a ellas y se contagia de alegría; pero las malas interesan mucho más porque muchas veces las buenas producen envidia, resentimiento y odio contra los que se beneficiaron más que los televidentes, más infelices que los protagonistas de la buena noticia; esos complejeados televidentes son enfermos de deprivación relativa, la peor de las privaciones, más que la absoluta, según los psicólogos sociales de los años 40 (i.e. George Mead, Stouffer y los del American Soldier, Asch, Newcomb, Hyman) y los sociólogos que los siguieron (i.e. Merton, Parsons). En cambio, las malas noticias no producen esos terribles sentimientos provocados perversa pero tan humanamente por las buenas; las malas alegran siempre porque a los televidentes siempre les va mejor que a esa ‘¡pobre gente!’; pueden celebrar que les vaya mejor que a los protagonistas de la mala noticia, y encubrir su insana alegría fingiendo conmiseración por los damnificados. Pocos reaccionan más allá del ‘pobre gente’ con las malas noticias, aunque los hay (y estos poquitos habilitan la hipérbole de ‘la solidaridad de los uruguayos’); en cambio, muchos televidentes experimentan envidia, rencor, resentimiento y odio contra los más favorecidos que ellos. Nada beneficia tanto a un gobierno como una catástrofe que los puede empoderar como salvadores superhéroes; pueden visitar damnificados, acariciar cabezas infantiles, formar comisiones, dar asistencia de urgencia y prometer soluciones. Sobre esto ha trabajado mucho Jurgen Habermas y yo escribí mi Tesis de Doctorado en 1997. Las malas noticias y las catástrofes son los acontecimientos preferidos por los medios de comunicación masiva; los reciben con inmensa alegría disfrazada de compungidos entrecejos; si no las hay estarían secretamente preocupados, sin decirlo, peor que clínicas privadas o mutualistas que no reciben enfermos. Las buenas noticias son a los medios lo que la salud y la muerte son para el sistema médico: inconveniencias relativas encubiertas por bondades; las malas noticias son para ellos el equivalente a lo que la enfermedad y el dolor son para los médicos: los motores de su ingreso, poder y estatus; el miedo es un combustible común a ambos. También puedo recordarles que Walt Disney, en los años 30, aconsejaba a sus dibujantes que hicieran siempre bonitos a sus personajes (¡Make it cute!), con ‘Fantasía’ como epítome de ese masivo consejo; pero estudios posteriores, recopilados para resolver cómo debía ser la apariencia del extraterrestre en ‘E.T.’, recomendaron que no fuera muy bonito porque afligiría a aquéllos que no fueron tan bonitos o que no tenían hijos o nietos tan bonitos como el personaje; otra vez la envidia, el resentimiento, el rencor, el odio, móviles humanos fundamentales. E.T. resultó conveniente para la taquilla como un bebé grande, con una enorme cabeza infantil encima de un delgado cuello, grandes ojos, casi sin cabello, rasgos no bonitos sino más bien queribles, de primera infancia, más a salvo de miserias humanas. El ‘make it cute’ es mejorado, publicitariamente, por ‘make it motherable’; porque a los muy bonitos muchos les pueden desear el mal, hasta la muerte en casos patológicos extremos.

Simultáneamente a todos estos progresos de las ciencias sociales, especialmente relevantes para nuestro tema, otras líneas de investigación desarrollan la idea de ‘opinión pública’, en especial desde el admirable ‘Public Opinion’ de Walter Lippmann (1949), tan simple, claro y sabio, sobre todo por su apreciación de los estereotipos como componentes centrales en la conformación de la opinión pública, que interpreta y empatiza con las novedades en función de sus estereotipos, que en parte también filtran la selección, sintáctica y pragmática de las noticias; la teoría de la autonomía del receptor en la comunicación empieza por ahí. En 1961, Jurgen Habermas escribe su seminal libro ‘Cambio estructural en la esfera pública’, en que distingue, al interior de la ausencia progresiva de una esfera pública auténticamente constituido por demo-intereses opuestos a los oligo-intereses, entre una ‘publicidad’ como exteriorización pública de demo-valores e intereses comunitarios, y una ‘publicidad’ como diseminación propagandística de oligo-valores e intereses, con los que se manipularía lo que hubiera de demo-intereses y valores resilientes, cooptándolos y llamándolos de ‘clamor popular soberano’. 

Mal que le pese a nuestros jerarcas mediáticos entrevistados, desde los años 60 hay una catarata imparable de trabajos que muestran que los medios de comunicación masiva, lejos de ser independientes y objetivos, solo trasmisores fieles de la realidad y neutrales valorativamente, orientan su semántica, su sintáctica y su pragmática a perseguir objetivos comerciales a través de la persecución del fetiche ‘rating’, y a implementar objetivos político-ideológicos, también comercialmente contribuyentes. El que inaugura la imparable serie de desmitificación de esa idílica y utópica imagen de los medios es, en 1972, el trabajo de Mc Combs y Shaw “The agenda setting function of the mass media”, muestra cómo los medios diseñan el qué y el cómo de la agenda de temas de conversación y curiosidad cotidianas; también el framing, el encuadramiento de lo que importa y de quiénes importan, de los criterios de importancia. Franz Bockelman, en 1971, ‘Formación y funciones sociales de la opinión pública’, ya había seleccionado los 10 principales criterios de elección semántica de contenidos mediáticos, y también los principales énfasis sintácticos y pragmáticos para la transformación de lo semánticamente elegido en ‘noticia’. Ni se basan fundamentalmente en la realidad, ni persiguen verdad, ni las respetan para que la gente decida; hay una selección interesada y manipuladora, unánimemente reconocida en el pensamiento social como amante de las malas noticias y del miedo masivo. 

Ludwig von Bertalanffy, quizás el mayor especialista en teoría de los sistemas, luego abiertos, vivos y hasta su aplicación a las sociedades humanas, en ‘Robots, hombres y mentes’, de 1967, advierte que el mundo puede estar legítimamente atemorizado por la posibilidad de catástrofes materiales como guerras, epidemias, crecimiento demográfico, clima, desigualdades sociales extremas; pero que ha surgido un peligro aún mayor: el de la manipulación psicológica y de la mente, junto a la ingeniería genética. Y los cambios filosóficos que lanzan, enmarcan y resultan de todos esos peligros materiales y psíquicos. Desde mediados de los 60 se considera a la manipulación de la conducta humana como el peor peligro. Dada la importancia que los medios han adquirido, económica y político-ideológicamente, sería imposible que esa acelerada potencialidad de manipulación masiva e individual no fuera aplicada, multiplicando el poder manipulatorio de los medios, ya probado antes de todo eso. Esta pandemia es un truculento experimento, por lo demás lamentablemente exitoso, de manipulación masiva, ahora ya global. Que no nos digan los entrevistados que no aconsejan ni crean miedo, que solo presentan la realidad y se abren a las verdades, para que las audiencias formen su propia opinión. A esta altura del partido decirnos eso, por más que intenten librarse de esas acusaciones, es ofensivamente risible.

Más aún en el Uruguay, con una prensa que se inició sobre la base de agrupaciones políticas que combatían electoralmente desde plataformas editoriales; la neutralidad, la independencia y la objetividad faltaron con aviso más aún que en otros países coetáneos y desde siempre; ¿cree usted que, en épocas de pérdida de independencia de la prensa en general, la van a adquirir mágicamente en un país que nunca la tuvo?; lo nuevo en esta materia es el servilismo a intereses globales, y no solo a intereses comerciales y político-ideológicos vernáculos, como se ha visto patéticamente con la pandemia en curso. En el Uruguay es muy fácil mapear las pertenencias político-ideológicas que colorean a los diversos medios, no tanto las financiaciones profundas más allá de sus anunciantes, también rastreables, en el pedigrí o genealogía trazable de los virus mediáticos.

Quizás el golpe de gracia a la concepción idílica de los medios de comunicación masiva lo da el libro de Elisabeth Noelle-Neumann, ‘La espiral del silencio: la opinión pública, nuestra piel social’, de 1993. En él se muestra que hay una mayoría silenciosa que, por miedo a la soledad y al ridículo, tiende a adherirse a lo mayoritario o consensuado, dentro de las inclinaciones estereotípicas propias de cada caldo de cultivo subgrupal. Y muestra cómo se construye, desde los medios y desde las particularidades psico-socio-culturales de los diversos grupos de receptores que absorben la emisión de los mensajes mediáticos. 

Ya mucho antes que la mayoría de los nombrados, en 1957, Leon Festinger escribió una maravilla de agudeza, con algunos puntos de contacto con lo escrito por Anna Freud en 1936 sobre el yo y los mecanismos de defensa: ’Una teoría de la disonancia cognitiva’, donde, entre muchas sutilezas terribles, muestra que cuando la gente recibe una información racional y/o emocional que choca contra su equilibrio adquirido, tiende a rechazarla porque su aceptación amenazaría conceptos y valores que quiere, y que se han convertido en pilares de toda una estructura racional y emocional con la cual enfrentan el cotidiano y la interacción social. Prefieren descalificar a quien los puso en semejante brete, tendiendo a proteger su statu quo, y sus equilibrios conceptual y emocional, que, al fin de cuentas, les permite vivir en sociedad aunque ese statu quo y equilibrio puedan no ser los mejores posibles; pero no lo arriesgarán, y para ello rechazarán el hecho, el concepto y el emisor que no encaje en esa estructura funcional tan querida, necesaria y útil hasta ese momento. Y esto se hace más duro cuando el statu quo y equilibrio adquiridos son útiles para la persecución de los objetivos comerciales de los medios, o son importantes para congeniar con la línea editorial del medio, local y/o global. En este contexto de pandemia está claro que al que intente cuestionar o sugerir alternativas al discurso ortodoxo covid le espera: o ninguneo, o deformación de ideas y afirmaciones, o descalificación sumaria sin análisis, o durísimo enfrentamiento en vivo de sus fundadas ideas por periodistas que no saben nada comparados al furiosamente enfrentado, o bien ser hipócritamente invitado como prueba de pluralismo, para nunca jamás re-invitarlo, y oponerse a él como si supieran. Toda una forma moderna de inquisición. Ese es el tan cacareado pluralismo, independencia, neutralidad y objetividad de los medios, descartado como irreal por toda la reflexión e investigación social de los últimos cien años. 

Periodistas filosóficamente ignorantes y mal conocedores de las ciencias sociales, en los años 90 del siglo XX, inventaron un término que refiere, como neodescubrimiento, a algo de todo esto que hemos visto: ‘posverdad’, re-nominando así algunos de los descubrimientos que ya se hacían hace 100 años y con mejores sustantivos descriptores. Quienes utilizan el término comparten la ignorancia de sus creadores, y muy honrados por lo que creen es un concepto culto, rupturista y aggiornado.

Personalmente, invertí muchos años de lecturas, cursos, artículos, audiciones, entrevistas videadas, capítulos, tesis y libros al tema que nos ocupa, aunque más a la paranoia de la inseguridad que a la más novedosa hipocondría de la salud, con teoría e investigación de base que sirven a ambas patologías en crecimiento. A seguir, los más importantes aportes escritos a los que usted puede recurrir si le interesó el texto que está leyendo o leyó. Tienen muchísimas referencias bibliográficas para quien se interese.

1991. ‘Asústese de dejarse asustar’ (Brecha, abril, sería bueno que ellos lo releyeran). Allí se prevén miedos inducidos, que deberían ser más temidos por su inducción exitosa de miedos progresivos y acumulados, que por la temibilidad de lo que se induce, introyecta. Cumple 30 años el mes próximo. Los intentos de asustar aumentan, exitosos, y casi nadie se asusta de los intentos sino del anzuelo para ello. La pandemia es uno de los sustos esperados, ya perfeccionado el susto ensayado en varios temas.

1991. ‘Drogas, prensa escrita y opinión pública’: construcción, por la policía y la prensa, con unánime anuencia política, del miedo desmesurado a las drogas, uno de los sustos inducidos.

1997. Tesis de Doctorado. ‘Micro-formas perversas de construcción de macro-legitimidad socio-política’, 297 págs. El miedo es una de ellas, legitimando a Estados, gobiernos, y profesiones favorecidas rotativamente, en momentos de alarmante deslegitimación política.

2010. “Creando inseguridad: un modelo para la construcción social de la desmesura”; en Mallo, S., Viscardi, N. Seguridad y miedos, págs. 21-71. Cómo se construye paranoia e hipocondría, y quiénes son los principales constructores. Si lo lee verá que para la instauración de la pandemia, el modus operandi fue exactamente ése, muy esperable.

2012. “Hitos teóricos y empíricos para entender la ‘inseguridad’”; en Rico, Á., Paternain, R., Inseguridad, delito y Estado, págs. 126-138. Ampliación del elenco de textos recordados en este artículo.

2014. Conferencias en Montevideo (FCS-Udelar), y Porto Alegre (Unisinos) anticipando hechos futuros como la pandemia actual a partir de las reacciones apresuradas, erróneas, masivas e irreversibles de la opinión pública mundial ante un fallo arbitral en el Mundial de fútbol 2014. Esperando algún susto perfeccionado, que vendría en 5 años.

2020. Múltiples artículos en CarasyCaretas (www.carasycaretas.com.uy), Extramuros (www.extramurosrevista.org), y participación en readers en Brasil, Colombia y México sobre la pandemia. De 2020 y 2021.