ALDO MAZZUCCHELLI / eXtramuros ha intentado desde su primer número someter a análisis y pensamiento los sucesos que puedan interesar a su base de lectores. En este camino, que seguimos practicando, muchas veces nos hemos visto obligados a criticar las visiones ideológicas establecidas. Este es un asunto complicado. No tanto para la dimensión intelectual de las personas, sino para su dimensión emocional, vinculada además con la ética de cada uno

Con motivo de los sucesos de 2020 tuvimos un claro ejemplo de ello. Desde ambos lados tradicionales del espectro ideológico se sostuvo un discurso de apoyo -más o menos radical o extremo, dependiendo de tiempos y actores- a la ortodoxia Covid. Quedamos en el medio, lejos de las dos mayorías. Hoy el asunto, a la vista de sus resultados y de una evaluación más fría y con más datos, se sigue discutiendo en el mundo -pese a que, realmente, nadie quisiera discutirlo más. En un asunto tan divisivo, las conclusiones siempre van a ser parciales y lentas. Pero existe en una buena parte de la población -mucho mayor que la de 2020- la sensación clara de que lo que se dijo por parte de los gobiernos no era cierto, o al menos, bastante poco de ello era cierto. Países y estados del mundo han tomado medidas contra las vacunas ARN-m, y otros siguen intentando tomarlas, contra un sistema corporativo-médico que a su vez da su batalla para impedirlo.

Con motivo de los sucesos de 2022 en Ucrania, la derecha de la Guerra Fría, que aun vive y lucha animada por el mainstream oficial, acusó a eXtramuros de agentes rusos, de comunistas, de partidarios de la tiranía, etc. Una parte especialmente ignorante de la izquierda, del otro lado, llegó a estar satisfecha con nuestras crónicas y los análisis que publicábamos, porque ellos creían que Rusia tenía algo que ver, aun, con la Unión Soviética. Nosotros, en cambio, no. Nosotros repetimos en cada una de nuestras notas de opinión, que el juego era muy otro, y que la Guerra Fría había terminado a todos los efectos hace unos 35 años. Es decir, la izquierda torpe creía que pensaba como nosotros, pero nosotros pensábamos lo contrario de lo que piensa esa izquierda. Y sin embargo, ambos estábamos leyendo la misma nota.

En todos los tiempos y escenarios, siempre hay una porción de la gente que lee lo que quiere y puede, y prefiere ignorar un dato antes que considerarlo, si ese dato le derriba una creencia emocionalmente querida por largo tiempo. Esto es comprensible, y todos tenemos nuestro corazoncito en una cosa u otra. Pero no es aceptable si uno quiere seguir pensando los asuntos complejos con cierta independencia de los deseos, que en sí pueden ser absolutamente válidos.

En el caso reciente de Venezuela, nuestra nota principal gira en torno a una hipótesis que no es posible comprobar 100%, por razones obvias: su complejidad, y los datos duros en que se apoya, no alcanzan para dar certeza total de que no hay otros elementos contrarios que tengan igual peso, o que algunos de los elementos que sostienen nuestro razonamiento no sean así. Pero eso pasa siempre en todos los temas de largo alcance y alta complejidad.

Nuestra hipótesis fundamental es que la movida norteamericana respondió a la necesidad de garantizar la denominación en dólares del petróleo venezolano -además de otros recursos que podrá o no obtener de ese país, eso no lo sabemos ni lo decimos-, porque el esquema del «petrodólar», que mantenía a la economía norteamericana en un régimen de excepcionalidad respecto al resto de las monedas, está claramente amenazado.
¿Amenazado cómo? Amenazado porque grandísimos actores del mundo petrolero -los más grandes, de hecho- están desde hace años -aprovechando los inmensos cambios geopolíticos que se vienen dando especialmente desde que estalló la guerra en Ucrania, con todas sus secuelas- avanzando el comercio de su petróleo y gas natural en monedas distintas del dólar. Lo hace China, lo hace Arabia Saudita, lo hace Rusia, lo hacen los Emiratos Árabes, lo hace Irán. Y estaba a punto de hacerlo Venezuela.

Este es, precisamente, el punto fundamental de nuestro análisis. Además de ese punto fundamental, existen otros secundarios: dar una señal al resto del «hemisferio occidental» acerca de la disposición de EEUU de no mirar pasivamente el crecimiento de China; re-alimentar a su base ideológica con una victoria hollywoodense que pueda llegar a sus corazones; desviar la atención de la derrota en Ucrania, y sobre todo, asegurar los territorios y recursos que puede a la vista de una confrontación de más alcance, sobre todo, con China. El lector podrá agregar otras más.

En todo esto, nuestra aproximación tiene siempre que ver con intentar mirar detrás de la propaganda de todos los lados, e intentar entender cuáles pueden ser las consecuencias y la evolución de los hechos en el corto y mediano plazo. ¿Estamos seguros de que esa será la evolución de los hechos? No. El que le venda que sí, le está mintiendo. Pero si uno quiere pensar, lo primero que podría pensar es por qué Trump decide una acción que casi da por finiquitado de facto el orden mundial de posguerra, que el mundo anglosajón construyó en buena medida, y que se mantuvo, aun en medio de polémicas de diverso calibre, durante unos 80 años. Trump ha decidido una acción particularmente espectacular, y su maquinaria de propaganda pretende venderla como una acción de liberación… O no. Me corrijo: así es como la ve el pensamiento democrático tradicional, adaptado a pensar según los manuales de la Guerra Fría. Porque ha sido el propio Trump el que lo ha vendido todo como un acto crudo de poder. «Que Petro se cuide el culo» (he should watch his ass, fue la expresión en lengua madre), es uno de los comentarios que hizo Trump respecto de otro presidente latinoamericano. Es decir, esta ha sido una acción que -a la vista está- no le va a traer aplausos de la mayor parte del mundo. Cuando el jefe de uno de los países más poderosos de la tierra habla así, el resto sabe que el manual de convivencia está en el lugar del papel higiénico, y puede pasar cualquier cosa. En consecuencia, la sesión de Naciones Unidas convocada de apuro fue una colección de insultos a Estados Unidos, y una colección de silencios significativos de parte de quienes se supone que son los principales aliados de los norteamericanos. Hasta el Reino Unido salió a decir que no habían sido avisados y que no habían tenido nada que ver.

Sin embargo, mucha gente de bien que sinceramente quiere que el sufrimiento del pueblo venezolano cese -y me sumo a ellos en ese sentimiento, pero no en su lectura política, que me parece ilusoria-, ha encontrado en este secuestro una oportunidad para desempolvar el viejo manual de la exportación de la democracia. Según nos dicen y creen, esto que hizo Trump fue para «liberar Venezuela de la tiranía».

La vieja derecha latinoamericana, que es incapaz de ver a China, Rusia, Irán y muchos otros como simplemente naciones antiguas o milenarias con culturas y religiones distintas, y las ven en cambio como enemigos jurados de una suerte de Occidente democrático y virtuoso, nos dicen que Trump es el líder de la recuperación democrática de Venezuela. ¿Qué sería más fácil que publicar eso? Bastaría con repetir lo que está en tantos lugares en las redes, y en tantas rutinas argumentales que conozco desde que me conozco. Pero es probable que no sea así, o que no sea tan así. Creer que las acciones políticas se mueven de acuerdo a la propaganda ideológica es una de las formas elementales de no entender lo que pasa, y no lo haremos ni repetiremos esas formas de leer. Chinos, iraníes, rusos, venezolanos, norteamericanos, todos buscan empujar sus intereses formando alianzas, haciendo negocios, o usando su poder militar o de inteligencia. Que nos guste o no eso, es otro asunto.

Tengo una nueva noticia -o rumor sólido- para quienes piensan que lo que pasó es el fin de la dictadura del chavismo – madurismo. El Wall Street Journal y Reuters, a quienes nadie acusará de comunistas, acaban de publicar una importante novedad: la CIA habría aconsejado a Trump que quienes mejor equipados están para dirigir Venezuela son… los chavistas que están en el poder. Usted, amigo de las derechas que cree que la democracia occidental es el mejor régimen y debería ser aconsejado o impuesto al mundo entero, léalo por usted mismo.

¿Será así como dice Reuters? No lo sé. Quizá haya un plan B, un plan C. Quizá instalar a un candidato fabricado fuera de Venezuela, o instalar a alguno de los candidatos de la oposición venezolana, funcione. Quizá el poder de coacción de Estados Unidos -con su armada, y con sus conexiones en la banca europea donde el dinero venezolano está y gira- sea suficiente para hacer de Delcy Rodríguez o de Vladimir Padrino demócratas consumados. Si es así, ¿usted creerá que la democracia y la justicia reinan en Venezuela, o pensará más bien que se dio con el precio de cada uno, para servir a los intereses del estado profundo norteamericano?

Pero ojo, quizá intervenir brutalmente en el orden de un país, aunque ese orden no nos guste, en lugar de generar un cambio para bien, genera años y décadas de caos y violencia, donde el resultado es aun peor que lo anterior. Se llama Afganistán, Irak, Siria, Libia, y quizá también Ucrania cuando termine.

El problema es otro. El problema es que la Guerra Fría o el Orden Mundial de Posguerra (y más: el orden mundial moderno entero, construido en etapas y lentamente al menos desde la Paz de Westfalia, con sus estados-nación, y su orden jurídico nacional y supranacional garantido en equilibrios de poder institucionalizados) se están desarmando ante los ojos. Y con ello se desarman las ideologías que los explicaban, que ya no explican nada. El asunto no es entre un imperio omnipotente y vasallos aquí y allá. Si así fuese, el orden mundial emergido de la posguerra se mantendría incólume, porque el poder anglo sería capaz de garantizarlo, como lo ha sido hasta hace un tiempo. Ya no. No parece muy difícil observar que ese orden ya no rige. Esta revista no está intentando aplaudir o silbar ese hecho: lo estamos observando.

Asimismo observamos que los sueños de la derecha y la izquierda vetustas, del siglo XIX y XX, no corren más como herramientas de interpretación del mundo. Cuando la gente se excita por una noticia o un suceso espectacular, la primera reacción no es de la mente, es de la barriga. Se entra inmediatamente a tomar partido en las redes, se activan los chakras más de abajo, y se termina casi instantáneamente en un festival de puteadas y desdenes, haciendo un juicio de valor sobre todos los que piensan distinto, y especialmente sobre los que no queremos entrar en ese juego. Sin embargo, las cosas son como son. No aplaudimos ese hecho, como dije: lo observamos, intentamos ponerlo en contextos mayores, y de ahí sacamos conclusiones.

Esto no significa que quien firma no tenga emociones. Significa que mis emociones están puestas bien lejos de este mundo que ha evolucionado hasta aquí. Este mundo, su ideología, sus partidos políticos, y sus rutinas de acción no me representan. No puedo hablar por el resto de la revista, pero soy yo quien firma esta nota, y de mi parte la decadencia civilizatoria en la que estamos es algo muy evidente. Los argumentos para ello se han venido dando desde 2020 en esta misma publicación, al igual que hay gente en todo el mundo que piensa en sendas parecidas. Lea usted a Emmanuel Todd en este mismo número, por ejemplo.
El futuro deberá ser mejor que el presente, y el futuro deberá esperar a que este presente termine de irse. En mi lectura, los Estados Unidos -un país a su modo totalmente excepcional, y como experimento moderno, único, que conozco razonablemente bien por haber vivido allí diez años- ha decidido, o ha sido empujado, no a liderar el mundo del futuro, sino a defenderse del futuro con todo lo que tiene. Lo que conseguirá será aplazar un poco lo inevitable, y eso a un alto costo. Todo esto está a la vista.

Si los datos cambian, cambiaremos el análisis. Hay compañeros del equipo de redacción de la revista que piensan muy distinto a mi. Están preparando sus notas para contradecir los argumentos de lo que hemos publicado, y estoy deseoso de publicar sus notas, contrastar, y si veo que tienen razón, y ajustar mis propios argumentos. Hasta ese momento, estas cuestiones, que son más geopolíticas y económicas que otra cosa, guían mi propio punto de vista sobre esta intrincada cuestión.

¿Estoy yo mismo contento con el resultado a que arribamos en nuestras notas de ayer? No demasiado. Pero esto es así. Se mueve, y no decir nada en un momento tan importante es peor que decir algo e irlo corrigiendo a medida que nuevos sucesos y datos surjan. Casi nadie queda tranquilo, mucho menos contento, cuando aquello que daba estabilidad al propio mundo se tambalea demasiado a menudo. Ese es el tiempo que transitamos.

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