SALVADOR GÓMEZ/ La respuesta inicial es simple: porque el escenario venezolano es dependiente de un orden mayor decadente, que está desgranándose ante nuestros ojos. Insistir hoy en las viejas posturas y rutinas -el deporte al que se ha entregado tanta gente estos días- no hace otra cosa que estirar y empeorar esa decadencia, dando además la ilusión de que uno está haciendo política. Mientras tanto, la gente de Venezuela sigue siendo la víctima en un tablero mucho más grande
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Los hechos son breves y harto conocidos en lo general. Trump interviene militarmente en Venezuela y secuestra a Maduro sin mayor oposición de las fuerzas armadas venezolanas. Estados Unidos dice que se queda ahora con el petróleo, desvía la atención de su desastre en Ucrania, y le causa algunas pérdidas comerciales a China (a quien probablemente termine vendiéndole igual el petróleo, si se da con el precio). Estados Unidos se aísla y la «doctrina Donroe» es repudiada, salvo por un núcleo cada vez más chico de adeptos a «los Estados Unidos de antes» -que sean cuales hayan sido sus virtudes, ya no existe. Azorados, los países que tienen algo para perder, previsiblemente, seguirán buscando diversificar, y escapar del dólar hacia los espacios de intermediación financiera alternativos. En materia de legitimación de la gran política mundial, esta se ha ausentado del todo. Se consolida el reparto de la influencia por regiones. El pueblo venezolano ahora ve abrirse un nuevo capítulo de su larga tragedia de muchos años, dividido, sojuzgado, emigrado, engañado con la renovada promesa de líderes democráticos de pacotilla. Sigue bajo la dirección de Delcy Rodríguez y la intacta camarilla. Después de oir a Marco Rubio decir que van a teledirigir Venezuela en base a un bloqueo por mar a los tankers, lo peor de todo es que la «democracia» que promete esta intervención es una risotada siniestra de un Occidente en cada vez más clara decadencia terminal, ignorando sus propios principios, diciendo en cámaras que todo es por plata (que tampoco es cierto), e interviniendo a cara descubierta en la repartija global de poder en curso. En cuanto a la «izquierda y la derecha», siempre han hecho lo mismo: si es amigo, miro para otro lado. Si es enemigo, me enloquezco de superioridad moral. Ceguera mutua, digna de la «política por redes» que domina el presente.
1 El mundo ya no es lo que era
Desde el esquema viejo —bipolaridad, soberanía, «latinoamericanismo», izquierda y derecha— los sucesos de Caracas parecieran tomar un cariz familiar. Los dos bandos consabidos repiten rutinas viejísimas: es galeanismo revenido de un lado, o la repetición de argumentos hipócritas tipo Popper o Bernard-Henri Lévy del otro. Pero todo ese pensamiento tiene su base en un orden mundial extinto, originado en la teoría del estado nación moderno y en la construcción, concretada después de 1945, de un orden institucional que respondía a la imposición de un globalismo occidentalista. Los sucesos de los últimos años confirman que ese orden mundial ha caducado, y con él los argumentos que le habían crecido. Estados nación soberanos, orden jurídico internacional como combinación y superación de los órdenes jurídicos locales, una teleología de democratización del globo entero, un orden donde un polo civilizatorio es percibido alternativamente como un benefactor y gran guardián de valores, o como un imperio (o ambas cosas a la vez), la edificación de una derecha con dos versiones, una globalista y otra nacionalista, y de una izquierda con dos versiones, una internacionalista y otra soberanista (el lector verá que son lo mismo con distinto nombre)… Esa fue la forma externa que adoptó el orden duro emergido de las guerras mundiales del siglo XX. Sin embargo, la reciente intervención de Trump demuestra de nuevo que el paraguas ideológico que amparó y legitimó ese comportamiento está tan lleno de agujeros, que solo quedan las varillas y el mango. Sus referencias ya no remiten a nada. El sistema actual es como un mecanismo industrial que girase en el vacío, intervenido por los ingenieros del caos que hubiesen desconectado cada polea y cada transmisión de aquellos puntos donde antes traccionaban. El mecanismo no conecta con lo que pasa.
Los actos de poder que surgen de este mecanismo desquiciado no pueden ser sino otras tantas obras de «dadaísmo político», como esta revista lo definiera hace tiempo. Quienes se escandalizan invocando la «ilegalidad» del acto, aceptan una superstición: que es un orden jurídico quien determina los límites de lo que los poderes pueden hacer. Si en lugar de vivir en piloto automático reparásemos un momento en la dinámica fundamental de las civilizaciones, podríamos esbozar una nueva representación del mundo. Esta no se parecerá a la que organizó el orden anglosajón moderno. El mundo no es un lugar organizable piramidalmente según el esquema de una democracia occidental, donde el ejecutivo es el Consejo de Seguridad, los ministerios son las organizaciones como la OMS o la OIT, y el Legislativo es la Asamblea General: es un conjunto de civilizaciones que tienen sus dinámicas internas, mezcladas y reorganizadas en estados nación internos a las civilizaciones, que a veces tienen más o menos identidad propia, aparte de algunos estados/civilización donde ambas dimensiones se combinan (India, China, Rusia). De allí ha surgido, a lo largo de la historia, un incesante fluir de alianzas tácticas o estratégicas, pero inestables. Las últimas formas de este fluir han estado enmascaradas, por un breve tiempo histórico de aproximadamente medio siglo, en las citadas estructuras de las Naciones Unidas, un proto «gobierno mundial» que no gobierna nada -y que nunca gobernó nada, sino que sirvió como armazón para legitimar el poder anglosajón desde la salida de la Segunda Guerra, con la anuencia oportunista de otros poderes grandes como China y Rusia, que aun no estaban prontos para desafiar de veras el mecanismo -cosa que desde 2022 ha comenzado a ocurrir. Las Naciones Unidas proveen en estas horas de un escenario a diversos diplomáticos que estallan en gárgaras de indignación, perfectamente irrelevante, sobre la obvia violación del orden. Y nada pasará.
2 La adaptación del poder y la confesión de parte
Trump y su aparente política de contradicciones, pues, no son más que una adaptación: ahora el poder en Washington se está acomodando a sus crecientes imposibilidades fácticas. Dado que EE.UU. no puede ya soñar con el «Imperio Universal», se conforma con arrebatar lo que le queda más a mano y resignarse a que el disfraz de legalidad sea un harapo. En lugar de encabezar la renovación a una humanidad nueva, sigue decidiendo ponerse con todos sus cañones del lado de enfrente.
Lo más nítido al respecto, en mi opinión, ha sido la declaración de Trump horas después de haberse desayunado a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. En medio de una cantidad de ridículos disparates («…hemos lanzado un asalto espectacular. Fue una ofensiva como no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial»; «…esta ha sido una de las demostraciones de poderío y competencia militar más impresionantes, efectivas y potentes en la historia de Estados Unidos»… etc.), dijo lo que sigue:«Nosotros vamos a administrar el país hasta el momento en que podamos llevar a cabo una transición segura, adecuada y prudente. No queremos involucrarnos para que simplemente entre otra persona y tengamos la misma situación que hemos tenido durante largos años. Por lo tanto, administraremos el país hasta que esa transición pueda realizarse.
Y debe ser prudente, porque eso es lo que nos define.»
Léase: ‘no instalaremos un nuevo gobierno títere: los Estados Unidos pasan a dirigir directamente el otrora estado nación de Venezuela. O si se nos ocurre instalar un nuevo gobierno, no tendrá importancia alguna. Nos hemos anexado Venezuela, que a todos los efectos prácticos obedecerá lo que se le antoje a la Casa Blanca’. Luego, agrega Trump, la «Liberación» se procesará con el tiempo suficiente como para asegurar que nada quede librado al azar, y los intereses de los Estados Unidos (sea esto lo que sea: se trata de una expresión totalmente opaca y que es incognoscible) queden bien asegurados. Menuda liberación.
Luego agrega el mandatario norteamericano:«Haremos que nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses —las más grandes del mundo— entren, inviertan miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera gravemente deteriorada y comiencen a generar dinero para el país.» Trump no ha aclarado a qué país se refiere. Tampoco explica cuántos años llevaría rearmar la infraestructura petrolera de Venezuela. Tampoco aclaró quién gobernará un país de 30 millones de habitantes, con un uno por ciento de su población organizada y armada a guerra, y con una cúpula de generales corruptos que tienen las armas y no van a entregar sus privilegios. Especialmente, considerando que Trump descarta de plano cualquier forma de ocupación…
Finalmente: «Venezuela había confiscado y robado unilateralmente petróleo, activos y plataformas estadounidenses, costándonos miles de millones de dólares. Nosotros construimos la industria petrolera de Venezuela con talento estadounidense, y el régimen socialista nos la robó mediante la fuerza. América nunca permitirá que potencias extranjeras roben a nuestro pueblo. Bajo nuestra nueva Estrategia de Seguridad Nacional, el dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental nunca volverá a ser cuestionado. Hemos reafirmado la Doctrina Monroe y la hemos superado con creces.»
Léase: cualquiera que negocie con empresas norteamericanas para que exploten recursos en territorio local, debe saber que no está negociando: está entregando la propiedad de esos recursos a esas empresas. ¿Por qué? Porque la inversión, la tecnología, el capital de trabajo, según la lógica de Trump, hacen que los recursos mismos pasen a ser del inversor, para siempre -supongo-. Si el estado pretende ejecutar un contrato por violaciones al mismo, o por cuestiones del principio, otrora relevante, de la «soberanía», tal vez será invadido, y acaso desaparecerá como estado nación. La lógica real detrás de las políticas de «atracción de inversiones» ha sido algo revisada, y es más clara ahora que nunca antes.
3 Quién manda en Venezuela
Lo primero que hay que decir sobre este importante asunto es: hace muy poco que comenzaron a precipitarse los hechos, y lo que sabemos es necesariamente poco. Mucha gente está inventando escenarios, y la cautela es necesaria. Pero los hechos constatables emergen, por un lado, de las declaraciones de los oficiales involucrados. La idea, aparentemente, que tiene Estados Unidos, es controlar el comercio petrolero de Venezuela con una flotilla dispuesta para ello. Marco Rubio lo ha explicado así en una entrevista con ABC el día 4 de enero: «Lo que estamos controlando es la dirección en que esto evolucionará, y es allí donde aplicamos nuestra fuerza. Estamos usando esta fuerza, y vamos a usarla. Ya empezamos. Ellos se están quedando sin capacidad almacenada. En pocas semanas, tendrán que empezar a bombear petróleo, salvo que hagan cambios. Y esa fuerza, que nosotros tenemos en nuestra armada, que está actualmente posicionada, nos permite secuestrar cualquier buque sancionado que quiera entrar o salir de Venezuela, cargado de petróleo o yendo a cargarlo, y podemos elegir cuáles buques detenemos. Tenemos órdenes judiciales para cada uno de ellos. Esto seguirá así hasta que la gente que tiene el control sobre las palancas del poder en ese país haga cambios, que no solo sean en interés del pueblo de Venezuela, sino en el interés de los Estados Unidos, y de las cosas que nos interesan a nosotros. Eso es lo que vamos a hacer«
Cuando el entrevistador le preguntó si Delcy Rodríguez era la actual presidenta en ejercicio de Venezuela, Rubio evitó contestar, diciendo que simplemente ese era otro tema. Es decir, Estados Unidos confía en que el actual resto de la camarilla que ha gobernado Venezuela dirija la política en el interés de Estados Unidos. Menciona algo de que debería haber elecciones, pero no es nada específico tampoco.
4 El fin de las ilusiones
En fin. La «soberanía» correspondió en un tiempo a la legalidad del estado; la «libertad» correspondió al relato democrático fundamental, en el que creían muchos venezolanos. Todo eso es en los viejos tiempos en que había una cierta dialéctica entre la legalidad del «estado nación», los poderes extranjeros privados y públicos, y el así llamado derecho internacional. Hoy, ese escenario se ha superado: Trump puede informarle a quienes quieran escuchar, que la comedia de «la nación norteamericana» ante «la nación venezolana» se reduce meramente a lo siguiente: un país con armas nucleares y poder superior a otro, se ha autoasignado la administración de ese país, se ha apropiado de su petróleo y la infraestructura correspondiente, y se proclama guardián y árbitro de la libertad de su población. Esas son las tareas que se ha autoasignado Trump en su discurso. La primera correspondió en un tiempo al gobierno electo por los venezolanos. Ya no. La segunda correspondió a la legalidad soberana del estado venezolano. Ya no. La tercera correspondió en un tiempo al espíritu y el relato en que creían -y aun creen- muchos venezolanos. Ya no. Ahora la libertad viene regalada a Venezuela por el estado profundo norteamericano, conocido adalid de la libertad de los pueblos.
En Oriente, China y Rusia siguen aprendiendo aun las lecciones de los Estados Unidos. Lo que es de uno porque uno puede tomarlo, lo toma. La legalidad internacional no vale una mierda. La democracia es el camino de justificación más rápido para el imperialismo y la imposición sobre terceros. Taiwan y las fábricas de microchips vitales para la revolución técnica del mundo siguen en manos de agentes corporativos globales, porque China ha elegido por ahora el camino de la autonomía industrial. Pero ¿qué podría significar «autonomía industrial» si simplemente las empresas y los recursos son para el que se los apropia? Vemos una vez más que la frase «el capital no tiene patria» es una enseñanza siempre más profunda, y acaso la esencia única de la modernidad en su fase de decadencia final.


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